La
muerte trágica de Carlos Gardel en Medellín en 1935 y las
repercusiones de este accidente en la idiosincrasia del
pueblo colombiano explican por qué el tango y sus letras
melancólicas hacen parte del imaginario colectivo. Pero
se desconoce qué paso con el cadáver de Gardel. En este
artículo se analiza cómo en la novela de Cruz Kronfly no
sólo se revelan los avatares del traslado a lomo de mula
de los restos del mítico cantante por las montañas de nuestro
país, sino la relación que existe entre el tango y la modernidad,
destacando los valores literarios de una obra muy importante
en la novela colombiana contemporánea.
La
novela histórica en Cruz Kronfly
Uno
de los aspectos principales en la obra narrativa de Fernando
Cruz Kronfly es su preocupación por la historia, por la desmistificación
del discurso oficial monológico que ha instaurado verdades
a medias, de tal forma que la virtualidad narrativa sea una
construcción de mundo como indagación problemática y como
ejercicio lúdico imaginario. Esta voluntad de rehacer la historia
inventándola es evidente tanto en La ceniza del Libertador
(1987) que revela el viaje final de Bolívar por el río Magdalena
hasta Santa Marta, como en La caravana de Gardel (1998)
que relata el traslado de los restos de Carlos Gardel a lomo
de mula por las montañas de Colombia desde La Pintada hasta
Anserma. El propósito central es develar,
con las libertades propias de la novela, aspectos desconocidos
o al menos olvidados de personajes históricos claves para
la historia colombiana del pasado remoto -Bolívar- y del pasado
próximo -Gardel- que sin haber nacido en Colombia, dejaron
una profunda huella en nuestra identidad individual y colectiva.
En
La ceniza del Libertador la indagación se hace desde
la vida hacia la muerte, porque Bolívar enfermo y desterrado
de sus propios amigos va a morir a Santa Marta; en La caravana
de Gardel, desde la muerte hacia la vida, ya que sus restos
calcinados son llevados desde Medellín hasta Buenaventura,
primera en mula, luego en berlina y finalmente en tren, para
que perviva para siempre el mito. Una y otra se estructuran
en torno al viaje, que también es otra constante en la obra
literaria de Cruz Kronfly, con un narrador testigo que sirve
de hilo a la historia: de carácter metaficcional en la primera
ya que el propio novelista viaja en el vapor que conduce a
Bolívar por el río Magdalena; de índole convencional en la
segunda por cuanto el arriero Arturo Rendón es contratado
junto con Heriberto Franco para manejar la recua de mulas
que llevan los restos y el ajuar del cantante argentino, recuperados
seis meses después de su muerte.
| La figura mítica de Gardel
es una creación colectiva que rebasó la publicidad disquera
y cinematográfica y aún pervive como un símbolo de identidad
del desarraigo (...) |
Pero
no se trata de una simple voluntad histórica de revelar el
pasado como referente contextual, sino de articular un discurso
literario que permita su invención imaginaria. Se propone
conferir un nuevo sentido a la historia y de construir mundos
ficcionales abiertos a la indagación y problematización de
esa historia por lo general manipulada por razones ideológicas
y de poder.
La
caravana de Gardel no es una novela biográfica sobre el
extraordinario cantante sino una posible explicación sobre
la pervi-vencia del mito de Gardel en las regiones cordilleranas
de Colombia, que es un fenómeno bien singular en nuestra historia
reciente. Es decir, un pre-texto sobre la identidad musical
y la idiosincrasia espiritual de una parte importante del
país que tiene en el tango la expresión más completa y en
cierta medida desesperanzada de su condición existencial.
Por esto es una novela sobre el mito de Gardel pero también
sobre el mito del tango, como lo es Aire de tango (1983)
de Manuel Mejía Vallejo (1)
Su
transfondo histórico es doble: por una parte se propone la
reconstrucción imaginaria de lo que pudo haber sido el penoso
traslado de los restos de Gardel como simple carga de mulas
por caminos de herradura en diciembre de 1935 desde Valparaíso
hasta Anserma; por la otra, se intenta una aproximación a
la violencia partidista colombiana de los años 50, cuando
el arriero protagonista de la historia regresa a algunos de
los lugares de su viaje quince años atrás, ahora convertido
en encarnación externa de Gardel e interna de las letras de
sus tangos.
La
modernidad y el mito de Gardel
Desde
la esfera de lo sociológico y antropológico, la novela plantea
como aspecto central el paso de un mundo bucólico, rural,
premoderno, cuyos referentes históricos reales giran en torno
al traslado por varios pueblos colombianos de los restos de
Gardel a finales de 1935, al mundo de una incipiente modernidad
urbana de los años 50 cuando los campos fueron asolados de
muerte y destrucción por bandas de asesinos («pájaros») protegidos
por el establecimiento. Este paso de la premodernidad a la
modernidad tiene como eje central la vida del protagonista,
Arturo Rendón, que de tosco arriero deviene en obrero diurno
de una fosforería y bacán nocturno en los prostíbulos de Medellín.
Vestido a la manera de Gardel, con toda la parafernalia de
la imagen proveniente del celuloide -traje oscuro a rayas,
chaleco cruzado, corbata de pepitas rosadas, pisacorbata metálico,
cabello engominado, sombrero de ala caída, sonrisa seductora,
mirada distante, una «pinta» que fascina a las mujeres de
los burdeles con las que se cruza- Arturo Rendón es para los
seres de su entorno -en particular para las mujeres- pero
ante todo para sí mismo, la imagen criolla colombiana del
famoso zorzal criollo de la Argentina.
Aunque
pueda representar un anacronismo misterioso para los otros
este pasearse de pueblo en pueblo vestido a la manera de Gardel,
el personaje no es una caricatura, sino una revelación: el
protagonista encarna el mito de Gardel como búsqueda y afirmación
individual y como aspiración colectiva, al tiempo que hace
de las letras de los tangos una razón existencial, un disparatado
y recio proyecto de vida. Desde esta perspectiva, y de manera
explícita, su viaje de regreso es referido en varias ocasiones
en la novela como búsqueda un tanto similar a la de un «Quijote
urbano», que ante la ausencia de sentido que le da la vida,
recurre a la búsqueda de sentido en los símbolos como una
justificación a una aventura sin sentido.
El
mito de Gardel es un mito completo o «perfecto»(2)
por su origen desconocido, su rutilante vida artística,
su muerte trágica consumido por el fuego, a la vez que encarna
significativos íconos de la modernidad, como la fugacidad,
el valor, la juventud, la belleza varonil. La figura mítica
de Gardel es una creación colectiva que rebasó la publicidad
disquera y cinematográfica y aún pervive como un símbolo de
identidad del desarraigo, porque se asentó en el alma del
hombre urbano, gracias al tango, que nombraba lo que él cantaba.
Arturo Rendón es un solitario que ha hecho del tango su vida,
que ha encarnado en su propia desolación la figura mítica
del Gardel del cinematógrafo, distante, acicalado, amado por
las mujeres. Por esto las letras de los tangos no son simples
melodías que escucha para arraigarse más en la soledad y el
desamor, como miles de hombres y mujeres de pueblos y ciudades,
por lo general provenientes del campo, sino la expresión de
su visión trágica del mundo.
Para
reafirmar cotidianamente el mito, el protagonista realiza
un ritual narcisista de búsqueda del otro yo, el de Gardel:
la imagen del espejo en que se acicala como su ídolo trata
de concretar el imaginario ausente. En el espejo se quiere
construir el alter ego que se ha esfumado en la nostalgia.
Tango y espejo son símbolos de esa aspiración a fundir el
mito en la identidad individual, de tal forma que la parafernalia
ritual del traje, los ademanes, el misterio y desenfado sean
perfectamente compatibles con las letras descarnadas y casi
siempre desoladas de los tangos.
De
ahí esa complacencia inefable en el desarraigo que él experimenta
en su relación más o menos conflictiva con las prostitutas
que conoce y que se sienten fascinadas por su «pinta» gardeliana.
Es una especie de «atracción fatal» que las pone al borde
del abismo por un hombre al que saben distante e inalcanzable
pero al que pretenden conquistar por encima de todos los riesgos:
como en las letras lastimeras de los tangos. Porque Arturo
Rendón vive las letras de los tangos que escucha:
Las
letras de los tangos se habían apoderado de su espíritu,
como una carne magra que imponía su dictado y que lo hacía
sentirse colonizado por algo que lo había ocupado desde
lejos sin apenas darse cuenta... Por lo que la voz de Gardel
y del resto de la pléyade canora del Sur se le hacía presente
en su pensamiento, de la mañana a la noche, como un espejo
donde él podía irse a mirar y de tanto mirarse sentir que
se sumergía y al sumergirse se encontraba (3).
Este
sumergirse en la desesperanza para hallarse en ella como frente
a un espejo que le revela su desconcierto es una imagen significativa
de la modernidad urbana; es, así mismo, un símbolo de ese
tránsito de la pasión a la desolación, del amor al desamor
que con tanto vigor refleja el tango. La novela de Cruz Kronfly
es, en este sentido, el homenaje que el pueblo colombiano
le hace a Carlos Gardel como el cantor de su ser, sus quejas
y aspiraciones existenciales.
Todo
esto demuestra que el discurso novelístico es un espacio para
la reflexión sobre el mundo contemporáneo (4),
sobre los fenómenos de la modernidad y posmoderni-dad, que
Cruz Kronfly ha hecho también en libros de ensayo muy importantes
para el pensamiento colombiano actual, como lo son La sombrilla
planetaria (1995), Amapolas al vapor (1996), La
tierra que atardece. Ensayos sobre la modernidad y la contemporaneidad
(1998). Esta vocación intelectual se filtra en las páginas
de la novela para ilustrar aspectos esenciales en la vida
del protagonista, sin que por ello sean simples disgresio-nes;
al contrario, pueden leerse como complementos necesarios al
entronque problemático que se viene representando, sobre todo
respecto de ciertas actitudes atávicas derivadas de la culpa
cristiana o al callejón sin salida de la modernidad para un
hombre que asume lo urbano como apariencia externa (los ademanes
y la vestimenta a la gardeliana) pero que a la vez se ha compenetrado
tanto en el desamor y el desarraigo de las letras de los tangos
que asume como propia la tragedia o el desencuentro anónimo
que la música transmite.
Tango
y prostíbulo: símbolos urbanos de la modernidad
En
la novela se plantea de manera explícita cómo la vida del
protagonista está ligada al prostíbulo, espacio privilegiado
del tango y la «soledumbre» en la modernidad urbana. El tango
y el prostíbulo simbolizan el espacio de encuentro de la angustia
y la desolación. Representan el lugar mítico del ensimismamiento,
la tortura sentimental, la nostalgia de lo que nunca fue ni
nunca sería, explosión de tristeza y ganas de reventarse en
el dolor que los seres solitarios padecen con ansiedad inevitable.
Como en el carnaval, la música del tango, sus letras melancólicas,
convocan a hombres y mujeres de todas las condiciones sociales
para abolir el tiempo y las diferencias de clase. Prostíbulo
y tango expresan la pervivencia del carnaval en la historia.
El prostíbulo es un lugar,
«...
donde todos por parejo se degradaban chapoteando en el mismo
fango para implorar luego la misma misericordia. Por el
solo hecho de bajar a las aguas del prostíbulo todos quedaban
convertidos por igual en una manada de pobres hijos de puta,
acorralados y cínicos ante la fuerza de tentaciones y variopintas
representaciones del pecado, la contundencia de las aberraciones
pendientes y el pavor del infierno» (p. 9)
Al prostíbulo llega Arturo Rendón en las noches, cuando ejerce
el ritual de conversión de obrero a solitario de burdel, al
menos por lo que expresa la parafernalia de sus signos exteriores,
el Gardel de las fotos, el que ayudó a mitificar el cine y
la prensa, el que murió trágicamente en esa ciudad del rito
y del mito, Medellín. Y también a los prostíbulos de los pueblos
llega en su viaje de regreso y de búsqueda de los restos que
se guardara su compañero de viaje, Heriberto Franco. De modo
tal que este espacio tiene un significado importante en la
novela, pues allí se congrega el pasado con el presente, al
son del tango, la alegría y la soledad: allí conoce a las
mujeres que enamora y se enamoran, las que deja y lo dejan,
almas abandonadas también en el anonimato de estas pequeñas
ciudades en las que tan abruptamente se evidencia la problemática
de la modernidad, la falta de compañía y el valor excluyente
del dinero en las relaciones entre los seres.
La novela señala cómo no hay nada más alegre y transgresor
que un prostíbulo y un tango, pero al mismo tiempo nada más
triste y convencional: la explosión orgiástica fácilmente
deriva en el agobiante y triste silencio del ensimismamiento.
Para el hombre urbano recién estrenado en los aciagos avatares
de la modernidad, «El tango resumía la actual confusión
urbana de sus sentimientos» (p. 11); y el prostíbulo el
refugio sentimental donde además del sexo y el jolgorio, puede
despedazarse, gritar y llorar, mediante manifestaciones afectivas
no vergon-zantes, es decir, «varoniles», pero solitarias.
El
gesto heroico de Arturo Rendón, que sufre y goza del dolor
propio a través de las letras de las canciones de los tangos
y de las historias de los otros es un postulado de la anonimidad
urbana, de la escisión del ser en la modernidad. El amor pasional
de los prostíbulos con toda su secuela de violencia y brutalidad,
como en los tangos, expresa la degradación del ser, la imposibilidad
de la felicidad en un mundo cercado por la desesperanza y
la soledad:
Arturo Rendón había sido arrancado por el relato del
tango de su pasado de arriero de los caminos, para dejarlo
instalado en el asombro de lo moderno, en su fascinación,
pero también en la melancolía de sus destrozos. Resistiendo,
refunfuñando sin ilusión, sin esperanza, sólo regodeándose
en el alelado relato de la pena. El tango era una canción
para solitarios asumidos, como él, valientes sufridores
ostentosos de su valor de hombres heridos que permanecen
de pie. (p.77)
Estructura
y técnicas narrativas
En
su estructura interna, La caravana de Gardel está armada
en torno al viaje, con interacción y paralelismo espaciales
y temporales. Es un recurso narrativo que en esta obra tiene
un matiz interesante, pues se da en dos tiempos: en el presente
de la narración, como búsqueda de las reliquias de Gardel
en el periplo de Arturo Rendón; en el pasado, como jornada
de trabajo con una recua de mulas desde La Pintada hasta Anserma
trasladando los restos del cadáver de Gardel.
En
el presente, representa el viaje de regreso a la nada, pues
su compañero Heriberto Franco y las reliquias ya no existen:
un viaje hacia la muerte y el recuerdo, como una forma de
sacralizar el fetiche. En el presente -y paradójicamente-,
un encuentro con la violencia y la muerte propia: en su viaje
por los caminos recorridos del pasado, Arturo Rendón halla
a cada rato cadáveres amontonados, salvajemente mutilados,
sangre, miedo y desolación, en escenas muy duras que remiten
a la violencia colombiana de los años 50, pero también muere
calcinado en un accidente de tránsito, cuando ya ha agotado
su búsqueda, para hacer circular el mito que ha encarnado.
A
pesar de ello, el viaje también puede interpretarse como una
metáfora de la vida, conforme lo expresara el propio autor
en una entrevista: El viaje está asociado a la metáfora
de la vida como un transcurso. Dicho de otro modo, la idea
del viaje la relaciono con la existencia humana (5),
sólo que en esta novela ese transcurso está ligado a la búsqueda
de sentido, que es el propósito artístico fundamental de la
novela y fin central del hombre frente a la escisión y fragmentación
de la modernidad.
| La novela de Cruz Kronfly
es, en este sentido, el homenaje que el pueblo colombiano
le hace a Carlos Gardel como el cantor de su ser, sus
quejas y aspiraciones existenciales. |
Por
tales razones, el viaje es el soporte estructural del relato
respecto de la vida y de la muerte. El viaje de ida con los
restos de Gardel se convertirá en un viaje de locos por esa
explosión de vida y de muerte que se desprenden de la transgresión
carnavalesca (en Supía y Riosucio se arman grandes alborotos,
cuando la gente se entera que las mulas que han llegado al
pueblo llevan los restos de Gardel), pero al mismo tiempo
es un permanente disfrute con el esplendor de la naturaleza,
la contemplación de los paisajes, ríos, árboles, pájaros,
la penumbra misteriosa de las montañas, las rutilantes luces
de los días asoleados, la aventura del caminar bordeando abismos
y la placidez del descanso. Son momentos de gran expresividad
poética que nos revelan el mundo agreste, bucólico de los
años 35 por las montañas colombianas, que continuamente está
contrastado con la realidad más moderna y violenta de los
años 50. La novela reconstruye e imagina el pasado, cincuenta
años atrás, pero también lee el presente en su común orgía
de la violencia.
Esta
alternancia de tiempos y espacios facilita el contrapunto
narrativo, que es una estrategia formal que atraviesa toda
la novela. El viaje es un conector del presente y el pasado
y en algunos capítulos se transita indistintamente entre uno
y otro, sin artificios técnicos, como también lo hiciera magistralmente
el autor en La ceniza del Libertador respecto del piso
de abajo y el piso de arriba (6). También
es puente a través de la memoria involuntaria, similar al
método proustiano que conecta una sensación presente con un
recuerdo ausente (7).
Esto que pudiéramos llamar «oposición constitutiva» para revelar
una sola realidad muestra el interés del autor por la binariedad
o la dualidad como propuesta estética: el viaje es ida y regreso,
muerte y vida, comienzo de la aventura y regreso al punto
de partida, encuentro y desencuentro, realización y búsqueda;
los personajes son idealistas como Arturo Rendón, que respetan
y defienden el mito de Gardel, y pragmáticos como Heriberto
Franco, que profana los restos para sacar provecho económico
de ellos; para uno Gardel está vivo en la memoria sentimental
de los seres, para el otro se trata simplemente de los restos
de un cadáver.
El
continuo fluir de realidades y condiciones opuestas es también
una especie de metáfora de nuestra identidad cultural, de
tal forma que a la complacencia con la belleza del paisaje
se contrasta la brutalidad de las masacres, la ensoñación
poética con la naturaleza se esfuma ante el espectáculo del
terror y la sangre. La novela escoge momentos vehementes para
revelar dramáticamente ese contrapunto de la vida y de la
muerte: en el camino de La Pintada a Valparaíso, al pasar
por la quebrada El Asombro, la berlina en que viaja Arturo
Rendón con La Leona, se detiene en un sitio donde,
Las
piedras de la quebrada eran el reino mineral de la estampida
de las mariposas y el sol del mediodía hacía aún más intensa
la variedad de sus colores ... Afuera la vegetación subía
al cielo, como si alguien la estuviera halando por las ramas
(p. 59)
Y
luego de observar una gama deslumbrante de pájaros carpinteros,
azulejos, asomas, toches, tórtolas, nidos de comadrejas, cuevas
de armadillos y de disfrutar con manantiales y vegetación
misteriosa, se encuentran sorpresivamente frente a un espectáculo
espeluznante de muerte, una berlina en una cuneta en la que,
...
vieron toda la sangre derramada en el polvo, como un tributo.
Vieron cabezas de niños cortadas de cuajo, ensartadas en
estacas. Vieron hombres a los cuales les habían sacado la
lengua por el cuello, como una corbata de terciopelo. Vieron
otros con la mano derecha metida a través de un corte hecho
a cuchillo en el vientre, a lo Napoleón. Y vieron mujeres
con penes como tabacos colgando de su boca llena de moscas
y ojos aún frescos sacados de sus cuencas por los gallinazos
(p. 60)
Es
una metáfora de nuestra identidad, de nuestro pasado y nuestro
presente, porque ese radicalismo en los contrastes es una
huella permanente de nuestra historia, una paradoja atroz
de Colombia que la creación literaria ha intentado revelar
de múltiples maneras. Nos remite a lo más descarnado de nuestro
dolor pero también a la poesía más pura, especie de laberinto
de soledad del que no hemos podido salir. Cruz Kronfly muestra,
contrasta, problematiza, va más allá de lo truculento, para
que esa triste condición sirva de base a la búsqueda de sentido,
para iluminar la encrucijada.
La
experiencia del lenguaje
La
madurez narrativa y el sentido del oficio de escritor que
Cruz Kronfly ha alcanzado en su ya notable producción novelística,
reside en el trabajo del lenguaje, en la depuración estilística
y la búsqueda de técnicas apropiadas que le permitan la expresión
de su universo imaginario. En La caravana de Gardel,
se puede constatar una especie de síntesis de toda esa experiencia
del lenguaje que ha representado la publicación de otras novelas
como Falleba: cámara ardiente (1980), La ceniza
del Libertador (1987), La ceremonia de la soledad
(1992), El embarcadero de los incurables (1998), que
son significativas no sólo en su evolución personal como artista,
sino para la novela colombiana contemporánea. En este sentido,
el autor ha superado plenamente lo anecdótico para proponer
una estética mediante el tratamiento del lenguaje en busca
de la universalidad.
| Cruz Kronfly muestra, contrasta,
problematiza, va más allá de lo truculento, para que esa
triste condición sirva de base a la búsqueda de sentido,
para iluminar la encrucijada. |
Es
un paciente proceso de búsqueda que consiste en nombrar el
mundo sin eludir la responsabilidad ideológica de sus referentes
históricos reales, pensar al hombre en sus crueles avatares
existenciales, enfrentarlo a la aventura de su soledad, con
el objeto de formular un universo imaginario que sea eficaz
y verosímil, por la fuerza y sugesti-vidad del lenguaje. De
esta manera, el discurso novelístico es principalmente una
búsqueda de sentido, una propuesta formal, una aventura del
lenguaje. Y por ello mismo, lo que la novela nombra es fundacional,
puesto que el autor es demiurgo de su mundo verbal. Cuando
se trata de un verdadero escritor, como es el caso de Cruz
Kronfly, la publicación de un texto es el resultado de una
intensa búsqueda, de numerosos ensayos, como los míticos ensayos
de los dioses mayas en el Popol Vuh para crear del
maíz al hombre definitivo (8). Búsqueda
de nombres, tonos, atmósferas, diálogos, que sean coherentes
con la propuesta estética, para crear efectivamente un mundo
verosímil, una virtualidad artística.
En esta novela, el simbolismo y el diálogo intertextual se
revela hasta en los nombres: las mulas que comandan la caravana
con los restos de Gardel se llaman significativamente Bolívar
y Alondra Manuela; la quebrada en que se aprecia primero
el espectáculo maravilloso de la naturaleza y luego el macabro
de los asesinatos, se denomina El Asombro; el protagonista
se llama Arturo como en La vorágine de José
Eustasio Rivera y muere en la selva montañosa calcinado, como
Gardel; las mujeres con las que tiene una relación intensa
y tormentosa llevan los apodos de La Leona y La Gata;
el pueblo mítico al que finalmente llega porque allí piensa
encontrar las reliquias robadas de Gardel, se llama Umbría,
«el paraje más triste y cruel que hay en el mundo» (p.
196); Rendón ha viajado inútilmente por pueblos y ya derrotado
comprende que «aquellos poblados eran idénticos entre sí
y obedecían al mismo trazo de la mano que un día los dibujó
para llenarlos de amargura» (p. 197)
Las
descripciones del entorno son poéticas en su patética belleza,
los diálogos son precisos, intensos, algunas veces convertidos
en frases hechas o giros lingüísticos sugestivos, casi brutales:
para expresar la dimensión de su tragedia, Arturo Rendón le
dice a La Gata, «De vez en cuando me hago matar» (p.
163) y ésta le increpa que «el tango te mató, mirá como
te dejó» (p. 202), una frase lapidaria que describe a
plenitud la inutilidad de su búsqueda; Heriberto Franco, el
profanador de los restos de Gardel, a pesar de su carácter
cerrero y pragmático, para expresar que no siente miedo, dice:
- A mí no me da miedo nada -decía Heriberto a cada rato-.
He deshuesado sombras a puro puñal y me he enfrentado con
el vacío que tira piedras al paso de los humanos por estas
oscuridades. (p. 33)
Hay en toda la novela un especial cuidado en el tratamiento
del lenguaje, del tal forma que las expresiones populares,
el hablar campesino, la afectación urbana, las letras de los
tangos, las descripciones del medio natural, se fusionen con
lo que pudiéramos llamar la poesía de la oralidad, en la que
la sensibilidad artística altera el lugar común y lo convierte
en literatura, a la manera de los grandes narradores latinoamericanos
como Joao Guimaraes Rosa o Juan Rulfo.
Todo lo anterior conduce a afirmar que La caravana de Gardel
es una obra significativa en la novela colombiana actual por
el carácter sugestivo de su propuesta estética e ideológica,
al tiempo que ofrece una visión crítica y compleja de nuestra
historia reciente. Una novela plenamente lograda en su propuesta
formal, que además rinde un homenaje al imaginario simbólico
de Carlos Gardel que aún está arraigado en la idiosincrasia
de gran parte del pueblo colombiano, donde parece que ni la
profanación ni el olvido logran sacar del alma del hombre
urbano ese símbolo tan poderoso de su propia desolación.