El poder: una circunstancia en el pensamiento de Foucault

Antonio Rodríguez Jaramillo

Hay que ser nominalista, sin duda: el poder no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados; es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada”.

                                   Foucault.

 

En este texto me propongo considerar cuatro cuestiones: qué entiende Foucault por poder; cómo el ocuparse del poder no es una negación de sus prístinas preocupaciones por los saberes, sino que es una categoría que subsume sus anteriores trabajos; qué circunstancias le llevaron a efectuar un desplazamiento de su preocupación por los saberes a la preocupación por el poder y a dónde le lleva su periplo por el poder.

La conceptualización de poder que hace Foucault fue objeto de significativas modificaciones en el desarrollo de su obra, sobre manera en la década de los años setenta. Desde sus primeras obras, y específicamente en la Historia de la Locura (1961), está presente una concepción de poder que no difiere de las teorías tradicionales: el poder es  represivo, negativo, limita la libertad, es el privilegio de los que lo poseen contra los desposeídos, en una palabra el poder es represión. El poder como fuerza localizada y excluyente, hecho manifiesto en las prácticas, ha excluido y reprimido a la locura al encerrarla en el juego de una partición  entre la razón y la sinrazón, entre el orden del cuerdo y el desorden del loco.  En los años 60, al introducir la arqueología, ha establecido las fronteras de sus investigaciones en las prácticas discursivas de los saberes; el problema de la condición humana se inscribe en el problema de los saberes. La perspectiva se modificará en la década del 70 cuando introduce a través de otra mirada la categoría de poder planteándosela al discurso para delimitar mejor un problema que ya estaba presente y confuso  en la Historia de la Locura  y en El Nacimiento de la Clínica (1963); deja de considerar como centro  de la historia el gran modelo del lenguaje y los signos.

 En la década 70, el poder negativo ya no resulta funcional para dar cuenta de las prácticas, por lo tanto al pensador francés le es necesario reconceptualizar el poder. El poder se asume como relaciones de poder (no es una tautología), más bien, la conceptualización designa que son relaciones que se tejen entre  parejas individuales o colectivas en las que ciertas acciones se relacionan con otras para modificarlas. El poder sólo existe como acción que actúa sobre otra u otras acciones que se han dado o que están en el límite de un poder ser. Su ejercicio es guiar la posibilidad de la conducta; el problema del poder es un problema de gobierno, de política: su fin está en obtener, mediante una acción calculada, una determinada acción esperada de un sujeto individual o colectivo en un campo de acción con diversas posibilidades y formas de conducirse. El poder, como relaciones de fuerza que apuntan al gobierno de otros mediante acciones que recaen sobre acciones con determinados fines, supone siempre un espacio de libertad dado por la existencia de diversas posibilidades al alcance de los sujetos para desencadenar diversas acciones. No existe confrontación entre poder y libertad como antitéticos, sino que cada uno es la condición de existencia del otro, ningún sujeto persigue  ser dominado por otro por el solo hecho de ser dominado Las relaciones de poder se caracterizan por la intencionalidad de unos sujetos de determinar la conducta de otros, pero no de manera imperativa mediante la coerción en un despliegue de fuerza, pues de ser así, tenemos sometimiento por la fuerza y no una relación de poder. Las relaciones de poder suponen cierto tipo de racionalidad que no es la misma de los procesos de producción, comunicación o del saber científico. Las racionalidades pueden ser múltiples, lo que tampoco implica que por un lado esté el campo de las cosas, por otro el de la comunicación y por otro los medios, pues todos se integran en una red movida por ciertas racionalidades. Foucault al considerar que las relaciones de poder están atravesadas por racionalidades y que suponen cierto espacio de libertad, infiere que los puntos de resistencia  no se encuentran en una exterioridad respecto al poder, sino que constituyen partes del mismo juego. El poder es la condición de posibilidad de los puntos de resistencia que al surgir impelen al poder a desarrollar otras estrategias para confrontarlas en una apuesta interminable.

 El poder no es concebido como una cosa que se posea, no es una propiedad a la que sólo algunos pocos tienen acceso, no es un algo cuyos efectos se atribuyen a la apropiación, a una posesión adquirida por privilegio y ejercido por una clase dominante, no es exclusivo de los aparatos del estado. El poder no es exclusivamente una prohibición que un sujeto imponga a otro, él atraviesa a lo ancho y a lo hondo a todos los sujetos incluyendo a los que intentan resistirle. El poder es  positivo, si sólo fuera negativo estaría limitado a reprimir y no produciría nada, “... en ello consistiría la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo lograr que su cometido nada pueda tampoco, excepto lo que le deja hacer” (1) . La tendencia de la sociedad occidental moderna de representarse el poder de manera negativa puede entenderse desde el ejercicio mismo del poder cuya eficacia está dada en relación con su capacidad de esconder sus mecanismos; si el poder fuera cínico, descarnado su aceptación sería limitada y vulnerable. Así, el poder domina a los que ha sometido y se convierte en indispensable para los sometidos que asumen su ejercicio como conveniente y legítimo. Casi desde el siglo XVIII, se estableció la tendencia de centrar el poder de las monarquías en las fronteras del no derecho, en el ámbito de lo arbitrario, del capricho y privilegios, desconociendo que esas monarquías se edificaron con teorías de derecho que fueron, a su vez, mecanismos de expresión del poder. Hasta nuestros días, se sigue analizando el poder desde el marco de lo jurídico: si cumple o no con la ley, como si el poder estuviese regido por la ley y desconociendo que la ley es una manifestación y técnica del poder mismo. El poder no es un conjunto de instituciones que sujetan a los individuos, o una serie de reglas,  códigos que condicionen la libertad, o un sistema mediante el cual un grupo domina a otro, ni es la soberanía, ni la ley;

 “... por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza  encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornen efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales” (2) 

 El poder es omnipresente porque se produce siempre en cada instante y en todo punto relacionado con otro, el poder no engloba todo pero viene de todas partes. Lo que posiblemente se pueda leer como estable y repetitivo del poder son sólo sus efectos;

 “Hay que ser nominalista, sin duda: el poder no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados; es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada” (3) .

 El asumir el poder desde una nueva concepción lleva a Foucault a una confrontación y crítica de las representaciones tradicionales, marxistas y paramarxistas del poder en términos de propiedad, localización, subordinación, esencia o atributo, modalidad, legalidad y saber-poder.  

 En Vigilar y Castigar, Foucault no se propuso hacer la historia de la prisión en el sentido de reconstruir cronológicamente su acontecer, sino

 “... retomar el tema de la genealogía de la moral, pero siguiendo el hilo de las transformaciones de lo que podríamos llamar las “tecnologías morales”. Para entender mejor lo que se castiga y por qué se castiga, plantear la pregunta: ¿cómo se castiga? De este modo, no hacía más que seguir el camino tomado respecto a la locura...” (4) .

 Este intento de hacer la “genealogía de la moral moderna” toma como objeto de investigación el nacimiento de la prisión, sin que éste sea su objetivo, su propósito es hacer una genealogía  mediante una investigación en la cual

“... el punto de ataque del análisis, no eran las "instituciones", ni las "teorías" o una "ideología", sino las "prácticas" -y esto para entender las condiciones que en un momento determinado las hacen aceptables... Así que yo he querido hacer la historia no de la institución-prisión, sino de la "práctica del encarcelamiento" (5).

En el contexto de sus propósitos, sus objetivos son analizar el cuerpo como blanco del poder y del saber y levantar un mapa del  “arco político del cuerpo” haciendo una microfísica del poder a partir de su reconceptualización y confrontando concepciones tradicionales de poder. Respecto al segundo objetivo, se propuso analizar cómo a partir del siglo XVII-XVIII, hubo un desbloqueo de la producción del poder. Intenta mostrar cómo aparece una nueva economía del poder que  hace circular sus efectos de otra forma, mediante otros procedimientos en el “cuerpo social”entero. Se trata de hacer una anatomía política;

 

El poder es  positivo, si sólo fuera negativo estaría limitado a reprimir y no produciría nada, “... en ello consistiría la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo lograr que su cometido nada pueda tampoco, excepto lo que le deja hacer”

 

“...cuerpo político como conjunto de los elementos materiales y de las técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que crean los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de saber” (6)

Vigilar y Castigar, como microfísica del poder punitivo, es una pieza de la genealogía del “alma moderna”. Genealogía del alma que no es una elaboración ideológica, sino real, producida en la superficie y en la capilaridad de cada cuerpo como objetivo del poder que se ejerce sobre ellos, sobre los que se educa, forma, vigila, controla y castiga, alma que es elaboración histórica producida en los juegos de poder-saber:

el hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo” (7) .

La conceptualización del poder plantea tesis esenciales y novedosas, que desde los  dispositivos, permiten confrontar las teorías del estado fundadas en las concepciones de derecho y permiten dar cuenta del problema de la división de las formaciones discursivas y no discursivas señaladas en la Arqueología del Saber. Sin embargo los dispositivos de poder son asumidos en dos dimensiones que no resultan claras al relacionarlas: por un lado son microdispositivos que se desarrollan en una multitud de puntos y no en la exclusividad del aparato estatal, pero simultáneamente configuran un diagrama del todo social. En ambas dimensiones los dispositivos de poder cumplen la función de normalizar y disciplinar función que se modifica en La Voluntad de Saber cuando van más allá al constituirse en productores de verdad mediante la formación de una categoría positiva: sexualidad. La sociedad occidental, desde la Edad Media, lleva entre sus emblemas el sexo que se expresa no solo en las prácticas cotidianas y solemnes, sino que también es prolijo en los discursos. Un sexo que produce placer, saber, placer de saber, saber del placer y que ha penetrado cada poro de la epidermis social e individual para sujetarnos a su tiranía, cuasihéroe y/o cuasibestia de la que parece no pudiéramos jamás escapar. Las prácticas discursivas sobre el sexo fueron inscritas en los órdenes de la racionalidad y moralidad, pero  convertido en lo que debe ser objeto de expresión. Si el discurso moral condenó el sexo y le demandó que fuese confesado con prolijos detalles de lo acontecido en la penumbra, sin omitir ninguna descripción de actores y de escenario, la racionalidad científica lo clasificó, analizó y controló, sin que la mecánica del poder  suprimiera  las disparidades encerradas en los rótulos de los desviados o pervertidos, más bien, se les otorga una “realidad analítica”y visible que penetra los cuerpos y las conductas para constituir el  “orden natural del desorden”. El poder asume la sexualidad,  imponiéndose como deber la invasión del cuerpo, abrazando su superficie y penetrando cada una de sus regiones.

 

El pensador francés no es el filósofo de la circunstancia del poder, sino que el poder es una circunstancia del filósofo y cuyo desarrollo le ha llevado a un “callejón sin salida” donde la posibilidad de pasar al “otro lado” se da a través de la ética.

 

La forma de asumir el poder es analítica. El poder es una categoría que forma parte de un caleidoscopio conceptual que se estructura al levantar el mapa de una región histórica determinada, él desempeña el oficio de lente para la visión estereoscópica de un tejido social específico. Para Foucault el poder no es una categoría trascendental –como objetó Habermas-, ni pretendió hacer una teoría del poder, en el sentido convencional del término, que resultara válida e indistinta para diversos contextos geográficos e históricos. El pensador francés rechaza la teoría asumida como un conjunto proposicional construido allende las prácticas para dar cuenta de éstas. Si bien, en 1977, Foucault manifiesta: 

para mí, lo esencial del trabajo es una reelaboración de la teoría del poder y no estoy seguro que el solo placer de escribir sobre sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar esta serie de seis volúmenes (al menos), si no me sintiese empujado por la necesidad de replantear un poco esta cuestión del  poder” (8) ,

la concepción de teoría tiene una connotación particular. En el mismo año dice:

«el papel de la teoría me parece hoy es precisamente éste:  no formular la sistematicidad global que coloca cada cosa en su lugar; sino analizar la especificidad de los mecanismos de poder, reparar en los enlaces, las extensiones, edificar progresivamente un saber estratégico... Entender la teoría como una caja de herramientas quiere decir: que no se trata de construir un sistema sino un instrumento; una lógica propia de las relaciones de poder y a las luchas que se comprometen alrededor de ellas: que esta búsqueda no puede hacerse más que poco a poco, a partir de una reflexión (necesariamente histórica en algunas dimensiones) sobre situaciones dadas» (9) .

De igual manera en Sujeto y poder, manifiesta el rechazo a la teoría como base de su trabajo;

"puesto que una teoría asume una objetivación previa, no puede ser declarada como base para el trabajo analítico” (10) .

Esto lo afirma porque toda teoría se estructura con un conjunto proposicional para explicar o aplicar a hechos, y vincula consecuencias con principios a partir de la instauración de un orden previo; sólo a partir de un apriori metafísico o metahistórico es posible situar en las cosas un orden previo, el orden existe a través de la reja de una mirada, de una atención, de un discurso.

Cualquier teoría del poder para confrontar el poder es poner un nuevo cerco, un nuevo límite y condición no incautos para ver la historia y el poder. Lo que está en juego es hacer una analítica del poder entendida como reflexión sobre un  orden establecido por el haz de relaciones de una sociedad determinada sin pretender universalizar un conjunto proposicional con una «objetivación previa» que de cuenta de lo social como totalidad.

Foucault al partir de una analítica del poder toma distancia de la pretensión que lo movió en  la Historia de la Locura cuando intentó hacer la “arqueología de un silencio”, “dejando que la locura hablara por sí misma”.  No se trata de que el poder hable por sí mismo, sino de hacer una conceptualización considerada como  formación de conceptos a partir del examen de circunstancias dadas y determinadas sin pretender constituirlos con una validez universal;  

lo primero en verificarse es lo que llamaríamos las “necesidades conceptuales”. Quiero decir que la conceptualización no ha fundarse en una teoría del objeto... Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra conceptualización. Necesitamos una comprensión histórica de nuestra situación presente. Lo segundo en verificarse es el tipo de realidad con la cual estamos tratando”(11) .

La “analítica del poder” involucra tecnología, dispositivos, manifestaciones discursivas y herramientas para la lectura considerando la definición del dominio específico que forman las relaciones de poder y la determinación de instrumentos que permiten dar cuenta de él  porque poder es un nombre que se presta a situaciones estratégicas y complejas en una sociedad determinada.

 

El periplo de la conceptualización

 

Las circunstancias que llevaron a Foucault a replantear su concepción de poder se comprenden en relación con sus preocupaciones intelectuales, vinculadas con las de su generación y con la geografía social de su región histórica  (fines de la década de los años sesenta en Francia). Por un lado, el joven Foucault, como todos los intelectuales franceses de la segunda postguerra, tuvo que ver con la fenomenología y, posteriormente, con el modelo marxista como sistema para explicar la realidad desde las fronteras de la significación;

“... le diré que hacia 1950, como todos los de mi generación, siguiendo el ejemplo de nuestros nuevos maestros, me había preocupado por el problema de la significación. Todos nosotros nos hemos formado en la escuela de la fenomenología, en el análisis de las significaciones inmanentes en lo vivido, de las significaciones implícitas en la percepción y en la historia. Además, me interesaba por la relación que podía existir entre la existencia individual y el conjunto de las estructuras y de las condiciones históricas en las que aparece la existencia individual; el problema de las relaciones entre  historia e incluso entre método fenomenológico y método marxista... y de 1955 en adelante nos hemos dedicado principalmente al análisis de las condiciones formales de la aparición del sentido” (12) .

sobre la superficie una serie de luchas cotidianas que no podían ser explicadas porque a cada flanco le

“... bastaba con denunciarlo en el “otro”, en el adversario, de un modo a la vez polémico y global: el poder en el socialismo soviético era denunciado por sus adversarios como totalitarismo; y en el capitalismo occidental era denunciado por los marxistas como dominación de clase, pero nunca se analizaba la mecánica del poder... como se ejercía concretamente y en el detalle, con su especificidad, sus técnicas y sus tácticas no se buscaba...”(15) . 

Al no buscar el modo específico, capilar, de ejercer el poder, sino al abordarlo desde una plana globalidad, generalidad, y de manera negativa (represiva), saltaba la imposibilidad de explicar las luchas cotidianas. Al lado de las preocupaciones por los acontecimientos de Mayo del 68, está  la experiencia vivida con la creación y fracaso del GIP (Grupo de Información de Prisiones);

“...he podido utilizar sin excesivos problemas una concepción negativa del poder que a partir de un cierto momento me pareció insuficiente, y esto ocurrió  en el transcurso de una experiencia concreta que he realizado a partir de los años 71-72 en relación con las prisiones. El caso de la penalidad me convenció de que el análisis no debía hacerse en términos de derecho precisamente, sino en términos de tecnología, en términos de táctica y de estrategia...” (16) 

 

Ocuparse de las formas de racionalidad para “quebrantar nuestras certidumbres” significa tener como fin la perdida de nuestra “virginidad mental” de sujetos, es un perder nuestras seguridades, nuestras verdades, ésas que se han interiorizado en nuestra conciencia y que nos convierten en sujetos.

 

Las tesis en torno al poder sostenidas por Foucault en Vigilar y Castigar y en La Voluntad de Saber lo llevaron a un “callejón sin salida”, y no precisamente el que señala Deleuze:

si al final de  La voluntad de saber Foucault se encuentra en un callejón sin salida, ello no se debe a su manera de pensar el poder, sino más bien a que ha descubierto el callejón sin salida en el que nos mete el propio poder, tanto en nuestra vida como en nuestro pensamiento, a nosotros que nos enfrentamos a él en nuestras más ínfimas verdades” (17) .

El pensador francés llega a un callejón ciego impelido por el “caleidoscopio conceptual”saber-poder, que al leer desde él la Modernidad, le indicaba la imposibilidad de escapar de las relaciones de poder que penetran todos los cuerpos y se producen en todos los lugares. Si los sujetos son constituidos por los dispositivos de poder-saber y los puntos de resistencia que ellos establecen tienen la imposibilidad de crear relaciones de exterioridad con los dispositivos porque forman parte de los mismos, les resulta extraña toda práctica de libertad. Para Foucault la llegada a este punto ciego le implica el asumir de manera escéptica la condición humana o hacer un alto para efectuar un nuevo desplazamiento que reoriente su caleidoscopio conceptual para el desenmascaramiento del sujeto y relativizar el escepticismo(18) . El silencio del pensador francés durante siete años, entre la publicación de La Voluntad de Saber y El Uso de los Placeres (período en el que no publica ningún libro), es el espacio en el que busca salir del “callejón sin salida” o asumir a todo lo ancho y a todo lo hondo el escepticismo como consecuencia de la imposibilidad de escapar del encierro para dar cuenta de las prácticas de libertad del sujeto.

El pensador francés no es el filósofo de la circunstancia del poder, sino que el poder es una circunstancia del filósofo y cuyo desarrollo le ha llevado a un “callejón sin salida” donde la posibilidad de pasar al “otro lado” se da a través de la ética. Sin embargo, entre las preocupaciones por el poder y la ética se encuentran investigaciones sobre el gobierno que son una bisagra de transición.

En Vigilar y Castigar y en La Voluntad de Saber, Foucault problematiza los vínculos estado-población a partir de sus análisis de la población como objeto de las relaciones de poder ejercidas por el estado moderno. Estas relaciones de poder  se perfilan en “dos polos de desarrollo”: el primero, cuerpo como máquina, cuerpo disciplinado con la menor capacidad de resistencia  y con la mayor capacidad productiva posible -anatomopolítica del cuerpo-; el segundo, cuerpo-espacio, cuerpo controlado en sus movimientos, control de mortalidad, control de la salud, intervención en la duración de la vida -biopolítica de la población-. El análisis de este haz de relaciones de poder, pone sobre la superficie de las problematizaciones foucaultianas una nueva cuestión: el gobierno de la población, de lo cual se ocupa el pensador entre 1976 y 1979. En 1978, Foucault hace una exposición en el Colegio de Francia, titulada La gubernamentabilidad, en la que presenta sus indagaciones sobre las problematizaciones del gobierno como un tipo de relaciones de poder. En estas reflexiones, Foucault, ha llegado a formularse un nuevo problema sin que implique ruptura, discontinuidad o un nuevo desplazamiento aún, con respecto a Vigilar y Castigar y La Voluntad de Saber. El nuevo problema al que denomina “gubernamentabilidad”. Y por ella entiende: 1) el conjunto de instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones, cálculos y tácticas  que han permitido el ejercicio de las relaciones de poder sobre la población, es decir una tecnología de gobierno; 2) la tendencia que en Occidente no ha dejado de conducir (desde hace mucho tiempo) hacia la preeminencia de este tipo de poder  sobre todos los otros, es decir, un tipo de gobierno que se ejerce sobre los individuos de la población y que ha demandado un determinado tipo de técnicas de gobierno y de saberes y; 3) el proceso mediante el cual el estado de justicia del Medioevo se convierte en el estado moderno administrativo. El estado moderno es, entonces, una formación histórica fundada en la “gubernamentabilidad”, no siempre ha existido, ni es indispenasable que las relaciones de poder hayan tomado esta forma. Ese estado frío, dedicado a funciones institucionales y blanco de la resistencia ha sido sobredimensionado desde diferentes tendencias;

el estado no es más que una realidad compuesta y una abstracción mitificada cuya importancia es mucho más limitada de lo que se cree. Lo que es importante para la Modernidad, es decir, para nuestro presente, no es tanto la estatalización de la sociedad cuanto la “gubernamentalización” del estado” (19) .

En Vigilar y Castigar y en La Voluntad de Saber, Foucault, hace una genealogía de las prácticas, en las cuales el sujeto está inscrito en las relaciones de poder-saber, ahora su preocupación, derivada de lo anterior, se finca en explicar  que el estado mo-derno se ha fundado en un tipo de relaciones de poder denominadas gubernamentabilidad que tienen como objeto la población constituida por individuos; que el estado no es una realidad inmutable a la que estuviésemos siempre atados. Esto supone la posibilidad de llegar a establecer  otro tipo de relaciones de poder, para lo cual cabe preguntar: ¿Cuál es el tipo de racionalidad de ese estado que tiene como objeto la población? ¿Cuáles son los alcances de ese tipo de relaciones de poder respecto a los individuos? En la perspectiva de los análisis que Foucault adelanta en los dictados de sus cursos en 1977-78, 1978-79 y  que presenta también en una conferencia dictada en Vermont, en Octubre de 1979, bajo el título Omnes et singulatim: towards a criticism of political reason, se  plantea un par de cuestiones: las relaciones racionalidad-poder y gobierno-individuos, ambas convergentes en un punto, en el estado. En cuanto a la primera señala: 1) no se ha cesado, desde el siglo pasado de criticar el papel de la razón en las estructuras políticas; 2) la filosofía renunció a compensar la razón científica; 3) la Ilustración multiplicó los poderes políticos de la razón, pero pronto se cuestionó si no estuviese adquiriendo demasiado poder en nuestras sociedades amenazando las libertades del individuo; 4) el papel de la filosofía ha sido vigilar los abusos del poder de la racionalidad política; 5) es evidente el lazo entre racionalización y abuso del poder. Sin embargo, su trabajo se orienta en otra dirección: no abordar la globalidad, sino analizar el problema en campos específicos; no ocuparse de buscar si los principios se adaptan a la racionalidad, sino llegar a descubrir el tipo de racionalidad que se emplea; se trata de ir más allá de la Ilustración para comprender nuestra propia historia. Respecto a la segunda cuestión, se inscribe en el desarrollo de unas técnicas de poder dirigidas a gobernar a los individuos de manera continua y permanente; poder globalizador e individualizador -al que Foucault denomina pastoral- que  el estado moderno integra en un mismo escenario.

 

La pérdida de las seguridades impele necesariamente a la búsqueda de otras. No se trata de una mera denuncia en contra de la razón, de lo que se trata es de poner en cuestión las formas de racionalidades existentes.

 

¿Qué pretensión tiene Foucault al ocuparse de estas cuestiones? La respuesta él mismo la da:

“... la experiencia me ha enseñado que la historia de las diversas formas de racionalidad resulta a veces más efectiva para quebrantar nuestras certidumbres y nuestro dogmatismo que la crítica abstracta” (20) .

Ocuparse de las formas de racionalidad para “quebrantar nuestras certidumbres” significa tener como fin la perdida de nuestra “virginidad mental” de sujetos, es un perder nuestras seguridades, nuestras verdades, ésas que se han interiorizado en nuestra conciencia y que nos convierten en sujetos. La pérdida de las seguridades impele necesariamente a la búsqueda de otras. No se trata de una mera denuncia en contra de la razón, de lo que se trata es de poner en cuestión las formas de racionalidades existentes. Esto posibilita inferir que las relaciones de poder no han sido siempre iguales, que son históricas y no inamovibles y por lo tanto la preocupación por el ejercicio de la libertad presupone el cuestionamiento y objeción del tipo de sujetos en que nos hemos constituido al participar en el tipo de relaciones de poder demarcadas como gobierno:

en la actualidad el objetivo quizá no sea el descubrir qué somos, sino rechazar lo que somos. Tenemos que imaginar y crear lo que podríamos ser para liberarnos de esta especie de “doble atadura” política que consiste en la simultánea individualización y totaliza-ción de las estructuras modernas del poder. La conclusión sería que el problema político, ético, social, filosófico de nuestros días no es tratar de liberar al individuo del estado, ni de las instituciones del estado, sino liberarnos a la vez del estado y del tipo de individualización que está ligado a él. Debemos promover nuevas formas de subjetividad por medio del rechazo de este tipo de individualidad que se nos ha impuesto durante siglos” (21) .

Foucault encuentra en las preocupaciones por la subjetividad la posibilidad de dar cuenta del “callejón sin salida”: crear otras formas de subjetividad que permitan nuestra liberación a partir del alejamiento de ese tipo de sujeto en el que nos hemos convertido. Y sujeto en la doble acepción:

“sujeto a alguien (estado, instituciones, etc.) por el control y la dependencia, y el de ligado a su propia identidad por una consciencia o autoconocimiento” (22).

Reconocer la posibilidad de liberarnos de un tipo de relaciones de poder sobre la base de constituir otras diferentes y  de elaborar otro tipo de subjetivacion, es inseparable de una concepción de la historia y de la condición humana; es necesario romper con la vieja tradición que ve la historia como continuidad y sus acontecimientos como necesarios sobre la pretendida “seguridad” de una evolución y progreso humanos. Por lo cual no es un accidente o una coincidencia  el que Foucault simultáneamente al desarrollo de sus trabajos sobre gobierno y estado, se ocupe de indagar la cuestión del presente como ontología al hacer una genealogía de la  modernidad.

 

NOTAS

(1)   FOUCAULT Michel, La Voluntad de saber, Siglo XXI, Bogotá, 1986, p. 104.

(2)   Ibid., p. 112-113.

(3)   Ibid., p. 113.

(4)   FOUCAULT Michel, La imposible prisión, Anagrama, Barcelona, 1982, p. 57-58.

(5)   Ibid., p. 58-59.

(6)   FOUCAULT Michel, Vigilar y castigar, Op. cit., p. 35.

(7)   Ibid., p. 36.

(8)   FOUCAULT Michel, Las relaciones de poder penetran los cuerpos, en  Microfísica del poder, Op. cit., p. 157.

(9)   FOUCAULT Michel, Poderes y estrategias, en Un diálogo sobre el poder, Op. cit., p. 85.

(10)   FOUCAULT Michel, Sujeto y poder, en revista Otras Quijotadas No. 2, Septiembre de 1985, Medellín, p. 86.

(11)   Ibid., p. 86-87.

(12)   FOUCAULT Michel, en Conversaciones con Levi-Strauss, Foucault y Lacan,  Anagrama, Barcelona,1969, p. 68.

(13)   A la pregunta: “¿un cierto marxismo y una cierta fenomenología han constituido un obstáculo objetivo para la formulación de esta problemática ( la formulación del poder)?”, hecha por Fontana, Foucault responde: ”sí, si usted quiere, en la medida en que es cierto que la gente de mi generación se ha alimentado, cuando eran estudiantes con estas formas de análisis: la una remitía al sujeto constituyente y la otra a lo económico en última instancia, a la ideología y al juego de superestructuras e infraestructuras”, (Foucault Michel, Verdad y poder, en Microfísica del poder, Op. cit., p.181).

(14)   FOUCAULT Michel, en Conversaciones con Levi-Straus, Foucault y Lacan, Op. cit., p. 84.

(15)   FOUCAULT Michel, Verdad y poder, en Un diálogo sobre el poder, Op. cit., p. 134.

(16)   FOUCAULT Michel, Las relaciones de poder penetran en los cuerpos, en Microfísica del poder, Op. cit., p.154.

(17)   Deleuze Gilles, Foucault, Paidos, Barcelona, 1987, p. 127.

(18)   En el último desplazamiento que efectúa Foucault relativiza su escepticismo porque si bien niega la posibilidad de las prácticas de libertad de manera colectiva, ellas encuentran espacio en una individualidad vivida como estética de la existencia.

(19)   FOUCAULT Michel, La gubernamentabili-dad en espacios de poder. Madrid: La piquera, 1991. p.25

(20)   Ibid., p. 137.

(21)   FOUCAULT Michel, Sujeto y poder,  Op, cit. p. 94.

(22)    Ibid., p. 90.


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