La crisis de
hoy: razón histórica de una ausenciaGustavo Guarín Medina
Los procesos
históricos presentados en el texto son
abordados desde una perspectiva analítica
porque se refieren a la crisis que vive hoy
la sociedad colombiana.
La
globalización es el resultado del recorrido
histórico que ha hecho el capitalismo desde
el surgimiento e imposición del libre
cambio; pasando por la etapa proteccionista,
período durante el cual se consolidó el
espíritu monopolista como elemento
fundamental del neoliberalismo. La sociedad
colombiana ubicada en la periferia económica
y política, es impactada en su ya
desequilibrio rural y urbano, produciendo
múltiples dislocaciones en el delicado
tejido social por una globalización que se
profundiza cada día más y que traza
inexorables rumbos que obligan al colombiano
a asumir un rol o a esperar que la fuerza de
los cambios le sean impuestos.
I. Raíces
de la Crisis
La crisis de la
sociedad colombiana hunde sus raíces en el mismo
momento de la fundación de la República. No fue
posible renunciar a la herencia colonial que
permitiera construir un ordenamiento económico,
político y social, acorde con la dinámica
mundial de la época. Por el contrario, se
profundizó en el fenómeno del caciquismo, que
se convirtiría a la larga en el problema
socio-político básico, en la medida en que
impide la construcción de una sociedad
democrática en cuyo interior se modernice el
aparato productivo que lo ponga a tono con la
creciente globalización.
El
Clientelismo
El clientelismo
consiste en la reproducción de prácticas
culturales de control impuesto en el ejercicio
del poder, del cual emerge un espíritu de
obediencia y sumisión a un caudillo con carisma,
perteneciente a familias tradicionales. El
fenómeno es muy antiguo: en el mundo romano el
cliente era el hombre libre que le hace la corte
al padre de familia en la búsqueda de una
carrera política, quien lo protege como patrono;
los comerciantes, cuyos intereses favorecerá el
patrono gracias a su influencia política; los
poetas, los filósofos, que viven de las limosnas
del patrón por ser deshonroso el trabajo para
ellos y el pueblo raso predispuesto cada mañana
en perfecta cola ante la puerta del patrono a la
espera de un donativo que les permite a los más
pobres tener que comer ese día. El padre de
familia consolida una autoridad que ejerce en una
parte de la sociedad romana.
El medioevo
consolida un sistema de autoridad vertical, en el
cual las lealtades son ritualizadas mediante
complicados pactos que induzcan al reconocimiento
del monarca, en primera instancia y a la nobleza
como el sustento legítimo de un poder
divinizado. Duques, Condes, Marqueses, son
algunos de los títulos de nobleza que los
patronos ostentan ante su séquito de clientes,
quienes además de protección obtienen tierras,
convenidos matrimonios e ínsulas sobre siervos.
Del patrón feudal depende una clientela, a la
vez que éste depende de un señor más poderoso
a quien también le obliga guardar lealtad. A
este paradigma se le agrega el discurso de
obediencia religioso. San Agustín en sus
confesiones la proclama. El clientelismo a
través de éste largo proceso histórico se
instala en la cultura, el cual ha encontrado en
el continente americano, las condiciones para
evolucionar hacia formas políticas inmersas en
los partidos. La situación periférica de
Colombia y la tierra como eje central de los
conflictos sociales hacen del clientelismo un
fenómeno amorfo a la democracia.
Es a través de
la economía exportadora como el país se vincula
a la economía mundo y es éste el mecanismo
mediante el cual se inicia el proceso de
construcción del Estado Nacional, desde mediados
del siglo XIX, sobresalen de ésta dinámica las
exportaciones de tabaco, quina, café, cueros,
etc, con unos capitales que requieren de la
movilidad especulativa, como lo afirma Ocampo.
1996. La liberación de bienes y manos muertas
genera conflictos entre terratenientes y peones,
presentes hasta las primeras décadas del siglo
XX, sin que se resolviera el problema de tenencia
vs. producción. En este rápido panorama camino
hacia la modernización, con el despegue de la
industrialización en la década de los treinta,
el clientelismo ha sido actor de primera línea
en la evolución socio-económica y política del
pueblo colombiano pues ha posibilitado la
consolidación de poderosos grupos que
usufructuan y controlan todas las esferas de la
vida nacional. Proceso que inexorablemente ha
conducido a un estado permanente de crisis social
en la que afloran los conflictos por la pérdida
de controles y de sentido de pertenencia de la
sociedad colombiana agudizados por la
globalización.
En ciento
ochenta años de vida republicana no se ha podido
consolidar el Estado Nacional, al contrario, hoy
la sociedad colombiana sufre una profunda crisis
en la institucionalidad del Estado, su presencia
en buena medida es insuficiente, el escepticismo
ciudadano sobre su efectividad y
representitividad es mayor. Su credibilidad
apenas llega al 4.2 en la escala 10 (Sudaky,
1999). La credibilidad y confianza en el sistema
de justicia no opera, lo que explica elevados
grados de impunidad y los reducidos niveles de
denuncia de delitos. Paulatina pero firmemente la
corrupción pública y privada ha proliferado
agravada por el enriquecimiento ilícito venido
del narcotráfico y el contrabando. La
inseguridad ha puesto al país en el segundo
lugar en el continente en el número de
homicidios y el sexto del mundo en violación de
los derechos humanos.
El clientelismo
ha estimulado la cultura de la ilegalidad,
gracias a la debilidad del Estado la burocracia
ejerce influencia en la defensa de intereses
particulares de ajustes económicos, que desde la
década de los sesenta se han hecho más fuertes
hasta consolidar poderes suficientemente
paralelos al del Estado, y en muchos casos
superándolo, produciendo un debilitamiento del
tejido social, en muchos casos hasta su
desintegración. Es el caso del contrabando, que
abarca prácticamente la amplia gama del comercio
mundial, pues este se desarrolla en dos vías:
importaciones y exportaciones. En este frente se
mueve la economía informal la cual supera a
muchos sectores de la producción en capital y
mercadeo. El tráfico de armas y el tráfico de
drogas ponen el punto más alto en cuanto a la
movilidad de dineros ilícitos, de mayor impacto
en la sociedad, la cual se ha visto dislocada en
todos los niveles, que además de la violencia
viene sufriendo una parálisis productiva.
II.
Deterioro Productivo
Desde mediado
del siglo XIX Colombia ha navegado en la
búsqueda de líneas productivas que la vinculen
al capitalismo mundial, pero la ausencia de
capitales y de una mentalidad burguesa han dado
frustraciones que sólo en el fondo han producido
y estimulado una cultura de la ilegalidad. Estas
condiciones obligan a la producción -
especulación (Ocampo 1996), la debilidad del
capital y las bonanzas de quina, tabaco, añil,
etc, obligan a una movilidad defensiva del
capital, pero también la picardía hace perder
mercados, como en el caso del tabaco de Ambalema
que pierde los compradores ingleses al
encontrarse mezcla de hojas maduras con verdes.
Es sólo un ejemplo de una cultura que busca el
lucro y el dinero fácil, la cual no ha permitido
la construcción de una ética del trabajo; al
contrario existe una mentalidad del derroche que
se refleja muy bien en las unidades productivas
agrícolas o industriales, las cuelas son
trabajadas y construidas por una primera
generación pero extinguidas y derrochadas por la
segunda o en los planes de desarrollo tanto
estatales como privadas que no son continuados
por siguientes administradores pues las metas no
coinciden entre ellos ni con el bien común.
El libre cambio
durante el siglo XIX nos dejó más de sesenta
guerras, en la búsqueda del camino hacia el
capitalismo, en el XX, la especulación y la
violencia han impedido la formación de un
verdadero sistema capitalista, que requería de
estabilidad y compromiso con un proyecto
político que partiera de la construcción
social, como soporte democrático con el cual se
hubiera podido mantener programas a largo plazo.
La globalización requiere de éstas y muchas
más condiciones. Impone el desarrollo de una
cultura productiva y política democrática que
superen las crisis estructurales.
Hacia los años
sesenta arranca la desindustrialización del
país. La segunda sustitución de importaciones y
el manejo cepalino frenaron la dinámica
productivo de los 30s y 40s. El desarrollo del
mercado local jalonó la demanda interna con la
industrialización del campo, fundamentalmente en
los valles del Cauca y del Magdalena; el
creciente urbanismo con el sector de la
construcción a la cabeza, ha dinamizado ciudades
como Bogotá, Cali, Medellín, en las cuales se
concentran la industria de alimentos,
manufactureras, químicos y derivados, textiles y
confecciones.
El
mercado mundial impone la creatividad
científico-técnica, desarrollo del capital
humano con amplio conocimiento, innovación y
diferenciación de procesos productivos, que
interactuen entre los agentes productores y
organizadores, además de asignarle nuevas
funciones al papel del Estado.
El proceso de
despoblamiento del campo, la acumulación de
tierras y la violencia golpean el sector
agroindustrial, hasta el punto de frenar su
desarrollo. La ausencia del Estado posibilita la
preeminencia de intereses particulares y la
carencia de servicios básicos como
infraestructura vial, educación, salud, justicia
crean condiciones propicias para cultivos
ilegales lo que ha conducido a sacar grandes
cantidades de tierra de la producción comercial
capitalista, que obligue al uso de tecnologías y
conservación del medio; postura que va en
contravia de la globalización.
III. La
Globalización
El modelo
neoliberal impone la globalización gracias a la
revolución tecnológica-informática, que abarca
todo el mundo productivo en los que factores
determinantes de la competitividad actúan en
instancias adicionales a las condiciones propias
de la forma individual, como concernientes con
los entornos macro y mesoeconómicos y sectorial
(Garay. 1999)
El mercado
mundial impone la creatividad
científico-técnica, desarrollo del capital
humano con amplio conocimiento, innovación y
diferenciación de procesos productivos, que
interactuen entre los agentes productores y
organizadores, además de asignarle nuevas
funciones al papel del Estado. El concepto de
soberanía nacional requiere de nuevo
tratamiento, se impone cierto cuidado en su
manejo en el ámbito internacional puesto que hay
que tener en cuenta los impactos diferenciales
sobre diferentes tipos de Estado en diferentes
regiones; tendencias que debiliten y algunas
tendencias que fortalezcan los Estados-Nación;
tendencias que desplazan la regulación nacional
hacia redes transnacionales e internacionales y
tendencias que simultáneamente fortalecen los
Estados nación y transnacionalismo (Mann 1999).
La
globalización es impulsada por un sin número de
fuerzas entre las que se destacan la revolución
en la informática y la automatización; la
internacionalización de los procesos productiva
y la reproducción de capital; la mundialización
del sistema financiero y la jurisprudencia; el
desarrollo de armas atómicas; el fin de la
guerra fría y el derrumbe del campo socialista;
la agudización de problemas medioambiental pero
que también exige la defensa de los derechos
humanos, el avance de la democracia, el combate
al crimen organizado y el narcotráfico. La
globalización se introduce en todas las esferas
de la vida social: cultural, económica y social.
En el nivel
cultural la globalización impone primero una
internacionalización de la cultural y un
reacomodo de los valores, creencias y principios
que tiendan puentes de comunicación entre lo
universal y las culturas locales. En lo político
se requiere de un reordenamiento social que
excluya el clientelismo y ofrezca participación
y legitimación del uso del poder, así como en
lo económico la producción e intercambio y
consumo sean puestos al servicio de toda la
sociedad sin exclusión.
En los países
periféricos de América Latina la democracia se
ha visto resagada del ritmo económico. El bajo
nivel educativo político posibilita el
fortalecimiento del clientelismo. El electorado
es desinformado y por ende manipulado lo que lo
hace asumir irresponsablemente el voto y el
futuro del país. Cambiar éste panorama es un
imperativo social. La participación directa
requiere de verdaderos ciudadanos, con deberes y
derechos, conscientes de su papel protagónico.
Conclusiones
La crisis de la
sociedad actual tiene como eje central un sistema
político que fundado y mantenido sobre el
clientelismo, ha propiciado una dislocación del
frágil tejido social campesino construido en el
siglo XIX, pero que impactado por la
industrialización y el urbanismo se violentó al
no encontrar salida a problemas estructurales
como el conflicto tierra, la excesiva
concentración del poder, la ineficacia y
debilidad del Estado y la especulación del
aparato productivo.
Fenómenos como
el contrabando y el narcotráfico, ganan espacio
económico y político traumatizando aún más la
delicada situación colombiana, portadora de una
mentalidad ociosa y derrochadora que ha
contribuido a la crisis nacional.
La
globalización en su dinámica impone la
superación de los conflictos que hoy aqueja a la
sociedad colombiana: recesión económica, baja
calidad de la educación, narcotráfico,
guerrilla, contrabando, etc. El no hacerlo nos
pondrá en la marginalidad internacional. Sólo
una democracia verdadera, que cuente en
profundidad con la participación ciudadana,
capaz de enterrar el clientelismo, nos pondrá a
tono con el desarrollo mundial, en el que lo
económico tiene la delantera pero que exige el
perfeccionamiento de lo político y la evolución
de la cultura.
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