Heronides
Maurilio de Melo Moura
"Neologismo y discurso"
Traducción del portugués del
texto de Heronides Maurilio de Melo Moura, Neologismo y
discurso, en As múltiplas faces da linguagem. p. 357-366
(1996).
Rafael Areiza Londoño
El objetivo de este trabajo es utilizar
algunos presupuestos de la pragmática (especialmente de Wittgenstein
y Parret) para analizar un problema específico (los neologismos
por derivación) por fuera de los marcos de la lingüística
inmanentista. O sea que procuraré formular una explicación
de la productividad lexical a partir de contextualizaciones
pragmáticas y discursivas. Asumiré, entonces, dos hipótesis
para desarrollar la pesquisa. La primera es que una visión
inmanentista de los fenómenos lingüísticos, sin recurrir al
contexto pragmático y al discurso (o juegos del lenguaje),
es insuficiente para explicar cómo «hace sentido» una estructura
lingüística. La segunda es que el análisis de un problema
morfológico también puede traer a colación la insuficiencia
teórica de la lingüística estructuralista y transformacional.
No es de sorprender que una cuestión
morfológica pueda ser sometida a un abordaje discursivo y
pragmático. La morfología se basa esencialmente en la noción
de morfema y el morfema es una unidad de significación. O
sea, en el propio centro de la morfología está colocado el
problema del proceso de significación de las lenguas naturales.
Eso se muestra más evidentemente en el estudio de los neologismos,
pues ahí tenemos una nueva combinación de morfemas (o la creación
de morfemas), a propósito de lo cual surgen interrogantes,
como: por qué surgen los neologismos? Cómo y para qué surgen?
Mi posición es que estas preguntas
deben colocarse bajo la perspectiva de una semiótica integrada,
o sea una semiótica de base pragmática, o mejor en la definición
de Parret (1988:24) a partir de Morris:
«La pragmática pasa a ser en realidad
una semiótica sin reducciones que investiga el origen, los
usos y los efectos de los signos en y sobre el comportamiento
significativo de los usuarios; la semántica es una semiótica
parcial (reducida), un enfoque abstracto que investiga el
sentido de los signos «haciendo abstracción» de su interpretación
por parte de los usuarios de la lengua, y la sintaxis es
una semiótica aún más reducida, un enfoque todavía más abstracto
que subyace a la investigación de las combinaciones sistemáticas
entre los signos «haciendo abstracción» no sólo de las interpretaciones
sino del propio significado».
Los estudios sobre los neologismos
en portugués se han basado fundamentalmente en teorías de
base sintáctica o semántica. En este trabajo intentaré hacer
un abordaje desde la pragmática, teniendo en cuenta no sólo
el «comportamiento significativo de los interlocutores» sino
también las condiciones sociales de producción del discurso.
Una de las dificultades del estructuralismo
y la gramática generativa para abordar la productividad lexical,
es que se trata de un proceso diacrónico, al paso que el aparato
de esas teorías está construido para describir estados sincrónicos.
El neologismo aparece así como una perturbación en el sistema,
como elemento no-regular y no-previsible.
| La teoría generativa,
como semiótica independiente del contexto de uso, busca
regularidades a nivel profundo bajo un manto abstracto
y matemático. El objetivo de una semiótica orientada pragmáticamente
es una cosa muy distinta. |
Eso se explica por la propia concepción
de lenguaje que se tiene en esas concepciones: un conjunto
fijo y cerrado de estructuras o de reglas. La visión de lenguaje
que se adopta aquí es bien diferente; es decir, la lengua
como una serie de procesos en funcionamiento.
Esa noción de proceso sólo se puede
entender cuando se visualiza que ella implica un momento concreto
del lenguaje, o sea, un uso de partes del lenguaje. El «uso»
al que me refiero aquí es a la operación con signos y no a
las simples remisiones a factores concretos como el habla
o la situación.
Es justamente la noción de uso lo
que la lingüística inmantentista excluye. En el estructuralismo
se pretende explicar mediante la descripción de enunciados
producidos; o sea se rige por un material lingüístico desligado
del uso del lenguaje. En la gramática generativa, se hace
lo mismo aceptándose el concepto de producción, esa producción
es anterior al uso concreto de los hablantes. Las reglas son
producidas a un nivel abstracto (el nivel de la competencia).
En la gramática generativa, el acto concreto de producir lenguaje
es epistemológicamente posterior, y muchas veces distorsiona
el nivel abstracto.
Otra propuesta que admitiré aquí
es que una lengua engloba una diversidad de prácticas lingüísticas,
o, en términos de Wittgenstein de juegos de lenguaje. Es inviable
y teóricamente arbitrario tratar de unificar todos las maneras
de usar el lenguaje bajo un único esquema de reglas. El lenguaje
funciona de diferentes maneras, de acuerdo con los diferentes
usos que se hace de él. Una teoría como la de Chomsky, por
ejemplo, establece una serie de reglas coordinadas e independientes
que permiten la producción (algorítmica y no en el nivel de
actuación) de cualquier enunciado de una lengua dada. Una
teoría como ella, no se preocupa absolutamente por explicar
por qué en determinados contextos de uso, y no en otros, surgen
ciertos tipos de enunciados y así como determinados efectos
de significación.
La teoría generativa, como semiótica
independiente del contexto de uso, busca regularidades a nivel
profundo bajo un manto abstracto y matemático. El objetivo
de una semiótica orientada pragmáticamente es una cosa muy
distinta. Así, Wittgenstein, según Parret (1988:42), afirma
que «La evidencia de las regularidades no resulta de penetrar
en las profundidades de sus secuencias de modo que se revelen
las estructuras abstractas e idealizadas, sino de contrastar
los modos como la lengua se usa «regularmente» en diferentes
dominios de la vida (o formas de vida)». Se debe resaltar
el carácter reglado de los juegos del lenguaje. Para cada
actividad realizada por la lengua, existe un sistema de reglas
que los interlocutores deben seguir. Si no hubiese esa sistematicidad
a nivel de uso, la infinita variación de los factores concretos
conduciría a la lengua a los límites de la incomunicabilidad.
O sea, entre el nivel (puramente idealizado) de la competencia
Chomskyana, descontextualizado y válido para cualquier segmento
lingüístico, y el nivel (puramente empírico) del relativismo
absoluto, se encuentra el nivel de la serie de prácticas verbales
cristalizadas, con valores significativos específicos.
Cada una de esas prácticas, entonces,
tiene su propia validez pragmática, determinada por un conjunto
de reglas. A partir de allí, se puede definir el discurso
como un proceso de producción de enunciados regulados por
un determinado tipo de práctica lingüística que implica un
determinado contexto pragmático. El análisis objetivo de los
neologismos se deberá buscar en esa definición teórica. Así,
el análisis de un neologismo deberá hacerse insertándolo en
un determinado tipo de discurso.
Una teoría semiótica integrada debería
presentar una sistematización completa (con sus semejanzas
y diferencias) de los juegos de lenguaje (si es posible).
Un análisis de ese problema, entretanto, está muy distante
del objetivo de esa exploración. Es preciso hacer además otra
distinción. Mientras que las reglas de Chomsky se basan en
un conceptualismo, o sea, en entidades mentales, (supuestamente
innatas), las reglas de Wittgenstein son estrictamente prácticas,
externas. Las reglas de Chomsky no están sujetas a ninguna
validación, ni son contractuales y mucho menos arbitrarias,
son leyes naturales (los hombres hablan, así como las aves
vuelan), interiorizadas y por lo tanto no accesibles a la
experiencia inmediata. Parret (1988:45-8) cuestiona la validez
epistémica de esas reglas.
Para Wittgenstein, por otro lado,
la regla es una práctica en el mundo interaccional y válida
contractualmente :
«Una regla es un proceso simbólico
en un contexto específico, un instrumento para (inter) actuar».
(Parret, 1985:50).
Complementaré la noción de discurso
ya dada, con el concepto de condiciones de producción del
análisis del discurso en Francia. Así, describir una práctica
lingüística es también referenciarla a las representaciones
sociales que ella transmite. Un discurso está condicionado
por esas representaciones, pero también, dialécticamente,
las condiciona. Es decir, las prácticas discursivas se producen
y reproducen coordinadas con la producción y la reproducción
de representaciones sociales.
El vínculo más fuerte entre lengua
y sociedad está dado en la historia. Ellas adquieren vida
cuando son ubicadas históricamente. Una práctica lingüística
tiene sentido cuando está coordinada con alguna práctica social,
o «forma de vida», en términos de Wittgenstein. O mejor, la
práctica lingüística se constituye como tal en tanto que está
interrelacionada con el tejido social, con una textura social.
No obstante, me parece difícil aceptar
la idea de uno de los principios teóricos del análisis del
discurso, de Michel Pêcheux (1990a:166) cuando afirma que
una formación discursiva es una especie perteneciente al género
ideológico, o sea, que toda formación discursiva puede ser
traducida en una representación ideológica. Ahora, para hacer
esa traducción es preciso disponer de un código que traduzca;
en otras palabras, un metalenguaje, que en este caso sería
el sistema ideológico, tal como lo propone el materialismo
dialéctico. Además, ese metalenguaje debería ser universal
para poder traducir cualquier práctica lingüística (o formación
discursiva).
Se
puede argumentar que el análisis ideológico no es universal,
ya que es esencialmente histórico. Lo que quiere decir es
que, en un momento determinado, una formación ideológica (tómese
el mismo ejemplo de Pêcheux: la formación ideológica religiosa,
en el feudalismo, podía servir de código metalingüístico para
todas las formaciones discursivas a ella ligadas) es universal
porque abarca una serie de prácticas lingüísticas integradas.
Pero lo que está en cuestionamiento es la posibilidad de un
metalenguaje. Según Wittgenstein, un juego de lenguaje, es
aquello que aparenta; él no dispone de una «profundidad» inaccesible
para los hablantes. Esa profundidad que se traduce a la superficie
correspondería a la verdad ontológica o a la gramática profunda
mentalista de Chomsky. Pero un juego lingüístico (o en otros
términos, un discurso) no es relevante por esas traducciones
a un nivel más profundo, sino por su funcionalidad en un determinado
contexto.
| (...) La formulación de
un metalenguaje universal que revela «automáticamente»
el sentido de los enunciados, no representa más que el
deseo de negar el equívoco del acontecimiento, o, en últimas,
negar el propio acontecimiento (...) |
Nótese que la búsqueda de esa gramática
profunda, lógica o mental, corresponde a la búsqueda de una
verdad que subyace a todas las prácticas lingüísticas. Sin
embargo, la «verdad» de un juego del lenguaje está representada
por su propia naturaleza de práctica en el mundo.
«No es, por lo tanto, la visión
mental, el lenguaje ideal, la ontología transparente lo
que nos introduce a la verdad, sino el diálogo y la interacción
entre los miembros de la comunidad»
Parret (1988:71).
¿La formación ideológica no representa
en la teoría de Pêcheux ese mismo papel de verdad que devela
la opaca superficie de las prácticas lingüísticas? y que determina
el «lugar» ideológico de donde habla el sujeto, «lugar» a
partir del cual se interpreta y aclara la «oscura» producción
de lenguaje del enunciado?. A mi modo de ver, es teóricamente
improductivo apelar a un metalenguaje que abarque toda la
inmensa diversidad de discursos. Por el contrario, el propio
Pêcheux (1990a:9) observa: «En otras palabras, un sistema
natural no comparte un metalenguaje a partir de lo cual sus
términos se podrían definir: él es por sí mismo, su propio
metalenguaje». Entiendo que a partir de esto se puede decir
que cada discurso establece su propio metalenguaje. Ese tipo
de problema, todavía, es abordado por el propio Pêcheux, en
una obra posterior. El discurso: estructura o acontecimiento
(1990b), libro que merece una lectura atenta, pues es rico
en argumentos para el abordaje teórico del análisis del discurso.
Según las ideas contenidas en ese libro, la ambigüedad del
«acontecimiento» enunciativo elimina la posibilidad de un
metalenguaje completamente monosémico, pues cuál sería el
sentido «primordial» de ese acontecimiento?.
El acontecimiento es equívoco, haciendo
su lectura desde diversos registros. El acontecimiento es
filtrado a través de variables lógicas. Se abandona así de
lo universal, de la univocidad lógica y se entra en el campo
de lo variable, de lo equívoco, de la diversidad de significaciones.
«Esos enunciados remiten (Bedeutung) al propio hecho, pero
no construyen las significaciones (sinn) «(Pêcheux, 1990b:20).
La formulación de un metalenguaje universal que revela «automáticamente»
el sentido de los enunciados, no representa más que el deseo
de negar el equívoco del acontecimiento, o, en últimas, negar
el propio acontecimiento. En la historia del hombre, según
Pêcheux se fueron construyendo varias «ciencias-duras», totalizadoras
de la estructura de lo real, que pretendían armonizar los
valores dispersos de las «cosas a saber» (conocimientos a
generar y a transmitir socialmente) en una teoría orgánica,
realizando así «la idea de una posible ciencia de la estructura
de lo real, capaz de explicitarlo por fuera de toda falsa
apariencia y de asegurarle el control de la interpretación
(id: 35).
La crítica a esas «ciencias-duras»
se extiende el marxismo, que pretendió ser una teoría omnipotente,
reveladora de las contingencia más profundas de lo real. Cada
ciencia-dura, el marxismo sería una especie de portavoz de
la verdad, que surge tanto de la historia como de las formas
del discurso. Leer la historia, para los marxistas era descifrar
jeroglíficos cuyo código ya era conocido. Leer las formas
del discurso, para los analistas del discurso que se apoyaban
en el marxismo, era revelar en los discursos lo que en última
instancia los estructuraba: su forma ideológica.
El carácter heteróclito de las prácticas
discursivas se reduciría así a formaciones ideológicas (definidas
de acuerdo con el marxismo) que lo explican todo: el discurso
como una especie del género ideológico. Pero si se destruye
la confianza ciega en el género (como lo hace Pêcheux en relación
con el materialismo dialéctico), cómo hacer la clasificación
de las especies?.
Al criticar las ciencias-duras y las
negaciones del acontecimiento, Pêcheux (1990b) realiza, a
mi modo de ver, un corte epistemológico y rompe con dos postulados
que fueron objeto de la crítica ya citada: la posibilidad
de un metalenguaje ideológico universalizante y unívoco; el
develamiento de una verdad única (aunque contradictoria y
dialéctica) subyacente a las superficies discursivas.
Contra el metalenguaje unívoco, Pêcheux
habla ahora de las variaciones de sentido y de lógicas variables
según diferentes formulaciones (o juegos de lenguaje). Contra
la verdad histórica subyacente, Pêcheux habla ahora de la
multiplicidad heteróclita de lo real.
La pérdida de la seguridad del acceso
a lo real, en la historia y en los discursos se da en El discurso:
Estructura o acontecimiento, por la constatación de que el
marxismo no establece una «discontinuidad epistemológica»
libre de problemas y desaciertos. O sea, que el marxismo sólo
consigue imponerse como una estructura teórica homogénea,
capaz de representar un «real histórico (que) deja de ser
objeto de interpretaciones divergentes, o contradictorias,
para ser constituido a su vez, en proceso (por ejemplo, en
«proceso sin sujeto ni fin (es), según la célebre fórmula
de Louis Althusser» (id.: 38-9).
El hecho histórico deja de ser considerado
como una manifestación estricta, única, de un proceso histórico
cuya evolución es explicada por las «leyes dialécticas».
Por otro lado, el discurso no puede
ser estudiado como un «enmascaramiento» de su ideología, o,
en términos de Heidegger, como morada «velada» de una verdad
ideológica que, a través de la legibilidad de las formaciones
ideológicas, traduce la materialidad opaca de las formaciones
discursivas.
Si esas formaciones ideológicas no
son avaladas a priori por una ciencia-dura todopoderosa como
el marxismo, los instrumentos de descripción del análisis
del discurso deben relativizarse por la diversidad de discursos
y de significaciones.
La argumentación de Pêcheux (1990b)
se contrapone fuertemente a un postulado como el siguiente,
expuesto en su libro Semántica y discurso: «Toda formación
discursiva oculta, por la transparencia del sentido que en
ella se constituye, su dependencia con relación al «todo complejo
con preponderancia» de las formaciones discursiva, intrincado
en el complejo de formaciones ideológicas definidas arriba»
Pêcheux (1988:162). Según ese postulado, los enunciados dependen
de las formaciones discursivas, que a su vez, en última instancia,
son determinadas por las formas ideológicas.
El sistema estructural que garantizaría
el valor explicativo de esas formaciones ideológicas sería
el marxismo, en tanto que ciencia-dura, con sus conceptos
como reproducción/transformación de las relaciones de producción,
lucha de clases, clase dominante y dominada, etc. Ahora, en
la medida en que Pêcheux (1990b) admite que el marxismo no
es un sistema teórico que aprehende de una vez, lo real del
proceso histórico, entonces, tales conceptos no garantizan
la validez absoluta y descriptiva del sistema de las formaciones
ideológicas.
O sea, en Semántica y discurso
Pêcheux recusa la transparencia de sentido para el sujeto,
para construir el sentido, para materializarlo en las formaciones
discursivas. En el discurso: estructura o acontecimiento,
Pêcheux rechaza la transparencia del sentido en la ideología,
al considerar que la sistematici-dad de las formaciones ideológicas
era un deseo de omnipotencia de la ontología marxista. El
sentido no es transparente ni para el sujeto ni para la ideología.
La transparencia en la ideología presupondría un universo
histórico lógicamente estabilizado (aunque dialéctico, con
sus contradicciones, etc.). Pero el gran enfoque de Pêcheux
es considerar que la historia se formula con universos estabilizados
lógicamente.
En sus fundamentos, el estructuralismo
significaba una negativa, según Pêcheux (1900 b) a establecerse
como ciencia-dura de lo real. Porque el estructuralismo rechazaba
tanto la univocidad lógica garantizada por el positivismo
(que colecciona hechos), como la univocidad semántica garantizada
por la conciencia del sujeto. La verdad absoluta, lo real
trascendente se dispersa y se muestra de muchas formas en
la intrincada materialización de las formas discursivas y
de las estructuras de lo decible. En el abordaje estructuralista,
se hace imposible a partir de la descripción (Darstellang)
de las texturas variables del discurso, la formulación de
una teoría unificada de la estructura de lo real, que proporciona
una interpretación (Vorstellung) para ese real unívoco.
Mientras tanto, el estructuralismo
se inclina, con el correr del tiempo, por una estabilidad
lógica de otro tipo: ni el centramiento en el sujeto ni la
colección de hechos, sino la sobreinterpretación estructural.
«Esta sobreinterpretación hace valer lo teórico como una especie
de metalenguaje organizado a la manera de una red de paradigmas
(id: 46).
El abordaje estructuralista, que en
su fundamento debería ser un rechazo a la ciencia-dura, pasa
a funcionar como una máquina poderosísima de interpretación
de lo real, bajo la forma aparentemente neutra de descripción
estructural. Esto ocurre porque se crea una disyunción entre
el nivel del acontecimiento de la superficie discursiva («enunciados
empíricos vulgares») y el nivel de la teoría estructural (
«enunciados estructurales conceptuales»). Ese paso de lo superficial
a lo teórico sólo se puede dar a través de un sistema de traducción.
El nivel teórico, entonces, funcionaría como un metalenguaje
decodificador, cuyo sistema produciría una serie de «equivalencias
interpretativas» de los enunciados vulgares.
En este punto queda muy clara la ruptura
de Pêcheux (1990b) con las posiciones anteriores, renunciando
a traducir automática-mente enunciados empíricos en enunciados
teóricos, a través de la clave mágica de las formaciones ideológicas.
Es esto lo que afirma Pêcheux (id.: 47) con mucha autocrítica,
y no complaciente, (obsérvese que él se está refiriendo especialmente
al materialismo estructural o materialismo político): «Es
ante todo esta posición de desvío teórico, sus aires de discurso
sin sujeto, simulando los procesos matemáticos, lo que confiere
a los abordajes estructurales esta apariencia de nueva «ciencia-dura»,
negando su propia posición interpretativa. En cuanto a los
procesos matemáticos, es bueno recordar que el propio Pêcheux
llegó a formular un programa de computador a partir de su
análisis automático del discurso.
La crítica de la ontología marxista
y del estructuralismo, en Pêcheux (1990b) no conduce aun ceticismo
teórico ni a una exención histórica. Pêcheux propone que el
análisis del discurso se vire hacia el acontecimiento, hacia
lo variable, hacia lo equívoco de los enunciados. En este
punto, se entrecruza con Wittgenstein, para quien no puede
haber una teoría general del lenguaje, sino apenas abordajes
fragmentarios de los juegos de lenguaje inestables y mutables.
«Subrayaría el gran interés de una aproximación teórica y
procedimental, entre las prácticas del análisis del lenguaje
ordinario (en la perspectiva antipositivista que se puede
sacar de la obra de Wittgenstein) y las prácticas de «lectura»
de arreglos discursivo-textuales (que provienen de abordajes
estructurales)» (id.: 49).
Este trabajo intenta basarse en esa
concepción de los enunciados y de los discursos como formas
variables y no estabilizadas lógicamente. El surgimiento de
un neologismo es impredecible, su lugar de aparición en el
lenguaje ordinario se deriva de variaciones de sentido que
no se pueden calcular automáticamente. Por otra parte, los
neologismos no surgen ex-nihilo; ellos configuran «formas
de vida» o «circulaciones cotidianas».
El neologismo es un punto excelente
para captar las «transformaciones de lo simbólico». Para comprenderlo
pienso que es necesario renunciar a metalenguajes apriorísticos
e intentar identificar los puntos de derivación de las significaciones,
en el tejido de los juegos del lenguaje.