Milenio: el
despertar de la civilizaciónJaime Carbonell Parra
El próximo
comienzo de un nuevo milenio se ha prestado
para todo tipo de premoniciones y balances.
Pero más que hacer el inventario de los
acontecimientos juzgados como importantes de
la cultura occidental es preciso reflexionar
acerca de su sentido. Por ello este ensayo
busca evocar de manera vívida algunos
acontecimientos significativos enmarcados en
una reflexión crítica. Donde la cultura
humanística y la procura de una perfección
ética sobresalen por encima de los progresos
tecnológicos.
Existen diversas
maneras de responder a la inquietante pregunta:
¿Qué nos dejó el milenio? Por una parte parece
que resulta insuficiente con hacer el balance de
la multitud de acontecimientos registrados en
todas las esferas de la cultura humana en un
período de tiempo tan extenso.
Así lo han
comprendido los magazines, los periódicos, las
revistas y las encuestas de los medios de
comunicación de masas que en nuestros días
emprenden obsesivos el inventario de los hechos
más elocuentes de estos mil años. De tal manera
que la divulgación histórica cobra nueva vida
para aproximar de manera grata el recuento de los
descubrimientos científicos e inventos más
importantes al hombre común, preocupado más por
su propia sobrevivencia que por las bondades de
la ilustración.
Estos hechos han
sido enumerados desde una sorprendente variedad
de actividades protagonizadas por los seres más
creativos de nuestra especie. Para que, entre
muchos otros, la revolución del pacifismo de un
hindú esquelético llamado Gandhi; la
versatilidad de la voz humana; la divertida
batalla que libran ejércitos de jugadores en
pantaloneta corriendo a través de un campo de
fútbol; la invención de la imprenta por
Gutemberg; la promulgación universal de los
derechos humanos; el progreso tecnológico
representado por los tornillos de precisión; la
innovación visual aportada por la perspectiva en
la historia de la pintura; el interés que
despertó en los niños la juguetería didáctica
en los días finales del siglo XVII; la
revolución liderada en la costumbre diaria de
vestirse con la comodidad que representó el
invento de la cremallera.
Pasando por la
derrota definitiva de la maquinaria militar del
nazismo; la definición armoniosa del espacio
público con el diseño de la Plaza del Capitolio
en Roma por Miguel Angel; la ruptura con el
conocimiento dogmático a partir de la práctica
intensiva del método experimental del político
y filósofo inglés Francis Bacon en el siglo
XVII; o la convocatoria del pleno de los gremios
medievales en el siglo XIII para levantar la casa
de Dios en piedra según los cánones del estilo
gótico.
Asímismo en el
repertorio de acontecimientos prodigiosos del
milenio ingresa la evolución de los biólogos
que se han dedicado al estudio de la sociabilidad
de las hormigas, las termitas y las abejas; el
enriquecimiento del menú mundial con la
exuberancia de los frutos y alimentos del Nuevo
Mundo; el dinámico intercambio comercial entre
Oriente y Occidente desde las serenas aguas del
puerto de Venecia; el desafío a la fuerza de
gravedad terrestre con la nube de satélites
artificiales que nos rodea y espía; la bella
diagramación de los elementos químicos en la
tabla periódica de Mendeleiev conformando una
geografía universal de la materia; el
descubrimiento de las vacunas que libró a
millares de enfermos de feas pústulas sobre la
piel y permitió controlar el mundo microbiona;
la dieta de legumbres a partir del siglo X que
con su riqueza en proteínas permitió fortalecer
a la población europea para que repoblara el
continente y construyera la civilización, venida
a menos en la Edad Media con gentes mal nutridas,
quienes pese a su debilidad se arrodillaban en
las iglesias para reverenciar a los santos mudos
en sus altares, tal como lo señala Umberto Eco:
"Pero
el hecho es que aún estamos aquí -me
refiero a nosotros los europeos, pero
también los descendientes de los Padres
Peregrinos y los conquistadores españoles-
gracias a las legumbres. Sin ellas, la
población europea no se habría doblado en
unos siglos, hoy no seríamos cientos de
millones".
Pero la historia
de la ciencia en el milenio no sería una empresa
de emergencias revolucionarias -o "cambio de
paradigmas" según el profesor
norteamericano T.S. Kuhn- si nuestra imagen del
universo hubiera permanecido invariable con el
modelo celeste ofrecido por el astrónomo egipcio
Claudio Tolomeo. Aceptado por la Iglesia de Roma
debido a los amplios espacios que le dejaba para
acomodar a los ángeles en el cielo y a los
condenados en el infierno. Por eso brillan con
luz propia con sus teorías astronómicas el
monje polaco Nicolás Copérnico en el siglo XVI
con su modelo simple del heliocentrismo; el
nacimiento de la ciencia moderna con Galileo, en
el siglo XVII, que permitirá por fin al hombre
comprender el mundo sin tutelas eclesiásticas
observando a Júpiter o la superficie yerma de la
Luna a través de su telescopio de latón y
mofándose del Papa Urbano VIII bajo la figura
tontarrona de Simplicio, representante del
ingenuo sistema escolástico; la obra Philosophia
Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton,
en 1687, donde propuso a partir de la ley de la
gravitación universal el movimiento de los
planetas y el análisis matemático de aquellas
atracciones, para tristeza de los poetas que
todavía escuchaban la música de las esferas.
La figura de
Einstein en las primeras décadas de nuestro
siglo continúa el viaje del progreso científico
en el milenio con sus sugerencias revolucionarias
de la teoría de la relatividad especial y la
teoría de la relatividad general. Con su
conjetura ingresamos a un universo de cuatro
dimensiones donde el espacio y el tiempo danzan
el ballet que ya no podía contemplar Newton.
Con esta
equiparación de las leyes científicas y los
observadores, aquel antiguo empleado de una
oficina de patentes en Suiza, comprometido entre
la política y las ecuaciones, pudo dialogar más
cerca de Dios de lo que lo habían hecho hasta el
momento todas las legiones de sacerdotes desde
los primeros Padres de la Iglesia. Como lo
reconoce Dennis Overbye:
"Hay
pocos científicos que hayan planteado sus
ambiciones de una forma tan poética o tan
abierta como Einstein, que a veces hablaba
como si Dios fuera alguien con quien quedara
cada día para tomar café. Sin embargo,
cuando hablaba de Dios, lo último que se
imaginaba era a un hombre de barba blanca
sentado en el cielo sumando pecados y
distribuyendo favores".
Pero también en
estos mil años los viajeros quisieron conservar
un registro gráfico de sus aventuras. Para ello
dibujaron en el siglo XVI un mapa plano con
Europa y América enlazadas por rutas de hilos de
plata y oro. Además las obras de ingeniería se
impusieron sobre las construcciones del pasado:
el canal de Suez, el canal de Panamá, la torre
Eiffel, la estatua de la Libertad. El teclado de
pianos y órganos se diseñó en el siglo XIV; el
poder vertical del papado de Roma se fortaleció
cada vez más; en los siglos XI, XII y XIII la
expedición de las Cruzadas usó el vandalismo
para recuperar los santos lugares del domino
musulmán; en este milenio se han propuesto y
ensayado todas las utopías posibles sin
encontrar aún aquella que brinde la felicidad
completa; sin embargo, en Inglaterra gobernó una
reina audaz, sensata y prudente que concedió
esplendor y supremacía marítima a la segunda
mitad del siglo XVI: Isabel I.
A lo largo de
estos mil años hombres y mujeres han perseguido
con frenesí los placeres prohibidos pero sin
lograr despojarlos todavía de la pesada carga de
interdicciones y preocupaciones morales. Y la
búsqueda de la belleza física impulsará a
aquellos mismos hombres y mujeres tras el mito
del cuerpo perfecto a partir del Renacimiento.
Como lo testimonian los cinco metros de altura de
la estatua desafiante del David de Miguel Angel
esculpida en mármol de Carrara. Esta ambición
de la excelencia física culmina en el desarrollo
tecnológico de este final del siglo XX cuando en
los laboratorios se insiste en la potenciación
genética en demanda de los rasgos del embrión
soñado.
La batalla
perpetua
La sangre y la
violencia representadas en las guerras serían la
segunda manera de consignar los sucesos de estos
mil años. Porque este comportamiento belicoso de
los hombres se manifestará durante el segundo
milenio con mayor intensidad que en los siglos
del mundo antiguo. Quizás sea ésta la
característica más registrada en los compendios
académicos de historia cuando subrayan las
fechas de los períodos guerreros que propiciaron
la hegemonía de imperios, la expansión de
pueblos o las transformaciones geopolíticas en
los continentes.
...parece
que resulta insuficiente con hacer el balance
de la multitud de acontecimientos registrados
en todas las esferas de la cultura humana en
un período de tiempo tan extenso.
Pero las
campañas guerreras no pueden considerarse
únicamente como un enfrentamiento perverso entre
culturas enemigas. Como si setratara de los
instintivos combates rabiosos entre perros y
gatos. Más bien, considerando las perpetuas
batallas en un sentido más racional tal como lo
entendió en el siglo VI a.c., el pensador griego
Heráclito de Efeso en este célebre fragmento de
contenido moral y político:
"La
guerra es la madre y la reina de todas las
cosas, y ella destinó a unos para ser
Dioses; a los otros, hombres; hizo a los unos
libres y esclavos a los otros".
Porque en el
fragor de las batallas se han aprovechado los
descubrimientos de la técnica, la población de
los países ha logrado renovarse y la derrota del
enemigo ha brindado satisfacciones para imponer
formas de pensar o reorganizar los Estados.
No existe siglo
dentro del milenio sin un despliegue de energías
guerreras. La Edad Media fue una sociedad
organizada para la guerra como se sintetiza en la
imagen del caballero cubierto por su armadura y
empuñando la lanza encima de su caballo. En el
siglo XIV fueron brutales las hostilidades en la
Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y
Francia. Mientras tanto la guerra civil dominaba
en la península Ibérica y Francia se dividía
en una lucha feroz entre borgoñones y armagnacs.
Mientras las principales figuras del Renacimiento
italiano descollaban en las artes, Europa se
convulsionaba con guerras interminables: Holanda
luchó contra los Habsburgo; Suecia se enfrentó
contra Dinamarca, Rusia, Polonia y Brandenburgo
por el control del mar Báltico. Y la gran
aventura de los viajes de Colón junto a los
grandes navegantes en los mares Atlántico y
Pacífico fue ensombrecida por las masacres de
los conquistadores españoles en los reinos
indígenas de México y el Perú. Los soldados de
Hernán Cortés en medio del pánico masacraron
en el templo de Tenochtitlán a los sacerdotes y
nobles aztecas. También el emperador Moctezuma
fue asesinado mientras exhortaba a sus súbditos
a mantener la paz. Y en el Perú, Francisco
Pizarro dio muerte al inca Atahualpa después de
exigirle una habitación del palacio repleta de
oro. Desde estos trágicos acontecimientos
nosotros heredamos la violencia para
engolosinarnos en ella y hasta exportarla en
nuestras corrientes migratorias. Para que en el
ancho mundo conocieran que nuestra violencia
hispanoamericana, producto del mestizaje, y cada
vez más atroz y vengativa, también era
"otra cosa", parodiando la célebre
frase del historiador Germán Arciniegas.
El triunfo del
mundo civilizado sobre las culturas indígenas
obedeció más bien a la experiencia ganada por
los europeos en sus aventuras guerreras. Además
la carencia de escrúpulos y la codicia por el
oro envalentonaron a los soldados españoles. Sin
embargo, la conquista no fue rápida ni fácil
porque los indígenas fueron también enemigos
vigorosos y difíciles de vencer. Por ejemplo los
mayas se impusieron muchas veces a los españoles
y mantuvieron un Estado oculto en las
profundidades de la selva hasta el siglo XVII. O
los araucanos en Chile quienes siempre
resistieron a los españoles y con gran
maquiavelismo político defendieron la corona
española cuando los criollos proclamaron la
independencia. El poder de las grandes
civilizaciones amerindias se reconoce ahora
cuando varios historiadores examinan la historia
desde la perspectiva de los vencidos. Otro giro
tendría la sociedad hispanoamericana si los
españoles hubieran sufrido la suerte de aquellos
expedicionarios sacrificados por las flechas
enemigas, tal como lo sugiere el historiador de
Oxford Felipe Fernández-Armesto:
"¿Por
qué Cortés en México o Pizarro en Perú no
sufrieron la suerte de Magallanes, que
murió, sobrevalorando sus hazañas, en manos
de los guerreros nativos de Cebú? ¿O la del
capitán Cook, que fue acuchillado y muerto a
golpes en una playa de Hawai? ¿O la de los
portugueses de Cristóvao da Gama, en
Etiopía, en 1542, cuando trescientos
hombres, de una fuerza de cuatrocientos,
fueron muertos por las tribus del
Adel?".
En el
fragor de las batallas se han aprovechado los
descubrimientos de la técnica, la población
de los países ha logrado renovarse y la
derrota del enemigo ha brindado
satisfacciones.
Pero la
estrategia colonialista de los europeos condujo a
la frustración estos imperios de América que
habían alcanzado cierto dinamismo y expansión.
En el siglo XVI
los ejércitos europeos aumentan en infantería
armada con mosquetes. Este avance será
aprovechado en las Guerras de Religión entre los
años 1562, 1598, 1621, 1629 y 1648. Porque los
gobernantes del siglo XVII aseguraban la
estabilidad de sus gobiernos con el control
exclusivo del soberano sobre la religión y la
política. Así Felipe II doblega a los
calvinistas de los Países Bajos. O el emperador
Fernando II derrota a los protestantes bohemios.
Solamente con la relativa Paz de
Münster-Westfalia se produce un apaciguamiento
del conflicto durante cien años.
Ni el culto a la
razón en el siglo XVIII pudo contener la
inestabilidad social. Y por el contrario, el
conocimiento de las leyes que rigen la sociedad
condujo al despotismo ilustrado y el baño de
sangre de la Revolución Francesa en 1789. El
cuerpo degollado en la bañera de Jean Paul Marat
y las cabezas cortadas en la guillotina del
monarca Luis XVI y de su esposa María Antonieta
preludian la siguiente época de terror. Las
batallas del ejército napoleónico, las guerras
de independencia norteamericana y el humo de la
pólvora en la emancipación de Hispanoamérica
capitaneada por Simón Bolívar al mando de sus
tropas de descamisados nos indican que la guerra
reinaba con fragor a todo lo largo y ancho del
siglo XIX.
El auge del
imperialismo europeo para repartirse Africa y la
India a sangre y fuego. La revolución industrial
que acelera la confianza en el desarrollo
económico forjará una nueva sociedad
modernizada con los recientes inventos: entre
otros, el automóvil, el teléfono, barcos de
vapor, el vuelo del Zeppelin, la locomotora. La
satisfacción material parece experimentarse por
primera vez en estos años locos en una forma
plena. En palabras de un historiador de la de la
universidad de Oxford:
"Por
primera vez, los europeos estaban casi en su
mayoría libres de necesidades. Podían
alimentarse bien, incluso les sobraba dinero
en el bolsillo para esparcimiento y placeres,
para casa y vacaciones, para vestuario y
adornos".
Sin embargo, el
sueño de paz es cortado una vez más con el
desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial.
Trincheras, ofensivas de submarinos, ciudades en
escombros, para convertir la tierra en un
cementerio de treinta y cinco millones de
muertos. Pero el Tratado de Versalles que cerró
el conflicto no pudo detener el impulso material
que acompañó a la guerra. Porque el ingenio del
hombre se agudizó resolviendo en pocos días
problemas que antes le tomarían años. Así se
inventaron: el cañón Gran Berta, el mortero
Skoda, los tanques orugas, los petardos
flumígeros, los gases asfixiantes, las
mascarillas protectoras, el periscopio náutico,
la fotografía aérea y las minas submarinas. La
medicina avanzó para curar las enfermedades de
las trincheras y desarrolló innumerables
aparatos ortopédicos, que todavía usamos en la
cotidianidad, para aliviar los dolores e
incapacidades de los mutilados de la guerra.
Pero el rosario
implacable de los combates no se detiene en el
siglo XX. La Revolución Rusa se tiñe con la
sangre de los zares y de los manifestantes
obreros fusilados en las plazas nevadas de San
Petersburgo. La guerra civil española apoyada
por los fascismos de Italia y Alemania avergonzó
a la humanidad, entre otras acciones crueles, por
el crimen del poeta Federico García Lorca en el
huerto de Viznar. La segunda guerra mundial se
mueve entre la locura antisemita del Führer, la
personalidad victoriosa de Winston Churchill y la
rendición japonesa bajo los hongos atómicos de
Hiroshima y Nagasaki. Pero el tratado a bordo del
acorazado Missouri no trajo la paz perpetua. Más
bien en los corazones de los hombres de ojos
rasgados se incubaron los sentimientos
nacionalistas y comunistas que despertarán
durante los próximos treinta años con la
Revolución China, la guerra de Corea y la muerte
bajo los arrozales del Vietnam con el sonrojo de
los Estados Unidos. La posteriormente llamada
Guerra Fría también parece una etapa
transitoria de apaciguamiento en preparación de
nuevos conflictos universales apoyados en la más
moderna tecnología bélica. Guerra de las
galaxias, combates cibernéticos, bombas de
neutrones que posiblemente destruirán la
civilización del planeta ante la indiferencia de
los posibles testigos de otros mundos habitados
en el exterior de nuestro sistema solar.
La guerra como
acontecimiento permanente del milenio cobra todo
su valor en estas dos frases premonitorias de
personajes destacados del mundo de las ciencias y
de las letras. Así, para el físico Albert
Einstein,
"La
próxima guerra mundial se llevará a cabo
con piedras". Y las palabras del
sociólogo francés Gustave Le Bon: "Las
civilizaciones se forjan con ideas; pero
todavía se defienden con cañones
solamente".
La
resistencia de la sensibilidad
No obstante el
llanto por las víctimas caídas en la guerra, la
balanza de los logros del milenio tiende a
equilibrarse cuando consideramos el peso frágil
del arte y la literatura. Arte y literatura que
siempre han desafiado las voces apocalípticas a
pesar de su condicionamiento en premisas
económicas y sociales.
En la Alta Edad
Media la poesía caballeresca se hará un culto
consciente del amor convirtiéndolo en la fuente
de toda bondad y toda belleza. Los trovadores
provenzales del siglo XII, el dulce estilo de
Dante, la sensualidad de los versos de Petrarca,
las alegorías erótico-religiosas del círculo
de Charles de Orléans convertirán al amor en el
campo de florecimiento de todas las virtudes.
La cumbre de la
exaltación de las pasiones, que compensa las
heridas de los caballeros, será el Roman de la
Rose con sus tensiones paganas que ya inauguran
el clima sensual del Renacimiento. En sus
estrofas danzan como marionetas eróticas las
figuras de Danger, Nouvel, Penser y Male
Bouche como alegorías sicológicas. ¿Cuál
es su temA? En palabras de Huizinga,
"En
lugar del pálido culto tributado a una dama
casada, que los trovadores habían elevado
hasta las nubes, como objeto inasequible de
una lánguida veneración, aparece de nuevo
el más natural de los motivos eróticos: el
vehemente incentivo del secreto de la
virginidad, simbolizada en la rosa".
Así, despojados
de vulgaridad, codicia y avaricia, el varón se
ennoblece para acariciar la pudorosa metáfora
contenida en los pétalos temblorosos de la
virgen expectante. De este modo al Roman de la
Rose se le tributaron honores divinos y se
convirtió en el libro dorado y venerado que
alejaba los efluvios de la peste con su
simbolismo elegante del amor sensual en pleno
siglo XV. Asegura Huizinga que muchos hombres
preferían perder la camisa antes que aquel libro
valioso en las líricas artes del desfloramiento.
Si el milenio ha
estado caracterizado por los desarrollos de la
técnica -sobre todo a partir de la Epoca
Moderna- y las rivalidades de los hombres
resueltas con las armas de las guerras, entonces
la historia de la humani dad se puede asimilar a
un drama. Un drama fluctuante entre goces y
desdichas.
Un autor
inglés, un autor de los dramas más populares
del siglo XVI, cuyo nombre auténtico se pierde
entre las montañas de sus versos es el elegido
como el escritor del milenio. Se trata del poeta
dramático inglés William Shakespeare. Sin
embargo, desde la época isabelina muchos
críticos lo juzgaron de plagiario, copista o
autor de una poesía expresada en galimatías.
Así lo expresaron Forbes y el doctor Johnson. A
estos críticos les faltó dejarse arrebatar por
el vuelo de la imaginación para encantarse con
los jugueteos imaginativos de La Tempestad, Los
dos hidalgos de Verona, Las alegres comadres de
Windsor y Cuento de invierno. En cambio, el
escritor romántico francés Víctor Hugo sí lo
supo comprender cuando expresó: "Shakespeare
es, en suma, la insensata y tranquila
prodigalidad del Creador".
Pero también
existen otras razones que permiten calibrar la
obra de Shakespeare como el mejor legado
literario del milenio que concluye. Su ubicación
de tránsito entre el mundo medieval y el
renacentista. Su expresión de personajes de la
alta nobleza y de la burguesía de cara al pueblo
como un deseo de seguridad es una época azotada
por dificultades económicas y crisis políticas
tan semejante a la nuestra. Su mirada desdeñosa
hacia las masas iliteratas para poner en alto los
valores del conocimiento. Su cercanía con las
teorías de Marx en el siglo XIX al coincidir
ambos en una visión pesimista de la burguesía y
la crítica a la nobleza feudal. Su adelanto a
los recursos formales de las vanguardias
literarias del barroco, el manierismo y lo que
Umberto Eco ha denominado la Obra Abierta en
el devenir artístico en vísperas de la
postmodernidad. Además, sus primeros pasos para
contribuir con la profesionalización del trabajo
de escritor y la revolución del teatro de masas
que hacen pensar en la popularidad que ha
alcanzado en nuestros días el cine
contemporáneo producido en los estudios de
Hollywood. Al teatro El Globo acudían los
espectadores a disfrutar de las acciones
brutales, las burlas, los versos interminables,
los violentos efectos escénicos. O a contemplar
el corte que supuso su concepción del destino
con la tragedia griega clásica cuando en el
drama isabelino, por influjo de la
predestinación protestante, el héroe acepta el
sentido que le traza su fortuna.
El poder
de las grandes civilizaciones amerindias se
reconoce ahora cuando varios historiadores
examinan la historia desde la perspectiva de
los vencidos.
Pero el teatro
de Shakespeare nos seguirá fascinando todavía a
los lectores y espectadores de los próximos
milenios -aunque sea en soportes electrónicos-
porque lanzó a los cuatro vientos aquel
interrogante fundamental de la especie humana. En
el palacio de Helsingor, Hamlet, el robusto
príncipe de Dinamarca, atormentado por el
fantasma de su padre asesinado, reitera la
pregunta de todos los hombres que son filósofos
por naturaleza. Es éste el grito existencial que
nos brinda la opción de la vida o del reino de
la muerte. Una muerte, en el poema, que se
despoja de los prejuicios cristianos para
asimilarse al descanso del mundo onírico.
"Ser o
no ser: he aquí el problema. ¿Cuál es más
digna acción del ánimo: sufrir los tiros
penetrantes de la fortuna injusta, u oponer
los brazos a este torrente de calamidades y
darles fin con atrevida resistencia?".
Es ésta la
pregunta que continúa repitiendo el eco del
protagonista sobre las tablas de todas las
puestas en escena en medio del desgraciado
festín de la muerte que derrotó al coro de los
demás personajes: Fortinbras, el rey Claudio,
Polonio, Yorick, los cortesanos Rosencranz y
Guildenstein, Hamlet padre y Ofelia, la mujer
loca, ahogada "bajo el sauce que crece en
las orillas del cristalino arroyo".
De esta manera
Hamlet, situado en esta preocupación única de
la muerte sin consuelos cristianos, vaticina
nuestro siglo impregnado del ambiente de
nihilismo producido por la muerte de Dios, de los
escepticismos, del fin de las ideologías y de la
angustia ante la tumba abierta que nos pueden
ofrecer las futuras guerras del próximo milenio
que quizás pondrán término definitivo a
nuestras infelicidades con la aniquilación del
género humano.
Civilizaciones
de la periferia
La tarea
emprendida de la realización del balance de los
acontecimientos significativos a lo largo de mil
años en el mundo occidental despierta una
inquietud. Que aparece cuando advertimos la
convencionalidad de la fecha establecida para
datar los comienzos del primer milenio a partir
de la cronología errada del monje medieval
Dionisio el Exiguo quien obligó a inaugurar la
marcha de los calendarios a partir de una fecha
arbitraria del nacimiento de Cristo.
Además la
cuenta de mil años de acontecimientos estuvo
cargada desde un comienzo de prejuicios
teológicos en medio del combate entre el reino
de Dios y el demonio. Así ocurre con San
Agustín quien en la Ciudad de Dios describe la
marcha de la humanidad encaminada hacia la
resurrección, el juicio final y la Jerusalén
celeste. El término de la cultura romana le
parece una etapa del ciclo de castigos de la
humanidad antes de que pasen los mil años del
reino de Dios y la posterior llegada de Satanás.
Además las
pestes y hambrunas que asolaron a Europa entre
los años 980 y 1040 incrementaron el sentimiento
de culpa de la humanidad occidental. Lo que
aumentó su propio examen de conciencia para no
ver el desarrollo de otras civilizaciones que sin
temores ni angustias avanzaban en la
construcción de una cultura más armoniosa.
Porque los promotores de la mitología
milenarista se encargaron de cubrir con una capa
sombría el mundo de la vida para calificarlo de
injusto, abominable y demoníaco. Sólo el
triunfo de los buenos en un lapso de mil años
recobrará el Paraíso en manos de unos pocos
elegidos. A pesar del avance positivista y
racionalista la ideología milenarista perdura en
Occidente, no sólo en boca de las numerosas
sectas religiosas que predican el advenimiento de
una Nueva Era de armonía, sino en ciertos
movimientos políticos totalitarios. Como el
nazismo y el comunismo que están cargados de
elementos escatológicos, según afirma Mircea
Eliade:
"La
lucha final, decisiva, de los elegidos (ya
sean "arios" o
"proletarios") contra las huestes
del demonio (judíos o burgueses); la
alegría de dominar el mundo, o la de vivir
en la igualdad absoluta, o las dos a la vez,
concedida, según un decreto de la
Providencia".
Pero
milenarismos, temores escatológicos,
cronologías cristianas, el ritualismo de la
Iglesia de Roma y el énfasis exagerado en los
productos de una cultura tecnocientífica se
constituyeron en una máscara de hierro sobre el
rostro de la civilización occidental para no
mirar más allá de sus fronteras y no reconocer
que sus logros culturales, muchas veces, no eran
un avance lineal sino una marcha hacia atrás,
mirada desde las culturas de la periferia o desde
la conquista de sentido de los pensadores
presocráticos de la antigua Grecia. Tal como lo
señala la lectura heterodoxa de Julián Serna:
"Contrario
a múltiples evidencias tendientes a exaltar
el acontecer histórico de Occidente como un
fenómeno cada vez más complejo, es decir,
más rico en estructuras, hemos querido
aventurar la tesis según la cual desde los
griegos hasta nuestros días -aparte de
indiscutibles conquistas científicas,
económicas y políticas- hemos padecido un
progresivo recorte del mundo".
Mientras
en Europa la iglesia intentaba suavizar la
brutalidad de los señores feudales, la
sociedad japonesa descrita por Murasaki
celebraba la delicadeza de los sentimientos.
La alianza
entretejida entre racionalismo, cristianismo,
capitalismo y socialismo marxista han frustrado
la perfección de los valores de libertad,
solidaridad y aperturas de sentido. Con lo que
pierde lustre el alegre balance de los sucesos
importantes del milenio en la historia
occidental.
Los muros de
xenofobia que protegían la civilización europea
hacia el año mil impidieron considerar la
riqueza de sensibilidad que desarrollaban otras
culturas. Como fue el caso del Japón, el Islam y
la China que habían alcanzado un grado de
refinamiento en las costumbres que el mundo
occidental tardaría varios siglos en imitarlo.
Lo que pone a tambalear un poco las razones que
se aducen corrientemente acerca de la supuesta
supremacía de los valores que sostienen la
civilización europea.
Sobre todo ahora
que revela los resultados de la crisis que la ha
acompañado desde su génesis para desembocar en
las consecuencias perturbadoras de la
industrialización, los atropellos a los derechos
fundamentales y el malestar crónico de las masas
hambrientas.
Esa separación
consciente de los mundos no advirtió los
méritos de la primera novela publicada en la
corte japonesa hacia finales del siglo X. Se
trata de Los relatos de Genji, escrita por la muy
curiosa cortesana Murasaki Shikibu. Son de tal
alcance sus virtudes en el género de la
narrativa realista y la crítica social que las
letras occidentales tendrán que esperar hasta la
evocación austera de la burguesía provinciana
inglesa en los libros de Jane Austen en el siglo
XVIII. O la reconstrucción reflexiva de un
pasado mundano que agoniza en los salones
aristocráticos desde el mundo reencontrado en
las novelas de Marcel Proust.
El chismorreo de
la corte japonesa, los secretos del harén, la
crítica a la burocracia, la mala suerte
sobrenatural son algunos de los temas dominantes
en Los relatos de Genji. Pero sobresale el
primado que se le otorga a los valores de la
sensibilidad y la belleza que brillan por encima
de las propuestas sexuales o las riñas por el
poder. No era entonces la habilidad práctica en
la competición de tiro con arco lo que
caracterizaba a los príncipes. Sino el triunfo
en los torneos de danza, pintura, mezcla de
perfumes e incienso:
"Era
posible comprar el poder o conquistarlo por
la fuerza, pero la aceptación social
dependía de la habilidad de improvisar
versos, de preferencia en chino
clásico".
Mientras en
Europa la Iglesia intentaba suavizar la
brutalidad de los señores feudales, la sociedad
japonesa descrita por Murasaki celebraba la
delicadeza de los sentimientos y el refinamiento
cultural. Todos estos valores de la educación se
desarrollaban con el fondo de jardines y paisajes
maravillosos.
También la
civilización del Islam hacia el siglo XI, en
Córdoba, se proyectó sobre el arte de los
jardines. El palacio del califa Abd al-Rahmán
III no tenía comparación en el mundo
occidental. La corte pudo apartarse de manera
magnífica del mundo: extasiados en la música,
perfumados por los árboles, refrescados por las
bebidas, estimulados por las conversaciones.
Aquel jardín del Islam fue un auténtico
paraíso terrenal que daba trabajo a las
caravanas de comerciantes y placer dentro de un
harén de 6300 mujeres. Pero su esplendor fue
opacado con los señalamientos de un monje
cristiano al ilustrar los Comentarios sobre el
Apocalipsis del Beato de Liébana, cuando
representa a Córdoba en llamas como la Babilonia
en vísperas del día del Juicio Final.
Asímismo el
imperio Chino, ocupando los valles del Yangzi y
el río Amarillo, asumió el mandato celestial
como el único mundo civilizado en los inicios
del primer milenio. El resto, incluyendo a
Europa, eran bárbaros. La escala de valores
confucianos -donde la sagacidad prima sobre la
fuerza- le ha permitido desarrollarse sin
discontinuidades esenciales durante dos mil
años. Además los dirigentes de sus dinastías,
desde el trono de bambú, han gobernado
legitimados en las virtudes confucianas:
gravedad, modesta sencillez y austeridad
incorruptible.
Conclusiones
¿Tiene aún
vigencia la profecía histórica de Spengler
formulada a comienzos del siglo XX donde compara
a la historia con un organismo vivo? Su propuesta
teórica es pesimista cuando advierte el cercano
fin de la cultura occidental europea. Un final
que se manifiesta en aquellos síntomas que mayor
desarrollo y avance tecnológica representan. La
masa urbana, los lectores de periódicos, la
acción desenfrenada configuran la etapa
fáustica de dominio de la técnica. También
llama civilización a esta fase tardía de
la cultura. Es una etapa semejante a la de las
guerras civiles que vivió el imperio romano en
su decadencia. Donde se manifiesta el hombre como
un animal de rapiña y se rechaza la fe en el
progreso de la humanidad:
"Nosotros
hemos nacido en esta época y debemos andar
hasta el final el camino que nos han
asignado. No hay otro. El deber exige
mantenerse en las posiciones perdidas, sin
esperanza y sin salvación".
Las proyecciones
para los próximos siglos indican que las
hipótesis pesimistas no son falaces. Porque,
como lo ha investigado Paul Kennedy, el poder de
la tecnología ha intensificado el ritmo de los
problemas globales: superpoblación, presión
sobre la tierra, emigración e inestabilidad
social. Lo que resulta preocupante es que frente
a la complejidad de los retos no se experimente
el llamamiento hacia una renovación espiritual.
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