La comunicación entre fábulas y espejismos
Margarita Calle Guerra
Nuevos
paradigmas comunicativos y estéticos transitan hoy por las
redes de información y los medios audiovisuales, en ellos
se redimensiona el valor de la tecnología como agente mediador
de estos procesos y se perfila un nuevo escenario para abordar
otros matices inexplorados de la comunicación humana.
«El
presente es por definición instantáneo y lo instantáneo
es la forma más pura, intensa e inmediata del tiempo.
Si la intensidad del instante se vuelve duración fija,
estamos ante una imposibilidad lógica
que es también una pesadilla».
Octavio
Paz (1)
Los apocalípticos de los medios de comunicación y de los actuales
sistemas globales de información, centran su mirada en la
prospectiva de una nueva sociedad, ordenada bajo la tutela
tecnológica, pero sometida a la voluntad de los cambiantes
sistemas multimediales: configuraciones laberínticas que desde
la fascinación de las pantallas, generan experiencias de socialidad
distintas y favorecen nuevos modos de representación de la
realidad. En esta perspectiva resulta válido señalar la tendencia,
algunas veces generalizada, de ponderar el alcance de la tecnología,
marginando el valor cultural de las nuevas formas de interlocución,
apropiación y generación de información, en un universo donde
el consumo y el intercambio de datos, se constituye sólo en
uno de los tantos caminos para el reconocimiento y la diferenciación
cultural, y la eficiencia tecnológica en la garantía para
participar del simulacro medial.
En esta dimensión, los espejismos comunicacionales, en donde
se sobrevalora el alcance de los multimedios, y las utopías
(2) discursivas, en cuyo ámbito se distorcionan
los grandes relatos, entran en competencia abierta, dando
lugar a fábulas en las que, de una parte se estigmatiza la
tecnología y, de otra, se sobredimensiona el poder de los
dispositivos «en detrimento de una cultura humanista, creativa
y con mayor sensibilidad social» (3)
como lo plantea Jo Groebel.
Esta concepción de las nuevas prácticas comunicacionales,
impide que, de alguna manera, se asuma una de las tareas apremiantes
que se impone a los estudiosos de la comunicación en la actualidad,
como es la de explicar los procesos culturales globa-les,
producto de la unión de tecnologías propias de la cultura
electrónica o la teleinformación, y analizar los sistemas
abiertos de información como instancias a través de las cuales
se vehiculan los imaginarios de la época y nos reconocemos
como actores de un proyecto político y cultural compartido.
Como «organizador perceptivo, como competencia de lenguaje
y como ámbito de innovación discursiva» (4),
la tecnología constituye un producto social que, al servicio
de la comunicación, permite redimensionar el papel del hombre
como ser de constantes representaciones e interpretaciones.
Es a través de la mediación tecnológica como día a día incorporamos
nuevos códigos (5) y sistemas comunicativos
que evidencian, tanto la dinámica de la cultura, como el mismo
proceso activo de la ciencia en favor de la socialidad y la
comunión (común unión) de los todos los sujetos alrededor
del mundo.
Expresiones
de la tecnología comunicacional como Internet y los medios
de comunicación tradicionales, prefiguran un sistema donde
la información se asume de manera unidireccional y bajo parámetros
de funcionalidad práctica, en una visión reduccionista del
proceso comunicativo, que desdibuja el sentido que, a través
de la historia, ha tenido la información como el vínculo que
liga a un individuo con los procesos socio-culturales de su
presente y lo impulsa a retroceder en el tiempo de su historia.
En este mismo sentido se desestima el valor que los sistemas
de información tienen frente a las nuevas formas y necesidades
de conocimiento y desciframiento del mundo.
Según
Michael Winter, «ninguna sociedad funciona sin información,
ésta es necesaria para desarrollar estrategias de competencia
a nivel cultural, económico, político y social» (6)
y para la supervivencia en un mundo en continua transformación.
Desde esta perspectiva, la humanidad siempre ha vivido en
la llamada sociedad de la información (7),
activando y adaptando sistemas tecnológicos apropiados para
posibilitar los flujos informativos y, de alguna forma, propiciar
la interlocución permanente entre los sujetos.
Los
actuales medios de comunicación nos hablan de nuevos esquemas
de representación de la realidad, de sistemas extendidos y
abarcantes en donde las acciones tienen relevancia, más por
los procesos que le subyacen, que por los resultados objetivos
que generan. Es así como el ritmo de los contactos lo marcan
las pulsaciones, la movilidad, las sensaciones simultáneas
y transitorias que convierten cada encuentro comunicativo
en un nuevo nudo de la extendida red de interacciones invisibles,
a través de las cuales se cohesiona el discurrir del hombre,
en una realidad hecha a la medida de su propia capacidad para
fabular.
Como sumatoria de impulsos electrónicos-digitales, la comunicación
multimedial impone ritmos perceptivos: el ojo selecciona,
rechaza, organiza, asocia, clasifica y, finalmente, construye
virtualidades, instauran-do un nuevo orden atemporal, en el
que la velocidad activa el simulacro del contacto y lo revitaliza
como experiencia vital y estética.
Según
Italo Calvino (8) el siglo de la motorización
ha impuesto la velocidad como valor mensurable, cuyos récords
marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres,
sin embargo, la velocidad mental no se puede medir y no permite
confrontaciones o competencias, vale por sí misma, por el
placer que provoca en quien es sensible a este placer, no
por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener sino
porque comunica una condición especial que reside justamente
en su rapidez. Aquí entonces, reside el valor de la velocidad
como nominador de la comunicación electrónica y del entramado
de hilos invisibles a través de los cuales se establecen los
actuales procesos de intercambio. Es así mismo, en la habilidad
discursiva donde se propician nuevas pautas para el desciframiento
y el reconocimiento social, y donde se gesta un nuevo modelo
comunicacional, en el cual se desbordan las destrezas en la
manipulación e integración de canales, se crean metalenguajes,
se abren los referentes y se configuran contextos virtuales,
para el intercambio de bienes, no sólo materiales sino, ante
todo simbólicos, lo que permite establecer cómo las redes
de información, cohabitan con la ampliación del horizonte
mental y social del individuo.
La
tecnología emplazada en el proceso comunicacional se constituye
en un factor mediador, ella representa el puente que conecta
a los sujetos con sistemas de representación variantes y complejos,
en los cuales ya se evidencia una concepción diferente de
la realidad. Para Vattimo «las imágenes del mundo que nos
ofrecen los media y las ciencias humanas, aunque sea en planos
distintos, constituyen la objetividad misma del mundo y no
sólo interpretaciones diversas de una ‘realidad’ de alguna
manera ‘dada’» (9). En esta misma
dirección Martín Barbero plantea como «Una de las tareas claves
que realizan los medios es la ‘fabricación del presente’»
(10) lo que remite, por un lado al debilitamiento
del pasado y por otro «a la ausencia de futuro que nos
instala en un presente continuo, en una secuencia de acontecimientos
que no se alcanzan a cristalizar en duración» (11),
una condición particular del mundo contemporáneo, en donde
la tecnología se constituye en detonante sociocultural y estrategia
de desarrollo, no sólo para posibilitar el consumo de mundo,
sino, especialmente para nombrar un nuevo tejido de impulsos
y sensaciones que dan cuenta de la dinamicidad con que hoy
se generan relatos y se comparten historias de vida, así sea
en la complicidad y el anonimato que otorgan las pantallas.
Es este sentido como el intercambio deviene en hecho cultural,
favoreciendo las nuevas formas de estar juntos comunicativamente,
pero separados por un espacio y un tiempo la mayoría de las
veces indefinible.
| Como sumatoria de impulsos
electrónicos-digitales, la comunicación multimedial impone
ritmos percep-tivos: el ojo selecciona, rechaza, organiza,
asocia, clasifica y, finalmente, construye virtualidades
(...) |
Ahora
bien, cuando una tecnología se asume de manera totalizante,
se corre el peligro de que termine regulada por un fundamento
precario, primando el valor funcional de la información sobre
la necesidad social de interrelación entre los sujetos. De
acuerdo con Fernando Cruz Kronfly el acceso al universo de
los signos proporciona al hombre la posibilidad de apropiar
cognoscitivamente el mundo, no sólo
«para ‘saber usar y consumir’ lo real, sino más bien
para conocerlo y descifrarlo mediante el contacto con aquellas
supuestas verdades y conocimientos e informaciones que se
supone ‘habitan’ en el cuerpo de los textos, en las imágenes,
en las señales, en las iconografías y en los relatos» (12).
De
allí la necesidad de afianzar también la tecnología como garantía
de la existencia de un mundo de signos y señales en los que
coexisten la objetividad y la subjetividad del hombre contemporáneo,
las cuales se revelan a través del lenguaje como experiencia
acumulada, de los significados, como espacios de juego y deliberación
discursiva, y de los dispositivos comunicacionales como extensiones
de los sentidos.
La
estimulación perceptiva se impone entonces como condición
fundamental para entrar en contacto con el mundo: «el mirar
nos localiza en el lugar del habla, del pensamiento, de la
sensación, de la emoción» (13),
configurando un acto de creación continuo, cercano al universo
de los deseos, pero con deliberadas connotaciones estéticas,
en donde se expresa «la sensibilidad de nuestro tiempo
y se manifiestan nuevas formas de hacer la comunidad sobre
la base de relaciones/tramas efímeras, inestables, complejas
de estar-juntos que se agotan en el acto de estar-juntos»
(14), las cuales de alguna manera, constituyen
el deslinde de la socialidad contemporánea y la heredad de
un tiempo en el que no se predeterminan actuaciones, sino
que más bien se referencia el comportamiento del nuevo nómada
moderno.
Las imágenes simuladas ocupan el centro del espectro visual
tecnológico, permean el arte y hacen patente la representación
de una estética donde, según Carlos Fajardo (15),
se hacen manifiestas categorías como la inestabilidad, la
indecibilidad de las formas, la turbulencia, la fragmentación,
lo aleatorio, lo fractal, el collage y la multiplicidad. Una
visualidad que interroga constantemente al espectador por
su sentido, por sus prejuicios, por su cotidianidad y por
su historia personal, pero que es imprevisible en su significado,
porque en ella no caben estructuras preformadas.
Los sistemas mediales actuales ofrecen cada vez más la posibilidad
de experimentar las vivencias de medios como el cine y la
televisión, pero con una pluralidad y una disponibilidad ampliada
de sensaciones participativas y de interacciones extraordinarias,
capaces de satisfacer las necesidades perceptivas de cada
usuario y, al mismo tiempo estimular la creación de nuevas
realidades; condición que origina continuos choques emotivos
y culturales, y prefigura un nuevo escenario para allanar
otros matices emocionales de la comunicación humana. Porque
encasillar la fascinación que ejerce la pantalla únicamente
en la alienación del mercado o en los perjuicios de la violencia,
nombrada sólo desde el aparato receptor y no desde la realidad
socio-política, es actuar en detrimento de la esencialidad
de los medios de comunicación como espacios representación
simbólica y de coexistencia cultural.
El
mundo de las nuevas estéticas comunicacionales está todavía
por interpretarse y en estos tiempos de autopistas, redes,
simulaciones e interlocutores virtuales, su potencia se redimensiona
para mostrarnos un universo simbólico, ecléctico, mítico y
poético, suceptible de ser nombrado. Un mundo donde se entrecruzan
varios tipos de lenguajes en los cuales, no obstante, subyace
el verdadero sentido de la comunicación.
NOTAS
(1)
PAZ, Octavio. Los hijos del limo. Bogotá: Seix Barral, 1987,
p.45.
(2)
En Las palabras y las cosas Michel Foulcault plantea como las
utopías se constituyen en el soporte fundamental de las fábulas,
en la medida en que estimulan la creación de realidades «maravillosas»
y sirven de consuelo, ante la carencia de discursos válidos
para asumir la complejidad de un proceso.
(3) GROEBEL, Jo. Aprender la comunicación a la manera actual.
En: Revista Humbolt, Internaciones, año 37, 1995, No. 115, p.
2.
(4) MARTIN BARBERO, Jesús. Pretextos, Universidad del Valle,
1986, p. 150.
(5)
CEPAL - UNESCO han definido los códigos de la modernidad como
«El conjunto de conocimientos y destrezas necesarias para participar
en la vida pública y desenvolverse productivamente en la sociedad
moderna». Tales capacidades suelen definirse como las requeridas
para el manejo de operaciones aritméticas básicas; la lectura
y comprensión de un texto escrito; la comunicación escrita;
la observación, descripción y análisis crítico del entorno;
la recepción e interpretación de los mensajes de los medios
de comunicación modernos; y la participación en el diseño y
ejecución de trabajos en grupo. (CEPAL, Oficina de Educación
para América Latina y el Caribe. Educación y conocimiento: eje
de la transformación productiva con equidad. Chile, 1993).
(6)
WINTER, Michael. Voltaire y su vía rápida de datos. Para una
crítica de la sociedad de la información. En: Revista Humbolt,
Internaciones, año 37, 1995, No. 115, p. 6.
(7)
Al respecto Michael Winter plantea cómo resulta inapropiado
hablar de ésta como la sociedad de la información, en el sentido
de que siempre las sociedades han subsistido gracias a la información
y a la capacidad que los individuos han tenido para generar
y controlar flujos complejos de información, es allí donde llama
la atención sobre el sistema de información creado por Voltaire
y los enciclopedistas en 1789: «Los ilustrados fueron los primeros
que se procuraron, para sus propios fines, todo tipo de informaciones
por medio de una red a lo largo y ancho de la européa república
de los doctos, en forma separada e independiente de las cortes
dominantes o centros eclesiásticos. Sin más podemos considerar
a la red de correspondencia postal del siglo XVIII como un nivel
estructural previo a las modernas redes de información». Así
mismo, Winter pone de relieve el hecho de que hoy la importancia
de los sistemas de información está marcada por la rapidez y
la agilidad con la que circulan gran cantidad de datos aprovechables.
(8)
CALVINO, Italo. Seis propuesta para el próximo milenio. Madrid:
Edit. Presencia, 1989, p. 59.
(9)
VATTIMO, Gianni. La sociedad transparente. Barcelona: Pensamiento
contemporáneo, 1996, p. 93.
(10) MARTIN BARBERO, Jesús. Los descentra-mientos del arte y
la comunicación. Citado por Guillermo Sunkel en la introducción
al texto Consumo cultural en América Latina. Bogotá: Convenio
Andrés Bello, 1999, p. XXV.
(11) Ibid.
(12) CRUZ KRONFLY, Fernando. La tierra que atardece. Bogotá:
Ariel, 1998, p.60.
(13) ECHEVERRI, Clemencia. Imagen y acontecimiento. En: Magazín
Dominical El Espectador, No. 841, junio 27 de 1999, p. 9.
(14)
M. MAFFESOLI. El tiempo de las tribus. Citado por Omar Rincón
en su estudio La Televisión: Forma & sensibilidad de nuestro
tiempo. En: Revista «Signo y Pensamiento» No. 24, Facultad de
Comunicación Social de la Universidad Javeriana. Santafé de
Bogotá, 1994, p. 61
(15) FAJARDO, Carlos. Hacia una estética de la cibercultura.
En: Magazín Dominical El Espectador, No. 798, agosto 30 de 1998,
p. 6.
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