"Capacidad discursiva e instancias del aprendizaje"


Rafael Areiza Londoño
Rigoberto Gil Montoya

Se pretende animar la discusión en torno a la pertinencia de la figura del magister dixit, al interior del aula de clase -contexto discursivo-, haciendo posible la generación de unos vínculos interrelacionales y de competencias cognitivo-culturales, en virtud de unos actores que dinamizan el proceso educativo. Se trata de validar la importancia del diálogo cognoscitivo como trasformador de la realidad empírica, que una vez mediada por el discurso del conocimiento, permite la formación de sólidos esquemas mentales, dialógicos, mediante los cuales se hace posible el conocimiento a través de la experiencia del lenguaje.

El hombre, en tanto que ser racional está dotado de los mecanismos y dispositivos para aprehender una realidad. Dispositivo éste, que como es de suponerse, fundamenta no sólo la naturaleza humana sino que posibilita al ser para expresar sus deseos, aspiraciones y por qué no sus frustraciones.

Ello supone la existencia de una competencia lingüística que los teóricos del lenguaje han considerado como una acervo universal que todas y cada una de las culturas moldean a imagen y semejanza de sus necesidades cognoscitivas, expresivas y comunicativas, con el fin de responder a las expectativas que se construyen dentro de contextos discursivos y de vida concretos. Con esto hemos significado que el ejercicio de la racionalidad y todo lo que ello implica tiene como apriori fundamental la existencia de una competencia lingüística tal como la concibiera Chomsky (1971). Esta competencia lingüística, sin embargo, a pesar de su necesariedad, requiere de un elemento externo socio-cultural que detone las potencialidades y simultáneamente configure un sistema específico de reglas que normatice las actuaciones de sus usuarios.

Ese factor sociocultural, marco detonante de la competencia lingüística constituye con ella una unidad indisoluble hasta el punto de estructurarse mancomunadamente en un código que rige y regirá el comportamiento lingüístico y cultural del hombre como individuo y especie en su discurrir relacional.

Implícitamente vinculado a lo expuesto está el hecho de que todos los usuarios del sistema lingüìstico, son partícipes de la historia de su lengua hablada y en gran medida actores del futuro de esa lengua y de las construcciones que se hagan a partir de ella. Simultáneamente a esta construcción global deviene la participación del ser dentro de un contexto de realidad, al interior del cual éste construye su propia historia, su forma específica de pensar y de actuar, al tiempo que transforma la realidad concreta en conocimientos estructurados en esquemas mentales, que no son más que la transformación cognoscitiva de una realidad empírica mediada por el lenguaje.

Estos esquemas cognoscitivos no son, como es de suponerse, iguales en todos los individuos, por cuanto cada sujeto, con su historia personal y su forma de vida, construye y simboliza una realidad de acuerdo con su pensamiento complejo y la preeminencia de sus búsquedas intelectivas, sin que por ello deje de actuar como ser social, en permanente interacción con los otros. De esta manera, la realidad objetiva se convierte en realidad conocida y transformada por el lenguaje. Ello implica que los individuos, usuarios de una misma lengua, no construyen los mismos esquemas, a pesar de compartir, es verdad, una misma realidad objetiva, vinculados a través de unas parcelas pragmáticas que integran a la comunidad en el uso de una lengua y en las prácticas culturales que la configuran como comunidad lingüística. La construcción social de parcelas pragmáticas ubican al individuo dentro de un membresía cultural y la construcción individual de esquemas cognoscitivos lo identifican a la vez como ser social y cognoscente, desde la base de un idiolecto que da cuenta de su mundo individual.

Producto de la experiencia y la madurez biológica, el ser humano construye y deconstruye los esquemas cognoscitivos que lo sustentan como sujeto cognoscente y social. Se comprende, en este caso, que la formación de tales esquemas no son patrimonio exclusivo del ser adulto. Su formación es apenas la consecuencia lógica de una elaboración gradual que empieza a generarse desde la niñez y cuya transformación, dependerá, en buena parte, de las búsquedas y necesidades individuales, de seres mediados por un contexto y por la complejidad de una realidad que los obliga a actuar en términos de nombrar el mundo.

El hombre así, desde su dimensión cognoscitiva, participa además, con su historia, en su proceso de autoconstrucción, lo cual, referido a la educación, se podría denominar aprendizaje y este último entendido, en palabras de Gloria Rincón (1999 :60)

“como el resultado de la internalización de los instrumentos culturales por parte de los sujetos a través de la interacción social”.

Ese aprendizaje, si lo ubicamos en la educación formal, implica, entonces, la participación del estudiante -ser discursivo- con todos sus esquemas cognosctivos adquiridos, punto de partida para la construcción de nuevos esquemas, que tienen como característica fundamental el reformular conocimientos previos, en pro de cualificar su conocimiento de la realidad, de modo que pueda actuar como estudiante dentro del contexto de su formación académica.

Por cuestiones procedimentales centraremos nuestra atención en el adolescente que ingresa a la Educación Media y a él nos referiremos preferencialmente en la primera fase del trabajo.

La Gramática Generativa Transformacional, dentro de sus postulados psicolingüísticos, establece que todo hablante nativo de su lengua tiene, a la edad de cuatro años, el conocimiento y manejo de todas las estructuras de la misma, con las cuales estaría en capacidad teórica de expresar lo que está configurado en sus esquemas de conocimiento. Todo niño al llegar a las instancias escolares ha participado en una serie de eventos de lenguaje que por principio se consideran intersubjetivos, proceso en el cual ha absorbido además una serie de reglas pragmáticas que lo identifican en un común denominador cultural, esto es, el interpretante, constitutivo de su competencia comunicativa.

De esta manera encontramos al adolescente ubicado dentro de un contexto escolar, pertrechado de dos elementos fundamentales y necesarios para acceder a las relaciones intersubjetivas del habla de clase  y al aprendizaje, implicado en esa relación: una oralidad cimentada en sus esquemas cognoscitivos y una capacidad de estar en relación con los otros miembros de su entorno. Estos factores presuponen otro tipo de competencia que Hymes denominó competencia comunicativa, resultante directa de la relación con el otro, lo cual estructura lo que se podrían denominar los esquemas interaccionales.

Para redondear, entonces, el adolescente asume el contexto escolar con dos cimientos básicos y altamente determinantes en su desarrollo del pensamiento complejo y en su adaptación a un nuevo contexto discursivo: por un lado, sus esquemas cognoscitivos en los cuales configura su internalización del mundo y su relación con el mismo y por el otro, los esquemas interaccionales, producto de las relaciones intersubjetivas, configurados ambos como marcos interpretativos y procedimentales, empleados para dar sentido a los acontecimientos del mundo.

Hasta el momento hemos explicado con relativa exhaustividad lo relacionado con los esquemas cognoscitivos. Tratemos ahora de explicar lo de esquemas interaccionales.

Concebimos los esquemas interaccionales como aquellas construcciones sociales mediante las cuales el ser humano absorbe los conocimientos compartidos culturalmente y que constituyen el patrimonio comportamental y también cognitivo de la participación de las personas al interior de un contexto de relación intersubjetiva. Estos esquemas son obviamente el resultado de la necesidad que tiene todo ser de entrar en contacto con las personas que forman parte de su tejido social y que se comunican dentro de un contexto discursivo. En él se localizan informaciones lingüísticas y extralin-güísticas, consecuencia de la necesaria integración entre un conocimiento del mundo como saber y un conocimiento de la cultura como imbricación entre lo que se conoce y cómo se conoce. Se comprende, de este modo, que entre un conocimiento del mundo, un manejo lingüístico y un saber cultural, no puede haber segmentaciones ni compartimentos, sino esferas que configuran un todo, mediado por una forma particular de simbolización -competencia comunicativa-, de imprescindible consideración en los estudios de los hechos del lenguaje y, por supuesto, del aprendizaje escolar.

 

No es la cultura del texto la que nos convoca, es más bien la palabra inicial, espontánea, la que aún se privilegia, a pesar del tránsito que los sujetos sociales convienen al inscribirse en la Escuela.

 

De esta forma, se entiende que no existe una división conceptual estricta entre esquemas cognoscitivos y esquemas interrelacionales, si asumimos estos últimos como un sistema de significados creados, aprendidos y compartidos ( J. Martín Morillas, 1998), a propósito de una vida objetiva que se comparte y que penetra en el discurso para constituirse en un espacio vital de construcción de lo que implica el mundo y vivir en él, transformándolo en lenguaje, resimbolizando una realidad susceptible de ser representada.

Sin embargo, metodológicamente podría plantearse que los esquemas cognoscitivos intrepretan las experiencias con las cuales el sujeto individual realiza una serie de operaciones de naturaleza psicolingüística tales como, deducir, inferir, crear sentidos y nuevos discursos, mientras que los esquemas interrelacionales se manifiestan en modelos culturales que determinan una cosmovisión y una participación pragmático-discursiva.

Nos encontramos así, frente a lo que podríamos denominar, con Martín Morillas, una competencia cognitivo-cultural, responsable de la creación de discursos y base de la permeabilización y movilización de esquemas en el hecho discursivo. Ella determina además la comprensión léxica, fundamentada en el uso de la palabra y del discurso, entendido éste, para nuestro trabajo, como el encapsulamiento del mundo y del modelo cultural que, para el caso del estudiante, constituye su fundamento para la construcción y uso de la oralidad, presupuesto de su participación en el proceso educativo.

Pero detengámonos ahora en el presupuesto de la oralidad, para evidenciar en ella su pertinencia y valor como hecho de la cultura y sustrato básico en el proceso educativo. Si bien la realidad se encuentra mediada por el lenguaje que la nombra y simboliza, ella comporta en sí misma la complejidad de la materia verbal que el individuo adquiere en su discurrir y en la relación social que establece con los otros. La oralidad, si se quiere, es la materia primera, es el lenguaje que surge del intercambio permanente de los sujetos sociales en un contexto que los condiciona y los obliga a la acción. Con ella se nombra un mundo imbricado por el mito y por los dispositivos culturales que le dan forma. De estos dispositivos surge la diferencia, la identidad. En nuestro caso, hablamos de un orden cultural latinoamericano, de una historia alimentada por la leyenda y por esa palabra viva que se anima en la memoria de los mayores, hasta el punto de considerar que en nuestra urdimbre prima el elemento oral sobre el escrito. No es la cultura del texto la que nos convoca, es más bien la palabra inicial, espontánea, la que aún se privilegia, a pesar del tránsito que los sujetos sociales convienen al inscribirse en la Escuela.

El niño inicia su aprendizaje de un mundo al que accede por vía de los sentidos y por una necesidad interna de hacerse en la realidad. Entiende que forma parte de un entramado de significaciones y que debe conectarse con una realidad dialógica, polifónica, para lo cual requiere, al mismo tiempo, inscribirse en ese gran texto que es la cultura y con ella, participar en el juego de la intertextualidad en tanto mapa de relaciones. La oralidad lo fortalece como ser cognoscente y en capacidad de aprehender una realidad aún no mediada por el pensamiento complejo, pues si bien lo escritural se basa en conceptos, lo oral se basa en las historias, en aquello que fortalece el imaginario de la colectividad, donde hace sentido. En esta línea, su arribo a la Escuela determinará una etapa crucial para su formación intelectual, pues se trata ya de asumir otro discurso, otras competencias que animen sus búsquedas intelectivas, dentro de un contexto -aula de clase- que privilegia el intercambio y las transacciones comunicacionales.

Hasta aquí se observa claramente cómo la formación del individuo, desde el momento de su incorporación al tejido social, se ha dado a través de las relaciones interpersonales y ellas han constituido la metodología prácticamente exclusiva en su formación como ser cognoscente y social.

El sistema educativo formal así lo ha entendido y con el fin de dar al estudiante una formación integral, ha adoptado como mecanismo en el proceso enseñanza-aprendizaje esa metodología dialógica, con el doble propósito de acendrarlo en su cultura, sin romper sus hábitos de aprendizaje adquiridos en la cotidianidad, y cualificarlo cognoscitivamente para la adquisición de códigos elaborados (Bernstein), propios de la educación formal. Se entiende de paso que los códigos elaborados se adquieren y cualifican al interior del salón de clase, mediante un discurso en el que los actores de tales transacciones académicas participan coagentivamente, en el proceso enseñanza-aprendizaje.

Como autoridad discursiva, el maestro continúa liderando el diálogo educativo, a la manera del médico en su consulta -el maestro pregunta y los alumnos responden-, direccionando de esta forma la transacción, en tanto autoridad institucional que presupone hacia dónde debe dirigirse el estudiantado en su formación académica, para lo cual impone, en primera instancia, el tópico de la conversación.

En este proceso no se tienen en cuenta las expectativas de aprendizaje del estudiante y ello obliga a que sea el maestro el que responda sus propias preguntas, transformando así el aula de clase en escenario de una “transacción monológica”. En otras palabras, el maestro se constituye en el único agente de lo que debería ser una relación interpersonal en el contexto del aula de clase, razón por la cual del tiempo que se dispone para llevar a efecto la relación dialógica, él utiliza cerca del 70 % ; de ahí que la interrelación, en sí misma, se vea entorpecida.

Pero la pregunta es dónde está la interlocución, por qué se monopoliza el uso de la palabra o, en términos más claros, por qué se “abusa” de la autoridad. El maestro en su momento no es consciente del abuso de la palabra, en su afán de querer transmitir una serie de conocimientos que supone deben conocer sus estudiantes, para su buena formación académica. Tampoco tiene la oportunidad de evaluar, de inmediato, qué efectos cognoscitivos está surtiendo sobre sus receptores, por cuanto desconoce la relevancia (Sperber y Wilson) de su información sobre los conocimientos previos y/o esquemas cognoscitivos que ellos han adquirido en fases anteriores de su desarrollo cognoscitivo, es decir, en su historia personal.

Una relación dialógica interpersonal y horizontal se caracteriza por una participación y una contribución de los actores, a propósito de un tópico establecido, surgido de una quiescencia conversatoria que se desarrolla a través de unos turnos en lo que podría considerarse un macro-acto de habla.

Otro tanto podría ocurrir en el método dialógico o comunicativo, partiendo de una renuncia voluntaria que haría el educador del poder tradicional que él ejerce en el discurso pedagógico; es decir, que el discurso al interior del aula se aproxime lo más posible a lo que los lingüísticas denominan la conversación y el maestro, antes que un protagonista del discurso, se transforme en incitador del mismo en el que se privilegia el turno de los estudiantes para que ejerzan el uso de la palabra y lo que ello implica: que el estudiante actualice en esa relación lo que los psicólogos denominan su “zona de desarrollo próxima”, o lo que es lo mismo, su competencia cognitiva.

Es justamente en este escenario conversacional donde el estudiante aprende, es decir, ejerce sus esquemas cognoscitivos; desplazándose de una zona de desarrrollo real - ZDR- a una zona de desarrrollo potencial -ZDP- (Vigotsky, 1989) o lo que es lo mismo, de un terreno cognitivo en el que el estudiante se mueve con fluidez -ZDR- a otro donde no es competente -ZDP-. En términos de Erickson(1990: 11) cabe decir que, “Aprender es correr riesgos, pues el aprendizaje lleva consigo el ir más allá del nivel de competencia ya dominado, hasta la región más próxima de incompetencia que aún no se domina”. Esta zona de incompetencia está en movimiento continuo y los estudiantes en sus relaciones con el profesor y entre sus iguales, mueven la zona de desarrollo próximo, corriendo ascencionalmente sus propias fronteras de conocimiento. Por tanto, el reconocimiento de su incompetencia le da la oportunidad de tomar conciencia metacognitiva y cualificar sus esquemas, dando de esta manera un salto cualitativo a una nueva zona de desarrollo real -ZDR-.

Observemos así cómo el maestro utilizando estrategias de lo que Cazden(1988) denomina el scaffolding favorece el aprendizaje de sus estudiantes, con una acción pedagógica que los enfrenta a conceptos más complejos, a través de activaciones de esquemas cognoscitivos ya acendrados en ellos. Veamos un ejemplo:

Un desarrollo de clase
Area de Español y Humanidades

Estudiantes de octavo
Tema: Las características del ser romántico

Profesor: En clases anteriores nos hemos referido al tema del Romanticismo en la literatura. Si bien el Romanticismo surge en Europa y en particular con el movimiento poético alemán, éste se traslada a las formas narrativas, donde el escritor procura una nueva visión de la realidad, exaltando su mundo individual y animando sus sentidos. Ya hemos hecho ejercicios de aplicación a las características del texto romántico, enmarcado en épocas particulares.

Estudiante 1: También dijimos que ser romántico no debe entenderse como mera sensiblería o como hoy se dice cuando alguien está muy enamorado y actúa como “lelo”, “lentejo”, porque a lo mejor alguien le ha “movido el piso”.

Estudiante 2: Profe, entonces esto querría decir que lo romántico no tiene que ver con los enamoramientos, por ejemplo, los de las telenovelas mejicanas, los de nosotros aquí en el colegio.

Profesor: Exacto, no se trata de un espíritu meloso o sensiblero, sino que también toca otras esferas de la condición del ser humano. Más bien se trata de un espíritu muy cercano a una realidad que percibe en toda su magnitud, a través de los sentidos y que lo obliga a privilegiar el sentimiento doloroso, la angustia por la vida, el culto del “yo”, el acercamiento a las costumbres y a la naturaleza, donde, a fin de cuentas, los seres cobran un sentido frente al discurrir, a la vida.

Estudiante 3: Como en la novela María, allí el espíritu romántico está muy presente, sobre todo en las actuaciones de Efraín frente a su amada.

Estudiante 1: Pero de todas formas el tipo está muy enamorado y en este caso sería un “romanticón”, alguien que ni siquiera tiene fuerzas para alterar lo que la familia le impone y que acepta el final trágico.

Estudiante 2: Sí, pero Efraín es algo más que ese tipo pasivo, es un espíritu que, no sé, sabe de la derrota, sabe que su destino también podría estar en otra parte. A lo mejor esta conciencia de su derrota lo hace más romántico.

 

El maestro en su momento no es consciente del abuso de la palabra, en su afán de querer transmitir una serie de conocimientos que supone deben conocer sus estudiantes, para su buena formación académica.

 

Profesor: ¿Recuerdan cuando hablamos del Werther de Goethe? Pues bien, Werther se enamora con frenesí de una mujer, la corteja, le demuestra su amor, se aleja por un tiempo de ella y cuando regresa, la encuentra casada. El, al final, opta por el suicidio. Pero su manera de enfrentar el mundo, la forma como percibe la realidad, no lo hace un ser derrotado. Por su lado, Efraín asume de modo parecido la derrota, es un ser que lanza su grito, que no guarda silencio. El hecho de que sea él quien narre la triste historia, nos daría a pensar que su voz no ha sido acallada, que a través del recuerdo de su amada, vitaliza sus sentimientos.

Estudiante 1: Pero si el amor o lo imposible del amor hace daño al ser, ¿por qué entonces optamos por él?

Estudiante 2: Quizá porque la vida es más compleja de lo que pensamos, quizá porque el amor es tan extraño como el hombre mismo, que actúa por unas relaciones directas con la sociedad pero también con la naturaleza.

Profesor: Pero entremos ahora a analizar esos dos polos: relación ser humano con la sociedad y relación ser humano con la naturaleza...

Se localiza así un escenario pragmático-discursivo en el que intervienen un contexto de salón de clase, una lengua, los esquemas cognoscitivos de los estudiantes y un scaffolding, ingredientes y catalizadores todos del proceso enseñanza-aprendizaje y movidos implícitamente por la afectividad que se genera entre los coagentes del acto educativo.

Hasta el momento hemos ubicado de manera tácita tres tipos de relaciones interpersonales al interior del aula de clase, esto es, estudiante-profesor, profesor-estudiante y los estudiantes entre sí. Estas relaciones, incritas dentro del mundo escolar, activan un conjunto de circunstancias y desencadenan un tipo de conocimiento con unas características distintas a las dadas en los entornos ajenos a la Escuela.

Dijimos que el scaffolding -facilitamiento- es una situación de habla en la que el maestro declina el poder de la palabra, dándole a los estudiantes la oportunidad de ejercer la autoridad, inclusive la de ceder el turno, animándose el diálogo entre los ellos, marginando de esta manera al profesor y, si se quiere, desestructurando la reglamentación conversatoria, en la que incluso hasta se fija un nuevo tópico de conversación.

Esta instancia es fundamental en el hecho educativo por cuanto el maestro ya reconoce en sus estudiantes su historia personal y sus conocimientos previos, es decir, las competencias que los capacitan para asumir el diálogo académico. Es a partir de este reconocimiento, donde pensamos que el maestro toma la palabra, revalida su condición de magister dixit, pero ya reconociendo en los otros a interlocutores válidos, los que tendrían la posibilidad de interpelar, dudar, preguntar y enfrentar el conocimiento, junto con el profesor, cualificando el discurso de todos los agentes implicados en el hecho educativo. Es aquí donde se da, en el sentido más estricto de la palabra, la transacción conversacional a propósito del conocimiento.

En páginas anteriores hemos utilizado conceptos claves como coagentividad, contexto, interlocutores, conocimiento y otros, que a nuestro parecer configuran el concepto de transacción y remiten a implicaciones teóricas y metodológicas muy importantes en el proceso enseñanza- aprendizaje. Este proceso implica, en términos de Baena (1987), la participación de dos agentes que intencional y conscientemente participan de manera simultanea en un evento complejo de acción-proceso, dado en un sólo acto de comunicación y que Bustamante (1987) formaliza en un esquema que podemos visualizar de la siguiente manera, ciertamente con algunas modificaciones nuestras:

GRAFICA

En este esquema se observa al profesor y al estudiante en sitios distantes, pero como hemos pretendido demostrar, ambos agentes participan de un mismo espacio y de manera simultánea construyen el diálogo académico. De modo que es pertinente agregar al esquema la presencia, en cada sitio, del otro agente participante, en virtud de que mientras un agente del proceso enseña, el otro aprende, y se produce un intercambio de roles en el que el que antes aprendía ahora enseña, implicándose con ello la participación activa, consciente e intencional de quienes forman parte del evento comunicativo.

En este proceso además se tiene necesariamente que utilizar un instrumento fundamental de comunicación y de conocimiento que es la lengua, en la que necesariamente se ha de inscribir el conocimiento que es, en últimas, el que determina el propósito de la comunicación. Este concepto transaccional aplicado al proceso enseñanza-aprendizaje implica el reconocimiento de la participación activa del estudiante y su reconocimiento como agente educativo, es decir, en un destinatario que se convierte en emisor para construir, con el profesor y sus iguales nuevos esquemas cognoscitivos o cualificar los ya adquiridos. Se descarta, entonces, el estudiante como alumno, en el sentido más estricto de la palabra, y del proceso transaccional del salón de clase, se descarta también su denominación de receptor, dadas las implicaciones de pasividad que esta palabra conlleva. Siguiendo el esquema de Baena podríamos preguntarnos, ¿quién se beneficia en este proceso o, en términos lingüísticos, cuál es la relación complementaria dativa? Obviamente que hay tres factores altamente beneficiados en este proceso, como son el estudiante, quien tiene la oportunidad de confrontar o revalidar su experiencia cognoscitiva, en un escenario dialógico; el maestro, en tanto que tiene la oportunidad de reconocer en su estudiante un nivel de formación a partir del cual plantee sus contenidos académicos y metodologías; y el sistema educativo que al cualificarse, como resultado de la acción y participación de agentes idóneos y competentes frente al conocimiento, margina así las metodologías vacías, desprovistas y ajenas a un propósito de promoción académica y de productividad intelectual.

 

BIBLIOGRAFIA

BAENA, Luis Ángel . (1987). “Transacciones”. En: Cali, Lenguaje, No. 16, Universidad del Valle.

BUSTAMANTE, Guillermo. (1987). “Lingüística y educación”. Cali. Universidad del Valle.

CENCE, Lopes Maria Cecilia. (1996). “E o aluno toma a palavra”. Brasilia, Universidad Federal de Uberlândia. En, As múltiplas faces da linguagem. Izabel Magalhâes (Org.). Brasilia, Universidad de Brasilia.

LABOISSIÈRE, e Cunha Mônica. (1996). “O discurso do professor : Uma questâo o poder e solidariedade”. En, As múltiplas faces da linguagem. Izabel Magalhâes (Org.). Brasilia, Universidad de Brasilia.

MORILLAS J., Martín y SÁNCHEZ García, Jesús. (1998) “Modelos de cognición cultural y cognición en el léxico y discurso terapéutico”. Logroño, Cuadernos de investigación filológica, Tomos XXIII-XXIV. Universidad de La Rioja.

SPERBER, Dan y WILSON, Deirdre (1994). La relevancia. Comunicación y procesos cognitivos. Madrid, Visor.

SPOLSKY, Bernard. (1998). Sociolinguistics. Oxford, Oxford University Press.


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