De
un amasijo de hierros retorcidos y concreto pulverizado por
el terremoto del 25 de enero, resurge la guadua, esa planta
gramínea, como una solución posmoderna al problema de un suelo
irremediablemente sísmico. Desde esta fecha se revaloriza
su riqueza cultural, su dimensión económica y se duplica la
demanda en los Departamentos del Quindío y Risaralda.
El
estatus
Para
elevarle el estatus a la guadua basta reconocerla como una
planta de múltiples posibilidades para la industria y la construcción,
la cual felizmente crece silvestre en el cinturón Ecuatorial,
en el que por fortuna se encuentra nuestro país.
Pero para elevarle el estatus a la guadua es necesario saber
mucho sobre ella. Y en el libro de Gunter Pauli, (el gurú
de la Ecología posmoderna y actual Presidente de Zeri), «Avances»
he encontrado la mejor y mas sintética semblanza de la Guadua.
El
bambú tropical, como allí se la llama, es un elemento vivo,
(quisiera. llamarlo ser), con unas potencialidades hasta ahora
inexplotadas por nosotros de manera ordenada, industriosa
y sustentable.
Déjenme
enumerar las bondades de la guadua de manera simple y esquemática
parafraseando al Doctor Pauli:
- Tiene más resistencia a la tensión en libras por pulgada
cuadrada que el acero.
- La energía y el agua que se necesitan pura cultivar la guadua
es solo una fracción de lo que necesitan los materiales de
construcción, como el acero y el cemento.
- La guadua crece extremadamente rápido, una planta alcanza
su madurez en cinco años.
-
El éxito de la guadua en construcción ha sido demostrado en
el departamento de Caldas, en donde edificaciones de tres
pisos, construidas hace más de un siglo, están aún en pie.
- La guadua es un recurso renovable.
- Es barata y dura mucho tiempo.
- La guadua también actúa como una excelente tubería de desagüe
que puede sustituir a la tubería de PVC.
-
Se puede usar en sistemas de riego para cubrir distancias
de centenas de kilómetros.
-
Es una base de combustibles renovables.
-
La guadua produce 72.000 litros de combustible de alcohol
por hectárea plantada.
- Además, los Japoneses han convertido los cogollos del bambú
en un alimento exquisito (1) .
Elevarle
el estatus a la guadua pues, implica que la conozcamos a profundidad
y nos apliquemos a industrializarla acoplándola, claro, en
una cadena productiva de cero emisiones.
La
casa se puede cultivar
Haciendo
una consideración tan bella como cierta, y tan poética como
objetiva, Pauli dice que una casa se puede cultivar.
Cultivar
una casa, suena a fantasía, pero es una fábula que podemos
hacer realidad.
Ya
lo dijimos, la guadua crece muy rápido; una planta alcanza
su madurez en cinco años. A los cinco años, de un guadual
se podrían construir las casas que su extensión permita.
Empecemos
entonces por lo más inteligente, volvamos a cultivar la guadua,
pensando en que cultivaremos los pueblos de guadua y a partir
de ese sencillo ejercicio, iniciemos el proceso de la industrialización
de la planta con el espíritu de Cero Emisiones.
Pero
todo a su debido tiempo.
Primero
el aprendizaje
Aprenderemos
de las culturas milenarias, aquellas que han aprovechado el
bambú desde que la historia tiene uso de razón, o mejor seria
decir, hasta cuando las culturas tuvieron uso de razón. Y
me estoy refiriendo a las de las tierras altas de Indonesia,
que curvándose en el globo terminan circundando a Tanzania,
y sellan el anillo Ecuatorial con Colombia pasando por Costa
Rica. Todos ellas, serán nuestras Maestras. Aprenderemos con
humildad y diligencia a hacer magia con la guadua.
Estatus
que ha de ganar la guadua
-
Si sabemos que su resistencia es mayor que el acero, construyamos
nuestras casas de guadua.
- Si sabemos que es el sustituto ideal de la fibra de asbesto,
entonces ingeniémonos las fórmulas para utilizarlas a profundidad
en la industria de fibrocemento.
- Si sabemos que si la procesamos hasta sus tuétanos destilaremos
alcohol de su química orgánica, hagámoslo para la combustión
de las estufas. Cero emisiones.
- Si sabemos que la hoja nos puede servir de sustrato para
la siembra de hongos medicínales, sembrémoslos con ese sustrato.
- Y si sabemos que es en nuestro suelo que crece y se desarrolla
óptimamente, pensemos en la exportación, pero primero inmunicémosla
desde su propia química para ofrecerla en los mercados internacionales
en diferentes formas:
Artesanías,
muebles, pisos, módulos para viviendas etc; proponiéndonos
darle valor agregado, que genere empleo, ingresos y divisas
para reanimar el desarrollo económico y social en la zona
cafetera y en Colombia.
Si
con esas estrategias logramos que la guadua sea considerada
una alternativa sustentable de múltiples servicios industriales
y de construcción, le estaremos elevando el estatus y beneficiando
la economía del país.
| Es la hora del retorno
al origen, pero llevando en nuestro equipaje la memoria
de la historia, y en nuestro bolsillo izquierdo el convencimiento
de la importancia vital de la elementalidad. |
Conversemos
con nuestra conciencia
(A
iluminarla con una razón humilde y convencida de la prescindibilidad
de la especie)
Pero
la manera más sabia de elevarle el estatus a la guadua es
establecer con ella un vínculo vital, sustentable y de respeto
sagrado, que nos lleve a una relación consciente con este
elemento tan pródigo y silvestre en nuestro territorio.
Para elevarle el estatus como es debido, es necesario que
nos obliguemos a respetarle su eterno retorno al mundo de
los seres vivos (seres vivos que, entendamos de una vez por
todas, no somos sólo nosotros y las criaturas del reino animal).
Para elevarle el estatus a la guadua es fundamental una Conciencia
sustentable. Conciencia sustentable que nos haga ver que si
vamos a conducir la guadua de la mano de nuestra inteligencia
hacia transformaciones aprovechables para nuestra especie,
estamos en la obligación de mantener su esencia, y de no dejar
ni una pizca de sus elementos al garete.
Hemos
de borrar con hechos sustentables lo que han sido nuestras
imprevisiones y explotaciones cosificantes de la naturaleza;
Imprevisiones y explotaciones perdidas hacia atrás en la memoria
de la historia de la depredación y el desequilibrio, en donde
el hombre, como el falso amo y señor de la naturaleza, la
ha aprovechado en lo que su racionalidad y avance científico
del momento le ha permitido, para, sin darse cuenta de su
soberana estupidez, matar las complejas esencias de un ser
-la naturaleza- complejo y vivo que siempre desbordara al
hombre y su tonta omnipotencia.
La
conciencia plena de que nada se crea y que todo se transforma
tiene una exigencia: la confesión humilde de que somos un
elemento más en la red cósmica, y que nuestras transformaciones
buscando nuestro desarrollo no deben ser por ningún motivo
destructivas.
La confesión de conciencia de nuestro carácter prescindible
en la naturaleza es un paso cósmico que nos acerca a las alianzas
vitales con ella.
Es
la hora del retorno al origen, pero llevando en nuestro equipaje
la memoria de la historia, y en nuestro bolsillo izquierdo
el convencimiento de la importancia vital de la elementalidad.
No renunciaremos a la ciencia y a la tecnología pero sí a
nuestra prepotencia. Sí queremos retornar eternamente a la
vida tenemos que dejar de creernos amos del universo y actuar
con una inteligencia sabia, sustentable, que aprovecha los
elementos para su desarrollo sin estropearlos o extinguirlos.
Conversemos
con la guadua
Ahora
citaré a Quino, el genial y universal caricaturista Argentino,
para tomar de él una caricatura que la podemos contextualizar
aquí en este espacio conceptual.
Quiero que se imaginen los cuadros, a medida que yo voy citando
sus palabras:
-
Boris guardaba dentro de sí un secreto
- Un secreto que le roía el alma y atormentaba su espíritu.
- Un secreto que no podía revelar a su esposa porque horrorizada,
dejaría de ser su esposa.
- Ni a su mejor amigo, porque allí terminaría su amistad.
- Ni tampoco al cielo, por temor a una eterna punición divina.
-
A punto de enloquecer, una noche Boris decidió poner fin tan
insoportable situación.
- Buscó el árbol más alto. (Aquí me voy a permitir una licencia)
Buscó» la guadua más alta, y durante horas le contó en un
incesante murmullo todo su secreto.
- Regresó a casa y durmió muy larga y desahogadamente con
desconocida placidez.
- Desde entonces la brisa que pasa por aquel árbol lleva a
oídos de todos el secreto de Boris.
-
Pero Boris pasea tranquilo porque sabe que en, su soberbia,
al género humano no le interesa comprender nada de lo que
le cuentan las demás especies.
Qué
pena. La soberbia del género humano no le ha permitido entender
a las otras especies, a los otros elementos de la tierra que
hacen parte de esta nave cósmica. No los interpretamos como
es debido. Los cosificamos y los utilizamos sin orden, ni
ley, dentro de un estrecho contexto histórico de la abundancia
y el consumo, que hace punto ciego la renovabilidad de la
escasez.
En
nuestra historia nunca estuvo el desarrollo sustentable como
una categoría imprescindible. Por el contrarío, nuestra ciencia
y nuestra tecnología no contaban nunca en sus cálculos con
sus efectos contaminantes y exterminadores. Vaya ciencia.
Nos faltó humildad. Hace 500 años descubrimos que la tierra
no era el centro del Universo, y a pesar de ello, nosotros
seguimos creyéndonos el centro, inconsecuente y arrogantemente.
Y
ahora tenemos un discurso ambientalista, que no sé hasta que
punto sea sentido y de corazón, y que en el fondo mantenga
su arrogancia y omnipotencia frente a los elementos de la
naturaleza.
Por eso, lo mejor es un diálogo del alma con los otros seres
de este planeta, entra ellos la guadua. Una confesión de nuestros
pecados, como lo hace Boris abrazado al árbol. Y la conquista
de una conciencia humilde y cósmica, que como diría Nietzsche
nos obligue a entregarnos al anillo de los anillos, que no
es otra cosa que el eterno retorno.
Todos nos debemos convertir en Boris, e iniciar el camino
del diálogo con la naturaleza, por primera vez en nuestra
historia, escuchándola en su lenguaje cósmico, cierto, natural,
misterioso, homeostático, y debemos confesarle lo absurdos
e inconsecuentes que hemos sido con ella.
Pero
si todos hacemos como Boris, la brisa que abanica la guadua
la entenderemos todos, y todos sonreiremos, en la alianza
cósmica propiciada por el hombre.
Sí señores. Hablar con la naturaleza, comunicarse con ella,
ir a ella como quien va a la madre, amarla, respetarla, y
pedirle sus frutos a cambio de comprensión vital de sus esencias,
y de asegurarle inteligentemente el retorno a su origen vital.
Esa es la mejor y única manera de elevarle el estatus a la
guadua y a cualquier otro elemento de la naturaleza que pensemos
aprovechar en toda su potencialidad.
Y
es también la única forma de perpetuarnos a pesar de ser prescindibles
para la naturaleza.