"La figura femenina en la tragedia de Sófocles"


Arbey Atehortúa Atehortúa

Se explora en este artículo el tratamiento del tema femenino en la tragedia de Sófocles desde la mentalidad del siglo V ateniense. El uso del lenguaje referido a la mujer, la presencia del elemento mítico, la definición de las relaciones interpersonales en función de la philía y no del eros y el papel social asignado a la mujer, determinan la sustentación de un orden conservador con relación a este tema en la tragedia de Sófocles.

La poética(1) de la Grecia Arcaica y Clásica está mediada por una cosmovisión masculina, en la que se destacan los argumentos de la Edad heroica, la política, la crisis de las ciudades-estados del siglo VII, y por supuesto la cosmogonía. Esta cosmovisión es coherente con la mentalidad heredada de una época donde el honor, la fuerza, la gloria, el autoritarismo, el sentimiento de vergüenza y de amistad, entre otros, son la medida de los hombres; un estado donde cada uno sabe y cumple su lugar en la sociedad.

Este espacio histórico caracterizado por el hecho militar, la actividad política y el ejercicio poético como sustentador de una mentalidad aristocrática, restringió la función de la mujer en la sociedad al hogar y al cuidado de los hijos, debiendo guardar fidelidad a su marido y a las instituciones de poder que regían la polis; ésta a su vez le limitó sus derechos, prohibiéndole asistir y participar en los certámenes deportivos y artísticos y ejercer funciones públicas. Las espartanas y las lesbias gozaron de más libertad que en el resto de Grecia: las primeras por habitar en un estado esencialmente militar y las segundas por la apertura comercial y cultural que caracterizó la isla, posibilitando en este caso la creación de los tiasos dirigidos por mujeres como Safo y hasta por la misma esposa del dictador Pítaco: Andrómeda. Igualmente existieron las hetairas, mujeres que participaban de la fiesta y el jolgorio con los hombres.

Los valores heredados de la sociedad heroica, la mentalidad producida por una cosmogonía milenaria y el desarrollo de la aristocracia que se consolida a partir del siglo VIII explican el papel asignado por la sociedad griega a la mujer.

Las creaciones artísticas populares y literarias(2) reflejan esta mentalidad masculina donde la mujer cumple su rol exigido por la sociedad griega. La tragedia, la realizada por Esquilo, Sófocles y Eurípides en el siglo V, otorga un papel protagónico a la figura femenina, presentándola como un instrumento del destino (moiras y erinias) para la restitución y que, al igual que el hombre, incurre en transgresiones (hybris); como un ser que en mayor o menor medida contribuye a la alteración del orden cosmogónico por el tratamiento de los sentimientos de philía y de eros (3) .

Lo primero que debemos resaltar es que el referente4 de la tragedia no es el presente de los poetas sino el mundo mítico, y que partiendo de éste los trágicos estudiaron el poder, el destino, la justicia, la muerte y el honor, temas que le interesaron a la sociedad ateniense del siglo V. La relación, por lo tanto, entre la tragedia y la sociedad clásica no se plantea al nivel de los contenidos sino de las estructuras mentales.

No son, por lo tanto, las mujeres de la cotidianidad del siglo V, las campesinas o las aristócratas quienes circulan por la tragedia. Antígona, Electra, Ifigenia, Hécuba, Crisótemis y Yocasta, son seres míticos y ancestrales, reinas y princesas; mujeres emparentadas con los dioses, con los hombres de la Sociedad heroica.

Cada uno de los trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) le da un matiz distinto al tratamiento de la figura femenina, pero todos dentro de la mentalidad masculina y excluyente de la sociedad ateniense del siglo V a. C. Se estudiará el papel de la figura femenina en las tragedias de Sófocles particularmente y se establecerán algunas comparaciones pertinentes.

Los personajes femeninos en la dramaturgia de Sófocles no son seres decorativos; ellos se elevan a la condición de heroínas (como Antígona), afrontando una coyuntura dada por la ausencia de varón, los excesos en el ejercicio del poder y la necesidad de restitución, sin que la estructura masculina de la Grecia clásica se vea afectada. En el trasfondo de los hechos está el tema de la justicia; es lo que piden Antígona, Electra y Tecmesa, una justicia que en Sófocles es la cosmogónica, la divina, que se enfrenta a las decisiones arbitrarias e injustas de los reyes.

Las mujeres, en la tragedia, son víctimas del destino, del hecho trágico al buscar la restitución a una transgresión. Antígona es coherente en palabra y acto pues no duda un solo instante que su obligación es dar sepultura a su hermano Polinices, tal como lo predica, por encima de la prohibición de Creonte. Electra, por su parte, añora la venganza; la concibe como un mandato divino pero no la ejecuta, es su hermano Orestes quien debe realizar el hecho de sangre. A su vez, Deyanira hace todo lo dispuesto por el oráculo para conservar a Heracles, su esposo, aunque sin saberlo está propiciando su muerte. Ellas son por lo tanto medios para la restitución del orden divino alterado por los hombres.

El arrepentimiento de Creonte en Antígona y el retorno de Orestes en Electra para cumplir la venganza, justifican el actuar de ambas heroínas. El primero anula su prohibición de dejar insepulto a Polinices y perdona a Antígona aunque demasiado tarde pues la heroína ya ha muerto. Orestes, por su parte, regresa de un exilio de años para cumplir la venganza cuando ya todos lo daban por muerto.

Existen varias diferencias en el proceder de Antígona y de Electra. Si bien Antígona es coherente en palabra y acto, Electra ha pasado su vida lamentándose y esperando a Orestes para que ejecute la venganza. Las dos restituciones exigidas por los dioses son distintas: Antígona debe realizar las honras fúnebres de su hermano y Electra vengar la muerte de su padre matando a Clitemestra y a Egisto; esta acción de sangre la debe realizar un hombre y en este caso su hermano Orestes. Antígona solo tiene a su hermana Ismene y por eso ella debe honrar al muerto enfrentando el decreto:

“Pues jamás, ni aunque fuera madre de hijos, ni aunque mi esposo muerto se estuviera pudriendo, hubiera tomado sobre mí fatiga semejante en contra de los ciudadanos. ¿Y en razón de qué digo esto? Muerto mi esposo, otro hubiera podido tener, y un hijo de otro varón si lo perdía. Pero estando madre y padre ocultos en el Hades, no hay hermano que pueda nacer jamás” (Antígona, 1991,62).

Recordemos que el mismo tema de la prohibición de realizar las honras fúnebres se presenta en Ayax y en este caso no es Tecmesa, su concubina, sino su hermano Teucro quien enfrenta el mandato de Agamenón.

Con el personaje femenino se confrontan por lo tanto el orden divino y el humano que debe obedecer al primero. Cuando estos órdenes ponen en juego disposiciones distintas como la prohibición de los reyes de dar sepultura a un cadáver, hecho considerado un mandato divino, se produce una alteración de la ley cosmogónica que representa en muchos aspectos de la vida en comunidad una forma de regulación, de justicia. Es por eso que Antígona recuerda que por encima de los decretos transgresores del orden ancestral están las disposiciones divinas que deben obedecer los gobernantes. No deja de presentarse la contradicción entre la vacilación sobre la permanencia de un estado ancestral y las nuevas disposiciones generadas por el Estado democrático ateniense del siglo V. En este conflicto se inscriben las interpretaciones de un Creonte héroe de la tragedia(5). Para Ismene y Crisótemes, lo real es el poder del tirano, el castigo que pueden sufrir si violan las disposiciones reales:

“…mira cuánto más malamente pereceremos, si violentando la ley transgredimos el decreto o el poder del tirano” (6) . “pero, si he de vivir en libertad, tengo que obedecer en todo a los que están en el poder” (Antígona, 1991, 210).

La situación pragmática pesa en ellas más que las disposiciones divinas, pues continúan disfrutando de los beneficios de su estado y ninguna de ellas, a pesar de las amenazas, ha sido expulsada del reino tal como le ocurre a Electra en la tragedia de Eurípides.

 

No deja de presentarse la contradicción entre la vacilación sobre la permanencia de un estado ancestral y las nuevas disposiciones generadas por el Estado democrático ateniense del siglo V.

 

El palacio es el espacio de poder regido por el representante de los dioses en la tierra. Es por eso que los excesos deben ser contrarrestados y es aquí donde la figura femenina es víctima al ser medio de restitución. La mujer trágica actúa con la convicción de hacer lo correcto, de servir a los dioses, al orden natural, manteniendo el statu quo. Es éste el papel de Yocasta y Deyanira en Edipo Rey y Las traquinias respectivamente.

Yocasta y Deyanira son objetos y víctimas del destino y luchan por conservar sus privilegios nobiliarios. Deyanira hace todo lo dispuesto por el oráculo para conservar a su marido que regresa con una concubina, pero propicia su muerte; Yocasta también ha actuado correctamente porque según las leyes divinas, debe contraer nupcias con el hombre que ha salvado la ciudad del mal de la Esfinge; pero Yocasta se ha encaminado a su perdición, y al descubrir que ella es madre y esposa a la vez de Edipo, trata de evitar la desgracia: “No, por los dioses, si es que en algo te cuidas de tu propia vida, no lo investigues. Basta es con que yo sufra”(7) . Pero la determinación de Edipo por conocer la verdad es férrea y Yocasta se suicida al no poder detener sus indagaciones; ella afronta todo el peso del destino y desea salvar a Edipo por encima de su propio dolor: “¿Qué importa de quien haya hablado? No hagas caso. Ni quieras neciamente mantener en el recuerdo todo lo dicho”(Edipo Rey, 1997, 272).

Las traquinias aporta otros elementos al tratamiento de la mujer en la tragedia de Sófocles. Si bien distintas interpretaciones se han ocupado del protagonismo de Heracles y de Deyanira(8), optaremos por la dimensión trágica del personaje femenino por ser víctima e instrumento del destino.

Deyanira es un arquetipo de mujer que obedece a la cosmogonía, a la mentalidad del pueblo griego: ella es fiel y leal al marido ausente al igual que Penélope, está al cuidado de la casa y de los hijos y se muestra justa y mesurada(9) . Pero lo particular en ella, que equivale a su nivel de hybris, es su deseo irrenunciable -al igual que Edipo- de conocer la verdad, de llegar hasta los últimos detalles y finalmente actuar; por eso le exige a Licas que cuente la verdad sobre Yola, a quien el mensajero ha presentado como una esclava y que en realidad es la concubina de Heracles: “…no encubras el asunto, porque no es a una mujer perversa a quien vas a dirigir tus palabras” (Las Traquinias, 1997, 131). Deyanira Finalmente reafirmará su mesura tratando con toda consideración a Yola y justificando el proceder de Heracles: “…ni tal que no sepa que la naturaleza de los hombres está constituida de forma que no se complacen por siempre con las mismas cosas” (Las Traquinias, 1997, 131).

Deyanira intenta recuperar el amor de su marido sin perjudicar a nadie y sin enfrentar a los dioses; sin saberlo es víctima de las moiras jugando su papel para que el destino de Heracles se cumpla(10) y por eso su única salida posible es por la que opta: el suicidio. Éste lo ha ejecutado en silencio, sin un lamento, sin intentar justificar su equivoco. Deyanira se ubica en la dimensión de los personajes de Sófocles que tienen sobre sí una gran carga pues aparece como responsable del reino en ausencia del marido, obligada a tomar decisiones y a afrontar el castigo por los niveles de hybris en que incurre.

Las relaciones afectivas que establecen los personajes femeninos y masculinos en la tragedia de Sófocles también obedecen a una mentalidad heroica y conservadora para la época. Son relaciones mediadas por la philía y no por el eros, por los acuerdos y por las que se desprenden cuando una mujer era botín de guerra. Es en este aspecto, con relación a la mujer, donde la obra de Sófocles se evidencia tradicional y cercana al elemento mítico(11). Deyanira es fiel y leal a Heracles, y Tecmesa -en la tragedia Áyax- es el prototipo de la mujer que vive en función de su marido, no importando que éste la haya raptado después de atacar el reino de su padre. Tecmesa siente philía por Ayax y sufre por el destino del héroe víctima de la cólera de Atenea, sufre por su hijo Eurísaces, por la suerte que le espera, por la injusticia del ejército aqueo. Pero Áyax, que ha tomado la decisión de suicidarse, sólo dispone del futuro de su hijo y no se refiere en absoluto al de Tecmesa; ella no pesa para nada en su resolución; solo una vez ha elogiado su buen juicio por haber apartado a Eurísaces de sus manos en su estado de locura (“Alabo tu acción y la previsión que pusiste.”) pero la amenaza para que le revele todo lo ocurrido y finalmente la expulsa de la tienda: “¿No te irás? ¿No te llevarás tu pie de vuelta hacia afuera? ¡Ay, ay!” (Ayax, 1997, 69). Ella, sin embargo, está presta a servir a su raptor y a cubrir su cadáver una vez éste se ha suicidado:

“No, no se le puede ver. Con este manto enrollado en torno le cubriré por entero, pues nadie cualquiera al menos que sea amigo, podría contemplarlo vertiendo negra sangre arriba por las narices, y de la roja herida, producto de su propio degüello. ¡Ay de mi! ¿qué haré? (Ayax,1997, 90).

Según Francisco Rodríguez Adrados(12), se llegaba frecuentemente a una relación de philía entre marido y mujer ; el amor, ese sentimiento que llevaba al erao, producido por el amante -erastés-, era un sentimiento que se reprimía. El tema erótico representaba una parte mínima y estaba sometido a una cierta censura y a los condicionamien-tos généricos, por eso se hablaba del amor como manía o locura, como algo que desestabilizaba; este tipo de sentimiento produce la desgracia de Heracles:

“(…) fue por causa de esta muchacha por la que Heracles se apoderó de Eurito (…) y que fue Eros el único de los dioses que lo sedujo” (Las Traquinias, 1997, 127).

 

Las relaciones afectivas que establecen los personajes femeninos y masculinos en la tragedia de Sófocles también obedecen a una mentalidad heroica y conservadora para la época.

 

Ayax tampoco siente éros por Tecmesa sino philía, y en estos términos debemos entender cuando el corifeo nos recuerda que es la única que se puede acercar a la tiende del telamónida:

“Hija del frigio Teleutante/ habla, pues a ti, esposa por la lanza conquistada,/ en amarte persevera el impetuoso Áyax/ de forma que no responderás desconocedora” (Ayax, 1997, 64).

La relación entre Hemón y Antígona tampoco está expresada por un vocabulario amoroso. Creonte ha expresado lo que media una relación de pareja al responder a la pregunta de Ismene (¿Vas a matar a la prometida de tu hijo?”): “También se pueden arar los campos de otras” (Antígona, 1991, 46).

Es evidente el sentimiento recíproco, mediado por un acuerdo o pacto según lo ha expresado Ismene, hasta el punto que Hemón se suicida junto al cadáver de Antígona.

El suicidio es otro hecho significativo en la consideración de la mujer en Sófocles.

El suicidio es una de las alternativas a la que recurren tanto los personajes masculinos (Ayax, Hemón) como los femeninos. Los suicidios de Antígona, Yocasta, Eurídice y Deyanira en las tragedias de Sófocles confirman la actitud trágica y heroica de los personajes femeninos, siendo una alternativa digna para el personaje trágico(13), una forma de expiación y una consecuencia de la hybris, que se debe ejecutar para que el orden cosmogónico retorne. Las mujeres no evaden su destino, lo enfrentan tal como lo hacen los personajes de la Edad heroica contribuyendo al cumplimiento del oráculo de los héroes masculinos.

El poeta ateniense reafirma, en el tratamiento del tema femenino, la mentalidad patriarcal griega, la estructura rígida de la sociedad helénica que predicaba para ella el ideal de la sofrosýne expresado por Pericles: “una mujer debe tratar de que los hombres no hablen de ella ni para bien ni para mal”.

En primer lugar, el espacio poético de las tragedias con relación a la mujer es completamente cerrado. Es un espacio donde existen las reinas y las princesas, y la servidumbre en la figura de las nodrizas y esclavas, pero no se sugiere la movilidad social ni el cuestionamiento a dicho estado en ningún sentido. Por eso Electra no solo se queja de la injusticia cometida contra su padre, sino de habitar en palacio y ser tratada como una sirvienta negándosele así su condición de princesa; aún así ella no ha sido expulsada del palacio como ocurre en la tragedia de Eurípides y manifiesta con palabras y actos su condición de hija de rey. Tecmesa, la concubina de Ayax, es hija del rey Teleutante; no importa que haya sido raptada o que sea tenida como una esclava, si es la mujer de un príncipe debe tener la misma condición. Igual ocurre con Yola, concubina de Hercales, hija del monarca Eurito. La sociedad aristocrática se reproduce de esta manera, en la medida que sus miembros se relacionan con los de su misma condición.

La alusión a las mujeres por parte de los personajes y su limitación para actuar, en las tragedias de Sófocles, también confirman la mentalidad masculina y conservadora en las tragedias de Sófocles con relación a este tópico. Por eso Ayax enuncia lo que debe ser el ideal de la mujer que concuerda perfectamente con el de Pericles enunciado en el mismo siglo V a.C.: “Mujer, para las mujeres el silencio un adorno supone.” (Ayax, 1997, 67). Ismene igualmente reconoce su situación frente al hombre cuando afirma que “Menester es, pues, reflexionar, por un lado, que la naturaleza nos hizo mujeres para no luchar contra los hombres (…) recibimos órdenes de quien es más fuerte (…)” (Antígona, 1991, 23). A este nivel, las expresiones contra la mujer son más abundantes en las tragedias de Esquilo como por ejemplo en Las Suplicantes y Los siete contra Tebas. El lenguaje de Sófocles es más parco, aunque explícitamente se le llama a ocupar su lugar asignado.

Los personajes femeninos actúan solo en el caso de que no haya otra alternativa como en Antígona; Electra, por ejemplo, no pasa del lamento pues sabe que su hermano Orestes vive y es él quien debe actuar. Tecmesa también espera por Teucro y la actitud de Yocasta no se compara con la postura férrea de Edipo. Hay igualmente personajes femeninos que son solo una sombra como la madre de Hemón, Eurídice, que sin lograr un amplio desarrollo se suicida incrementando así el nivel de castigo para su esposo Creonte.

La permanencia de una mentalidad que procede también de un imaginario mítico es difícil de cambiar y menos en una sociedad que continuaba siendo masculina por esencia; una sociedad con una estructura organizacional centrada en la familia, donde la “legítima esposa” cumplía su papel en el hogar. Así lo confirma la sociedad ateniense del siglo V que le prohibió a las mujeres actuar e inclusive asistir a las representaciones teatrales.

El mito sustenta la mentalidad masculina que soporta la visión del mundo del hombre clásico en la medida que éste es producto de las circunstancias histórico-sociales. El mito griego identifica a Casandra como la primera mujer, creada por Zeus para castigar a los hombres. Hesiodo se refiere a ella como una “hermosa calamidad”. Con Casandra tuvo “origen el linaje funesto, el conjunto de todas las mujeres-¡calamidad grandísima!- las cuales viven con los mortales hombres y no quieren compartir la pobreza dañosa sino tan sólo la abundancia”(14). El mito igualmente presenta a Helena como el motivo de la guerra de Troya, la causante de la muerte de miles de frigios según Alceo. Recordemos igualmente la diatriba de 208 versos de Semónedis de Amorgos contra las mujeres de las cuales solo se salva la “mujer abeja” (“A otra la sacaron de la abeja. ¡Afortunado quien la tiene!/ Pues es la única a la que no alcanza el reproche”)(15) a la cual también se refiere Hesiodo en el parágrafo 595 en la edición citada. La mujer, según el mito, es la causante de las “molestas acciones”; un mal para el hombre. Pero el mito posee una estructura cerrada y por eso igualmente contempla la necesidad de que un hombre se una en matrimonio:

“(…) el que, rehuyendo las bodas y el penoso trato de las mujeres, no ha querido casarse y llega a la funesta decrepitud sin tener quien le cuide, ése no vive en la miseria pero a su muerte los colaterales se reparten los bienes” (Hesiodo, 1995, 64).

No es por lo tanto el tema de la mujer lo esencial en Sófocles. Son más relevantes los tópicos de la justicia, los excesos del poder y la transgresión del orden cósmico. La figura femenina de la tragedia es un medio para dicho tratamiento. No existe en Sófocles una reivindicación y redefinición del papel de la mujer en la sociedad ateniense; por el contrario, ella conoce su lugar en la sociedad, y sus obligaciones son predicadas por el mito e interpretadas por las tragedias de Sófocles, sustentando la dimensión heroica que aún subyace como mentalidad y activada en parte por las batallas contra los persas.

 

NOTAS

(1) Poética tomada modernamente como los productos artísticos.

(2) Rodríguez Adrados diferencia unas creaciones poéticas de carácter popular y otras de carácter literario. Las primeras son de tipo oral, más cercanas al discurso mítico. En las segundas ya hay conciencia del oficio de escritor.

(3) El sentido de philía considera una gradación desde el concepto de amistad hasta el afecto o amor; erwV y sus derivados eraw y erasthV definen más el campo semántico del amor como pasión, como locura según los griegos y que conduce al hecho erótico.

(4) Aclaro que nos referimos a los referentes tematizados y no a lo que las tragedias realmente evalúan: en este sentido es evidente la aproximación a la sociedad ateniense del siglo V a.C..

(5) Ver por ejemplo el ensayo sobre Antígona de Luis Gil en: Sófocles. Antígona, Edipo Rey, Electra. Labor, Barcelona, 1991

(6) Ibid, p.23. (Versión de Luis Gil )

(7) SOFOCLES. Ayax, Las Traquinias, Antígona, Edipo Rey. Alianza Editorial, Madrid, 1997, p. 272. (Versión de José María Lucas de Dios).

(8) Ver por ejemplo el estudio de José María Lucas de Dios en: Ibid, 1997, p. 39.

(9) Aunque como afirma José María Lucas de Dios “Un problema por siempre debatido ha sido la culpabilidad consciente de Deyanira o su desconocimiento de la verdad que había en su estrategia. Es cierto que Deyanira, dentro de una parte de la tradición mítica (…) nos es presentada como agente consciente de su pérfida maquinación”. Ibid, p. 42.

(10) Heracles: “Tuve yo hace tiempo una predicción de boca de mi padre sobre que no caería muerto a mano de ninguno de los que aun respiran, sino que sería cualquier habitante ya desvanecido del Hades” (LasTraquinias, 1997, p. 158). El Centauro Neso engañó a Deyanira dándole veneno en vez de una pócima amorosa para que le aplicara a Heracles.

(11) Las mujeres de Eurípides las mueven otro tipo de pasiones y llegan a extremos que no presentan dichos personajes en la tragedia de Sófocles, por ejemplo Hipólito y Medea.

(12) RODRIGUEZ ADRADOS, Francisco. Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua. Alianza, Madrid, 1995.

(13) Sobre este tema remito a mi artículo “El suicidio en la tragedia griega” en: Revista de Ciencias Humanas. Año 3, No.10, noviembre de 1996,p. 32-37.

(14) HESIODO. Teogonía. Edicomunicación S.A. Madrid,1996,p.64.

(15) Ver: García Gual, Carlos. Antología de la poesía lírica griega. Alianza Editorial, Madrid, 1996, p.35.


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