"Platón y la educación:
Sobre el concepto
de formación en la alegoría de la caverna"
Carlos Eduardo Peláez
Para Alberto Restrepo,
In memoriam
El concepto de formación
en el periodo clásico tiene en el cuidado del alma Su fundamento
y finalidad. Bajo este criterio se revisa el desbarajuste
de la Condición educativa actual y se propende por un planteamiento
del concepto Educativo bajo parámetros más reales y justos.
Heráclito al hablar de armonía, esto
es, la interdependencia de los contrarios, relacionó a ésta
con lo recóndito, con lo que es “mejor que lo que es obvio”.
(frag 54)- Lo recóndito es aquello que se elaboró como pregunta,
lo asombroso que entrega la claridad a un estado de cosas
que retan desde su oscuridad y extrañeza. Lo obvio es obvio,
tautología, dogmatismo, falta de perspectiva, respuesta pragmática
“de así es”, “así funciona”; una clase de historia que no
gana su sentido porque no propicia una inteligencia en el
orden de la propia experiencia. Alcanzar el sentido de la
palabra historia requiere la “exploración de mundos extraños,
singulares y misteriosos ”, al decir de Heródoto. Con
el orden de esos mundos que retan y que además han sido los
que han marcado los límites y los horizontes de nuestro sentido
de historia, sorprendentemente podremos prefigurar, volviendo
a ellos como los iniciadores del mundo de cultura, nuestra
concepción de segunda naturaleza, una naturaleza espiritual
que alcanza su grado de desarrollo en las prácticas que conservan,
transmiten y elaboran las fuerzas vitales de nuestra comunidad.
La práctica de la educación ha sido
el conjunto de condiciones especiales con las que el hombre
ha elaborado y transmitido su peculiaridad de cultura.(1).
Si queremos la reconducción del sentido de nuestra historia
educativa debemos intentar una armonía en el concepto, una
unidad en la multiplicidad viva, una dialéctica que propicie
un horizonte hacia valores más vitales, mas conformes a las
exigencias de un estado de cosas oscuro, deleznable y equivocado.
Las normas que se han establecidas
como propicias para regir la comunidad educativa, tienen como
finalidad una razón nivelada por un tipo de lógica instrumental,
técnica, que coloca el valor del progreso material como entidad
única en la cual los individuos se reconocen e identifican.
Así, cuando el desbarajuste económico, político, tecnológico
y científico se colocan como telón de fondo de la actuación
comunitaria, la educación no puede presentar una vía de reconducción
hacia valores que realcen la dignidad y la justicia como conceptos
reguladores de la virtud que puede alcanzar una sociedad específica
o general.
Si deseamos alcanzar un concepto con
cierta medida de corrección en cuanto al sentido de la educación,
tendremos que volver al inicio mismo de la historia del concepto.
Remontar la inmediatez de las soluciones y problematizar el
estado de cosas como una dimensión renovada por la estructura
que dio una salida a la oscuridad de los tiempos, elaborando
el concepto de formación del individuo.
El concepto de formación griega- y
con esto se relaciona nuestro origen cultural de lengua, religión
y estado- (aquí no se trata de problematizar el vector latino
como paradigma occidental), no fue un aspecto exterior, instrumental
de la vida. La formación griega está estrechamente vinculada
con el concepto de alma ganado en el periodo clásico, tés
psijé épimeleísthai el cuidado del alma, la formación del
alma por si misma en la coerción (2)
de sus pensamientos, permite que el individuo no se pierda
en una multitud de opiniones incompatibles. Ese sentido del
alma que la expone a la vida en cuestión, a una disposición
del interrogar, de problematizarse, de exigir de sí mismo
o de otro el pensar interrogador, que no permite el dogmatismo
y la tiranía de que lo que todavía no es, porque aún no se
ha pensado.
De modo, que el ideal nuevo, la exigencia
inaugurada por Sócrates-Platón es una respuesta responsable
“ a todo lo que se hace y por todo lo que se piensa”, como
escribió muy acertadamente Jan Patocka. O sea que el hombre
en cierta manera se forma a sí mismo, está en cierto modo
en su poder.
Creo que si revisamos una vez más
lo expuesto por Platón en algunos pasajes de la república,
especialmente el libro VII apartes 514 a al 521b , estaremos
en una disposición mucho más inteligente, reflexiva, que si
nos colocamos en el lugar de un sinnúmero de soluciones factibles
de salida, al atolladero que nuestra cultura educativa presenta
y propende. Las soluciones históricamente posibles como salida
a un problema dejan de lado lo verdaderamente importante,
el poder del individuo como forma de sí mismo, como motivación
que realiza una historia en las instituciones humanas.
El libro Z de la Politeia inicia
presentando el estado de cosas a tratar: ¿ Cómo se halla nuestra
naturaleza con respecto a la educación (Paideías) o
a la falta de ella (Apaideusías)? Inmediatamente
expone la alegoría de la caverna tan conocida por todos.
De la Apaideusías podríamos
decir que es el estado informe del alma, las ideas erróneas
del demagogo y el tirano; no la inconsciencia sino el engaño,
la aparición como apariencia, como lo que está al frente sin
problematización, sin reflexión ni esfuerzo (orexis). Es una
aceptación de la falsedad, de la convención, de la injusticia.
“Son los hombres que desde niños están atados por las piernas
y el cuello de modo que tengan que estarse quietos
y mirar únicamente hacia delante , pues las ligaduras les
impiden volver la cabeza”(5l4 a). El volverse es un estado
de conversión (periagogé), de iniciar lo real a partir de
la claridad (safëneia), de intentar la armonía del todo con
la parte, del alma con la colectividad.
¿No está la imagen del progreso contemporáneo
implicada en esa imagen de apaideusías descrita por
Platón? ¿O acaso, no es el ideal de nuestra educación propender
por un conocimiento instrumental, mercantilista, desapegado
de cualesquier otro tipo axiológico? ¿No son exactamente el
hedonismo y la comodidad lo que exhiben “los titiriteros”
como las grandes maravillas?. Las pacëmata o condiciones de
la mente están repletas de la oscuridad con las que se ha
transmitido el saber. El saber no es la unidad que implica
lenguaje, pedagogía y política, sino la elaboración de unas
formas establecidas para reproducir un sistema de cosas que
en su decadencia e imposibilidad solo coloca el poder tiránico
como fin de los individuos.
"Iguales que nosotros, nos
dice Platón, porque, en primer lugar, ¿crees que los que
están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros
sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte
de la caverna que está frente a ellos? (515 a).
Nos indica Platón el concepto de periagogé,
conversión, señalando el momento en que el alma se vuelve,
hace un esfuerzo hacia la claridad y todo es nuevo. Lo real
inicia su aparición en la verdad y el individuo gradualmente
va distinguiendo lo real de lo irreal, las sombras de la luz.
Lo real tiene su visión en el conjunto, en la unidad del alma
individual y la colectividad. El esfuerzo de la anabasis,
del ascenso, hacia la región donde de los hombres son liberados
por el conocimiento verdadero del lo real, tiene su correlato
en el descenso (no solo como posible método), en el evangelio
de lo visto, de lo intuido. La claridad (safëneia)
ligada a los estados mentales, se correlaciona (epi) con la
verdad de los objetos y estas instancias, con volver la vista
de lo privado a lo público. La visión de lo público y privado
está directamente unida con el valor real –en Platón causal-
del bien. De modo, que el proyecto educativo platónico asume
el valor como el principio y finalidad de lo educativo. El
valor como motor comprensivo que explica la actuación pública
y privada.
Si bien los valores tienen que surgir
de la naturaleza misma que los crea y promulga, esto es, la
naturaleza de la educación; el proyecto educativo platónico
se presenta como un momento de claridad y coherencia que corrige
lo que “ teniendo ya, no está vuelto a donde debe ni mira
adonde es menester” (518 e).
El ver (theoreín) correcto
que nos habla Platón tiene un estamento de coerción, y con
él las confusiones presentadas por el nihilismo y los relativismos
de toda laya. Vamos a ese estado coercitivo que no solo se
adhiere a lo gnoseológico sino también a cualquier praxis
humana.
Lo coercitivo es la adjetivación de
un contener, de un limitar, de colocar el orden ante el posible
caos, la perás ante la ápeiron, el lógos
ante la ananjé, el sentido frente al sinsentido. La
coerción es un querer aquello que se puede explicar, “la
presencia de un ideal que puede no verse jamás realizado en
la vida fácticia”, como nos dice Patocka, pero que obtiene
la claridad que resiste a cualquier examen, a cualquier interrogación;
porque es un discurso coherente, claro, que dice una alma
una, sin contradicciones, que sabe que la exigencia a todo
saber es dejarse problema-tizar; un pensar cuestionante, que
no se clausura porque todo está en cuestión. El lenguaje afirma
la coerción, posibilita una intuición única porque sabe que
no puede afirmar en sus relaciones inmediatas algo real.
La inmediatez es la que conduce a
errores y precipitaciones, a lo “obvio”; en ella lo
que se presenta es vario, un ritmo del desorden, de lo múltiple.
La formación, es una formación a la unidad, se dirige hacia
ese vigilar (phronra) del alma única que se encuentra
en dos regiones: en el comercio natural con las cosas y los
hombres, que es indeterminado, disímil, incoherente; y el
vigilar del alma consigo misma, la formación, que es un ideal
de unidad, de auto-movimiento que define y limita.
La educación nuestra hasta ahora no
ha propendido sino por una de las instancias, la inmediatez,
el comercio natural con las cosas y los hombres; no ha “volteado
la cabeza” hacia el lugar de la claridad, donde la determinación
de lo coherente en el discurso sea la coherencia del alma
misma. Lo que ahora nosotros llamamos deber se dirija a la
medida de lo justo, de la propia obra hecha sin determinaciones
exteriores. Solo ella consigo misma racionalizando la escisión
presente entre lo que es como criterio de la unidad conseguida
y la estabilización de seudo-criterios que conforman el ámbito
del mercado del hombre y lo convencional.
La formación es un criterio de justicia,
del poder que está en sí mismo y conforma un mundo. Que no
tiene nada escrito porque toda acción es una praxis viva.
Un continuo reflexionante que se examina constantemente porque
el alma se auto-mueve, y con la conciencia de esto se logra
el cuidado de ella. Dice Platón: “ pues son a hombres justos
a quienes ordenamos cosas justas”(520 e). La justicia
es el valor conseguido por el auto-exámen o el interrogar
que permitimos al otro por medio de un lógos determinado,
iluminado por lo que Es. La justicia perseguirá un buen gobierno
del alma, un estado y ley que entreguen una vida buena y juiciosa
y jamás, una indeterminación en la que abunden los objetos
de lucha y tiranía. Lo real es la aparición de un mundo auscultado,
medido, valorado en su criterio único: el cuidado del alma
como urgencia del ser hombres.
La educación con su criterio de formación
puede lanzarnos a un ideal que posiblemente no va ser oscurecido
por la forma de vida donde la “lucha de unos con otros
por vanas sombras y la disputa del mando como si este fuera
algún gran bien” (520 d), hace de la vida un ascenso de
Sísifo y no el descenso a persuadir a los engañados y tiranos.
El criterio de formación hace de los
hombres momentos en la claridad presupuestos a un diálogo.
Diálogo regido por una razón lingüística que da cuenta del
aprecio del otro. Da razón de los prejuicios aclarándolos
hasta convertirlos en el esclarecimiento de las motivaciones,
del ser histórico que vuelve a los interrogantes con la extrañeza
del que quiere saber, aprender en el diálogo consigo mismo
en tanto que otro.
Recapitulando lo entregado por Platón
debemos recordar, volver la cabeza, a los conceptos de esfuerzo
(orexis), ascensión (anabasis), conversión (periagogé),
para delimitar el campo oscurecido por una pésima elaboración
del concepto de educación, así poder hallar el límite, la
determinabilidad. No olvidar que en el fondo de todo conocer
se halla el valor intrínseco que lo mueve: el alma, y que
actuando en el cuidado de ella, formamos el único ser de la
naturaleza que tiene acceso a la región donde los dolores
de la inmediatez son traspuestos por el dolor del esfuerzo,
el dolor fótico que produce la luz a los ojos que no ven sino
oscuridad, falso discurso, justeza impuesta por la violencia.
Con la formación nos adentramos en lo “recóndito” y extraño:
nosotros mismos.