Palabras y Conceptos

Julián Serna Arango

Cuando se abordan los fenómenos propios del ámbito físico-biótico, en el que los universales registran un indiscutible protagonismo, no habría mayor dificultad en reducir la palabra al concepto; no así cuando se abordan fenómenos propios del ámbito histórico en el que priman las diferencias, máxime en tiempos como el nuestro cuando el fenómeno del plurilingüismo (Bajtín) se ha hecho más evidente todavía.

 

1. Aristóteles y Whorf

En uno de los más afamados relatos de Borges, «Funes el memorioso», leemos: «Pensar es olvidar diferencias» (1). Contrasta semejante aseveración con la no menos categórica de Derrida cuando advierte: «En una lengua, en el sistema de la lengua, no hay más que diferencias»(2). Cotejando ambas fórmulas, el pensar, se concluye, estaría en contravía respecto del hablar, del escribir. El hablar viviría de la diferencia, el pensar, en cambio, de su eliminación. ¿ No es posible, acaso, pensar las diferencias? Si a diario hablamos de las diferencias ¿Cómo no pensar en ellas? Sólo si pensar y hablar no son lo mismo pudiéramos decir que recordamos las diferencias al hablar, así las olvidemos al pensar.

Las relaciones entre lenguaje y pensamiento han ocupado a filósofos y lingüistas desde tiempo atrás. Para Aristóteles, el lenguaje, y en particular, una lengua, constituye el doble acústico o visual de una serie de contenidos mentales (los conceptos) que remiten en última instancia a los objetos. Para Whorf, en cambio, la lengua constituye un programa, una guía del pensar. ¿Hasta donde es posible subordinar el lenguaje al pensamiento, hasta donde el pensamiento al lenguaje? Tales preguntas, en síntesis, llevarían a discutir la identidad de la palabra y su diferencia con el concepto.

2. La palabra

En virtud de su condición polisémica, la palabra se caracteriza por una virtualidad semántica de amplio espectro. Aunque el interlocutor o el autor elijan en cada contexto una determinada jerarquización de los semas o unidades mínimas de significación en la terminología de Greimas, las más de las veces carecen de los recursos fonéticos o tipográficos para hacer explícita su elección. De allí una cierta inercia de la palabra, la cual arrastra una multiplicidad de semas impertinentes en los diferentes actos comunicativos.

Para discriminar los semas pertinentes de los impertinentes, para dilucidar el significado y sentido de una palabra en determinadas circunstancias, es menester tomar en consideración:

1. La acción a distancia de una palabra sobre otras.

2. La concepción de la palabra como iceberg, como quiera que la palabra a primera vista revela únicamente su capa más superficial.

 

2.1. La acción a distancia

Alrededor de los semas consuetudinarios y metafóricos de una palabra, gravitan una multiplicidad de resonancias semánticas. Cuando escuchamos la palabra «casa» por ejemplo, podemos pensar en residencia, construcción, hogar, pero también en confinamiento, intimidad, centro, inclusive en los padres, los niños, la noche, el silencio, el ocio, de acuerdo con las circunstancias.

Para dilucidar el significado y sentido de una palabra en un contexto dado, para seleccionar los semas pertinentes, para jerarquizarlos, forzosamente debemos partir de la formación intelectual, de la precomprensión de mundo del interlocutor o lector, la cual puede pecar por exceso y actualizar resonancias semánticas no vinculadas con el texto (y en ese caso se estaría especulando), o por defecto, y pasar por alto resonancias semánticas sin las cuales no sería posible articular el respectivo discurso como totalidad. Entre las resonancias semánticas disponibles, el interlocutor o lector selecciona las que considera pertinentes de cara al respectivo contexto. Para el efecto, el interlocutor o lector atiende diferentes criterios.

En primer lugar, la frase en medio de la cual aparece la palabra. No nos sugiere lo mismo la palabra «noche» en medio de las siguientes frases:

1. Un verso de Neruda:

La noche está callada y titilan, azules, los astros, a lo lejos(3).

Lejos de reducir la palabra «noche» a sus atributos físicos, el lector probablemente la asocie con sentimientos de soledad.

2. Un refrán popular:

De noche todos los gatos son pardos.

Allí la palabra «noche» haría alusión a la oscuridad porque dificulta la discriminación de los colores. Al reivindicar la oscuridad, el interlocutor destacaría el más característico de sus atributos físicos vinculados a la palabra «noche».

3. Una observación cotidiana:

Por ciertas zonas de la ciudad es peligroso caminar de noche.

Allí la palabra «noche» presupone el paralelismo entre el ciclo día-noche y el ciclo vigilia-sueño, y el interlocutor haría hincapié en la soledad y el silencio característico de las calles tan pronto oscurece, y por tanto en el peligro de transitarlas.

 

Antes se creía que el significado y el sentido iban de las palabras a la frase, de la frase al párrafo y así sucesivamente, ahora debemos tomar en consideración la vía contraria, y asumir que dicho significado y sentido se adquieren de cara a la frase, al discurso y a la tradición

 

El significado y el sentido que el lector vincula a determinada palabra suele ser inducido también por frases precedentes o posteriores, es decir, por el resto del texto.

Si en un texto aparece el término «cultura», así:

Al estudiar la sociedad industrial contemporánea no debemos pasar por alto su cultura

 

Es probable que dicho pasaje no suministre todavía las claves para seleccionar entre las múltiples disponibles las resonancias semánticas pertinentes del término cultura. De allí que el lector suela tomar en consideración algunas expresiones previas como sería por ejemplo:

Estos tiempos postmodernos son tiempos de cambio

 

La relación de la primera frase con la segunda llevaría al lector a incorporar la programación de los mass media al inventario de la cultura, y a descartar las resonancias semánticas que reducen el término cultura a la alta cultura. No obstante, el lector pudiera preguntarse todavía si el término «cultura» así definido comprende lo que en algunos contextos se conoce como civilización, si comprende todo cuanto diferencia al hombre de la naturaleza, o si el término «cultura» se circunscribe, en cambio, a los fenómenos propiamente intelectuales. Si más adelante el lector se encuentra con la siguiente frase:

Aplicar los criterios neoliberales en el ámbito educativo implicaría reducir el concepto de hombre al de mercancía.

 

Probablemente deduzca que si bien el término «cultura» no se restringe a la denominada alta cultura, lejos está de operar como sinónimo del término «civilización», y así sucesivamente.

Dependiendo del léxico, una misma palabra trasmite diferentes resonancias semánticas. Si el término «deshonestidad» se lee en un libro de economía, la primera reacción será la de asociar dicha palabra con una estafa comercial. Si la palabra «deshonestidad» se lee, en cambio, en una novela de aventuras probablemente se pensará en el valor de la palabra.

En el caso de la oralidad debemos adicionar como criterio para reconocer las resonancias semánticas pertinentes, los elementos propios del contexto situacional, como serían por ejemplo los elementos prosódicos: volumen de la voz, entonación, etc. En función de tales variables la expresión:

María va a ganar, puede significar:

- Que efectivamente María ganará. Si se lee sin ningún énfasis en particular.

- Que deseamos de todo corazón que María gane: Cuando la frase se expresa con un exceso de fuerza, pero que paradójicamente revela debilidad.

- Que por supuesto María perderá: En este último caso se trataría de la frase en cuestión expresada con tono de ironía.

 

No es suficiente hablar de la multiplicidad de resonancias semánticas de una palabra, es necesario referirnos además a la difuminación de su sentido.

Cuando utilizamos la expresión el tiempo corre al reencontrarnos con un amigo de la infancia no queremos decir exactamente lo mismo que si utilizamos la misma expresión al advertir que empezamos el segundo mes del año o si se acerca la hora de levantarnos para ir al trabajo. En todos los casos el tiempo corre pero a diferentes velocidades relativas. En el primer caso han pasado unos años; en el segundo, unos días; en el tercero, unas horas, y en todos ellos a pesar del tiempo transcurrido todavía nos sentimos cerca del momento inicial que sirve de referencia. El correr del tiempo es más notorio en la primera expresión que en la segunda y más en la segunda que en la tercera cuando pudiéramos decir (simplemente) que el tiempo pasa. En síntesis, en lo relativo a la palabra «tiempo», la resonancia semántica de la velocidad se difumina al ir de un ejemplo a otro. Ello llevaría a reconocer la existencia de un repertorio de resonancias semánticas disponibles con relación a una misma palabra en una misma acepción.

Antes se creía que el significado y el sentido iban de las palabras a la frase, de la frase al párrafo y así sucesivamente, ahora debemos tomar en consideración la vía contraria, y asumir que dicho significado y sentido se adquieren de cara a la frase, al discurso y a la tradición (a los otros discursos) en medio de la cual se debaten. A leer no sólo debemos acudir a la lectura lineal-proposicional, sino además a la lectura supraproposicional.

2.2. La palabra como iceberg

A semejanza de los icebergs, las palabras en principio no dejan ver más que su aspecto superficial. De allí la tendencia a reducir las palabras a rótulos utilizados para de signar objetos, acciones y cualidades. La palabra, no obstante, refleja mejor que nada la trama de la existencia, su complejidad inaudita. Enseguida un ejemplo relativo a la palabra «alma».

En primer lugar la palabra «alma» designa un objeto, y en particular, el componente espiritual del hombre.

En virtud del cruce de léxicos que constituye la comunicación propiamente dicha, y en particular del surgimiento de las metáforas, la palabra «alma» alude por ejemplo a la unidad de estilo o de carácter de un pueblo por medio de expresiones como el alma alemana.

Por último, el término «alma» estaría comprometido con una serie de presunciones. Entre las resonancias semánticas del término «alma» se cuenta la de no-material. El término «alma», en consecuencia, estaría comprometido con el dualismo cuerpo-alma. Dado el carácter excepcional de lo no material frente a lo material, el dualismo cuerpo-alma es un dualismo asimétrico en favor del último de sus términos, en detrimento del primero. De allí la concepción del cuerpo como medio, como instrumento o vehículo del alma, concepción la cual llevaría a infravalorar determinadas actividades humanas en las que el cuerpo juega un papel de primer orden como la actividad manual (en Grecia) y la vida sexual (por la Iglesia).

Desde determinados presupuestos se habilitan determinados léxicos, se construye determinado mundo. Dilucidar una misma palabra a partir de diferentes presupuestos daría lugar a múltiples confusiones.

Comprometido el término alma con la antítesis cuerpo-alma, con el concepto de espiritualidad, con el de no materialidad, inclusive, en el contexto del cristianismo por ejemplo, difícilmente pudiéramos comprender discursos en los que el término «alma» estaría comprometido, en cambio, con la antítesis inerte-vivo como sería por ejemplo la psicología de Aristóteles, de acuerdo con la cual todos los seres vivos tienen alma, y menos aún el término alma faústica, un alma vinculada a los excesos, de acuerdo con Spengler.

3. Los conceptos

3.1. Número y concepto

Aunque en principio hablamos, escribimos con palabras, en algún momento ensamblamos conceptos. ¿Cómo explicar el tránsito de la palabra al concepto? Al respecto, la clave estaría en los números, los cuales no sólo se caracterizan por su precisión, cuando, además, se revelan inmunes a las contingencias del devenir. Resulta apenas obvio que en algún momento nos seduzca la idea de conquistar para el lenguaje las cualidades de los números.

En primer lugar, el 3 es siempre la triple unidad sin mediar discusión ni interpretación. Hacer algo similar con las palabras implicaría seleccionar entre los diferentes significados y sentidos de cada palabra uno sólo en detrimento del resto. «Casa» sería por ejemplo construcción antes que hogar; «política», actividad partidista antes que servicio social, o viceversa. Definido el hipotético sentido propio de las palabras, discriminados sus usos y jerarquizados sus semas, ellas quedarían encadenadas a determinados atributos.

En segundo lugar, los números se caracterizan por su nivel de abstracción. Los números son clases. ¿Pudiera ocurrir algo semejante con las palabras? Por supuesto que sí. Es cuando la palabra, un sustantivo, un nombre común, se transforma en universal.

Si los campos semánticos se dividen en clases, si las clases se dividen en individuos, es posible introducir una serie de niveles intermedios. De allí la existencia de clases de orden superior a las clases compuestas por individuos, hasta configurar taxonomías como la de la biología la cual no sólo comprende las categorías de individuo y especie, sino además (en su versión tradicional) las de género, familia, clase, orden, tipo y reino.

La relación individuo-clase, registrada por medio de frases tales como: Rocinante es un caballo, así como la relación clase de nivel 1 (especie)-clase de nivel 2 (género) formulada por medio de frases tales como: Los caballos son equinos, constituye una relación de inclusión registrada por medio de expresiones de la forma A es (o está en) B, es decir, por medio de proposiciones. Si los fenómenos están regidos por una rigurosa taxonomía, nada más adecuado para dar cuenta de ellos que hacerlo mediante proposiciones.

Si la matemática parte de la lógica (Russell) y la lógica representa el pensamiento puro, cuando la palabra imita al número, ella se subordina al pensamiento, es decir, toma la forma de un discurso lógico.

A las características del discurso lógico ya mencionadas, consideradas desde el punto de vista de la escritura, debemos adicionar desde el punto de vista de la lectura la reducción de la lectura a la lectura lineal-proposicional, en detrimento de las lecturas sub y supraproposicional.

3.2. Nombre común y concepto

Que la palabra se utilice como nombre común, es un hecho; pero que el nombre común se conciba como universal, resulta discutible. Sin embargo, no faltan los ejemplos.

Si en lo relativo al ámbito histórico no debemos comprometer las palabras con determinados atributos de una vez por todas a riesgo de incurrir en arbitrariedades manifiestas, los nombres comunes no serían más que apodos compartidos para valernos de la terminología de las discusiones medievales.

Primeramente biólogo, Aristóteles sabía que en los animales «superiores», es decir, en los que se reproducen sexualmente(4), es posible distinguir cuando pertenecen a la misma clase, es decir, cuando pertenecen a la misma especie; ello ocurre si su cruce es fértil. Los elementos químicos constituyen clases naturales, otro tanto pudiéramos decir de las formas de energía o de las fuerzas fundamentales de la física.

En el ámbito físico-biótico, cada vez que rotulamos una serie de fenómenos con el mismo nombre, no suele haber dificultad en transmutar ese nombre común en universal, en concepto, no así si se trata de fenómenos propios del ámbito histórico. Transmutada la palabra en concepto, comprometida con determinados atributos, ese mismo concepto puede resultar inapropiado para designar fenómenos rotulados con el mismo nombre. Si definimos el término «democracia» como la renovación periódica de los gobernantes por medio del sufragio universal, no sería tal la democracia griega; si asumimos la división del poder como la esencia de la democracia, no sería tal la asamblea de hombres libres de los pueblos germánicos; si eliminamos la restricción del sufragio universal habría que clasificar como democracia la elección del emperador del sacro imperio romano-germánico reducida a 7 electores, si eliminamos el requisito de la división del poder sería menester reivindicar como democracias las autodenominadas democracias populares de la antigua órbita soviética, lo cual resulta ciertamente discutible. Si en lo relativo al ámbito histórico no debemos comprometer las palabras con determinados atributos de una vez por todas a riesgo de incurrir en arbitrariedades manifiestas, los nombres comunes no serían más que apodos compartidos para valernos de la terminología de las discusiones medievales.

A pesar de las dificultades para comprometer una palabra con determinados atributos, es decir, para transmutarla en concepto, ello constituye una práctica consuetudinaria de los textos filosóficos, con frecuencia sofística. Enseguida un ejemplo:

Si el concepto Dios se escribe «Dios», si la palabra dios se escribe «Dios», se pretende que la última se comporte como el primero, es decir, que permanezca encadenada a los mismos atributos. De allí la aplicación de la ley transitiva, de acuerdo con la cual dos cantidades iguales a una tercera son iguales entre sí, y que hace parte de nuestro repertorio de operaciones lógico-matemáticas a partir de los 7-8 años como fuera advertido por Piaget, aplicación, no obstante, sofística, cuando se toman en consideración sus afinidades únicamente (ambos se refieren al fenómenos de las hierofanías en general), pero se pasa de largo ante las diferencias (el concepto Dios se compromete con algunas hierofanías en particular). Reducir la palabra al concepto sería una forma de ejercer violencia sobre la palabra, y en particular, sobre la experiencia.

Una cosa es aplicar la ley transitiva en las matemáticas, cuyos atributos giran alrededor de un único sema: la cantidad, y otra distinta es aplicarla en otros ámbitos de la experiencia, cuyos objetos o eventos son rotulados por términos polisémicos. No por compartir uno o varios atributos se sigue que dos objetos o eventos compartan los demás y menos aún que los jerarquicen de igual manera. No por poseer el mismo nombre, ser de la misma estatura, trabajar en lo mismo dos hombres son iguales. De allí que la aplicación de la ley transitiva allende los términos monosémicos suela ser arbitraria.

Definido el concepto de Dios por la Escolástica cristiana como ser uno, simple, omnipotente, omnisciente, principio y fin de todas las cosas, esa definición puede coincidir con el uso de la palabra dios en determinados contextos, pero no en todos. ¿ Cómo aplicar a todos los dioses el concepto de Dios de la Escolástica cristiana? Un ejemplo. Dionisos, dios entre los griegos, hace parte de una tradición politeísta y por tanto no es dios uno y mucho menos el fin de todas las cosas; ni es omnipotente porque está sujeto a la moira; tampoco es simple porque es hijo de mortal y divinidad, y menos aún omnisciente porque debiendo compartir su poder con otros dioses ignora sus recónditos designios. Ni Dionisos, ni siquiera Zeus, serían el principio de todas las cosas puesto que proceden de otros dioses y en última instancia del caos si nos atenemos a la mitología de Hesíodo. Para preservar la reducción de la palabra dios al concepto de Dios definido por la Escolástica cristiana sería menester asumir una posición dogmática y rechazar la existencia de los demás dioses clasificados como simples simulacros. Ello, tarde o temprano, resultaría insostenible.

La definición de la palabra dios, su hipotético sentido propio, cuando más sería válido en determinado contexto desde un punto de vista sincrónico. En diferentes contextos y/o desde un punto de vista diacrónico, en cambio, resulta evidente la mutación de los semas de la palabra «dios». A ello se refiere Greimas cuando dice: «La diacronía puede comprender tanto duraciones de cinco segundos como de cinco siglos, puede desposeer a los lexemas de algunos de sus semas»(5).

Si en el ámbito histórico los conceptos comprometen la palabra con determinados atributos de una vez para siempre, ello constituye una simplificación de la experiencia las más de las veces abusiva; si hacen referencia, en cambio, a generalidades válidas para determinado contexto, hablaríamos de significados y sentidos, de acepciones y usos de las palabras, y hablar de conceptos resultaría superfluo.

4. Palabras y conceptos hoy

En el ámbito físico-biótico registramos los fenómenos ordenados en clases y jerarquizados por medio de una rigurosa taxonomía. De allí la primacía de los universales sobre las diferencias, cuando la utilización de un lenguaje conceptual, de un lenguaje sometido a las restricciones del discurso lógico constituye un procedimiento intelectual apenas obvio. ¿Acontece lo mismo en el ámbito histórico?

Si tomamos en consideración fenómenos como la globalización de la economía, no faltaría quien anote que en el ámbito histórico se registra el predominio del universal sobre la diferencia a semejanza de lo acontecido en el ámbito físico-biótico. No obstante, ello resultaría discutible.

Al tiempo que registramos la globalización de la economía, participamos hoy día de la configuración de un mundo diverso y disperso desde el punto de vista cultural.

En épocas pretéritas los habitantes de determinada ciudad compartían los mismos estímulos socio-culturales básicos, cuando la construcción de mundo realizada por un individuo (lo que tenía sentido y significado para él) difería poco de la de su vecino, cuando no sólo compartían las mismas instituciones, cuando, además, compartían religión y filosofía, símbolos y relatos, gustos y modas. Hoy, cuando las posibilidades de la educación y la cultura han adquirido dimensiones superlativas, cuando los medios de comunicación de masas, primero; Internet, después, ponen a circular significados y sentidos allende su lugar de origen a la velocidad de la luz, la construcción de mundo adquiere un carácter cada vez más personalizado.

Si en el ámbito histórico los conceptos comprometen la palabra con determinados atributos de una vez para siempre, ello constituye una simplificación de la experiencia las más de las veces abusiva

Ayer la diversidad cultural obedecía a criterios geopolíticos, hoy alternan múltiples léxicos dentro de una misma ciudad, cuando los poetas, los filósofos, los físicos, los comerciantes, pero también los jóvenes y los adultos, los idealistas y los pragmáticos para citar algunos ejemplos ensamblan su propio léxico a partir del mismo lenguaje ordinario variando los énfasis de las palabras, la jerarquización de sus semas.

Mientras el monolingüismo conserva (hasta cierto punto) su vigencia en el ámbito físico-biótico; el plurilingüismo (expresión acuñada por Bajtín), en cambio, adquiere una vigencia superlativa en el ámbito histórico. De allí la polarización de los usos lingüísticos. Mientras el lenguaje conceptual reivindica su protagonismo en el ámbito físico-biótico; en el ámbito histórico, en cambio, se multiplican las figuras retóricas.

Mientras en un mundo ordenado y jerarquizado el lector únicamente asume las palabras en su hipotético sentido propio; en un mundo configurado por el cruce de una diversidad de léxicos se realizan múltiples trasteos semánticos, dando lugar a otras tantas metáforas, es decir, a la creación continua de significado y sentido. Mientras en el primero el lector reduce la palabra al concepto, es decir, la compromete con determinados atributos; en el segundo, en cambio, en una misma palabra se superponen diferentes significados y sentidos dando lugar a las paradojas. Mientras en el primero el lector únicamente asume una lectura lineal-proposicional del texto y no admite significados y sentidos sub o supraproposicionales; en el segundo, en cambio, se registra el desdoblamiento del significado y del sentido como por ejemplo en las ironías, cuando al sentido proposicional manifiesto se opone un sentido supraproposicional latente.

A pesar de la dispersión de léxicos en lo relativo al ámbito histórico no sobreviene la incomunicación como argumentan ciertos críticos apocalípticos, sino la consolidación del plurilingüismo, la coexistencia de una multiplicidad de léxicos a partir de un mismo lenguaje ordinario.

5. Conclusión

En el ámbito físico-biótico la reducción de la palabra al concepto (en términos generales) conserva su vigencia. En el ámbito histórico, en tiempos como el nuestro cuando se radicaliza el plurilingüismo y las figuras retóricas recuperan el protagonismo perdido, en cambio, la validez de los conceptos se limita a determinado contexto o en su defecto obedece a una perspectiva sincrónica. Supeditada al concepto en el ámbito físico-biótico, la palabra lo sobrepasa en el ámbito histórico. Lejos de ser sometida al pensamiento, a la lógica binaria, de comprometerse con determinados atributos, de operar, en fin, como concepto, la palabra reivindica su plasticidad semántica.

NOTAS

(1) Cfr. BORGES, Jorge Luis. Funes el memorioso. En: Ficciones. En: Prosa completa. Buenos Aires: Emece, 1989. v 2, p. 113-4

(2) DERRIDA. La Différance. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1989. p. 47

(3) NERUDA. Poema 20. En: 20 poemas de amor y una canción desesperada. Buenos Aires: Losada, 1971. p. 95

(4) Como ha sido expuesto por Fernando Vallejo en su libro La tautología darwinista y otros ensayos, editado por la Revista Número, Santafé de Bogotá, 1999, sólo pudiéramos llamar especies a las correspondientes a organismos que se reproducen de forma aclonal (sexual), las especies que se reproducen por bipartición o formas similares no constituyen especies, y si se habla de ellas sería de manera arbitraria

(5) GREIMAS, A. J. Gramática estructural. Madrid: Gredos, 1987. p. 57


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