"
El saludo como expresión de cortesía: Una mirada inicial"

 

Rafael Areiza Londoño
Olga Leonora Velásquez López


La pragmática es una disciplina que se dedica al análisis de la relación lingüística que se establece entre dos o más usuarios en un momento dado, bajo una serie de condiciones que configuran una situación comunicativa que determina, en gran medida, el sentido de lo dicho. Ella podría considerarse, también, como una teoría que investiga los fundamentos semióticos, antropológicos, sociológicos y sicológicos que se encuentran en la base misma del uso de la lengua, donde se cohesionan actores, enunciados y contextos como condición necesaria para producir sentido en el acto de comunicación.

Si así se entiende la pragmática, ella conjuga para su estudio un conjunto de disciplinas que aportan luces para la comprensión del sentido del acto de comunicación, como una globalidad y simultáneamente como una especificidad del evento conversacional materializado en la interacción contextualizada. Así vemos como la lingüística, la psicología, la psiquiatría, la sociología, la antropología, la terapéutica, la semiótica, etc., se interesan por el hecho de la comunicación, al intuirse que explicitar las interrelaciones lingüísticas, implica dar cuenta de la condición de "ser humano" y de la estructura de la experiencia intersubjetiva, expresada en situaciones sígnicas, ámbito en el cual se presentan los actos de habla.

La pragmática, como disciplina, estudia los actos de habla entendidos como la expresión mínima de la comunicación mediante la cual un actor produce enunciados que materializan la intención de despertar en el destinatario una serie de reacciones acordes con las expectativas manifiestas o no en el acto enunciativo, dentro de un contexto que determina necesariamente el sentido de lo dicho. El acto de habla se construye entonces, dentro de una estructura contextual, la cual enmarca la aplicación de un conjunto de reglas para la producción de enunciados pertinentes y adecuados en eventos dialógicos. Es clara entonces, la imbricación obligada entre enunciados y contextos como condición para los estudios pragmáticos que ahora nos ocupan.

Los eventos de comunicación o actos de habla, están sujetos a regulaciones establecidas socialmente, cuyo conjunto se podría considerar como una gramática social o de uso, sin la cual no se producirían enunciados que condujeran al fortunio en la comunicación, debido a la carencia de una competencia comunicativa o, lo que es lo mismo, al desconocimiento de ese sistema extraverbal que coacciona y cohesiona la acción lingüística.

Los actos de habla se formalizan y se realizan en la lengua, entendida como ese sistema de reglas que configuran un código, el cual en sí mismo no tiene la capacidad de hablar del mundo, pero en la medida en que es usada por sus actores, adquiere modalizaciones para configurarse como una entidad simbólica que expresa contextos lingüísticos y sociales, dejando así su carácter meramente formal y de código para constituirse en una institución comprometida con una forma de vida entramada en un conjunto de relaciones y sentidos que permiten la comunicación.

El acto de habla como unidad mínima de comunicación, se entiende, además, como la puesta en escena del hecho de la lengua mediante el cual un actor intencionalmente la utiliza para darle a conocer a su destinatario una intención y despertar en él una reacción en consonancia con un objetivo
específico, objetivo éste que se podría considerar como una macroestructura semántica que determina no sólo la calidad de las unidades lexicas utilizadas, sino también unas estrategias argumentativas.

Realizar un acto de habla, bajo estos presupuestos, es tomar parte en un evento en el que el sujeto se involucra no sólo como hablante, sino también como participante en el decir y en el hacer, lo que justifica la máxima pragmática de "Hablar es actuar", lo que se demuestra en expresiones lingüísticas como: "Yo te bautizo", "Te condeno", "Te perdono", "Te prometo", "Les presento mis más respetuosos saludos"; enunciados en los cuales no solamente se dice sino que simultáneamente se hace lo que se expresa.

La pragmática, en últimas, considera el lenguaje como un instrumento empleado por los usuarios para realizar actos de habla que materializan categorías y funciones gramaticales en enunciados donde adquieren sentido, determinado por la intención de un emisor específico con una finalidad realizativa concreta. Esto quiere decir que el uso de la lengua está en función de un hacer lingüístico y de un hacer-hacer, noción que trasciende la explicación Saussuriana del significado como representación o imagen mental de objetos o eventos, para entenderlo en relación directa con el contexto donde se utiliza. En términos de Wittgenstein (1953:43), entonces, "El significado de una palabra es su uso en el lenguaje", idea ratificada en el 3.326 del Tractatus en los siguientes términos:

"Para reconocer el símbolo hay que atender al uso con sentido" y en el 3.328 "Si un signo no se usa, carece de significado. Este es el sentido del lema de Occam".

Siguiendo al mismo Wittgenstein, el significado, o en términos más propios, el sentido de una expresión, es aquél que de forma intencional se produce, se comparte con el destinatario y/o perlocutivamente se infiere en el desarrollo de un juego de lenguaje, es decir, en aquellas situaciones comunicativas en las que los actores desarrollan ciertas actividades intersubjetivas, entre las que se incluyen expresiones de la lengua. Así encontramos que el hombre realiza una serie de actividades interactivas, dialógicas en su quehacer cotidiano tales como: dar órdenes, saludar, despedirse, prometer, amenazar, ofender, regañar, aconsejar, etc., actividades que como se dijo, incluyen el uso del lenguaje como herramienta fundamental que posibilita el intercambio de enunciados y de roles conversacionales

Participar en el acto de la comunicación es hacer uso de un turno conversacional que bien podría asimilarse a un movimiento dentro de una actividad compartida, en la que se repiten una serie de conductas a la manera de un juego, concepto éste que referido al lenguaje, es aplicable a los actos de habla que realizamos en un contexto conversacional, motivados por una intención. Hablar una lengua podría concebirse como cumplir el reglamento formal de un sistema y al mismo tiempo obedecer a otro sistema de regulaciones sociales, impuestas por el hábito consuetudinario de utilizar enunciados adecuados al contexto y a la situación de habla.

El segundo sistema, o de regulaciones sociales, al cual hacemos referencia, está en íntima relación conceptual con el de competencia comunicativa de Dell Hymes (1962), entendida como el conjunto de conocimientos que están en la base del comportamiento lingüístico, presupuesto y producto de un largo proceso de vida desarrollado a lo largo de la historia de una comunidad lingüística. J. R. Searle (1966) caracteriza en esa segunda gramática dos tipos de reglas: unas llamadas regulatorias, que controlan las acciones humanas, las cuales determinan y anticipan los comportamientos al interior de una actividad compartida, y otras llamadas constitutivas, que además de regular la conducta, crean y definen nuevas formas de acción.

Las reglas constitutivas, del ajedrez por ejemplo, le proporcionan a los jugadores una serie de normas que rigen su participación y cuya ruptura produce una inadecuada ejecución que no tiene existencia válida dentro del juego y como tal es sancionada. Las reglas regulatorias preceden a las constitutivas, lo que socialmente da sentido a que se espere que los participantes en el juego observen un comportamiento adecuado, el cual debe enmarcar la relación interactiva desde el momento en que se inicia el juego y durante el transcurso del mismo.

La materialización del sistema en unidades mínimas de comunicación -actos de habla-, exige la aplicación simultánea de esos sistemas de reglas regulatorias y constitutivas de las que venimos hablando. Hablar una lengua, pues, como bien lo postula Searle (1969:22),

"Es tomar parte de una forma de conducta (altamente compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es haber aprendido y dominado tales reglas".

En relación con las reglas regulatorias del sistema, siguiendo a Searle, se puede afirmar que, toda sociedad exige de sus miembros una serie de comportamientos convencionalizados en el grupo, que caracterizan la posición de cada uno dentro de la sociedad en relación con los demás; sistema que además de servir como un material sígnico de identificación de todos sus integrantes, es de forzosa aceptación y su dominio se constituye en una de las competencias sociales interiorizadas y manejadas por los miembros de una cultura específica.

El instrumento utilizado para concretar ese sistema regulatorio es básicamente la lengua que adopta modalizaciones para expresar una cortesía, sustentar un status, acortar una distancia social, etc. con el fin de comenzar, preservar y terminar una relación conversacional y obtener de ella los efectos perlocucionarios que cada uno de los participantes se propone, sin constituir esas modalizaciones el tópico fundamental de la conversación. Así mismo, se utilizan gestos, ademanes y demás objetos de la ritualidad conversacional para construir expresiones corteses, que configuran una estructura sígnica paralela, y en cierta forma redundante, necesaria para lograr las condiciones de fortunio.

El comportamiento cortés en la sociedad se constituye en un hecho fundamental para las relaciones sociales, y todo individuo intuitivamente lo utiliza para proteger su imagen o mejorarla dentro del grupo donde se desenvuelve, además de evaluar sus suposiciones con respecto al grado de acercamiento que tiene con el oyente o su ascendencia dentro de una comunidad. Esta evaluación en muchos casos está por encima del objetivo informativo, primando entonces el hecho de expresar no tanto la claridad enunciativa (Grice), como la de mostrar y revalidar su imagen cortés a través del uso adecuado de modales de cortesía, como puede ser la forma de saludar, la gestualidad reverente y en general todas aquellas enunciaciones semiolingüísticas tendientes a afirmar y a estrechar las relaciones individuales y con el grupo.

La práctica de la cortesía, como parte de la gramática social, demanda, en nuestro medio, el uso de ciertas expresiones lingüísticas como: por favor, muchas gracias, es tan amable, tenga la bondad, perdón; las cuales al combinarse con las expresiones gestuales como mostrar las palmas de las manos, levantar las cejas, sostener los ojos muy abiertos, cabecear en sincronización con las expresiones del emisor en señal de aprobación, hacer inclinación leve de cabeza como
muestra de respeto y asentimieto, arrugar la frente para indicar atención, juntar las manos expresando satisfacción, sorpresa; mirar a los ojos y sonreir, apretar la mano del otro en señal de aprecio, colocarse de frente a los demás cuando se está en grupo (no dar la espalda), entonaciones efusivas o humildes en reconocimiento de la jerarquía, etc.; se constituyen en signos conformantes de estructuras quinésicas y suprasegmentales sintactizadas, que implican una relación amable y un sentimiento de camaradería, las cuales hacen que el interlocutor se sienta bien, y como consecuencia de ello, adopte la actitud de cooperar solidariamente en el intercambio y acoja favorablemente las opiniones y conceptos formulados por el emisor. Esto último se ve favorecido por cuanto el destinatario piensa bien del emisor, se siente su amigo y expresa su solidaridad, inclusive participando activamente en el evento de comunicación.

En caso de faltar la cortesía en la relación conversacional, la cual se manifiesta en primera instancia en el acto de habla saludar, ella es solicitada como una obligación por parte del interlocutor que expresa mediante actitudes de reproche, como eludir la mirada, fruncir el ceño en señal de desaprobación, hurgar con la mirada fija y penetrante, o mediante actos de habla directos de reclamación como se ve en los siguientes diálogos:

Diálogo 1.

Dos jóvenes novios en el contexto de la Universidad:

A1 ¿Qué son estas horas, señorita ?

B1 ¡Pero salude siquiera, detallista!

A2 Huy, perdón. ¿ La princesa cómo está ?

B2 No tan bien como el sapo que lo pregunta.

A3 Eso quiere decir que mal.

B3 No, mentiras, mi amor, muy bien,

 

La práctica de la cortesía, como parte de la gramática social, demanda, en nuestro medio, el uso de ciertas expresiones lingüísticas como: por favor, muchas gracias, es tan amable, tenga la bondad, perdón.

 

Diálogo 2. Otro caso ilustra la misma situación:


Una niña menor de siete años y su madre se encuentran casualmente en la calle con una amiga. La niña al verla, se le acerca y muy efusivamente establece contacto con ella:

A1 ¡Me regala un dulce!

B1 ¡En mis tiempos se saludaba!.

C1 ¡Si mi amor, saluda primero!. Y no pidas, que es feo. Recuerda lo que te he dicho.

Otro ejemplo reitera lo anterior. Un señor llega a su sitio de trabajo y le dice a la señora que ofrece lo tintos:

Diálogo 3

A1 Qué frío está haciendo. ¿Me regala un tinto, por favor?.

B1 Pero primero se saluda, grosero. ¿No le enseñaron desde chiquito, o qué?.

A2 ¡Ay!, si. ¿Cómo amaneció?.

B2 ¡Eso si!. ¿Con poquita azúcar o como siempre?

A3 Poquita, gracias.

Los tres ejemplos insisten en el mismo hecho: cualquier persona, en términos generales, se siente con la autoridad social para demandar de su interlocutor una introducción cortés al entablar un evento de comunicación, hecho sin el cual se afectará la relación en mayor o menor grado, dependiendo de la distancia social entre los actores. En caso de no hacerse esa demanda explícita, debido al rango del interlocutor por ejemplo, el emisor no dejará de sentirse afectado.

Nosotros mismos, de igual manera, nos solicitamos, nos exigimos, ser corteses con las demás personas y de alguna manera nos sancionamos o corregimos cuando nos sor
prendemos no siendo corteses en nuestros encuentros conversacionales cotidianos, como se ve en 4:

Diálogo 4

Contexto. Se desarrolla en una oficina entre una ejecutiva y su secretaria, las cuales trabajan en una empresa que presta servicios a la comunidad. Sus relaciones son estrictamente laborales.

A1 (Secretaria). ¡Buenos días doctora! ¿Cómo está?

B1 (ejecutiva). Aurora, ¿es tan amable y sube a mi oficina?

A2 Si, doctora.

B2 ¡Ah! Y, por favor, lleva los convenios para que les saque fotocopias....

B3. ¡Ve, Aurora!, Buenos días.

La secretaria muy amable y efusiva, recibe a su jefe con un saludo, acompañado de levantamiento de cejas y una sonrisa cordial. La ejecutiva, por su lado tiene como única preocupación la firma de los convenios y pide a su secretaria que se los suba, lo cual se hará. En ese preciso instante se da cuenta de que no ha sido cortés con su secretaria, de que no le respondió el saludo; hace un gesto de asombro y enmienda su error con B3. La gramática social del comportamiento le hace intuir que su acto de habla directivo expresado en B1 y B2, a pesar de la expresión de cortesía en ambos, va a afectar la perlocución esperada y por ello retorna al principio del diálogo para rehacer la estrategia conversacional por donde debió comenzar y para ello utiliza en el discurso entradas lingüísticas que marcan la cortesía desde el primer momento del encuentro.

No son las instituciones sociales las únicas encargadas de formar y acendrar hábitos de cortesía, también, como se ve, lo hacen los individuos con los que se entabla cualquier tipo de relación, e inclusive el usuario mismo en virtud de la formación que ha adquirido en el curso del ejercicio de sus prácticas sociales, demostrándose de esta manera la importancia de la vertiente social de la comunicación, fundamentada en la tercera máxima de cortesía de Robin Lakoff (1998: 268):

"Haga que O se sienta bien -compórtese amigablemente".

 

Esas reglas regulatorias de las que habla Searle, y la cortesía en general, no están circunscritas a situaciones de etiqueta, en el sentido más estricto de la palabra, sino que tienen que constituirse en práctica habitual.


El sentimiento de camaradería entre los actores, en últimas, se constituye en un elemento que predispone a los participantes no sólo para usar adecuadamente el sistema sino que, de alguna forma, intima la relación, crea un ambiente de "charla", abona el terreno para próximos encuentros y, lo que es más importante, permite la libertad de movimientos lingüísticos que favorecen la sinceridad del emisor, en tanto que el destinatario puede tener la certeza de que se ha llevado a cabo el acto de habla que se pretendía realizar, además de estrechar el vínculo afectivo que en principio los acercó.

La práctica social cotidiana nos muestra la importancia del manejo de esa gramática de la cortesía o regulatoria, la cual, como es de suponerse, orienta los comportamientos a partir de lo que implica ser miembro de una cultura. Se entiende, así mismo, que la práctica de la cortesía depende del estatus de los usuarios de esa gramática y de las dinámicas socioculturales que subyacen a los comportamientos dados al interior de la situación comunicativa que se presenta. Dicha práctica se incluye en toda manifestación personal al hacer uso de un turno conversacional, en cualquier tipo de discurso o de comportamiento; de ahí que sea difícil imaginar cualquier evento comunicativo en el cual no se observe esta conducta.

Esas reglas regulatorias de las que habla Searle, y la cortesía en general, no están circunscritas a situaciones de etiqueta, en el sentido más estricto de la palabra, sino que tienen que constituirse en práctica habitual, implicando con ello que la sociedad no permite que ninguno de sus miembros ignore sus leyes independientemente de la condición social, so pena de ser objeto de marginación o exclusión del grupo al que se pertenece. En otras palabras, toda sociedad está en permanente proceso regulatorio del comportamiento de sus miembros.

La observancia de esas reglas regulatorias facilita los encuentros con el otro en la vida cotidiana, ya que éste también ha interiorizado esa misma parcela pragmática, hecho que favorece la comunicación y sustenta la imagen -face- que cada uno ha construído de sí y que la sociedad aprueba y respeta dada la concordancia de esa imagen con el código establecido, lo cual a su vez confirma la solidez del grupo y garantiza su integridad. De ahí que la ruptura de la imagen de un miembro, no solamente afecte al directamente implicado sino que lesiona proporcionalmente al grupo, dependiendo del status o del rol que desempeñe el infractor dentro de la estructura social; ello explica el por qué las instituciones en general seleccionan a sus miembros y les explicitan un reglamento coaccionando su actividad para proteger su imagen individual y la de la institución misma.

Esas instituciones, teóricamente, no permiten que sus miembros se "contaminen" con algunas de las laxitudes que la sociedad global tolera, por ser mal vistas dentro de la organización y porque ella considera que entre sus funciones está la de colaborar en la regulación de conductas ciudadanas, haciéndose, de esta manera, trascendente y válida dentro del contexto general.

A manera de ejemplo observemos las actitudes regulatorias que adoptan algunas instituciones en nuestra sociedad como son la familia y la escuela:

La familia, primera institución dentro de la cual se desenvuelve el niño, donde se supone que está rodeado de afectos, tradicionalmente ha sido el primer núcleo donde se da el proceso de socialización, sobre todo a través de manifestaciones gestuales y lingüísticas, y donde se muestra el apego de todos los miembros al nuevo ser del grupo familliar. Se puede suponer que uno de los objetivos fundamentales de esa comunidad es, mediante estas prácticas, introducir al niño, a mediano o a largo plazo, dentro de una comunidad de mayor envergadura como lo es la sociedad global, obedeciendo los padres, inconscientemente, a patrones que a ellos les impusieron desde la niñez.

Es normal, después de que el niño ha adquirido un relativo manejo de su competencia lingüística, que reciba una serie de estímulos tendientes a formar su competencia de cortesía; así por ejemplo, la madre como persona afectivamente más vinculada a él, ante una situación comunicativa - supóngase que al niño se le da un regalo o se le hace un favor - la madre, repetimos, "exige" una respuesta cortés y la provoca con expresiones como: ¿Cómo se dice?, ¡Da las gracias!, y otras, ante las cuales el niño reacciona generalmente con conductas quinésicas estereotipadas del tipo estímulo-respuesta, que sin embargo constituyen algún aprendizaje.

Este aprendizaje continúa dándose a lo largo de la niñez y de la infancia, como parte esencial del proceso de socialización, durante las cuales y ante expectativas familiares de cortesía no satisfechas, se le reclama con demandas directas como: ¡Salude, pues!; ¡Salude, mijo!; ¡Se dice hágame el favor! ;¡Despídase, pues!. Se desarrollan también, a veces, actos indirectos que dada la mayor madurez lingüística y sociocultural, el niño es capaz de interpretar ya que puede construir implicaturas a partir de la ostención de la madre cuando le impugna su conducta; en este caso adopta la interpretación que el contexto le exige. Entre tales indirecciones ubicamos -en nuestro medio - las siguientes: ¡Eh, ave Maria!, ¿No le da pena?, ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura!; ¿Eso es lo que le están enseñando en la escuela?; ¿Usted cuándo va a aprender?; ¡Quiubo pués, qué pasa!; ¿Cómo se dice?; ¿Qué le he dicho?. ¡Usted si, francamente¡. Y no faltan expresiones directas que desarrollan el acto de habla regañar tales como:
¡No sea imprudente, hola!; ¡No sea maleducado!; ¡Eso no se dice!; ¡No sea irrespetuoso!; ¡Respete!.

La familia intuye la necesidad que tiene el niño de aprender y manejar, además del sistema formal de la lengua, un conjunto de regulaciones, así como unas condiciones que se deben dar para utilizar adecuadamente los enunciados de su lengua en un contexto. Tal parece que la familia es sabedora de que si no se manejan esas reglas y condiciones, es decir, si el niño no aprende a usar la lengua contextualizada, se truncará, o por lo menos se dificultará su socialización y, para obviar este problema, ellla se convierte en un agente educativo de primer orden al inculcarle hábitos y costumbres para adecuarlo a la forma social de vida con y para el uso adecuado -con fortunio- del lenguaje.

La escuela, de igual manera, actúa persistentemente en la formación cortés de los educandos, para lo cual insiste en el acendramiento de valores sociales, tales como el respeto, el cumplimiento, el patriotismo, el acatamiento a la autoridad, el reconocimiento de la jerarquía etc. Es aún frecuente en las escuelas que los niños que atienden sus clases se pongan de pié y saluden en coro cuando entra una persona mayor; se insiste todavía en que los niños no respondan con un sí o un no a secas sino que agreguen a su respuesta el vocativo que expresa la posición del interlocutor y por ello se escucha el reclamo de los profesores que le exigen al educando un ¡Sí, señor!, ¡Sí, señora!; ¡Sí, profesor!; ¡Sí, profesora!, ¡No, profesor!, ¡No, profesora! etc.

La izada de la bandera es un ritual valioso en la formación ideológica y axiológica del escolar en nuestro medio y durante ella se le exige un comportamiento respetuoso; en esta ceremonia juega un papel muy importante el saludo a la bandera, en actitud solemne. También es preocupación de la escuela hacer comprender a sus estudiantes que se es cortés con el otro en la medida en que se cumplan los horarios, se responda por los deberes y se sea pulcro en el vestir, lo mismo que considerar la opinión de los demás, escucharlos cuando hablan; en fin, valorarlos como personas.

Tal como ocurre en el grupo familiar, la escuela también posee artificios coercitivos y punitivos para controlar las conductas de los educandos, los cuales en algún tiempo fueron excesivos tales como el uso de la regla para golpear las palmas de las manos, arrodillarlos, colocarlos con los brazos arriba frente a los compañeros para evidenciar sus faltas y para que los demás niños escarmentaran con su ejemplo. En general se daban éstos y otros procederes violentos que lesionaban física y sicológicamente al escolar, hoy, afortunadamente, erradicados del ambiente educativo. En la actualidad se utilizan otras herramientas más sutiles, fundamentadas en nuevas tendencias sicológicas y pedagógicas que orientan al estudiante para que adquiera conciencia de que efectivamente está en proceso de formación educativa, proceso en el que lo esencial es su propia formación como ser humano y la interiorización de su calidad social. Las instituciones forjan los comportamientos cor
teses y/o cívicos de sus miembros, con reglas regulatorias mediante las cuales las sociedades se instauran y se mantienen a través del tiempo, pero dichas regulaciones se practican dentro de unos contextos específicos en los cuales se materilizan mediante actividades lingüísticas y/o quinésicas en el actuar cotidiano. Ello quiere decir que, como se anotó arriba, las reglas regulatorias solamente existen en la medida en que actúan sincronizada y paralelamente _ a la manera de los suprasegmentos_ con actos socialmente convencionalizados y por ende construidos y sometidos a otras regulaciones que los estructuran como eventos de habla en sí, regulaciones esas que Searle denomina reglas constitutivas, y que serán tratadas en detalle en próximas publicaciones.

Interesa destacar aquí que la lingüística de hoy ha traspasado el nivel de lo meramente estructural y de la esfera inmaterial, mental, de los hablantes para interesarse por la interacción humana, el intercambio lingüístico y la posición de los actores en el evento de la comunicación, regido éste por normas de cortesía que en últimas son las que determinan la calidad de la interacción.

 


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