El problema
de los términos disposicionales o
la imposibilidad de formular definiciones
explicitas para todo término teóricoDiego Fernando
Jaramillo Patiño
El problema
de los términos disposicionales está
enmarcado en un asunto mucho más general.
Nos referimos al problema de los términos
teóricos, el cual surge como consecuencia
del programa positivista de eliminación de
la metafísica.
En el
presente ensayo nos ocuparemos de este
problema de acuerdo al siguiente orden
temático. En primer lugar, haremos
referencia al programa de «eliminación de
la metafísica»; seguidamente, expondremos
la noción de teoría como «cálculo
interpretado»; en tercer lugar,
consideraremos el vocabulario de las
teorías; y, por último, el problema de los
términos teóricos y la posibilidad o
imposibilidad de definirlos explícitamente,
vinculándolos con alguna entidad empírica
observable mediante reglas de
correspondencia.
El «programa de
eliminación de la metafísica» se origina
alrededor del siglo XVII con el surgimiento de la
ciencia experimental moderna y como reacción al
pensamiento escolástico; es retomado en el siglo
XIX por los «físicos-filósofos» (Mach,
Kirchhoff, Hertz); y penetra en el siglo XX en la
forma de una «reconstrucción racional» de la
ciencia empírica, especialmente, por los
miembros del Círculo de Viena.
En cuanto al
surgimiento del programa eliminacionista, la
Revolución Científica el siglo XVII, inconforme
con el estancamiento del conocimiento científico
en el marco de una metafísica (escolástica),
que pretendía obtener legítimo conocimiento
investigando las causas detrás de los fenómenos
que no fueran accesibles al método científico a
través del abuso de términos abstractos
carentes de todo contenido empírico, mostró la
necesidad del uso en la ciencia de términos que
estuviesen lo más estrechamente posible ligados
a lo empíricamente constatable.
La reacción de
filósofos y físicos como Kepler, Galileo, Bacon
y Descartes, era en contra del patrón
escolástico de explicación científica que
introducía «cualidades ocultas» para dar
cuenta de fenómenos naturales. No obstante, es
precisamente la obra monumental de la física del
siglo XVII, los Principia Mathematica
Philosophie Naturalis de Newton, «la que
justamente dio la impresión de volver a
introducir las «cualidades ocultas» por la
puerta trasera» (1) . El concepto universal de fuerza,
en especial, la noción de fuerza de atracción,
parece atribuir a los cuerpos graves una cierta
potencia o paciencia para atraer o ser atraídos
entre sí. A pesar de que el sistema físico
newtoniano se impusiera definitivamente, muchos
de los filósofos y científicos contemporáneos
y posteriores fueron antagónicos con él.
El problema de
las «cualidades ocultas», no resuelto en la
física de Newton, dio pie a una nueva arremetida
eliminacionista; y
«En el
siglo XIX, algunos físicos alemanes como
Gustav Kirchhoff y Ernst Mach, afirmaban que
la ciencia no debía preguntar «¿por
qué?», sino «¿cómo?». Querían decir
con esto que la ciencia no debe buscar
agentes metafísicos desconocidos como
responsables de ciertos sucesos, sino que
debía describir tales sucesos en términos
de leyes» (2)
La prohibición
de la pregunta «¿por qué?» no es otra que la
prohibición de toda pregunta metafísica para la
investigación científica. Conceptos tales como
fuerza, electrón, campo, etc., debían tener un
referente empírico que fuese directamente
contrastable, es decir, todos los términos de
uso legítimamente científicos deben estar
referidos o referirse a «observables», so
peligro de infestar de metafísica la ciencia.
Pese a todo,
parecía imposible evitar el uso de tales
conceptos en el lenguaje de la ciencia por lo
cual el programa de eliminación de la
metafísica, si quería tener éxito, debería
ser más bien una «reconstrucción racional» de
las teorías empíricas. Así, pues, el programa
de eliminación de la metafísica toma en el
siglo XX el camino del reduccionismo. En esta
línea de trabajo se inscribe la tradición de
pensamiento del llamado Círculo de Viena(3).
Para los
filósofos reunidos en torno al Círculo de
Viena, una teoría empírica era concebida como
«cálculo interpretado»:
«Concebidas
como conjuntos de afirmaciones sobre un
determinado ámbito, las teorías se analizan
o reconstruyen como teniendo cierta
estructura que expresa las relaciones que
mantienen entre sí las diversas afirmaciones
y los diversos términos o conceptos con los
que se realizan tales afirmaciones. La
noción formal que expresa esa estructura es
la de cálculo axiomático o, simplemente,
teoría axiomática y se aplica por igual a
teorías empíricas y teorías puramente
formales»(4) .
Nótese que
tanto las teorías formales como las empíricas
son axiomatizables, es decir, de ellas se puede
dar un conjunto mínimo de afirmaciones
primitivas o axiomas, independientes entre sí,
de las cuales es posible derivar otras
afirmaciones que son sus consecuencias lógicas o
teoremas. Las afirmaciones, en general, están
constituidas por términos o conceptos que
expresan el aparato conceptualizador de la
teoría y mediante el cual se relaciona con el
ámbito de la realidad del que se ocupa. Los
términos son susceptibles de ser simplificados
al ser posible introducir términos nuevos a
partir de otros anteriores por medio de las
definiciones, que conforman la tercera clase de
las afirmaciones de una teoría. Así, pues, es
posible reducir unos términos a otros de una
teoría a través de las definiciones, las cuales
«no son afirmaciones del mismo tipo que los
axiomas o teoremas, no son afirmaciones
sustantivas de la teoría sino que expresan meras
abreviaturas notacionales»(5) .
Esto en cuanto a
la noción de cálculo. El caso no es el mismo en
cuanto a la noción de cálculo interpretado.
Pues, mientras en las teorías puramente
formales, en las cuales los axiomas definen
implícitamente los términos primitivos,
«cualquier estructura que sea modelo de los
axiomas es una interpretación admisible de los
mismos»(6); en las teorías
empíricas, y precisamente por su naturaleza
empírica, estamos obligados a «completar las
parte puramente axiomático-formal con elementos
adicionales que den cuenta de su carácter
físico; estos elementos deben hacer
explícitos los modos en que el formalismo
abstracto se pone en contacto con la experiencia,
esto es, el modo en que recibe una interpretación
física determinada»(7) . Así:
«Las
teorías empíricas son pues cálculos
axiomáticos interpretados empíricamente a
través de esos enunciados que conectan los
términos del formalismo abstracto con
situaciones de observación directa»
(8) .
Las teorías
empíricas poseen pues un sistema de afirmaciones
constituido por: las afirmaciones del cálculo
axiomático abstracto; las afirmaciones puramente
observacionales; y, las reglas de
correspondencia. El vocabulario de la ciencia se
compone en consecuencia de: un vocabulario formal
Vf de términos puramente
lógico-matemáticos; un vocabulario
observacional Vo de términos
observacionales; y, un vocabulario teórico Vt
de términos teóricos. De esta manera puede
verse que las afirmaciones de una teoría
empírica son: o bien, enunciados puramente
teóricos, con los cuales se expresa el
comportamiento de las entidades teóricas; o
bien, enunciados puramente observacionales, que
describen situaciones directamente observables o
expresan leyes empíricas; o bien, reglas de
correspondencia, que vinculan los términos
teóricos con los términos observacionales,
proporcionando de esta manera una interpretación
empírica de los axiomas teóricos(9) . De lo anterior, surge
la noción de que una teoría empírica es un par
de la forma T=<A, R>, es decir, «las
teorías empíricas son cálculos interpretados:
A es el cálculo axiomático, R proporciona la
interpretación empírica»(10) .
Al igual que en
las teorías puramente formales en las cuales la
reducción de unos términos a otros se logra
mediante definiciones, en las teorías empíricas
la reducción de términos teóricos a términos
observacionales viene dada a través de las
reglas de correspondencia cuya forma es la de las
definiciones explícitas.
Quizás el
principio más importante del empirismo lógico
es el principio de la verificabilidad según el
cual un enunciado sintético (una regla de
correspondencia que involucra tanto términos
teóricos como observacionales - de allí su
carácter sintético) es significativo sí y
sólo sí es posible verificarlo. El esfuerzo de
Carnap por ofrecer una formulación lógica
consistente de este principio tiene dos etapas;
inicialmente, Carnap afirma que un enunciado es
significativo -esto es, perteneciente a la
ciencia empírica y, por tanto, conocimiento
verdadero- sólo si cada término no-lógico es
definible explícitamente por medio de un
lenguaje fenomenalista lo suficientemente
restringido; pero el mismo carnap, unos años
después, se percató de que la vía
fenomenalista de reducción de enunciados
teóricos a observacionales era insostenible,
puesto que un lenguaje tal es demasiado pobre
como para definir conceptos físicos. Carnap,
entonces, aborda una nueva vía, la vía
fisicalista, escogiendo un lenguaje objeto o
lenguaje-cosa como lenguaje básico; en este tipo
de lenguaje fisicalista, cada término primitivo
es un término físico, y todos los otros
términos deben ser definidos por medio de
términos básicos. En su nueva formulación del
principio de verificabilidad, todos los términos
tienen que ser reducibles por medio de
definiciones -explícitas- al lenguaje
observacional. Sin embargo, Carnap se da cuenta
además, de que una definición explícita de los
términos teóricos es a menudo imposible.
Existen conceptos o términos disposicionales,
que son conceptos propiamente teóricos y los
cuales se resisten a ser eliminados o reducidos
mediante definiciones explícitas.
Los términos
disposicionales se refieren a disposiciones
(atributos, cualidades o comportamientos) de
objetos o sistemas. Ejemplos de términos
disposicionales pueden ser: flexible, maleable,
soluble, elástico, conductor, apareable,
inteligente, agresivo, etc. Ninguno de estos
términos designa una propiedad o una entidad
observables directamente (11), antes bien, «estos términos se
refieren a propiedades que se caracterizan por
cierta reacción ante ciertas circunstancias; por
ejemplo, un cuerpo es soluble si, al sumergirse
en agua, se disuelve»(12) . Tomando este ejemplo, podemos
ver claramente que la única definición
explícita para las propiedades disposicionales
debe tener la forma:
Dx
x (Cx Ø Rx)
Donde:
D= propiedad
disposicional
C=
condiciones observables de actualización de
la disposición
R= respuesta
observable que la disposición produce en la
condiciones.
Así, en nuestro
ejemplo, la definición de «soluble», tendrá
la forma:
Sx
x (IAx Ø Dx)
Es decir, un
cuerpo es soluble, si y sólo sí, al ser
introducido en agua, éste se disuelve. La
disposición que queremos definir es la de
«soluble», la condición de actualización es
el «introducir el cuerpo en agua», y la
respuesta observable es la «disolución» del
cuerpo.
«El
problema es que, por la lógica del
condicional material, estas definiciones
atribuyen la propiedad disposicional a todo
individuo que no sea sometido a las
condiciones C, a toda sustancia que no se
sumerja nunca en agua, lo cual es
inaceptable»(13) .
Si tomamos un
cuerpo cualquiera, digamos una hoja de papel p y
evitamos someterla a las condiciones C de
ser introducido en agua, quemándola por ejemplo,
entonces la condición C no se cumple para
p, esto es, no IAp (se lee:
no-IAp). Podemos expresar lo anterior diciendo
que:
p(Sp
x (IAp Ø Dp)
$p
IAp
IAp
v Dp por adición
IAp
Ø Dp por implicación
La consecuencia
de este procedimiento es que, el condicional del definiens
resulta ser verdadero, por lo tanto, el
bicondicional será verdadero y así el definiendum.
Una reducción
radical, esto es, definir explícitamente un
término disposicional, es una propuesta
inviable. Carnap la abandona por una reducción
parcial de la forma:
Cx
Ø (Dx x Rx)
Es decir:
Si x se
introduce en agua, entonces x es soluble sí y
sólo sí x se disuelve. Pero, igualmente, por no
ser una definición explícita, sino una
reducción parcial, es imposible eliminar el
término disposicional. La razón la constituye
el hecho de que estos términos tienen que ver
con condiciones de carácter meramente
hipotético y «su significado no puede agotarse
en una serie de predicados puramente
observacionales. Por otro lado, sería absurdo
eliminarlos del discurso científico por
«metafísicos»: ellos abundan en todas las
disciplinas científicas, y muchas teorías bien
establecidas no podrían formularse sin ellos» (14) .
La importancia
del problema de los términos disposicionales
radica en que muestran la ineliminabilidad
definicional de los términos teóricos. Si el
Programa Eliminacionista quiere tener éxito,
deberá intentar una eliminación no definicional
de los términos teóricos tal y como lo hacen
Ramsey y Craig.
NOTAS
(1) MOULINES, C.
Ulises. Conceptos Teóricos y Teorías
Científicas, En: La Ciencia: Estructura y
Desarrollo, p. 150.
(2) CARNAP,
Rudolf. Fundamentación Lógica de la Física.
p. 18
(3) En nuestro
contexto, merece mención una especial
característica del Círculo de Viena: su
decidida oposición a toda especulación y a toda
metafísica, y su aspiración a la constitución
de una «filosofía científica», en
particular de un lenguaje científico de firme
base observacional.
(4) DIEZ, José
A., MOULINES, C. Ulises. Fundamentos de
Filosofía de la Ciencia. p. 268.
(5) Ibid.
p.270.
(6) Ibid.
p.287-288
(7) Ibid.
p.287
(8) Ibid.
p.290
(9) Las reglas
de correspondencia son algo así como un
«puente» que permite pasar o transportarse de
lo teórico a lo observacional y viceversa.
Ejemplos de reglas de correspondencia pueden ser:
i. Si se produce
una oscilación electromagnética de una
frecuencia determinada, entonces se observará un
color azul-verdoso de determinado matiz. Carnap.
Fundamentación Lógica de la física, p. 199.
ii. La
temperatura (medida por un termómetro, por lo
cual se trata de un observable en el sentido
amplio explicado antes) de un gas es proporcional
a la energía cinética media de sus moléculas.
Carnap. Idem.
iii. Otra regla
de correspondencia vincula la presión del gas
con el choque de las moléculas con las paredes
del recipiente.
iv. La masa
total M del gas es la suma de las masas m de las
moléculas.
v. ¿Qué sucede
cuando pasa una corriente por un alambre de
cobre? El diccionario de la teoría hizo
corresponder este fenómeno observable con el
movimiento a lo largo del alambre de pequeños
cuerpos cargados.
Son, en
realidad, muchos los ejemplos de reglas de
correspondencia que podrían traerse a colación;
sin embargo, confío en que con los cinco
anteriores quede claro en qué consisten las
reglas de correspondencia y cuál es su forma
como enunciados en el vocabulario de una teoría.
(10) DIEZ, José
A., MOULINES, C. Ulises. Fundamentos de
Filosofía de la Ciencia. p. 292
(11) Carnap, en
su Fundamentación Lógica de la Física,
nos aclara el sentido de «observable»:
«Los filósofos y los científicos utilizan de
manera muy diferente los términos «observable»
e «inobservable». Para un filósofo
«observable» tiene un sentido más estrecho. Se
aplica a propiedades como «azul»,
«duro», «caliente», etc. Son
propiedades que se perciben directamente a
través de los sentidos. Para el físico, la
palabra tiene un significado mucho más amplio.
Incluye toda magnitud cuantitativa que pueda ser
medida de una manera relativamente simple y
directa» Capítulo XXIII, página 193.
(12) DIEZ, José
A., MOULINES, C. Ulises. Fundamentos de
Filosofía de la Ciencia, p. 294.
(13) Ibid.
p.295
(14) MOULINES; C. Ulises. Conceptos
y Teorías Científicas. p.155.
BIBLIOGRAFIA
CARNAP, Rudolf. Autobiografía
Intelectual. Paidós, Barcelona, 1992
CARNAP, Rudolf. Fundamentación
Lógica de la Física. Ed. Orbis, S.A.,
Barcelona, 1986.
DIEZ, José A.,
MOULINES, Carlos Ulises. Fundamentos de
Filosofía de la Ciencia. Editorial Ariel,
S.A., Barcelona, 1997.
MOULINES, Carlos
Ulises (Editor). La Ciencia: Estructura y
Desarrollo. Editorial Trotta, S.A., Madrid,
1993.
|