"Jesucristo a dos voces: Mailer y Saramago"

César Valencia Solanilla

 

Dos grandes novelistas del mundo contemporáneo, Norman Mailer y José Saramago, han publicado obras sobre Jesucristo a manera de "evangelios" modernos, ofreciendo perspectivas radicalmente distintas de uno de los personajes claves de la historia de la humanidad. Estas novelas/evangelios proponen una lectura de Jesús como personaje histórico y como ser sagrado, destacando sus valores humanos, su saga personal, en un mundo obsedido por la culpa y el temor de Dios. En este texto se analizan las dos obras, los valores literarios específicos y las visiones del mundo y del hombre que ellas revelan.

Sin lugar a duda, la figura de Jesucristo es una de las más importantes en la historia de la humanidad y una de las más controvertidas. La iglesia católica, desde la época en que se entronizó en el poder con el emperador Constantino (siglo IV), se apropió de la vida de Jesucristo con “beneficio de inventario” al decretar como oficiales los evangelios del Nuevo Testamento –de redacción tardía con relación al Jesús histórico-, desconociendo al menos una veintena de evangelios más contemporáneos y por lo tanto con mayor fiabilidad histórica, que por lo general son llamados “gnósticos” o “apócrifos”. De esta forma, para la tradición judeo-cristiana, la vida de Jesús ha estado ceñida al canonismo eclesiástico del Nuevo Testamento, que es excluyente, pues le quita la dimensión trágica, humana y cotidiana a un ser clave en la historia de Occidente.

La interpretación textual misma de los evangelios canónicos es problemática, ya que presenta una serie de imprecisiones o ambigüedades inadmisibles en la configuración del héroe cultural, relacionadas en lo fundamental con su origen familiar, su muerte, su resurrección, su misión como maestro, su destino final, su celibato, sus milagros. Desde el siglo II, historiadores como Celso(1), pasando por la crítica bíblica de Hobbes, Spinoza y Wellhausen, hasta la más reciente y reveladora obra de Burton L. Mack (2), se ha procurado indagar sobre lo que podríamos llamar el “verdadero Jesús”, señalando profusamente las inconsistencias que la iglesia católica ha utilizado para mantener una tradición acomodada y utilitarista respecto de este hombre excepcional. Esto ha sido posible, a pesar de las reticencias y el silencio de la Iglesia católica, gracias el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto de la antigua biblioteca de Qumrán, que datan de los siglos II a.C. al I de la era actual, atribuidos a esenios, saduceos y zelotes, los de la biblioteca copto-gnóstica de Nag Hamadi, hacia 1940, y en particular el llamado “Documento Q” o evangelio perdido, que contiene ya no la vida de Jesús como los otros, sino sus dichos y enseñanzas(3) .

 

Al igual que en los evangelios, el texto de la novela incorpora sentencias, frases hechas, parábolas, refranes, que condensan la capacidad expresiva del narrador-poeta en la oralidad del personaje protagónico.

 

Con una libertad más amplia que la investigación histórica, pero basada en ella, el discurso literario ha ido construyendo también, desde perspectivas bien distintas pero con un interés común –la dimensión humana de Jesús, - una visión de éste más acorde con su naturaleza trágica y su dimensión histórica y filosófica. Algunas veces reivindicando al ser político, otras al hombre iluminado por la fe y en la mayoría de los casos participando de un interés abiertamente iconoclasta que contribuya a romper el dogma oficial, escritores muy importantes en las letras de Occidente han publicado libros claves –casi siempre novelas- sobre su vida y obras, como Vida de Jesús, de Ernest Renán, Cristo de nuevo crucificado, de Niko Kazantzakis, La historia de Cristo, de Giovanni Papini, El evangelio según el hijo, de Norman Mailer, El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. O bien, la vida y obra de Jesús es referencia obligada en disgresiones, ensayos, poemas y diversas formas de escritura literaria, en autores tan disímiles como Jules Michelet, Mark Twain, Thomas Mann, Jorge Luis Borges, entre otros. Las novelas contemporáneas que a nuestro juicio ofrecen matices más interesantes y a la vez disímiles sobre la vida de Jesús, son las de Mailer y Saramago, que como sus títulos lo dicen, son “evangelios” modernos, con toda la carga metafórica que esta expresión representa.

1. El discurso poético de Norman Mailer

El escritor norteamericano Norman Mailer, autor de libros célebres como Los desnudos y los muertos, Un sueño americano, Los hombres duros no bailan (1972), El prisionero del sexo (1972), Noches de la antigüedad (1984), El fantasma de Harlot (1992), ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer con Los ejércitos de la noche y La canción del verdugo, y unos de los fundadores de lo que puede llamarse la novela norteamericana contemporánea, ha publicado un singular libro sobre Jesús, El evangelio según el hijo(4), que aporta un material novelesco interesante para el análisis literario e histórico.

El punto de vista narrativo que adopta Mailer en la novela es la del narrador en primera persona, en este caso el mismo Jesús, que relata su versión de una vida que él reconoce ha sido tergiversada, porque los evangelios canónicos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan “me dieron palabras que nunca pronuncié” porque fueron escritos mucho tiempo después de su muerte y porque los evangelistas, por razones obvias sólo “buscaban incrementar su rebaño”.

Este recurso formal no está exento de problemas, si se atiende a la importancia histórica y sagrada del héroe protagónico, pues el autor intenta al mismo tiempo hacer historia y literatura, pretendiendo en todo caso la verosimilitud. Para tal fin, Mailer no se arriesga mucho en la ficción y por el contrario se ajusta mucho a esos evangelios que dice no aceptar del todo, tomando de ellos los aspectos que considera más convenientes para armar su relato.

Lo que hace atractiva la novela de Mailer es la capacidad de humanizar al héroe a partir de los textos canónicos, en un trabajo de sincretismo narrativo en el que concurren las voces del narrador omnisciente con las del personaje protagónico, logrando un lenguaje altamente poético que exalta las virtudes y relativiza los defectos de quien los profetas anunciarían como “el hijo de Dios” y origen de una de las religiones más importantes en la historia de la humanidad. Al igual que en los evangelios, el texto de la novela incorpora sentencias, frases hechas, parábolas, refranes, que condensan la capacidad expresiva del narrador-poeta en la oralidad del personaje protagónico.

El contrapunto con los evangelios

Muy próximo a la biografía novelada, y desde la perspectiva ya referida de los evangelios canónicos, el autor norteamericano selecciona hechos importantes que la tradición ha consagrado como arquetípicos de Jesús en su niñez, adolescencia y vida adulta, para refrescar la memoria histórica sobre su protagonista, agregando siempre un componente significativo en el nivel expresivo que debe destacarse como el logro central de su propuesta artística:

El conocido pasaje de Jesús adolescente en el templo de Jerusalén frente a los sabios es transformado en una especie de conciencia poética del verbo y el agua, como si de allí emanara la fuente de esta sabiduría sorpresiva que demuestra el niño casi convertido en hombre:

Yo me recordaba ahora haberles dicho a estos sabios ancianos que el Verbo había vivido primero en el agua, así como el aliento que emana de nuestra boca sale como una nube en una fría mañana de invierno. Sin embargo, las nubes también traen lluvia, les dije, y por eso el Verbo vive en el agua de nuestro aliento (p. 17).

En un diálogo libre con los evangelios, estas frases llenas de la mejor poesía tornan significativas, en un nivel mucho más trascendente, el virtual diálogo que el joven Jesús hubiera podido tener con los sabios del templo de Jerusalén, de acuerdo a la tradición cristiana, pues ésta ha resaltado ante todo el carácter mágico o sobrenatural del joven escogido por la divinidad, mientras que Mailer nos revela un adolescente poeta en su manera tan peculiar de avistar e imaginar el mundo.

Cuando el narrador protagonista recuerda su trabajo como aprendiz de carpintero, refiriéndose a la madera y la íntima compenetración que el hombre tiene con los elementos de la naturaleza, piensa que, (…) un hombre malo no puede pasar junto a bello árbol sin entristecer sus hojas (p. 13), y que sus sentidos de aprendiz de hombre le enseñan que (…) El perfume de un arca bien hecha me alegraba, y podía sentir un buen espíritu entre el grano de la madera y mi mano (p. 14), o bien que (…) el ángel Gabriel era radiante, y el blanco de su vestidura era la luz de la luna (p. 19).

Esta acumulación de imágenes crea una atmósfera de encantamiento respecto del protagonista y refuerza su índole de hombre extraordinario no sólo por lo que hace, que son los milagros, sino por lo que dice y piensa y que representa el aporte ficcional del texto. Para hacer fidelidad a los intertextos bíblicos, Mailer los refiere de manera explícita, señalando la fuente, comentándola o agregando algo que vaya permeando lo historiográfico en favor de lo literario:

María Magdalena se le aparece como una prostituta, (…) cuyos labios eran tan púrpura como la hora postrera de la tarde (p. 176), a pesar de que como esenio el joven ha sido educado en las normas rígidas del ascetismo. La Anunciación, punto clave y controvertido de la tradición cristiana, se ambienta expresando que, El aroma del aire era más dulce que el de ningún jardín (p. 20). Como predestinado por la divinidad, (…) me sentía como si fuera un hombre que tenía adentro otro hombre (p. 32).

La voz narrativa omnisciente se integra con la del personaje protagónico, creando ese tono poético, que expresa una intensa admiración por los seres especiales con los que tuviera relación, como en el caso de Juan Bautista, a quien exalta de manera desbordante:

(…) Sus ojos tenían más luz que el cielo, eran más pálidos que la luna (p.37) (…) Y yo aún podía oír a Juan Bautista, que cantaba. Como no era una canción, la música de su garganta brotaba como la voz de un carnero (p. 40)… Era difícil no recordar el aliento de Juan Bautista cuando me abrazó, pues estaba lleno de todo lo que está en el olor de un hombre exhausto (p. 43)

Ni siquiera el Diablo, con su encanto transgresor, parece escapar al lente poético de Mailer, pues el ángel desterrado por el dios egoísta asedia al joven predestinado y le hace brotar palabras de admiración que no concuerdan exactamente con lo expresado en los evangelios, para dibujar una imagen exaltada y claramente profana: “El Diablo es la criatura más hermosa que haya hecho Dios” (p. 49) … Me miró con afecto. Sus ojos eran negros como el mármol, pero había luces dentro (p. 50).

A la manera de lord Byron, el Diablo encarna la voz iluminada que contradice y recusa, con la vehemencia propia de su destino, a un Dios furioso, autista y excluyente, que es su padre celestial, en unas frases cargadas de significado:

Mejor harías en considerar el alcance de su furia, que es impropia de un gran dios. Es excesiva y carente de proporción. El emite demasiadas amenazas. No tolera que nadie dispute su voluntad. Mientras que yo te aseguro que una pizca de desobediencia y un ápice de traición se cuentan entre los goces de la vida, y han de ser considerados entre los botines y no entre males (p. 52-53)

Esa voluntad de poetizar el discurso mediante una voz narrativa sincrética en busca de la ambigüedad expresiva facilita la transgresión del relato canónico: en la sinagoga de Cafarnaún, las voces de los escribas y fariseos en su ritual monocorde de la lectura de los textos sagrados, expresan, (…) una monotonía de corazón, como si sus gargantas, embotadas por años de concesiones, sólo hablaran como carbones agonizantes. Sus voces siseaban. Mientras que mi voz era llena (p. 72).

La realización de los milagros, punto también de controversia respecto de la vida de Jesús en la medida en que en su tiempo existían muchos magos de grandes poderes, también considerados así mismos como legatarios del Dios antiguo, es presentada por Mailer con esa misma intención enaltecedora del personaje novelístico, para que adquiera una dimensión más allá del arquetipo oficial de la Iglesia. En tal sentido, el autor insiste en las propias dudas de los poderes sobrenaturales del recién estrenado Hijo de Dios, que se prepara con bellas palabras para el ritual de la sanación:

Cuando Jairo, uno de los jefes de la sinagoga le anuncia que su hija se está muriendo, Jesús piensa: Yo debía tener esperanza de que la hija no estuviera muerta sino descansando en esa larga sombra del sueño que es cercana de la muerte (p. 98), como al efecto ocurre. Al resucitar a Lázaro, además del evento evangélico bien conocido, el héroe agrega: Su voz era como el grito bajo de un pájaro. Pero estaba vivo (p. 143). Como Hijo de Dios piensa que es indispensable consubstanciarse humanamente en la simplicidad, en busca del asombro pero no del miedo: Y entendí que ser Hijo de Dios no era igual a ser Príncipe del Cielo, sino un aprendiz en el aprendizaje de hablar con sencillez y con sabiduría, y no dejando perplejos a los demás con el esplendor de las palabras (p.136).

La expulsión de los mercaderes del templo, genera en el protagonista esta explosión de imágenes filtradas por un narrador implicado, inundado de misticismo poético: Pensé en que los ricos se ahogan bajo el peso del oro, y que en sus jardines no crece fruto capaz de satisfacerlos. Hay una opresión en el perfume del aire, y no hay flores de los ricos que traigan felicidad (p. 151)

La voz de Jesús es igualmente conciencia del futuro, de la historia, de los límites de Dios. En un juego espacio-temporal propio de la novela moderna piensa que el amor de Dios cada vez es más remoto para el hombre, (…) Pues sus guerras con el Diablo empeoran. Se han perdido grandes batallas. En el último siglo de este segundo milenio ha habido holocaustos, conflagraciones y plagas peores de la que hubo antes (p. 233)

 

la fundamentación expresiva del lenguaje no alcanza a comprometer el arquetipo histórico y divino de la tradición cristiana, de tal forma que el Jesús maileriano no gesta sentido propio para una visión del mundo.

 

A pesar de estos logros desde la esfera de lo poético, la propuesta de Mailer no alcanza a configurar un corpus novelístico que, a pesar de las obvias limitantes del encasillamiento canónico, logre un “elemento añadido”(5) en beneficio de una auténtica virtualidad. El problema reside en que la fundamentación expresiva del lenguaje no alcanza a comprometer el arquetipo histórico y divino de la tradición cristiana, de tal forma que el Jesús maileriano no gesta sentido propio para una visión del mundo.

La aproximación al personaje histórico no cuestiona en esencia los grandes interrogantes que la investigación ha estado planteando. Más bien se queda en la poetización de la palabra, en la verbalización relativamente libre de su conciencia y de su voz, revelando en este sentido al gran poeta Norman Mailer, pero dejando un tanto mal plantado a un Jesús que pudiera imaginarse con una dimensión humana más allá de los convencionalismos evangélicos. Una opción narrativa que descarta la investigación heterodoxa y hace una especie de pacto de buen vecino con la tradición ortodoxa de los evangelios canónicos. Y que descarga en la exaltación del lenguaje la libertad de Jesús de imaginar y algunas veces decir unas frases poéticas que congregan sentido, sin que se articulen efectivamente en la construcción de un verdadero personaje desde la perspectiva literaria.

2. La visión iconoclasta de Saramago

José Saramago, quien fuera el justo ganador del premio Nobel de literatura en 1998, autor de obras conocidas en la narrativa europea contemporánea como El año de la muerte de Ricardo Reis (novela, 1985), Memorial del convento (novela, 1986), Manual de pintura y caligrafía (novela, 1988), Alzado del suelo (novela, 1988), El cerco de Lisboa (novela, 1989), La balsa de piedra (novela, 1990), Casi un objeto (relatos, 1996), Ensayo sobre la ceguera (novela,1996), Cuadernos de Lanzarote (novela, 1997), ofrece en su novela, El Evangelio según Jesucristo(6) una versión libre, de auténtico novelista iconoclasta, de un Jesús agobiado por el peso de la culpa y hondamente humanizado, con una dimensión trágica muy compleja, como la de los grandes personajes literarios.

Desde un comienzo, el lector entiende que no se trata de una especie de biografía novelada –que es en cierta medida el propósito de Mailer- sino de una verdadera obra de arte literario en donde se alternan diversas y sugestivas técnicas narrativas de la modernidad, se crea un ambiente y una atmósfera propios, se despliega un estilo muy personal, y, sobre todo, se genera un verdadero espacio de virtualidad expresiva, que es el mundo de la novela. Un mundo que utiliza los referentes históricos y culturales conocidos que informan sobre el entorno en que vivió Jesús, pero que no buscan la verdad sino la verosimilitud, pues de lo que se trata es de una obra de arte literario y no de una biografía. El personaje protagónico se va gestando, entonces, desde la libertad plena del acto creativo, para enfatizar en ciertos rasgos individuales y familiares inéditos o al menos no aceptados por el discurso oficial, que desde la esfera de lo artístico le van a conferir una significación propia.

El evangelio según Jesucristo es uno de los más intensos y significativos libros que se han escrito sobre Jesús en Occidente y al que pertenecen obras esenciales como Vida de Jesús, de Ernest Renán, Cristo de nuevo crucificado, de Niko Kazantzakis, La historia de Cristo, de Giovanni Papini. Estructurada en 24 episodios de variada extensión –como las 24 horas que comprenden el día y noche de los hombres- y utilizando propuestas formales narrativas como la metaficción, la intertextualidad, la polifonía, la novela revela una dimensión múltiple del héroe visto desde la complejidad existencial y religiosa, que es la base de su verosimilitud artística.

A lo largo de todo el texto, el autor insiste en el sentido pleno de su libro, que es un «evangelio» sobre Jesús, en el que no se desconocen ni se niegan los demás evangelios, sean estos canónicos, gnósticos o apócrifos, sino que se trata de un ‘«evangelio» escrito desde la modernidad histórica y por lo tanto una novela en el nivel más amplio del término. En este sentido, la metaficción es el instrumento más eficaz de esta ruptura en la que el propio autor habla con la narración, es personaje implicado y conciencia del relato.

En esta novela/evangelio de Saramago, una serie de hechos adquieren eficacia fundamental para configurar la imagen del héroe que transgrede el arquetipo religioso histórico, ya que el propósito central es construir un libro abierto a la discusión ideológica, sociológica, filosófica y teologal. Estos aspectos, que constituyen núcleos narrativos estructurantes, se refieren en especial a su origen, a la culpa que hereda de su padre, al aprendizaje de la vida, al amor sensual y a su destino como conductor de hombres.

El origen

Lo sobrenatural no pierde su índole en el mundo de lo histórico, sino más bien se oculta, para que permanezca en el misterio, como en el caso de la aparición del ángel en forma de mendigo, que anuncia a María el haber sido escogida para engendrar un hijo que sería el Hijo del Señor. El origen de Jesús, a pesar de la sacralidad de estas señales, ocurre en la simplicidad del amor y de la cópula de José y María, que el escritor trasciende con un lenguaje altamente poético:

Dios, que está en todas partes, estaba allí, pero, siendo lo que es, un espíritu puro, no podía ver cómo la piel de uno tocaba la piel del otro, cómo la carne de él penetró en la de ella, creadas una y otra para eso mismo y, probablemente, no se encontraría allí cuando la simiente sagrada de José se derramó en el sagrado interior de María, sagrados ambos por la fuente y copa de la vida, en verdad hay cosas que el mismo Dios no entiende, aunque las haya creado (p. 27).

Al igual que respecto de su origen y del difícil viaje que deben hacer sus padres para cumplir con la obligación del censo, Jesús es mostrado desde su nacimiento como otro cualquiera de los mortales que habitan en su región en tiempos de Herodes, en un consciente proceso de desacralización del personaje histórico en busca de una dimensión más significativa desde lo humano. Nace en una cueva, asistida María en su parto por la esclava Zelomi, pues El hijo de José y María nació como todos los hijos de los hombres, viscoso de sus mucosidades y sufriendo en silencio (p. 91).

La culpa

La novela de Saramago, si bien tiene como núcleo la vida y las obras de Jesús, pues se trata de un “evangelio”, es también la historia de una culpa, la de José, que al enterarse anticipadamente de que los niños menores de tres años de Belén irían a ser asesinados por los soldados romanos cumpliendo la fatídica orden de Herodes, no da aviso a sus padres, pues decide salvar el suyo y refugiarse en la cueva donde ha nacido y a donde no llegan los soldados. José será atormentado hasta el día de su muerte por horribles pesadillas en las que se ve asesinando a su propio hijo y tendrá que cargar esta culpa hasta el final de sus días, crucrificado como supuesto combatiente del pueblo judío contra el poder romano. Una muerte expiatoria pero insuficiente, ya que será transferida simbólicamente por las sandalias que recoge el adolescente Jesús, cuando penosamente viaja con su madre a Séforis para reclamar el cadáver de su padre.

Experto en estos avatares de la culpa, el autor no sólo relata de manera reiterativa el incidente del silencio cobarde de José, sino pondrá en boca del ángel anunciador esta grave omisión a María, señalándolo como culpable, con unas duras frases que lo designan como responsable del crimen de los otros y por lo cual no será nunca perdonado:

(…) Dijo María, Qué hemos hecho nosotros. Dijo el ángel, Fue la crueldad de Herodes la que hizo desenvainar los puñales, pero vuestro egoísmo y cobardía fueron las cuerdas que ataron los pies y las manos de las víctimas… el carpintero podía haberlo hecho todo, avisar a la aldea de que de venían de camino los soldados para matar a los niños… (p.130).

 

(...) la novela reivindica al Diablo y a Jesús, liberándolos del maniqueísmo religioso católico sobre el Mal y el Amor, al mismo tiempo que relativiza la imagen omnipotente de Dios, en busca de la trascendencia humana.

 

Y no tendrá perdón por los designios injustos pero irrefutables de una divinidad muy complaciente con el mal de los malos pero radicalmente severo con las flaquezas u omisiones de su pueblo, de los hombres buenos y creyentes, como José:

(…) Dijo el ángel, Ya te he dicho que no hay perdón para este crimen, antes sería perdonado Herodes que tu marido, antes se perdonará a un traidor que a un renegado (p. 130).

De modo que los sueños, como vestigos del espíritu de un cuerpo que soporta el mal propio y el ajeno, serán la presencia incesante de un incidente que funciona como núcleo estructural en la novela, tanto en el padre como en el hijo, pero que reivindican en su dramatismo a José y le dotan de una dimensión trágica muy particular(7). Sueños y pesadillas que siempre ocurren en medio de la luz incierta de la aurora, que el autor refuerza metafóricamente, porque ellos llegan con su sobresalto a inquietar al pobre hombre cuando (…) Era la hora en que el crespúsculo matutino cubre de un gris ceniza los colores del mundo (p. 23)

Los ritos de paso:
- El aprendizaje de la vida

Apenas cumplidos los 13 años y como símbolo del ingreso del hombre judío al mundo de los adultos, Jesús decide abandonar a su madre viuda y a sus hermanos, con una determinación y una madurez precoz que pregifuran el futuro que le aguarda, pero que en el momento apenas vislumbran su desconcierto. Luego de confrontar duramente a María en el desierto sobre las circunstancias de su nacimiento y de corroborar la falta de su padre con los niños de Belén, el aprendiz de carpintero se convierte en aprendiz de una vida solitaria que va moldeando a través de ritos de paso: los encuentros sucesivos con Pastor, a la vez ángel y demonio, Juan Bautista, los escribas y fariseos, Dios, Satanás, María de Magdala, los pescadores y campesinos que fungirán luego de apóstoles y otros personajes claves en la vida del Jesús histórico.

La invención narrativa alcanza en este aprendizaje niveles significativos en la gestación de un héroe cultural profundamente humanizado, problemático, que debe descubrir el mundo por sus propios medios y temores. El carácter enigmático y sobrenatural de Pastor, que cuida unas ovejas que no le pertenecen a nadie y que puede simbolizar la ambigüedad del bien y el mal por la posesión de saberes ocultos, representa el primer encuentro iniciático del joven en la búsqueda de sus raíces y el comienzo del desciframiento de un destino que no logra entender. Como material novelístico, los largos diálogos y confrontaciones de Jesús con Pastor sirven igualmente para cuestionar muchos principios de la tradición, como el temor a la divinidad, la omnipotencia y justicia del dios judío, la noción de la libertad, la rebelión del demonio, el amor, la solidaridad y otros principios fundamentales de la religión católica.

El enfrentamiento ético y teológico de este Jesús adolescente experto en las sagradas escrituras y el misterioso hombre que se hace llamar Pastor, representa la confrontación de Saramago con la tradición religiosa cristiana, que ha estigmatizado al Diablo y supervalorado a Dios, siempre en detrimento del hombre, de la libertad, de sus sueños. Con un tono sarcástico, Pastor es la conciencia de una humanidad que se niega a la sumisión y al dogmatismo y que por tanto cuestiona el carácter falaz de su poder:

(…) lo que sí te puedo decir es que no gustaría verme en la piel de un dios que al mismo tiempo guía la mano del puñal del asesino y ofrece el cuello que va a ser cortado (p. 266)

Algo similar ocurre cuando el joven Jesús enfrenta al escriba del templo, sólo que en este caso la conciencia crítica está en cabeza del protagonista, que rebate implacablemente el dogma de la culpa porque es víctima de ella, en varios pasajes de una trastocada y lúcida mayéutica en la que el interrogado es el maestro de las escrituras y el contradictor el joven alumno de la vida.

- El amor sensual: María de Magdala

Jesús se convierte en adulto cuando conoce a María de Magdala, camino a Nazareth, luego de que Dios se le ha aparecido por primera vez y de ser expulsado de su rebaño por Pastor porque ha sacrificado una de sus ovejas al Señor en señal de agradecimiento. El aprendizaje ha durado cuatro años, y ya el joven ha dado muestra de ciertos poderes adivinatorios o premonitorios, como el de la pesca abundante cuando acompaña a Simón y Andrés en el lago de Genesaret. Un aprendizaje que no incluye, claro está, el mundo de los sentidos, pues su condición de esenio le ordena apartarse de las mujeres. Pero el encuentro con esta espléndida mujer en Magdala cambiará radicalmente su vida, haciéndolo hombre por el disfrute del amor sensual, en unos de los episodios más significativos en la novela.

Mediante un simbolismo sutil, la novela muestra cómo María de Magdala cura la herida en un pie que Jesús se había hecho en el desierto, justo luego del encuentro con Dios y que poco a poco se ha ido convirtiendo en una llaga, que las manos de la mujer aliviarán amorosamente. Como si las manos impuras de lo humano aliviaran las llagas de lo sagrado, como si el descubrimiento de los sentidos curaran las heridas del desierto de la divinidad.

El encuentro con esta dulce mujer, que hasta entonces funge de prostituta, es otro de rito de paso, una ceremonia iniciática en la que Jesús será preparado para el disfrute del cuerpo y donde el erotismo será exaltado a su nivel más alto por la magia expresiva del lenguaje. Con la ternura propia de una mujer que hace conocer por primera vez las delicias de la intimidad a un hombre joven, María repite suavemente: “Aprende, aprende mi cuerpo”, “Aprende, aprende tu cuerpo". Y este encuentro de los cuerpos ocurre en una atmósfera hedonista maravillosa, como la del Cantar de los Cantares de Salomón, que es el referente bíblico intertextual con el que la novela dialoga. La mujer lo ha desnudado, bañado y llevado al lecho y cuando ella aparece, también desnuda, le pide que la mire:

(…) Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos. Dudando los abrió Jesús, e inmediatamente los cerró, deslumbrado, volvió a abrirlos y en ese instante supo lo que en verdad querían decir aquellas palabras del rey Salomón, Las curvas de tus caderas son como joyas, tu ombligo es una copa redondeada llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios, tus dos senos son como dos hijos gemelos de una gacela (p. 323)

El hallazgo de su cuerpo y del cuerpo de la mujer, por el tono poético en que está narrado y la sutil belleza del entorno, enaltecen y en cierta medida sacralizan el erotismo, liberándolo del pecado, en una escena en donde la transgresión abre las puertas del sentido, inaugura al hombre en el placer de su intimidad, rescata lo profano sensual como uno de los aspectos fundamentales de lo humano:

Calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mí, entonces sintió que una parte de su cuerpo, ésa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agigantán-dose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, él, sí, era él quien gritaba, al mismo tiempo que María, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de él, yendo a beberle en la boca el grito, en un ávido y ansioso beso que desencadenó en el cuerpo de Jesús un segundo e interminable estremecimiento (p. 324).

- Dios y el Diablo

Uno de los capítulos más estremecedores de la novela de Saramago es el encuentro de Jesús con Dios y el Diablo, en una barca en medio de la densa niebla del mar de Galilea, en el que el mismo Dios le anuncia su muerte en la cruz y le relata el futuro terrible que le espera a la humanidad con sus guerras, hambrunas, mártires, Cruzadas, Inquisición, como destino irremediable que él mismo gesta, padece y disfruta. El intenso diálogo entre Jesús y Dios inmersos en la bruma del mar y la luz en círculo que los encierra es también una imagen revestida de gran simbolismo, en donde que el Padre se confiesa ante el Hijo, en el que Dios como conciencia inefable del tiempo manifiesta su poder y su eterna soledad, pero también su contingencia y dependencia. Y es allí en donde la presencia del Diablo adquiere un dimensión significativa, pues el Mal no es un engendro sino la consecuencia del Bien, para que la obra asignada al hombre cumpla los designios de ese Dios todopoderoso pero inmensamente cruel con el hombre, como él mismo lo reconoce.

 

Saramago, crítico inexorable de los mitos judeocristianos, crea un ser maravilloso, solitario, culpable, en el que se congrega simbólicamente la búsqueda del hombre por la libertad y se reivindica la dialéctica de la transgresión.

 

Este encuentro es otro rito de paso, en el cual Jesús, asediado por Dios y vigilado por el Diablo, podrá confrontar plenamente las fuerzas que lo asedian y elaborar sus propias conclusiones. Escuchará la lógica severa de Dios sobre el destino de la humanidad, la necesidad del Mal y de la obediencia, el sacrificio de su Hijo, así como la dialéctica implacable y sabia del Diablo que, ya cansado por el estigma que se le endilga, propone a Dios cambiar el tiempo, conceder al hombre la felicidad en el bien absoluto, eliminando para siempre el mal, así él deba renunciar a su búsqueda. Y recibiendo, como es de esperarse, la negativa rotunda de Dios, pues el Mal que debe soportar para siempre el hombre es su propia supervivencia.

En este sentido, la novela reivindica al Diablo y a Jesús, liberándolos del maniqueísmo religioso católico sobre el Mal y el Amor, al mismo tiempo que relativiza la imagen omnipotente de Dios, en busca de la trascendencia humana.

Coda non santa

Los “evangelios” de Mailer y Saramago son visiones literarias disímiles en las que es evidente el propósito de desmitificar la imagen utilitarista que de Jesucristo ha manejado la tradición católica y cristiana, al tiempo que procuran humanizarlo en su auténtica dimensión histórica y trágica. Son novelas modernas que buscan una virtualidad más allá de los esquemas, más acá de la humanidad del héroe cultural, dignificando su significación individual y colectiva. Mailer, desde la perspectiva de una breve biografía novelada en primera persona que no logra romper el cerco de los evangelios canónicos, aunque con tonos y atmósferas llenos de la mejor poesía, creando la ilusión de un ser alucinado por su propia mística y realidad. Saramago, a partir de una auténtica novela moderna con recursos formales como la metaficción, la polifonía, la intertextualidad, perfectamente acordes con su propósito iconoclasta, en una obra vibrante, desbordante de humanidad y de expresividad literaria. Mailer, complaciente con la tradición, no alcanza a gestar una virtualidad propia para ambientar a su protagonista y al mundo en el que éste realiza su búsqueda. Saramago, crítico inexorable de los mitos judeocristianos, crea un ser maravilloso, solitario, culpable, en el que se congrega simbólicamente la búsqueda del hombre por la libertad y se reivindica la dialéctica de la transgresión. Mailer, poeta de la ensoñación de un Jesucristo sacrificado en vano cuando el mundo todavía era joven. Saramago, evangelista ateo de la modernidad, visionario del ser escindido y del peso de la culpa. Jesucristo a dos voces, para que los que no crean en los dogmas religiosos al menos crean en la magia de la literatura.

 

NOTAS

(1) CELSO. El discurso verdadero contra los cristianos, Alianza Editorial, Madrid, 1988.

(2) MACK, Burton L. El evangelio perdido. El documento Q. Unico texto auténtico sobre los orígenes del cristianismo. Serie Enigmas del cristianismo, Martínez Roca, S.A., Bogotá, 1994.

(3) MACK, Burton L., Op. cit. Hace un estudio riguroso de las fuentes, de sus inconsistencias y limitaciones, destacando el papel fundamental que para la investigación histórica representa este documento.

(4) MAILER, Norman. El evangelio según el hijo. Colección Grandes novelistas, Emecé Editores, Buenos Aires, 1977. Todas las citas sobre la novela pertenecen a esta edición y remiten al número de página correspondiente.

(5) Esta categoría narrativa es analizada ampliamente por Mario Vargas Llosa en su libro sobre Madame Bovary de Gustave Flaubert, La orgía perpetua, Bruguera, Barcelona, 1978.

(6) SARAMAGO, José. El evangelio según Jesucristo, Seix Barral, Madrid, 1992. Todas las citas sobre la novela pertenecen a esta edición y remiten al número de página correspondiente.

(7) Sobre este aspecto, puede verse la reseña de Jorge Guaneme, ¡Jesucristo es culpable!, Revista Número, No. 25, marzo-abril-mayo de 2000, p. 81-82.


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