"El saludo
como expresión
de cortesía: Una
mirada inicial"
Rafael
Areiza Londoño
Olga
Leonora Velásquez López
La pragmática es una disciplina que se dedica
al análisis de la relación lingüística
que se establece entre dos o más usuarios en un momento
dado, bajo una serie de condiciones que configuran una situación
comunicativa que determina, en gran medida, el sentido de
lo dicho. Ella podría considerarse, también,
como una teoría que investiga los fundamentos semióticos,
antropológicos, sociológicos y sicológicos
que se encuentran en la base misma del uso de la lengua,
donde se cohesionan actores, enunciados y contextos como
condición necesaria para producir sentido en el acto
de comunicación.
Si
así se entiende la pragmática, ella conjuga
para su estudio un conjunto de disciplinas que aportan luces
para la comprensión del sentido del acto de comunicación,
como una globalidad y simultáneamente como una especificidad
del evento conversacional materializado en la interacción
contextualizada. Así vemos como la lingüística,
la psicología, la psiquiatría, la sociología,
la antropología, la terapéutica, la semiótica,
etc., se interesan por el hecho de la comunicación,
al intuirse que explicitar las interrelaciones lingüísticas,
implica dar cuenta de la condición de "ser
humano" y de la estructura de la experiencia intersubjetiva,
expresada en situaciones sígnicas, ámbito en
el cual se presentan los actos de habla.
La
pragmática, como disciplina, estudia los actos de habla
entendidos como la expresión mínima de la comunicación
mediante la cual
un actor produce enunciados que materializan la intención
de despertar en el destinatario una serie de reacciones acordes
con las expectativas manifiestas o no en el acto enunciativo,
dentro de un contexto que determina necesariamente el sentido
de lo dicho. El acto de habla se construye entonces, dentro
de una estructura contextual, la cual enmarca la aplicación
de un conjunto de reglas para la producción de enunciados
pertinentes y adecuados en eventos dialógicos. Es clara
entonces, la imbricación obligada entre enunciados
y contextos como condición para los estudios pragmáticos
que ahora nos ocupan.
Los
eventos de comunicación o actos de habla, están
sujetos a regulaciones establecidas socialmente, cuyo conjunto
se podría considerar como una gramática social
o de uso, sin la cual no se producirían enunciados
que condujeran al fortunio en la comunicación, debido
a la carencia de una competencia comunicativa o, lo que es
lo mismo, al desconocimiento de ese sistema extraverbal que
coacciona y cohesiona la acción lingüística.
Los
actos de habla se formalizan y se realizan en la lengua, entendida
como ese sistema de reglas que configuran un código,
el cual en sí mismo no tiene la capacidad de hablar
del mundo, pero en la medida en que es usada por sus actores,
adquiere modalizaciones para configurarse como una entidad
simbólica que expresa contextos lingüísticos
y sociales, dejando así su carácter meramente
formal y de código para constituirse en una institución
comprometida con una forma de vida entramada en un conjunto
de relaciones y sentidos que permiten la comunicación.
El
acto de habla como unidad mínima de comunicación,
se entiende, además, como la puesta en escena del hecho
de la lengua mediante el cual un actor intencionalmente la
utiliza para darle a conocer a su destinatario una intención
y despertar en él una reacción en consonancia
con un objetivo
específico, objetivo éste que se podría
considerar como una macroestructura semántica que determina
no sólo la calidad de las unidades lexicas utilizadas,
sino también unas estrategias argumentativas.
Realizar
un acto de habla, bajo estos presupuestos, es tomar parte
en un evento en el que el sujeto se involucra no sólo
como hablante, sino también como participante en el
decir y en el hacer, lo que justifica la máxima pragmática
de "Hablar es actuar", lo que se demuestra
en expresiones lingüísticas como: "Yo
te bautizo", "Te condeno", "Te
perdono", "Te prometo", "Les
presento mis más respetuosos saludos"; enunciados
en los cuales no solamente se dice sino que simultáneamente
se hace lo que se expresa.
La
pragmática, en últimas, considera el lenguaje
como un instrumento empleado por los usuarios para realizar
actos de habla que materializan categorías y funciones
gramaticales en enunciados donde adquieren sentido, determinado
por la intención de un emisor específico con
una finalidad realizativa concreta. Esto quiere decir que
el uso de la lengua está en función de un hacer
lingüístico y de un hacer-hacer, noción
que trasciende la explicación Saussuriana del significado
como representación o imagen mental de objetos o eventos,
para entenderlo en relación directa con el contexto
donde se utiliza. En términos de Wittgenstein (1953:43),
entonces, "El significado de una palabra es su uso
en el lenguaje", idea ratificada en el 3.326 del
Tractatus en los siguientes términos:
"Para reconocer el símbolo hay que atender al
uso con sentido" y en el 3.328 "Si un signo no
se usa, carece de significado. Este es el sentido del lema
de Occam".
Siguiendo
al mismo Wittgenstein, el significado, o en términos
más propios, el sentido de una expresión, es
aquél que de forma intencional se produce, se comparte
con el destinatario y/o perlocutivamente se infiere en el
desarrollo de un juego de lenguaje, es
decir, en aquellas situaciones comunicativas en las que los
actores desarrollan ciertas actividades intersubjetivas, entre
las que se incluyen expresiones de la lengua. Así encontramos
que el hombre realiza una serie de actividades interactivas,
dialógicas en su quehacer cotidiano tales como: dar
órdenes, saludar, despedirse, prometer, amenazar, ofender,
regañar, aconsejar, etc., actividades que como se dijo,
incluyen el uso del lenguaje como herramienta fundamental
que posibilita el intercambio de enunciados y de roles conversacionales
Participar
en el acto de la comunicación es hacer uso de un turno
conversacional que bien podría asimilarse a un movimiento
dentro de una actividad compartida, en la que se repiten una
serie de conductas a la manera de un juego, concepto éste
que referido al lenguaje, es aplicable a los actos de habla
que realizamos en un contexto conversacional, motivados por
una intención. Hablar una lengua podría concebirse
como cumplir el reglamento formal de un sistema y al mismo
tiempo obedecer a otro sistema de regulaciones sociales, impuestas
por el hábito consuetudinario de utilizar enunciados
adecuados al contexto y a la situación de habla.
El
segundo sistema, o de regulaciones sociales, al cual hacemos
referencia, está en íntima relación conceptual
con el de competencia comunicativa de Dell Hymes (1962), entendida
como el conjunto de conocimientos que están en la base
del comportamiento lingüístico, presupuesto y
producto de un largo proceso de vida desarrollado a lo largo
de la historia de una comunidad lingüística. J.
R. Searle (1966) caracteriza en esa segunda gramática
dos tipos de reglas: unas llamadas regulatorias, que
controlan las acciones humanas, las cuales determinan y anticipan
los comportamientos al interior de una actividad compartida,
y otras llamadas constitutivas, que además de
regular la conducta, crean y definen nuevas formas de acción.
Las
reglas constitutivas, del ajedrez por ejemplo, le proporcionan
a los jugadores una serie de normas que rigen su participación
y cuya ruptura produce una inadecuada ejecución que
no tiene existencia válida dentro del juego y como
tal es sancionada. Las reglas regulatorias preceden a las
constitutivas, lo que socialmente da sentido a que se espere
que los participantes en el juego observen un comportamiento
adecuado, el cual debe enmarcar la relación interactiva
desde el momento en que se inicia el juego y durante el transcurso
del mismo.
La materialización del sistema en unidades mínimas
de comunicación -actos de habla-, exige la aplicación
simultánea de esos sistemas de reglas regulatorias
y constitutivas de las que venimos hablando. Hablar una lengua,
pues, como bien lo postula Searle (1969:22),
"Es
tomar parte de una forma de conducta (altamente compleja)
gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es haber
aprendido y dominado tales reglas".
En
relación con las reglas regulatorias del sistema, siguiendo
a Searle, se puede afirmar que, toda sociedad exige de sus
miembros una serie de comportamientos convencionalizados
en el grupo, que caracterizan la posición de cada uno
dentro de la sociedad en relación con los demás;
sistema que además de servir como un material sígnico
de identificación de todos sus integrantes, es de forzosa
aceptación y su dominio se constituye en una de las
competencias sociales interiorizadas y manejadas por los miembros
de una cultura específica.
El
instrumento utilizado para concretar ese sistema regulatorio
es básicamente la lengua que adopta modalizaciones
para expresar una cortesía, sustentar un status, acortar
una distancia social, etc. con el fin de comenzar, preservar
y terminar una relación conversacional y obtener de
ella los efectos perlocucionarios que cada uno de los participantes
se propone, sin constituir esas modalizaciones el tópico
fundamental de la conversación. Así mismo, se
utilizan gestos,
ademanes y demás objetos de la ritualidad conversacional
para construir expresiones corteses, que configuran una estructura
sígnica paralela, y en cierta forma redundante, necesaria
para lograr las condiciones de fortunio.
El
comportamiento cortés en la sociedad se constituye
en un hecho fundamental para las relaciones sociales, y todo
individuo intuitivamente lo utiliza para proteger su imagen
o mejorarla dentro del grupo donde se desenvuelve, además
de evaluar sus suposiciones con respecto al grado de acercamiento
que tiene con el oyente o su ascendencia dentro de una comunidad.
Esta evaluación en muchos casos está por encima
del objetivo informativo, primando entonces el hecho de expresar
no tanto la claridad enunciativa (Grice), como la de mostrar
y revalidar su imagen cortés a través del uso
adecuado de modales de cortesía, como puede ser la
forma de saludar, la gestualidad reverente y en general todas
aquellas enunciaciones semiolingüísticas tendientes
a afirmar y a estrechar las relaciones individuales y con
el grupo.
La
práctica de la cortesía, como parte de la gramática
social, demanda, en nuestro medio, el uso de ciertas expresiones
lingüísticas como: por favor, muchas gracias,
es tan amable, tenga la bondad, perdón; las cuales
al combinarse con las expresiones gestuales como mostrar las
palmas de las manos, levantar las cejas, sostener los ojos
muy abiertos, cabecear en sincronización con las expresiones
del emisor en señal de aprobación, hacer inclinación
leve de cabeza como
muestra de respeto y asentimieto, arrugar la frente para indicar
atención, juntar las manos expresando satisfacción,
sorpresa; mirar a los ojos y sonreir, apretar la mano del
otro en señal de aprecio, colocarse de frente a los
demás cuando se está en grupo (no dar la espalda),
entonaciones efusivas o humildes en reconocimiento de la jerarquía,
etc.; se constituyen en signos conformantes de estructuras
quinésicas y suprasegmentales sintactizadas, que implican
una relación amable y un sentimiento de camaradería,
las cuales hacen que el interlocutor se sienta bien, y como
consecuencia de ello, adopte la actitud de cooperar solidariamente
en el intercambio y acoja favorablemente las opiniones y conceptos
formulados por el emisor. Esto último se ve favorecido
por cuanto el destinatario piensa bien del emisor, se siente
su amigo y expresa su solidaridad, inclusive participando
activamente en el evento de comunicación.
En
caso de faltar la cortesía en la relación conversacional,
la cual se manifiesta en primera instancia en el acto de habla
saludar, ella es solicitada como una obligación por
parte del interlocutor que expresa mediante actitudes de reproche,
como eludir la mirada, fruncir el ceño en señal
de desaprobación, hurgar con la mirada fija y penetrante,
o mediante actos de habla directos de reclamación como
se ve en los siguientes diálogos:
Diálogo
1.
Dos
jóvenes novios en el contexto de la Universidad:
A1
¿Qué son estas horas, señorita ?
B1
¡Pero salude siquiera, detallista!
A2
Huy, perdón. ¿ La princesa cómo está
?
B2
No tan bien como el sapo que lo pregunta.
A3
Eso quiere decir que mal.
B3
No, mentiras, mi amor, muy bien,
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La
práctica de la cortesía, como parte de
la gramática social, demanda, en nuestro medio,
el uso de ciertas expresiones lingüísticas
como: por favor, muchas gracias, es tan amable, tenga
la bondad, perdón.
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Diálogo
2. Otro caso ilustra la misma situación:
Una niña menor de siete años y su madre se
encuentran casualmente en la calle con una amiga. La niña
al verla, se le acerca y muy efusivamente establece contacto
con ella:
A1
¡Me regala un dulce!
B1
¡En mis tiempos se saludaba!.
C1
¡Si mi amor, saluda primero!. Y no pidas, que es feo.
Recuerda lo que te he dicho.
Otro
ejemplo reitera lo anterior. Un señor llega a su sitio
de trabajo y le dice a la señora que ofrece lo tintos:
Diálogo
3
A1
Qué frío está haciendo. ¿Me regala
un tinto, por favor?.
B1
Pero primero se saluda, grosero. ¿No le enseñaron
desde chiquito, o qué?.
A2
¡Ay!, si. ¿Cómo amaneció?.
B2
¡Eso si!. ¿Con poquita azúcar o como siempre?
A3
Poquita, gracias.
Los
tres ejemplos insisten en el mismo hecho: cualquier persona,
en términos generales, se siente con la autoridad social
para demandar de su interlocutor una introducción cortés
al entablar un evento de comunicación, hecho sin el
cual se afectará la relación en mayor o menor
grado, dependiendo de la distancia social entre los actores.
En caso de no hacerse esa demanda explícita, debido
al rango del interlocutor por ejemplo, el emisor no dejará
de sentirse afectado.
Nosotros
mismos, de igual manera, nos solicitamos, nos exigimos, ser
corteses con las demás personas y de alguna manera
nos sancionamos o corregimos cuando nos sor
prendemos no siendo corteses en nuestros encuentros conversacionales
cotidianos, como se ve en 4:
Diálogo
4
Contexto.
Se desarrolla en una oficina entre una ejecutiva y su secretaria,
las cuales trabajan en una empresa que presta servicios
a la comunidad. Sus relaciones son estrictamente laborales.
A1
(Secretaria). ¡Buenos días doctora! ¿Cómo
está?
B1
(ejecutiva). Aurora, ¿es tan amable y sube a mi oficina?
A2
Si, doctora.
B2
¡Ah! Y, por favor, lleva los convenios para que les
saque fotocopias....
B3.
¡Ve, Aurora!, Buenos días.
La
secretaria muy amable y efusiva, recibe a su jefe con un saludo,
acompañado de levantamiento de cejas y una sonrisa
cordial. La ejecutiva, por su lado tiene como única
preocupación la firma de los convenios y pide a su
secretaria que se los suba, lo cual se hará. En ese
preciso instante se da cuenta de que no ha sido cortés
con su secretaria, de que no le respondió el saludo;
hace un gesto de asombro y enmienda su error con B3. La gramática
social del comportamiento le hace intuir que su acto de habla
directivo expresado en B1 y B2, a pesar de la expresión
de cortesía en ambos, va a afectar la perlocución
esperada y por ello retorna al principio del diálogo
para rehacer la estrategia conversacional por donde debió
comenzar y para ello utiliza en el discurso entradas lingüísticas
que marcan la cortesía desde el primer momento del
encuentro.
No
son las instituciones sociales las únicas encargadas
de formar y acendrar hábitos de cortesía, también,
como se ve, lo hacen los individuos con los que se entabla
cualquier tipo de relación, e inclusive el usuario
mismo en virtud de la formación que ha adquirido en
el curso del ejercicio de sus prácticas sociales, demostrándose
de esta manera la importancia de la vertiente social de la
comunicación, fundamentada en la tercera máxima
de cortesía de Robin Lakoff (1998: 268):
"Haga
que O se sienta bien -compórtese amigablemente".
| Esas
reglas regulatorias de las que habla Searle, y la cortesía
en general, no están circunscritas a situaciones
de etiqueta, en el sentido más estricto de la palabra,
sino que tienen que constituirse en práctica habitual.
|
El
sentimiento de camaradería entre los actores, en últimas,
se constituye en un elemento que predispone a los participantes
no sólo para usar adecuadamente el sistema sino que,
de alguna forma, intima la relación, crea un ambiente
de "charla", abona el terreno para próximos
encuentros y, lo que es más importante, permite la
libertad de movimientos lingüísticos que favorecen
la sinceridad del emisor, en tanto que el destinatario puede
tener la certeza de que se ha llevado a cabo el acto de habla
que se pretendía realizar, además de estrechar
el vínculo afectivo que en principio los acercó.
La
práctica social cotidiana nos muestra la importancia
del manejo de esa gramática de la cortesía o
regulatoria, la cual, como es de suponerse, orienta los comportamientos
a partir de lo que implica ser miembro de una cultura. Se
entiende, así mismo, que la práctica de la cortesía
depende del estatus de los usuarios de esa gramática
y de las dinámicas socioculturales que subyacen a los
comportamientos dados al interior de la situación comunicativa
que se presenta. Dicha práctica se incluye en toda
manifestación personal al hacer uso de un turno conversacional,
en cualquier tipo de discurso o de comportamiento; de ahí
que sea difícil imaginar cualquier evento comunicativo
en el cual no se observe esta conducta.
Esas
reglas regulatorias de las que habla Searle, y la cortesía
en general, no están circunscritas a situaciones de
etiqueta, en el sentido más estricto de la palabra,
sino que tienen que constituirse en práctica habitual,
implicando con ello que la sociedad no permite que ninguno
de sus miembros ignore sus leyes independientemente de la
condición social, so pena de ser objeto de marginación
o exclusión del grupo al que se pertenece. En otras
palabras, toda sociedad está en permanente proceso
regulatorio del comportamiento de sus miembros.
La
observancia de esas reglas regulatorias facilita los encuentros
con el otro en la vida cotidiana, ya que éste también
ha interiorizado esa misma parcela pragmática, hecho
que favorece la comunicación y sustenta la imagen -face-
que cada uno ha construído de sí y que la sociedad
aprueba y respeta dada la concordancia de esa imagen con el
código establecido, lo cual a su vez confirma la solidez
del grupo y garantiza su integridad. De ahí que la
ruptura de la imagen de un miembro, no solamente afecte al
directamente implicado sino que lesiona proporcionalmente
al grupo, dependiendo del status o del rol que desempeñe
el infractor dentro de la estructura social; ello explica
el por qué las instituciones en general seleccionan
a sus miembros y les explicitan un reglamento coaccionando
su actividad para proteger su imagen individual y la de la
institución misma.
Esas
instituciones, teóricamente, no permiten que sus miembros
se "contaminen" con algunas de las laxitudes
que la sociedad global tolera, por ser mal vistas dentro de
la organización y porque ella considera que entre sus
funciones está la de colaborar en la regulación
de conductas ciudadanas, haciéndose, de esta manera,
trascendente y válida dentro del contexto general.
A
manera de ejemplo observemos las actitudes regulatorias que
adoptan algunas instituciones en nuestra sociedad como son
la familia y la escuela:
La
familia, primera institución dentro de la cual se desenvuelve
el niño, donde se supone que está rodeado de
afectos, tradicionalmente ha sido el primer núcleo
donde se da el proceso de socialización, sobre todo
a través de manifestaciones gestuales y lingüísticas,
y donde se muestra el apego de todos los miembros al nuevo
ser del grupo familliar.
Se puede suponer que uno de los objetivos fundamentales de
esa comunidad es, mediante estas prácticas, introducir
al niño, a mediano o a largo plazo, dentro de una comunidad
de mayor envergadura como lo es la sociedad global, obedeciendo
los padres, inconscientemente, a patrones que a ellos les
impusieron desde la niñez.
Es
normal, después de que el niño ha adquirido
un relativo manejo de su competencia lingüística,
que reciba una serie de estímulos tendientes a formar
su competencia de cortesía; así por ejemplo,
la madre como persona afectivamente más vinculada a
él, ante una situación comunicativa - supóngase
que al niño se le da un regalo o se le hace un favor
- la madre, repetimos, "exige" una respuesta
cortés y la provoca con expresiones como: ¿Cómo
se dice?, ¡Da las gracias!, y otras, ante las cuales
el niño reacciona generalmente con conductas quinésicas
estereotipadas del tipo estímulo-respuesta, que sin
embargo constituyen algún aprendizaje.
Este
aprendizaje continúa dándose a lo largo de la
niñez y de la infancia, como parte esencial del proceso
de socialización, durante las cuales y ante expectativas
familiares de cortesía no satisfechas, se le reclama
con demandas directas como: ¡Salude, pues!; ¡Salude,
mijo!; ¡Se dice hágame el favor! ;¡Despídase,
pues!. Se desarrollan también, a veces, actos indirectos
que dada la mayor madurez lingüística y sociocultural,
el niño es capaz de interpretar ya que puede construir
implicaturas a partir de la ostención de la madre cuando
le impugna su conducta; en este caso adopta la interpretación
que el contexto le exige. Entre tales indirecciones ubicamos
-en nuestro medio - las siguientes: ¡Eh, ave Maria!,
¿No le da pena?, ¡Qué belleza! ¡Qué
hermosura!; ¿Eso es lo que le están enseñando
en la escuela?; ¿Usted cuándo va a aprender?;
¡Quiubo pués, qué pasa!; ¿Cómo
se dice?; ¿Qué le he dicho?. ¡Usted si, francamente¡.
Y no faltan expresiones directas que desarrollan el acto de
habla regañar tales como:
¡No sea imprudente, hola!; ¡No sea maleducado!;
¡Eso no se dice!; ¡No sea irrespetuoso!; ¡Respete!.
La
familia intuye la necesidad que tiene el niño de aprender
y manejar, además del sistema formal de la lengua,
un conjunto de regulaciones, así como unas condiciones
que se deben dar para utilizar adecuadamente los enunciados
de su lengua en un contexto. Tal parece que la familia es
sabedora de que si no se manejan esas reglas y condiciones,
es decir, si el niño no aprende a usar la lengua contextualizada,
se truncará, o por lo menos se dificultará su
socialización y, para obviar este problema, ellla se
convierte en un agente educativo de primer orden al inculcarle
hábitos y costumbres para adecuarlo a la forma social
de vida con y para el uso adecuado -con fortunio- del lenguaje.
La
escuela, de igual manera, actúa persistentemente en
la formación cortés de los educandos, para lo
cual insiste en el acendramiento de valores sociales, tales
como el respeto, el cumplimiento, el patriotismo, el acatamiento
a la autoridad, el reconocimiento de la jerarquía etc.
Es aún frecuente en las escuelas que los niños
que atienden sus clases se pongan de pié y saluden
en coro cuando entra una persona mayor; se insiste todavía
en que los niños no respondan con un sí o un
no a secas sino que agreguen a su respuesta el vocativo que
expresa la posición del interlocutor y por ello se
escucha el reclamo de los profesores que le exigen al educando
un ¡Sí, señor!, ¡Sí, señora!;
¡Sí, profesor!; ¡Sí, profesora!, ¡No,
profesor!, ¡No, profesora! etc.
La
izada de la bandera es un ritual valioso en la formación
ideológica y axiológica del escolar en nuestro
medio y durante ella se le exige un comportamiento respetuoso;
en esta ceremonia juega un papel muy importante el saludo
a la bandera, en actitud solemne. También es preocupación
de la escuela hacer comprender a sus estudiantes que se es
cortés con el otro en la medida en que
se cumplan los horarios, se responda por los deberes y se
sea pulcro en el vestir, lo mismo que considerar la opinión
de los demás, escucharlos cuando hablan; en fin, valorarlos
como personas.
Tal
como ocurre en el grupo familiar, la escuela también
posee artificios coercitivos y punitivos para controlar las
conductas de los educandos, los cuales en algún tiempo
fueron excesivos tales como el uso de la regla para golpear
las palmas de las manos, arrodillarlos, colocarlos con los
brazos arriba frente a los compañeros para evidenciar
sus faltas y para que los demás niños escarmentaran
con su ejemplo. En general se daban éstos y otros procederes
violentos que lesionaban física y sicológicamente
al escolar, hoy, afortunadamente, erradicados del ambiente
educativo. En la actualidad se utilizan otras herramientas
más sutiles, fundamentadas en nuevas tendencias sicológicas
y pedagógicas que orientan al estudiante para que adquiera
conciencia de que efectivamente está en proceso de
formación educativa, proceso en el que lo esencial
es su propia formación como ser humano y la interiorización
de su calidad social. Las instituciones forjan los comportamientos
cor
teses y/o cívicos de sus miembros, con reglas regulatorias
mediante las cuales las sociedades se instauran y se mantienen
a través del tiempo, pero dichas regulaciones se practican
dentro de unos contextos específicos en los cuales
se materilizan mediante actividades lingüísticas
y/o quinésicas en el actuar cotidiano. Ello quiere
decir que, como se anotó arriba, las reglas regulatorias
solamente existen en la medida en que actúan sincronizada
y paralelamente _ a la manera de los suprasegmentos_ con actos
socialmente convencionalizados y por ende construidos y sometidos
a otras regulaciones que los estructuran como eventos de habla
en sí, regulaciones esas que Searle denomina reglas
constitutivas, y que serán tratadas en detalle en próximas
publicaciones.
Interesa
destacar aquí que la lingüística de hoy
ha traspasado el nivel de lo meramente estructural y de la
esfera inmaterial, mental, de los hablantes para interesarse
por la interacción humana, el intercambio lingüístico
y la posición de los actores en el evento de la comunicación,
regido éste por normas de cortesía que en últimas
son las que determinan la calidad de la interacción.