Consideraciones en torno a la meditación fenomenológica fundamental de Husserl

Diego Fernando Jaramillo Patiño

 

En este breve trabajo me ocupo de la Sección Segunda del Libro I de las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, de Edmund Husserl, con el muy modesto fin de presentar en líneas generales el argumento de la que constituye quizás la sección más importante de este libro fundacional de la fenomenología. Para ello, he dividido este ensayo en tres apartados: en el primero, me ocupo de la epojé fenomenológica mostrando el tránsito desde el mundo hasta el eidos; en el segundo, a partir de la especificación de cosa y percepción de cosa y de vivencia y percepción de vivencia, intento aclarar las dos regiones ontológicas husserlianas, a saber, la región de ser cosa y la región de ser conciencia; finalmente, intento en el tercer apartado caracterizar la noción de conciencia en Husserl.

 

1. La epojé fenomenológica

En la Introducción a las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica Husserl nos dice: «aquí se fundará la fenomenología pura o trascendental no como una ciencia de hechos, sino como una ciencia de esencias» y, unas líneas más adelante: «en segundo lugar, se caracterizarán los fenómenos de la fenomenología trascendental como irreales»(1). Con esto quiere decirnos que su interés es fundamentar el ideal del pensamiento occidental de constituir una verdadera filosofía trascendental. Una tal filosofía requiere pues, que sus temas sean las esencias, es más, las esencias puras. Camino de esto el método fenomenológico se apoya en su acción, las reducciones fenomenológicas, con las que Husserl aspira a «despejar los límites impuestos al conocimiento por la esencia de toda forma de investigación natural, evitando el dirigir la mirada en una sola dirección, como es propio de estas formas, hasta acabar ganando el libre horizonte de los fenómenos purificados «trascendentalmente», y con él el campo de la fenomenología en el sentido que nos es peculiar» (2).

Cabe, pues, preguntarse ¿cómo es eso de los fenómenos irreales purificados trascendentalmente? Bien, Husserl mediante la tesis de la actitud natural nos dice que «el mundo es»; en él, en el mundo, los fenómenos naturalmente están impregnados de su realidad; los fenómenos del mundo son lo «objetivo mundano». Sin embargo, Husserl nos ha planteado como tema de la fenomenología «la conciencia pura», precisamente el eidos. De manera que para obtener el acceso a dicho horizonte es necesario efectuar una serie de reducciones fenomenológicas mediante las cuales se lleve a cabo el tránsito del mundo sustancial a la esencia pura, tema de la filosofía trascendental. Es indiscutible además que, tal proceso, es llevado a cabo por un sujeto, lo que naturalmente también está implícito en la tesis de la actitud natural: «yo soy». Así, la tesis de la actitud natural implica la doble tesis «yo soy» y «el mundo es». Cada uno de estos dos momentos es llevado a cabo mediante el cambio de actitud, por medio del «dirigir a» o «intencionalidad».

La crítica a la experiencia mundana, cuyo tema es el mundo, nos abre paso a la subjetividad pues, «al mismo tiempo que revela la contingencia de la tesis ‘el mundo es’, revela la apodicticidad de la tesis ‘yo soy’»(3). Ahora se abre el camino de una crítica de la experiencia interna; a la actitud natural «el mundo es» se opone ahora una actitud psicológica «yo soy» nacida de aquella y cuyo interés es desviar la atención del objeto y dirigirla al acto de conciencia mediante la reflexión, esto es tanto como auto-percepción: «el yo latente en la actitud natural, dirigida hacia el objeto, se ha hecho patente en la reflexión, propia de la actitud psicológica, dirigida hacia el acto»(4). Este primer paso o primera reducción, auncuando es una forma de reflexión fenomenológica, es apenas una reflexión psicológica fenomeno-lógica -en ella, camino de las esencias, aún no ha sido desconectado el ‘yo’-. Una nueva reducción se impone a partir de la crítica de la experiencia interna, en la cual se ha reducido ya el objeto mundano a actos de conciencia o hechos psíquicos, reduciendo estos hechos a otra instancia, es decir, al eidos, y ahora sí una reflexión eidética fenomenológica:

mundo
—————
sujeto
—————
eidos
  reflexión   reflexión  
  psicológica   eidética  
  fenomenológica   fenomenológica  

Así, pues, son necesarias dos reducciones fenomenológicas con sus respectivas desco-nexiones: «el mundo» y «el yo»:

mundo
—————
sujeto
—————
eidos
  desconexión   desconexión  
  del mundo   del yo  

Volvamos a las palabras de Husserl: «el paso a la esencia pura da, por un lado, un conocimiento esencial de algo real; por el otro lado, o con respecto a la esfera restante, un conocimiento esencial de algo real»(5). El primer paso, pues, aquel que nos da conocimiento esencial de algo real es logrado mediante la reducción psicológica fenomenoló-gica; el otro, mediante la reflexión eidética fenomenológica, para la que «todas las ‘vivencias’ trascendentalmente purificadas son irrealidades, exentas de toda inserción en el mundo real»(6).

 

2. La percepción y las dos regiones ontológicas

Husserl encuentra evidente, por sobre todas las cosas, que: «existo, esta vida existe, vivo: cogito»(7). Vivo significa, estoy en el mundo viviendo como llevando a cabo actos de conciencia; y, estoy en el mundo porque mi vivir está siempre primeramente en actitud natural, es decir, existo como sujeto referido al mundo y "ego cogito" como conciencia primeramente referida al mundo pues, la conciencia es inicialmente y en todos los casos conciencia de algo, pero también, por eso igualmente, es conciencia de sí, de sus propios actos de conciencia.

La cuestión que sigue es plantear la distinción entre el mundo y la conciencia y su correlación explícita mediante la percepción, ya que, esta última caracteriza la constitución de la conciencia de cosa, principio de la reducción.

En este margen de vivencias se establecen "la región de ser cosa" y "la región de ser conciencia". La naturaleza particular de las corrientes de vivencias, según sean empíricas o trascendentales, hace patentes las dos regiones ontológicas.

Tanto el mundo, las cosas, como las vivencias, actos de conciencia, se dan en la percepción. La cosa es, por esencia, espacial, está fuera del sujeto y sólo es perceptible mediante la percepción trascendente.

 

Husserl encuentra evidente, por sobre todas las cosas que: "existo, esta vida existe, vivo: cogito".

 

La cosa se da en modos de aparecer, es decir, es a la vez un núcleo de algo realmente exhibido y de un horizonte de algo co-dado. Esto significa que la cosa se da a la percepción por medio de matices y escorzos. Por estar fuera, corresponde a la percepción de cosas determinar sucesivamente a la cosa a través de una cadena de percepciones que se unifican en la percepción de la cosa como lo idéntico de que se tiene conciencia en el fluir de la multiplicidad de las percepciones. Esto implica ciertas esencialidades en la manera de darse la cosa y en la manera de ser percibida. En la manera de darse, presenta una cierta inadecuación: nunca es una cosa algo absolutamente dado, pues siempre se da en matices y escorzos. En la manera de ser percibida, manifiesta una cierta imperfección: pues la percepción sólo se acerca a las cosas a través de matices y escorzos, esto es, la percepción matiza y escorza.

Pero, nótese algo supremamente importante, lo matizado o escorzado es esencialmente distinto del matiz y el escorzo. Es inherente a la esencia de la cosa -lo matizado o escorzado- ser espacial, estar fuera, ser el mundo. Pero, ¿y la esencialidad inherente al matiz y al escorzo?

Ocurre que cosa es diferente a percepción de cosa; en el último sitio donde es posible constituir la conciencia de cosa es en la percepción trascendente. La región de ser cosa es el mundo, está fuera del sujeto como esencialmente espacial y está dada para un sujeto en la percepción. Esto último pone en evidencia vivencias en el sujeto, del sujeto. La intuición de estas vivencias como objeto se origina en el cambio de sentido (inversión) de la percepción, no ya una dirección trascendente -del sujeto hacia el mundo- cuyo objeto son las cosas, sino en una dirección inmanente, es decir, cuando una cogitatio alcanza el nivel de una valoración reflexiva sobre otra cogitatio, que incluso puede ser una cogitatio que tenga por objeto algo físico.

Las vivencias también se dan a la percepción, pero de una manera esencialmente distinta a la manera como se dan las cosas. Las vivencias no se ofrecen como modos de aparecer por matices o escorzos sino absolutamente; las vivencias no se exhiben, es decir, según su manera de darse sufren una cierta inadecuación y, según la manera de ser percibidas, una cierta imperfección, aquella de que nunca son plenamente percibidas. La cosa puede ser percibida por múltiples lados en múltiples percepciones, siempre como siendo lo idéntico de todas ellas, pero la vivencia es ella algo absoluto que no puede verse por lados sino que es, en cada momento, siempre presente y total.

Es inherente, pues, a la esencia de la vivencia -el matiz y el escorzo- ser inespacial, estar dentro de un sujeto, ser la conciencia.

Lo que hemos hecho no es más que especificar cosa y percepción de cosa y vivencia y percepción de vivencia, pero aún no hemos aclarado nada sobre las regiones ontoló-gicas del ser cosa y del ser conciencia.

Ambas son distintas por esencia a la percepción y, entre ellas, la región de ser cosa es opuesta a la región de ser conciencia. La región de ser conciencia es el fenómeno de la conciencia, una región que no es la del sentido de la sustancia sino que es la idea. La percepción es el enlace de los mundos, su dirección determina el objeto y la naturaleza de las vivencias y, sin embargo, en la percepción no habitan o residen estas regiones, antes bien, éstas están situadas más allá de la percepción. Así, es posible hablar de una trascendencia hacia el mundo y de una trascendencia hacia la conciencia que, toda vez que la percepción es en dirección hacia las vivencias puras de la conciencia, propias del objeto, es en realidad una inmanencia.

El fenómeno del mundo es el descartado por principio por la fenomenología de Husserl. La tesis del mundo, que es una tesis contingente, deja abierta la posibilidad de principio de que el objeto de la percepción trascendente exista o no exista. La tesis de mi yo puro y de la vida de este yo, que es una tesis necesaria, garantiza a la percepción inmanente la existencia de su objeto, toda vez que el ser de las vivencias es, por principio, consciente.

El fenómeno de la conciencia es el de la fenomenología de Husserl, y a él sólo se accede ‘saliendo del mundo’. Se prescinde de la tesis del mundo haciendo notar que se prescinde de todo juicio sobre el mundo, es decir, de toda consideración teórica emergida de la percepción trascendente; pues, en cuanto existentes, los sujetos siempre están referidos al mundo, lo que propiamente significa que no se desconecta al mundo como realidad en sentido estricto sino como objeto de juicio.

Lo que se logra desconectando el análisis de la percepción de cosas es el horizonte de la región donde la conciencia se eleva al ser, a la idea.

La tesis del mundo y la tesis de mi yo puro y de la vida de este yo son las tesis de la región de ser cosa y de la región de ser conciencia, respectivamente.

 

3. Intento de caracterizacion de la conciencia en Husserl

Después de haber tratado en los anteriores apartados los problemas de la epojé fenome-nológica y el de las regiones ontológicas, éste, por último, tiene el interés de caracterizar de manera general la conciencia, para lo que trataremos de seguir el hilo conductor de las esencialidades de la conciencia, desde el carácter de intencionalidades, pasando por su carácter absoluto en la percepción y por su necesariedad en la conciencia pura como un volverse sobre sí absolutamente, hasta su carácter de dadora de sentido.

La conciencia primeramente es conciencia del mundo como un hecho. La actitud natural es la primera y permanente actitud de la conciencia, sin embargo, no es la única. De la conciencia del mundo como «estando ahí delante» surge una nueva actitud, la conciencia del mundo como un eidos: los actos de conciencia, que son sucesos de la misma realidad natural. Cuando se cumple el paso de la EPOJE fenomenológica, entonces, «en un amplísimo sentido comprende la expresión conciencia (aunque menos exactamente) todas las vivencias»(8).

La conciencia modificada, aquella que surge de la desconexión del juicio, tiene ante sí la nueva región del ser, lo inmanente en la conciencia, la conciencia pura.

Aquello que se ofrece inmediatamente a la conciencia modificada en un sentido plenario es el cogito: «tengo conciencia de algo», «llevo a cabo un acto de conciencia». El cogito como acto es una cogitatio, una vivencia de conciencia. El contenido de la cogitatio es, pues, la corriente de las vivencias.

Repitamos: de la vivencia singular de conciencia surge la vivencia de conciencia en general. Frente al estar vuelto hacia el objeto está, además, como ingrediente de la cogitatio, un halo de conciencia del horizonte de la copresencia que también es vivencia de conciencia, « o más brevemente, ‘conciencia’, y conciencia ‘de’»(9).

El estar vuelto hacia el objeto es estar en el modo de la actualid -cogito: acto de conciencia-, pero el no estarlo es igualmente conciencia en cuanto que, conciencia del halo de la copresencia y su inactualidad de realidad indeterminada. Reunidos ambos modos, son modos del cogito en su sentido plenario, pues, la corriente de las vivencias que lo llenan es, unas veces conciencia explícita, otras, conciencia implícita, meramente potencial.

El paso de inactual a actual y de actual a inactual, es ésta modificación de la conciencia en explícita y en potencial que, como conciencia ‘de’, son los modos del cogito. En la modificación se conserva el carácter esencial de la conciencia de ser conciencia de algo, esto es, la intencionalidad.

El algo del cual se tiene conciencia es el objeto intencional, y como bien es en la actitud natural una realidad en sentido estricto un objeto intencional, bien también es que el carácter de la modificación, esencial de la cogitatio, puede ser ‘vuelta reflexiva de la mirada’ en torno a sí y hacer de la cogitatio misma el objeto intencional.

La unidad de la percepción interna, en la cual se da una cogitatio de una cogitatio, muestra su carácter eidético en el hecho de que en ésta, percepción y percepto participan de la misma naturaleza; tanto la vivencia de conciencia primitiva como la vivencia de conciencia de esta vivencia primitiva, tienen el carácter de ser vivencias cuyas esencias gozan una unidad esencial entre sí, la unidad de las corrientes de vivencias; distinto en todo aspecto a una percepción trascendente -externa- donde percepción y percepto son ambos diferentes, estando fuera de toda unidad esencial entre sí.

Lo que hasta ahora hemos dicho para caracterizar la conciencia es que, la concienicia es primeramente conciencia de algo, es decir, su carácter esencial es el de la intencionalidad. Como segundo, que, al darse el cambio de actitud, la conciencia es conciencia modificada en el modo de la actualidad(10) desde la conciencia inmersa en el mundo hasta la conciencia vuelta sobre sí. Hemos dicho que la conciencia inmersa en el mundo es la conciencia de la actitud natuaral y que la conciencia vuelta sobre sí es la conciencia de la actitud reflexiva; y hemos dicho también hasta ahora que, mientras en la primera la esencia de toda trascendencia guarda la posibilidad del no-ser, pues en ella percepto y percepción están fuera de toda unidad esencial entre sí, en la segunda, la participación esencial de ambas, percepto y percepción, es necesaria y absoluta.

Esta última, la conciencia modificadamente vuelta sobre sí , se caracteriza, modificada en el modo de la percepción, como absoluta y necesaria, pues, en principio «no puede darse por medio de matices ni escorzos ni apariencias»(11) sino de manera absoluta como es necesario que sus ingredientes participen de esa unidad esencial. Aquella primera, la conciencia inmersa en el mundo, desde el modo también de la percepción, se presenta al mundo, a la realidad en sentido estricto como meramente accidental y relativa, como «un ser que se matiza y escorza, que nunca se da absolutamente»(12).

Lo que se nos presenta ahora para caracterizar la conciencia es ésta como un orden del ser con ser propio que, si bien se modifica con la aniquilación del mundo en la desconexión fenomenológica, permanece intacto en su propia existencia. La conciencia así modificada no se afecta pues su ser es absoluto y nada condiciona su existencia: «la conciencia tiene de suyo un ser propio, que, en lo que tiene de absolutamente propio, no resulta afectado por la desconexión fenomenológica»(13). De esta forma se erige la conciencia como una región de ser sui generis, como residuo fenomenológico.

Como residuo fenomenológico, la conciencia es, pues, un orden del ser encerrado en sí, lo cual lo da el carácter de su unidad esencial.

Por último nos toca decir todavía algo más acerca de la caracterización de la conciencia: La gran conclusión del análisis de la conciencia modificada en el modo de la percepción, es el carácter contingente y relativo de la tesis del mundo natural y el carácter absoluto y necesario de la tesis del yo puro y de la vida de este yo. Esto no significa que la aniquilación del mundo se lleve a cabo como negación de éste, la tesis del mundo sólo es ‘puesta entre paréntesis’ y aun cuando esta tesis es una vivencia «no hacemos de ella ningún uso»(14), la desconexión fenomenológica es la desconexión del juicio, no del mundo en sentido estricto pues, en tanto en cuanto que soy, existo permanentemente en la vida natural. Pero toda la realidad en sentido estricto sólo existe como obra de un dar sentido.

El ser absoluto de la conciencia, que ninguna cosa condiciona su existir, es posibilidad de sentido. Si se desconecta el mundo no es, en verdad, con el fin de negarlo para encerrarse solipsistamente en el yo sino, antes más bien, para mediante la caraterización fenomenológica encontrar las motivaciones de este yo y regresar así al mundo para llenarlo de sentido, para otorgárselo. Dadora de sentido, es esta la última caracterización de la conciencia que menciono.

 

NOTAS

(1) HUSSERL, Edmund. Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Tercera Edición. Fondo de Cultura Económica, México, 1986.

(2) HUSSERL, E. Ideas… p. 9 (en adelante se citará como: Ideas…).

(3) CRUZ VELEZ, Danilo. Filosofía sin Supuestos. Edit. Sudamericana, Buenos Aires, 1970 p.81.

(4) CRUZ VELEZ, Danilo. Op. cit., p. 84.

(5) Ideas… p. 10-11

(6) Ideas… p. 11.

(7) Ideas… p. 105.

(8) Ideas… p. 75.

(9) Ideas… p. 79.

(10) Modificada en el modo de la actualidad, pues se trata de que el estado actual sea efectivamente actual, así, si se modifica, lo hace en el modo de la actualidad puesto que abandonando la actitud natural efectivamente es conciencia actualmente vuelta sobre sí.

(11) Ideas… p. 114.

(12) Ideas… p. 114.

(13) Ideas… p. 76.

(14) Cfr. Ideas… p. 71.

 

 


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