Porque
el individualismo y el autoritarismo surgen alrededor del
modelo de mundo que gira alrededor de un centro, es menester
relativizar los hábitos lingüísticos propios del estilo plano
en filosofía, comprometidos con la metafísica, y reivindicar,
en cambio, las figuras literarias. Por medio de la metáfora,
la paradoja y la ironía, el discurso filosófico estaría en
condiciones de comunicar una serie de experiencias irreductibles
al universalismo de la metafísica, construirles, y en esa
medida reivindicar las diferencias.
1.
Educación y construcción de mundo
Numerosos autores han registrado el tránsito de la modernidad
a la postmodernidad, de la historia a la posthistoria, de
la fe al nihilismo. No obstante, en algunos sentidos seguimos
siendo los mismos. No es menos individualista el postmoderno
que el moderno, ni menos autoritario el mercado que la fe.
En vano hemos movilizado en su contra ideas filosóficas, revoluciones
políticas y abundantes sermones, y el individualismo y el
autoritarismo se resisten a desaparecer. La Sociedad de
consumo, el darwinismo social, cuando el dinero y el poder
político dejan de ser medios y se erigen en fines, promueven
el autoritarismo del Estado y el individualismo del mercado.
Después
de la perestroika, cuando en los países de la antigua órbita
soviética una serie de medidas económicas y políticas de corte
radical se revelaron insuficientes para revertir el individualismo,
los cruzados del socialismo, la solidaridad y el bien común
han depositado su esperanza en la educación.
Cambiar el mundo en su acepción decimonónica implicaba remodelar
urbes, redistribuir ladrillos, reescriturarlos, además. Apostar
por el cambio a través de la educación implicaría realizar
un giro de 180 grados. Para transformar la sociedad, se dice,
sería necesario transformar al hombre primero, educarlo o
reeducarlo según fuera el caso.
Formar al hombre, habilitar al ciudadano, capacitar al técnico,
diversos han sido los objetivos de la educación, también sus
métodos desde la mayéutica socrática hasta las tecnologías
educativas sin olvidar las variedades de constructivismo.
A pesar de los ingentes esfuerzos realizados por superar la
mentalidad individualista y autoritaria, los resultados dejan
que desear.
Es
evidente que la educación fomenta el trabajo en grupo, habla
de fraternidad, de convivencia, del bien común. No obstante,
no por acumular mayores índices de escolaridad somos más solidarios.
A diferencia de lo acontecido en el extremo Oriente, en Occidente
lejos estaría de cumplirse la fórmula según la cual el hombre
sabio es bueno. Hemos intentado insuflar la bondad mediante
repetidas dosis de sabiduría, desde la catequesis cristiana
hasta el imperativo categórico kantiano, y el individualismo
y el autoritarismo permanecen incólumes. ¿Por qué ?
Si
el autoritarismo y el individualismo subsisten no sólo lo
harían las instituciones que los fomentan, sino también la
mentalidad forjada a través suyo, comprometida con determinados
hábitos intelectuales. ¿ Es posible identificarles ? En lo
que respecta a los hábitos intelectuales acreditados por la
tradición académica forzoso sería remitirnos a Aristóteles,
quien primero fue biólogo y luego filósofo.
Porque los animales están repartidos en especies, el nombre
común mediante el cual se designan varios animales de la misma
especie constituye un universal, es decir, estaría comprometido
con unos atributos. De allí el tránsito de las palabras a
los conceptos, cuando por ejemplo los filósofos reducen la
diversidad de los usos de la palabra «hombre» al concepto
«hombre» como fuera concebido por Aristóteles.
Porque
no sólo los individuos se clasifican en especies, cuando,
además, las especies lo hacen en géneros, al discurso lo constituyen
proposiciones por medio de las cuales se registra la inclusión
de un sujeto (un individuo, una especie, etc.) en un predicado
(una especie, un género, etc.). De allí que la relación de
inclusión o atribución se erija en la relación por excelencia
del discurso no sólo científico, sino además filosófico.
Porque
los conceptos constituyen universales y las proposiciones
dan cuenta de una experiencia regida por una rigurosa taxonomía,
es posible concebir el discurso como un discurso articulado
por una racionalidad apodíctica. Con su teoría del silogismo,
Aristóteles define las reglas de tránsito del pensamiento,
las mismas que permiten pasar de una proposición a otra sin
violar el principio de no-contradicción, es decir, sin alterar
(por decirlo de alguna manera) la semántica rectilínea
del mundo concebida a imagen y semejanza del ámbito biótico.
Conceptos,
juicios y silogismos configuran, en síntesis, los hábitos
intelectuales por excelencia de acuerdo con Aristóteles; ellos
conservan su vigencia a pesar del giro copernicano
operado en filosofía por Descartes.
Con
Descartes, Kant, y demás filósofos que reivindican el protagonismo
de la subjetividad se hizo evidente que el mundo para nosotros
no se copia del mundo exterior, sino que se construye con
la activa participación de nuestros contenidos mentales. No
obstante, tales filósofos se quedaron a mitad de camino. Si
bien se asumió que el entramado de significados y sentidos
a través del cual transcurre la vida humana se construye a
partir de la subjetividad; se sostuvo, de otro lado, que el
constructor, es decir, el sujeto, permanecía invariante, y
con él los hábitos intelectuales acreditados por Aristóteles.
Empero, tarde o temprano terminaría por hacerse evidente que
el constructor, el sujeto, también se reconstruye.
Lejos
de postular la existencia de unas ideas innatas (a la manera
de Descartes) o unas formas a priori (a la manera de
Kant), psicólogos como Vygotsky y Bruner terminan por reconocer
la contingencia de los léxicos, la de los hábitos lingüísticos,
como las vías mediante las cuales construimos mundo, apalabramos
sentido. De allí que no debamos considerar nuestro léxico
y hábitos lingüísticos de turno como fenómenos naturales,
sino como fenómenos históricos, y en general como fenómenos
alternativos. No obstante, el léxico y los hábitos lingüísticos
acreditados por la tradición metafísica, no sólo conservan
su vigencia en la cotidianidad, cuando registran un acusado
predominio o monopolio en la tradición académica, inclusive.
En
virtud de su vocación universalista, sus pretensiones apodícticas
y la semántica rectilínea que los sustenta, el léxico
y los hábitos lingüísticos comprometidos con la metafísica
inducen a pensar que hay un orden del mundo, una verdad. No
debe extrañarnos así que los protagonistas de las instituciones
socio-políticas construidas alrededor de un centro desde la
monarquía dinástica hasta la primogenitura, pasando por el
caudillismo y la educación confesional no crean representar
una verdad, sino la verdad, y menos aún que los individuos
construidos a través de dichas instituciones no crean tener
su verdad, sino la verdad.
Porque
actitudes como el individualismo y el autoritarismo se resisten
a mutar, debemos preguntarnos si el monopolio de los hábitos
intelectuales comprometidos con la tradición metafísica contribuye
a su longevidad.
| En cuanto las figuras literarias
posibilitan la reivindicación de las diferencias,
en cuanto operan en un espacio semántico flexible
facilitan la construcción de un auténtico discurso
postmetafísico. |
2.
Los hábitos lingüísticos alternativos
Mientras los hábitos lingüísticos comprometidos con el estilo
plano conservan el monopolio de la vida intelectual, dificultan
la expresión del pensamiento heterodoxo como ocurrió con el
positivismo por ejemplo. Habiendo pretendido superar la metafísica,
el positivismo recayó en posturas metafísicas, sin embargo.
Tributario del mismo aparato conceptual de la metafísica,
de los conceptos de sujeto y de objeto, de verdad y de razón,
entre otros, el positivismo difícilmente estaría en condiciones
de articular una postura filosófica postmetafísica.
Nos
proponemos explorar la manera como algunas figuras literarias,
la metáfora, la paradoja y la ironía facilitan la ruptura
con la tradición metafísica, es decir, con el universalismo
de los conceptos y la semántica rectilínea asumida
como presupuesto del discurso lineal-proposicional. En cuanto
las figuras literarias posibilitan la reivindicación de las
diferencias, en cuanto operan en un espacio semántico flexible
facilitan la construcción de un auténtico discurso postmetafísico.
3.
La metáfora
De
acuerdo con la concepción tradicional de la metáfora formulada
por Aristóteles, ella dificulta, perturba, inclusive, la comunicación
(…) pues la expresión metafórica resulta siempre oscura
(1), cuando da vía libre al vagabundeo
de lo semántico, expresión acuñada por Derrida. Hoy día
se define una metáfora en términos de la transferencia de
un atributo tomado de un campo semántico 1 a un campo semántico
2. En la frase: María ha florecido, registramos una
metáfora. En particular, se transfiere el atributo florecer,
florecido, del campo semántico de la vegetación al campo semántico
de la mujer.
Sobre la base de la distinción entre el significado propio
y el significado metafórico de las palabras, Aristóteles expulsó
la metáfora de la actividad científica. Mientras la lógica
utiliza la palabra en su significado propio, y puede aspirar
a lo verdadero; la retórica, en cambio, utiliza la palabra
en su significado metafórico, es decir, basado en una similitud.
Florecer en la mujer no pasaría de ser un símil con respecto
a la actividad de procrear, un símil imperfecto, y en esos
términos la expresión María ha florecido puede aspirar
a lo verosímil únicamente.
Aunque
los filósofos nunca dejaron de utilizar metáforas tentados
por su pertinencia, por su eficacia, inclusive, evitaron usarlas
en demasía. Semejante solución intermedia habría de colapsar,
sin embargo.
Con
el desarrollo de la ciencia matemática se aplica por primera
vez la racionalidad apodíctica al mundo. Los discursos filosóficos
a mitad de camino entre los ideales del discurso lógico y
las licencias poéticas fueron expulsados de las diferentes
regiones del ente. Para garantizar la supervivencia de su
disciplina, hubo quienes propusieron la construcción del discurso
filosófico a imagen y a semejanza del discurso científico,
conquistando para el primero la claridad y la precisión del
último. Es cuando las palabras sospechosas de padecer la polisemia
de su significado y la difuminación de su sentido son relevadas
por los conceptos a-históricos y ecuménicos, es decir, universales.
Refiere Olson: La autonomía de las ideas respecto de las
palabras sentó las bases para la filosofía mentalista de Descartes,
Hobbes, Locke, Hume y Berkeley (2).
Las figuras literarias, en general, y la metáfora, en particular,
fueron estigmatizadas como construcciones semánticas tendientes
a provocar ambigüedad y contrasentidos. Asumida la metáfora
como símil, su utilización no podría dar dividendos cognoscitivos,
sino estéticos únicamente, y se la redujo a práctica ornamental.
En última instancia, se propuso su relevo por perífrasis explicativas.
El
sacrificio de las figuras literarias en aras de la construcción
de un lenguaje científico no fue suficiente para emancipar
al discurso filosófico del furor positivista. Al tiempo que
descalificó la metafísica y la teología, Comte, el primer
positivista, formuló una filosofía de la historia y fundó
una religión. Russell, Ayer y Carnap, adscritos al positivismo
lógico, en cambio, no vacilaron en descalificar los enunciados
filosóficos, y otro tanto harían con los enunciados artísticos
y religiosos como enunciados de segunda clase.
Expulsados del club de la ciencia no quedarían sino dos opciones
para los filósofos. O aceptan el fin de la filosofía, o reivindican,
en cambio, la especificidad de las disciplinas humanísticas,
en general; de la filosofía, en particular, respecto del método
científico, es decir, reivindican la polisemia de las palabras,
el plurilingüismo de la comunicación, en síntesis, el valor
de los contextos, bien sea desde una perspectiva hermenéutica,
ya sea por conducto del pragmatismo.
| si se asume una concepción
del yo como punto de encuentro de múltiples tradiciones
y contextos, la paradoja no sería una patología del yo,
sino su expresión por excelencia. |
Lejos
de claudicar ante las amenazas del contextualismo, del pragmatismo,
ante el peligro del relativismo, inclusive, los pensadores
que conciben el mundo como un mundo ordenado y jerarquizado,
que reducen la filosofía a una reflexión sobre la ciencia,
han querido someter el discurso a los cánones dictados por
una rigurosa taxonomía. Un par de ejemplos.
3.1
Semas y clasemas en Greimas
Greimas,
lingüista
estructuralista, concibe el significado y el sentido de cada
palabra como un significado y un sentido definido por determinado
número de semas, cada uno de los cuales toma su valor del
respectivo sistema binario. Así por ejemplo dirá que haut
(alto, en francés) está determinado por la presencia de los
semas espacialidad, dimensionalidad y verticalidad, y por
la ausencia de los semas horizontalidad, perspectividad y
lateralidad (3).
Greimas
distingue entre semas nucleares y semas contextuales o clasemas.
Mientras los semas nucleares son aquellos sin los cuales la
palabra (el lexema) colocaría en entredicho su identidad semántica;
los semas contextuales o clasemas, en cambio, serían los semas
derivados de la relación del lexema con determinados contextos.
No serían otros los significados metafóricos de las palabras.
Mientras los semas nucleares definen el significado propio
de las palabras, los semas contextuales o clasemas, en cambio,
harían alusión a sus significados metafóricos. Greimas preserva
así la concepción esencialista de las palabras a pesar y a
partir del relevo de la teoría referencial del lenguaje por
la concepción estructuralista del mismo como juego de diferencias.
¿En virtud de tales consideraciones deberíamos dejar las metáforas
para el lenguaje no científico, para el lenguaje no académico
únicamente?
Al precio de renunciar a la semántica rectilínea en
medio de la cual opera el lenguaje lógico todavía utilizamos
metáforas. No sólo en la cotidianidad, en el arte, en ocasiones
las usan, las construyen los científicos, los filósofos como
Nietzsche, inclusive. ¿ A cambio de qué cargamos con la ambigüedad
que depara la metáfora?
1.
Al arbitrar metáforas no nos limitamos a expresar una idea
con los términos de su respectivo campo semántico, cuando
pudiéramos hacer uso de otros. Con ello el discurso puede
ganar en fuerza, en precisión, en síntesis. Veamos algunos
ejemplos:
Cuando un expositor propone al auditorio vías irrealizables
para la solución de un problema, de inmediato abundarán
las objeciones. Habrá, en primer lugar, quien diga que:
las tesis del expositor no pueden llevarse a la práctica
Habrá, en segundo lugar, quien sostenga que: el expositor
está soñando, y en ese caso realice la transferencia
del campo semántico de la vida onírica al campo semántico
de la vida diurna, es decir, realice una metáfora Mientras
la expresión las tesis del expositor no se pueden llevar
a la práctica, pudiera asumirse de manera relativa como
sería por ejemplo (eso no se puede realizar) a corto plazo,
a bajo costo; la expresión el expositor está soñando,
en cambio, registra una desconexión todavía más radical
entre decir y hacer.
Si
una persona presenta tal grado de enojo que no sólo no está
dispuesta a hablar, sino que además actúa en contra de sus
congéneres, la expresión metafórica: Se volvió una fiera,
tipifica el evento en cuestión por medio de una sola caracterización;
de lo contrario se deben utilizar dos: Está enojado +
Es un peligro.
2.
Opuestos a la concepción tradicional de la metáfora, de
acuerdo con la cual se le atribuye únicamente un valor estético,
es menester reivindicar su valor cognoscitivo; por su conducto
se opera una auténtica creación de significado y sentido
como analizamos a continuación:
Hoy día (no ocurría todavía con Aristóteles) se ha deslindado
el concepto de metáfora de aquellos casos en los que un
fenómeno se reemplaza por su causa o por su efecto -ello
acontece con la metonimia- o por una de sus partes o el
género que la engloba -sucede con la sinecdoque-. Expresado
en términos de la teoría de los campos semánticos,
se diría que no hay metáfora cuando se transfiere a determinada
palabra un atributo de su mismo campo semántico.
Quedarían
los casos en los que la transferencia de significado implica
la participación de diferentes campos semánticos. En la
frase: Electra truena de la ira, es evidente que
no existe una relación causal entra la ira y los truenos
(como ocurre con la metonimia), que la ira no es parte de
los truenos ni viceversa (como sucede con la sinecdoque),
cuando se estaría utilizando, en cambio, un fenómeno meteorológico
para ilustrar un estado emocional.
Si
el concepto de trueno, el tronar, se asocia al estado emocional
de la ira, ello daría lugar a dos opciones. O bien la expresión
en cuestión Electra truena de la ira no hace carrera,
y se asume como un símil, es decir, como un equivalente
de la expresión La ira de Electra se asemeja al trueno;
o bien origina nuevas resonancias semánticas. En este último
caso el tronar dejaría de ser un símil del estado emocional
de la ira, para operar, en cambio,
como un significado o sentido propio de dicho estado, cuando
tronar no sólo pudiera ser un evento meteorológico, sino
además un evento emocional.
3.2 Un inventario de metáforas
Como
quiera que existen metáforas paralelas a la contenida en la
frase «María ha florecido», como serían: «María ha reverdecido»,
«María tiene sus pétalos ajados», «María se ha marchitado»,
ello haría ver las metáforas como casos particulares del vínculo
entre dos campos semánticos: la flor, el campo semántico 1,
y la mujer, el campo semántico 2.
La proliferación de metáforas que vinculan la flor con la
mujer no son una excepción. Porque es posible verificar la
existencia de múltiples metáforas que relacionan los mismos
campos semánticos, el amor y el fuego (ardiendo de pasión,
abrasado por el deseo), la geometría y la moral (actuó con
rectitud, se salió por la tangente), es evidente que las metáforas
suelen darse por racimos como ha sido expuesto por Lakoff
y Johnson (4).
¿Si
hiciéramos un inventario de los vínculos entre los diferentes
campos semánticos, definiríamos así los potenciales clasemas
(en la terminología de Greimas), es decir, las metáforas posibles?
Por supuesto que no.
1.
La vinculación entre dos campos semánticos dados no es universal.
Cuando por ejemplo se relacionan los campos semánticos de
la luz y del conocimiento, cuando se alude a los sabios
en términos de iluminados, cuando se alude a la ignorancia
como reino de las tinieblas, ello acontece en el marco de
las hierofanías solares. En el marco de las hierofanías
lunares, en cambio, tal vínculo sería discutible. Cuando
se habla por ejemplo de las «profundidades de la noche»,
ello suele estar asociado a un determinado tipo de sabiduría.
Es posible rastrear sus ecos en Occidente, como ocurre por
ejemplo en los célebres Himnos a la noche de Novalis.
2. Probablemente la delimitación de los campos semánticos
en el mundo físico-biótico está (en general) bien definida.
No ocurre lo mismo en lo relativo al acontecer histórico,
cuando los campos semánticos no son naturales, sino históricos,
y sus fronteras se alteran y difuminan, cuando muchas de
las distinciones acreditadas dentro de determinada topología
semántica se revelan discutibles. Veamos por ejemplo lo
ocurrido con las fronteras entre filosofía y literatura.
Si
se parte de la antítesis filosofía-literatura como una antítesis
subsidiaria de la antítesis realidad-ficción, hablar de
filosofía retórica constituye una metáfora; estaríamos transfiriendo
un atributo del campo semántico de la literatura al campo
semántico de la filosofía, al decir por ejemplo que determinado
discurso no es demostrativo ni mucho menos, sino únicamente
conjetural. No obstante, si se reconoce la unidad filosofía-literatura,
la expresión filosofía retórica más que una metáfora
sería un pleonasmo, cuando tanto la retórica -atendiendo
la definición de Aristóteles- , como la filosofía -dada
la crisis de la racionalidad apodíctica en el ámbito socio-cultural-
se ocuparían de lo verosímil.
A
la explicación de la metáfora como una especie de ars combinatorio,
en síntesis, únicamente se le podría conceder validez desde
un punto de vista sincrónico; desde un punto de vista diacrónico,
en cambio, la metáfora bien puede dar lugar -de hacer carrera-
a una nueva acepción de la palabra o de la expresión, incrementando
así las potencialidades semánticas del respectivo léxico.
| Aunque la ironía no ofrece
el carácter exhaustivo de la argumentación laboriosa,
no menos cierto es que en su condición de acción relámpago,
resulta particularmente competitiva. |
Cuando
Kant ensambla la expresión giro copernicano para referirse
al cambio de marcha en filosofía, se vale del símil existente
entre lo acontecido en el ámbito de la astronomía con Copérnico,
quien invierte la relación existente entre la tierra y el
sol cuando pasa de una concepción geocéntrica a una concepción
heliocéntrica, de una parte, y el cambio de marcha en filosofía
con Descartes, quien invierte la relación sujeto-objeto que
antes gravitaba alrededor del primero y ahora lo hace alrededor
del último, de otra parte. Porque la expresión giro copernicano
hace carrera, ella termina incorporada al argot filosófico.
De la expresión en cuestión se vale Heidegger en La pregunta
por la cosa por ejemplo. Dada su progresiva lexicalización,
la expresión giro copernicano suele estar disponible
no sólo para construir nuevas frases, sino además nuevas metáforas.
De allí que Rorty acuñe la expresión giro lingüístico,
cuyo sentido relativo a un nuevo cambio de marcha en filosofía
se evidencia a través de las resonancias semánticas que lo
conectan con la expresión giro copernicano.
4.
La paradoja
Entre
los enunciados paradójicos los hay que se comprometen con
una cosa y su contraria; ello acontece con Epiménides el cretense,
quien decía que todos los cretenses son mentirosos, dando
lugar a dificultades insalvables desde el punto de vista lógico:
- Si Epiménides es mentiroso, y dice que todos los cretenses
lo son diría la verdad, pero como dice la verdad, él no sería
mentiroso, y terminamos en una contradicción.
-
Si Epiménides es mentiroso, y dice que todos los cretenses
lo son, miente, y terminamos en una contradicción.
Formulaciones como la teoría de los tipos de Russell,
de acuerdo con la cual un mismo concepto no puede ser utilizado
en diferentes niveles del discurso sin alterar su significado
o su sentido han permitido resolver las más de tales paradojas.
Aplicando
la teoría de los tipos de Russell, resulta evidente
que las expresiones: «Epiménides el cretense», la una,
y «Todos los cretenses», la otra, no remiten al mismo
nivel conceptual. A pesar de las apariencias, el primer cretense
no sería un cretense más como los últimos.
A diferencia de las paradojas que se resuelven por la teoría
de los tipos de Russell, y que serían (en última instancia)
paradojas virtuales; las hay que remiten a la descentración
del yo, y que serían, en cambio, paradojas reales.
Lejos
de limitarse a violar el principio de no-contradicción, la
frase: María, te olvidé, alude a la complejidad inaudita
de la condición humana, cuando a la par que registra el olvido,
el autor deja constancia de su recuerdo.
La
frase María, te olvidé, expresa en afortunada síntesis
los sentimientos superpuestos de quien quiere dar vía libre
a su nostalgia a la par que emanciparse de su pasado. Lejos
de ser única, dicha superposición de sentimientos no sería
más que un caso entre muchos. Diversos acontecimientos suscitan
reacciones encontradas, amor y odio, temor y deseo, altruismo
y egoísmo, y en esa medida serían paradójicos.
Mientras
se parta de la concepción del yo como mónada psicológica,
intelectual o espiritual, las paradojas no pueden sino clasificarse
como fenómenos aberrantes desde un punto de vista lógico.
No obstante, si se asume una concepción del yo como punto
de encuentro de múltiples tradiciones y contextos, la paradoja
no sería una patología del yo, sino su expresión por excelencia.
5.
La ironía
Si alguien presume de la importancia de su ciudad de origen
fuera de toda proporción, bastaría replicar que dicha ciudad
es la capital del mundo para resaltar el contraste
entre sus pretensiones y la «realidad», y desenmascarar su
infundio.
Así
sean discutibles, hay ideas que pasan por la aduana de nuestra
conciencia sin recibir objeción alguna, camufladas en frases
de bajo perfil, en medio del tráfico pesado que caracteriza
el devenir. No ocurre lo mismo si se les formula de manera
categórica y rotunda. Para desenmascararles, la ironía se
vale con frecuencia de hipérboles.
Aunque la ironía no ofrece el carácter exhaustivo de la argumentación
laboriosa, no menos cierto es que en su condición de acción
relámpago resulta particularmente competitiva.
Un
tratado suele contener dos o tres tesis en medio de un ejército
(o una selva) de argumentos. Ante ellos los lectores reaccionan
de tres modos diferentes. Cuando autor y lector comparten
una construcción de mundo afín, una argumentación exhaustiva
como la del tratado suele resultar superflua, y la ironía,
en cambio, puede servir de atajo. Cuando las respectivas precomprensiones
de mundo de autor y lector divergen en materia grave, los
argumentos suelen pasar de largo, y en ese caso valdría la
pena ensayar una acción de choque como la representada
por la ironía. Cuando autor y lector comparten su precomprensión
de mundo de manera parcial, los argumentos sirven de punto
de referencia para enfatizar las afinidades o acentuar las
diferencias, es decir, para tomar una decisión al respecto.
| La metáfora adiciona sentido
cuando crea nuevas realidades semánticas; por su conducto,
el autor estaría en condiciones de esculpir el discurso,
de detallarle de manera más fina todavía. |
6.
Conclusión
Con
el advenimiento de la escritura, y en particular de la escritura
alfabética griega, se registra la primacía del autor omnisciente,
del autor que elabora su discurso al margen de sus interlocutores,
del contexto situacional, además, y que tiene en el tratado
su expresión por excelencia, y cuyos más elocuentes ejemplos
no serían otros que las obras de metafísica y teología, obras
en los que las metáforas, las ironías, las paradojas, y en
general los segundos sentidos se consideran desviaciones respecto
de la norma. Incompatibles con un concepto de mundo ordenado
y jerarquizado, las figuras literarias se limitan a los discursos
en cierto modo marginales como la poesía.
Con el auge del positivismo decimonónico -hoy día batido en
retirada en los ámbitos académicos, pero paradójicamente enquistado
en las más profundas capas de nuestra mentalidad- los discursos
en los que fueron confinados los hábitos lingüísticos alternativos,
como serían los discursos poéticos ahora son clasificados
como discursos de segunda clase; si acaso conservamos sus
caricaturas en la publicidad y la demagogia. Habiendo llegado
las figuras literarias a su punto más bajo, advertimos su
reivindicación, sin embargo.
Acontecida
la crisis de los sistemas, la crisis de la racionalidad apodíctica
en el ámbito socio-cultural, los hábitos lingüísticos alternativos,
la metáfora, la paradoja, la ironía, en particular, no sólo
superan el estigma de ser clasificadas como formas retóricas
en la medida en que todas las demás también lo son, sino que,
además, estarían en condiciones de sacar partido de sus ventajas
relativas, y en particular, de su capacidad para expresar
las diferencias.
1. La metáfora adiciona sentido cuando crea nuevas realidades
semánticas; por su conducto, el autor estaría en condiciones
de esculpir el discurso, de detallarle de manera más fina
todavía.
2. La paradoja reconstruye la trama de significado y sentido
vigente, provocando una especie de torsión, originada en la
superposición o coexistencia de significados o sentidos en
principio antagónicos.
3.
La ironía actúa como acción relámpago tendiente a desmantelar
de una vez por todas determinados infundios.
Las
figuras literarias, en síntesis, no sólo proporcionan fuerza,
pertinencia al discurso, sino que además habilitan la construcción
de mundos más ricos y complejos; no se limitan a transitar
por las cuadrículas de una semántica rectilínea como lo hace
el tratado, el discurso lineal-proposicional, cuando reivindican,
en cambio, las diferencias, al tomar en consideración los
contextos. Y aunque no puede decirse que dicha sensibilidad
hacia las diferencias se traduzca automáticamente en pluralismo,
si posibilita su expresión, su construcción, inclusive, en
contravía con el individualismo y el autoritarismo.
Ingente
precio debieron pagar las matemáticas para superar la ambigüedad.
Leemos en Perelman: Hoy se reconoce que las matemáticas
y todos los sistemas formalizados, constituyen una lengua
artificial sometida a numerosas restricciones para la eliminación
de toda ambigüedad (5). Otro tanto
sucedió con el discurso filosófico en la medida en que se
comprometió con el estilo plano. A diferencia de la
matemática, el discurso filosófico no conquistó la racionalidad
apodíctica a pesar del ingente precio pagado para tal fin.
Habiéndose quedado con el pecado y sin el género, ha
llegado la hora de revertir tal situación.