Escuelas y concepciones en la producción historiográfica de Colombia y América Latina

Alvaro Acevedo Tarazona
Gustavo Guarín Medina

 

Estas líneas se proponen como apertura a un debate sobre los estudios y concepciones de la historia en Colombia y América Latina, muy a propósito de las discusiones que se han construido en las Escuelas y tendencias historiográficas más representativas de los últimos años. Así mismo, presenta una reflexión de carácter conceptual sobre el tiempo histórico, los temas y ámbitos de estudio de la historiografía como campo de conocimiento y lugar y práctica para su aprendizaje y enseñanza.

Colombia es uno de los países de América Latina menos estudiados en términos de sus procesos históricos, así como una nación en la cual las variables de explicación no encajan con los modelos utilizados para otras regiones del continente americano (1) .

Son expresiones de esta ausencia explicativa el poco interés que han mostrado los estudios extranjeros sobre el país, la casi inexistencia de comunidades de investigación en historia comparada y la enseñanza de una historia tradicional poco problematizada y vinculada a los temas locales, regionales o a los grandes problemas nacionales y continentales tanto en la educación básica como media y superior.

Pero tal vez lo más significativo de esta situación radica en que la historiografía de Colombia y América Latina en general sigue siendo de estrecho carácter nacional, no porque la mirada de los procesos se haga desde el país en el que se construye dicha historiografía, ya que esto es inevitable, sino porque los cursos sobre América Latina, Europa o el mundo en general se estudian por fracciones espaciales y temporales pero no por temas y problemas que dialoguen con el presente (2) , además que el contenido de éstos se reduce a una difusión informativa y carente de redes de estudio conectadas con bibliotecas y centros de documentación e investigación.

Pese estos vacíos existentes y a la necesidad de constituir nuevas comunidades de investigación en las ciencias sociales, en nada ha perdido su vigencia el estudio de la historia de América Latina y Colombia en su propósito de entender el cambio de sus sociedades en el tiempo (3) .

Las obras de comienzos de siglo que definieron los temas y problemas de estudio para América Latina provinieron de intelectuales y letrados alejados del marco exclusivo académico de las universidades, quienes abordaron el acontecer de estas sociedades desde sus propias elecciones con el fin de hacer obras bien escritas hasta el culto del pasado para ensalzar las historias patrias. Por haber definido temas y problemas fundamentales, aún tienen su vigencia obras como Los siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui (4) o Economía y cultura en la historia de Colombia de Luis Eduardo Nieto Arteta (5) .

En Colombia, se considera que las investigaciones en ciencias sociales se iniciaron en la década del cuarenta del siglo XX en la Escuela Normal Superior y el Instituto Etnológico Nacional. Allí se abordó el estudio de la sociedad y la cultura nacional bajo la perspectiva de la Antropología Cultural vigente en Europa, a la par con algunos trabajos sociológicos y de Historia Económica realizados bajo la influencia de los paradigmas marxistas y estructuralistas. Luego, a finales de la década del cincuenta la Universidad Nacional dio un definitivo inicio a la institucionalización profesional en ciencias sociales.

Si bien estos antecedentes marcaron un hito en la investigación de las ciencias sociales, no se puede desconocer los precedentes desde los cronistas (Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, Juan de Castellanos, Fray Pedro Aguado, Fray Pedro Simón Juan Rodríguez Freyle, Lucas Fernández de Piedrahita, entre otros) quienes con su riqueza informativa construyeron un imaginario épico del descubrimiento, la conquista y el período colonial hasta los escritores republicanos quienes fraguaron una historia patriótica - romántica de la independencia (6). A comienzos del siglo XX el monopolio de la historia de Colombia pasó a manos de las Academias de Historia en un estilo patriótico y evocativo de la gesta libertadora, similar al del siglo anterior (7). La Historia de Colombia de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla se constituyó en la historia oficial para la enseñanza de la historia, luego de que ganara la convocatoria del gobierno para tal fin en 1910.

Hacia la segunda mitad de este siglo fueron los economistas quienes dejaron su impronta en el desarrollo de la historia de América Latina. Capitalismo y subdesarrollo en América Latina de André Gunder Frank (8), Formación económica del Brasil de Celso Furtado (9) o Dependencia y desarrollo en América Latina de Fernando Enrique Cardoso y Enzo Faletto (10) , entre otras, fueron obras que además de guiar los problemas fundamentales de la historia económica de América Latina se inscribieron en el paradigma de la teoría de la dependencia. Si bien estas obras marcaron un hito en la investigación al estudiar las historias nacionales desde el marco internacional del capitalismo dejaron ver un sesgo muy claro al atribuirle sólo a éste las causas del subdesarrollo y la pobreza de las regiones y localidades (11) .

En las tres últimas décadas, junto a la teoría de la dependencia, han sido el marxismo, la escuela de Annales y en menor medida la New Economic History los grandes paradigmas sobre los que se ha inscrito las investigaciones de la historia de América Latina y del país.

El marxismo desarrolló las investigaciones más numerosas en el campo de la historia económica y social tratando de encontrar referentes empíricos de modos de producción en América Latina y el país susceptibles de comparación con la naturaleza de los modos de producción asiáticos y europeos; si bien esta perspectiva derrumbó los grandes mitos de las historias patrias e hizo énfasis en relaciones sociales y productivas hasta ese momento poco estudiadas, dejó también ver sesgos muy claros al intentar hacer una adaptación casi literal de este modelo con realidades tan heterogéneas y cambiantes como las del continente (12). De igual manera, dejó de estudiar las coyunturas cortas al privilegiar los procesos de larga duración dejando de paso un vacío sobre estudios de localidades y de diversos y numerosos sujetos que si bien se movilizaban sobre bases materiales, eran también parte de la complicada trama de relaciones políticas y mentales, como en su momento lo señalaran los estudios de Germán Colmenares (13).

En las décadas del sesenta y setenta, las investigaciones pioneras en Colombia en Antropología, Sociología y Economía fueron realizadas como examen empírico de problemas desde la perspectiva funcionalista. Pero ya ha mediados de ésta entraron en crisis los modelos analíticos vigentes por la influencia de grupos del exterior dirigiéndose las ciencias sociales hacia la caracterización del país y hacia la búsqueda de un estatuto teórico para las disciplinas establecidas en la Universidad. Aun cuando se quiso volver la mirada hacia las investigaciones de Jaime Jaramillo, Gerardo Molina, Germán Colmenares, Luis Eduardo Nieto Arteta, Guillermo Hernández Rodríguez, entre otros, el marxismo como único modelo analítico de las sociedades se apoderó de los programas curriculares de Sociología, Antropología, Economía, Psicología y Filosofía. Con ello, la investigación se dirigió hacia los problemas del subdesarrollo y la dependencia. Los compromisos de los científicos sociales con proyectos políticos de transformación social produjeron hondos debates sobre el modo de abordar el estudio de las estructuras sociales y económicas del país, así como la investigación del rápido cambio modernizador que ya se percibía en las décadas de los años sesenta y setenta. Este antagonismo, con compromisos y parcialidad política, afectó la calidad de las investigaciones sociales.

En la década de los años ochenta cedieron los esquemas interpretativos anteriores, reconociendo su falibilidad y abriendo la posibilidad a una discusión más flexible y razonada. Fruto de esta apertura, en América Latina como en Colombia la escuela de Annales dejó una estrecha alianza entre la Historia y las Ciencias Sociales; la distinción entre los tiempos cortos, largos y coyunturales, la búsqueda de una historia - problema, el encuentro con una historia de estructuras y coyunturas y la posterior derivación hacia el estudio de la historia de las mentalidades. Con todo esto, y pese a las deficiencias que dejó el desarrollo de historias locales y regionales sin articulaciones nacionales y comparativas con el contexto latinoamericano, la historia social propuesta por esta tendencia historiográfica reemplazó de manera definitiva la historia política tradicional y nuevos actores comenzaron a ocupar un escenario narrativo hasta ese momento sólo exclusivo de las grandes personalidades.

Pero el uso indiscriminado del eclecticismo de Annales condujo a la dispersión temática. Un buen ejemplo es el caso de la Historia de las Mentalidades, que desde finales de la pasada década se ha disgregado en numerosas corrientes olvidando las preguntas fundamentales por las estructuras económicas y sociales. Los pasados Congresos de Historia de Colombia en Bucaramanga (1992), Tunja (1995) y Medellín (1997) tal vez han sido los escenarios en los cuales se ha decantado una prolífica producción historiográfica inscrita en esta corriente, pero también en los cuales se ha vislumbrado el derrumbe de teorías y paradigmas en una especie de desencanto que ha derivado en una torre de babel de escasa claridad disciplinaria y precario diálogo interdisci-plinario. No cabe duda que hoy uno de los rasgos de la crisis de la historia mundial es la superabundancia de la producción historiográfica (14) .

Si bien Annales creó nuevos problemas, métodos y campos de estudio en la historia, dando origen a una escuela tan importante como ya lo era la marxista o la estructural cuantitativa, en modo alguno consiguió establecer un estatuto epistemológico historiográfico, como en su momento lo hiciera el marxismo (15) . Es cierto que Febvre habló de la historia como un “estudio científicamente elaborado” (16) , de la misma manera que Bloch habló de “ciencia de los hombres en el tiempo”, pero hasta el momento no se conoce una explícita reflexión de los annalistes sobre el campo disciplinario de la historia o los propósitos de conocimiento de la historiografía.

De otra parte, la influencia de la New Economic History no ha dejado un desarrollo tan importante, pese a que la articulación entre la teoría y la explicación histórica ha mostrado estudios muy interesantes como el de Robert Fogel, Railroads and american economic growth o el del mismo autor con G. R. Elton (17). De igual manera, son importantes las perspectivas de investigación que se abren con la Sociología Histórica de la cual se reconocen obras representativas como El Estado Absolutista de Perry Anderson (18) y Los orígenes sociales de la dictadura y de la Democracia de Barrington Moore (19).

Si bien es prematuro hacer un balance sobre las tendencias en curso, se puede considerar que el retorno a la narrativa histórica, las historias de vida y de género hasta los cultural studies, la historia de las mentalidades y las tendencias de la sociología del posmodernismo como la conocida obra de Marshall Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire (20), o la serie de artículos editada por Perry Anderson en el libro Campos de batalla (21), buscan nuevas perspectivas para el desarrollo historiográfico en las cuales las fronteras entre las denominadas ciencias sociales y naturales tienden a desaparecer para dar paso a una Historia concebida en un diálogo interdisciplinario en el cual los viejos paradigmas de investigación se derrumban y los estudios del lenguaje y las perspectivas hermenéuticas de Ricoeur, Habermas y Gadamer abren caminos hasta hace unas décadas inpensables por la historiografía, incluyendo la Historia y la Filosofía de la Ciencia (22) . La antropología y el posmodernismo también han influido en tres tendencias historiográficas muy exitosas por la narrativa y la apertura de nuevos horizontes lingüisticos: la microhistoria, la nueva historia cultural y la ciencia histórica socio-cultural (23).

Hoy sigue vigente el propósito de hacer de la historiografía una disciplina integrada a las ciencias sociales, como en su momento fue el empeño de Annales (24) ; sin embargo, el giro lingüistico del siglo XX en las ciencias en general, en el cual se le dio prelación al lenguaje para hablar del mundo y comprender el lenguaje en el que hablamos sobre el mundo, puso en evidencia la posibilidad de considerar la historia como una ciencia del conocimiento y explicación de lo acontecido (Marrou, Carr, Annales), pero también como una ciencia histórico- hermenéutica que demanda de procesos de objetividad y análisis diferentes a los de las ciencias naturales (Dilthey, Weber, Gadamer, Habermas) (25).

Si la explicación de la historia es intrínsecamente argumentar por qué las sociedades se transforman (26) , es claro que hoy se demanda por el uso de teorías y métodos de investigación anclados en las mejores tradiciones positivistas, pero también en las nuevas tendencias histórico - hermenéuticas con propósitos de hablar de una historia comprensiva en los cuales se de privilegio al contexto y al sujeto de lo histórico (movimiento de los estados sociales), al comportamiento de las relaciones sociales y de los individuos en función de sus movimientos recurrentes o sus movimientos transformadores (27). Una historia en la cual la interdisciplinariedad pueda también fijar metas comunes en tanto se respeten las propias miradas de quienes han ganado su propio estatuto epistemológico y profesional.

 

Espacio-tiempo, sectorización y ámbitos de estudio en la historiografía

La reconstrucción de las sociedades en el devenir histórico ha hablado del pasado como el objeto de estudio de las sociedades en el tiempo. Hoy se entiende que más que el pasado es lo acontecido de las sociedades en movimiento y cambio lo que requiere aprehenderse críticamente (28) , porque es gracias a las fuentes, vestigios y a la memoria histórica que la reflexión disciplinaria de la historiografía puede dar cuenta del desenvolvimiento de las sociedades desde la mirada analítica de estas huellas que el historiador reconoce y representa mediante teorías y métodos de investigación.

Desde las concepciones míticas la historia ha tenido lugar como referencia a un tiempo presente y situaciones metafóricas (29). La historia teocrática propone una misión dirigida a los creyentes para dar cuenta de las manifestaciones de uno o múltiples dioses (30). Los griegos con Heródoto y Tucídides por primera vez tienen conciencia de la historia como una ciencia que pregunta por un pasado relatado y ordenado a partir de testimonios y acontecimientos descriptivos (31).

Para los romanos la historia significó continuidad, pero son las instituciones el eje de las narraciones, en las cuales la autoridad es celosamente custodiada para hacer perenne la tradición ancestral (32) . En el cristianismo la historia es la realización de los propósitos divinos, que hacen del hombre un ser predeterminado en una historia universal desde el origen del hombre y en la cual la providencia ordena su realización, con especial importancia al orden de los acontecimientos expresados a través de la vida de Jesús: antes de Cristo, período anticipado para un suceso que no se revela, y la posterior materialización de la revelación, en la cual los hechos posteriores son el desarrollo de sus consecuencias (33).

Ya en el medioevo, Dios es providente y positivo, tiene un plan que ningún hombre puede alterar y la historia transcurre gracias a la voluntad divina; el curso total de los acontecimientos forman los criterios para juzgar a los hombres.

El Renacimiento vuelve a la visión humana y a la exactitud en la investigación; el hombre, dice Maquiavelo, es una criatura de pasiones e impulsos, por lo tanto la historia es la manifestación de las pasiones humanas. Bacon, Descartes y Vico, completan este período en el que la Ilustración, con Hume y Voltaire empujan la secularización de la sociedad y del pensamiento (34).

El último peldaño, antes de llegar a la concepción científica de la historia, es la idea romántica de la misma, iniciada por Rousseau, quien tenía la esperanza de formar un pueblo ilustrado mediante una educación que obtuviera intereses comunes. Poco más tarde, serían Herden, Kant, Hegel y Marx quienes dan fundamento a la idea de la filosofía e investigación moderna de la historia. El positivismo va más allá y habla de una historia como ciencia en busca de leyes y principio explicativos regulados de la sociedad; una empresa imposible hoy de concebir pero que le permitió a la historio-grafía ganar en el detalle y la multiplicidad de fuentes (35).

Después del positivismo las nuevas tendencias de la historiografía han sido prolíficas y renovadas. Escuelas y concepciones llegan hasta la actualidad a través de obras, entre otras, como Tradición, revuelta y consciencia de clase de Edward P. Thompson (36) , Miseria de la teoría del mismo del mismo autor (37) , La Quimera fértil de Félix Ovejero (38) , o el texto de Julio Aróstegui, La investigación histórica: teoría y método (39) , que sin duda ya es un texto de obligada consulta para abrir el debate acerca de las escuelas y objetivos de conocimiento de la historiografía, así como para reconocer y distinguir los fundamentos científicos y disciplinarios de la historia tan importantes en las concepciones (teoría de la historia), caracterización temporal y delimitaciones secuencial (periodización), sectorial o temática (historia política, historia económica, etc.) y espacial (región, nación, etc.).

Como construcción social, el espacio-tiempo de la historia es un producto de la misma historiografía para nombrar el cambio en el movimiento de un estado social a otro (40) . Por tal razón, a la historia le corresponde reconocer y describir los estados sociales para entender y explicar su movimiento en el tiempo. La descripción de un estado social va desde el análisis de las estructuras sociales existentes en la cultura (relaciones sociales, bases materiales, condiciones mentales, lenguaje, representaciones) hasta las acciones de los sujetos (41).

En dicho movimiento, además de construirse un tiempo cronológico, se recurre a otras tipologías para nombrar el cambio de los estados sociales: coyuntura, crisis, revolución, estructura, etc. De manera que a un tiempo cronológico de un evento acontecido le corresponde la caracterización de otro tiempo (tiempo interno) para nombrar los estados sociales en movimiento (42).

No cabe duda que el tiempo es un elemento fundamental de la historia; “medirlo” significa guiar el camino de la explicación de lo acontecido; como invención humana, éste se ha referido a los ciclos naturales del planeta alrededor del sol, los eventos religiosos, los orígenes, la guerra, la muerte el nacimiento, el matrimonio, etc. Pero también se ha recurrido al tiempo del reloj, el biológico como otras maneras de nombrar los eventos en el movimiento y cambio de las sociedades.

Por las anteriores razones es que no se puede hablar de los hechos históricos como situaciones concretas acontecidas, pues entre éstas y el discurso analítico de la historiografía con pretensiones descriptivas y argumentativas media la construcción de abstracciones y relaciones sociales, temporales y espaciales con el fin de explicar los estados sociales (43).

Es claro entonces que una propuesta de formación en la enseñanza de la historia debe tener en cuenta todos estos aspectos y sus respectivas interacciones al momento de construir un discurso disciplinario y pedagógico. El historiador, además, debe optar y delimitar el campo de su estudio ante el obstáculo epistemológico de construir una historia general y total de la sociedad.

 

A propósito de las teorías y métodos de la historiografía

Mientras que la teoría de la historia se refiere a sus concepciones, la reflexión disciplinaria a su objeto de estudio. En tal sentido, no se puede hablar de una concepción de la historia sin un objeto de estudio (el movimiento de la sociedad en el tiempo), como tampoco de una concepción de la sociedad, del espacio - tiempo, de la sectorización temática (historia política, económica, socio-cultural, etc.) y de los ámbitos (delimitaciones espaciales, territoriales), pues cada una de estas concepciones son abstracciones que se ponen en reciprocidad para encontrar el significado del movimiento de las sociedades en el tiempo.

Pero es a los métodos los que les corresponde la importante y ardua tarea de descubrir y analizar los presupuetos de las teorías en su propósito de traducir las abstracciones con la realidad. Para tal fin, no se debe confundir métodos con técnicas, pues éstas últimas son herramientas de trabajo que surgen y se perfeccionan en el mismo quehacer del oficio.

Si en la historiografía existe un objeto de estudio debe inferirse que tiene métodos apropiados de investigación (44). En la historia como en cualquier disciplina la teoría es la médula de la producción. La teoría es la apertura a la práctica en el espacio de una sociedad, además que organiza los elementos propios de la disciplina (45). En tal sentido, la historiografía encierra un lugar social, unas prácticas y una escritura que tiene sus propias técnicas y actividades de pensamiento.

Como actividad social, que se define en el propio escenario de la sociedad que estudia, la producción historiográfica se valida en el uso apropiado de teorías, métodos y técnicas de investigación, pues el ejercicio de escritura, esencial en la construcción del discurso histórico, por sí mismo no basta en la creación de nuevos conocimientos y mediaciones pedagógicas para su enseñabilidad.

De la misma manera, como “producto de un lugar”, la historiografía es una construcción individual y colectiva que exige de una comunicación estética, crítica y argumenta-tiva. Pero su escritura también expresa una práctica literaria y una enseñanza tanto para el especialista como para el “gran público” (46).

Así como el urbanista transforma el espacio cultural, el historiador lo hace también a través de los textos y una didáctica que pone en circulación mediante un “aparato crítico” y procedimientos técnicos. El uso y la manipulación de archivos, bibliotecas y redes de información son las herramientas en el trabajo del historiador con propósitos de construir una narrativa y un discurso histórico y lógico. La oportuna relación entre la información y el pensamiento crítico mediante teorías, métodos y técnicas apropiadas es lo que hace de la investigación histórica una producción para su divulgación y enseñanza.

 

Ámbitos historiográficos: acerca de la investigación y enseñanza de lo regional, local y nacional

En una de sus disertaciones sobre los aspectos metodológicos para estudiar la cuestión regional (47) , Orlando Fals Borda consideraba que la historia regional interesante era aquella que desborda el campo puramente académico y se compromete con el cambio social, político y económico de los pueblos.

No cabe duda que las consideraciones de Fals Borda deberían conducir la reflexión hacia tres temas básicos relacionados con la elaboración no sólo de la historiografía regional o local, sino nacional: el público para quien se escribe y enseña, los objetivos pedagógicos y prácticos de los estudios y la valoración del conjunto de las mediaciones educativas, disciplinarias, teóricas y metodológicas necesarias para alcanzar los fines propuestos.

Por supuesto, una oportuna aclaración académica precede el intento de establecer la elección por una historia regional, hasta considerar a ésta como un ámbito espacial y territorial en el cual se movilizan formas de ver, percibir, sentir y trnsformar el entorno vinculadas a un ámbito mayor macroregional, geopolítico (Estado - nación), continental y global o menor subregional, local y subcultural (microhistoria).

La etimología del término región procede del latín regi, que significa ‘espacio colocado bajo el mismo poder’, y conduce a percibir la región como una entidad geográfica - económica sobre la cual se proyecta un poder político de naturaleza local o de cualquier otro orden superior. Por supuesto, dicha acepción etimológica es cuestionada por dejar fuera el aspecto socio - cultural, tan importante para configurar “el retorno a los propios paisajes de quienes desean ver que la cultura no está centralizada y que no es necesario emigrar a los llamados grandes centros de saber para adquirir compromisos con la ciencia” (48). Además que si se tuvieran sólo en cuenta los aspectos estrictamente geográficos y económicos de lo regional, se estaría dejando por fuera a los grupos sociales con sus formaciones colectivas específicas y con su dinámica histórica particular.

Una de las primeras tareas de la historia regional consiste en superar el concepto de región natural y político - administrativa, y ofrecer alternativas que permitan reconstruir tanto el espacio geo - histórico con su dimensión socio - cultural como sus vinculaciones con una historia nacional, para así “establecer los ritmos de poblamiento, las transformaciones económicas y la configuración de hábitos y costumbres que han ido bordeando las líneas movedizas de los códigos de pertenencia de unas gentes a uno u otro territorio” (49).

La historiografía regional también debe intentar incorporar y recuperar elementos dejados de lado por las excesivas generalizaciones teóricas, pues el reconocimiento de lo regional, con las pertinentes y oportunas vinculaciones a una historiografía nacional y continental, permitiría hacer una lectura de las realidades particulares y generales del conjunto de relaciones e intercambios que se establecen entre los individuos y grupos con la finalidad de constituir ciertos tipos de colectividades, estructuradas en campos definidos de actuación en los que se regulan los procesos de pertenencia.

Valga aclarar que esta propuesta no debe ser considerada como una implacable reducción o fragmentación al estudio de los contextos nacional o global; por el contrario, adquiere validez al considerar que estudiar lo regional lleva a “comprender la complejidad espacial, étnica y lingüística de diferentes épocas que, como pilares, han ido dando cabida al edificio de los grandes problemas históricos sobre los cuales se fundamentan las grandes preguntas de nuestra identidad nacional” (50).

Por supuesto, los postulados señalados implican un desarrollo progresivo de los niveles de explicación y comprensión de los fenómenos sociales en consonancia con las esferas locales, nacionales e internacionales. La región es siempre parte de un todo, de horizontes que superan los entornos físicos-culturales inmediatos, con redes de poder y sistemas socio-políticos mayores que interactúan y se modifican constantemente.

Es evidente que al llevar a cabo la tarea de reconstrucción de la cuestión regional, lo local y nacional, debe incorporar las teorías y métodos de investigación de la historia y las ciencias sociales, además de trabajos prácticos permanentes, orientados a la luz de preguntas propias de cada espacio socio-cultural.

Como práctica social, la historia ya se nacional o regional involucra una enseñabilidad y pedagogía en su propósito de transformar las representaciones de la sociedad mediante elementos críticos, vivenciales y razonables.

Las nuevas perspectivas de investigación señalan además un privilegio de discusión de lo global sobre lo local. Pero no se debe desconocer que Colombia y América Latina es aun un escenario de composición heterogénea con manifestaciones regionales y locales que sólo pueden descubrirse mediante el estudio de sus formaciones históricas típicas en el contexto en el cual se desenvuelven las sociedades sin renunciar a una perspectiva holística de explicación de los problemas comunes, pues en su más amplia acepción la historia es el movimiento de todas las actividades humanas relacionadas en un creciente sistema de complejidad y cambio (51).

 

 

NOTAS

(1) TIRADO MEJIA, Alvaro. Presentación al libro Colombia: una nación a pesar de sí misma. En: BUSHNELL, David. Colombia: una nación a pesar de sí misma. Santafé de Bogotá: Planeta, 1996. p. 11.

(2) BONILLA, Heraclio. Diseño curricular de una licenciatura en historia con énfasis en la historia de la América Latina: Una propuesta para su discusión. Bucaramanga, sin editar, 1998.

(3) ARÓSTEGUI, Julio. La investigación histórica: teorías y métodos. Barcelona: Crítica, 1995. p. 190.

(4) MARIATEGUI, José Carlos. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Barcelona: Crítica, 1976. p. 291

(5) NIETO ARTETA, Luis Eduardo. Economía y Cultura en la Historia de Colombia. 5 de. Medellín: Oveja Negra, 1973. 343 p. De estas obras representativas también se hace mención de la obra Ecuador Drama y Paradoja de Leopoldo Benitez Vinueza.

(6) Joaquín Acosta escribe en 1948 la Historia de la Nueva Granada; José Manuel Restrepo escribe la Historia de la Revolución de Colombia, publicado en 1827 en París.

(7) En 1902 se crea la Academia de Historia, ratificada en su carácter oficial por la ley 24 de 1909

(8) GUNDER FRANK, André. Capitalismo y subdesarrollo en América Latina. 8 ed. México: Siglo Veintiuno, 1982. p. 345

(9) FURTADO, Celso. Formación Económica del Brasil. México: Fondo de Cultura Económica, 1974. p. 259

(10) CARDOSO, Fernando Enrique y FALETTO, Enzo. Dependencia y Dearrollo en América Latina. México: Siglo Veintiuno, 1979, p. 213

(11) BONILLA, Op. cit.

(12) Ibid.

(13) COLMENARES, Germán. El manejo ideológico de la ley en un período de transición. En: Historia Crítica. No.4 (jul.-dic./1994); p.8-31.

(14) ARÓSTEGUI, Op. cit. p. 141.

(15) Ibid., p. 106-107.

(16) FEBVRE, Lucien. Combates por la historia. Barcelona: Ariel, 1970.

(17) FOGEL, Robert William y ELTON, G. R. ¿Cuál de los caminos hacia el pasado? México: Fondo de Cultura Económica, 1989.

(18) ANDERSON, Perry. El Estado Absolutista. México: Siglo Veintiuno, 1983. 5 ed. p. 592

(19) MOORE, Barrington. Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia. 3 ed. Barcelona: Península, 1991. p. 486

(20) BERMAN, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. 5 ed. Bogotá: Siglo Veintiuno, 1991. p. 386

(21) ANDERSON, Perry, compilador. Campos de Batalla. Colombia: TM Editores, 1995. p. 416

(22) KUHN, Thomas. ¿Qué son las revoluciones científicas y otros ensayos? Barcelona: Paidós, 1989. p. 151

(23) ARÓSTEGUI, op. cit., p. 143 - 147.

(24) Ibid., p. 90.

(25) Ibid., p. 82.

(26) Ibid., p. 244.

(27) Ibid., p. 203, 214.

(28) MARTÍNEZ, Armando. Diálogo imaginario sobre los supuestos de la ciencia histórica. En : Revista UIS-Humanidades. Vol. 6, No. 2 (jul.-dic./1997); p. 130.

(29) COLLINGWOOD, R. G. Idea de la Historia. 11 ed. México: Fondo de Cultura Económica, 1984. p. 23-24.

(30) Ibid.

(31) Ibid., p. 33-39.

(32) Ibid., p. 42-43.

(33) Ibid., p. 53-59.

(34) Ibid., p. 63 y ss.

(35) Ibid., p. 129-135.

(36) THOMPSON, E. P. Tradición, revuelta y consciencia de clase. Barcelona: Crítica, 1989. p.318

(37) THOMPSON, E. P. Miseria de la Teoría. Barcelona : Crítica, 1981. p. 302

(38) OVEJERO LUCAS, Félix. La quimera fértil. Barcelona : Icaria, 1994. p. 455

(39) ARÓSTEGUI, Op. cit.

(40) Ibid., p. 163, 177-179.

(41) Ibid., p. 207.

(42) Ibid., p. 221.

(43) Ibid., p. 199 - 201, 244 -249, 267.

(44) ARÓSTEGUI, Op. cit., p. 304 - 305.

(45) CERTEAU, Michel de. La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana, 1993. p. 68.

(46) Ibid., p. 77.

(47) FALS BORDA, Orlando. Aspectos metodológicos de la historia regional. En: Revista UIS- Humanidades. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander. (Ene.-Jun., 1991).

(48) TOVAR PINZÓN, Hermes. La historia regional como problema y como programa de la historia nacional. En: Revista UIS-Humanidades. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander. (Ene.-Jun., 1991).

(49) Ibid, p. 28.

(50) Ibid, p. 29.

(51) ARÓSTEGUI, Op. cit. p. 94.

 


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