"La visión de Anáhuac:

Emoción histórica engendradora de eternos goces"

Rigoberto Gil Montoya

 

Revisitar textos fundacionales de la literatura latinoamericana, al tiempo que promueve el goce y la admiración, permite bucear los caminos de un sentido estético, fortalecido en los diálogos de la hibridación cultural, que hoy suma lectores en el mundo. Escrito por Alfonso Reyes en 1915, La visión de Anáhuac nos acerca a la construcción de un texto con visos de ensayo, desde la preminencia de una voz poética, atenta a dilucidar los entramados de un mundo cercano a lo imaginario e imaginado. Su ritmo, su tono, son reveladores de una percepción que ha enriquecido buena parte de la producción estético-literaria del continente americano.

 

Visión inicial

El ensayo, como el centauro de todos los géneros (Reyes), además de responder a las pulsiones de un proceso en marcha, jamás acabado, establece ciertas coordenadas particulares en cuanto a su fin y estructura. Mediante él, un escritor puede reflexionar o divagar sobre aquellos asuntos que obligan su discernimiento, en virtud, sostiene Susan Sontag, a su naturaleza diversa, tanto en su tema, en su tono como en su dicción, lo que lo ubica en un plano distinto al de la ficción y la poesía.

Esta misma naturaleza, en el todo diverso, convoca la búsqueda. Como estructura, puede aventurarse en la forma, siempre que no se arriesgue el argumento y no se elimine la copresencia del posible lector. Como ejercicio de estilo, puede estar más cerca del orbe poético que de la atmósfera árida y en muchos casos inútil de la reflexión académica. Para El caballero de la voz errante, sostiene Alfonso Rangel, el asunto de la poesía deviene conocimiento, a la vez que destaca su agudo análisis sobre el mundo de las ideas, lo cual le permite “penetrar y revelar la significación y el sentido de la forma poética” (1) .

La Visión de Anáhuac en su calidad de texto pareciera responder más a los intereses de un poeta delirante, acosado por ampliar un trazo de esa vasta “pintura de civilizaciones”, que a la actitud del ensayista preocupado por la digresión frente al mundo y sus reflejos. No obstante, el famoso texto de Alfonso Reyes, escrito durante su larga estancia en Europa (1914 a 1924), en uno de los momentos más productivos, según revelan sus biógrafos, fusiona con particular fuerza tanto el sentido poético del desvarío, como el de la recuperación del momento histórico, para hacer de la evocación un renacimiento de la leyenda. En este logro radica su trascendencia.

Contaba Alfonso Reyes 27 años de edad al culminar la escritura de su oda poética, -algunos la prefieren denominar ensayo-, dedicada a la reconstrucción de uno de los momentos estelares en la historia de México: el arribo del hidalgo extremeño Hernán Cortés al Valle de Anáhuac, en compañía de sus hombres aguerridos, luego de que partiera del puerto de Santiago de Cuba el 18 de noviembre de 1518, autorizado meses antes por Diego Velásquez, gobernador de la Isla, con quien entró más tarde en conflicto por asuntos de poder. Cortés decidió emprender un tercer recorrido, cuyo objetivo era la exploración del territorio ístmico y el rescate de algunos españoles cautivos, jamás el de fundar ciudades o conquistar terrenos. Un abril lejano del año diecinueve, siglo XVI, los expedicionarios moldearon con sus huellas el barro de San Juan de Ulúa y el grave Cortés recibió a los mensajeros del emperador Moctezuma, ataviados con inusuales y ricos presentes, mientras éste exhibía como trofeo a su bella amante e intérprete, la nativa maya Malintzin, natural de Tabasco. Desde entonces la visión del continente americano tomó otra luz acaso densificada por el asombro del ojo permeado en otros ámbitos.

 

Se extiende el valle

Corre el año de 1915 y el señor Alfonso Reyes decide concluir su Visión de Anáhuac en Madrid, esto es, desde el corazón mismo de la patria que un día lanzó a sus hombres en busca de las Indias, tras un delirio áureo que los conminó a padecer el infortunio y la desolación y a asumir una suerte de sanguinaria potestad, so pretexto de conquistar nuevas tierras y otros hombres “sin alma y sin promesa”, para ofrecer a las autoridades reales una cartografía extensa de fundaciones y riquezas que parecieron estar, más allá de los asuntos terrenales, en la mente afiebrada de seres picados por los vientos marinos y la exuberancia de una vegetación a modo de antesala del infierno, abundante en insectos, en hombrecitos lampiños, que “traen tapadas sus vergüenzas” (2) , asombrados por la figura e imagen de seres mitad hombres, mitad animales, acaso porque se enfrentaban contra forasteros de espesas barbas que asesinaban con pólvora y bayonetas, con inclementes lanzas y brillantes espadas.

Que su pluma se haya cargado de metáforas e imágenes, de analogías e hipérboles en la patria de la reina doña Juana y de su hijo el emperador Carlos V, muestra de suyo la intención de recrear y percibir la historia del Valle que entonces fuera gobernado por el noveno emperador de los aztecas, Moctezuma II, “cual un fabuloso Midas cuyo trono reluciera como el sol” (3) . El espacio físico que delimita la perspectiva del escritor que asombrara al mundo con la temprana escritura del lúcido ensayo Las Tres Electras del teatro ateniense, es aquel mismo que en el siglo XV permitió la salida de múltiples embarcaciones y la acumulación de incontables libretas y cuadernillos con historias asombrosas y relaciones de hechos y conquistas, para solaz o estupor tal vez de los Reyes Católicos, esperanzados en salvar su madre España de la pobreza económica, con los cargamentos de oro, multiplicados en el imaginario de sus conquistadores.

En 1982 García Márquez elabora una pormenorizada lista de los momentos estelares de una historia apoyada en el delirio áureo de los conquistadores. Recordaba, en esa ocasión, cómo el continente americano había sido devastado por la locura de muchos dictadores y cómo las leyendas en torno a la riqueza del oro demarcaron otra cartografía de rutas y posibles hallazgos de valiosos tesoros, como el que debió pagarse por el rescate de Atahualpa y que sumaba entonces un millón cien mil libras de oro, cargadas por once mil mulas, que alguna vez salieron del Cuzco y nunca se supo de su destino. El responsable de la familia Buendía, subraya que los gérmenes de la literatura latinoamericana -en particular la del “Boom” y la de autores como Carpentier y Miguel Angel Asturias-, que algunos críticos han dado en llamar mágicorrealista o realmaravillosa, se encuentran justamente en las crónicas y cartas de relación de los conquistadores y clérigos que, a su paso por este continente de imponencia y misterio, llenaron sus relatos de apreciaciones cercanas a la fantasía, eliminando de plano la débil frontera entre la ficción y la realidad.

Desde España, país invadido por turcos y moros, que abrió las puertas de sus cárceles a muchos maleantes y caballeros de poco fiar con el fin de ofrecerles el perdón si emprendían rutas marinas hacia lugares inimaginados, a la busca de tierras y riquezas en nombre de la Corona, decide Alfonso Reyes volver su vista atrás, con el interés de aprehender y recrear, bajo el velo poético de su palabra desbordante, no ajena a la vitalidad sensorial que acapara por entero el movimiento y la forma del cuadro, algunas circunstancias y pasajes propios de la región más transparente del aire. En provincias y aldeas de esta mítica región cientos de nativos rindieron culto y tributo a la generación de los emperadores, hijos de la serpiente emplumada, de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, sacerdote civilizador de la mitología tolteca, arrojado de los dioses hechiceros, convertido más tarde, a orillas del Atlántico, en la Estrella de la Mañana, pregonera de otros rumbos por entre las constelaciones bienhechoras.

El Caballero de la voz errante, movido por la ensoñación que le hará tangible ese pasado venido a recuerdo grato, a interés por rehacerlo, en oposición quizá a la imagen contemporánea de un Valle de México superpoblado, reseco, ajeno a sus raíces, retorna alado a la ciudad de los Lagos como el cronista que hubiese querido plasmar, de primera fuente, con su pluma y su sentir poético, las venturas y desdichas de una expedición insular en no pocos casos movida por la locura. Se entiende con Bachelard que la ensoñación poética perfila una ensoñación cósmica, que abre camino hacia mundos embebidos por la belleza, por lo considerado hermoso.

Muchas civilizaciones, entre ellas la Olmeca, la Teotihuacana, la Tolteca, ateridas a una tierra que les brindó desde el año 4000 antes de nuestra era, maíz, fríjol, chile y que les permitió el cultivo de las artes, las observaciones astronómicas, el ejercicio de la escritura y por tanto la práctica de la poesía como instancia ritual para venerar a sus dioses, decidieron edificar en sus valles extensas ciudades y míticas arquitecturas, extraños zoológicos y laberínticos parajes. Resolvieron también erigir grandes moles de piedra para invocar a sus dioses y trazar inmensas plazas para toda suerte de trueques y transacciones, frente a lo cual el guerrero curtido y el cronista de aquellos días, no hallaron palabras que pudieran nombrar tanta realidad confundida con el barullo de feria:

...que en los dichos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que además de las que he dicho son tantas y de tantas calidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aún por no saber poner los nombres, no las expreso(4) .

De esta exuberancia y amalgama de cosas, toma su aliento Alfonso Reyes para construir, en cuatro instancias, ese jolgorio de carnaval y río que fuera la vida cotidiana en aquella región que necesitó de “Tres razas...y casi tres civilizaciones” para desecar el Valle donde quizás la mirada de Moctezuma, tras el olor embriagante nacido de sus jardines privados, se perdía por entre el movimiento frágil pero viril de sus vasallos, vigilantes esmerados de las especies de animales más raras al ojo invasor: “Y para que nada falte en este museo de historia natural, hay aposentos donde viven familias de albinos, de monstruos, de enanos, corcovados y demás contrahechos”.

Con una expedición formada por 11 embarcaciones, 550 hombres, 110 marineros y 200 indios, y con la adhesión en la Isla de Cozumel del náufrago circunscrito a la desaparecida tripulación de Juan de Valdivia, Jerónimo de Aguilar -conocedor del idioma y las costumbres mayas-, Hernán Cortés consiguió descender de sus naves en la Península de Yucatán, para dejarse herir, a pesar de sus claras ambiciones de poder y riqueza - no en vano había invertido su fortuna y la de sus amigos en tal empresa- por la visión maravillosa de un mundo que se le antojó extraño, tanto, que sólo fue capaz de describirlo comparándolo con las tierras europeas, alguna vez trasegadas por su espíritu aventurero:

La ciudad es tan grande y de tanta admiración, que aunque mucho de lo della podría decir dejé, lo poco que diré creo es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas [...] En esta provincia de muchos valles llanos y hermosos, y todos labrados y sembrados, sin haber en ella cosa vacua; tiene en torno la provincia noventa leguas y más; la orden que hasta ahora se ha alcanzado que la gente della tiene en gobernarse es casi como las señorías de Venecia y Génova o Pisa, porque no hay señor general de todos. (5 )

El extrañamiento jamás abandona a Cortés, así en las arduas jornadas al atravesar valles y provincias, cuya visión va quedando como impronta en sus extensas cartas, tras el pulso enaltecido, así en los momentos fogosos en que blande su espada para sacrificar cientos de vidas en nombre de su dios y sus majestades. Recorriendo por jornadas y a ritmo desigual el Valle de Anáhuac, Hernán Cortés lleva tras de sí el sueño de su propio imperio, ahora que ve extendido ante sus ojos el territorio del venerado Moctezuma, cuyo “reino es de oro, su palacio de oro, sus ropajes de oro, su carne de oro. Él mismo ¿no ha de levantar sus vestiduras para convencer a Cortés de que no es de oro?”, por obra del sentido poético, por revelación también de un continente que surgió de entre la barbarie, para el mundo occidental, como la región idílica donde el metal amarillo, el más dúctil y maleable, llamativo por su peso, atrayente por su valor, se encontraba en abundancia.

¿Cómo no enumerar las tantas expediciones que alguna vez partieron sin suerte de los puertos lúgubres, las tantas vidas desperdiciadas al hallazgo de la Laguna de El Dorado y de la Fuente de la Eterna Juventud?

¿Cómo no enumerar las tantas expediciones que alguna vez partieron sin suerte de los puertos lúgubres, las tantas vidas desperdiciadas al hallazgo de la Laguna de El Dorado y de la Fuente de la Eterna Juventud? La lista de nombres resulta inacabable. Se sabe que Rodrigo de Bastidas, Jiménez de Quesada, Pedro de Heredia, Lope de Aguirre, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Pizarro y otros muchos seres que registraron con sangre y saqueo la historia inicial de este continente insólito, bajo la pesantez de la tradición de occidente, pierden su juicio al ser poseídos por la fiebre de América: “Así flechen los indios y muerdan las fiebres y se vaya el oro de entre las manos, el que pisa este infierno, a este infierno retorna. Es el embrujo”(6) ¿Cómo dar crédito por entero a las cartas de relación, a las descripciones de tierras paradisíacas, a los informes de clérigos, cuando en la visión de este mundo pervive el delirio con lo mágico y la fiebre con el ansia de riqueza? El mismo obispo don Fray Bartolomé de las Casas o Casaus, de la orden de Santo Domingo, expresa que alrededor de la conquista de la Nueva España se han escrito muchas páginas de mentiras y decires. Niega, a modo ilustrativo, el que se haya derrocado y abrasado tantas ciudades y templos como se indica en algunas páginas memorables: “los verdaderos conquistadores y curiosos lectores que saben lo que pasó, claramente les dirán que si todo lo que escriben de otras historias va como lo de la Nueva España, irá todo errado” (7) Para el obispo es mentira que Hernán Cortés haya mandado a barrenar secretamente los navíos, cuando lo hizo por consejo de sus hombres y de él mismo, a ojos vistas:

En todo escriben muy vicioso. ¿Y para qué yo meto tanto la pluma en contar cada por sí, que es gastar papel y tinta? Yo lo maldigo, aunque lleve buen estilo (8)

Lo que interesa es el registro, la urgencia de trazar una ruta que valide sus expediciones ante los ojos de las impertérritas autoridades españolas, que quizá leían los informes con el mismo interés con que Alonso Quijano leyó en su cordura todos los libros de caballería.

Así parezca inapropiado, se advierte en los cronistas de aquella época un deseo de escribir bajo los síntomas del embrujo. ¿No delineó sus mejores epístolas Simón Bolívar, el Libertador, en condiciones lamentables, con el agua hasta la cintura, bajo el dominio de fiebres altas, según los hombres ilustrados que lo conocieron de cerca?¿ No es Mi delirio sobre el Chimborazo una pieza literaria de difícil clasificación debida a una de sus expediciones más amargas? Pareciera que en el fondo de aquellos seres que una vez partieron de puertos peninsulares, el interés por la verdad estaba sujeto a las condiciones climáticas o a las atmósferas políticas donde importaban los patrimonios, las genealogías, los escudos heráldicos, la primera bendición sobre tierras prestadas. Sirva para ilustrrar el hecho protagonizado por Cortés: durante largas jornadas por el Valle de Anáhuac, más que describir el Istmo, las costumbres de los hombres emplumados, la belleza de la Región de los Lagos, parecía interesarle el énfasis en la enumeración de sus hazañas sangrientas y por ello cada tanto lo recuerda:

... en que con media docena de tiros de fuego, y con cinco o seis escopetas y cuarenta ballesteros, y con los trece de caballo, les fice mucho daño, sin recibir dellos ninguno más del trabajo y cansancio del pelear y el hambre (9).

Lo que interesa es el registro, la urgencia de trazar una ruta que valide sus expediciones ante los ojos de las impertérritas autoridades españolas, que quizá leían los informes con el mismo interés con que Alonso Quijano leyó en su cordura todos los libros de caballería. De aquí, de estos informes supeditados al error y al desfogue literario -“Quiero volver con la pluma en la mano, como el buen piloto lleva la sonda descubriendo bajos por la mar adelante” (10) , -nutre su Visión Alfonso Reyes, fiel a la verdad acometida por los Cronistas de Indias, hombres de armaduras calcinadas que padecieron el horror de estar lejos de casa y presintieron el dolor de los sacrificios ante los dioses inclementes; hombres que llegaron a una tierra de extrañas costumbres con el interés de conquistarla, aunque, no obstante, fueron muchos de ellos los conquistados por el delirio áureo, como castigo de los dioses que entonces fueron combatidos bajo los preceptos de la iglesia cristiana. Hombres, al fin y al cabo, cuya palabra fue quizá producto de la soledad y del azar, gérmenes de nuestra literatura.

 

Una aventura visionaria

Alfonso Reyes, embebido por la vegetación de Anáhuac, arte de la naturaleza, reconstruye a su manera y bajo el influjo lírico de los Cronistas de Indias, las ciudades de piedra, de canales y de puentes, tras el barullo de feria, con sus voces marginales: “La charla es una canturía gustosa. Esas xés, esas tlés, esas chés que tanto nos alarman escritas, escurren de los labios del indio con una suavidad de aguamiel”. De este modo prefigura la región que exalta el juicio del barón Von Humboldt, en su recorrido científico por aquellas estancias donde el maguey sorbe, al parecer, “sus jugos a la roca”. La transparencia implica visión total, única; entraña incluso desnudez como indicativo de levedad: carácter propio de la poesía. La quimera responde a una especie de retorno a la piedra matriz por virtud de la imagen alegórica, bajo el influjo de la palabra inicial de Cortés, de López de Gómara, del Obispo Fray Bartolomé de las Casas y tras la inspiración mágica, tocada por el pulso del navegante florentino Antonio Pigafetta, quien a su paso por América, creyó ver un continente cuyas coordenadas frisaban el límite nocivo de la pesadilla. Sus descripciones parecieran estar tocadas por el hálito enajenado de quien observa la realidad con ojos de desvarío, alucinado ante una realidad, la suya, habitada por hombres gigantes, vestidos con pieles de animales informes e híbridos, acaso reflejo de sus lecturas fantásticas (11) .

La aventura consiste en magnificar el lugar de origen y legitimar al mismo tiempo un entramado histórico, donde los ojos de ambos continentes - “Nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa”- permiten el asombro y el frenesí, in crescendo, para que la ciudad emerja de entre las aguas como Atlántida tropical, con sus algas florecidas, custodiada por dioses severos desde los tiempos de la cacería nómada y las guturaciones colectivas en torno al fuego esperanzador y benigno.

Ya la época gloriosa del Valle de Anáhuac pervive sólo en el recuerdo y en la memoria escrita de los hombres de a caballo,

Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iva a Méjico, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuenta en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua y todos de calicanto. (12)

La realidad contemporánea confiesa otra estampa. No en vano los siglos han pasado y el curso “Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900”, es decir, desde el reinado de Motecuhzoma Ilhuicamina (1440-1469), pasando por Axayácatl, Tizoc, Auitzotl, hasta llegar al surgimiento de la dictadura de Porfirio Díaz, donde se formaron grandes latifundios y muchos recursos nacionales pasaron a manos de compañías extranjeras. Ha bajado desde entonces mucha agua por el río y el paisaje y sus gentes van mostrando otro rostro acaso más áspero y menos paradisial:

a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible .

Quizá sea ese mismo carácter terrible el que hoy envuelve a la ciudad de Méjico, una megalópolis donde ya, a falta de aire saludable, se vende oxígeno en las esquinas para poder salvar el día de hoy. Quizá sea ese mismo carácter terrible que hace al campesino más hermético, acosado por una soledad que no da pie a la esperanza, frente a la visión del valle desértico y polvoroso, pues la tierra, como lo poetizó Rulfo, está reseca, llena de rajaduras, compuesta por terrones endurecidos como piedras filososas, desolada como el alma misma de los campesinos ajenos a la esperanza y redención, cargando con sus culpas en medio de la ventisca y el polvo de los desiertos.

Allí pareciera ocultarse la belleza entre aquella geografía de muerte, donde ya no crecen ni las dulcamaras, “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes” (13) , según la voz de Juan Nepomuceno Rulfo Pérez Vizcaino, nutrida por la locuacidad de su tío Celerino al refregarle en sus sentidos historias de tristezas y murmullos, pues “La antigua raza era lacrimosa y solemne”, ya había escrito el polígrafo Alfonso Reyes.

El caballero de la voz errante escudriña entre la tierra con sabor ancestral y quizá más allá de los “pasojos de agua”, con el anhelo de habitarla, así la estancia dure lo que el síntoma del desvarío. El caballero, tras largas jornadas embriagado en el misterio de los relatos sobre la tierra impregnada por el aroma de la flor “signo de lo noble y lo precioso” y tras reconocer que con el español nos une la “emoción cotidiana ante el mismo objeto natural”, resuelve por fin desnudar sus designios:

El suceso viaja por el tiempo, parece alejarse y ser pasado, pero hay algún sitio del ánimo donde sigue siendo presente. No de otro modo el que, desde cierta estrella, contemplara nuestro mundo con un anteojo poderoso, vería, a estas horas, -porque el hecho anda todavía vivo, revoloteando como fantasma de la luz entre las distancias siderales- a Hernán Cortés y a sus soldados asomándose por primera vez al Valle de Anáhuac (14)

La visión del poeta comparte por igual con el viajero conquistador la insuficiencia de frases adecuadas para nombrar la realidad urbana...

Guarecido por ese fantasma de luz, por esa corriente que eterniza las huellas de los hombres a su paso por el mundo, y como si fuese un elemento más del espacio sideral, el Caballero de la voz errante se lanza a conquistar el mundo ancestral a través de sus visiones:

I

Has venido a dar conmigo, sin saberlo, a esta meseta de joyas fúnebres.
Carlos Fuentes

Se abre el telón y la región más transparente del aire cobra cuerpo. El poeta fija la mirada sobre el valle y sabe con lucidez que todo guiño hacia el pasado corresponde a un trazo incompleto de la “pintura de civilizaciones”. Conjetura que la empresa de su reconstrucción se estrenó con la llegada del aventurero europeo, aplastado su informe bajo el lastre inevitable de toda la historia occidental. Sabe que llegaron a estas tierras sin nombre y hubo algo en ellas, quizá la estética tropical, a lo mejor el embrujo vegetal, que los ganó para su causa delirante. Sabe que el agua lo fue todo, porque ello obligó la fundación de ciudades flotantes, la construcción de canaletes y puentes, de laberintos y fortalezas; malicia que el ritmo sereno de las aguas estancadas engendró el ritmo de la vida cotidiana. Más tarde, cuando la inocencia tiende a desvanecerse, el hombre Náhuatl emprende la gran empresa: “Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico”. Desde entonces otra es la historia que asumen las más recientes generaciones: “Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social”.

 

II

Primera jornada. La puesta en escena cobra vida frente al verismo de los actores. El poeta, por invocación de la palabra, deja de lado la empresa de la desecación y consiente por segundos -perpetuos, al ser tutelados por el grueso de la poesía-, que el río humano de nativos, fieles al precepto de su emperador, fluya torrentoso en medio de la plaza mayor y sus alrededores. Cada personaje toma el rol y se muestra en el escenario con fulgor histriónico. Es ya el rumor de la ciudad, entre diálogos sobre temas del día , entre susurros apenas sugeridos: “ finos oídos tiene la raza, y, a veces, se habla en secreto”. El poeta recorre el tejido urbano y siente como un leve mareo que lo invade de palabras e imágenes flotantes en aquella región cada vez más transparente por acción de la misma geografía hecha palabra: “En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas”.

La ciudad abre su dermis y convoca la visión de sus tres parajes cardinales: la Casa de los dioses, el Mercado y el Palacio del emperador, mientras “El pueblo va y viene por las orillas de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber”. Las voces se remontan, animan cierto griterío para solaz del viajero, como si esta fuera la línea que trazara de otra forma la dermis individual del hombre en su intento de ser entre la multitud. Hay paz en el mercado mientras los nativos que han recorrido leguas aventuran el trueque. Hay como una cámara lenta que resalta todo objeto, todo movimiento de belleza a la vista del poeta viajero, perplejo en la contemplación de algo irrepetible.

El rumor se acrecienta y el Caballero errante cree escuchar, en medio del resonante palpitar de frases, un leve estremecimiento entre la concurrencia, porque pronto el cielo proyectará de luz la tierra que atiende el peso del gran emperador. La visión del poeta comparte por igual con el viajero conquistador la insuficiencia de frases adecuadas para nombrar la realidad urbana; tan sólo queda, frente a la magnitud, la débil comparación de las cosas: “Esta plaza principal está rodeada de portales, y es igual a dos de Salamanca”. El ojo se pierde por minutos en la percepción del mercado descomunal. Un poco más allá, el jardín privado de Moctezuma, el emperador. Y un poco más acá, la presencia viva del enviado de los dioses, quizá deificado por el color inequívoco del oro. Y en todo, la intuición de que se está en presencia de un lugar no sólo transparente, sino tan mágico, que puede albergar en su seno la diversidad de un jardín zoológico, cuyas especies “forman un infierno de ruidos”.

 

III

Del escenario mismo brota un mensaje de los dioses, entre aromas de flores e inscripciones geroglíficas. Los personajes congelan todo movimiento y toleran la presencia arrolladora de aquello que jamás comprenderán del todo, pues lo diáfano sólo es precepto de las divinidades. El mundo, cargado de signos, se torna complejo. El hombre ha descendido de la nada con el designio de rendir culto a fuerzas preeminentes. Al mortal le está dado construir templos y pulir piedras de sacrificio para recordar con sangre la presencia de entes superiores. ¿Y cómo hacer que el mensaje sea de agrado a la voluntad de los dioses? De esta búsqueda, nace la poesía, la música y la danza, y con ellas las consideraciones acerca de un mundo que a sacerdotes, brujos y guerreros se les antoja naturaleza, vegetación, ritual y forma acabada del sentimiento:

El nombre mismo que se usa en Náhuatl para designar un poema: cuicatl, significa también canto, música o canción, y la poética se confundía con el arte musical, bajo el nombre de cuicatlamatiliztli (15) .

El caballero errante considera de antemano que un gesto, una señal de rumbo, un fruto, invocan el estigma, con frecuencia imperceptible a la razón del conquistador, del guerrero, del hombre que no ve en la serpiente emplumada más allá de su parafernalia.

Natural era que los religiosos agregados a los ejércitos de Cortés y Pizarro que penetraron en México y Perú, exagerasen las analogías que creyeron hallar entre la cosmogonía de los aztecas y los dogmas cristianos; porque imbuidos de las tradiciones hebraicas, y entendiendo imperfectamente la lengua del país, todo lo refirieran a su propio sistema, a semejanza de los romanos, que en los germanos y galos veían su culto y sus divinidades. (16)

Y he aquí la flor -“causa de lágrimas y de regocijos”-, tanto más compleja su simbología cuanto más diversa su representación. La cosmogonía, en esta línea de trazos y asociaciones, prefigura el sentido polifónico de los signos, mientras el misterio de “aquella confusa mitología”, que habla de espiritualidad y grandeza, seguirá perteneciendo al orden de los enigmas por resolver, así apenas logre intuirse algo de sus hilos secretos:

Ya va a lucir el sol, ya se levanta la aurora:
ya beben miel de las flores
los variados pechirrojos, donde está en pie la Flor.
En tierra estás en pie cerca del mercado,
tú eres, el Señor, tú, Quetzalcóatl.
¡Sea deleitado junto al Arbol Florido:
los variados pechirrojos, los pechirrojos oíd.
Ya canta nuestro dios: oídlo,
ya cantan sus pechirrojos!
¿Es acaso nuestro muerto el que trina?
¿Es acaso el que va a ser cazado?
—Yo refrescaré con el viento mis flores:
la flor del sustento, la flor que huele a maíz
tostado
donde se yerguen las flores
(17).

 

IV

Se cierra el telón y tras él descansa la voz que produjo el asombro. El director de la puesta en escena surge de pronto e intenta explicar los motivos del cuadro. Convence al decir que sólo se aprecia el mundo presente cuando se regresa a discernir sobre los momentos históricos. En esa labor surgen las raíces que posibilitan el tejido de la verdad. Nos pertenece la tradición; lo menos que podemos hacer, sugiere don Alfonso Reyes, es actualizar esa carga de yerros y de olvidos, aunque sea al menos para no renunciar a ningún objeto de belleza, en el caso de que haya mínimo interés por recuperar la memoria colectiva: “Convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz” .

De todos modos, si hoy hiciéramos el balance y condescendiéramos despertar a la realidad de este presente y apagáramos el fulgor que recuperó aquel año de 1519, cuando Hernán Cortés y sus hombres de a caballo, dejaron marcadas para siempre sus huellas en aquel valle regado por las aguas, seguiríamos viendo el cuerpo y la palabra del cantor, un poco agotado tal vez, “al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes” .

El Poeta -llámese Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Octavio Paz o Carlos Fuentes-, comprende que el tiempo en muchos casos determina el fluir del segundo presente. Presume que detrás del gesto simple de un hombre urbano acosado por el frío, existe la radiografía de sus ancestros y por tanto la genealogía del hombre en su conjunto. De modo que para el poeta de todas los tiempos, de todas las lunas, Anáhuac seguirá siendo un valle definido por las aguas de irremediable belleza. Anáhuac, a pesar de su aridez presente, seguirá constatando el mercado de feria, su cosmogonía de símbolos, pues de allí, y quizá desde mucho antes, tendrá que partir el poeta para clasificar las palabras que escenifiquen su propio mundo, como el que logra prefigurar Ixca Cienfuegos, cuya sangre punza como filo de maguey, mientras invoca al duende de Anáhuac y le reclama que no bebe licor, personaje mítico de La región más transparente del aire, una de las más relevantes novelas de Carlos Fuentes, quien siempre ha estado dispuesto a reelaborar una historia que viste y avizora, de otro modo, a la gran serpiente emplumada. Ese Valle continúa extendiéndose, en virtud de una palabra que lo convoca y lo nutre.

 

NOTAS

(1) RANGEL Guerra, Alfonso. La Experiencia Literaria. EN: Voces para un retrato. Ensayos sobre Alfonso Reyes. Díaz Arciniega Víctor (compilador). Fondo de Cultura Económica, México, 1990. p. 194-5.

(2) CORTES, Hernán. Cartas de la Conquista de México. Sarpe, Biblioteca de la Historia, Madrid, vol. 1. 1985. p. 48.

(3) REYES, Alfonso. Visión de Anáhuc,. Tomado de: Antología. Fondo de Cultura Económica, México, 1982. p. 3/30. En lo sucesivo, las citas con relación al texto y que aparecen entre comillas en el artículo, corresponderán a las páginas aquí señaladas.

(4) CORTÉS. Ob. cit., p. 67.

(5) Ob. cit., p. 35.

(6) ARCINIEGAS, Germán. El Caballero de El Dorado. Aguilar, México, 1978. p. 22.

(7) Cronistas de Indias. Antología. Ancora Editores, Santafé de Bogotá, 1992. p. 72.

(8) Ibid., p. 72.

(9)CORTÉS. Ob. cit., p. 45.

(10) Cronistas de Indias. Ob. Cit. p. 73.

(11) Pigafetta Antonio. Primer Viaje Alrededor del Globo. Citado por: BARONA Becerra, Guido. Legitimidad y Sujeción: Los Paradigmas de la “Invención” de América. Colcultura, Santafé de Bogotá, 1993. p.89-90.

(12) De las Casas. Ob. Cit., p. 88.

(13) RULFO, Juan. Luvina. En, Pedro Páramo/El llano en llamas. Oveja Negra, Bogotá, 1984, p.172.

(14) REYES, Alfonso. Oración del 9 de febrero. Gaceta de Colcultura, # 3, Bogotá, julio-agosto de 1989. p. 47.

(15) BAUDOT, Georges. Las Letras Precolombinas. Siglo Veintiuno, México, 1979. p. 51.

(16) HUMBOLDT, Alexander. Sitios de las cordilleras y montañas de los pueblos indígenas de América. Solar/ Hachette, Buenos Aires, 1968. p. 195.

(17) BAUDOT, Georges. Ibid., p. 65-66.

 

Bibliografía

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