Editorial
Crisis de paradigmas, nuevas tecnologías, rupturas epistemológicas, reingeniería, todos ellos son términos que apuntan en una misma dirección. La historia ha acelerado su curso y los cambios son cada día más rápidos cuando no más hondos. Comprometida con la construcción de la sociedad, con la formación del individuo, con el avance del saber, la universidad debe prepararse cuanto antes para esa historia de ritmo rápido que hace carrera entre nosotros y que puede hacerla contra nosotros si nosotros no estamos preparados. Conceptos como los de universidad permanente, currículo flexible, autonomía académica hacen parte de las estrategias que algunas universidades han diseñado para no dejarse sorprender por el porvenir. En contravía con una sociedad cada vez más pobre en fines y más rica en medios, la universidad debe multiplicar sus proyectos y simplificar sus trámites. Porque a la universidad no sólo compete la construcción del hombre al más alto nivel, sino además la investigación no mercenaria, ella no puede darse el lujo de quedarse a la saga de la historia. Si un sector de la economía se anquilosa ello provocará efectos puntuales. Si la universidad se anquilosa los efectos, en cambio, serán estructurales. Pensar la universidad, repensar la universidad es un compromiso ineludible en todos los tiempos; estar dispuesto a la innovación, al cambio, es asunto de supervivencia en tiempos como el nuestro.
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