Este
artículo pretende un revisar sobre la tensión retórica y
filosofía. El diálogo el Fedro de Platón se muestra como
una posibilidad de fusión de esa tensión. A partir de la
triada: tecnè, persuasión, conducción, se estableció el
nexo y la necesidad de la retórica en la filosofía, y la
filosofía en la retórica, es decir la unidad de la palabra
en el absoluto.
La relación retórica-filosofía ha tenido en la historia del
pensamiento occidental diferentes y una sola tensión. Diferentes
en el ámbito que las soluciones presentadas han sido disímiles.
Una sola, porque el pensamiento lógico racional ha pretendido
enfrentar el problema retórico como el momento exterior, engañoso,
que no puede ni debe conducir el espíritu del hombre.
Veamos
algunos ejemplos del radicalismo racional filosófico. John
Locke en el ensayo del entendimiento dice: «pero sí queremos
hablar de las cosas tal como son tenemos que admitir que todo
este arte de la retórica, exceptuando el orden y la claridad,
que toda esta aplicación artificial y figurativa de las palabras
que la elocuencia ha inventado no tiene otro objetivo que
insinuar ideas erróneas, mover las pasiones y de este modo
confundir el juicio; surgen así engaños perfectos». Kant,
vocero del idealismo y de la ilustración en su Critica del
Juicio, ese bastión fundamental de la estética, dice: «la
retórica, sí se entiende por ella el arte de persuadir, es
decir, el arte de engañar mediante la apariencia hermosa (el
ars oratoria) y no el mero hablar bien (elocuencia y estilo)
es una dialéctica que toma del arte poética solo lo que hace
falta para ganar los ánimos en beneficio del orador antes
de haber enjuiciado y quitarle al juicio la libertad»...
Podemos
constatar que en los anteriores ejemplos las soluciones son
disimiles y una. Disímil en cuanto en tanto para Locke el
«orden y la claridad» de la retórica están al servicio
del error, sin ningún miramiento hacia la posibilidad de lo
verdadero. En Kant, la poética tiene un estamento superior
al decirnos: «toma del arte poética solo lo que le hace
falta para ganar ánimos». Una, en el sentido que la libertad
y la verdad se ven nubladas por el arte de convencer, de guiar.
El
problema de la tensión entre retórica y filosofía, entre la
palabra con estilo y la palabra racional, tiene en el arte,
el convencimiento y la guía, su máxima implicación. Esta triada
que expone el error o la verdad es una trimurti de la tradición.
La tradición filosófica ha pretendido leer en su origen la
exclusión de la retórica; ella como exterioridad del verdadero
sentido. Sí digo ha pretendido es porque se han expuesto posibilidades
interpretativas de la tradición filosófica bajo otro horizonte,
otro sentido, que entregan una verdad hasta donde el hombre
puede aspirar.
La
exposición mas elaborada y rica de la tradición filosófica
ha sido el Fedro de Platón. El Gorgias y el Fedro han entregado,
de acuerdo a sus interpretaciones, las implicaciones favorables
o contrarias en torno a la retórica y lo verdadero.
Haré
una lectura del Fedro, del aparte dedicado a la retórica,
en el sentido de la posibilidad retórica como arte, convencimiento
y guía (259b a 274a). En griego: tekne,
peithen, hagein.
El
Gorgias por ser una exposición «patética» de la política y
la justicia y además, por ser un diálogo de transición en
Platón no lo consideraré sino como una contraparte de lo expuesto
en el Fedro.
En
el interludio de las cigarras y las musas (259 C) dice Platón:
«se
cuenta que en otros tiempos, las cigarras eran hombres de
esos que existieron antes de las musas, pero que, al nacer
éstas y al aparecer el canto, algunos de ellos quedaron
embelesados de gozo hasta tal punto que se pusieron a cantar
sin acordarse de comer ni beber, y en ese olvido se murieron.
De ellos se originó, después, la raza de las cigarras que
recibieron de las musas ese don de no necesitar alimento
alguno desde que nacen y, sin comer ni beber, no dejan de
cantar hasta que mueren, y después de esto, el de ir a las
musas a mencionarles quién de los de aquí abajo honra a
cada una de ellas».
«Los
hombres antes de las musas» son un espacio de la percepción,
de aquello que nos mueve la imaginación a creer (pistis)
no es fundamento lógico, sino un convencimiento de un pasado
antes de lo vivido en la actualidad. Es un sentido de la historia
inatrapable que solo abre su espacio en la imaginación, en
la creencia, en aquello que nos convence y guía hacia un espacio
interior de la historia. Interior porque solo en la aceptación
(pistis) podemos verificarlo, hallarlo.
| La manera de hallar lo
verdadero, es por divisiones. No la diairesis o dialéctica
sino la técnica del buen carnicero (260 a). El procedimiento
de las divisiones conduce a una única idea, a algo que
no es convicción sino que surge naturalmente (blastemata).
Esa naturaleza requiere de un nombre que la diga y además,
una fuerza que la promulgue. |
Luego
nos dice Platón: «sin acordarse de comer y beber, y en
ese olvido se murieron». El olvido de la necesidad produce
la muerte, pero en ese olvido se halla exactamente el orden
y naturaleza de las cigarras. El olvido es embelesamiento,
un no acordarse de la parte sensible, de aquello que impide
ver (theoreim). Ellas anuncian, son evangélicas de
los hombres hacia las musas, dicen la fidelidad de aquellos
ante las divinidades. Las divinidades poseen cortejos de almas,
ellas son las conductoras hacia la verdad hacia esas «casas»
donde se prolonga la «llanura de la verdad».
Para
terminar el interludio dice el Fedro en boca de Sócrates:
«pero
es a la mayor Caliope, y a la que va detrás de ella, Urania,
a quienes anuncian los que pasan la vida en filosofía y
honran su música. Precisamente éstas por ser de entre las
musas las que tienen que ver con el cielo y con los discursos
divinos y humanos, son también las que dejan oír la voz
más bella».
Es
«a quienes anuncian los que pasan la vida en filosofía
y honran en música». La música es el orden. Todo lo que
guían las musas tiene armonía. Ellas dirigen la armonía de
los discursos humanos y divinos. Los discursos filosóficos
son guiados por seres de creencia, por estatutos de la imaginación
y el convencimiento. Los discursos tienen por su origen, por
su principio, una perfección. De ahí que el poeta inspirado,
sea el único poeta. Pero sí no es la inspiración, el esfuerzo
toma su rumbo hacia la técnica, hacia un orden que diga el
orden verdadero, pero no en su exterioridad, sino en la interioridad
de su contenido.
A la filosofía en el interludio de las cigarras se le ha conferido
una divinidad, una guía en el cortejo de la «segunda navegación»,
lo invisible. En ese esfuerzo contenido en el discurso humano
subyace un estamento de creencia, de fe. El discurso humano
tiene su principio en un ponerse de acuerdo, en un sentido
del alma que concilia, que desea el absoluto y por tanto,
cree.
Este
aparte que introduce la tensión retórica-filosofía en el Fedro
nos hace elaborar las siguientes preguntas: ¿por qué se coloca
el discurso como una apaté, como una apariencia, como
mito? ¿Es necesaria esa analogía para entregar luego la racionalidad
del discurso? O es que acaso ¿ el discurso racional tiene
su principio en la verosimilitud, en lo semejante a la verdad,
y es necesario la inventiva antropologizante para partir de
un ´´nombre´´, ya que no podemos decir ´´lo que es el alma´´,
sino solo ‘’a lo que se parece´´ (246 a)?.
Continua
el Fedro: ‘’¿no es necesario que, para que este bien y
hermosamente dicho lo que se dice, el pensamiento del que
habla deberá ser conocedora de la verdad de aquello sobre
lo que se va hablar?’’. En este aparte se inicia la lectura
de la pretensión lógico-racional del discurso filosófico en
torno a la retórica como un ‘’ estilo’’, una de las maneras
expuestas en le Gorgias como ‘’cosmética’’.
A lo que Fedro responde con el ‘’manual’’ de retórica: ‘’que
quien pretende ser orador no necesita aprender que es, de
verdad lo justo, sino lo que opine la gente que es la que
va a juzgar’’.
En
este punto se comienza realmente la dificultad entre discurso
verdadero y discurso aparente, entre filosofía y retórica.
La
verdad es la que procura una correcta tekne ‘’según dice
el laconio’’. Nos vemos abocados a delimitar el campo
de lo verdadero. La verdad se fundamenta en epistemé
, en un conocimiento racional que tiene en la dianoia,
en la mediación del nous la visión de los principios,
archai. La epistemé solo prueba siguiendo una
visión de las imágenes (eide), que son las que guían,
muestran. Al decir guían, señalan, el campo de lo verdadero
no solo se constriñe a lo puramente racional, porque el señalar
nos conduce a un objeto no atrapado por el discurso lógico
sino que requiere de algo para que lo diga. Los archai
se nombran por similitud: el símil de las musas.
La
manera de hallar lo verdadero, es por divisiones. No la diairesis
o dialéctica sino la técnica del buen carnicero (260 a). El
procedimiento de las divisiones conduce a una única idea,
a algo que no es convicción sino que surge naturalmente (blastemata).
Esa naturaleza requiere de un nombre que la diga y además,
una fuerza que la promulgue.
La
tekne legein, la técnica de la
palabra verdadera, requiere la publicación, la exteriorización
del discurso: la retórica. Esta dice lo verdadero por que
indica lo que surge naturalmente. Ella no deduce, sino que
señala el campo común con una similitud, con ‘’ lo que se
parece’’.
Lo
verdadero requiere de la exterioridad de la retórica para
decirlo, ya que el ‘’nombre’’ es un sentido pero no es la
cosa misma. El detenta una similitud de la naturaleza, una
metáfora de lo que esta primero en orden a su anterioridad.
La exterioridad de la retórica en orden ontológico se convierte
en interioridad en orden a la historia, al suceder que posee
tiempo, cambio. Es exterior en tanto no es la idea misma,
pero es la que señala el orden eidètico, lo más posterior
a la idea. Las ideas para el filósofo son exhibidas por las
musas Urania y Caliope: por la armonía, el orden de la música,
los astros y la retórica.
‘’Así también los discursos consideraron la idea de ‘’paranoia’’
bajo la forma de unidad innata ya en nosotros. Uno, en verdad,
cortando la parte izquierda, no cesó de irla dividiendo
hasta que encontró, entre ellas, un amor llamado siniestro,
y que, con toda justicia, no dejo sin vituperar. A su vez,
el segundo llevándonos hacia las del lado derecho de la
manía, habiendo encontrado un homónimo de aquel, un amor
pero divino, y poniéndonoslo delante, lo ensalzó como nuestra
mayor fuente de bienes’’ (266 a-b).
Este
pasaje de la división nos resalta el sentido anteriormente
expuesto, cómo de la idea, de la impronta del alma, se va
al discurso. Aquel que «nombra» la realidad «innata», que
coloca el lado izquierdo y el lado derecho, la apología o
el vituperio. Además nos indica un pasaje más anterior donde
Sòcrates al desearse conciliar con la divinidad (242c - 243a)
expone
la parte derecha del discurso. En la izquierda ‘’puesto
que sin haber dicho nada razonable ni verdadero parecían como
sí lo hubieran dicho’’ (243a).
La división del lado derecho nos conduce a una palinodia,
a un discurso que quiere aplacar la musa, el dios. Sòcrates
se descubre el rostro, se quita la cosmética e intenta un
agradar lo divino por un discurso que presenta el mito como
la posibilidad de su señalamiento. Los principios, archai,
por su cualidad de anterioridad requieren del símil, de la
metáfora para pronunciarlos, darles vida. Al poseer imaginación,
unión de percepciones, tienen pathos, algo que mueve
lo sensible, el cuerpo, los sentidos. Los principios por ser
inductivos, intuidos, no tienen una logizacion anterior, su
anterioridad es la expresión, y en caso del Fedro el principio
es presentado como un símil ‘’como el éste que es aquél’’
de la poética aristotélica.
Lado
derecho y lado izquierdo tiene la misma división, lo que varía
es el final donde arriban. Sí el izquierdo era un ‘’parecer’’,
el derecho es verdadero por su finalidad, por el bien que
produce. El discurso es un pharmacos, una purificación,
una ritualidad religiosa que nos conduce a la divinidad. Pero
esa divinidad, ese principio posee la historia, ese suceder
que implica todo aquello que posee una pasión. Luego, la retórica
se establece en la persuasión, en un convencer, una peithos,
que implica la palabra. La peithos tiene su logos a partir
de una divinidad. Sòcrates fue convencido de elaborar el discurso
derecho por una divinidad conciliadora. La peithos en su acepción
pitagorica-empedoclidea tiene una relación alma divina, alma
humana. ‘’La retórica es persuasión’’. Es una dirección
del alma hacia un absoluto que se presenta como verdadero.
A partir de la persuasión y la psicagogia, ‘’la conducción
de las almas’’, la retórica es verdadera, su técnica discursiva
conduce a una totalidad, a esa psique e pasa (245c), que une
‘’la naturaleza divina y humana del alma».
Aclaremos lo anterior. El pasaje que ha suscitado la pretendida
primacía de la dialéctica sobre la retórica; la superioridad
de la epistemé sobre la pasión, en el discurso, en el logos,
es el siguiente:
‘’ Y de esto es de lo que soy amante, Fedro, de las divisiones
y uniones (ton diasreseon kai sinagogon), que me hacen capaz
de hablar y pensar. Y sí creo que hay algún otro que tenga
como un poder natural de ver lo uno y lo múltiple, lo persigo
‘’yendo tras sus huellas como tras las de un dios’’......
Les llamo, por lo pronto, dialécticos» (266 c).
Este
pasaje lo tenemos que ver como una apología, como un elogio
de los que proceden como el buen carnicero, jamás como el
método que coloca la inducción, la reducción de lo múltiple
a la unidad sinagoge. Además los
principios son el punto de partida de lo verdadero, el fundamento
de la epagogé en tanto que proceso de reducción de
la multiplicidad a la unidad. Y como dijimos al principio
es creencia, pistis, algo tan estimado por la retórica.
De
modo que el pasaje no determina el momento de la retórica
sino que señala el método de los dialécticos para asumir el
nombre y con ello el elogio de los que procede con una tekne
logos.
| Lo verdadero requiere de
la exterioridad de la retórica para decirlo, ya que el
‘’nombre’’ es un sentido pero no es la cosa misma. El
detenta una similitud de la naturaleza, una metáfora de
lo que esta primero en orden a su anterioridad. |
El
problema real es asumir entre peithein
tekne y logon tekne. La
palabra es verdadera por que le habla al alma para conducirla
a la alabanza. La persuasión es de una divinidad que conduce
hacia lo primero, hacia lo más anterior ala unidad de lo múltiple.
La multiplicidad en su plan retórico de la psicagogia,
conduce al alma total, a la única alma: al organismo vivo
del discurso que es uno, persuasivo. La peithos
parte del principio, de lo creíble, de la fe en un absoluto,
para penetrarlo, estar en el cortejo de lo que conduce. El
verbo arjomai en griego es dirigir,
guiar. El principio que dice a partir del símil es el que
guía, de ahí que el nombre, el logos,
sea guía hacia lo que naturalmente se presenta. Lo que se
presenta en la persuasión no son múltiples que se conducen
hacia la unidad abstracta, sino unidad conducida por el pathos,
por aquello que el alma padece, por "el algo y el por quien"
(270d). El discurso se adecúa al alma (270 d) porque su naturaleza
es la misma del alma. El discurso es la parte sensible del
alma; el está adecuado a ella porque es el que la guía, el
que en forma de verosimilitud conduce. Las ideas resplandecen
pero son nombradas en su eidos. El alma esta a la escucha
de la divinidad que reclama el "discurso derecho",
la alabanza, el elogio.
El logos en su técnica persuasiva
halla la brevedad y la largueza, el silencio y la oportunidad.
La palabra es correcta porque es dictada, es impulsada, su
dinamis es conduccion, psicagogia;
tiene presente el principio y la naturaleza: La divinidad
y el alma. Ella es organismo vivo y alma total, es discurso
verdadero porque es palabra del alma. El discurso del lado
derecho es reclamado por la divinidad; el discurso de lado
izquierdo se entrega en su plenitud al pathos; la palabra
persuasiva conduce, eleva, arriba al absoluto que detenta
lo real, la naturaleza propia, psique
e pasa.
Creo que el plan de la retórica, peithein,
peithos, agein, está cumplido, la retórica es filosofía,
la filosofía es retórica.
Para
volver sobre la palabra, el arte, la pasión, la totalidad
y el alma, digamos con Rilke: ‘’el arte es la pasión de la
totalidad.
Su
resultado serenidad y equilibrio de lo numéricamente completo.