En
la mentalidad sustentada por la “novela” El desierto prodigioso
y prodigio del desierto de Pedro de Solís y Valenzuela cumple
un papel importante la competencia lecto-escritural ostentada
por los personajes y expresada en las composiciones líricas
que como forma se oponen al discurso narrado.
Los
personajes de El desierto prodigioso y prodigio del desierto1
de Pedro de Solís y Valenzuela, se sitúan en un espacio claramente
ideológico; espacio determinado por un capital (2)
común que revela las reales posibilidades de participación
de las diferentes capas sociales que conformaban la sociedad
Colonial. Este espacio ideológico es cerrado y afirmativo
en la medida que está conformado íntegramente por miembros
de la alta clase colonial y los conflictos que plantea son
de índole moral y religioso. Los personajes colocan en oposición
tanto los valores terrenos, considerados como mundanos, como
los celestiales, por los que optan todos en última instancia.
Los personajes en El desierto prodigioso y prodigio del
desierto son españoles criollos o mestizos procedentes
de familias prestigiosas que tienen resueltos sus problemas
económicos y gozan al mismo tiempo de honra. Todos poseen
el apelativo de “Don” asignado a la mayoría de los españoles
peninsulares o americanos que había en Nueva Granada. La situación
inicial de la historia es significativa: Andrés, sus primos
(Pedro y Fernando) y su amigo Antonio se encuentran de cacería,
actividad realizada por las familias prestigiosas: “(…)
venturoso cazador en esta cueva y los que aora tiene. Antes
lleno de galas, cargado de pistolas, cercado de perros” (3)
(1977, 33).
La actividad de la caza representa ya una marca social significativa;
estos personajes pueden dedicar tiempo al ocio, a la diversión
y no se hace mención a que posean una actividad manual para
sobrevivir, que era hecho desprestigiante. Estos cazadores
visten galas, se hacen acompañar de criados y poseen
los implementos necesarios para dicha actividad (caballos
y pistolas). Cuando Arsenio cuenta su amistad con Dn. Pedro
Padilla y Leoncio la situación se repite, los personajes son
adinerados o han heredado una gran fortuna por lo que su situación
económica no representa un problema:
“Tenía a este tiempo dos amigos iguales en calidad y
riquezas y cassi de mi misma edad” (1977 166).
Los
personajes no interactúan verbalmente con mestizos, negros
o indios; es decir, con nadie que pertenezca a una clase considerada
como marginal e innoble en la Colonia(4) ; sólo se alude a
los criados al inicio de la historia para establecer la condición
noble de Andrés y sus amigos, indicándonos que ellos tienen
personas que les sirven; pero son seres anónimos, sin nombre,
sin personalidad; una masa que sirve y que no participa de
las revelaciones sagradas que hará Arsenio:
“ Dejaron los criados, mandándoles prevenir la comida,
porque a la hora de medio día serían sin duda de buelta”
(1977, 50).
No existe por lo tanto ninguna situación conflictiva en el
espacio social de la novela con este sector de la sociedad,
pues es descartado como tema, constituyendo la totalidad de
los personajes un grupo autónomo y cerrado, expresión afirmativa
de un sector dominante de la sociedad colonial que no tiene
que recurrir a oficios manuales ni a otro tipo de actividad
para subsistir.
Los
grupos conformados por las masas de esclavos, campesinos pobres,
comerciantes, artesanos y demás sectores que conformaron la
vida cotidiana de la Colonia tampoco intervienen en la vida
de Andrés y sus amigos que parecen vivir en un mundo completamente
aparte. Sólo en una secuencia interpolada, la vida de Pedro
Porter, aparece un espacio socioeconómico distinto.
La historia de Pedro Porter que visitó los infiernos representa
casi que el único pasaje donde contradicciones de tipo social
y económico se constituyen en fundamento del pasaje. Arsenio
cuenta la leyenda de este personaje que visita el infierno
en busca de un notario que había estafado a su padre escondiendo
los documentos de una deuda saldada. Es el único pasaje donde
se habla de carestía, de labradores, de dineros prestados
y otros asuntos de carácter comercial. La secuencia representa
un espacio opuesto, en ciertos aspectos, al espacio ideal
y estable (económica y socialmente) vivido por Andrés y sus
amigos, pero presentada como una leyenda y con la misma afirmación
de los valores religiosos: a Pedro Porter lo salva del infierno
su fe, su credo y por eso terminará recompensado y los malos
castigados. El texto es en este sentido maniqueísta, sin dejar
de aparecer cierta ambigüedad porque se presentan las posesiones
materiales como cosas mundanas que alejan al hombre de Dios
e incitan al pecado; pero al nivel del lenguaje y de la caracterización
del espacio, se retroalimenta dicho estado.
La ambigüedad también aparece cuando se habla de Arsenio y
sus amigos de juventud: en este grupo, la juventud es síntoma
de pecado, de lujuria, pero entre los amigos de Andrés es
signo de vocación.
La
juventud es por lo tanto, una cualidad de Andrés y sus amigos.
Es en pleno gozo de ella que los personajes van a renunciar
a la vida mundana, a los gozos terrenales sin que haya mediación
de ninguna experiencia dolorosa. Arsenio debió sufrir un naufragio,
la pérdida de todas sus posesiones y especialmente el repudio
de Casimira antes de cambiar de vida. Leoncio, amigo de Arsenio,
es visitado por un jinete sin cabeza, visión que lo coloca
a las puertas de la muerte. Pedro Padilla, por su parte, mata
a su mujer en un ataque de celos, dolor que también lo lleva
a la muerte no sin antes recapacitar sobre su forma de vida.
Pero la conversión de Andrés y sus amigos se da en pleno gozo
de la juventud, sin mediación de experiencia desgarrante.
Si bien es el elemento que viene de afuera, de España (Arsenio
y Casimira), quienes tienen la mayor carga de sufrimiento,
también son ellos los que posibilitan la conversión de los
nativos de América. Arsenio es un mensajero, un enviado accidental
a estas tierras para realizar una labor de fe; su medida de
sufrimiento es la que le otorga igualmente su dimensión sagrada.
En El desierto, las relaciones que establecen los personajes
están mediadas por la misma condición socio-económica y el
nivel académico. En estos términos se inscribe la relación
que Andrés y sus amigos establecen con Arsenio quien aludiendo
a su abolengo dice: “Nací noble y rico, y la educación
cuydadosa de mis padres me hizo amante de las buenas letras”
(1977, 164). En estos mismos términos se refiere Andrés
a su origen: “(…) nuestro nacimiento, noble, y nuestros
padres, con sufficiente caudal para pasar la vida humana”
(1977, 154). Estos personajes conforman pues un grupo
cerrado con un capital simbólico definido por el linaje, la
holgada situación económica, el reconocimiento público expresado
en el apelativo de Don, la esmerada educación de corte humanístico
de que hacen gala y por supuesto la profunda fe religiosa
que en ningún momento es puesta a prueba.
El
hecho más significativo y que identifica a los personajes,
la situación social a que pertenecen, es la acumulación de
capital simbólico sustentado en los procesos de escritura
y lectura que ellos representan.
La
posesión del saber de la escritura y la lectura representan
indiscutiblemente un privilegio en la sociedad colonial del
XVII. El acceso a la educación, sabemos, estaba bastante restringido
y dominado completamente por la Iglesia, limitando de esta
manera el número de personas que lograban estas competencias.
Los procesos de escritura y lectura de los personajes de El
desierto, exigen un grado de competencia mayor en la medida
que éstos hacen gala de una educación de corte humanista:
es normal entre los personajes la enunciación de odas en latín,
la traducción al español y las constantes referencias a los
temas clásicos insertados en una poética de corte barroca.
El
amplio corpus de las lenguas aborígenes no tiene una presencia
directa en la obra. La exclusión de estos grupos sociales
del espacio poético de El desierto implica también
una ausencia de lo pagano aborigen incluyendo lo africano;
el espacio textual se torna por entero evasivo, construyendo
un modelo del mundo ideal y alejado de la verdadera dinámica
de la sociedad colonial del XVII.
| Los procesos de escritura
y lectura de los personajes de El desierto, exigen un
grado de competencia mayor en la medida que éstos hacen
gala de una educación de corte humanista. |
El
conflicto suscitado a nivel lingüístico por la presencia de
400 a 2000 (5) lenguas aborígenes en
el territorio latinoamericano, fue uno de los problemas de
primer orden que enfrentó la corona española. La empresa evangelizadora
se enfrentaba así a un dilema resuelto inicialmente con la
enseñanza a partir de gestos y señales pero descubriéndose
muy pronto su poca efectividad. El conocimiento de las lenguas
aborígenes y la enseñanza del español fue tarea de primer
orden, no sin numerosas contradicciones y dudas en su seno.
En 1590 la enseñanza del español se hacía obligatoria para
los niños indios y en 1596 al proyecto del Consejo de Indias
que afirmaba que las lenguas indígenas del Perú no podían
servir de vehículo de adoctrinamiento religioso, Felipe II
dudaba y respondía que “no parece conveniente apremiarlos
a que dejen su lengua natural, más se podrán poner maestros
para los que voluntariamente quisieran aprender la castellana,
y se dé orden como se haga guardar lo que está mandado en
no proveer los curatos, sino a quien sepa de los indios”
(6) .
Esta problemática lingüística está ausente por completo en
El desierto en la medida que en el espacio poético
solo existe un grupo criollo, autosuficiente que comparte
una formación humanística impartida en las instituciones clericales
y propia de las familias de linaje y abolengo.
Si bien no se colocan de por medio las diferencias económicas
como objeto de la exclusión de los otros grupos, ésta es evidente
y se produce especialmente por la posesión de la competencia
lecto-escritural que sustenta la visión de un grupo clasista
y dominante, que permanentemente hace gala de su erudición.
En El desierto, Andrés y sus amigos identifican a Arsenio
con la forma de ser de los regulares (7)
y ellos mismos van a hablar en contra de lo terreno, de lo
material que induce al pecado y la perdición; pero no existe
una verdadera renuncia a dichas posesiones, en la medida en
que los personajes pertenecen económicamente a los grupos
dominantes de la sociedad colonial, y la indiferencia frente
a los valores culturales del indio, el negro y el mestizo
es otra forma como predican por el mantenimiento de dicho
statu quo.
El
pacto narrativo que plantea el texto formalmente reafirma
la existencia de un espacio ideológico cerrado, monológico
y totalmente afirmativo.
La
Mansión I establece las condiciones del proyecto comunicativo
que sustenta la novela: éste es de escritor a escritor y de
lector a lector. Todos los que no dominan estas competencias
quedan marginados de este pacto narrativo: cuando Andrés va
a compartir la lectura de los cartapacios de Arsenio, él y
sus primos están de acuerdo de que al “otro día se saliesen
solos, sin los criados, y se fuessen a un ameno sitio” (1977,
p.47). Por el contrario, un poco antes de este pasaje Don
Fernando, que ha conocido de antemano el secreto de Andrés,
le sugiere que nada de esto se puede encubrir a Don Pedro
y menos a Antonio. El grupo de lectura-escritura, al que se
sumará Arsenio, queda así establecido, marginando de dicho
acto a los criados iletrados, a quienes no alcanzarán las
revelaciones divinas de los cartapacios.
La
posesión de la competencia lecto-escritural determina ampliamente
el espacio ideológico al que pertenecen los personajes
y por consiguiente es parte del capital simbólico que
ostentan. El primer contacto de Andrés con el eremita Arsenio
se dará a partir de la lecto-escritura, pues a la entrada
de la cueva Andrés descubre unas letras cubiertas de musgo
y lee la invitación a entrar y a descubrir un nuevo mundo:
“verás la estancia do el amor divino/ tiene las almas con
su diestro tino”. La escritura grabada sobre una roca
posee cierto velo simbólico, porque las letras están gastadas
y medio ocultas; el lector elegido debe ser un espíritu curioso,
con vocación cristiana para creer y seguir adelante, con la
sensibilidad suficiente para ser motivado por la escritura.
Los ocho versos grabados incitan a Andrés a entrar por una
senda estrecha para descubrir inmediatamente un nuevo poema
donde se le invita a detenerse y a renovar su fe en Cristo.
A partir de este momento las imágenes vistas por Andrés y
los numerosos poemas sobre el amor de Dios y la banalidad
de la vida terrena conmoverán al personaje que responderá
con llanto y la creación de un poema. La poesía ha transformado
a Andrés, ha sido un diálogo silencioso con un texto que él
es capaz de develar: “Absorto le dexó la historia de estos
versos escondida” (1977, 28).
Los
versos de Arsenio seguirán haciendo su efecto en Andrés, quien
se tornará contemplativo, y llorará con frecuencia. Cuando
Andrés le comunica sus revelaciones a Don Fernando éste asumirá
la misma actitud: “igualmente estaba tierno, igualmente
lloroso” (1977, 47). No existe ninguna duda para compartir
las revelaciones con Pedro y Antonio, quienes son de la misma
condición noble.
Las
revelaciones de Arsenio no son por lo tanto para todos, sino
para unos cuantos llamados a salvarse y en ningún momento
la prédica de los cartapacios se extenderá a los simples.
La capacidad de leer es la llave de la salvación, las palabras
son divinas y éstas deberían servir únicamente para alabar
a Dios.
| La capacidad de leer es
la llave de la salvación, las palabras son divinas y éstas
deberían servir únicamente para alabar a Dios. |
El
pacto comunicativo que plantea el texto, le sugiere por
lo tanto al lector implícito (8) que
debe recibir la lectura como un hecho sagrado, como una revelación
divina, y que participa de ese grupo selecto. El narrador
omnisciente y monológico también construye a su lector
implícito, pues su discurso está atravesado por la prédica
religiosa y el entusiasmo contemplativo. El asombro ante las
revelaciones de los cartapacios y los numerosos poemas que
componen los personajes es lo que se le pide al “lector- narratario”(9)
a quien en términos cariñosos se dirige el narrador
al final de cada mansión:
“puedes tú, o letor, descansar hasta que la Mansión siguiente,
con el estímulo de tales curiosidades, te aliente a oýrlas
y seguirlos hasta el fin para tu deleyte y para tu aprovechamiento”
(1977, 318).
El
narrador domina la voz de los personajes, que hablan por intermedio
de él, no cediéndoles realmente la palabra. El asombro de
los personajes es el mismo de este narrador omnisciente quien
se identifica con la vocación cristiana de ellos: “¡O desierto
prodigioso! (clamó a vozes). ¡O misteriosa cueva! ¡O sepulcro
venturoso que a los muertos das vida y a los vivos trasladas
a la gloria!». (1977, 20). Es por tanto una sola voz la
que domina el texto, restándole dimensión dialógica, la cual
se percibe muy tenuemente y especialmente en las historias
interpoladas de Pedro Porter y de Leoncio.
El recurso formal sobresaliente no es el diálogo sino el que
se establece entre alguien que lee o recita odas y poemas
y otros que escuchan pero con las mismas competencias escriturales:
“Dijo Dn. Pedro: prosiga Dn. Fernando y, si no, leeré yo,
si está cansado” (1977, 74). El proyecto comunicativo
se completa así, pues los interlocutores son cultos, piadosos
y a la vez enunciatarios. Todos componen, todos leen o recitan
de memoria y la aprobación de los otros es permanente mediante
aplausos y expresiones de elogio: “Arsenio dixo: he reconocido
por los versos que esta noche he leýdo en mi cartapacio la
agilidad y presteça de vuestros ingenios (…) Aplaudieron todos
el soneto (…)” (1977, 188-189). La capacidad de estos
personajes no está solo en leer con pasión, sino en saber
componer e improvisar y por supuesto en conocer y usar la
lengua latina, pues uno de los trabajos es hacer versiones
distintas de un epigrama en latín que les presenta Arsenio,
o componer a partir de un tema propuesto: “(…) me atrevo
a suplicaros que hagáys algunos versos en alabanza de la santa
Cruz” (1977, 188).
Entre
todo este grupo es Arsenio quien posee mayor autoridad y le
sigue Andrés quien se hará eremita. Si bien todos tienen el
don de la creación lírica, es Arsenio quien más hace uso
de la palabra, autoridad otorgada por su vida anacoreta, sus
sufrimientos de juventud, su vocación y por ser el dueño de
los cartapacios que ha motivado la conversión de Andrés y
sus amigos. Arsenio cuenta su vida, la de sus amigos, cuenta
la historia de Pedro Porter que visitó los infiernos y la
parábola del hijo pródigo que compara con su vida. El uso
de la palabra y la presencia de interlocutores que desean
escucharlo permanentemente determinan su autoridad e investidura,
la cual también tiene ganada Andrés, quien sobresale en sus
composiciones y es a quien los cartapacios primero conmueven.
El
establecimiento del pacto comunicativo, al que se ha
aludido, se plantea entre las instancias intratextuales. A
este nivel es fundamental considerar la función del narratario
que en El desierto prodigioso y prodigio del desierto
aparece como ese “benigno letor” del final de los capítulos,
como se le llama en la Mansión V, y que contribuye a la elaboración
del lector implícito como categoría intelectual; es
decir, aquel lector que debe saber descubrir la estrategia
de interpretación del texto.
En El desierto, se plantea una situación compleja entre
estas instancias intratextuales. Los personajes alternan permanentemente
sus roles, siendo autores, creadores de textos y a la vez
lectores o destinatarios. Para esta competencia, los personajes
inventan o traducen los textos, y recitan los que han memorizados.
El personaje en uso de la palabra aparece como creador, como
autor y los demás se convierten en destinatarios, en narratarios
explícitos, que determinan la situación comunicativa anclada
en el reconocimiento, una de las necesidades apremiantes de
los personajes. Los interlocutores ejercen por lo tanto la
función del aplauso, del elogio, del reconocimiento público
del otro medido exclusivamente por la calidad de las composiciones.
No es pues lo que estos personajes hacen o sus obras lo que
les hace merecedores de reconocimiento, sino el ser autores
o lectores de textos religiosos en verso. Es por eso que todo
el ambiente que rodea a los personajes está atravesado por
el ejercicio de la escritura. Incluso el mundo que rodea a
Arsenio y sus amigos de juventud también está caracterizado
por la composición. Arsenio cuenta su vida disoluta de joven
con sus amigos Leoncio y Pedro Padilla que produjo finalmente
la muerte de Roselinda, tenida como un espíritu puro. A la
muerte de ésta, todos los amigos como por arte de magia son
escritores: “cómo su muerte causó general sentimiento y
motivo a los amigos ingeniosos a hazer epitafios sepulchrales,
romanzes fúnebres y endechas tristes a su muerte” (1977,
268); y Pedro Padilla, también amigo de Arsenio, con una vida
totalmente mundana se revela en un momento de sufrimiento
como autor de poemas sagrados: “una tarde que más aliviado
se sintió de su mal, me mandó apercibir recaudo de escribir
y, quedándonos solos, por no poder por mano propia, me mandó
escrevir, y dictó las siguientes octavas, género de poesía
en que era muy diestro, y en que muestra bien la buena disposición
que su alma tenía” (1977, 256). Esta actividad entre los
personajes no aparece como un simple pasatiempo, pues un poco
después Arsenio encuentra entre los papeles de Pedro Padilla
“muchos papeles de poesía” (1977, 258).
Este proceso permanente de creación y lectura a nivel intratextual
desea vehicular la actitud frente al texto del lector ideal.
El narratario es activo, participa del proceso de creación
del texto y se transforma con la enunciación. Es evidente
la actitud exigida para el lector: éste debe crear nuevamente
el texto en el proceso de lectura.
Para
Wolfgang Iser, la “lectura se convierte sólo en placer
allí donde nuestra productividad entra en juego, lo que quiere
decir, allí donde el texto ofrece una posibilidad de activar
nuestras capacidades”(10). Esto
lo experimentan los personajes que son a la vez lectores-creadores
y que sugieren dicho comportamiento al lector implícito.
Iser también se refiere a este aspecto cuando afirma que “La
ficción del lector, ciertamente, es sólo una estrategia de
presentación, aun cuando importante, con el fin de orientar
el espacio perspectivista del lector”. A este nivel, la
escala de valores de los personajes y del narratario y el
proyecto estético que sustenta El desierto prodigioso
y prodigio del desierto difiere mucho de los sustentados
por los lectores reales de nuestro tiempo. La clara prédica
moralizante en el texto, su carácter afirmativo en cuanto
a la defensa de valores religiosos, producto de la mentalidad
del XVII, expresados en una dimensión monológica, establecen
este abismo entre las concepciones del lector implícito del
texto y el lector real de nuestro tiempo. La narración igualmente
es muy lenta, retardada permanentemente por los numerosos
poemas interpolados y los personajes adquieren unos caracteres
ideales, invariables, aunque con cierto desarrollo de aspectos
psicológicos.
La
instancia narratológica intratextual, por tanto, determina
la construcción del narratario y del lector implícito. Si
bien para Iser “(…) el texto se completa en la constitución
de sentido que debe ser culminada por el lector, entonces
funciona primariamente como indicador de lo que hay que realizar
(…)” (Iser, 1988, 175). Es tan coherente la visión
de mundo ofrecida por el texto, tan marcado el tono místico
y sagrado de los personajes, que la reacción del lector real
de nuestro tiempo termina sintiendo el texto como muy lejano.
El
autor-personaje de la instancia intratextual de El desierto
surge como un antiguo rapsoda. Su dimensión creativa
es dinámica y no considera el texto que se le ofrece, en palabras
de Yuri Lotman, el único posible. A los personajes y sus creaciones
los envuelve un áurea sagrada, que se extiende al espacio
y al momento preciso de la enunciación. Dios es el que actúa
por intermedio de los personajes; el autor-personaje es un
intermediario, alguien inspirado por Dios, de la misma manera
que las musas hablaban por medio de los aedos: “Dios es
el que habla por estos brebes rasgos” (1977, 77) “
“más bien se conoze que don Andrés está tocado de espíritu”.
(1977, 63).
Los
textos igualmente tienen algo de inacabados en la medida en
que muchos poemas son reactualizados por la memoria, ocurriendo
una apropiación de discursos ya creados aunque sea en el nivel
de la ficción; la oralidad está en la base de los discursos
míticos y es la función que cumple en El desierto en la medida
que la poesía no es leída en silencio sino recitada, conteniendo
el espíritu, la emoción de quien la ejecuta. Los interlocutores,
al contrario de la situación comunicativa del antiguo aedo
que se dirigía a una masa anónima, están claramente identificados.
Es un microespacio rígidamente definido y reglamentado el
que comparten Andrés, Antonio, Pedro, Fernando y Arsenio;
los demás personajes, de igual condición noble, solo hacen
presencia mediante las historias interpoladas.
| Dios es el que actúa por
intermedio de los personajes; el autor-personaje es un
intermediario, alguien inspirado por Dios, de la misma
manera que las musas hablaban por medio de los aedos. |
El
autor desea expresar por lo tanto una dimensión sagrada en
su texto, tal como a nivel intratextual presenta los cartapacios
de Arsenio que conocemos porque Fernando y Arsenio mismo los
leen permanentemente: “(…) y antes de entregarle para este
efecto los cartapacios, cada uno los tubo en su mano y los
bessó devotamente como reliquia de aquel santo varón que su
autor imaginaban (…)” (1977, p.54). El pacto comunicativo
que se ha intentado establecer se determina aún más, pues
la idea de sagrado se debe extender a todo el texto y no solo
a sus partes. Los personajes han creado un nuevo libro que
al igual que la Biblia desea que se tome como sagrado. Los
personajes, con claros rasgos autobiográficos, dimensionan
así su creencia ciega en el amor de Cristo, como única posibilidad
de salvación, que se extiende a los seres de su misma condición,
que es a quienes realmente se dirige un texto con cierto grado
de erudición.
El
desierto prodigioso y prodigio del desierto es un texto
construido por lo tanto sobre el oficio de la escritura como
artificio. Los personajes crean textos en versos permanentemente
y la narración lenta y en prosa que atraviesa la novela es
también un motivo para que los personajes compongan. Más allá
de esto subyace una polémica o contradicción entre el verso
y la prosa que determina igualmente la dimensión sagrada de
la interacción entre los personajes.
El
narrador omnisciente del texto desarrolla la historia en prosa,
pero los personajes hacen sus composiciones en verso, incluso
cuando cuentan ciertas historias como la del hijo pródigo.
Es igualmente el verso y no la prosa la que posibilita el
cambio de la vida mundana a la contemplativa de los personajes,
como la conversión de Arsenio al escuchar los versos recitados
por Casimira.
Las
composiciones en verso surgen como las más altas creaciones;
discurso inspirado por Dios y opuesto a la prosa emparentada
con un mundo profano. Es por eso que Arsenio cuenta en prosa
la vida disoluta de Pedro Padilla y Leoncio, pero cuando llega
el momento de la conversión del primero, el verso hace su
aparición. La historia de Pedro Porter también es relatada
en prosa, y es igualmente un argumento excepcional en la medida
que trasciende la atmósfera monológica que envuelve la totalidad
de la novela. Las inscripciones en la cueva de Arsenio, los
escritos de don Andrés, los apuntes de Pedro Padilla y sus
amigos; todo lo que es creación de los personajes-autores
está escrito en verso.
Las
llamadas meditaciones, que aparecen en las mansiones II, VII
y VIII, motivo de la conversión de numerosos personajes, merecen
estudio a parte: aunque están escritas en prosa, los personajes
intercalan poemas en ellas y es manifiesto su tono poético
por su forma monologal.
La
relación entre prosa y verso, tanto al nivel sincrónico como
diacrónico, ha sido tema de la teoría literaria. Yuri Lotman(11)
presenta la discusión que equipara el discurso en prosa y
el habla común, de lo cual se infiere, según el autor, otra
no menos difundida convicción: “el discurso en verso se
entiende como algo secundario, más complejo por su estructura
que la prosa” (1977; 123). Estas premisas no son ciertas,
y por eso Lotman habla de reproducción para establecer la
relación entre discurso artístico y prosa no artística.
Yuri
Lotman afirma que “el discurso en verso fue originariamente
la única forma posible del discurso del arte verbal” (1977;
124). Este fenómeno buscó en un principio la disimilación
con el lenguaje común, la creación de un efecto artístico,
aunque no se fuera muy consciente de esto; el discurso en
verso está en la base de las primeras creaciones míticas y
artísticas de la humanidad.
Diacrónicamente
se concluye que ambas tendencias han marcado el dinamismo
artístico en determinadas épocas, obedeciendo a circunstancias
históricas muy precisas y presentándose la contradicción en
diferentes términos como la oposición prosa-poesía > arte
no-arte estudiada por Lotman para la literatura del XIX.
En El desierto hay una oposición entre prosa y verso;
en dicha oposición el verso es presentado como la forma sublime,
mayor; como el fenómeno que acerca a Dios y al hombre. La
poesía, y por ende el verso, es elevada a gran dignidad porque
es un medio para la conversión, un instrumento -según los
personajes- utilizado por Dios para cambiar a los hombres,
para tocar sus almas. La poesía entra a formar parte del capital
simbólico de estos personajes aristocráticos y por eso se
sentencia que esta debe “salir de los límites vulgares
y no ser penetrada de todos” (1977: 70), en la medida
que es de cosas sagradas y acto digno y propio del espíritu.
El
autor-personaje, creador de poesías, concebido por el texto,
también está a la altura de este lenguaje sagrado. La poesía,
según los personajes, debe ser realizada por espíritus eruditos
y doctos y no debe ser penetrada de todos. Ese “todos”
implica la censura tanto del autor vulgar como de los que
utilizan el verso para hechos no sagrados que debe ser el
único objetivo de la poesía.
Los
personajes también aluden a dos hechos que legitiman su quehacer
poético y la prestancia de la poesía: resaltan en primer lugar
la figura del papa Urbano Octavo que fue poeta: “(…) la
suprema cabeza de la Iglesia que oy nos govierna es famosíssimo
poeta” (1977: 628), y en segundo lugar a Cristo, presentado
como el creador de parábolas, de historias como la del hijo
pródigo. Cristo es un poeta que legitima la santidad del verso
que es para el alma; él es tanto el creador como el motivo
de temas, de sentidos que son utilizados por los poetas.
Se continúa estructurando de esta manera la dimensión sagrada
de la poesía para estos personajes.
La
dimensión sagrada otorgada a la poesía delimita igualmente
su recepción. En numerosas partes del texto se hace alusión
a que ésta es para el espíritu, para el alma y no para el
oído: “estos versos están significativos y llenos de alma”
dice Don Fernando con relación a los poemas que ha leído.
Es por eso que el espacio de la lectura está antecedido y
precedido por cierto ritual: no se interrumpe el discurso
del otro, se escucha con atención y se toman los descansos
apropiados señalados por la naturaleza (el ocaso) para continuar
en un nuevo día las lecturas y composiciones.
Los personajes conocen el gran esplendor que ha alcanzado
la poesía en el siglo XVI y XVII: “¿Qué no dixo un Dn.
Luis de Góngora? ¿Qué no alcanzó un Lope de Vega? ¿Qué no
sublimó un Montalbán? ¿Qué no illustró un Don. Gabriel Bocángel?
(…) Tantos, respodió D. Pedro, a dejado de nombrar mi hermano,
que se puede con los que restan formar una librería nueva
de sólo poetas españoles (…)” (1977: 203). Esta enumeración
produce un efecto de verosimilitud y al mismo tiempo caracteriza
la erudición de los personajes.
La
poesía es exaltada entonces como el género mayor, el lenguaje
de Dios, un medio para la conversión y por eso su única posibilidad
debe ser alimento para el alma del cristiano. Esa es la verdad
que contiene la poesía y sobre la cual insisten mucho los
personajes.
La competencia lecto-escritural, en conclusión, sustenta el
espacio ideológico de un grupo cerrado, creado por personajes
autobiográficos que comparten los privilegios sociales de
la Santafé colonial. El desierto prodigioso plantea
así la existencia de un espacio paralelo, al margen del verdaderamente
existente en la Colonia, producto de contradicciones sociales,
económicas y políticas y no únicamente religiosas. El "desorden
económico monetario, y, en fin de cuentas social, que todo
lo sacude a su alrededor" (12) de
que habla José Antonio Maravall al estudiar la cultura del
barroco y que afecta la metalidad colonial, es un fenómeno
ausente en El desierto prodigioso, que se torna evasivo
e idealizante.