Milenio: el despertar de la civilización

Jaime Carbonell Parra

El próximo comienzo de un nuevo milenio se ha prestado para todo tipo de premoniciones y balances. Pero más que hacer el inventario de los acontecimientos juzgados como importantes de la cultura occidental es preciso reflexionar acerca de su sentido. Por ello este ensayo busca evocar de manera vívida algunos acontecimientos significativos enmarcados en una reflexión crítica. Donde la cultura humanística y la procura de una perfección ética sobresalen por encima de los progresos tecnológicos.

 

Existen diversas maneras de responder a la inquietante pregunta: ¿Qué nos dejó el milenio? Por una parte parece que resulta insuficiente con hacer el balance de la multitud de acontecimientos registrados en todas las esferas de la cultura humana en un período de tiempo tan extenso.

Así lo han comprendido los magazines, los periódicos, las revistas y las encuestas de los medios de comunicación de masas que en nuestros días emprenden obsesivos el inventario de los hechos más elocuentes de estos mil años. De tal manera que la divulgación histórica cobra nueva vida para aproximar de manera grata el recuento de los descubrimientos científicos e inventos más importantes al hombre común, preocupado más por su propia sobrevivencia que por las bondades de la ilustración.

Estos hechos han sido enumerados desde una sorprendente variedad de actividades protagonizadas por los seres más creativos de nuestra especie. Para que, entre muchos otros, la revolución del pacifismo de un hindú esquelético llamado Gandhi; la versatilidad de la voz humana; la divertida batalla que libran ejércitos de jugadores en pantaloneta corriendo a través de un campo de fútbol; la invención de la imprenta por Gutemberg; la promulgación universal de los derechos humanos; el progreso tecnológico representado por los tornillos de precisión; la innovación visual aportada por la perspectiva en la historia de la pintura; el interés que despertó en los niños la juguetería didáctica en los días finales del siglo XVII; la revolución liderada en la costumbre diaria de vestirse con la comodidad que representó el invento de la cremallera.

Pasando por la derrota definitiva de la maquinaria militar del nazismo; la definición armoniosa del espacio público con el diseño de la Plaza del Capitolio en Roma por Miguel Angel; la ruptura con el conocimiento dogmático a partir de la práctica intensiva del método experimental del político y filósofo inglés Francis Bacon en el siglo XVII; o la convocatoria del pleno de los gremios medievales en el siglo XIII para levantar la casa de Dios en piedra según los cánones del estilo gótico.

Asímismo en el repertorio de acontecimientos prodigiosos del milenio ingresa la evolución de los biólogos que se han dedicado al estudio de la sociabilidad de las hormigas, las termitas y las abejas; el enriquecimiento del menú mundial con la exuberancia de los frutos y alimentos del Nuevo Mundo; el dinámico intercambio comercial entre Oriente y Occidente desde las serenas aguas del puerto de Venecia; el desafío a la fuerza de gravedad terrestre con la nube de satélites artificiales que nos rodea y espía; la bella diagramación de los elementos químicos en la tabla periódica de Mendeleiev conformando una geografía universal de la materia; el descubrimiento de las vacunas que libró a millares de enfermos de feas pústulas sobre la piel y permitió controlar el mundo microbiona; la dieta de legumbres a partir del siglo X que con su riqueza en proteínas permitió fortalecer a la población europea para que repoblara el continente y construyera la civilización, venida a menos en la Edad Media con gentes mal nutridas, quienes pese a su debilidad se arrodillaban en las iglesias para reverenciar a los santos mudos en sus altares, tal como lo señala Umberto Eco:

"Pero el hecho es que aún estamos aquí -me refiero a nosotros los europeos, pero también los descendientes de los Padres Peregrinos y los conquistadores españoles- gracias a las legumbres. Sin ellas, la población europea no se habría doblado en unos siglos, hoy no seríamos cientos de millones".

 

Pero la historia de la ciencia en el milenio no sería una empresa de emergencias revolucionarias -o "cambio de paradigmas" según el profesor norteamericano T.S. Kuhn- si nuestra imagen del universo hubiera permanecido invariable con el modelo celeste ofrecido por el astrónomo egipcio Claudio Tolomeo. Aceptado por la Iglesia de Roma debido a los amplios espacios que le dejaba para acomodar a los ángeles en el cielo y a los condenados en el infierno. Por eso brillan con luz propia con sus teorías astronómicas el monje polaco Nicolás Copérnico en el siglo XVI con su modelo simple del heliocentrismo; el nacimiento de la ciencia moderna con Galileo, en el siglo XVII, que permitirá por fin al hombre comprender el mundo sin tutelas eclesiásticas observando a Júpiter o la superficie yerma de la Luna a través de su telescopio de latón y mofándose del Papa Urbano VIII bajo la figura tontarrona de Simplicio, representante del ingenuo sistema escolástico; la obra Philosophia Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, en 1687, donde propuso a partir de la ley de la gravitación universal el movimiento de los planetas y el análisis matemático de aquellas atracciones, para tristeza de los poetas que todavía escuchaban la música de las esferas.

La figura de Einstein en las primeras décadas de nuestro siglo continúa el viaje del progreso científico en el milenio con sus sugerencias revolucionarias de la teoría de la relatividad especial y la teoría de la relatividad general. Con su conjetura ingresamos a un universo de cuatro dimensiones donde el espacio y el tiempo danzan el ballet que ya no podía contemplar Newton.

Con esta equiparación de las leyes científicas y los observadores, aquel antiguo empleado de una oficina de patentes en Suiza, comprometido entre la política y las ecuaciones, pudo dialogar más cerca de Dios de lo que lo habían hecho hasta el momento todas las legiones de sacerdotes desde los primeros Padres de la Iglesia. Como lo reconoce Dennis Overbye:

"Hay pocos científicos que hayan planteado sus ambiciones de una forma tan poética o tan abierta como Einstein, que a veces hablaba como si Dios fuera alguien con quien quedara cada día para tomar café. Sin embargo, cuando hablaba de Dios, lo último que se imaginaba era a un hombre de barba blanca sentado en el cielo sumando pecados y distribuyendo favores".

 

Pero también en estos mil años los viajeros quisieron conservar un registro gráfico de sus aventuras. Para ello dibujaron en el siglo XVI un mapa plano con Europa y América enlazadas por rutas de hilos de plata y oro. Además las obras de ingeniería se impusieron sobre las construcciones del pasado: el canal de Suez, el canal de Panamá, la torre Eiffel, la estatua de la Libertad. El teclado de pianos y órganos se diseñó en el siglo XIV; el poder vertical del papado de Roma se fortaleció cada vez más; en los siglos XI, XII y XIII la expedición de las Cruzadas usó el vandalismo para recuperar los santos lugares del domino musulmán; en este milenio se han propuesto y ensayado todas las utopías posibles sin encontrar aún aquella que brinde la felicidad completa; sin embargo, en Inglaterra gobernó una reina audaz, sensata y prudente que concedió esplendor y supremacía marítima a la segunda mitad del siglo XVI: Isabel I.

A lo largo de estos mil años hombres y mujeres han perseguido con frenesí los placeres prohibidos pero sin lograr despojarlos todavía de la pesada carga de interdicciones y preocupaciones morales. Y la búsqueda de la belleza física impulsará a aquellos mismos hombres y mujeres tras el mito del cuerpo perfecto a partir del Renacimiento. Como lo testimonian los cinco metros de altura de la estatua desafiante del David de Miguel Angel esculpida en mármol de Carrara. Esta ambición de la excelencia física culmina en el desarrollo tecnológico de este final del siglo XX cuando en los laboratorios se insiste en la potenciación genética en demanda de los rasgos del embrión soñado.

La batalla perpetua

La sangre y la violencia representadas en las guerras serían la segunda manera de consignar los sucesos de estos mil años. Porque este comportamiento belicoso de los hombres se manifestará durante el segundo milenio con mayor intensidad que en los siglos del mundo antiguo. Quizás sea ésta la característica más registrada en los compendios académicos de historia cuando subrayan las fechas de los períodos guerreros que propiciaron la hegemonía de imperios, la expansión de pueblos o las transformaciones geopolíticas en los continentes.

...parece que resulta insuficiente con hacer el balance de la multitud de acontecimientos registrados en todas las esferas de la cultura humana en un período de tiempo tan extenso.

 

Pero las campañas guerreras no pueden considerarse únicamente como un enfrentamiento perverso entre culturas enemigas. Como si setratara de los instintivos combates rabiosos entre perros y gatos. Más bien, considerando las perpetuas batallas en un sentido más racional tal como lo entendió en el siglo VI a.c., el pensador griego Heráclito de Efeso en este célebre fragmento de contenido moral y político:

"La guerra es la madre y la reina de todas las cosas, y ella destinó a unos para ser Dioses; a los otros, hombres; hizo a los unos libres y esclavos a los otros".

 

Porque en el fragor de las batallas se han aprovechado los descubrimientos de la técnica, la población de los países ha logrado renovarse y la derrota del enemigo ha brindado satisfacciones para imponer formas de pensar o reorganizar los Estados.

No existe siglo dentro del milenio sin un despliegue de energías guerreras. La Edad Media fue una sociedad organizada para la guerra como se sintetiza en la imagen del caballero cubierto por su armadura y empuñando la lanza encima de su caballo. En el siglo XIV fueron brutales las hostilidades en la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. Mientras tanto la guerra civil dominaba en la península Ibérica y Francia se dividía en una lucha feroz entre borgoñones y armagnacs. Mientras las principales figuras del Renacimiento italiano descollaban en las artes, Europa se convulsionaba con guerras interminables: Holanda luchó contra los Habsburgo; Suecia se enfrentó contra Dinamarca, Rusia, Polonia y Brandenburgo por el control del mar Báltico. Y la gran aventura de los viajes de Colón junto a los grandes navegantes en los mares Atlántico y Pacífico fue ensombrecida por las masacres de los conquistadores españoles en los reinos indígenas de México y el Perú. Los soldados de Hernán Cortés en medio del pánico masacraron en el templo de Tenochtitlán a los sacerdotes y nobles aztecas. También el emperador Moctezuma fue asesinado mientras exhortaba a sus súbditos a mantener la paz. Y en el Perú, Francisco Pizarro dio muerte al inca Atahualpa después de exigirle una habitación del palacio repleta de oro. Desde estos trágicos acontecimientos nosotros heredamos la violencia para engolosinarnos en ella y hasta exportarla en nuestras corrientes migratorias. Para que en el ancho mundo conocieran que nuestra violencia hispanoamericana, producto del mestizaje, y cada vez más atroz y vengativa, también era "otra cosa", parodiando la célebre frase del historiador Germán Arciniegas.

El triunfo del mundo civilizado sobre las culturas indígenas obedeció más bien a la experiencia ganada por los europeos en sus aventuras guerreras. Además la carencia de escrúpulos y la codicia por el oro envalentonaron a los soldados españoles. Sin embargo, la conquista no fue rápida ni fácil porque los indígenas fueron también enemigos vigorosos y difíciles de vencer. Por ejemplo los mayas se impusieron muchas veces a los españoles y mantuvieron un Estado oculto en las profundidades de la selva hasta el siglo XVII. O los araucanos en Chile quienes siempre resistieron a los españoles y con gran maquiavelismo político defendieron la corona española cuando los criollos proclamaron la independencia. El poder de las grandes civilizaciones amerindias se reconoce ahora cuando varios historiadores examinan la historia desde la perspectiva de los vencidos. Otro giro tendría la sociedad hispanoamericana si los españoles hubieran sufrido la suerte de aquellos expedicionarios sacrificados por las flechas enemigas, tal como lo sugiere el historiador de Oxford Felipe Fernández-Armesto:

"¿Por qué Cortés en México o Pizarro en Perú no sufrieron la suerte de Magallanes, que murió, sobrevalorando sus hazañas, en manos de los guerreros nativos de Cebú? ¿O la del capitán Cook, que fue acuchillado y muerto a golpes en una playa de Hawai? ¿O la de los portugueses de Cristóvao da Gama, en Etiopía, en 1542, cuando trescientos hombres, de una fuerza de cuatrocientos, fueron muertos por las tribus del Adel?".

En el fragor de las batallas se han aprovechado los descubrimientos de la técnica, la población de los países ha logrado renovarse y la derrota del enemigo ha brindado satisfacciones.

Pero la estrategia colonialista de los europeos condujo a la frustración estos imperios de América que habían alcanzado cierto dinamismo y expansión.

En el siglo XVI los ejércitos europeos aumentan en infantería armada con mosquetes. Este avance será aprovechado en las Guerras de Religión entre los años 1562, 1598, 1621, 1629 y 1648. Porque los gobernantes del siglo XVII aseguraban la estabilidad de sus gobiernos con el control exclusivo del soberano sobre la religión y la política. Así Felipe II doblega a los calvinistas de los Países Bajos. O el emperador Fernando II derrota a los protestantes bohemios. Solamente con la relativa Paz de Münster-Westfalia se produce un apaciguamiento del conflicto durante cien años.

Ni el culto a la razón en el siglo XVIII pudo contener la inestabilidad social. Y por el contrario, el conocimiento de las leyes que rigen la sociedad condujo al despotismo ilustrado y el baño de sangre de la Revolución Francesa en 1789. El cuerpo degollado en la bañera de Jean Paul Marat y las cabezas cortadas en la guillotina del monarca Luis XVI y de su esposa María Antonieta preludian la siguiente época de terror. Las batallas del ejército napoleónico, las guerras de independencia norteamericana y el humo de la pólvora en la emancipación de Hispanoamérica capitaneada por Simón Bolívar al mando de sus tropas de descamisados nos indican que la guerra reinaba con fragor a todo lo largo y ancho del siglo XIX.

El auge del imperialismo europeo para repartirse Africa y la India a sangre y fuego. La revolución industrial que acelera la confianza en el desarrollo económico forjará una nueva sociedad modernizada con los recientes inventos: entre otros, el automóvil, el teléfono, barcos de vapor, el vuelo del Zeppelin, la locomotora. La satisfacción material parece experimentarse por primera vez en estos años locos en una forma plena. En palabras de un historiador de la de la universidad de Oxford:

"Por primera vez, los europeos estaban casi en su mayoría libres de necesidades. Podían alimentarse bien, incluso les sobraba dinero en el bolsillo para esparcimiento y placeres, para casa y vacaciones, para vestuario y adornos".

 

Sin embargo, el sueño de paz es cortado una vez más con el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. Trincheras, ofensivas de submarinos, ciudades en escombros, para convertir la tierra en un cementerio de treinta y cinco millones de muertos. Pero el Tratado de Versalles que cerró el conflicto no pudo detener el impulso material que acompañó a la guerra. Porque el ingenio del hombre se agudizó resolviendo en pocos días problemas que antes le tomarían años. Así se inventaron: el cañón Gran Berta, el mortero Skoda, los tanques orugas, los petardos flumígeros, los gases asfixiantes, las mascarillas protectoras, el periscopio náutico, la fotografía aérea y las minas submarinas. La medicina avanzó para curar las enfermedades de las trincheras y desarrolló innumerables aparatos ortopédicos, que todavía usamos en la cotidianidad, para aliviar los dolores e incapacidades de los mutilados de la guerra.

Pero el rosario implacable de los combates no se detiene en el siglo XX. La Revolución Rusa se tiñe con la sangre de los zares y de los manifestantes obreros fusilados en las plazas nevadas de San Petersburgo. La guerra civil española apoyada por los fascismos de Italia y Alemania avergonzó a la humanidad, entre otras acciones crueles, por el crimen del poeta Federico García Lorca en el huerto de Viznar. La segunda guerra mundial se mueve entre la locura antisemita del Führer, la personalidad victoriosa de Winston Churchill y la rendición japonesa bajo los hongos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Pero el tratado a bordo del acorazado Missouri no trajo la paz perpetua. Más bien en los corazones de los hombres de ojos rasgados se incubaron los sentimientos nacionalistas y comunistas que despertarán durante los próximos treinta años con la Revolución China, la guerra de Corea y la muerte bajo los arrozales del Vietnam con el sonrojo de los Estados Unidos. La posteriormente llamada Guerra Fría también parece una etapa transitoria de apaciguamiento en preparación de nuevos conflictos universales apoyados en la más moderna tecnología bélica. Guerra de las galaxias, combates cibernéticos, bombas de neutrones que posiblemente destruirán la civilización del planeta ante la indiferencia de los posibles testigos de otros mundos habitados en el exterior de nuestro sistema solar.

La guerra como acontecimiento permanente del milenio cobra todo su valor en estas dos frases premonitorias de personajes destacados del mundo de las ciencias y de las letras. Así, para el físico Albert Einstein,

"La próxima guerra mundial se llevará a cabo con piedras". Y las palabras del sociólogo francés Gustave Le Bon: "Las civilizaciones se forjan con ideas; pero todavía se defienden con cañones solamente".

 

La resistencia de la sensibilidad

No obstante el llanto por las víctimas caídas en la guerra, la balanza de los logros del milenio tiende a equilibrarse cuando consideramos el peso frágil del arte y la literatura. Arte y literatura que siempre han desafiado las voces apocalípticas a pesar de su condicionamiento en premisas económicas y sociales.

En la Alta Edad Media la poesía caballeresca se hará un culto consciente del amor convirtiéndolo en la fuente de toda bondad y toda belleza. Los trovadores provenzales del siglo XII, el dulce estilo de Dante, la sensualidad de los versos de Petrarca, las alegorías erótico-religiosas del círculo de Charles de Orléans convertirán al amor en el campo de florecimiento de todas las virtudes.

La cumbre de la exaltación de las pasiones, que compensa las heridas de los caballeros, será el Roman de la Rose con sus tensiones paganas que ya inauguran el clima sensual del Renacimiento. En sus estrofas danzan como marionetas eróticas las figuras de Danger, Nouvel, Penser y Male Bouche como alegorías sicológicas. ¿Cuál es su temA? En palabras de Huizinga,

"En lugar del pálido culto tributado a una dama casada, que los trovadores habían elevado hasta las nubes, como objeto inasequible de una lánguida veneración, aparece de nuevo el más natural de los motivos eróticos: el vehemente incentivo del secreto de la virginidad, simbolizada en la rosa".

 

Así, despojados de vulgaridad, codicia y avaricia, el varón se ennoblece para acariciar la pudorosa metáfora contenida en los pétalos temblorosos de la virgen expectante. De este modo al Roman de la Rose se le tributaron honores divinos y se convirtió en el libro dorado y venerado que alejaba los efluvios de la peste con su simbolismo elegante del amor sensual en pleno siglo XV. Asegura Huizinga que muchos hombres preferían perder la camisa antes que aquel libro valioso en las líricas artes del desfloramiento.

Si el milenio ha estado caracterizado por los desarrollos de la técnica -sobre todo a partir de la Epoca Moderna- y las rivalidades de los hombres resueltas con las armas de las guerras, entonces la historia de la humani dad se puede asimilar a un drama. Un drama fluctuante entre goces y desdichas.

Un autor inglés, un autor de los dramas más populares del siglo XVI, cuyo nombre auténtico se pierde entre las montañas de sus versos es el elegido como el escritor del milenio. Se trata del poeta dramático inglés William Shakespeare. Sin embargo, desde la época isabelina muchos críticos lo juzgaron de plagiario, copista o autor de una poesía expresada en galimatías. Así lo expresaron Forbes y el doctor Johnson. A estos críticos les faltó dejarse arrebatar por el vuelo de la imaginación para encantarse con los jugueteos imaginativos de La Tempestad, Los dos hidalgos de Verona, Las alegres comadres de Windsor y Cuento de invierno. En cambio, el escritor romántico francés Víctor Hugo sí lo supo comprender cuando expresó: "Shakespeare es, en suma, la insensata y tranquila prodigalidad del Creador".

Pero también existen otras razones que permiten calibrar la obra de Shakespeare como el mejor legado literario del milenio que concluye. Su ubicación de tránsito entre el mundo medieval y el renacentista. Su expresión de personajes de la alta nobleza y de la burguesía de cara al pueblo como un deseo de seguridad es una época azotada por dificultades económicas y crisis políticas tan semejante a la nuestra. Su mirada desdeñosa hacia las masas iliteratas para poner en alto los valores del conocimiento. Su cercanía con las teorías de Marx en el siglo XIX al coincidir ambos en una visión pesimista de la burguesía y la crítica a la nobleza feudal. Su adelanto a los recursos formales de las vanguardias literarias del barroco, el manierismo y lo que Umberto Eco ha denominado la Obra Abierta en el devenir artístico en vísperas de la postmodernidad. Además, sus primeros pasos para contribuir con la profesionalización del trabajo de escritor y la revolución del teatro de masas que hacen pensar en la popularidad que ha alcanzado en nuestros días el cine contemporáneo producido en los estudios de Hollywood. Al teatro El Globo acudían los espectadores a disfrutar de las acciones brutales, las burlas, los versos interminables, los violentos efectos escénicos. O a contemplar el corte que supuso su concepción del destino con la tragedia griega clásica cuando en el drama isabelino, por influjo de la predestinación protestante, el héroe acepta el sentido que le traza su fortuna.

El poder de las grandes civilizaciones amerindias se reconoce ahora cuando varios historiadores examinan la historia desde la perspectiva de los vencidos.

Pero el teatro de Shakespeare nos seguirá fascinando todavía a los lectores y espectadores de los próximos milenios -aunque sea en soportes electrónicos- porque lanzó a los cuatro vientos aquel interrogante fundamental de la especie humana. En el palacio de Helsingor, Hamlet, el robusto príncipe de Dinamarca, atormentado por el fantasma de su padre asesinado, reitera la pregunta de todos los hombres que son filósofos por naturaleza. Es éste el grito existencial que nos brinda la opción de la vida o del reino de la muerte. Una muerte, en el poema, que se despoja de los prejuicios cristianos para asimilarse al descanso del mundo onírico.

"Ser o no ser: he aquí el problema. ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?".

 

Es ésta la pregunta que continúa repitiendo el eco del protagonista sobre las tablas de todas las puestas en escena en medio del desgraciado festín de la muerte que derrotó al coro de los demás personajes: Fortinbras, el rey Claudio, Polonio, Yorick, los cortesanos Rosencranz y Guildenstein, Hamlet padre y Ofelia, la mujer loca, ahogada "bajo el sauce que crece en las orillas del cristalino arroyo".

De esta manera Hamlet, situado en esta preocupación única de la muerte sin consuelos cristianos, vaticina nuestro siglo impregnado del ambiente de nihilismo producido por la muerte de Dios, de los escepticismos, del fin de las ideologías y de la angustia ante la tumba abierta que nos pueden ofrecer las futuras guerras del próximo milenio que quizás pondrán término definitivo a nuestras infelicidades con la aniquilación del género humano.

Civilizaciones de la periferia

La tarea emprendida de la realización del balance de los acontecimientos significativos a lo largo de mil años en el mundo occidental despierta una inquietud. Que aparece cuando advertimos la convencionalidad de la fecha establecida para datar los comienzos del primer milenio a partir de la cronología errada del monje medieval Dionisio el Exiguo quien obligó a inaugurar la marcha de los calendarios a partir de una fecha arbitraria del nacimiento de Cristo.

Además la cuenta de mil años de acontecimientos estuvo cargada desde un comienzo de prejuicios teológicos en medio del combate entre el reino de Dios y el demonio. Así ocurre con San Agustín quien en la Ciudad de Dios describe la marcha de la humanidad encaminada hacia la resurrección, el juicio final y la Jerusalén celeste. El término de la cultura romana le parece una etapa del ciclo de castigos de la humanidad antes de que pasen los mil años del reino de Dios y la posterior llegada de Satanás.

Además las pestes y hambrunas que asolaron a Europa entre los años 980 y 1040 incrementaron el sentimiento de culpa de la humanidad occidental. Lo que aumentó su propio examen de conciencia para no ver el desarrollo de otras civilizaciones que sin temores ni angustias avanzaban en la construcción de una cultura más armoniosa. Porque los promotores de la mitología milenarista se encargaron de cubrir con una capa sombría el mundo de la vida para calificarlo de injusto, abominable y demoníaco. Sólo el triunfo de los buenos en un lapso de mil años recobrará el Paraíso en manos de unos pocos elegidos. A pesar del avance positivista y racionalista la ideología milenarista perdura en Occidente, no sólo en boca de las numerosas sectas religiosas que predican el advenimiento de una Nueva Era de armonía, sino en ciertos movimientos políticos totalitarios. Como el nazismo y el comunismo que están cargados de elementos escatológicos, según afirma Mircea Eliade:

"La lucha final, decisiva, de los elegidos (ya sean "arios" o "proletarios") contra las huestes del demonio (judíos o burgueses); la alegría de dominar el mundo, o la de vivir en la igualdad absoluta, o las dos a la vez, concedida, según un decreto de la Providencia".

Pero milenarismos, temores escatológicos, cronologías cristianas, el ritualismo de la Iglesia de Roma y el énfasis exagerado en los productos de una cultura tecnocientífica se constituyeron en una máscara de hierro sobre el rostro de la civilización occidental para no mirar más allá de sus fronteras y no reconocer que sus logros culturales, muchas veces, no eran un avance lineal sino una marcha hacia atrás, mirada desde las culturas de la periferia o desde la conquista de sentido de los pensadores presocráticos de la antigua Grecia. Tal como lo señala la lectura heterodoxa de Julián Serna:

"Contrario a múltiples evidencias tendientes a exaltar el acontecer histórico de Occidente como un fenómeno cada vez más complejo, es decir, más rico en estructuras, hemos querido aventurar la tesis según la cual desde los griegos hasta nuestros días -aparte de indiscutibles conquistas científicas, económicas y políticas- hemos padecido un progresivo recorte del mundo".

 

Mientras en Europa la iglesia intentaba suavizar la brutalidad de los señores feudales, la sociedad japonesa descrita por Murasaki celebraba la delicadeza de los sentimientos.

 

La alianza entretejida entre racionalismo, cristianismo, capitalismo y socialismo marxista han frustrado la perfección de los valores de libertad, solidaridad y aperturas de sentido. Con lo que pierde lustre el alegre balance de los sucesos importantes del milenio en la historia occidental.

Los muros de xenofobia que protegían la civilización europea hacia el año mil impidieron considerar la riqueza de sensibilidad que desarrollaban otras culturas. Como fue el caso del Japón, el Islam y la China que habían alcanzado un grado de refinamiento en las costumbres que el mundo occidental tardaría varios siglos en imitarlo. Lo que pone a tambalear un poco las razones que se aducen corrientemente acerca de la supuesta supremacía de los valores que sostienen la civilización europea.

Sobre todo ahora que revela los resultados de la crisis que la ha acompañado desde su génesis para desembocar en las consecuencias perturbadoras de la industrialización, los atropellos a los derechos fundamentales y el malestar crónico de las masas hambrientas.

Esa separación consciente de los mundos no advirtió los méritos de la primera novela publicada en la corte japonesa hacia finales del siglo X. Se trata de Los relatos de Genji, escrita por la muy curiosa cortesana Murasaki Shikibu. Son de tal alcance sus virtudes en el género de la narrativa realista y la crítica social que las letras occidentales tendrán que esperar hasta la evocación austera de la burguesía provinciana inglesa en los libros de Jane Austen en el siglo XVIII. O la reconstrucción reflexiva de un pasado mundano que agoniza en los salones aristocráticos desde el mundo reencontrado en las novelas de Marcel Proust.

El chismorreo de la corte japonesa, los secretos del harén, la crítica a la burocracia, la mala suerte sobrenatural son algunos de los temas dominantes en Los relatos de Genji. Pero sobresale el primado que se le otorga a los valores de la sensibilidad y la belleza que brillan por encima de las propuestas sexuales o las riñas por el poder. No era entonces la habilidad práctica en la competición de tiro con arco lo que caracterizaba a los príncipes. Sino el triunfo en los torneos de danza, pintura, mezcla de perfumes e incienso:

"Era posible comprar el poder o conquistarlo por la fuerza, pero la aceptación social dependía de la habilidad de improvisar versos, de preferencia en chino clásico".

 

Mientras en Europa la Iglesia intentaba suavizar la brutalidad de los señores feudales, la sociedad japonesa descrita por Murasaki celebraba la delicadeza de los sentimientos y el refinamiento cultural. Todos estos valores de la educación se desarrollaban con el fondo de jardines y paisajes maravillosos.

También la civilización del Islam hacia el siglo XI, en Córdoba, se proyectó sobre el arte de los jardines. El palacio del califa Abd al-Rahmán III no tenía comparación en el mundo occidental. La corte pudo apartarse de manera magnífica del mundo: extasiados en la música, perfumados por los árboles, refrescados por las bebidas, estimulados por las conversaciones. Aquel jardín del Islam fue un auténtico paraíso terrenal que daba trabajo a las caravanas de comerciantes y placer dentro de un harén de 6300 mujeres. Pero su esplendor fue opacado con los señalamientos de un monje cristiano al ilustrar los Comentarios sobre el Apocalipsis del Beato de Liébana, cuando representa a Córdoba en llamas como la Babilonia en vísperas del día del Juicio Final.

Asímismo el imperio Chino, ocupando los valles del Yangzi y el río Amarillo, asumió el mandato celestial como el único mundo civilizado en los inicios del primer milenio. El resto, incluyendo a Europa, eran bárbaros. La escala de valores confucianos -donde la sagacidad prima sobre la fuerza- le ha permitido desarrollarse sin discontinuidades esenciales durante dos mil años. Además los dirigentes de sus dinastías, desde el trono de bambú, han gobernado legitimados en las virtudes confucianas: gravedad, modesta sencillez y austeridad incorruptible.

Conclusiones

¿Tiene aún vigencia la profecía histórica de Spengler formulada a comienzos del siglo XX donde compara a la historia con un organismo vivo? Su propuesta teórica es pesimista cuando advierte el cercano fin de la cultura occidental europea. Un final que se manifiesta en aquellos síntomas que mayor desarrollo y avance tecnológica representan. La masa urbana, los lectores de periódicos, la acción desenfrenada configuran la etapa fáustica de dominio de la técnica. También llama civilización a esta fase tardía de la cultura. Es una etapa semejante a la de las guerras civiles que vivió el imperio romano en su decadencia. Donde se manifiesta el hombre como un animal de rapiña y se rechaza la fe en el progreso de la humanidad:

"Nosotros hemos nacido en esta época y debemos andar hasta el final el camino que nos han asignado. No hay otro. El deber exige mantenerse en las posiciones perdidas, sin esperanza y sin salvación".

 

Las proyecciones para los próximos siglos indican que las hipótesis pesimistas no son falaces. Porque, como lo ha investigado Paul Kennedy, el poder de la tecnología ha intensificado el ritmo de los problemas globales: superpoblación, presión sobre la tierra, emigración e inestabilidad social. Lo que resulta preocupante es que frente a la complejidad de los retos no se experimente el llamamiento hacia una renovación espiritual.

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