Figuras literarias y discursos filosóficos

Julián Serna Arango

Porque el individualismo y el autoritarismo surgen alrededor del modelo de mundo que gira alrededor de un centro, es menester relativizar los hábitos lingüísticos propios del estilo plano en filosofía, comprometidos con la metafísica, y reivindicar, en cambio, las figuras literarias. Por medio de la metáfora, la paradoja y la ironía, el discurso filosófico estaría en condiciones de comunicar una serie de experiencias irreductibles al universalismo de la metafísica, construirles, y en esa medida reivindicar las diferencias.

 

1. Educación y construcción de mundo

Numerosos autores han registrado el tránsito de la modernidad a la postmodernidad, de la historia a la posthistoria, de la fe al nihilismo. No obstante, en algunos sentidos seguimos siendo los mismos. No es menos individualista el postmoderno que el moderno, ni menos autoritario el mercado que la fe. En vano hemos movilizado en su contra ideas filosóficas, revoluciones políticas y abundantes sermones, y el individualismo y el autoritarismo se resisten a desaparecer. La Sociedad de consumo, el darwinismo social, cuando el dinero y el poder político dejan de ser medios y se erigen en fines, promueven el autoritarismo del Estado y el individualismo del mercado.

Después de la perestroika, cuando en los países de la antigua órbita soviética una serie de medidas económicas y políticas de corte radical se revelaron insuficientes para revertir el individualismo, los cruzados del socialismo, la solidaridad y el bien común han depositado su esperanza en la educación.

Cambiar el mundo en su acepción decimonónica implicaba remodelar urbes, redistribuir ladrillos, reescriturarlos, además. Apostar por el cambio a través de la educación implicaría realizar un giro de 180 grados. Para transformar la sociedad, se dice, sería necesario transformar al hombre primero, educarlo o reeducarlo según fuera el caso.

Formar al hombre, habilitar al ciudadano, capacitar al técnico, diversos han sido los objetivos de la educación, también sus métodos desde la mayéutica socrática hasta las tecnologías educativas sin olvidar las variedades de constructivismo. A pesar de los ingentes esfuerzos realizados por superar la mentalidad individualista y autoritaria, los resultados dejan que desear.

Es evidente que la educación fomenta el trabajo en grupo, habla de fraternidad, de convivencia, del bien común. No obstante, no por acumular mayores índices de escolaridad somos más solidarios. A diferencia de lo acontecido en el extremo Oriente, en Occidente lejos estaría de cumplirse la fórmula según la cual el hombre sabio es bueno. Hemos intentado insuflar la bondad mediante repetidas dosis de sabiduría, desde la catequesis cristiana hasta el imperativo categórico kantiano, y el individualismo y el autoritarismo permanecen incólumes. ¿Por qué ?

Si el autoritarismo y el individualismo subsisten no sólo lo harían las instituciones que los fomentan, sino también la mentalidad forjada a través suyo, comprometida con determinados hábitos intelectuales. ¿ Es posible identificarles ? En lo que respecta a los hábitos intelectuales acreditados por la tradición académica forzoso sería remitirnos a Aristóteles, quien primero fue biólogo y luego filósofo.

Porque los animales están repartidos en especies, el nombre común mediante el cual se designan varios animales de la misma especie constituye un universal, es decir, estaría comprometido con unos atributos. De allí el tránsito de las palabras a los conceptos, cuando por ejemplo los filósofos reducen la diversidad de los usos de la palabra «hombre» al concepto «hombre» como fuera concebido por Aristóteles.

Porque no sólo los individuos se clasifican en especies, cuando, además, las especies lo hacen en géneros, al discurso lo constituyen proposiciones por medio de las cuales se registra la inclusión de un sujeto (un individuo, una especie, etc.) en un predicado (una especie, un género, etc.). De allí que la relación de inclusión o atribución se erija en la relación por excelencia del discurso no sólo científico, sino además filosófico.

Porque los conceptos constituyen universales y las proposiciones dan cuenta de una experiencia regida por una rigurosa taxonomía, es posible concebir el discurso como un discurso articulado por una racionalidad apodíctica. Con su teoría del silogismo, Aristóteles define las reglas de tránsito del pensamiento, las mismas que permiten pasar de una proposición a otra sin violar el principio de no-contradicción, es decir, sin alterar (por decirlo de alguna manera) la semántica rectilínea del mundo concebida a imagen y semejanza del ámbito biótico.

Conceptos, juicios y silogismos configuran, en síntesis, los hábitos intelectuales por excelencia de acuerdo con Aristóteles; ellos conservan su vigencia a pesar del giro copernicano operado en filosofía por Descartes.

Con Descartes, Kant, y demás filósofos que reivindican el protagonismo de la subjetividad se hizo evidente que el mundo para nosotros no se copia del mundo exterior, sino que se construye con la activa participación de nuestros contenidos mentales. No obstante, tales filósofos se quedaron a mitad de camino. Si bien se asumió que el entramado de significados y sentidos a través del cual transcurre la vida humana se construye a partir de la subjetividad; se sostuvo, de otro lado, que el constructor, es decir, el sujeto, permanecía invariante, y con él los hábitos intelectuales acreditados por Aristóteles. Empero, tarde o temprano terminaría por hacerse evidente que el constructor, el sujeto, también se reconstruye.

Lejos de postular la existencia de unas ideas innatas (a la manera de Descartes) o unas formas a priori (a la manera de Kant), psicólogos como Vygotsky y Bruner terminan por reconocer la contingencia de los léxicos, la de los hábitos lingüísticos, como las vías mediante las cuales construimos mundo, apalabramos sentido. De allí que no debamos considerar nuestro léxico y hábitos lingüísticos de turno como fenómenos naturales, sino como fenómenos históricos, y en general como fenómenos alternativos. No obstante, el léxico y los hábitos lingüísticos acreditados por la tradición metafísica, no sólo conservan su vigencia en la cotidianidad, cuando registran un acusado predominio o monopolio en la tradición académica, inclusive.

En virtud de su vocación universalista, sus pretensiones apodícticas y la semántica rectilínea que los sustenta, el léxico y los hábitos lingüísticos comprometidos con la metafísica inducen a pensar que hay un orden del mundo, una verdad. No debe extrañarnos así que los protagonistas de las instituciones socio-políticas construidas alrededor de un centro desde la monarquía dinástica hasta la primogenitura, pasando por el caudillismo y la educación confesional no crean representar una verdad, sino la verdad, y menos aún que los individuos construidos a través de dichas instituciones no crean tener su verdad, sino la verdad.

Porque actitudes como el individualismo y el autoritarismo se resisten a mutar, debemos preguntarnos si el monopolio de los hábitos intelectuales comprometidos con la tradición metafísica contribuye a su longevidad.

 

En cuanto las figuras literarias posibilitan la reivindicación de las diferencias, en cuanto operan en un espacio semántico flexible facilitan la construcción de un auténtico discurso postmetafísico.

 

2. Los hábitos lingüísticos alternativos

Mientras los hábitos lingüísticos comprometidos con el estilo plano conservan el monopolio de la vida intelectual, dificultan la expresión del pensamiento heterodoxo como ocurrió con el positivismo por ejemplo. Habiendo pretendido superar la metafísica, el positivismo recayó en posturas metafísicas, sin embargo. Tributario del mismo aparato conceptual de la metafísica, de los conceptos de sujeto y de objeto, de verdad y de razón, entre otros, el positivismo difícilmente estaría en condiciones de articular una postura filosófica postmetafísica.

Nos proponemos explorar la manera como algunas figuras literarias, la metáfora, la paradoja y la ironía facilitan la ruptura con la tradición metafísica, es decir, con el universalismo de los conceptos y la semántica rectilínea asumida como presupuesto del discurso lineal-proposicional. En cuanto las figuras literarias posibilitan la reivindicación de las diferencias, en cuanto operan en un espacio semántico flexible facilitan la construcción de un auténtico discurso postmetafísico.

 

3. La metáfora

De acuerdo con la concepción tradicional de la metáfora formulada por Aristóteles, ella dificulta, perturba, inclusive, la comunicación (…) pues la expresión metafórica resulta siempre oscura (1), cuando da vía libre al vagabundeo de lo semántico, expresión acuñada por Derrida. Hoy día se define una metáfora en términos de la transferencia de un atributo tomado de un campo semántico 1 a un campo semántico 2. En la frase: María ha florecido, registramos una metáfora. En particular, se transfiere el atributo florecer, florecido, del campo semántico de la vegetación al campo semántico de la mujer.

Sobre la base de la distinción entre el significado propio y el significado metafórico de las palabras, Aristóteles expulsó la metáfora de la actividad científica. Mientras la lógica utiliza la palabra en su significado propio, y puede aspirar a lo verdadero; la retórica, en cambio, utiliza la palabra en su significado metafórico, es decir, basado en una similitud. Florecer en la mujer no pasaría de ser un símil con respecto a la actividad de procrear, un símil imperfecto, y en esos términos la expresión María ha florecido puede aspirar a lo verosímil únicamente.

Aunque los filósofos nunca dejaron de utilizar metáforas tentados por su pertinencia, por su eficacia, inclusive, evitaron usarlas en demasía. Semejante solución intermedia habría de colapsar, sin embargo.

Con el desarrollo de la ciencia matemática se aplica por primera vez la racionalidad apodíctica al mundo. Los discursos filosóficos a mitad de camino entre los ideales del discurso lógico y las licencias poéticas fueron expulsados de las diferentes regiones del ente. Para garantizar la supervivencia de su disciplina, hubo quienes propusieron la construcción del discurso filosófico a imagen y a semejanza del discurso científico, conquistando para el primero la claridad y la precisión del último. Es cuando las palabras sospechosas de padecer la polisemia de su significado y la difuminación de su sentido son relevadas por los conceptos a-históricos y ecuménicos, es decir, universales. Refiere Olson: La autonomía de las ideas respecto de las palabras sentó las bases para la filosofía mentalista de Descartes, Hobbes, Locke, Hume y Berkeley (2).

Las figuras literarias, en general, y la metáfora, en particular, fueron estigmatizadas como construcciones semánticas tendientes a provocar ambigüedad y contrasentidos. Asumida la metáfora como símil, su utilización no podría dar dividendos cognoscitivos, sino estéticos únicamente, y se la redujo a práctica ornamental. En última instancia, se propuso su relevo por perífrasis explicativas.

El sacrificio de las figuras literarias en aras de la construcción de un lenguaje científico no fue suficiente para emancipar al discurso filosófico del furor positivista. Al tiempo que descalificó la metafísica y la teología, Comte, el primer positivista, formuló una filosofía de la historia y fundó una religión. Russell, Ayer y Carnap, adscritos al positivismo lógico, en cambio, no vacilaron en descalificar los enunciados filosóficos, y otro tanto harían con los enunciados artísticos y religiosos como enunciados de segunda clase.

Expulsados del club de la ciencia no quedarían sino dos opciones para los filósofos. O aceptan el fin de la filosofía, o reivindican, en cambio, la especificidad de las disciplinas humanísticas, en general; de la filosofía, en particular, respecto del método científico, es decir, reivindican la polisemia de las palabras, el plurilingüismo de la comunicación, en síntesis, el valor de los contextos, bien sea desde una perspectiva hermenéutica, ya sea por conducto del pragmatismo.

 

si se asume una concepción del yo como punto de encuentro de múltiples tradiciones y contextos, la paradoja no sería una patología del yo, sino su expresión por excelencia.

 

Lejos de claudicar ante las amenazas del contextualismo, del pragmatismo, ante el peligro del relativismo, inclusive, los pensadores que conciben el mundo como un mundo ordenado y jerarquizado, que reducen la filosofía a una reflexión sobre la ciencia, han querido someter el discurso a los cánones dictados por una rigurosa taxonomía. Un par de ejemplos.

3.1 Semas y clasemas en Greimas

Greimas, lingüista estructuralista, concibe el significado y el sentido de cada palabra como un significado y un sentido definido por determinado número de semas, cada uno de los cuales toma su valor del respectivo sistema binario. Así por ejemplo dirá que haut (alto, en francés) está determinado por la presencia de los semas espacialidad, dimensionalidad y verticalidad, y por la ausencia de los semas horizontalidad, perspectividad y lateralidad (3).

Greimas distingue entre semas nucleares y semas contextuales o clasemas. Mientras los semas nucleares son aquellos sin los cuales la palabra (el lexema) colocaría en entredicho su identidad semántica; los semas contextuales o clasemas, en cambio, serían los semas derivados de la relación del lexema con determinados contextos. No serían otros los significados metafóricos de las palabras.

Mientras los semas nucleares definen el significado propio de las palabras, los semas contextuales o clasemas, en cambio, harían alusión a sus significados metafóricos. Greimas preserva así la concepción esencialista de las palabras a pesar y a partir del relevo de la teoría referencial del lenguaje por la concepción estructuralista del mismo como juego de diferencias. ¿En virtud de tales consideraciones deberíamos dejar las metáforas para el lenguaje no científico, para el lenguaje no académico únicamente?

Al precio de renunciar a la semántica rectilínea en medio de la cual opera el lenguaje lógico todavía utilizamos metáforas. No sólo en la cotidianidad, en el arte, en ocasiones las usan, las construyen los científicos, los filósofos como Nietzsche, inclusive. ¿ A cambio de qué cargamos con la ambigüedad que depara la metáfora?

1. Al arbitrar metáforas no nos limitamos a expresar una idea con los términos de su respectivo campo semántico, cuando pudiéramos hacer uso de otros. Con ello el discurso puede ganar en fuerza, en precisión, en síntesis. Veamos algunos ejemplos:

Cuando un expositor propone al auditorio vías irrealizables para la solución de un problema, de inmediato abundarán las objeciones. Habrá, en primer lugar, quien diga que: las tesis del expositor no pueden llevarse a la práctica Habrá, en segundo lugar, quien sostenga que: el expositor está soñando, y en ese caso realice la transferencia del campo semántico de la vida onírica al campo semántico de la vida diurna, es decir, realice una metáfora Mientras la expresión las tesis del expositor no se pueden llevar a la práctica, pudiera asumirse de manera relativa como sería por ejemplo (eso no se puede realizar) a corto plazo, a bajo costo; la expresión el expositor está soñando, en cambio, registra una desconexión todavía más radical entre decir y hacer.

Si una persona presenta tal grado de enojo que no sólo no está dispuesta a hablar, sino que además actúa en contra de sus congéneres, la expresión metafórica: Se volvió una fiera, tipifica el evento en cuestión por medio de una sola caracterización; de lo contrario se deben utilizar dos: Está enojado + Es un peligro.

 

2. Opuestos a la concepción tradicional de la metáfora, de acuerdo con la cual se le atribuye únicamente un valor estético, es menester reivindicar su valor cognoscitivo; por su conducto se opera una auténtica creación de significado y sentido como analizamos a continuación:

Hoy día (no ocurría todavía con Aristóteles) se ha deslindado el concepto de metáfora de aquellos casos en los que un fenómeno se reemplaza por su causa o por su efecto -ello acontece con la metonimia- o por una de sus partes o el género que la engloba -sucede con la sinecdoque-. Expresado en términos de la teoría de los campos semánticos, se diría que no hay metáfora cuando se transfiere a determinada palabra un atributo de su mismo campo semántico.

Quedarían los casos en los que la transferencia de significado implica la participación de diferentes campos semánticos. En la frase: Electra truena de la ira, es evidente que no existe una relación causal entra la ira y los truenos (como ocurre con la metonimia), que la ira no es parte de los truenos ni viceversa (como sucede con la sinecdoque), cuando se estaría utilizando, en cambio, un fenómeno meteorológico para ilustrar un estado emocional.

Si el concepto de trueno, el tronar, se asocia al estado emocional de la ira, ello daría lugar a dos opciones. O bien la expresión en cuestión Electra truena de la ira no hace carrera, y se asume como un símil, es decir, como un equivalente de la expresión La ira de Electra se asemeja al trueno; o bien origina nuevas resonancias semánticas. En este último caso el tronar dejaría de ser un símil del estado emocional de la ira, para operar, en cambio, como un significado o sentido propio de dicho estado, cuando tronar no sólo pudiera ser un evento meteorológico, sino además un evento emocional.

 

3.2 Un inventario de metáforas

Como quiera que existen metáforas paralelas a la contenida en la frase «María ha florecido», como serían: «María ha reverdecido», «María tiene sus pétalos ajados», «María se ha marchitado», ello haría ver las metáforas como casos particulares del vínculo entre dos campos semánticos: la flor, el campo semántico 1, y la mujer, el campo semántico 2.

La proliferación de metáforas que vinculan la flor con la mujer no son una excepción. Porque es posible verificar la existencia de múltiples metáforas que relacionan los mismos campos semánticos, el amor y el fuego (ardiendo de pasión, abrasado por el deseo), la geometría y la moral (actuó con rectitud, se salió por la tangente), es evidente que las metáforas suelen darse por racimos como ha sido expuesto por Lakoff y Johnson (4).

¿Si hiciéramos un inventario de los vínculos entre los diferentes campos semánticos, definiríamos así los potenciales clasemas (en la terminología de Greimas), es decir, las metáforas posibles? Por supuesto que no.

1. La vinculación entre dos campos semánticos dados no es universal. Cuando por ejemplo se relacionan los campos semánticos de la luz y del conocimiento, cuando se alude a los sabios en términos de iluminados, cuando se alude a la ignorancia como reino de las tinieblas, ello acontece en el marco de las hierofanías solares. En el marco de las hierofanías lunares, en cambio, tal vínculo sería discutible. Cuando se habla por ejemplo de las «profundidades de la noche», ello suele estar asociado a un determinado tipo de sabiduría. Es posible rastrear sus ecos en Occidente, como ocurre por ejemplo en los célebres Himnos a la noche de Novalis.

 

2. Probablemente la delimitación de los campos semánticos en el mundo físico-biótico está (en general) bien definida. No ocurre lo mismo en lo relativo al acontecer histórico, cuando los campos semánticos no son naturales, sino históricos, y sus fronteras se alteran y difuminan, cuando muchas de las distinciones acreditadas dentro de determinada topología semántica se revelan discutibles. Veamos por ejemplo lo ocurrido con las fronteras entre filosofía y literatura.

Si se parte de la antítesis filosofía-literatura como una antítesis subsidiaria de la antítesis realidad-ficción, hablar de filosofía retórica constituye una metáfora; estaríamos transfiriendo un atributo del campo semántico de la literatura al campo semántico de la filosofía, al decir por ejemplo que determinado discurso no es demostrativo ni mucho menos, sino únicamente conjetural. No obstante, si se reconoce la unidad filosofía-literatura, la expresión filosofía retórica más que una metáfora sería un pleonasmo, cuando tanto la retórica -atendiendo la definición de Aristóteles- , como la filosofía -dada la crisis de la racionalidad apodíctica en el ámbito socio-cultural- se ocuparían de lo verosímil.

A la explicación de la metáfora como una especie de ars combinatorio, en síntesis, únicamente se le podría conceder validez desde un punto de vista sincrónico; desde un punto de vista diacrónico, en cambio, la metáfora bien puede dar lugar -de hacer carrera- a una nueva acepción de la palabra o de la expresión, incrementando así las potencialidades semánticas del respectivo léxico.

 

Aunque la ironía no ofrece el carácter exhaustivo de la argumentación laboriosa, no menos cierto es que en su condición de acción relámpago, resulta particularmente competitiva.

 

Cuando Kant ensambla la expresión giro copernicano para referirse al cambio de marcha en filosofía, se vale del símil existente entre lo acontecido en el ámbito de la astronomía con Copérnico, quien invierte la relación existente entre la tierra y el sol cuando pasa de una concepción geocéntrica a una concepción heliocéntrica, de una parte, y el cambio de marcha en filosofía con Descartes, quien invierte la relación sujeto-objeto que antes gravitaba alrededor del primero y ahora lo hace alrededor del último, de otra parte. Porque la expresión giro copernicano hace carrera, ella termina incorporada al argot filosófico. De la expresión en cuestión se vale Heidegger en La pregunta por la cosa por ejemplo. Dada su progresiva lexicalización, la expresión giro copernicano suele estar disponible no sólo para construir nuevas frases, sino además nuevas metáforas. De allí que Rorty acuñe la expresión giro lingüístico, cuyo sentido relativo a un nuevo cambio de marcha en filosofía se evidencia a través de las resonancias semánticas que lo conectan con la expresión giro copernicano.

 

4. La paradoja

Entre los enunciados paradójicos los hay que se comprometen con una cosa y su contraria; ello acontece con Epiménides el cretense, quien decía que todos los cretenses son mentirosos, dando lugar a dificultades insalvables desde el punto de vista lógico:

- Si Epiménides es mentiroso, y dice que todos los cretenses lo son diría la verdad, pero como dice la verdad, él no sería mentiroso, y terminamos en una contradicción.

- Si Epiménides es mentiroso, y dice que todos los cretenses lo son, miente, y terminamos en una contradicción.

Formulaciones como la teoría de los tipos de Russell, de acuerdo con la cual un mismo concepto no puede ser utilizado en diferentes niveles del discurso sin alterar su significado o su sentido han permitido resolver las más de tales paradojas.

Aplicando la teoría de los tipos de Russell, resulta evidente que las expresiones: «Epiménides el cretense», la una, y «Todos los cretenses», la otra, no remiten al mismo nivel conceptual. A pesar de las apariencias, el primer cretense no sería un cretense más como los últimos.

A diferencia de las paradojas que se resuelven por la teoría de los tipos de Russell, y que serían (en última instancia) paradojas virtuales; las hay que remiten a la descentración del yo, y que serían, en cambio, paradojas reales.

Lejos de limitarse a violar el principio de no-contradicción, la frase: María, te olvidé, alude a la complejidad inaudita de la condición humana, cuando a la par que registra el olvido, el autor deja constancia de su recuerdo.

La frase María, te olvidé, expresa en afortunada síntesis los sentimientos superpuestos de quien quiere dar vía libre a su nostalgia a la par que emanciparse de su pasado. Lejos de ser única, dicha superposición de sentimientos no sería más que un caso entre muchos. Diversos acontecimientos suscitan reacciones encontradas, amor y odio, temor y deseo, altruismo y egoísmo, y en esa medida serían paradójicos.

Mientras se parta de la concepción del yo como mónada psicológica, intelectual o espiritual, las paradojas no pueden sino clasificarse como fenómenos aberrantes desde un punto de vista lógico. No obstante, si se asume una concepción del yo como punto de encuentro de múltiples tradiciones y contextos, la paradoja no sería una patología del yo, sino su expresión por excelencia.

 

5. La ironía

Si alguien presume de la importancia de su ciudad de origen fuera de toda proporción, bastaría replicar que dicha ciudad es la capital del mundo para resaltar el contraste entre sus pretensiones y la «realidad», y desenmascarar su infundio.

Así sean discutibles, hay ideas que pasan por la aduana de nuestra conciencia sin recibir objeción alguna, camufladas en frases de bajo perfil, en medio del tráfico pesado que caracteriza el devenir. No ocurre lo mismo si se les formula de manera categórica y rotunda. Para desenmascararles, la ironía se vale con frecuencia de hipérboles.

Aunque la ironía no ofrece el carácter exhaustivo de la argumentación laboriosa, no menos cierto es que en su condición de acción relámpago resulta particularmente competitiva.

Un tratado suele contener dos o tres tesis en medio de un ejército (o una selva) de argumentos. Ante ellos los lectores reaccionan de tres modos diferentes. Cuando autor y lector comparten una construcción de mundo afín, una argumentación exhaustiva como la del tratado suele resultar superflua, y la ironía, en cambio, puede servir de atajo. Cuando las respectivas precomprensiones de mundo de autor y lector divergen en materia grave, los argumentos suelen pasar de largo, y en ese caso valdría la pena ensayar una acción de choque como la representada por la ironía. Cuando autor y lector comparten su precomprensión de mundo de manera parcial, los argumentos sirven de punto de referencia para enfatizar las afinidades o acentuar las diferencias, es decir, para tomar una decisión al respecto.

 

La metáfora adiciona sentido cuando crea nuevas realidades semánticas; por su conducto, el autor estaría en condiciones de esculpir el discurso, de detallarle de manera más fina todavía.

 

6. Conclusión

Con el advenimiento de la escritura, y en particular de la escritura alfabética griega, se registra la primacía del autor omnisciente, del autor que elabora su discurso al margen de sus interlocutores, del contexto situacional, además, y que tiene en el tratado su expresión por excelencia, y cuyos más elocuentes ejemplos no serían otros que las obras de metafísica y teología, obras en los que las metáforas, las ironías, las paradojas, y en general los segundos sentidos se consideran desviaciones respecto de la norma. Incompatibles con un concepto de mundo ordenado y jerarquizado, las figuras literarias se limitan a los discursos en cierto modo marginales como la poesía.

Con el auge del positivismo decimonónico -hoy día batido en retirada en los ámbitos académicos, pero paradójicamente enquistado en las más profundas capas de nuestra mentalidad- los discursos en los que fueron confinados los hábitos lingüísticos alternativos, como serían los discursos poéticos ahora son clasificados como discursos de segunda clase; si acaso conservamos sus caricaturas en la publicidad y la demagogia. Habiendo llegado las figuras literarias a su punto más bajo, advertimos su reivindicación, sin embargo.

Acontecida la crisis de los sistemas, la crisis de la racionalidad apodíctica en el ámbito socio-cultural, los hábitos lingüísticos alternativos, la metáfora, la paradoja, la ironía, en particular, no sólo superan el estigma de ser clasificadas como formas retóricas en la medida en que todas las demás también lo son, sino que, además, estarían en condiciones de sacar partido de sus ventajas relativas, y en particular, de su capacidad para expresar las diferencias.

1. La metáfora adiciona sentido cuando crea nuevas realidades semánticas; por su conducto, el autor estaría en condiciones de esculpir el discurso, de detallarle de manera más fina todavía.

2. La paradoja reconstruye la trama de significado y sentido vigente, provocando una especie de torsión, originada en la superposición o coexistencia de significados o sentidos en principio antagónicos.

3. La ironía actúa como acción relámpago tendiente a desmantelar de una vez por todas determinados infundios.

Las figuras literarias, en síntesis, no sólo proporcionan fuerza, pertinencia al discurso, sino que además habilitan la construcción de mundos más ricos y complejos; no se limitan a transitar por las cuadrículas de una semántica rectilínea como lo hace el tratado, el discurso lineal-proposicional, cuando reivindican, en cambio, las diferencias, al tomar en consideración los contextos. Y aunque no puede decirse que dicha sensibilidad hacia las diferencias se traduzca automáticamente en pluralismo, si posibilita su expresión, su construcción, inclusive, en contravía con el individualismo y el autoritarismo.

Ingente precio debieron pagar las matemáticas para superar la ambigüedad. Leemos en Perelman: Hoy se reconoce que las matemáticas y todos los sistemas formalizados, constituyen una lengua artificial sometida a numerosas restricciones para la eliminación de toda ambigüedad (5). Otro tanto sucedió con el discurso filosófico en la medida en que se comprometió con el estilo plano. A diferencia de la matemática, el discurso filosófico no conquistó la racionalidad apodíctica a pesar del ingente precio pagado para tal fin. Habiéndose quedado con el pecado y sin el género, ha llegado la hora de revertir tal situación.

 

NOTAS

(1) ARISTOTELES. Tópicos. VI, 2. En Obras. Madrid: Aguilar, 1964 p. 486.

(2) OLSON, David R. El mundo sobre el papel. Barcelona: Gedisa, 1998. p. 192

(3) Cfr. GREIMAS, A. J. Semántica estructural. Madrid: Gredos, 1987. p 52.

(4) Cfr. LAKOFF, George, y JOHNSON, Mark. Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra, 1995. p. 43 y ss.

(5) PERELMAN, Chaïm. El imperio retórico. Santafé de Bogotá: Norma, 1997. p 70.

 


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