El Fedro, retórica y filosofía

Carlos Eduardo Peláez

 

Este artículo pretende un revisar sobre la tensión retórica y filosofía. El diálogo el Fedro de Platón se muestra como una posibilidad de fusión de esa tensión. A partir de la triada: tecnè, persuasión, conducción, se estableció el nexo y la necesidad de la retórica en la filosofía, y la filosofía en la retórica, es decir la unidad de la palabra en el absoluto.

 

La relación retórica-filosofía ha tenido en la historia del pensamiento occidental diferentes y una sola tensión. Diferentes en el ámbito que las soluciones presentadas han sido disímiles. Una sola, porque el pensamiento lógico racional ha pretendido enfrentar el problema retórico como el momento exterior, engañoso, que no puede ni debe conducir el espíritu del hombre.

Veamos algunos ejemplos del radicalismo racional filosófico. John Locke en el ensayo del entendimiento dice: «pero sí queremos hablar de las cosas tal como son tenemos que admitir que todo este arte de la retórica, exceptuando el orden y la claridad, que toda esta aplicación artificial y figurativa de las palabras que la elocuencia ha inventado no tiene otro objetivo que insinuar ideas erróneas, mover las pasiones y de este modo confundir el juicio; surgen así engaños perfectos». Kant, vocero del idealismo y de la ilustración en su Critica del Juicio, ese bastión fundamental de la estética, dice: «la retórica, sí se entiende por ella el arte de persuadir, es decir, el arte de engañar mediante la apariencia hermosa (el ars oratoria) y no el mero hablar bien (elocuencia y estilo) es una dialéctica que toma del arte poética solo lo que hace falta para ganar los ánimos en beneficio del orador antes de haber enjuiciado y quitarle al juicio la libertad»...

Podemos constatar que en los anteriores ejemplos las soluciones son disimiles y una. Disímil en cuanto en tanto para Locke el «orden y la claridad» de la retórica están al servicio del error, sin ningún miramiento hacia la posibilidad de lo verdadero. En Kant, la poética tiene un estamento superior al decirnos: «toma del arte poética solo lo que le hace falta para ganar ánimos». Una, en el sentido que la libertad y la verdad se ven nubladas por el arte de convencer, de guiar.

El problema de la tensión entre retórica y filosofía, entre la palabra con estilo y la palabra racional, tiene en el arte, el convencimiento y la guía, su máxima implicación. Esta triada que expone el error o la verdad es una trimurti de la tradición. La tradición filosófica ha pretendido leer en su origen la exclusión de la retórica; ella como exterioridad del verdadero sentido. Sí digo ha pretendido es porque se han expuesto posibilidades interpretativas de la tradición filosófica bajo otro horizonte, otro sentido, que entregan una verdad hasta donde el hombre puede aspirar.

La exposición mas elaborada y rica de la tradición filosófica ha sido el Fedro de Platón. El Gorgias y el Fedro han entregado, de acuerdo a sus interpretaciones, las implicaciones favorables o contrarias en torno a la retórica y lo verdadero.

Haré una lectura del Fedro, del aparte dedicado a la retórica, en el sentido de la posibilidad retórica como arte, convencimiento y guía (259b a 274a). En griego: tekne, peithen, hagein.

El Gorgias por ser una exposición «patética» de la política y la justicia y además, por ser un diálogo de transición en Platón no lo consideraré sino como una contraparte de lo expuesto en el Fedro.

En el interludio de las cigarras y las musas (259 C) dice Platón:

«se cuenta que en otros tiempos, las cigarras eran hombres de esos que existieron antes de las musas, pero que, al nacer éstas y al aparecer el canto, algunos de ellos quedaron embelesados de gozo hasta tal punto que se pusieron a cantar sin acordarse de comer ni beber, y en ese olvido se murieron. De ellos se originó, después, la raza de las cigarras que recibieron de las musas ese don de no necesitar alimento alguno desde que nacen y, sin comer ni beber, no dejan de cantar hasta que mueren, y después de esto, el de ir a las musas a mencionarles quién de los de aquí abajo honra a cada una de ellas».

«Los hombres antes de las musas» son un espacio de la percepción, de aquello que nos mueve la imaginación a creer (pistis) no es fundamento lógico, sino un convencimiento de un pasado antes de lo vivido en la actualidad. Es un sentido de la historia inatrapable que solo abre su espacio en la imaginación, en la creencia, en aquello que nos convence y guía hacia un espacio interior de la historia. Interior porque solo en la aceptación (pistis) podemos verificarlo, hallarlo.

 

La manera de hallar lo verdadero, es por divisiones. No la diairesis o dialéctica sino la técnica del buen carnicero (260 a). El procedimiento de las divisiones conduce a una única idea, a algo que no es convicción sino que surge naturalmente (blastemata). Esa naturaleza requiere de un nombre que la diga y además, una fuerza que la promulgue.

 

Luego nos dice Platón: «sin acordarse de comer y beber, y en ese olvido se murieron». El olvido de la necesidad produce la muerte, pero en ese olvido se halla exactamente el orden y naturaleza de las cigarras. El olvido es embelesamiento, un no acordarse de la parte sensible, de aquello que impide ver (theoreim). Ellas anuncian, son evangélicas de los hombres hacia las musas, dicen la fidelidad de aquellos ante las divinidades. Las divinidades poseen cortejos de almas, ellas son las conductoras hacia la verdad hacia esas «casas» donde se prolonga la «llanura de la verdad».

Para terminar el interludio dice el Fedro en boca de Sócrates:

«pero es a la mayor Caliope, y a la que va detrás de ella, Urania, a quienes anuncian los que pasan la vida en filosofía y honran su música. Precisamente éstas por ser de entre las musas las que tienen que ver con el cielo y con los discursos divinos y humanos, son también las que dejan oír la voz más bella».

Es «a quienes anuncian los que pasan la vida en filosofía y honran en música». La música es el orden. Todo lo que guían las musas tiene armonía. Ellas dirigen la armonía de los discursos humanos y divinos. Los discursos filosóficos son guiados por seres de creencia, por estatutos de la imaginación y el convencimiento. Los discursos tienen por su origen, por su principio, una perfección. De ahí que el poeta inspirado, sea el único poeta. Pero sí no es la inspiración, el esfuerzo toma su rumbo hacia la técnica, hacia un orden que diga el orden verdadero, pero no en su exterioridad, sino en la interioridad de su contenido.

A la filosofía en el interludio de las cigarras se le ha conferido una divinidad, una guía en el cortejo de la «segunda navegación», lo invisible. En ese esfuerzo contenido en el discurso humano subyace un estamento de creencia, de fe. El discurso humano tiene su principio en un ponerse de acuerdo, en un sentido del alma que concilia, que desea el absoluto y por tanto, cree.

Este aparte que introduce la tensión retórica-filosofía en el Fedro nos hace elaborar las siguientes preguntas: ¿por qué se coloca el discurso como una apaté, como una apariencia, como mito? ¿Es necesaria esa analogía para entregar luego la racionalidad del discurso? O es que acaso ¿ el discurso racional tiene su principio en la verosimilitud, en lo semejante a la verdad, y es necesario la inventiva antropologizante para partir de un ´´nombre´´, ya que no podemos decir ´´lo que es el alma´´, sino solo ‘’a lo que se parece´´ (246 a)?.

Continua el Fedro: ‘’¿no es necesario que, para que este bien y hermosamente dicho lo que se dice, el pensamiento del que habla deberá ser conocedora de la verdad de aquello sobre lo que se va hablar?’’. En este aparte se inicia la lectura de la pretensión lógico-racional del discurso filosófico en torno a la retórica como un ‘’ estilo’’, una de las maneras expuestas en le Gorgias como ‘’cosmética’’.

A lo que Fedro responde con el ‘’manual’’ de retórica: ‘’que quien pretende ser orador no necesita aprender que es, de verdad lo justo, sino lo que opine la gente que es la que va a juzgar’’.

En este punto se comienza realmente la dificultad entre discurso verdadero y discurso aparente, entre filosofía y retórica.

La verdad es la que procura una correcta tekne ‘’según dice el laconio’’. Nos vemos abocados a delimitar el campo de lo verdadero. La verdad se fundamenta en epistemé , en un conocimiento racional que tiene en la dianoia, en la mediación del nous la visión de los principios, archai. La epistemé solo prueba siguiendo una visión de las imágenes (eide), que son las que guían, muestran. Al decir guían, señalan, el campo de lo verdadero no solo se constriñe a lo puramente racional, porque el señalar nos conduce a un objeto no atrapado por el discurso lógico sino que requiere de algo para que lo diga. Los archai se nombran por similitud: el símil de las musas.

La manera de hallar lo verdadero, es por divisiones. No la diairesis o dialéctica sino la técnica del buen carnicero (260 a). El procedimiento de las divisiones conduce a una única idea, a algo que no es convicción sino que surge naturalmente (blastemata). Esa naturaleza requiere de un nombre que la diga y además, una fuerza que la promulgue.

La tekne legein, la técnica de la palabra verdadera, requiere la publicación, la exteriorización del discurso: la retórica. Esta dice lo verdadero por que indica lo que surge naturalmente. Ella no deduce, sino que señala el campo común con una similitud, con ‘’ lo que se parece’’.

Lo verdadero requiere de la exterioridad de la retórica para decirlo, ya que el ‘’nombre’’ es un sentido pero no es la cosa misma. El detenta una similitud de la naturaleza, una metáfora de lo que esta primero en orden a su anterioridad. La exterioridad de la retórica en orden ontológico se convierte en interioridad en orden a la historia, al suceder que posee tiempo, cambio. Es exterior en tanto no es la idea misma, pero es la que señala el orden eidètico, lo más posterior a la idea. Las ideas para el filósofo son exhibidas por las musas Urania y Caliope: por la armonía, el orden de la música, los astros y la retórica.

‘’Así también los discursos consideraron la idea de ‘’paranoia’’ bajo la forma de unidad innata ya en nosotros. Uno, en verdad, cortando la parte izquierda, no cesó de irla dividiendo hasta que encontró, entre ellas, un amor llamado siniestro, y que, con toda justicia, no dejo sin vituperar. A su vez, el segundo llevándonos hacia las del lado derecho de la manía, habiendo encontrado un homónimo de aquel, un amor pero divino, y poniéndonoslo delante, lo ensalzó como nuestra mayor fuente de bienes’’ (266 a-b).

Este pasaje de la división nos resalta el sentido anteriormente expuesto, cómo de la idea, de la impronta del alma, se va al discurso. Aquel que «nombra» la realidad «innata», que coloca el lado izquierdo y el lado derecho, la apología o el vituperio. Además nos indica un pasaje más anterior donde Sòcrates al desearse conciliar con la divinidad (242c - 243a) expone la parte derecha del discurso. En la izquierda ‘’puesto que sin haber dicho nada razonable ni verdadero parecían como sí lo hubieran dicho’’ (243a).

La división del lado derecho nos conduce a una palinodia, a un discurso que quiere aplacar la musa, el dios. Sòcrates se descubre el rostro, se quita la cosmética e intenta un agradar lo divino por un discurso que presenta el mito como la posibilidad de su señalamiento. Los principios, archai, por su cualidad de anterioridad requieren del símil, de la metáfora para pronunciarlos, darles vida. Al poseer imaginación, unión de percepciones, tienen pathos, algo que mueve lo sensible, el cuerpo, los sentidos. Los principios por ser inductivos, intuidos, no tienen una logizacion anterior, su anterioridad es la expresión, y en caso del Fedro el principio es presentado como un símil ‘’como el éste que es aquél’’ de la poética aristotélica.

Lado derecho y lado izquierdo tiene la misma división, lo que varía es el final donde arriban. Sí el izquierdo era un ‘’parecer’’, el derecho es verdadero por su finalidad, por el bien que produce. El discurso es un pharmacos, una purificación, una ritualidad religiosa que nos conduce a la divinidad. Pero esa divinidad, ese principio posee la historia, ese suceder que implica todo aquello que posee una pasión. Luego, la retórica se establece en la persuasión, en un convencer, una peithos, que implica la palabra. La peithos tiene su logos a partir de una divinidad. Sòcrates fue convencido de elaborar el discurso derecho por una divinidad conciliadora. La peithos en su acepción pitagorica-empedoclidea tiene una relación alma divina, alma humana. ‘’La retórica es persuasión’’. Es una dirección del alma hacia un absoluto que se presenta como verdadero. A partir de la persuasión y la psicagogia, ‘’la conducción de las almas’’, la retórica es verdadera, su técnica discursiva conduce a una totalidad, a esa psique e pasa (245c), que une ‘’la naturaleza divina y humana del alma».

Aclaremos lo anterior. El pasaje que ha suscitado la pretendida primacía de la dialéctica sobre la retórica; la superioridad de la epistemé sobre la pasión, en el discurso, en el logos, es el siguiente:

‘’ Y de esto es de lo que soy amante, Fedro, de las divisiones y uniones (ton diasreseon kai sinagogon), que me hacen capaz de hablar y pensar. Y sí creo que hay algún otro que tenga como un poder natural de ver lo uno y lo múltiple, lo persigo ‘’yendo tras sus huellas como tras las de un dios’’...... Les llamo, por lo pronto, dialécticos» (266 c).

Este pasaje lo tenemos que ver como una apología, como un elogio de los que proceden como el buen carnicero, jamás como el método que coloca la inducción, la reducción de lo múltiple a la unidad sinagoge. Además los principios son el punto de partida de lo verdadero, el fundamento de la epagogé en tanto que proceso de reducción de la multiplicidad a la unidad. Y como dijimos al principio es creencia, pistis, algo tan estimado por la retórica.

De modo que el pasaje no determina el momento de la retórica sino que señala el método de los dialécticos para asumir el nombre y con ello el elogio de los que procede con una tekne logos.

 

Lo verdadero requiere de la exterioridad de la retórica para decirlo, ya que el ‘’nombre’’ es un sentido pero no es la cosa misma. El detenta una similitud de la naturaleza, una metáfora de lo que esta primero en orden a su anterioridad.

 

El problema real es asumir entre peithein tekne y logon tekne. La palabra es verdadera por que le habla al alma para conducirla a la alabanza. La persuasión es de una divinidad que conduce hacia lo primero, hacia lo más anterior ala unidad de lo múltiple. La multiplicidad en su plan retórico de la psicagogia, conduce al alma total, a la única alma: al organismo vivo del discurso que es uno, persuasivo. La peithos parte del principio, de lo creíble, de la fe en un absoluto, para penetrarlo, estar en el cortejo de lo que conduce. El verbo arjomai en griego es dirigir, guiar. El principio que dice a partir del símil es el que guía, de ahí que el nombre, el logos, sea guía hacia lo que naturalmente se presenta. Lo que se presenta en la persuasión no son múltiples que se conducen hacia la unidad abstracta, sino unidad conducida por el pathos, por aquello que el alma padece, por "el algo y el por quien" (270d). El discurso se adecúa al alma (270 d) porque su naturaleza es la misma del alma. El discurso es la parte sensible del alma; el está adecuado a ella porque es el que la guía, el que en forma de verosimilitud conduce. Las ideas resplandecen pero son nombradas en su eidos. El alma esta a la escucha de la divinidad que reclama el "discurso derecho", la alabanza, el elogio.

El logos en su técnica persuasiva halla la brevedad y la largueza, el silencio y la oportunidad. La palabra es correcta porque es dictada, es impulsada, su dinamis es conduccion, psicagogia; tiene presente el principio y la naturaleza: La divinidad y el alma. Ella es organismo vivo y alma total, es discurso verdadero porque es palabra del alma. El discurso del lado derecho es reclamado por la divinidad; el discurso de lado izquierdo se entrega en su plenitud al pathos; la palabra persuasiva conduce, eleva, arriba al absoluto que detenta lo real, la naturaleza propia, psique e pasa.

Creo que el plan de la retórica, peithein, peithos, agein, está cumplido, la retórica es filosofía, la filosofía es retórica.

Para volver sobre la palabra, el arte, la pasión, la totalidad y el alma, digamos con Rilke: ‘’el arte es la pasión de la totalidad.

Su resultado serenidad y equilibrio de lo numéricamente completo.

 

BIBLIOGRAFIA

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RILKE, Rainer. El testamento. Ed Alianza tres. Madrid. 1976.


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