Palabras y ConceptosJulián Serna Arango
Cuando se
abordan los fenómenos propios del ámbito
físico-biótico, en el que los universales
registran un indiscutible protagonismo, no
habría mayor dificultad en reducir la
palabra al concepto; no así cuando se
abordan fenómenos propios del ámbito
histórico en el que priman las diferencias,
máxime en tiempos como el nuestro cuando el
fenómeno del plurilingüismo (Bajtín) se ha
hecho más evidente todavía.
1.
Aristóteles y Whorf
En uno de los
más afamados relatos de Borges, «Funes el
memorioso», leemos: «Pensar es olvidar
diferencias» (1). Contrasta semejante aseveración
con la no menos categórica de Derrida cuando
advierte: «En una lengua, en el sistema de
la lengua, no hay más que diferencias»(2). Cotejando ambas fórmulas, el
pensar, se concluye, estaría en contravía
respecto del hablar, del escribir. El hablar
viviría de la diferencia, el pensar, en cambio,
de su eliminación. ¿ No es posible, acaso,
pensar las diferencias? Si a diario hablamos de
las diferencias ¿Cómo no pensar en ellas? Sólo
si pensar y hablar no son lo mismo pudiéramos
decir que recordamos las diferencias al hablar,
así las olvidemos al pensar.
Las relaciones
entre lenguaje y pensamiento han ocupado a
filósofos y lingüistas desde tiempo atrás.
Para Aristóteles, el lenguaje, y en particular,
una lengua, constituye el doble acústico o
visual de una serie de contenidos mentales (los
conceptos) que remiten en última instancia a los
objetos. Para Whorf, en cambio, la lengua
constituye un programa, una guía del pensar.
¿Hasta donde es posible subordinar el lenguaje
al pensamiento, hasta donde el pensamiento al
lenguaje? Tales preguntas, en síntesis,
llevarían a discutir la identidad de la palabra
y su diferencia con el concepto.
2. La
palabra
En virtud de su
condición polisémica, la palabra se caracteriza
por una virtualidad semántica de amplio
espectro. Aunque el interlocutor o el autor
elijan en cada contexto una determinada
jerarquización de los semas o unidades mínimas
de significación en la terminología de Greimas,
las más de las veces carecen de los recursos
fonéticos o tipográficos para hacer explícita
su elección. De allí una cierta inercia de la
palabra, la cual arrastra una multiplicidad de
semas impertinentes en los diferentes actos
comunicativos.
Para discriminar
los semas pertinentes de los impertinentes, para
dilucidar el significado y sentido de una palabra
en determinadas circunstancias, es menester tomar
en consideración:
1. La
acción a distancia de una palabra sobre
otras.
2. La
concepción de la palabra como iceberg, como
quiera que la palabra a primera vista revela
únicamente su capa más superficial.
2.1. La
acción a distancia
Alrededor de los
semas consuetudinarios y metafóricos de una
palabra, gravitan una multiplicidad de
resonancias semánticas. Cuando escuchamos la
palabra «casa» por ejemplo, podemos pensar en
residencia, construcción, hogar, pero también
en confinamiento, intimidad, centro, inclusive en
los padres, los niños, la noche, el silencio, el
ocio, de acuerdo con las circunstancias.
Para dilucidar
el significado y sentido de una palabra en un
contexto dado, para seleccionar los semas
pertinentes, para jerarquizarlos, forzosamente
debemos partir de la formación intelectual, de
la precomprensión de mundo del interlocutor o
lector, la cual puede pecar por exceso y
actualizar resonancias semánticas no vinculadas
con el texto (y en ese caso se estaría
especulando), o por defecto, y pasar por alto
resonancias semánticas sin las cuales no sería
posible articular el respectivo discurso como
totalidad. Entre las resonancias semánticas
disponibles, el interlocutor o lector selecciona
las que considera pertinentes de cara al
respectivo contexto. Para el efecto, el
interlocutor o lector atiende diferentes
criterios.
En primer lugar,
la frase en medio de la cual aparece la palabra.
No nos sugiere lo mismo la palabra «noche» en
medio de las siguientes frases:
1. Un verso
de Neruda:
La
noche está callada y titilan, azules,
los astros, a lo lejos(3).
Lejos de
reducir la palabra «noche» a sus
atributos físicos, el lector
probablemente la asocie con sentimientos
de soledad.
2. Un
refrán popular:
De
noche todos los gatos son pardos.
Allí la
palabra «noche» haría alusión a la
oscuridad porque dificulta la
discriminación de los colores. Al
reivindicar la oscuridad, el interlocutor
destacaría el más característico de
sus atributos físicos vinculados a la
palabra «noche».
3. Una
observación cotidiana:
Por
ciertas zonas de la ciudad es peligroso
caminar de noche.
Allí la
palabra «noche» presupone el paralelismo
entre el ciclo día-noche y el ciclo
vigilia-sueño, y el interlocutor haría
hincapié en la soledad y el silencio
característico de las calles tan pronto
oscurece, y por tanto en el peligro de
transitarlas.
Antes se
creía que el significado y el sentido iban
de las palabras a la frase, de la frase al
párrafo y así sucesivamente, ahora debemos
tomar en consideración la vía contraria, y
asumir que dicho significado y sentido se
adquieren de cara a la frase, al discurso y a
la tradición
El significado y
el sentido que el lector vincula a determinada
palabra suele ser inducido también por frases
precedentes o posteriores, es decir, por el resto
del texto.
Si en un texto
aparece el término «cultura», así:
Al estudiar
la sociedad industrial contemporánea no
debemos pasar por alto su cultura
Es probable que
dicho pasaje no suministre todavía las claves
para seleccionar entre las múltiples disponibles
las resonancias semánticas pertinentes del
término cultura. De allí que el lector suela
tomar en consideración algunas expresiones
previas como sería por ejemplo:
Estos
tiempos postmodernos son tiempos de cambio
La relación de
la primera frase con la segunda llevaría al
lector a incorporar la programación de los mass
media al inventario de la cultura, y a
descartar las resonancias semánticas que reducen
el término cultura a la alta cultura. No
obstante, el lector pudiera preguntarse todavía
si el término «cultura» así definido
comprende lo que en algunos contextos se conoce
como civilización, si comprende todo cuanto
diferencia al hombre de la naturaleza, o si el
término «cultura» se circunscribe, en cambio,
a los fenómenos propiamente intelectuales. Si
más adelante el lector se encuentra con la
siguiente frase:
Aplicar los
criterios neoliberales en el ámbito
educativo implicaría reducir el concepto de
hombre al de mercancía.
Probablemente
deduzca que si bien el término «cultura» no se
restringe a la denominada alta cultura, lejos
está de operar como sinónimo del término
«civilización», y así sucesivamente.
Dependiendo del
léxico, una misma palabra trasmite diferentes
resonancias semánticas. Si el término
«deshonestidad» se lee en un libro de
economía, la primera reacción será la de
asociar dicha palabra con una estafa comercial.
Si la palabra «deshonestidad» se lee, en
cambio, en una novela de aventuras probablemente
se pensará en el valor de la palabra.
En el caso de la
oralidad debemos adicionar como criterio para
reconocer las resonancias semánticas
pertinentes, los elementos propios del contexto
situacional, como serían por ejemplo los
elementos prosódicos: volumen de la voz,
entonación, etc. En función de tales variables
la expresión:
María va a
ganar, puede significar:
- Que
efectivamente María ganará. Si se lee sin
ningún énfasis en particular.
- Que
deseamos de todo corazón que María gane:
Cuando la frase se expresa con un exceso de
fuerza, pero que paradójicamente revela
debilidad.
- Que por
supuesto María perderá: En este último
caso se trataría de la frase en cuestión
expresada con tono de ironía.
No es suficiente
hablar de la multiplicidad de resonancias
semánticas de una palabra, es necesario
referirnos además a la difuminación de su
sentido.
Cuando
utilizamos la expresión el tiempo corre
al reencontrarnos con un amigo de la infancia no
queremos decir exactamente lo mismo que si
utilizamos la misma expresión al advertir que
empezamos el segundo mes del año o si se acerca
la hora de levantarnos para ir al trabajo. En
todos los casos el tiempo corre pero a diferentes
velocidades relativas. En el primer caso han
pasado unos años; en el segundo, unos días; en
el tercero, unas horas, y en todos ellos a pesar
del tiempo transcurrido todavía nos sentimos
cerca del momento inicial que sirve de
referencia. El correr del tiempo es más notorio
en la primera expresión que en la segunda y más
en la segunda que en la tercera cuando
pudiéramos decir (simplemente) que el tiempo
pasa. En síntesis, en lo relativo a la palabra
«tiempo», la resonancia semántica de la
velocidad se difumina al ir de un ejemplo a otro.
Ello llevaría a reconocer la existencia de un
repertorio de resonancias semánticas disponibles
con relación a una misma palabra en una misma
acepción.
Antes se creía
que el significado y el sentido iban de las
palabras a la frase, de la frase al párrafo y
así sucesivamente, ahora debemos tomar en
consideración la vía contraria, y asumir que
dicho significado y sentido se adquieren de cara
a la frase, al discurso y a la tradición (a los
otros discursos) en medio de la cual se debaten.
A leer no sólo debemos acudir a la lectura
lineal-proposicional, sino además a la lectura
supraproposicional.
2.2. La
palabra como iceberg
A semejanza de
los icebergs, las palabras en principio no dejan
ver más que su aspecto superficial. De allí la
tendencia a reducir las palabras a rótulos
utilizados para de signar objetos, acciones y
cualidades. La palabra, no obstante, refleja
mejor que nada la trama de la existencia, su
complejidad inaudita. Enseguida un ejemplo
relativo a la palabra «alma».
En primer lugar
la palabra «alma» designa un objeto, y en
particular, el componente espiritual del hombre.
En virtud del
cruce de léxicos que constituye la comunicación
propiamente dicha, y en particular del
surgimiento de las metáforas, la palabra
«alma» alude por ejemplo a la unidad de estilo
o de carácter de un pueblo por medio de
expresiones como el alma alemana.
Por último, el
término «alma» estaría comprometido con una
serie de presunciones. Entre las resonancias
semánticas del término «alma» se cuenta la de
no-material. El término «alma», en
consecuencia, estaría comprometido con el
dualismo cuerpo-alma. Dado el carácter
excepcional de lo no material frente a lo
material, el dualismo cuerpo-alma es un dualismo
asimétrico en favor del último de sus
términos, en detrimento del primero. De allí la
concepción del cuerpo como medio, como
instrumento o vehículo del alma, concepción la
cual llevaría a infravalorar determinadas
actividades humanas en las que el cuerpo juega un
papel de primer orden como la actividad manual
(en Grecia) y la vida sexual (por la Iglesia).
Desde
determinados presupuestos se habilitan
determinados léxicos, se construye determinado
mundo. Dilucidar una misma palabra a partir de
diferentes presupuestos daría lugar a múltiples
confusiones.
Comprometido el
término alma con la antítesis cuerpo-alma, con
el concepto de espiritualidad, con el de no
materialidad, inclusive, en el contexto del
cristianismo por ejemplo, difícilmente
pudiéramos comprender discursos en los que el
término «alma» estaría comprometido, en
cambio, con la antítesis inerte-vivo como sería
por ejemplo la psicología de Aristóteles, de
acuerdo con la cual todos los seres vivos tienen
alma, y menos aún el término alma faústica,
un alma vinculada a los excesos, de acuerdo con
Spengler.
3. Los
conceptos
3.1.
Número y concepto
Aunque en
principio hablamos, escribimos con palabras, en
algún momento ensamblamos conceptos. ¿Cómo
explicar el tránsito de la palabra al concepto?
Al respecto, la clave estaría en los números,
los cuales no sólo se caracterizan por su
precisión, cuando, además, se revelan inmunes a
las contingencias del devenir. Resulta apenas
obvio que en algún momento nos seduzca la idea
de conquistar para el lenguaje las cualidades de
los números.
En primer lugar,
el 3 es siempre la triple unidad sin mediar
discusión ni interpretación. Hacer algo similar
con las palabras implicaría seleccionar entre
los diferentes significados y sentidos de cada
palabra uno sólo en detrimento del resto.
«Casa» sería por ejemplo construcción antes
que hogar; «política», actividad partidista
antes que servicio social, o viceversa. Definido
el hipotético sentido propio de las palabras,
discriminados sus usos y jerarquizados sus semas,
ellas quedarían encadenadas a determinados
atributos.
En segundo
lugar, los números se caracterizan por su nivel
de abstracción. Los números son clases.
¿Pudiera ocurrir algo semejante con las
palabras? Por supuesto que sí. Es cuando la
palabra, un sustantivo, un nombre común, se
transforma en universal.
Si los campos
semánticos se dividen en clases, si las clases
se dividen en individuos, es posible introducir
una serie de niveles intermedios. De allí la
existencia de clases de orden superior a las
clases compuestas por individuos, hasta
configurar taxonomías como la de la biología la
cual no sólo comprende las categorías de
individuo y especie, sino además (en su versión
tradicional) las de género, familia, clase,
orden, tipo y reino.
La relación
individuo-clase, registrada por medio de frases
tales como: Rocinante es un caballo, así
como la relación clase de nivel 1
(especie)-clase de nivel 2 (género) formulada
por medio de frases tales como: Los caballos son
equinos, constituye una relación de inclusión
registrada por medio de expresiones de la forma A
es (o está en) B, es decir, por medio de
proposiciones. Si los fenómenos están regidos
por una rigurosa taxonomía, nada más adecuado
para dar cuenta de ellos que hacerlo mediante
proposiciones.
Si la
matemática parte de la lógica (Russell) y la
lógica representa el pensamiento puro, cuando la
palabra imita al número, ella se subordina al
pensamiento, es decir, toma la forma de un
discurso lógico.
A las
características del discurso lógico ya
mencionadas, consideradas desde el punto de vista
de la escritura, debemos adicionar desde el punto
de vista de la lectura la reducción de la
lectura a la lectura lineal-proposicional, en
detrimento de las lecturas sub y
supraproposicional.
3.2.
Nombre común y concepto
Que la palabra
se utilice como nombre común, es un hecho; pero
que el nombre común se conciba como universal,
resulta discutible. Sin embargo, no faltan los
ejemplos.
Si en lo
relativo al ámbito histórico no debemos
comprometer las palabras con determinados
atributos de una vez por todas a riesgo de
incurrir en arbitrariedades manifiestas, los
nombres comunes no serían más que apodos
compartidos para valernos de la terminología
de las discusiones medievales.
Primeramente
biólogo, Aristóteles sabía que en los animales
«superiores», es decir, en los que se
reproducen sexualmente(4), es posible distinguir cuando
pertenecen a la misma clase, es decir, cuando
pertenecen a la misma especie; ello ocurre si su
cruce es fértil. Los elementos químicos
constituyen clases naturales, otro tanto
pudiéramos decir de las formas de energía o de
las fuerzas fundamentales de la física.
En el ámbito
físico-biótico, cada vez que rotulamos una
serie de fenómenos con el mismo nombre, no suele
haber dificultad en transmutar ese nombre común
en universal, en concepto, no así si se trata de
fenómenos propios del ámbito histórico.
Transmutada la palabra en concepto, comprometida
con determinados atributos, ese mismo concepto
puede resultar inapropiado para designar
fenómenos rotulados con el mismo nombre. Si
definimos el término «democracia» como la
renovación periódica de los gobernantes por
medio del sufragio universal, no sería tal la
democracia griega; si asumimos la división del
poder como la esencia de la democracia, no sería
tal la asamblea de hombres libres de los pueblos
germánicos; si eliminamos la restricción del
sufragio universal habría que clasificar como
democracia la elección del emperador del sacro
imperio romano-germánico reducida a 7 electores,
si eliminamos el requisito de la división del
poder sería menester reivindicar como
democracias las autodenominadas democracias
populares de la antigua órbita soviética, lo
cual resulta ciertamente discutible. Si en lo
relativo al ámbito histórico no debemos
comprometer las palabras con determinados
atributos de una vez por todas a riesgo de
incurrir en arbitrariedades manifiestas, los
nombres comunes no serían más que apodos
compartidos para valernos de la
terminología de las discusiones medievales.
A pesar de las
dificultades para comprometer una palabra con
determinados atributos, es decir, para
transmutarla en concepto, ello constituye una
práctica consuetudinaria de los textos
filosóficos, con frecuencia sofística.
Enseguida un ejemplo:
Si el concepto
Dios se escribe «Dios», si la palabra dios se
escribe «Dios», se pretende que la última se
comporte como el primero, es decir, que
permanezca encadenada a los mismos atributos. De
allí la aplicación de la ley transitiva, de
acuerdo con la cual dos cantidades iguales a una
tercera son iguales entre sí, y que hace parte
de nuestro repertorio de operaciones
lógico-matemáticas a partir de los 7-8 años
como fuera advertido por Piaget, aplicación, no
obstante, sofística, cuando se toman en
consideración sus afinidades únicamente (ambos
se refieren al fenómenos de las hierofanías en
general), pero se pasa de largo ante las
diferencias (el concepto Dios se compromete con
algunas hierofanías en particular). Reducir la
palabra al concepto sería una forma de ejercer
violencia sobre la palabra, y en particular,
sobre la experiencia.
Una cosa es
aplicar la ley transitiva en las matemáticas,
cuyos atributos giran alrededor de un único
sema: la cantidad, y otra distinta es aplicarla
en otros ámbitos de la experiencia, cuyos
objetos o eventos son rotulados por términos
polisémicos. No por compartir uno o varios
atributos se sigue que dos objetos o eventos
compartan los demás y menos aún que los
jerarquicen de igual manera. No por poseer el
mismo nombre, ser de la misma estatura, trabajar
en lo mismo dos hombres son iguales. De allí que
la aplicación de la ley transitiva allende los
términos monosémicos suela ser arbitraria.
Definido el
concepto de Dios por la Escolástica cristiana
como ser uno, simple, omnipotente, omnisciente,
principio y fin de todas las cosas, esa
definición puede coincidir con el uso de la
palabra dios en determinados contextos, pero no
en todos. ¿ Cómo aplicar a todos los dioses el
concepto de Dios de la Escolástica cristiana? Un
ejemplo. Dionisos, dios entre los griegos, hace
parte de una tradición politeísta y por tanto
no es dios uno y mucho menos el fin de todas las
cosas; ni es omnipotente porque está sujeto a la
moira; tampoco es simple porque es hijo de mortal
y divinidad, y menos aún omnisciente porque
debiendo compartir su poder con otros dioses
ignora sus recónditos designios. Ni Dionisos, ni
siquiera Zeus, serían el principio de todas las
cosas puesto que proceden de otros dioses y en
última instancia del caos si nos atenemos a la
mitología de Hesíodo. Para preservar la
reducción de la palabra dios al concepto de Dios
definido por la Escolástica cristiana sería
menester asumir una posición dogmática y
rechazar la existencia de los demás dioses
clasificados como simples simulacros. Ello, tarde
o temprano, resultaría insostenible.
La definición
de la palabra dios, su hipotético sentido
propio, cuando más sería válido en determinado
contexto desde un punto de vista sincrónico. En
diferentes contextos y/o desde un punto de vista
diacrónico, en cambio, resulta evidente la
mutación de los semas de la palabra «dios». A
ello se refiere Greimas cuando dice: «La
diacronía puede comprender tanto duraciones de
cinco segundos como de cinco siglos, puede
desposeer a los lexemas de algunos de sus semas»(5).
Si en el ámbito
histórico los conceptos comprometen la palabra
con determinados atributos de una vez para
siempre, ello constituye una simplificación de
la experiencia las más de las veces abusiva; si
hacen referencia, en cambio, a generalidades
válidas para determinado contexto, hablaríamos
de significados y sentidos, de acepciones y usos
de las palabras, y hablar de conceptos
resultaría superfluo.
4.
Palabras y conceptos hoy
En el ámbito
físico-biótico registramos los fenómenos
ordenados en clases y jerarquizados por medio de
una rigurosa taxonomía. De allí la primacía de
los universales sobre las diferencias, cuando la
utilización de un lenguaje conceptual, de un
lenguaje sometido a las restricciones del
discurso lógico constituye un procedimiento
intelectual apenas obvio. ¿Acontece lo mismo en
el ámbito histórico?
Si tomamos en
consideración fenómenos como la globalización
de la economía, no faltaría quien anote que en
el ámbito histórico se registra el predominio
del universal sobre la diferencia a semejanza de
lo acontecido en el ámbito físico-biótico. No
obstante, ello resultaría discutible.
Al tiempo que
registramos la globalización de la economía,
participamos hoy día de la configuración de un
mundo diverso y disperso desde el punto de vista
cultural.
En épocas
pretéritas los habitantes de determinada ciudad
compartían los mismos estímulos
socio-culturales básicos, cuando la
construcción de mundo realizada por un individuo
(lo que tenía sentido y significado para él)
difería poco de la de su vecino, cuando no sólo
compartían las mismas instituciones, cuando,
además, compartían religión y filosofía,
símbolos y relatos, gustos y modas. Hoy, cuando
las posibilidades de la educación y la cultura
han adquirido dimensiones superlativas, cuando
los medios de comunicación de masas, primero;
Internet, después, ponen a circular significados
y sentidos allende su lugar de origen a la
velocidad de la luz, la construcción de mundo
adquiere un carácter cada vez más
personalizado.
Si en el
ámbito histórico los conceptos comprometen
la palabra con determinados atributos de una
vez para siempre, ello constituye una
simplificación de la experiencia las más de
las veces abusiva
Ayer la
diversidad cultural obedecía a criterios
geopolíticos, hoy alternan múltiples léxicos
dentro de una misma ciudad, cuando los poetas,
los filósofos, los físicos, los comerciantes,
pero también los jóvenes y los adultos, los
idealistas y los pragmáticos para citar algunos
ejemplos ensamblan su propio léxico a partir del
mismo lenguaje ordinario variando los énfasis de
las palabras, la jerarquización de sus semas.
Mientras el
monolingüismo conserva (hasta cierto punto) su
vigencia en el ámbito físico-biótico; el
plurilingüismo (expresión acuñada por
Bajtín), en cambio, adquiere una vigencia
superlativa en el ámbito histórico. De allí la
polarización de los usos lingüísticos.
Mientras el lenguaje conceptual reivindica su
protagonismo en el ámbito físico-biótico; en
el ámbito histórico, en cambio, se multiplican
las figuras retóricas.
Mientras en un
mundo ordenado y jerarquizado el lector
únicamente asume las palabras en su hipotético
sentido propio; en un mundo configurado por el
cruce de una diversidad de léxicos se realizan
múltiples trasteos semánticos, dando lugar a
otras tantas metáforas, es decir, a la creación
continua de significado y sentido. Mientras en el
primero el lector reduce la palabra al concepto,
es decir, la compromete con determinados
atributos; en el segundo, en cambio, en una misma
palabra se superponen diferentes significados y
sentidos dando lugar a las paradojas. Mientras en
el primero el lector únicamente asume una
lectura lineal-proposicional del texto y no
admite significados y sentidos sub o
supraproposicionales; en el segundo, en cambio,
se registra el desdoblamiento del significado y
del sentido como por ejemplo en las ironías,
cuando al sentido proposicional manifiesto se
opone un sentido supraproposicional latente.
A pesar de la
dispersión de léxicos en lo relativo al ámbito
histórico no sobreviene la incomunicación como
argumentan ciertos críticos apocalípticos, sino
la consolidación del plurilingüismo, la
coexistencia de una multiplicidad de léxicos a
partir de un mismo lenguaje ordinario.
5.
Conclusión
En el ámbito
físico-biótico la reducción de la palabra al
concepto (en términos generales) conserva su
vigencia. En el ámbito histórico, en tiempos
como el nuestro cuando se radicaliza el
plurilingüismo y las figuras retóricas
recuperan el protagonismo perdido, en cambio, la
validez de los conceptos se limita a determinado
contexto o en su defecto obedece a una
perspectiva sincrónica. Supeditada al concepto
en el ámbito físico-biótico, la palabra lo
sobrepasa en el ámbito histórico. Lejos de ser
sometida al pensamiento, a la lógica binaria, de
comprometerse con determinados atributos, de
operar, en fin, como concepto, la palabra
reivindica su plasticidad semántica.
NOTAS
(1) Cfr. BORGES,
Jorge Luis. Funes el memorioso. En: Ficciones.
En: Prosa completa. Buenos Aires:
Emece, 1989. v 2, p. 113-4
(2) DERRIDA. La
Différance. En: Márgenes de la
filosofía. Madrid: Cátedra, 1989. p. 47
(3) NERUDA. Poema
20. En: 20 poemas de amor y una canción
desesperada. Buenos Aires: Losada, 1971. p.
95
(4) Como ha sido
expuesto por Fernando Vallejo en su libro La
tautología darwinista y otros ensayos,
editado por la Revista Número, Santafé de
Bogotá, 1999, sólo pudiéramos llamar especies
a las correspondientes a organismos que se
reproducen de forma aclonal (sexual), las
especies que se reproducen por bipartición o
formas similares no constituyen especies, y si se
habla de ellas sería de manera arbitraria
(5) GREIMAS, A.
J. Gramática estructural. Madrid: Gredos,
1987. p. 57
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