Infancia
recuperada en la poética de Alba Lucía AngelRigoberto Gil Montoya
He aquí una
aproximación a la novela «Estaba la pájara
pinta sentada en el verde limón», de la
escritora pereirana Alba Lucía Ángel. Se
procura remarcar en su texto el tratamiento
poético que hace del mundo de la infancia,
mediante el uso eficaz de un material
literario e histórico y desde el
conocimiento de novedosas formas de narrar,
que sin lugar a duda inscriben su narrativa
en la experimentación formal que tanto ha
interesado a los escritores latinoamericanos
desde la segunda mitad de este siglo.
Una ruta
constante
Quizá la
literatura, tras ese fantasma endemoniado que la
rodea, con esa palabra o resonancia que invita al
goce estético, sea una de las instancias
poéticas más indicadas para sublimar aquella
realidad que se desangra en las páginas de los
diarios o los documentos notariales y judiciales
como signos inevitables del absurdo. Sin que sea
un fin en sí mismo -»La obra de arte no tiene
finalidad», sostiene Sartre apoyado en Kant (1)- la literatura sirve de tela para
convocar la realidad, cuando evidencia hechos y
acciones que pudieron determinar en un momento
dado el culmen o el inicio de una época
enmarcada por el sinsentido, y cuando el
escritor, al decir de Sartre, tiene la
responsabilidad de mostrar a los demás seres los
símbolos de un entramado histórico, donde nadie
es inocente, en virtud de una revelación en que
todos, de alguna forma, somos culpables.
La ficción
inquiere por el ser en tanto sujeto social. Así,
la frontera entre literatura e historia cada vez
tiende a desvanecerse, en la medida en que una y
otra pueden servir a intereses estéticos a
través de los cuales se da cuenta de los
momentos históricos más relevantes, pues toda
obra que trascienda lleva implícita la carga de
las épocas que forman el tinglado de las
civilizaciones. El escritor, cercano a esas
circunstancias, se resuelve voz y eco; su palabra
infiere, desnuda, pretende dar sentido, como otra
forma de interpretación del mundo, de estar
atento a una realidad que le dice y sugiere, de
un entorno que moldea y condiciona -la idea es de
Angel Rama- la obra de arte, en una acción que
se resuelve en «trabajar un régimen de réplica
y de enfrentamiento con los materiales que van
integrando su cosmovisión» (2) , y su actitud ética frente
al momento histórico que lo contiene en su
complejidad.
El
pretexto de la historia
Una época
crucial en la historia colombiana, que reveló al
país hasta dónde se puede llegar cuando se usa
la fuerza, por convicciones políticas,
religiosas o personales, fue la de los años
cuarenta, cuando uno de los líderes más
carismáticos de entonces, el liberal Jorge
Eliécer Gaitán, fue asesinado en una calle
céntrica de Bogotá, a manos de un hombre
humilde que parecía responder a intereses que
hasta la fecha son motivo de especulación. Su
muerte contribuyó a acelerar una ola de
violencia inminente, puesto que al interior de la
masa popular se percibía el inconformismo con
las políticas del gobierno del controvertido
Mariano Ospina Pérez (1946-1950).
Todo estaba dado
para que el país se sumiera en una grave crisis
en varios horizontes. Se vivía una hegemonía
conservadora y tras los problemas agrarios y la
dificultad de sobrevivir en las ciudades por
falta de oportunidades laborales, una gran
mayoría leyó en las palabras de Jorge Eliécer
Gaitán y en sus convicciones políticas la
posibilidad de transformar la nación. Con su
carisma y su gran capacidad para convencer a las
masas, Gaitán se perfilaba el vencedor de las
próximas elecciones y el futuro presidente que
reestauraría la paz y la concordia, que
prometía un orden más justo, como correspondía
a un hombre que se había educado en Italia y que
había visto -a lo mejor con los mismos ojos del
iluminado Bolívar, cuando desde el Monte Sacro
vislumbró el sueño de unificar América- muy de
cerca las ventajas de un sistema con bases
socialistas, donde las clases menos privilegiadas
pudieran tener más oportunidades de edificar un
mundo justo y equitativo:
Hay que
hacer que los ricos sean menos ricos, para
que los pobres sean menos pobres, el pueblo
es superior a sus dirigentes, yo no soy un
hombre, soy un pueblo (3).
Este crimen fue
la mecha que encendió los ánimos de algunas
capas de la población, víctima del gobierno
hegemónico. Los saqueos, las muertes callejeras,
los linchamientos públicos, las persecuciones a
familias, las violaciones, las expropiaciones,
los encarcelamientos de estudiantes
universitarios y líderes populares sólo fueron
síntomas de un flagelo que por muchos años tuvo
en vilo a la nación entera. De esa época
conflictiva y por tanto interesante desde el
punto de vista testimonial y literario, nos habla
Alba Lucía Angel en su novela Estaba la pájara
pinta sentada en el verde limón, desde una
perspectiva novedosa, desde la utilización de
unos materiales estéticos renovados en el marco
de la literatura nacional.
Con habilidad
narrativa y consciencia de escritura Ángel
Marulanda logra armar una poética sin
precedentes en torno al fenómeno de la
violencia, al revelar un discurso
plurisignificante, que resuelve su sentido en
varios niveles y desde la manipulación de un
material documental y fictivo, hecho piel en el
cuerpo de la novela. Ella comprende la
complejidad de una historia nacional contaminada
por verdades oficiales y solemnes y por lo mismo
intenta desmadejar el ovillo, testimoniar una
verdad que sólo es posible en el ámbito de la
ficción. Por ello su propuesta narrativa, al
decir del escritor César Valencia Solanilla, se
inscribe en lo mejor de la modernidad literaria
en Colombia, pues ella consigue ampliar las
miradas sobre los hechos «reales» , exige la
presencia de un lector copartícipe, juega con
recursos técnicos, experimenta formas
discursivas, se atreve a crear personajes
contradictorios, vincula voces y testimonia
ampliamente una realidad conflictiva y caótica:
En
síntesis, se puede afirmar que esta novela
de Alba Lucía Ángel constituye la novela
mejor lograda de la violencia sociopolítica
colombiana hasta el momento, ofrece un
material narrativo de bastante complejidad
textual, representa la vanguardia de un
recurso específico sobre la mujer, y logra
crear una realidad trascendente que busca la
totalidad en su aproximación a la historia
(4).
Porque la
ficción, el sentido de lo estético, la
responsabilidad del artista y la libertad que
deviene praxis en la palabra poética, se unen
para fortalecer una visión de mundo que
subvierte y transgrede.
El prurito
de la infancia
El Bogotazo -9
de abril de 1948-, día en el que cayera
asesinado en la carrera séptima de la capital,
el líder populista Jorge Eliécer Gaitán, a
manos de Juan Roa Sierra, un «solitario en el
habla», según los testimonios de Eduardo, su
hermano, no sólo tuvo implicaciones caóticas en
aquella ciudad fría y grande, en cuyo ámbito
Silva consiguió eliminar para siempre su voz de
poeta modernista. El eco de aquella trifulca fue
expandiéndose con prontitud por todos los
rincones del país, y no hubo espacio en el que
no se enfrentaran hechos dolorosos a raíz de la
muerte de aquel caudillo mesiánico, que
prometía acabar con la pobreza y edificar una
nación más justa para los menos favorecidos.
Pereira, la
ciudad que vio nacer a Alba Lucía Angel en el
año 39, no estuvo al margen de los hechos
desgarradores que sumieron a tantas familias en
la angustia y el dolor, cuando tuvieron que
entregar sus tierras o abandonarlas o cuando
fueron obligadas a presenciar y padecer
vejámenes de toda clase, entre ellos,
violaciones y crímenes, sin importar edades ni
condiciones económicas y sociales.
Una de las
preocupaciones mayores de Alba Lucía Angel en su
novela, es la de recuperar su infancia, esa
época maravillosa, de aventura y descubrimiento,
cuando aún la vida se revela en su misterio y
cada movimiento o acción al interior de la
familia o del grupo de «amiguitos» se convierte
en una odisea asumida con todo el deslumbramiento
del mundo:
La vida es
una aventura permanente, injusta para la
mayoría de los seres humanos tal como la
sociedad nos la va imponiendo. Tal vez la
vida de los niños es lo único que nos
queda...(5),
confiesa la
autora de Girasoles en invierno y Dos veces
Alicia, como si corroborara el hecho de que la
infancia lo es todo, principio y fin,
cartografía que permanece imborrable en el
imaginario del ser y en el devenir de quien va
por el mundo en la búsqueda del absoluto y que,
vista en perspectiva, jamás desvela por entero
sus misterios, a la manera de una caja de
resonancia en cuyo interior se encuentra el
Aleph, el punto central del universo, siendo
posible el sueño, la duda, el juego, la
pregunta, pues aún la vida y sus alrededores
dejan ver un signo de interrogación que a menudo
complican más los mayores con sus respuestas
torpes o evasivas y que cada infante construye a
su manera.
El lenguaje, por
ejemplo, aparece en la vida de los niños como la
posibilidad de aprehender la realidad que los
mayores o no están en condiciones de revelar de
manera didáctica o no les importa frente a los
avatares de las circunstancias individuales, en
las que se debe pagar caro el precio de la
revelación, de la pérdida de la inocencia.
Ana, Pablo,
Lorenzo, Jairo, Juan José, Marcos, Valeria,
Julieta, Irma, entre otros, se ven enfrentados
muy temprano al mundo enteramente hostil a pesar
de los ámbitos imaginarios que consiguen
edificar en torno a sus juegos e incursiones al
llamativo campo de La Arenosa, la finca de los
padres de Ana, o al poblado de la Villa, con la
cual se nombra a Pereira, como espacio urbano que
va dando cuenta de la vida de colegio, bajo la
represión y la mirada no siempre religiosa de
las monjas, o que ubica también los primeros
devaneos amorosos, las escapadas al matineé, las
visitas a la iglesia, los paseos por el Lago
Uribe Uribe o las pilatunas hechas en grupo para
deleite de los más traviesos. Este espacio
concreto de los infantes sirve de pretexto a la
novelista Alba Lucía Ángel para recrear, a su
modo y con el conocimiento de las técnicas
narrativas innovadoras -en respuesta a la
complejidad de la expresión moderna-, los
dolorosos hechos en que se vio sumido el país
después de la muerte del líder liberal:
Eso de
escribir la novela fue la machera. Gasté 12
meses, de los cuales pasé seis en Colombia
investigando. Era el año de 1972. Empecé a
preguntarle a mis abuelos qué habían visto
el 9 de abril; yo tenía 8 años y no era
mucho lo que podía recordar, pero retenía
la escena del hombrecito frente a mi casa
cuando disparó un policía y el primero
cayó tendido, así quedó en la acera.
(p.280)
De manera que
para la novelista Ángel el ejercicio de escribir
Estaba la pájara pinta sentada en el Verde
Limón -título que alude al mundo infantil de
las canciones y estribillos que acompañan los
juegos y las diversiones, las escapadas de casa,
los días aburridos de colegio -es una manera
también de recuperar su infancia, lo que vivió
al lado de sus padres, familiares y amigos. De
ahí que decide regresar a su país para
interrogar a quienes fueron testigos de los
acontecimientos y así tener un material de
primera mano que, unido a sus recuerdos
infantiles y al análisis de los documentos
políticos, periodísticos y literarios en torno
a los hechos del 9 de abril y de los que en
adelante siguieron presentándose en diversos
frentes de la vida del país, recogidos e
interpretados en su investigación minuciosa,
puedan evidenciar y, en particular, recrear la
época que tocó de frente a la sensibilidad de
una generación que fuera bautizada por Isaías
Peña Gutiérrez como «La generación del
bloqueo y del estado de sitio».
La novela abre
con un epígrafe que llama la atención de un
lector sui géneris:
«Joven
colombiano: si quieres ver por mis ojos las
grandezas y miserias de la más oscura noche
de tu patria, lee este diario, vivido más
que escrito. En él recojo los hechos en que
intervine, que presencié...». (6)
Y así, ese
narrador armador de la historia, a quien se debe
la ubicación del texto-documento sobre el 9 de
abril, escrito por un tal Joaquín Estrada
Monsalve, establece de entrada a quien va
dirigido el diario, esto es, la novela que
testimonia y a la vez recrea el acontecimiento
desde una pluriperspectiva interesante. Nótese
que se habla a un lector denominado «Joven
colombiano», como si lo que fuera a leerse al
interior de ese «diario» no importara sino a
este sujeto genérico, lo cual se corrobora con
la posición de la escritora en el manejo del
material literario y en las intenciones que
tácitamente persigue.
Porque
la ficción, el sentido de lo estético, la
responsabilidad del artista y la libertad que
deviene praxis en la palabra poética, se
unen para fortalecer una visión de mundo que
subvierte y transgrede.
Los hechos del 9
de abril los va contando de manera entrecortada,
como si se tratara de un diario de guerra o de un
informe militar e, incluso, de un registro
periodístico de los acontecimientos. Al tiempo
que consigna los momentos anteriores y
posteriores al asesinato de Gaitán, la autora va
involucrando la historia de los niños en la
Villa, donde las repercusiones se hacen sentir de
inmediato, pues en el mismo corazón del poblado,
la Plaza de Bolívar, los soldados empiezan a
acordonar las calles para repeler cualquier
ataque de los revoltosos, de aquellos hombres
enruanados que cubren sus miradas bajo sombreros
de fieltro. Uno de ellos interroga a la niña Ana
y ella sin saber muy bien aún lo que pasa, por
qué tanto agite en las calles, le refiere que
estudia donde las monjas y responde a las
preguntas del hombre: le dice que ya sabe leer y
sumar, y mientras ella le responde el hombre la
escruta detrás de su sombrero y luego le cuenta
que ha muerto el líder liberal, que lo ha matado
un comemierda; lo expresa con dolor y rabia
contenida; ella lo siente y entiende más tarde,
aunque de manera confusa, que algo en su rutina
infantil ha cambiado de golpe.
La historia
cobra cuerpo y se complejiza en la medida en que
no sólo importa el hecho político, el registro
de las crueles acciones que grupos insurgentes -
antesala de lo que luego serían los movimientos
guerrilleros abrazados a los derroteros del Che y
de los partidos de izquierda- y de bandoleros
instauran en el territorio nacional, como forma
no sólo de aplicar la ley por sus manos y de
vengar la muerte del líder caído, sino también
de aprovechar la coyuntura y la anarquía para
hacer de las suyas y edificar un establecimiento
no ajeno a sus intereses de poder y dominio.
La
presencia infantil, las voces que erigen, a
pesar de todo, la inocencia, el juego
ingenuo, la travesura, dan otro matiz a la
historia.
La presencia
infantil, las voces que erigen, a pesar de todo,
la inocencia, el juego ingenuo, la travesura, dan
otro matiz a la historia. Se trata además de la
visión del mundo que poco a poco va siendo
suplantada por una realidad que no respeta ni el
orden social ni el entronizamiento de un estado
de derecho. Por el contrario, los hechos
violentos son vivenciados por los niños desde
varios frentes: allí está la descripción atroz
de la violación de Saturia a manos de un peón;
las pesadillas que los acosan al sentir la
proximidad de la muerte, «porque los muertos a
veces pesan toneladas»; las peleas entre las
compañeras por chismes o malos entendidos; la
impresión que jamás se borra de sus mentes
cuando se enteran, leyendo de manera subterfugia
los periódicos capitalinos, de las acciones que
bañan de sangre el territorio nacional. Aunque,
a pesar de todo, continúa el aire juvenil, el
deseo de asumir la vida en todo su esplendor, sin
perderse nada de lo que ella brinda, como si cada
incursión por el monte o por los escondrijos
entre matorrales fuese la posibilidad de
encontrar al fin lo anhelado en sus sueños,
cuando las incursiones en grupo por los montes o
los bosques prendían los ánimos y alimentaban
la imaginación.
La novela de
Alba Lucía Angel involucra por entero la
psicología de unos seres menudos e ingenuos,
perspicaces y activos, unidos con el afuera a
través de las ventanas o los resquicios. Da
cuenta de ese universo múltiple en torno de sus
protagonistas y alrededor del núcleo familiar,
donde ciertos personajes, la empleada Sabina en
especial, juegan papel preponderante para
establecer las relaciones entre los niños y los
mayores: «Como una taza de plata, Sabina». Ella
hace las veces de aquella voz madura que
interviene a menudo en el ritmo intermitente que
los niños prefieren para sus vidas. Ella le
inyecta a la relación empleada-mucama, una
lúdica no exenta de fino humor e ironía. Ana se
enfrenta a Sabina con ternura. Ambas establecen
un enlace casi cómplice, sobre todo en aquellos
momentos donde Ana necesita de un compinche: para
recibir las llamadas telefónicas de sus amigos o
escaparse al cine y dar una vuelta por el pueblo;
para no asistir al colegio cuando el sueño y la
pereza embargan sus deseos de estar en otra
parte, saboreando el mundo que se le antoja
revelador y misterioso. Y por supuesto, el hogar,
el espacio apropiado para pensar la vida y
establecer las primeras relaciones con el otro y
con el espacio externo que aún no descubre su
atmósfera. Todo espacio habitado lleva consigo
la noción de casa, expresa Bachelard. A través
de Ana la escritora pareciera revivir las etapas
de su propia infancia.
Ángel quiso
abrir su novela ubicándola espacial y
temporalmente en aquellos años difíciles del
cuarenta, cuando el país permitió el desfogue
de la violencia bipartidista. Y allí se alza la
mirada infantil que, desde la casa, percibe la
problemática del espacio exterior, a pesar de
que la voz de los mayores increpen a la niña a
abandonar la ventana, lugar desde donde observa
el tumulto de las gentes, los jeeps de la
policía, los rumores de los aldeanos y el fuego
que anuncia la destrucción y que ilumina, a la
sombra de la metáfora, la frondosidad de los
mangos en la Plaza de Bolívar.
La casa se
convierte así en vínculo embrionario con el
mundo que se explaya por la ventana. La niña
quiere explorar y ni siquiera los llamados de
atención de su madre la detienen. La casa, con
su orden estatuido, con la jerarquía que
establecen las voces de sus padres y en especial
la voz-conciencia de Sabina como ser que infiere
y amenaza, que establece las dicotomías y
determina, desde su moralidad y temor, tras el
velo de la educación recibida a la luz de los
preceptos del padre Astete, lo bueno y lo malo,
le permiten a la niña el espacio exploratorio no
sólo de su cuerpo y sus sentimientos sino
también el del Afuera, como instancia donde se
resuelve con intensidad la vida, mientras los
rostros pálidos, ambulantes, ocultan sus
intenciones bajo sombreros de fieltro y las balas
anónimas dan de baja a desconocidos. Y en todo
ello prima la visión infantil demarcada por la
inocencia. Los hechos se observan y se describen
sin marcada intención ideológica, lo cual ya
correspondería al orden de la palabra mayor,
afincada en estructuras mentales permeadas por
las posiciones personales de mundo. Para
Bachelard,
La infancia
es ciertamente más grande que la realidad.
Para comprobar, a través de todos nuestros
años, nuestra adhesión a la casa natal, el
sueño es más poderoso que los pensamientos.
Son las potencias del inconsciente quienes
fijan los recuerdos más lejanos. Si no
hubiera habido un centro compacto de
ensueños de reposo en la casa natal, las
circunstancias, tan distintas, que rodean la
verdadera vida, hubieran embrollado los
recuerdos. (7)
Cada personaje
revela en su discurso una manera, una posición
frente a la realidad inmediata. En ningún
momento esas voces tergiversan el devenir; más
bien cada una de sus acotaciones enriquecen de
significación los hechos, las acciones más
mínimas. No se trata sólo de un drama
colectivo, donde muchachos inocentes pagaron con
sus vidas. Se trata además de muchos destinos
individuales que asumieron la vida en toda su
magnitud, sin arredrarse, sin volver la espalda a
la realidad, como aquel muchacho universitario
que desde la cárcel, desde el corazón de la
tortura y la soledad, aún tiene palabras tiernas
para el recuerdo de la mujer que lo mantiene en
pie.
Fiel a su
doctrina ideológica no se deja vencer por
aquellas fuerzas oscuras que insisten en hacerlo
hablar para que denuncie a sus compañeros o
entregue las armas o indique nuevas acciones
subversivas. En todo ello hay el espíritu
infantil, el deseo de reivindicar la memoria a
través de una palabra que deviene recuerdo y
afirmación, pues «La infancia dura toda una
vida» (8), lo que permite, por
otra parte, dar significación a la existencia en
la mayoría de edad.
¿No son acaso
los sueños, las imágenes de aquellos momentos
infantiles los que hacen suspirar aún a las
personas que miran hacia su pasado con mucho de
nostalgia y algo de tristeza? De repente un
gesto, un ademán, un atardecer, un olor quizás,
hacen volver la mirada atrás, donde los pasos
infantiles aún se niegan a borrar por completo
las huellas de lo que aún somos o soñamos ser.
Y mientras tanto
la vida continúa. Los desórdenes del afuera
lastiman la atmósfera privada llena de sueños e
ilusiones. La inocencia va cediendo espacio a la
mirada fría, impertérrita, obligada por las
circunstancias de ese otro mundo de violaciones y
huidas, de crímenes y gritos que exigen una
explicación. El deseo de conocer a menudo se ve
entorpecido por el drama y el dolor. Las cartas,
extensión de la memoria, dan cuenta del
padecimiento individual, de los motivos que el
hombre asume cuando adopta una doctrina y cree
aún en los valores insuflados por los líderes y
caudillos o por el sistema de ideas que se va
nutriendo en las notas de pie de página y en los
subrayados hechos con ardor. Los periódicos
registran de manera descarnada una geografía de
muerte y horror. Tras una oración, tras una
súplica la infancia ocupa el lugar de la memoria
y se inicia la posibilidad de un mundo mediado
por el lenguaje y su sentido evocador.
Concierto
de voces, en fin, la violencia
Cuando Alba
Lucía Angel inicia su carrera literaria con su
novela Los Girasoles en Invierno, finalista del
Concurso Esso en 1966, y publicada cuatro años
más tarde (con un dibujo elaborado por Luis
Caballero para la carátula del texto), se
advierte en ella la preocupación estética por
conseguir una voz propia que dé cuenta de la
angustia y el dilema de los seres contemporáneos
frente al mundo y sus palpitaciones. En Los
Girasoles en invierno se narra la historia de
Alejandra, una mujer sensible que al parecer se
mueve en los círculos intelectuales de aquellos
seres que han llegado a París con el objeto de
vivir el mito de la ciudad luz y jugar a la
rayuela, en un espacio urbano indiferente y
agónico -»la ciudad se mira como por en medio
de telarañas» (9)-, que le muestra de frente la
soledad padecida por ella desde lo más profundo
de su ser. Y mientras espera a un alguien que
jamás aparece, el tiempo discurre con la
lentitud de una lluvia que no cesa, ella lee una
crónica de Ray Bradbury y deja volar su
pensamiento como si formara parte de alguna
expedición intergaláctica, con el objeto de
asumir el tedio por su lado más amable, si se
quiere.
Pero más que la
historia, lo que se relieva en esta obra de Alba
Lucía Ángel es el interés por la
experimentación formal. No sólo intertextualiza
sus intenciones narrativas con la lectura e
interpretación que Alejandra -personaje- hace de
la crónica de Bradbury, también parodia e
involucra a la narración un diario que titula
"Memorias de una muchacha
informalista", pues el interés por la forma
la obliga a jugar con el lenguaje y sus
múltiples implicaciones. De ahí que el lector
se enfrente a la narración que rompe la
linealidad, para construir un texto fragmentado,
de historias y reflexiones inconclusas, como si
el personaje fuese apenas un pretexto para
inspirar el discurso polisémico, a la manera de
los personajes Beckettianos: piénsese en Malone,
Murphy, Watt o Godot, seres abstrusos, informes,
que apenas si respiran para modular un discurso
en todo caso inconexo pero aún atravesado por la
lógica del absurdo, de lo que ya ha perdido toda
forma natural. De este modo la autora de Dos
veces Alicia y Las andariegas entra en el
círculo de aquellos escritores colombianos que a
partir de los años cincuenta se lanzan a la
búsqueda formal, al juego con un lenguaje que se
les antojaba doctrinario, harto costumbrista y al
servicio de ideologías radicales y obsoletas.
Procuran la modernidad a través de la aventura
lingüística y en el tratamiento estético de
los asuntos literarios.
Alba Lucía
Ángel hace del discurso en Girasoles en invierno
una puesta en escena donde todo es posible: toma
citas en francés y crea una polifonía de voces
para recrear los diálogos de cafetín, los
batiburrillos urbanos. Comunica al lector la
conciencia de un personaje invadido por las
palabras; por ello el juego constante, la
parodia, la intertextualidad, como otra forma de
tejer la telaraña de la ficción y de asumir el
conocimiento y más tarde la transgresión de una
tradición literaria.
No contenta con
ello produce en la narración el ritmo inherente
a la atmósfera, esto es, con una monotonía
propia de la lluvia que hiere el compás del
tiempo inmutable. La búsqueda formal del
lenguaje que expresa la complejidad de los
personajes citadinos se convierte para Alba
Lucía Ángel en actitud permanente de creación.
La novela que nos ocupa, Estaba la pájara pinta
sentada en el verde limón, se presenta compleja
en la medida en que la autora muestra gran
destreza en el manejo de la narración y de los
materiales que involucra como testimonio, para
dar a la ficción ese toque documental que se
carga de sentido y que escapa, por su mismo
tratamiento, al mero interés de prueba
histórica.
La arquitectura
de la novela -desde el título mismo se alude ya
a un significado plural-, obedece a varios
niveles narrativos y su lenguaje en momento
alguno se encasilla; así, fácilmente puede
pasar del discurso panfletario, al juego de la
oralidad y de ahí al delirio poético enmarcado
en la ensoñación de las acciones recuperadas
por efecto de la memoria voluntaria. En este
sentido el lenguaje establece varios grados de
connotación, que van enriqueciéndose en la
medida en que el entramado discursivo descansa
sobre la base de una arquitectura narrativa
nutrida por los géneros intercalados, lo cual no
sólo da versatilidad al hecho narrado, sino que
salva a la propia autora de caer en visiones
estereotipadas sobre un fenómeno tan complejo
como el de la violencia iniciada a finales del
año cuarenta en nuestro país.
Tras una
oración, tras una súplica la infancia ocupa
el lugar de la memoria y se inicia la
posibilidad de un mundo mediado por el
lenguaje y su sentido evocador.
Caer en meros
discursos de consigna, en posiciones ideológicas
extremas resulta bastante fácil. Es más, la
mayoría de las novelas escritas sobre el mismo
fenómeno de la violencia, al decir de algunos
críticos literarios(10), no trascienden la anécdota y se
quedan sólo en el plano lineal, puente hacia el
mero discurso de ponencia. Este tipo de escritor,
por desconocimiento, ingenuidad o por
convicciones de partido, sacrifica el hecho
estético por el discurso puesto al servicio de
intereses de grupo o de dominio. Muy pocas de las
casi setenta novelas que sobre la violencia se
escribieron entre los años cuarenta y setenta en
Colombia, logran trascender a falta de elementos
estéticos, producto del trabajo sobre el
lenguaje y sus posibilidades. De manera que se
enfrenta al lector a textos meramente lineales y
que remarcan, a lo sumo, cuadros de costumbre o
descripciones que obedecen más al ejercicio
periodístico o informativo, que a la necesidad
de poetizar un mundo conflictivo y abstracto en
la dinámica de sus actores.
La novelista
Alba Lucía Ángel, fiel a la búsqueda formal
emprendida en su primera novela, estructura un
texto polifónico, de variadas implicaciones, en
cuyo fondo la visión estereoscópica, esto es,
la «pluralidad de percepciones»( Todorov) de la
realidad le permite utilizar el material
histórico y fictivo a sus anchas, sin caer
jamás en posiciones de corte político que
entierren o debiliten su propuesta.
Respondiendo a
las líneas demarcadas por Joyce y puestas en
práctica por los grandes escritores
norteamericanos de este siglo -Dos Passos,
Faulkner, Hemingway y Capote, entre otros- Ángel
se plantea desde temprano la novela como
instrumento de búsqueda y experimentación, lo
que en su momento entendieron Alvaro Cepeda
Samudio -a quien Alba Lucía Angel le dedica su
libro de relatos ¡Oh gloria inmarcesible!- y
Gabriel García Márquez en los años cincuenta y
sesenta.
Ángel asume la
novela como un todo complejo y antes de emprender
la escritura investiga, coteja fuentes, se
apropia de material documental, rescata cierto
lenguaje propio del mundo infantil para insuflar
en su obra un aire de poeticidad desbordante.
Puesto que el libro que pretende lo supone
inicialmente como resultado de una construcción
arquitectural, le da prioridad a la estructura,
al manejo de los puntos de vista, que al decir de
José Donoso es lo que le da personalidad al
escritor latinoamericano, y desde este plano
involucra las situaciones de sus personajes, con
todo y su carga emocional:
Trabajé
la estructura política de una forma
absolutamente documental. La ficción, en
cambio, va en sentido epistolar, mediante las
cartas de un muchacho que narra sus
experiencias desde la cárcel. Transcribo
textos a la letra del doctor Carlos Lleras y
la señora Ospina y Mariano y hago una
declaración de «Chispas» de cuatro
páginas. Preferí respetar ese material tal
como venía porque yo no sabía rehacer un
documento y ya que estaba vivo ahí, la
única forma era ponerlo así. Me esforcé
mucho en conseguir diferente material para
que hubiera diferentes puntos de vista. No me
interesaba tomar partido. No me interesaba
hacer nacionalismo. Cada uno de los
protagonistas reales de aquellos hechos
tenía derecho a contar su versión y así le
pinto a la gente la historia de todo lo que
pasó. (11)
Intercalar
varios géneros le permite a la escritora
multiplicar los puntos de vista. Ella misma lo
expresa, no quiere tomar partido sobre la
evidencia de los hechos que pretende narrar y que
con antelación ha investigado y analizado.
Pretende que la verdad sea construida por todos y
más la verdad sobre un hecho problematizado, que
tantas veces ha sido abordado desde el plano
superficial ideológico o desde la mera gacetilla
de directorio. Ella entiende la literatura como
algo inacabado. Desde el epígrafe, elemento
paratextual, el juego de las significaciones
está al servicio de la novela en su conjunto.
Con base en un texto documental, escrito por
Joaquín Estrada, de su libro "El 9 de abril
en palacio", el lector asiste a la
presentación de un texto que se revela desde el
comienzo enteramente polisémico.
Mediante un
contrapunto moderado, los primeros capítulos de
la novela refieren los momentos del nefasto 9 de
abril de 1948, cuando fuera asesinado Jorge
Eliécer Gaitán. Como si se tratara de un diario
de guerra o de un informe militar, la autora va
haciendo el conteo progresivo del tiempo y
ofreciendo algunos detalles sobre la manera como
se dispuso el escenario para la muerte del
caudillo. Al mismo tiempo, se narra con laxitud
la cotidianidad de Ana y su familia en la Villa
-Pereira-, como si se tratara de otro mundo,
aunque algunas circunstancias y acontecimientos
van involucrando los dos espacios hasta hacerlos
uno en el plano de la historia. Al fin y al cabo
la conmoción por la muerte del dirigente liberal
se generaliza en el país de marras y todos, sin
excepción, se advierten afectados por el evento.
La
inocencia va cediendo espacio a la mirada
fría, impertérrita, obligada por las
circunstancias de ese otro mundo de
violaciones y huidas, de crímenes y gritos
que exigen una explicación.
La novela
continúa su curso, ofreciendo más detalles en
cuanto al panorama de caos que se vive en las
ciudades y en el campo. Los niños, eje central
para asimilar la grave situación del país, son
el punto de vista objetivo, cargado de
sensibilidad poética, a través del cual se
observa la magnitud del problema.
En medio de la
confusión, varios narradores, desde tiempos y
espacios diversos, ofrecen a su manera un
detallado informe de lo que sucedió el día 9 de
abril. Pero la situación empieza a complicarse
cuando temporalmente la narración abarca una
época mucho mayor, pues Alba Lucía Ángel no
sólo se preocupa por registrar los hechos con
relación a la muerte del caudillo. Su inquietud
es la de abarcar toda una época de conflictos y
vejámenes, de atrocidades y violaciones, de
sueños frustrados: he aquí la figura lúcida
del sacerdote Camilo Torres, empuñando sin
experiencia un arma en el frente de batalla. He
ahí su sangre, prueba de la frustración. La
novelista abarca con su discurso delirante los
momentos más crudos de aquella época entregada
al absurdo. Para ilustrar, desde otro ángulo,
revive la trifulca protagonizada por estudiantes
universitarios entre el 8 y 9 de junio de 1954,
lo cual hizo tomar medidas extremas al gobierno,
como quiera que prohibió a los periódicos de
circulación nacional publicar noticias de todo
género.
Este drama
justifica la presencia del género epistolar. Una
serie de cartas llenas de angustia y dolor
enviadas por Martín a Valeria y que Ana lee con
voracidad, describe la situación que deben
enfrentar los desaparecidos en Colombia, cuando
son torturados por los aparatos del Estado: DAS,
F2, Policía, Ejército, so pretexto de obtener
información para combatir la delincuencia, la
subversión o el crimen organizado. Ya las cartas
ofrecen la visión de la inocencia perdida. Ya la
infancia se convierte en un grato recuerdo, con
sabor a «mango viche».
El país que
debieron afrontar Ana, Valeria, Martín, Lorenzo,
se contrapone al ambiente paradisíaco de La
Arenosa y a la tranquilidad monótona de su
aldea, donde las monjas siguen empecinadas en
arreglar los desórdenes terrenales a fuerza de
oraciones y rezos. Entre tanto, las voces se
multiplican: las del radio, expandiendo el caos a
ritmo de oda; las del periódico, registrando el
número de muertes y saqueos, luchando contra el
silencio y censura que obligan las autoridades;
las del comentario callejero, que nutren el mito
y determinan la magnitud de la tragedia; las del
discurso político, que aún ofrecen la
redención en medio de la carnicería; las de la
marginalidad que acrecientan las leyendas del
Capitán Venganza, Sangrenegra, Paterrana o
Tirofijo; y tras ellas, las voces de los niños
que aún preguntan por el mundo y se adhieren a
él con la esperanza de ser felices:
¿Te
gustaría ser pájaro?¿A mí?, ¡pues claro:
¿y tú...? ¿A mí?, ¡pues claro...!, y sin
hacerle caso a Rudolfina que las amonestaba
¡se romperán la crisma, niñas!, ¡que se
bajen de ese árbol...!, seguían cantando a
voz en cuello: estaba la pájara piiiiiinta,
sentada en el verde limón, con el pico
recoge la cooooola, con la pata retoma la
flor, hasta que Rudolfina fue a buscar la
escalera que don Jesús usaba para encalar
los muros: ¡cero en conducta!, gritaba
sulfurada: ¡cero en conducta esta semana!,
mientras buscaba entre las ramas a las
pájaras pintas, que ya se habían volado.
(p. 171-72)
Pero el mundo,
con sus adversidades, exige la toma de partido.
Hay en algunos de los personajes la conciencia de
escritura, un poco para justificar el tejido de
la historia y otro para alentar la dirección de
algunos destinos heridos por la palabra que se
torna estética. La ficción, el sueño, a menudo
el delirio, se erigen fortalezas para soportar la
crudeza del mundo objetivo. Unos deciden asumir
la vida con todo y sus riesgos. Otros prefieren
reinventarla y para ello se visten de poesía con
el propósito de asirla, de continuar respirando
aunque sea en medio del caos que carga de sangre
y de muertos el ambiente, mientras una voz que
surge de la novela misma pide perdón por
"esta manía de reincidir en las historias
tristes" y esa urgencia que acosa al artista
por hacer tangibles los recuerdos para recuperar
luego, a través de la memoria, jirones de vida,
pedazos de infancia, breves e intensas imágenes
diseminadas a lo largo de la existencia. La
palabra se apresta a construir o deconstruir la
realidad de este mundo.
NOTAS
(1) SARTRE, Jean
Paul. Situaciones II. ¿Qué es la
Literatura?. Losada,Buenos Aires, Argentina,
1967. p.72.
(2) RAMA, Angel.
La Narrativa de Gabriel García Márquez.
Edificación de un arte nacional y popular.
Cuadernos de Gaceta, No. 1. Colcultura, Bogotá,
1991. p. 30-1.
(3) ALAPE,
Arturo. El Bogotazo. Memorias del olvido. Ed.
Pluma, Bogotá, 1984.Testimonio de Julio Ortíz
Márquez, quien esboza un retrato del caudillo
asesinado. p.119.
(4) VALENCIA
Solanilla, César. La Novela Colombiana
Contemporánea en la Modernidad. Manual de
Literatura Colombiana, T.II.
Procultura-Planeta, Bogotá, 1985. p. 474-75.
(5) JIMÉNEZ,
Gilma. ¡Escriba, carajo!, le decían. En: Samper
Pizano Daniel. Grandes Reporta jes.
Intermedio Editores, Bogotá, 1990. p. 286.
(6) ANGEL, Alba
Lucía. Estaba la pájara pinta sentada en el
verde limón. Biblioteca Colombiana de
Cultura, Bogotá, No.6. 1975. p.5.
(7) BACHELARD,
Gastón. La Poética del Espacio.
Breviarios del Fondo de Cultura Económica,
México, 1993. p. 46.
(8) BACHELARD,
Gastón. La Póetica de la ensoñación.
Breviarios del Fondo de Cultura Económica,
México, 1994. p.38.
(9) ANGEL, Alba
Lucía. Los Girasoles en Invierno. Ed.
Linotipia Bolívar, Bogotá,1970. p.136.
(10) Ver:
BEDOYA, Luis Iván y ESCOBAR Mesa, Augusto. La
novela de la violencia en Colombia 1. Medellín,
Hombre Nuevo, 1980.
(11) JIMÉNEZ,
Gilma. Op. cit., p. 281.
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