Estas
líneas se proponen como apertura a un debate sobre los estudios
y concepciones de la historia en Colombia y América Latina,
muy a propósito de las discusiones que se han construido
en las Escuelas y tendencias historiográficas más representativas
de los últimos años. Así mismo, presenta una reflexión de
carácter conceptual sobre el tiempo histórico, los temas
y ámbitos de estudio de la historiografía como campo de
conocimiento y lugar y práctica para su aprendizaje y enseñanza.
Colombia
es uno de los países de América Latina menos estudiados en
términos de sus procesos históricos, así como una nación en
la cual las variables de explicación no encajan con los modelos
utilizados para otras regiones del continente americano (1)
.
Son expresiones de esta ausencia explicativa el poco interés
que han mostrado los estudios extranjeros sobre el país, la
casi inexistencia de comunidades de investigación en historia
comparada y la enseñanza de una historia tradicional poco
problematizada y vinculada a los temas locales, regionales
o a los grandes problemas nacionales y continentales tanto
en la educación básica como media y superior.
Pero
tal vez lo más significativo de esta situación radica en que
la historiografía de Colombia y América Latina en general
sigue siendo de estrecho carácter nacional, no porque la mirada
de los procesos se haga desde el país en el que se construye
dicha historiografía, ya que esto es inevitable, sino porque
los cursos sobre América Latina, Europa o el mundo en general
se estudian por fracciones espaciales y temporales pero no
por temas y problemas que dialoguen con el presente (2)
, además que el contenido de éstos se reduce a una difusión
informativa y carente de redes de estudio conectadas con bibliotecas
y centros de documentación e investigación.
Pese estos vacíos existentes y a la necesidad de constituir
nuevas comunidades de investigación en las ciencias sociales,
en nada ha perdido su vigencia el estudio de la historia de
América Latina y Colombia en su propósito de entender el cambio
de sus sociedades en el tiempo (3) .
Las
obras de comienzos de siglo que definieron los temas y problemas
de estudio para América Latina provinieron de intelectuales
y letrados alejados del marco exclusivo académico de las universidades,
quienes abordaron el acontecer de estas sociedades desde sus
propias elecciones con el fin de hacer obras bien escritas
hasta el culto del pasado para ensalzar las historias patrias.
Por haber definido temas y problemas fundamentales, aún tienen
su vigencia obras como Los siete ensayos de interpretación
de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui (4)
o Economía y cultura en la historia de Colombia de Luis Eduardo
Nieto Arteta (5) .
En
Colombia, se considera que las investigaciones en ciencias
sociales se iniciaron en la década del cuarenta del siglo
XX en la Escuela Normal Superior y el Instituto Etnológico
Nacional. Allí se abordó el estudio de la sociedad y la cultura
nacional bajo la perspectiva de la Antropología Cultural vigente
en Europa, a la par con algunos trabajos sociológicos y de
Historia Económica realizados bajo la influencia de los paradigmas
marxistas y estructuralistas. Luego, a finales de la década
del cincuenta la Universidad Nacional dio un definitivo inicio
a la institucionalización profesional en ciencias sociales.
Si
bien estos antecedentes marcaron un hito en la investigación
de las ciencias sociales, no se puede desconocer los precedentes
desde los cronistas (Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé
de las Casas, Juan de Castellanos, Fray Pedro Aguado, Fray
Pedro Simón Juan Rodríguez Freyle, Lucas Fernández de Piedrahita,
entre otros) quienes con su riqueza informativa construyeron
un imaginario épico del descubrimiento, la conquista y el
período colonial hasta los escritores republicanos quienes
fraguaron una historia patriótica - romántica de la independencia
(6). A comienzos del siglo XX el monopolio
de la historia de Colombia pasó a manos de las Academias de
Historia en un estilo patriótico y evocativo de la gesta libertadora,
similar al del siglo anterior (7). La
Historia de Colombia de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla
se constituyó en la historia oficial para la enseñanza de
la historia, luego de que ganara la convocatoria del gobierno
para tal fin en 1910.
Hacia la segunda mitad de este siglo fueron los economistas
quienes dejaron su impronta en el desarrollo de la historia
de América Latina. Capitalismo y subdesarrollo en América
Latina de André Gunder Frank (8), Formación
económica del Brasil de Celso Furtado (9)
o Dependencia y desarrollo en América Latina de Fernando Enrique
Cardoso y Enzo Faletto (10) , entre
otras, fueron obras que además de guiar los problemas fundamentales
de la historia económica de América Latina se inscribieron
en el paradigma de la teoría de la dependencia. Si bien estas
obras marcaron un hito en la investigación al estudiar las
historias nacionales desde el marco internacional del capitalismo
dejaron ver un sesgo muy claro al atribuirle sólo a éste las
causas del subdesarrollo y la pobreza de las regiones y localidades
(11) .
En
las tres últimas décadas, junto a la teoría de la dependencia,
han sido el marxismo, la escuela de Annales y en menor medida
la New Economic History los grandes paradigmas sobre los que
se ha inscrito las investigaciones de la historia de América
Latina y del país.
El
marxismo desarrolló las investigaciones más numerosas en el
campo de la historia económica y social tratando de encontrar
referentes empíricos de modos de producción en América Latina
y el país susceptibles de comparación con la naturaleza de
los modos de producción asiáticos y europeos; si bien esta
perspectiva derrumbó los grandes mitos de las historias patrias
e hizo énfasis en relaciones sociales y productivas hasta
ese momento poco estudiadas, dejó también ver sesgos muy claros
al intentar hacer una adaptación casi literal de este modelo
con realidades tan heterogéneas y cambiantes como las del
continente (12). De igual manera, dejó
de estudiar las coyunturas cortas al privilegiar los procesos
de larga duración dejando de paso un vacío sobre estudios
de localidades y de diversos y numerosos sujetos que si bien
se movilizaban sobre bases materiales, eran también parte
de la complicada trama de relaciones políticas y mentales,
como en su momento lo señalaran los estudios de Germán Colmenares
(13).
En
las décadas del sesenta y setenta, las investigaciones pioneras
en Colombia en Antropología, Sociología y Economía fueron
realizadas como examen empírico de problemas desde la perspectiva
funcionalista. Pero ya ha mediados de ésta entraron en crisis
los modelos analíticos vigentes por la influencia de grupos
del exterior dirigiéndose las ciencias sociales hacia la caracterización
del país y hacia la búsqueda de un estatuto teórico para las
disciplinas establecidas en la Universidad. Aun cuando se
quiso volver la mirada hacia las investigaciones de Jaime
Jaramillo, Gerardo Molina, Germán Colmenares, Luis Eduardo
Nieto Arteta, Guillermo Hernández Rodríguez, entre otros,
el marxismo como único modelo analítico de las sociedades
se apoderó de los programas curriculares de Sociología, Antropología,
Economía, Psicología y Filosofía. Con ello, la investigación
se dirigió hacia los problemas del subdesarrollo y la dependencia.
Los compromisos de los científicos sociales con proyectos
políticos de transformación social produjeron hondos debates
sobre el modo de abordar el estudio de las estructuras sociales
y económicas del país, así como la investigación del rápido
cambio modernizador que ya se percibía en las décadas de los
años sesenta y setenta. Este antagonismo, con compromisos
y parcialidad política, afectó la calidad de las investigaciones
sociales.
En la década de los años ochenta cedieron los esquemas interpretativos
anteriores, reconociendo su falibilidad y abriendo la posibilidad
a una discusión más flexible y razonada. Fruto de esta apertura,
en América Latina como en Colombia la escuela de Annales dejó
una estrecha alianza entre la Historia y las Ciencias Sociales;
la distinción entre los tiempos cortos, largos y coyunturales,
la búsqueda de una historia - problema, el encuentro con una
historia de estructuras y coyunturas y la posterior derivación
hacia el estudio de la historia de las mentalidades. Con todo
esto, y pese a las deficiencias que dejó el desarrollo de
historias locales y regionales sin articulaciones nacionales
y comparativas con el contexto latinoamericano, la historia
social propuesta por esta tendencia historiográfica reemplazó
de manera definitiva la historia política tradicional y nuevos
actores comenzaron a ocupar un escenario narrativo hasta ese
momento sólo exclusivo de las grandes personalidades.
Pero
el uso indiscriminado del eclecticismo de Annales condujo
a la dispersión temática. Un buen ejemplo es el caso de la
Historia de las Mentalidades, que desde finales de la pasada
década se ha disgregado en numerosas corrientes olvidando
las preguntas fundamentales por las estructuras económicas
y sociales. Los pasados Congresos de Historia de Colombia
en Bucaramanga (1992), Tunja (1995) y Medellín (1997) tal
vez han sido los escenarios en los cuales se ha decantado
una prolífica producción historiográfica inscrita en esta
corriente, pero también en los cuales se ha vislumbrado el
derrumbe de teorías y paradigmas en una especie de desencanto
que ha derivado en una torre de babel de escasa claridad disciplinaria
y precario diálogo interdisci-plinario. No cabe duda que hoy
uno de los rasgos de la crisis de la historia mundial es la
superabundancia de la producción historiográfica
(14) .
Si bien Annales creó nuevos problemas, métodos y campos de
estudio en la historia, dando origen a una escuela tan importante
como ya lo era la marxista o la estructural cuantitativa,
en modo alguno consiguió establecer un estatuto epistemológico
historiográfico, como en su momento lo hiciera el marxismo
(15) . Es cierto que Febvre habló de la historia como
un “estudio científicamente elaborado” (16)
, de la misma manera que Bloch habló de “ciencia de los hombres
en el tiempo”, pero hasta el momento no se conoce una explícita
reflexión de los annalistes sobre el campo disciplinario de
la historia o los propósitos de conocimiento de la historiografía.
De
otra parte, la influencia de la New Economic History no ha
dejado un desarrollo tan importante, pese a que la articulación
entre la teoría y la explicación histórica ha mostrado estudios
muy interesantes como el de Robert Fogel, Railroads and american
economic growth o el del mismo autor con G. R. Elton (17).
De igual manera, son importantes las perspectivas de investigación
que se abren con la Sociología Histórica de la cual se reconocen
obras representativas como El Estado Absolutista de Perry
Anderson (18) y Los orígenes sociales
de la dictadura y de la Democracia de Barrington Moore (19).
Si
bien es prematuro hacer un balance sobre las tendencias en
curso, se puede considerar que el retorno a la narrativa histórica,
las historias de vida y de género hasta los cultural studies,
la historia de las mentalidades y las tendencias de la sociología
del posmodernismo como la conocida obra de Marshall Berman
Todo lo sólido se desvanece en el aire (20),
o la serie de artículos editada por Perry Anderson en el libro
Campos de batalla (21), buscan nuevas
perspectivas para el desarrollo historiográfico en las cuales
las fronteras entre las denominadas ciencias sociales y naturales
tienden a desaparecer para dar paso a una Historia concebida
en un diálogo interdisciplinario en el cual los viejos paradigmas
de investigación se derrumban y los estudios del lenguaje
y las perspectivas hermenéuticas de Ricoeur, Habermas y Gadamer
abren caminos hasta hace unas décadas inpensables por la historiografía,
incluyendo la Historia y la Filosofía de la Ciencia
(22) . La antropología y el posmodernismo también han
influido en tres tendencias historiográficas muy exitosas
por la narrativa y la apertura de nuevos horizontes lingüisticos:
la microhistoria, la nueva historia cultural y la ciencia
histórica socio-cultural (23).
Hoy sigue vigente el propósito de hacer de la historiografía
una disciplina integrada a las ciencias sociales, como en
su momento fue el empeño de Annales (24)
; sin embargo, el giro lingüistico del siglo XX en las ciencias
en general, en el cual se le dio prelación al lenguaje para
hablar del mundo y comprender el lenguaje en el que hablamos
sobre el mundo, puso en evidencia la posibilidad de considerar
la historia como una ciencia del conocimiento y explicación
de lo acontecido (Marrou, Carr, Annales), pero también como
una ciencia histórico- hermenéutica que demanda de procesos
de objetividad y análisis diferentes a los de las ciencias
naturales (Dilthey, Weber, Gadamer, Habermas) (25).
Si la explicación de la historia es intrínsecamente argumentar
por qué las sociedades se transforman (26)
, es claro que hoy se demanda por el uso de teorías y métodos
de investigación anclados en las mejores tradiciones positivistas,
pero también en las nuevas tendencias histórico - hermenéuticas
con propósitos de hablar de una historia comprensiva en los
cuales se de privilegio al contexto y al sujeto de lo histórico
(movimiento de los estados sociales), al comportamiento de
las relaciones sociales y de los individuos en función de
sus movimientos recurrentes o sus movimientos transformadores
(27). Una historia en la cual la interdisciplinariedad
pueda también fijar metas comunes en tanto se respeten las
propias miradas de quienes han ganado su propio estatuto epistemológico
y profesional.
Espacio-tiempo,
sectorización y ámbitos de estudio en la historiografía
La
reconstrucción de las sociedades en el devenir histórico ha
hablado del pasado como el objeto de estudio de las sociedades
en el tiempo. Hoy se entiende que más que el pasado es lo
acontecido de las sociedades en movimiento y cambio lo que
requiere aprehenderse críticamente (28)
, porque es gracias a las fuentes, vestigios y a la memoria
histórica que la reflexión disciplinaria de la historiografía
puede dar cuenta del desenvolvimiento de las sociedades desde
la mirada analítica de estas huellas que el historiador reconoce
y representa mediante teorías y métodos de investigación.
Desde
las concepciones míticas la historia ha tenido lugar como
referencia a un tiempo presente y situaciones metafóricas
(29). La historia teocrática propone
una misión dirigida a los creyentes para dar cuenta de las
manifestaciones de uno o múltiples dioses (30).
Los griegos con Heródoto y Tucídides por primera vez tienen
conciencia de la historia como una ciencia que pregunta por
un pasado relatado y ordenado a partir de testimonios y acontecimientos
descriptivos (31).
Para
los romanos la historia significó continuidad, pero son las
instituciones el eje de las narraciones, en las cuales la
autoridad es celosamente custodiada para hacer perenne la
tradición ancestral (32) . En el cristianismo
la historia es la realización de los propósitos divinos, que
hacen del hombre un ser predeterminado en una historia universal
desde el origen del hombre y en la cual la providencia ordena
su realización, con especial importancia al orden de los acontecimientos
expresados a través de la vida de Jesús: antes de Cristo,
período anticipado para un suceso que no se revela, y la posterior
materialización de la revelación, en la cual los hechos posteriores
son el desarrollo de sus consecuencias (33).
Ya en el medioevo, Dios es providente y positivo, tiene un
plan que ningún hombre puede alterar y la historia transcurre
gracias a la voluntad divina; el curso total de los acontecimientos
forman los criterios para juzgar a los hombres.
El Renacimiento vuelve a la visión humana y a la exactitud
en la investigación; el hombre, dice Maquiavelo, es una criatura
de pasiones e impulsos, por lo tanto la historia es la manifestación
de las pasiones humanas. Bacon, Descartes y Vico, completan
este período en el que la Ilustración, con Hume y Voltaire
empujan la secularización de la sociedad y del pensamiento
(34).
El último peldaño, antes de llegar a la concepción científica
de la historia, es la idea romántica de la misma, iniciada
por Rousseau, quien tenía la esperanza de formar un pueblo
ilustrado mediante una educación que obtuviera intereses comunes.
Poco más tarde, serían Herden, Kant, Hegel y Marx quienes
dan fundamento a la idea de la filosofía e investigación moderna
de la historia. El positivismo va más allá y habla de una
historia como ciencia en busca de leyes y principio explicativos
regulados de la sociedad; una empresa imposible hoy de concebir
pero que le permitió a la historio-grafía ganar en el detalle
y la multiplicidad de fuentes (35).
Después del positivismo las nuevas tendencias de la historiografía
han sido prolíficas y renovadas. Escuelas y concepciones llegan
hasta la actualidad a través de obras, entre otras, como Tradición,
revuelta y consciencia de clase de Edward P. Thompson (36)
, Miseria de la teoría del mismo del mismo autor (37)
, La Quimera fértil de Félix Ovejero (38)
, o el texto de Julio Aróstegui, La investigación histórica:
teoría y método (39) , que sin duda
ya es un texto de obligada consulta para abrir el debate acerca
de las escuelas y objetivos de conocimiento de la historiografía,
así como para reconocer y distinguir los fundamentos científicos
y disciplinarios de la historia tan importantes en las concepciones
(teoría de la historia), caracterización temporal y delimitaciones
secuencial (periodización), sectorial o temática (historia
política, historia económica, etc.) y espacial (región, nación,
etc.).
Como
construcción social, el espacio-tiempo de la historia es un
producto de la misma historiografía para nombrar el cambio
en el movimiento de un estado social a otro (40)
. Por tal razón, a la historia le corresponde reconocer y
describir los estados sociales para entender y explicar su
movimiento en el tiempo. La descripción de un estado social
va desde el análisis de las estructuras sociales existentes
en la cultura (relaciones sociales, bases materiales, condiciones
mentales, lenguaje, representaciones) hasta las acciones de
los sujetos (41).
En dicho movimiento, además de construirse un tiempo cronológico,
se recurre a otras tipologías para nombrar el cambio de los
estados sociales: coyuntura, crisis, revolución, estructura,
etc. De manera que a un tiempo cronológico de un evento acontecido
le corresponde la caracterización de otro tiempo (tiempo interno)
para nombrar los estados sociales en movimiento (42).
No
cabe duda que el tiempo es un elemento fundamental de la historia;
“medirlo” significa guiar el camino de la explicación de lo
acontecido; como invención humana, éste se ha referido a los
ciclos naturales del planeta alrededor del sol, los eventos
religiosos, los orígenes, la guerra, la muerte el nacimiento,
el matrimonio, etc. Pero también se ha recurrido al tiempo
del reloj, el biológico como otras maneras de nombrar los
eventos en el movimiento y cambio de las sociedades.
Por
las anteriores razones es que no se puede hablar de los hechos
históricos como situaciones concretas acontecidas, pues entre
éstas y el discurso analítico de la historiografía con pretensiones
descriptivas y argumentativas media la construcción de abstracciones
y relaciones sociales, temporales y espaciales con el fin
de explicar los estados sociales (43).
Es
claro entonces que una propuesta de formación en la enseñanza
de la historia debe tener en cuenta todos estos aspectos y
sus respectivas interacciones al momento de construir un discurso
disciplinario y pedagógico. El historiador, además, debe optar
y delimitar el campo de su estudio ante el obstáculo epistemológico
de construir una historia general y total de la sociedad.
A
propósito de las teorías y métodos de la historiografía
Mientras
que la teoría de la historia se refiere a sus concepciones,
la reflexión disciplinaria a su objeto de estudio. En tal
sentido, no se puede hablar de una concepción de la historia
sin un objeto de estudio (el movimiento de la sociedad en
el tiempo), como tampoco de una concepción de la sociedad,
del espacio - tiempo, de la sectorización temática (historia
política, económica, socio-cultural, etc.) y de los ámbitos
(delimitaciones espaciales, territoriales), pues cada una
de estas concepciones son abstracciones que se ponen en reciprocidad
para encontrar el significado del movimiento de las sociedades
en el tiempo.
Pero
es a los métodos los que les corresponde la importante y ardua
tarea de descubrir y analizar los presupuetos de las teorías
en su propósito de traducir las abstracciones con la realidad.
Para tal fin, no se debe confundir métodos con técnicas, pues
éstas últimas son herramientas de trabajo que surgen y se
perfeccionan en el mismo quehacer del oficio.
Si
en la historiografía existe un objeto de estudio debe inferirse
que tiene métodos apropiados de investigación (44).
En la historia como en cualquier disciplina la teoría es la
médula de la producción. La teoría es la apertura a la práctica
en el espacio de una sociedad, además que organiza los elementos
propios de la disciplina (45). En tal
sentido, la historiografía encierra un lugar social, unas
prácticas y una escritura que tiene sus propias técnicas y
actividades de pensamiento.
Como
actividad social, que se define en el propio escenario de
la sociedad que estudia, la producción historiográfica se
valida en el uso apropiado de teorías, métodos y técnicas
de investigación, pues el ejercicio de escritura, esencial
en la construcción del discurso histórico, por sí mismo no
basta en la creación de nuevos conocimientos y mediaciones
pedagógicas para su enseñabilidad.
De la misma manera, como “producto de un lugar”, la historiografía
es una construcción individual y colectiva que exige de una
comunicación estética, crítica y argumenta-tiva. Pero su escritura
también expresa una práctica literaria y una enseñanza tanto
para el especialista como para el “gran público” (46).
Así
como el urbanista transforma el espacio cultural, el historiador
lo hace también a través de los textos y una didáctica que
pone en circulación mediante un “aparato crítico” y procedimientos
técnicos. El uso y la manipulación de archivos, bibliotecas
y redes de información son las herramientas en el trabajo
del historiador con propósitos de construir una narrativa
y un discurso histórico y lógico. La oportuna relación entre
la información y el pensamiento crítico mediante teorías,
métodos y técnicas apropiadas es lo que hace de la investigación
histórica una producción para su divulgación y enseñanza.
Ámbitos
historiográficos: acerca de la investigación y enseñanza de
lo regional, local y nacional
En
una de sus disertaciones sobre los aspectos metodológicos
para estudiar la cuestión regional (47)
, Orlando Fals Borda consideraba que la historia regional
interesante era aquella que desborda el campo puramente académico
y se compromete con el cambio social, político y económico
de los pueblos.
No
cabe duda que las consideraciones de Fals Borda deberían conducir
la reflexión hacia tres temas básicos relacionados con la
elaboración no sólo de la historiografía regional o local,
sino nacional: el público para quien se escribe y enseña,
los objetivos pedagógicos y prácticos de los estudios y la
valoración del conjunto de las mediaciones educativas, disciplinarias,
teóricas y metodológicas necesarias para alcanzar los fines
propuestos.
Por
supuesto, una oportuna aclaración académica precede el intento
de establecer la elección por una historia regional, hasta
considerar a ésta como un ámbito espacial y territorial en
el cual se movilizan formas de ver, percibir, sentir y trnsformar
el entorno vinculadas a un ámbito mayor macroregional, geopolítico
(Estado - nación), continental y global o menor subregional,
local y subcultural (microhistoria).
La
etimología del término región procede del latín regi,
que significa ‘espacio colocado bajo el mismo poder’, y conduce
a percibir la región como una entidad geográfica - económica
sobre la cual se proyecta un poder político de naturaleza
local o de cualquier otro orden superior. Por supuesto, dicha
acepción etimológica es cuestionada por dejar fuera el aspecto
socio - cultural, tan importante para configurar “el retorno
a los propios paisajes de quienes desean ver que la cultura
no está centralizada y que no es necesario emigrar a los llamados
grandes centros de saber para adquirir compromisos con la
ciencia” (48). Además que si se
tuvieran sólo en cuenta los aspectos estrictamente geográficos
y económicos de lo regional, se estaría dejando por fuera
a los grupos sociales con sus formaciones colectivas específicas
y con su dinámica histórica particular.
Una
de las primeras tareas de la historia regional consiste en
superar el concepto de región natural y político - administrativa,
y ofrecer alternativas que permitan reconstruir tanto el espacio
geo - histórico con su dimensión socio - cultural como sus
vinculaciones con una historia nacional, para así “establecer
los ritmos de poblamiento, las transformaciones económicas
y la configuración de hábitos y costumbres que han ido bordeando
las líneas movedizas de los códigos de pertenencia de unas
gentes a uno u otro territorio” (49).
La historiografía regional también debe intentar incorporar
y recuperar elementos dejados de lado por las excesivas generalizaciones
teóricas, pues el reconocimiento de lo regional, con las pertinentes
y oportunas vinculaciones a una historiografía nacional y
continental, permitiría hacer una lectura de las realidades
particulares y generales del conjunto de relaciones e intercambios
que se establecen entre los individuos y grupos con la finalidad
de constituir ciertos tipos de colectividades, estructuradas
en campos definidos de actuación en los que se regulan los
procesos de pertenencia.
Valga aclarar que esta propuesta no debe ser considerada como
una implacable reducción o fragmentación al estudio de los
contextos nacional o global; por el contrario, adquiere validez
al considerar que estudiar lo regional lleva a “comprender
la complejidad espacial, étnica y lingüística de diferentes
épocas que, como pilares, han ido dando cabida al edificio
de los grandes problemas históricos sobre los cuales se fundamentan
las grandes preguntas de nuestra identidad nacional” (50).
Por
supuesto, los postulados señalados implican un desarrollo
progresivo de los niveles de explicación y comprensión de
los fenómenos sociales en consonancia con las esferas locales,
nacionales e internacionales. La región es siempre parte de
un todo, de horizontes que superan los entornos físicos-culturales
inmediatos, con redes de poder y sistemas socio-políticos
mayores que interactúan y se modifican constantemente.
Es evidente que al llevar a cabo la tarea de reconstrucción
de la cuestión regional, lo local y nacional, debe incorporar
las teorías y métodos de investigación de la historia y las
ciencias sociales, además de trabajos prácticos permanentes,
orientados a la luz de preguntas propias de cada espacio socio-cultural.
Como
práctica social, la historia ya se nacional o regional involucra
una enseñabilidad y pedagogía en su propósito de transformar
las representaciones de la sociedad mediante elementos críticos,
vivenciales y razonables.
Las nuevas perspectivas de investigación señalan además un
privilegio de discusión de lo global sobre lo local. Pero
no se debe desconocer que Colombia y América Latina es aun
un escenario de composición heterogénea con manifestaciones
regionales y locales que sólo pueden descubrirse mediante
el estudio de sus formaciones históricas típicas en el contexto
en el cual se desenvuelven las sociedades sin renunciar a
una perspectiva holística de explicación de los problemas
comunes, pues en su más amplia acepción la historia es el
movimiento de todas las actividades humanas relacionadas en
un creciente sistema de complejidad y cambio (51).