El tango y la modernidad en La caravana de Gardel, de Fernando Cruz Kronfly

César Valencia Solanilla

 

La muerte trágica de Carlos Gardel en Medellín en 1935 y las repercusiones de este accidente en la idiosincrasia del pueblo colombiano explican por qué el tango y sus letras melancólicas hacen parte del imaginario colectivo. Pero se desconoce qué paso con el cadáver de Gardel. En este artículo se analiza cómo en la novela de Cruz Kronfly no sólo se revelan los avatares del traslado a lomo de mula de los restos del mítico cantante por las montañas de nuestro país, sino la relación que existe entre el tango y la modernidad, destacando los valores literarios de una obra muy importante en la novela colombiana contemporánea.

 

La novela histórica en Cruz Kronfly

Uno de los aspectos principales en la obra narrativa de Fernando Cruz Kronfly es su preocupación por la historia, por la desmistificación del discurso oficial monológico que ha instaurado verdades a medias, de tal forma que la virtualidad narrativa sea una construcción de mundo como indagación problemática y como ejercicio lúdico imaginario. Esta voluntad de rehacer la historia inventándola es evidente tanto en La ceniza del Libertador (1987) que revela el viaje final de Bolívar por el río Magdalena hasta Santa Marta, como en La caravana de Gardel (1998) que relata el traslado de los restos de Carlos Gardel a lomo de mula por las montañas de Colombia desde La Pintada hasta Anserma. El propósito central es develar, con las libertades propias de la novela, aspectos desconocidos o al menos olvidados de personajes históricos claves para la historia colombiana del pasado remoto -Bolívar- y del pasado próximo -Gardel- que sin haber nacido en Colombia, dejaron una profunda huella en nuestra identidad individual y colectiva.

En La ceniza del Libertador la indagación se hace desde la vida hacia la muerte, porque Bolívar enfermo y desterrado de sus propios amigos va a morir a Santa Marta; en La caravana de Gardel, desde la muerte hacia la vida, ya que sus restos calcinados son llevados desde Medellín hasta Buenaventura, primera en mula, luego en berlina y finalmente en tren, para que perviva para siempre el mito. Una y otra se estructuran en torno al viaje, que también es otra constante en la obra literaria de Cruz Kronfly, con un narrador testigo que sirve de hilo a la historia: de carácter metaficcional en la primera ya que el propio novelista viaja en el vapor que conduce a Bolívar por el río Magdalena; de índole convencional en la segunda por cuanto el arriero Arturo Rendón es contratado junto con Heriberto Franco para manejar la recua de mulas que llevan los restos y el ajuar del cantante argentino, recuperados seis meses después de su muerte.

 

La figura mítica de Gardel es una creación colectiva que rebasó la publicidad disquera y cinematográfica y aún pervive como un símbolo de identidad del desarraigo (...)

 

Pero no se trata de una simple voluntad histórica de revelar el pasado como referente contextual, sino de articular un discurso literario que permita su invención imaginaria. Se propone conferir un nuevo sentido a la historia y de construir mundos ficcionales abiertos a la indagación y problematización de esa historia por lo general manipulada por razones ideológicas y de poder.

La caravana de Gardel no es una novela biográfica sobre el extraordinario cantante sino una posible explicación sobre la pervi-vencia del mito de Gardel en las regiones cordilleranas de Colombia, que es un fenómeno bien singular en nuestra historia reciente. Es decir, un pre-texto sobre la identidad musical y la idiosincrasia espiritual de una parte importante del país que tiene en el tango la expresión más completa y en cierta medida desesperanzada de su condición existencial. Por esto es una novela sobre el mito de Gardel pero también sobre el mito del tango, como lo es Aire de tango (1983) de Manuel Mejía Vallejo (1)

Su transfondo histórico es doble: por una parte se propone la reconstrucción imaginaria de lo que pudo haber sido el penoso traslado de los restos de Gardel como simple carga de mulas por caminos de herradura en diciembre de 1935 desde Valparaíso hasta Anserma; por la otra, se intenta una aproximación a la violencia partidista colombiana de los años 50, cuando el arriero protagonista de la historia regresa a algunos de los lugares de su viaje quince años atrás, ahora convertido en encarnación externa de Gardel e interna de las letras de sus tangos.

 

La modernidad y el mito de Gardel

Desde la esfera de lo sociológico y antropológico, la novela plantea como aspecto central el paso de un mundo bucólico, rural, premoderno, cuyos referentes históricos reales giran en torno al traslado por varios pueblos colombianos de los restos de Gardel a finales de 1935, al mundo de una incipiente modernidad urbana de los años 50 cuando los campos fueron asolados de muerte y destrucción por bandas de asesinos («pájaros») protegidos por el establecimiento. Este paso de la premodernidad a la modernidad tiene como eje central la vida del protagonista, Arturo Rendón, que de tosco arriero deviene en obrero diurno de una fosforería y bacán nocturno en los prostíbulos de Medellín. Vestido a la manera de Gardel, con toda la parafernalia de la imagen proveniente del celuloide -traje oscuro a rayas, chaleco cruzado, corbata de pepitas rosadas, pisacorbata metálico, cabello engominado, sombrero de ala caída, sonrisa seductora, mirada distante, una «pinta» que fascina a las mujeres de los burdeles con las que se cruza- Arturo Rendón es para los seres de su entorno -en particular para las mujeres- pero ante todo para sí mismo, la imagen criolla colombiana del famoso zorzal criollo de la Argentina.

Aunque pueda representar un anacronismo misterioso para los otros este pasearse de pueblo en pueblo vestido a la manera de Gardel, el personaje no es una caricatura, sino una revelación: el protagonista encarna el mito de Gardel como búsqueda y afirmación individual y como aspiración colectiva, al tiempo que hace de las letras de los tangos una razón existencial, un disparatado y recio proyecto de vida. Desde esta perspectiva, y de manera explícita, su viaje de regreso es referido en varias ocasiones en la novela como búsqueda un tanto similar a la de un «Quijote urbano», que ante la ausencia de sentido que le da la vida, recurre a la búsqueda de sentido en los símbolos como una justificación a una aventura sin sentido.

El mito de Gardel es un mito completo o «perfecto»(2) por su origen desconocido, su rutilante vida artística, su muerte trágica consumido por el fuego, a la vez que encarna significativos íconos de la modernidad, como la fugacidad, el valor, la juventud, la belleza varonil. La figura mítica de Gardel es una creación colectiva que rebasó la publicidad disquera y cinematográfica y aún pervive como un símbolo de identidad del desarraigo, porque se asentó en el alma del hombre urbano, gracias al tango, que nombraba lo que él cantaba.

Arturo Rendón es un solitario que ha hecho del tango su vida, que ha encarnado en su propia desolación la figura mítica del Gardel del cinematógrafo, distante, acicalado, amado por las mujeres. Por esto las letras de los tangos no son simples melodías que escucha para arraigarse más en la soledad y el desamor, como miles de hombres y mujeres de pueblos y ciudades, por lo general provenientes del campo, sino la expresión de su visión trágica del mundo.

Para reafirmar cotidianamente el mito, el protagonista realiza un ritual narcisista de búsqueda del otro yo, el de Gardel: la imagen del espejo en que se acicala como su ídolo trata de concretar el imaginario ausente. En el espejo se quiere construir el alter ego que se ha esfumado en la nostalgia. Tango y espejo son símbolos de esa aspiración a fundir el mito en la identidad individual, de tal forma que la parafernalia ritual del traje, los ademanes, el misterio y desenfado sean perfectamente compatibles con las letras descarnadas y casi siempre desoladas de los tangos.

De ahí esa complacencia inefable en el desarraigo que él experimenta en su relación más o menos conflictiva con las prostitutas que conoce y que se sienten fascinadas por su «pinta» gardeliana. Es una especie de «atracción fatal» que las pone al borde del abismo por un hombre al que saben distante e inalcanzable pero al que pretenden conquistar por encima de todos los riesgos: como en las letras lastimeras de los tangos. Porque Arturo Rendón vive las letras de los tangos que escucha:

Las letras de los tangos se habían apoderado de su espíritu, como una carne magra que imponía su dictado y que lo hacía sentirse colonizado por algo que lo había ocupado desde lejos sin apenas darse cuenta... Por lo que la voz de Gardel y del resto de la pléyade canora del Sur se le hacía presente en su pensamiento, de la mañana a la noche, como un espejo donde él podía irse a mirar y de tanto mirarse sentir que se sumergía y al sumergirse se encontraba (3).

Este sumergirse en la desesperanza para hallarse en ella como frente a un espejo que le revela su desconcierto es una imagen significativa de la modernidad urbana; es, así mismo, un símbolo de ese tránsito de la pasión a la desolación, del amor al desamor que con tanto vigor refleja el tango. La novela de Cruz Kronfly es, en este sentido, el homenaje que el pueblo colombiano le hace a Carlos Gardel como el cantor de su ser, sus quejas y aspiraciones existenciales.

Todo esto demuestra que el discurso novelístico es un espacio para la reflexión sobre el mundo contemporáneo (4), sobre los fenómenos de la modernidad y posmoderni-dad, que Cruz Kronfly ha hecho también en libros de ensayo muy importantes para el pensamiento colombiano actual, como lo son La sombrilla planetaria (1995), Amapolas al vapor (1996), La tierra que atardece. Ensayos sobre la modernidad y la contemporaneidad (1998). Esta vocación intelectual se filtra en las páginas de la novela para ilustrar aspectos esenciales en la vida del protagonista, sin que por ello sean simples disgresio-nes; al contrario, pueden leerse como complementos necesarios al entronque problemático que se viene representando, sobre todo respecto de ciertas actitudes atávicas derivadas de la culpa cristiana o al callejón sin salida de la modernidad para un hombre que asume lo urbano como apariencia externa (los ademanes y la vestimenta a la gardeliana) pero que a la vez se ha compenetrado tanto en el desamor y el desarraigo de las letras de los tangos que asume como propia la tragedia o el desencuentro anónimo que la música transmite.

 

Tango y prostíbulo: símbolos urbanos de la modernidad

En la novela se plantea de manera explícita cómo la vida del protagonista está ligada al prostíbulo, espacio privilegiado del tango y la «soledumbre» en la modernidad urbana. El tango y el prostíbulo simbolizan el espacio de encuentro de la angustia y la desolación. Representan el lugar mítico del ensimismamiento, la tortura sentimental, la nostalgia de lo que nunca fue ni nunca sería, explosión de tristeza y ganas de reventarse en el dolor que los seres solitarios padecen con ansiedad inevitable. Como en el carnaval, la música del tango, sus letras melancólicas, convocan a hombres y mujeres de todas las condiciones sociales para abolir el tiempo y las diferencias de clase. Prostíbulo y tango expresan la pervivencia del carnaval en la historia. El prostíbulo es un lugar,

«... donde todos por parejo se degradaban chapoteando en el mismo fango para implorar luego la misma misericordia. Por el solo hecho de bajar a las aguas del prostíbulo todos quedaban convertidos por igual en una manada de pobres hijos de puta, acorralados y cínicos ante la fuerza de tentaciones y variopintas representaciones del pecado, la contundencia de las aberraciones pendientes y el pavor del infierno» (p. 9)

Al prostíbulo llega Arturo Rendón en las noches, cuando ejerce el ritual de conversión de obrero a solitario de burdel, al menos por lo que expresa la parafernalia de sus signos exteriores, el Gardel de las fotos, el que ayudó a mitificar el cine y la prensa, el que murió trágicamente en esa ciudad del rito y del mito, Medellín. Y también a los prostíbulos de los pueblos llega en su viaje de regreso y de búsqueda de los restos que se guardara su compañero de viaje, Heriberto Franco. De modo tal que este espacio tiene un significado importante en la novela, pues allí se congrega el pasado con el presente, al son del tango, la alegría y la soledad: allí conoce a las mujeres que enamora y se enamoran, las que deja y lo dejan, almas abandonadas también en el anonimato de estas pequeñas ciudades en las que tan abruptamente se evidencia la problemática de la modernidad, la falta de compañía y el valor excluyente del dinero en las relaciones entre los seres.

La novela señala cómo no hay nada más alegre y transgresor que un prostíbulo y un tango, pero al mismo tiempo nada más triste y convencional: la explosión orgiástica fácilmente deriva en el agobiante y triste silencio del ensimismamiento. Para el hombre urbano recién estrenado en los aciagos avatares de la modernidad, «El tango resumía la actual confusión urbana de sus sentimientos» (p. 11); y el prostíbulo el refugio sentimental donde además del sexo y el jolgorio, puede despedazarse, gritar y llorar, mediante manifestaciones afectivas no vergon-zantes, es decir, «varoniles», pero solitarias.

El gesto heroico de Arturo Rendón, que sufre y goza del dolor propio a través de las letras de las canciones de los tangos y de las historias de los otros es un postulado de la anonimidad urbana, de la escisión del ser en la modernidad. El amor pasional de los prostíbulos con toda su secuela de violencia y brutalidad, como en los tangos, expresa la degradación del ser, la imposibilidad de la felicidad en un mundo cercado por la desesperanza y la soledad:

Arturo Rendón había sido arrancado por el relato del tango de su pasado de arriero de los caminos, para dejarlo instalado en el asombro de lo moderno, en su fascinación, pero también en la melancolía de sus destrozos. Resistiendo, refunfuñando sin ilusión, sin esperanza, sólo regodeándose en el alelado relato de la pena. El tango era una canción para solitarios asumidos, como él, valientes sufridores ostentosos de su valor de hombres heridos que permanecen de pie. (p.77)

 

Estructura y técnicas narrativas

En su estructura interna, La caravana de Gardel está armada en torno al viaje, con interacción y paralelismo espaciales y temporales. Es un recurso narrativo que en esta obra tiene un matiz interesante, pues se da en dos tiempos: en el presente de la narración, como búsqueda de las reliquias de Gardel en el periplo de Arturo Rendón; en el pasado, como jornada de trabajo con una recua de mulas desde La Pintada hasta Anserma trasladando los restos del cadáver de Gardel.

En el presente, representa el viaje de regreso a la nada, pues su compañero Heriberto Franco y las reliquias ya no existen: un viaje hacia la muerte y el recuerdo, como una forma de sacralizar el fetiche. En el presente -y paradójicamente-, un encuentro con la violencia y la muerte propia: en su viaje por los caminos recorridos del pasado, Arturo Rendón halla a cada rato cadáveres amontonados, salvajemente mutilados, sangre, miedo y desolación, en escenas muy duras que remiten a la violencia colombiana de los años 50, pero también muere calcinado en un accidente de tránsito, cuando ya ha agotado su búsqueda, para hacer circular el mito que ha encarnado.

A pesar de ello, el viaje también puede interpretarse como una metáfora de la vida, conforme lo expresara el propio autor en una entrevista: El viaje está asociado a la metáfora de la vida como un transcurso. Dicho de otro modo, la idea del viaje la relaciono con la existencia humana (5), sólo que en esta novela ese transcurso está ligado a la búsqueda de sentido, que es el propósito artístico fundamental de la novela y fin central del hombre frente a la escisión y fragmentación de la modernidad.

 

La novela de Cruz Kronfly es, en este sentido, el homenaje que el pueblo colombiano le hace a Carlos Gardel como el cantor de su ser, sus quejas y aspiraciones existenciales.

 

Por tales razones, el viaje es el soporte estructural del relato respecto de la vida y de la muerte. El viaje de ida con los restos de Gardel se convertirá en un viaje de locos por esa explosión de vida y de muerte que se desprenden de la transgresión carnavalesca (en Supía y Riosucio se arman grandes alborotos, cuando la gente se entera que las mulas que han llegado al pueblo llevan los restos de Gardel), pero al mismo tiempo es un permanente disfrute con el esplendor de la naturaleza, la contemplación de los paisajes, ríos, árboles, pájaros, la penumbra misteriosa de las montañas, las rutilantes luces de los días asoleados, la aventura del caminar bordeando abismos y la placidez del descanso. Son momentos de gran expresividad poética que nos revelan el mundo agreste, bucólico de los años 35 por las montañas colombianas, que continuamente está contrastado con la realidad más moderna y violenta de los años 50. La novela reconstruye e imagina el pasado, cincuenta años atrás, pero también lee el presente en su común orgía de la violencia.

Esta alternancia de tiempos y espacios facilita el contrapunto narrativo, que es una estrategia formal que atraviesa toda la novela. El viaje es un conector del presente y el pasado y en algunos capítulos se transita indistintamente entre uno y otro, sin artificios técnicos, como también lo hiciera magistralmente el autor en La ceniza del Libertador respecto del piso de abajo y el piso de arriba (6). También es puente a través de la memoria involuntaria, similar al método proustiano que conecta una sensación presente con un recuerdo ausente (7).

Esto que pudiéramos llamar «oposición constitutiva» para revelar una sola realidad muestra el interés del autor por la binariedad o la dualidad como propuesta estética: el viaje es ida y regreso, muerte y vida, comienzo de la aventura y regreso al punto de partida, encuentro y desencuentro, realización y búsqueda; los personajes son idealistas como Arturo Rendón, que respetan y defienden el mito de Gardel, y pragmáticos como Heriberto Franco, que profana los restos para sacar provecho económico de ellos; para uno Gardel está vivo en la memoria sentimental de los seres, para el otro se trata simplemente de los restos de un cadáver.

El continuo fluir de realidades y condiciones opuestas es también una especie de metáfora de nuestra identidad cultural, de tal forma que a la complacencia con la belleza del paisaje se contrasta la brutalidad de las masacres, la ensoñación poética con la naturaleza se esfuma ante el espectáculo del terror y la sangre. La novela escoge momentos vehementes para revelar dramáticamente ese contrapunto de la vida y de la muerte: en el camino de La Pintada a Valparaíso, al pasar por la quebrada El Asombro, la berlina en que viaja Arturo Rendón con La Leona, se detiene en un sitio donde,

Las piedras de la quebrada eran el reino mineral de la estampida de las mariposas y el sol del mediodía hacía aún más intensa la variedad de sus colores ... Afuera la vegetación subía al cielo, como si alguien la estuviera halando por las ramas (p. 59)

Y luego de observar una gama deslumbrante de pájaros carpinteros, azulejos, asomas, toches, tórtolas, nidos de comadrejas, cuevas de armadillos y de disfrutar con manantiales y vegetación misteriosa, se encuentran sorpresivamente frente a un espectáculo espeluznante de muerte, una berlina en una cuneta en la que,

... vieron toda la sangre derramada en el polvo, como un tributo. Vieron cabezas de niños cortadas de cuajo, ensartadas en estacas. Vieron hombres a los cuales les habían sacado la lengua por el cuello, como una corbata de terciopelo. Vieron otros con la mano derecha metida a través de un corte hecho a cuchillo en el vientre, a lo Napoleón. Y vieron mujeres con penes como tabacos colgando de su boca llena de moscas y ojos aún frescos sacados de sus cuencas por los gallinazos (p. 60)

Es una metáfora de nuestra identidad, de nuestro pasado y nuestro presente, porque ese radicalismo en los contrastes es una huella permanente de nuestra historia, una paradoja atroz de Colombia que la creación literaria ha intentado revelar de múltiples maneras. Nos remite a lo más descarnado de nuestro dolor pero también a la poesía más pura, especie de laberinto de soledad del que no hemos podido salir. Cruz Kronfly muestra, contrasta, problematiza, va más allá de lo truculento, para que esa triste condición sirva de base a la búsqueda de sentido, para iluminar la encrucijada.

 

La experiencia del lenguaje

La madurez narrativa y el sentido del oficio de escritor que Cruz Kronfly ha alcanzado en su ya notable producción novelística, reside en el trabajo del lenguaje, en la depuración estilística y la búsqueda de técnicas apropiadas que le permitan la expresión de su universo imaginario. En La caravana de Gardel, se puede constatar una especie de síntesis de toda esa experiencia del lenguaje que ha representado la publicación de otras novelas como Falleba: cámara ardiente (1980), La ceniza del Libertador (1987), La ceremonia de la soledad (1992), El embarcadero de los incurables (1998), que son significativas no sólo en su evolución personal como artista, sino para la novela colombiana contemporánea. En este sentido, el autor ha superado plenamente lo anecdótico para proponer una estética mediante el tratamiento del lenguaje en busca de la universalidad.

 

Cruz Kronfly muestra, contrasta, problematiza, va más allá de lo truculento, para que esa triste condición sirva de base a la búsqueda de sentido, para iluminar la encrucijada.

 

Es un paciente proceso de búsqueda que consiste en nombrar el mundo sin eludir la responsabilidad ideológica de sus referentes históricos reales, pensar al hombre en sus crueles avatares existenciales, enfrentarlo a la aventura de su soledad, con el objeto de formular un universo imaginario que sea eficaz y verosímil, por la fuerza y sugesti-vidad del lenguaje. De esta manera, el discurso novelístico es principalmente una búsqueda de sentido, una propuesta formal, una aventura del lenguaje. Y por ello mismo, lo que la novela nombra es fundacional, puesto que el autor es demiurgo de su mundo verbal. Cuando se trata de un verdadero escritor, como es el caso de Cruz Kronfly, la publicación de un texto es el resultado de una intensa búsqueda, de numerosos ensayos, como los míticos ensayos de los dioses mayas en el Popol Vuh para crear del maíz al hombre definitivo (8). Búsqueda de nombres, tonos, atmósferas, diálogos, que sean coherentes con la propuesta estética, para crear efectivamente un mundo verosímil, una virtualidad artística.

En esta novela, el simbolismo y el diálogo intertextual se revela hasta en los nombres: las mulas que comandan la caravana con los restos de Gardel se llaman significativamente Bolívar y Alondra Manuela; la quebrada en que se aprecia primero el espectáculo maravilloso de la naturaleza y luego el macabro de los asesinatos, se denomina El Asombro; el protagonista se llama Arturo como en La vorágine de José Eustasio Rivera y muere en la selva montañosa calcinado, como Gardel; las mujeres con las que tiene una relación intensa y tormentosa llevan los apodos de La Leona y La Gata; el pueblo mítico al que finalmente llega porque allí piensa encontrar las reliquias robadas de Gardel, se llama Umbría, «el paraje más triste y cruel que hay en el mundo» (p. 196); Rendón ha viajado inútilmente por pueblos y ya derrotado comprende que «aquellos poblados eran idénticos entre sí y obedecían al mismo trazo de la mano que un día los dibujó para llenarlos de amargura» (p. 197)

Las descripciones del entorno son poéticas en su patética belleza, los diálogos son precisos, intensos, algunas veces convertidos en frases hechas o giros lingüísticos sugestivos, casi brutales: para expresar la dimensión de su tragedia, Arturo Rendón le dice a La Gata, «De vez en cuando me hago matar» (p. 163) y ésta le increpa que «el tango te mató, mirá como te dejó» (p. 202), una frase lapidaria que describe a plenitud la inutilidad de su búsqueda; Heriberto Franco, el profanador de los restos de Gardel, a pesar de su carácter cerrero y pragmático, para expresar que no siente miedo, dice: - A mí no me da miedo nada -decía Heriberto a cada rato-. He deshuesado sombras a puro puñal y me he enfrentado con el vacío que tira piedras al paso de los humanos por estas oscuridades. (p. 33)

Hay en toda la novela un especial cuidado en el tratamiento del lenguaje, del tal forma que las expresiones populares, el hablar campesino, la afectación urbana, las letras de los tangos, las descripciones del medio natural, se fusionen con lo que pudiéramos llamar la poesía de la oralidad, en la que la sensibilidad artística altera el lugar común y lo convierte en literatura, a la manera de los grandes narradores latinoamericanos como Joao Guimaraes Rosa o Juan Rulfo.

Todo lo anterior conduce a afirmar que La caravana de Gardel es una obra significativa en la novela colombiana actual por el carácter sugestivo de su propuesta estética e ideológica, al tiempo que ofrece una visión crítica y compleja de nuestra historia reciente. Una novela plenamente lograda en su propuesta formal, que además rinde un homenaje al imaginario simbólico de Carlos Gardel que aún está arraigado en la idiosincrasia de gran parte del pueblo colombiano, donde parece que ni la profanación ni el olvido logran sacar del alma del hombre urbano ese símbolo tan poderoso de su propia desolación.

 

NOTAS

(1) Sobre este aspecto, ver TRONCOSO, Luis Marino. Proceso creativo y visión del mundo en Manuel Mejía Vallejo. Procultura, Bogotá, 1986. También nuestro artículo Oralidad e intertextua-lidad en Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, en La escala invertida. Ensayos sobre literatura y modernidad, Fondo Mixto de Cultura del Tolima, Editorial Gráficas Olímpica, Pereira, 1996, p. 163-173.

(2) Ver HENAO, Darío. Tango que me hiciste mal, en Gaceta, No. 497, octubre de 1999, p. 9.

(3) CRUZ KRONFLY, Fernando. La caravana de Gardel. Seix Barral, Biblioteca Breve, Bogotá, 1998, p. 35. Las demás citas de la novela remitirán al número de página correspondiente.

(4) Ver: Fernando Cruz Kronfly. La literatura como reflexión. Entrevista de Omar Ortiz, en Magazín Dominical de El Espectador, No. 797, 23 de agosto de 1998, Bogotá. p. 8-10.; PALENCIA SILVA, Mario. El sentido de la existencia. en El arte de gorriar, Colección Anfora, (Sic) Editorial Ltda, Bucaramanga, 2000, p. 83-90.

(5) El tango, reflejo del dolor de la modernidad: Cruz Kronfly. Entrevista de César Güemes. En Diario La jornada, México, 7 de marzo de 1999, p. 27

(6) Ver: VALENCIA SOLANILLA, César. El problema de la verosimilitud en dos novelas colombianas sobre Simón Bolívar, en Revista de Ciencias Humanas, U.T.P., Año 4, No.. 12, junio de 1997, p. 31-40.

(7) MAUROIS, André. En busca de Marcel Proust. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1968.

(8) El propósito final de los dioses en el Popol Vuh es crear un hombre que los alabe y los recuerde, a través de la palabra, para poder subsistir como deidades supremas. Primero crean los animales, pero estos sólo daban gritos salvajes, luego hacen los hombres de madera, que pronto se olvidaron de los dioses y por ello fueron castigados, posteriormente de barro, pero su cuerpo se deshizo con el agua, y finalmente del alimento esencial del pueblo, el maíz, alcanzando su plenitud como hombres, honrando a los dioses.

 


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