"La visión de Anáhuac:
Emoción histórica
engendradora de eternos goces"
Rigoberto Gil Montoya
Revisitar textos fundacionales
de la literatura latinoamericana, al tiempo que promueve
el goce y la admiración, permite bucear los caminos de un
sentido estético, fortalecido en los diálogos de la hibridación
cultural, que hoy suma lectores en el mundo. Escrito por
Alfonso Reyes en 1915, La visión de Anáhuac nos acerca a
la construcción de un texto con visos de ensayo, desde la
preminencia de una voz poética, atenta a dilucidar los entramados
de un mundo cercano a lo imaginario e imaginado. Su ritmo,
su tono, son reveladores de una percepción que ha enriquecido
buena parte de la producción estético-literaria del continente
americano.
Visión inicial
El ensayo, como el centauro de todos
los géneros (Reyes), además de responder a las pulsiones de
un proceso en marcha, jamás acabado, establece ciertas coordenadas
particulares en cuanto a su fin y estructura. Mediante él,
un escritor puede reflexionar o divagar sobre aquellos asuntos
que obligan su discernimiento, en virtud, sostiene Susan Sontag,
a su naturaleza diversa, tanto en su tema, en su tono como
en su dicción, lo que lo ubica en un plano distinto al de
la ficción y la poesía.
Esta misma naturaleza, en el todo
diverso, convoca la búsqueda. Como estructura, puede aventurarse
en la forma, siempre que no se arriesgue el argumento y no
se elimine la copresencia del posible lector. Como ejercicio
de estilo, puede estar más cerca del orbe poético que de la
atmósfera árida y en muchos casos inútil de la reflexión académica.
Para El caballero de la voz errante, sostiene Alfonso
Rangel, el asunto de la poesía deviene conocimiento, a la
vez que destaca su agudo análisis sobre el mundo de las ideas,
lo cual le permite “penetrar y revelar la significación
y el sentido de la forma poética” (1)
.
La Visión de Anáhuac en su
calidad de texto pareciera responder más a los intereses de
un poeta delirante, acosado por ampliar un trazo de esa vasta
“pintura de civilizaciones”, que a la actitud del ensayista
preocupado por la digresión frente al mundo y sus reflejos.
No obstante, el famoso texto de Alfonso Reyes, escrito durante
su larga estancia en Europa (1914 a 1924), en uno de los momentos
más productivos, según revelan sus biógrafos, fusiona con
particular fuerza tanto el sentido poético del desvarío, como
el de la recuperación del momento histórico, para hacer de
la evocación un renacimiento de la leyenda. En este logro
radica su trascendencia.
Contaba Alfonso Reyes 27 años de edad
al culminar la escritura de su oda poética, -algunos la prefieren
denominar ensayo-, dedicada a la reconstrucción de uno de
los momentos estelares en la historia de México: el arribo
del hidalgo extremeño Hernán Cortés al Valle de Anáhuac, en
compañía de sus hombres aguerridos, luego de que partiera
del puerto de Santiago de Cuba el 18 de noviembre de 1518,
autorizado meses antes por Diego Velásquez, gobernador de
la Isla, con quien entró más tarde en conflicto por asuntos
de poder. Cortés decidió emprender un tercer recorrido, cuyo
objetivo era la exploración del territorio ístmico y el rescate
de algunos españoles cautivos, jamás el de fundar ciudades
o conquistar terrenos. Un abril lejano del año diecinueve,
siglo XVI, los expedicionarios moldearon con sus huellas el
barro de San Juan de Ulúa y el grave Cortés recibió a los
mensajeros del emperador Moctezuma, ataviados con inusuales
y ricos presentes, mientras éste exhibía como trofeo a su
bella amante e intérprete, la nativa maya Malintzin, natural
de Tabasco. Desde entonces la visión del continente americano
tomó otra luz acaso densificada por el asombro del ojo permeado
en otros ámbitos.
Se extiende el valle
Corre el año de 1915 y el señor Alfonso
Reyes decide concluir su Visión de Anáhuac en Madrid,
esto es, desde el corazón mismo de la patria que un día lanzó
a sus hombres en busca de las Indias, tras un delirio áureo
que los conminó a padecer el infortunio y la desolación y
a asumir una suerte de sanguinaria potestad, so pretexto de
conquistar nuevas tierras y otros hombres “sin alma y sin
promesa”, para ofrecer a las autoridades reales una cartografía
extensa de fundaciones y riquezas que parecieron estar, más
allá de los asuntos terrenales, en la mente afiebrada de seres
picados por los vientos marinos y la exuberancia de una vegetación
a modo de antesala del infierno, abundante en insectos, en
hombrecitos lampiños, que “traen tapadas sus vergüenzas”
(2) , asombrados por la figura e imagen
de seres mitad hombres, mitad animales, acaso porque se enfrentaban
contra forasteros de espesas barbas que asesinaban con pólvora
y bayonetas, con inclementes lanzas y brillantes espadas.
Que su pluma se haya cargado de metáforas
e imágenes, de analogías e hipérboles en la patria de la reina
doña Juana y de su hijo el emperador Carlos V, muestra de
suyo la intención de recrear y percibir la historia del Valle
que entonces fuera gobernado por el noveno emperador de los
aztecas, Moctezuma II, “cual un fabuloso Midas cuyo trono
reluciera como el sol” (3) . El
espacio físico que delimita la perspectiva del escritor que
asombrara al mundo con la temprana escritura del lúcido ensayo
Las Tres Electras del teatro ateniense, es aquel mismo que
en el siglo XV permitió la salida de múltiples embarcaciones
y la acumulación de incontables libretas y cuadernillos con
historias asombrosas y relaciones de hechos y conquistas,
para solaz o estupor tal vez de los Reyes Católicos, esperanzados
en salvar su madre España de la pobreza económica, con los
cargamentos de oro, multiplicados en el imaginario de sus
conquistadores.
En 1982 García Márquez elabora una
pormenorizada lista de los momentos estelares de una historia
apoyada en el delirio áureo de los conquistadores. Recordaba,
en esa ocasión, cómo el continente americano había sido devastado
por la locura de muchos dictadores y cómo las leyendas en
torno a la riqueza del oro demarcaron otra cartografía de
rutas y posibles hallazgos de valiosos tesoros, como el que
debió pagarse por el rescate de Atahualpa y que sumaba entonces
un millón cien mil libras de oro, cargadas por once mil mulas,
que alguna vez salieron del Cuzco y nunca se supo de su destino.
El responsable de la familia Buendía, subraya que los gérmenes
de la literatura latinoamericana -en particular la del “Boom”
y la de autores como Carpentier y Miguel Angel Asturias-,
que algunos críticos han dado en llamar mágicorrealista o
realmaravillosa, se encuentran justamente en las crónicas
y cartas de relación de los conquistadores y clérigos que,
a su paso por este continente de imponencia y misterio, llenaron
sus relatos de apreciaciones cercanas a la fantasía, eliminando
de plano la débil frontera entre la ficción y la realidad.
Desde España, país invadido por turcos
y moros, que abrió las puertas de sus cárceles a muchos maleantes
y caballeros de poco fiar con el fin de ofrecerles el perdón
si emprendían rutas marinas hacia lugares inimaginados, a
la busca de tierras y riquezas en nombre de la Corona, decide
Alfonso Reyes volver su vista atrás, con el interés de aprehender
y recrear, bajo el velo poético de su palabra desbordante,
no ajena a la vitalidad sensorial que acapara por entero el
movimiento y la forma del cuadro, algunas circunstancias y
pasajes propios de la región más transparente del aire.
En provincias y aldeas de esta mítica región cientos de nativos
rindieron culto y tributo a la generación de los emperadores,
hijos de la serpiente emplumada, de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl,
sacerdote civilizador de la mitología tolteca, arrojado de
los dioses hechiceros, convertido más tarde, a orillas del
Atlántico, en la Estrella de la Mañana, pregonera de otros
rumbos por entre las constelaciones bienhechoras.
El Caballero de la voz errante,
movido por la ensoñación que le hará tangible ese pasado venido
a recuerdo grato, a interés por rehacerlo, en oposición quizá
a la imagen contemporánea de un Valle de México superpoblado,
reseco, ajeno a sus raíces, retorna alado a la ciudad de los
Lagos como el cronista que hubiese querido plasmar, de primera
fuente, con su pluma y su sentir poético, las venturas y desdichas
de una expedición insular en no pocos casos movida por la
locura. Se entiende con Bachelard que la ensoñación poética
perfila una ensoñación cósmica, que abre camino hacia mundos
embebidos por la belleza, por lo considerado hermoso.
Muchas civilizaciones, entre ellas
la Olmeca, la Teotihuacana, la Tolteca, ateridas a una tierra
que les brindó desde el año 4000 antes de nuestra era, maíz,
fríjol, chile y que les permitió el cultivo de las artes,
las observaciones astronómicas, el ejercicio de la escritura
y por tanto la práctica de la poesía como instancia ritual
para venerar a sus dioses, decidieron edificar en sus valles
extensas ciudades y míticas arquitecturas, extraños zoológicos
y laberínticos parajes. Resolvieron también erigir grandes
moles de piedra para invocar a sus dioses y trazar inmensas
plazas para toda suerte de trueques y transacciones, frente
a lo cual el guerrero curtido y el cronista de aquellos días,
no hallaron palabras que pudieran nombrar tanta realidad confundida
con el barullo de feria:
...que en los dichos mercados se
venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra,
que además de las que he dicho son tantas y de tantas calidades,
que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria,
y aún por no saber poner los nombres, no las expreso(4)
.
De esta exuberancia y amalgama de
cosas, toma su aliento Alfonso Reyes para construir, en cuatro
instancias, ese jolgorio de carnaval y río que fuera la vida
cotidiana en aquella región que necesitó de “Tres razas...y
casi tres civilizaciones” para desecar el Valle donde
quizás la mirada de Moctezuma, tras el olor embriagante nacido
de sus jardines privados, se perdía por entre el movimiento
frágil pero viril de sus vasallos, vigilantes esmerados de
las especies de animales más raras al ojo invasor: “Y para
que nada falte en este museo de historia natural, hay aposentos
donde viven familias de albinos, de monstruos, de enanos,
corcovados y demás contrahechos”.
Con una expedición formada por 11
embarcaciones, 550 hombres, 110 marineros y 200 indios, y
con la adhesión en la Isla de Cozumel del náufrago circunscrito
a la desaparecida tripulación de Juan de Valdivia, Jerónimo
de Aguilar -conocedor del idioma y las costumbres mayas-,
Hernán Cortés consiguió descender de sus naves en la Península
de Yucatán, para dejarse herir, a pesar de sus claras ambiciones
de poder y riqueza - no en vano había invertido su fortuna
y la de sus amigos en tal empresa- por la visión maravillosa
de un mundo que se le antojó extraño, tanto, que sólo fue
capaz de describirlo comparándolo con las tierras europeas,
alguna vez trasegadas por su espíritu aventurero:
La ciudad es tan grande y de tanta
admiración, que aunque mucho de lo della podría decir dejé,
lo poco que diré creo es casi increíble, porque es muy mayor
que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios
y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que
se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra,
que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y
de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas [...]
En esta provincia de muchos valles llanos y hermosos, y
todos labrados y sembrados, sin haber en ella cosa vacua;
tiene en torno la provincia noventa leguas y más; la orden
que hasta ahora se ha alcanzado que la gente della tiene
en gobernarse es casi como las señorías de Venecia y Génova
o Pisa, porque no hay señor general de todos. (5
)
El extrañamiento jamás abandona a
Cortés, así en las arduas jornadas al atravesar valles y provincias,
cuya visión va quedando como impronta en sus extensas cartas,
tras el pulso enaltecido, así en los momentos fogosos en que
blande su espada para sacrificar cientos de vidas en nombre
de su dios y sus majestades. Recorriendo por jornadas y a
ritmo desigual el Valle de Anáhuac, Hernán Cortés lleva tras
de sí el sueño de su propio imperio, ahora que ve extendido
ante sus ojos el territorio del venerado Moctezuma, cuyo “reino
es de oro, su palacio de oro, sus ropajes de oro, su carne
de oro. Él mismo ¿no ha de levantar sus vestiduras para convencer
a Cortés de que no es de oro?”, por obra del sentido poético,
por revelación también de un continente que surgió de entre
la barbarie, para el mundo occidental, como la región idílica
donde el metal amarillo, el más dúctil y maleable, llamativo
por su peso, atrayente por su valor, se encontraba en abundancia.
| ¿Cómo no enumerar las
tantas expediciones que alguna vez partieron sin suerte
de los puertos lúgubres, las tantas vidas desperdiciadas
al hallazgo de la Laguna de El Dorado y de la Fuente de
la Eterna Juventud? |
¿Cómo no enumerar las tantas expediciones
que alguna vez partieron sin suerte de los puertos lúgubres,
las tantas vidas desperdiciadas al hallazgo de la Laguna de
El Dorado y de la Fuente de la Eterna Juventud? La lista de
nombres resulta inacabable. Se sabe que Rodrigo de Bastidas,
Jiménez de Quesada, Pedro de Heredia, Lope de Aguirre, Alvar
Núñez Cabeza de Vaca, Pizarro y otros muchos seres que registraron
con sangre y saqueo la historia inicial de este continente
insólito, bajo la pesantez de la tradición de occidente, pierden
su juicio al ser poseídos por la fiebre de América: “Así
flechen los indios y muerdan las fiebres y se vaya el oro
de entre las manos, el que pisa este infierno, a este infierno
retorna. Es el embrujo”(6) ¿Cómo
dar crédito por entero a las cartas de relación, a las descripciones
de tierras paradisíacas, a los informes de clérigos, cuando
en la visión de este mundo pervive el delirio con lo mágico
y la fiebre con el ansia de riqueza? El mismo obispo don Fray
Bartolomé de las Casas o Casaus, de la orden de Santo Domingo,
expresa que alrededor de la conquista de la Nueva España se
han escrito muchas páginas de mentiras y decires. Niega, a
modo ilustrativo, el que se haya derrocado y abrasado tantas
ciudades y templos como se indica en algunas páginas memorables:
“los verdaderos conquistadores y curiosos lectores que
saben lo que pasó, claramente les dirán que si todo lo que
escriben de otras historias va como lo de la Nueva España,
irá todo errado” (7) Para el obispo
es mentira que Hernán Cortés haya mandado a barrenar secretamente
los navíos, cuando lo hizo por consejo de sus hombres y de
él mismo, a ojos vistas:
En todo escriben muy vicioso. ¿Y
para qué yo meto tanto la pluma en contar cada por sí, que
es gastar papel y tinta? Yo lo maldigo, aunque lleve buen
estilo (8)
| Lo que interesa es el
registro, la urgencia de trazar una ruta que valide sus
expediciones ante los ojos de las impertérritas autoridades
españolas, que quizá leían los informes con el mismo interés
con que Alonso Quijano leyó en su cordura todos los libros
de caballería. |
Así parezca inapropiado, se advierte
en los cronistas de aquella época un deseo de escribir bajo
los síntomas del embrujo. ¿No delineó sus mejores epístolas
Simón Bolívar, el Libertador, en condiciones lamentables,
con el agua hasta la cintura, bajo el dominio de fiebres altas,
según los hombres ilustrados que lo conocieron de cerca?¿
No es Mi delirio sobre el Chimborazo una pieza literaria de
difícil clasificación debida a una de sus expediciones más
amargas? Pareciera que en el fondo de aquellos seres que una
vez partieron de puertos peninsulares, el interés por la verdad
estaba sujeto a las condiciones climáticas o a las atmósferas
políticas donde importaban los patrimonios, las genealogías,
los escudos heráldicos, la primera bendición sobre tierras
prestadas. Sirva para ilustrrar el hecho protagonizado por
Cortés: durante largas jornadas por el Valle de Anáhuac, más
que describir el Istmo, las costumbres de los hombres emplumados,
la belleza de la Región de los Lagos, parecía interesarle
el énfasis en la enumeración de sus hazañas sangrientas y
por ello cada tanto lo recuerda:
... en que con media docena de
tiros de fuego, y con cinco o seis escopetas y cuarenta
ballesteros, y con los trece de caballo, les fice mucho
daño, sin recibir dellos ninguno más del trabajo y cansancio
del pelear y el hambre (9).
Lo que interesa es el registro, la
urgencia de trazar una ruta que valide sus expediciones ante
los ojos de las impertérritas autoridades españolas, que quizá
leían los informes con el mismo interés con que Alonso Quijano
leyó en su cordura todos los libros de caballería. De aquí,
de estos informes supeditados al error y al desfogue literario
-“Quiero volver con la pluma en la mano, como el buen piloto
lleva la sonda descubriendo bajos por la mar adelante”
(10) , -nutre su Visión Alfonso Reyes,
fiel a la verdad acometida por los Cronistas de Indias, hombres
de armaduras calcinadas que padecieron el horror de estar
lejos de casa y presintieron el dolor de los sacrificios ante
los dioses inclementes; hombres que llegaron a una tierra
de extrañas costumbres con el interés de conquistarla, aunque,
no obstante, fueron muchos de ellos los conquistados por el
delirio áureo, como castigo de los dioses que entonces fueron
combatidos bajo los preceptos de la iglesia cristiana. Hombres,
al fin y al cabo, cuya palabra fue quizá producto de la soledad
y del azar, gérmenes de nuestra literatura.
Una aventura visionaria
Alfonso Reyes, embebido por la vegetación
de Anáhuac, arte de la naturaleza, reconstruye a su manera
y bajo el influjo lírico de los Cronistas de Indias, las ciudades
de piedra, de canales y de puentes, tras el barullo de feria,
con sus voces marginales: “La charla es una canturía gustosa.
Esas xés, esas tlés, esas chés que tanto nos alarman escritas,
escurren de los labios del indio con una suavidad de aguamiel”.
De este modo prefigura la región que exalta el juicio del
barón Von Humboldt, en su recorrido científico por aquellas
estancias donde el maguey sorbe, al parecer, “sus jugos
a la roca”. La transparencia implica visión total, única;
entraña incluso desnudez como indicativo de levedad: carácter
propio de la poesía. La quimera responde a una especie de
retorno a la piedra matriz por virtud de la imagen alegórica,
bajo el influjo de la palabra inicial de Cortés, de López
de Gómara, del Obispo Fray Bartolomé de las Casas y tras la
inspiración mágica, tocada por el pulso del navegante florentino
Antonio Pigafetta, quien a su paso por América, creyó ver
un continente cuyas coordenadas frisaban el límite nocivo
de la pesadilla. Sus descripciones parecieran estar tocadas
por el hálito enajenado de quien observa la realidad con ojos
de desvarío, alucinado ante una realidad, la suya, habitada
por hombres gigantes, vestidos con pieles de animales informes
e híbridos, acaso reflejo de sus lecturas fantásticas (11)
.
La aventura consiste en magnificar
el lugar de origen y legitimar al mismo tiempo un entramado
histórico, donde los ojos de ambos continentes - “Nos une
con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del
esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa”-
permiten el asombro y el frenesí, in crescendo, para que la
ciudad emerja de entre las aguas como Atlántida tropical,
con sus algas florecidas, custodiada por dioses severos desde
los tiempos de la cacería nómada y las guturaciones colectivas
en torno al fuego esperanzador y benigno.
Ya la época gloriosa del Valle de
Anáhuac pervive sólo en el recuerdo y en la memoria escrita
de los hombres de a caballo,
Y desde que vimos tantas ciudades
y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes
poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo
iva a Méjico, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía
a las cosas de encantamiento que cuenta en el libro de Amadís,
por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro
en el agua y todos de calicanto. (12)
La realidad contemporánea confiesa
otra estampa. No en vano los siglos han pasado y el curso
“Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta
el año de 1900”, es decir, desde el reinado de Motecuhzoma
Ilhuicamina (1440-1469), pasando por Axayácatl, Tizoc, Auitzotl,
hasta llegar al surgimiento de la dictadura de Porfirio Díaz,
donde se formaron grandes latifundios y muchos recursos nacionales
pasaron a manos de compañías extranjeras. Ha bajado desde
entonces mucha agua por el río y el paisaje y sus gentes van
mostrando otro rostro acaso más áspero y menos paradisial:
a través de los siglos, el hombre
conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y
los colonos devastarán los bosques que rodean la morada
humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible
.
Quizá sea ese mismo carácter terrible
el que hoy envuelve a la ciudad de Méjico, una megalópolis
donde ya, a falta de aire saludable, se vende oxígeno en las
esquinas para poder salvar el día de hoy. Quizá sea ese mismo
carácter terrible que hace al campesino más hermético, acosado
por una soledad que no da pie a la esperanza, frente a la
visión del valle desértico y polvoroso, pues la tierra, como
lo poetizó Rulfo, está reseca, llena de rajaduras, compuesta
por terrones endurecidos como piedras filososas, desolada
como el alma misma de los campesinos ajenos a la esperanza
y redención, cargando con sus culpas en medio de la ventisca
y el polvo de los desiertos.
Allí pareciera ocultarse la belleza
entre aquella geografía de muerte, donde ya no crecen ni las
dulcamaras, “esas plantitas tristes que apenas si pueden
vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus
manos al despeñadero de los montes” (13)
, según la voz de Juan Nepomuceno Rulfo Pérez Vizcaino, nutrida
por la locuacidad de su tío Celerino al refregarle en sus
sentidos historias de tristezas y murmullos, pues “La antigua
raza era lacrimosa y solemne”, ya había escrito el polígrafo
Alfonso Reyes.
El caballero de la voz errante
escudriña entre la tierra con sabor ancestral y quizá más
allá de los “pasojos de agua”, con el anhelo de habitarla,
así la estancia dure lo que el síntoma del desvarío. El caballero,
tras largas jornadas embriagado en el misterio de los relatos
sobre la tierra impregnada por el aroma de la flor “signo
de lo noble y lo precioso” y tras reconocer que con el
español nos une la “emoción cotidiana ante el mismo objeto
natural”, resuelve por fin desnudar sus designios:
El suceso viaja por el tiempo,
parece alejarse y ser pasado, pero hay algún sitio del ánimo
donde sigue siendo presente. No de otro modo el que, desde
cierta estrella, contemplara nuestro mundo con un anteojo
poderoso, vería, a estas horas, -porque el hecho anda todavía
vivo, revoloteando como fantasma de la luz entre las distancias
siderales- a Hernán Cortés y a sus soldados asomándose por
primera vez al Valle de Anáhuac (14)
| La visión del poeta comparte
por igual con el viajero conquistador la insuficiencia
de frases adecuadas para nombrar la realidad urbana... |
Guarecido por ese fantasma de luz,
por esa corriente que eterniza las huellas de los hombres
a su paso por el mundo, y como si fuese un elemento más del
espacio sideral, el Caballero de la voz errante se
lanza a conquistar el mundo ancestral a través de sus visiones:
I
Has venido a dar conmigo, sin saberlo,
a esta meseta de joyas fúnebres.
Carlos Fuentes
Se abre el telón y la región más transparente
del aire cobra cuerpo. El poeta fija la mirada sobre el valle
y sabe con lucidez que todo guiño hacia el pasado corresponde
a un trazo incompleto de la “pintura de civilizaciones”.
Conjetura que la empresa de su reconstrucción se estrenó con
la llegada del aventurero europeo, aplastado su informe bajo
el lastre inevitable de toda la historia occidental. Sabe
que llegaron a estas tierras sin nombre y hubo algo en ellas,
quizá la estética tropical, a lo mejor el embrujo vegetal,
que los ganó para su causa delirante. Sabe que el agua lo
fue todo, porque ello obligó la fundación de ciudades flotantes,
la construcción de canaletes y puentes, de laberintos y fortalezas;
malicia que el ritmo sereno de las aguas estancadas engendró
el ritmo de la vida cotidiana. Más tarde, cuando la inocencia
tiende a desvanecerse, el hombre Náhuatl emprende la gran
empresa: “Es la desecación de los lagos como un pequeño
drama con sus héroes y su fondo escénico”. Desde entonces
otra es la historia que asumen las más recientes generaciones:
“Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe
el espanto social”.
II
Primera jornada. La puesta en escena
cobra vida frente al verismo de los actores. El poeta, por
invocación de la palabra, deja de lado la empresa de la desecación
y consiente por segundos -perpetuos, al ser tutelados por
el grueso de la poesía-, que el río humano de nativos, fieles
al precepto de su emperador, fluya torrentoso en medio de
la plaza mayor y sus alrededores. Cada personaje toma el rol
y se muestra en el escenario con fulgor histriónico. Es ya
el rumor de la ciudad, entre diálogos sobre temas del día
, entre susurros apenas sugeridos: “ finos oídos tiene
la raza, y, a veces, se habla en secreto”. El poeta recorre
el tejido urbano y siente como un leve mareo que lo invade
de palabras e imágenes flotantes en aquella región cada vez
más transparente por acción de la misma geografía hecha palabra:
“En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli,
como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme
por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas”.
La ciudad abre su dermis y convoca
la visión de sus tres parajes cardinales: la Casa de los dioses,
el Mercado y el Palacio del emperador, mientras “El pueblo
va y viene por las orillas de los canales, comprando el agua
dulce que ha de beber”. Las voces se remontan, animan
cierto griterío para solaz del viajero, como si esta fuera
la línea que trazara de otra forma la dermis individual del
hombre en su intento de ser entre la multitud. Hay paz en
el mercado mientras los nativos que han recorrido leguas aventuran
el trueque. Hay como una cámara lenta que resalta todo objeto,
todo movimiento de belleza a la vista del poeta viajero, perplejo
en la contemplación de algo irrepetible.
El rumor se acrecienta y el Caballero
errante cree escuchar, en medio del resonante palpitar de
frases, un leve estremecimiento entre la concurrencia, porque
pronto el cielo proyectará de luz la tierra que atiende el
peso del gran emperador. La visión del poeta comparte por
igual con el viajero conquistador la insuficiencia de frases
adecuadas para nombrar la realidad urbana; tan sólo queda,
frente a la magnitud, la débil comparación de las cosas: “Esta
plaza principal está rodeada de portales, y es igual a dos
de Salamanca”. El ojo se pierde por minutos en la percepción
del mercado descomunal. Un poco más allá, el jardín privado
de Moctezuma, el emperador. Y un poco más acá, la presencia
viva del enviado de los dioses, quizá deificado por el color
inequívoco del oro. Y en todo, la intuición de que se está
en presencia de un lugar no sólo transparente, sino tan mágico,
que puede albergar en su seno la diversidad de un jardín zoológico,
cuyas especies “forman un infierno de ruidos”.
III
Del escenario mismo brota un mensaje
de los dioses, entre aromas de flores e inscripciones geroglíficas.
Los personajes congelan todo movimiento y toleran la presencia
arrolladora de aquello que jamás comprenderán del todo, pues
lo diáfano sólo es precepto de las divinidades. El mundo,
cargado de signos, se torna complejo. El hombre ha descendido
de la nada con el designio de rendir culto a fuerzas preeminentes.
Al mortal le está dado construir templos y pulir piedras de
sacrificio para recordar con sangre la presencia de entes
superiores. ¿Y cómo hacer que el mensaje sea de agrado a la
voluntad de los dioses? De esta búsqueda, nace la poesía,
la música y la danza, y con ellas las consideraciones acerca
de un mundo que a sacerdotes, brujos y guerreros se les antoja
naturaleza, vegetación, ritual y forma acabada del sentimiento:
El nombre mismo que se usa en Náhuatl
para designar un poema: cuicatl, significa también canto,
música o canción, y la poética se confundía con el arte
musical, bajo el nombre de cuicatlamatiliztli (15)
.
El caballero errante considera de
antemano que un gesto, una señal de rumbo, un fruto, invocan
el estigma, con frecuencia imperceptible a la razón del conquistador,
del guerrero, del hombre que no ve en la serpiente emplumada
más allá de su parafernalia.
Natural era que los religiosos
agregados a los ejércitos de Cortés y Pizarro que penetraron
en México y Perú, exagerasen las analogías que creyeron
hallar entre la cosmogonía de los aztecas y los dogmas cristianos;
porque imbuidos de las tradiciones hebraicas, y entendiendo
imperfectamente la lengua del país, todo lo refirieran a
su propio sistema, a semejanza de los romanos, que en los
germanos y galos veían su culto y sus divinidades.
(16)
Y he aquí la flor -“causa de lágrimas
y de regocijos”-, tanto más compleja su simbología cuanto
más diversa su representación. La cosmogonía, en esta línea
de trazos y asociaciones, prefigura el sentido polifónico
de los signos, mientras el misterio de “aquella confusa
mitología”, que habla de espiritualidad y grandeza, seguirá
perteneciendo al orden de los enigmas por resolver, así apenas
logre intuirse algo de sus hilos secretos:
Ya va a lucir el sol, ya se levanta
la aurora:
ya beben miel de las flores
los variados pechirrojos, donde está en pie la Flor.
En tierra estás en pie cerca del mercado,
tú eres, el Señor, tú, Quetzalcóatl.
¡Sea deleitado junto al Arbol Florido:
los variados pechirrojos, los pechirrojos oíd.
Ya canta nuestro dios: oídlo,
ya cantan sus pechirrojos!
¿Es acaso nuestro muerto el que trina?
¿Es acaso el que va a ser cazado?
—Yo refrescaré con el viento mis flores:
la flor del sustento, la flor que huele a maíz
tostado
donde se yerguen las flores (17).
IV
Se cierra el telón y tras él descansa
la voz que produjo el asombro. El director de la puesta en
escena surge de pronto e intenta explicar los motivos del
cuadro. Convence al decir que sólo se aprecia el mundo presente
cuando se regresa a discernir sobre los momentos históricos.
En esa labor surgen las raíces que posibilitan el tejido de
la verdad. Nos pertenece la tradición; lo menos que podemos
hacer, sugiere don Alfonso Reyes, es actualizar esa carga
de yerros y de olvidos, aunque sea al menos para no renunciar
a ningún objeto de belleza, en el caso de que haya mínimo
interés por recuperar la memoria colectiva: “Convéngase
en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y,
sin fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como
un teatro sin luz” .
De todos modos, si hoy hiciéramos
el balance y condescendiéramos despertar a la realidad de
este presente y apagáramos el fulgor que recuperó aquel año
de 1519, cuando Hernán Cortés y sus hombres de a caballo,
dejaron marcadas para siempre sus huellas en aquel valle regado
por las aguas, seguiríamos viendo el cuerpo y la palabra del
cantor, un poco agotado tal vez, “al reverberar de la luna
en la nieve de los volcanes” .
El Poeta -llámese Alfonso Reyes, Juan
Rulfo, Octavio Paz o Carlos Fuentes-, comprende que el tiempo
en muchos casos determina el fluir del segundo presente. Presume
que detrás del gesto simple de un hombre urbano acosado por
el frío, existe la radiografía de sus ancestros y por tanto
la genealogía del hombre en su conjunto. De modo que para
el poeta de todas los tiempos, de todas las lunas, Anáhuac
seguirá siendo un valle definido por las aguas de irremediable
belleza. Anáhuac, a pesar de su aridez presente, seguirá constatando
el mercado de feria, su cosmogonía de símbolos, pues de allí,
y quizá desde mucho antes, tendrá que partir el poeta para
clasificar las palabras que escenifiquen su propio mundo,
como el que logra prefigurar Ixca Cienfuegos, cuya sangre
punza como filo de maguey, mientras invoca al duende de Anáhuac
y le reclama que no bebe licor, personaje mítico de La
región más transparente del aire, una de las más relevantes
novelas de Carlos Fuentes, quien siempre ha estado dispuesto
a reelaborar una historia que viste y avizora, de otro modo,
a la gran serpiente emplumada. Ese Valle continúa extendiéndose,
en virtud de una palabra que lo convoca y lo nutre.
NOTAS
(1) RANGEL Guerra, Alfonso. La Experiencia
Literaria. EN: Voces para un retrato. Ensayos sobre Alfonso
Reyes. Díaz Arciniega Víctor (compilador). Fondo de Cultura
Económica, México, 1990. p. 194-5.
(2) CORTES, Hernán. Cartas de la Conquista
de México. Sarpe, Biblioteca de la Historia, Madrid, vol.
1. 1985. p. 48.
(3) REYES, Alfonso. Visión de Anáhuc,.
Tomado de: Antología. Fondo de Cultura Económica, México,
1982. p. 3/30. En lo sucesivo, las citas con relación al texto
y que aparecen entre comillas en el artículo, corresponderán
a las páginas aquí señaladas.
(4) CORTÉS. Ob. cit., p. 67.
(5) Ob. cit., p. 35.
(6) ARCINIEGAS, Germán. El Caballero
de El Dorado. Aguilar, México, 1978. p. 22.
(7) Cronistas de Indias. Antología.
Ancora Editores, Santafé de Bogotá, 1992. p. 72.
(8) Ibid., p. 72.
(9)CORTÉS. Ob. cit., p. 45.
(10) Cronistas de Indias. Ob. Cit. p.
73.
(11) Pigafetta Antonio. Primer Viaje
Alrededor del Globo. Citado por: BARONA Becerra, Guido.
Legitimidad y Sujeción: Los Paradigmas de la “Invención”
de América. Colcultura, Santafé de Bogotá, 1993. p.89-90.
(12) De las Casas. Ob. Cit., p. 88.
(13) RULFO, Juan. Luvina. En, Pedro
Páramo/El llano en llamas. Oveja Negra, Bogotá, 1984, p.172.
(14) REYES, Alfonso. Oración del 9 de
febrero. Gaceta de Colcultura, # 3, Bogotá, julio-agosto de
1989. p. 47.
(15) BAUDOT, Georges. Las Letras Precolombinas.
Siglo Veintiuno, México, 1979. p. 51.
(16) HUMBOLDT, Alexander. Sitios de
las cordilleras y montañas de los pueblos indígenas de América.
Solar/ Hachette, Buenos Aires, 1968. p. 195.
(17) BAUDOT, Georges. Ibid., p. 65-66.
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