"Juego y pedagogía
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Pedro Juan Aristizábal Hoyos

Estas reflexiones alrededor del mundo lúdico y la academia pretenden resaltar la importancia del juego en el ámbito educativo. Aquí el mundo lúdico es tomado de un modo amplio incluyendo en él al juego estético que es el juego más serio para el artista creador. También se resaltan algunas patologías inducidas por la excesiva abstracción conceptual del mundo.


El juego es ante todo una actividad libre, y como tal, podría entrar en contradicción con la academia. La academia, como un producto institucionalizado de los órdenes de la vida orientados al conocimiento y a la enseñanza, permite desentrañar en su seno, la relación juego-pedagogía como una tensión. No obstante, la tensión entre estas actividades no es radicalmente ontológica y, en efecto, posibilita plantear la distensión entre ambas, con la diferencia que le es dable a cada una. Mientras el juego, hace parte de lo que podríamos llamar una creación inconsciente y no esencialmente racional, la pedagogía, aparece como una actividad siempre consciente y racional sobre las prácticas educativas.

En esta reiteración se muestra igualmente la relación consciente-inconsciente que trae infinitos interrogantes. Pues el hombre (sujeto), aparece en un primer plano como categoría fundamental de la modernidad, y un planteamiento pedagógico tendría que ver con el sujeto, o por lo menos con su constitución, o sino, ¿A qué aspira la pedagogía?. Y es tanto más radical el problema, puesto que, al educando, y en un caso particular al niño, se "le enseña" es a través del juego; una actividad que hemos caracterizado como creación inconsciente, algo inherente a lo creado como lo es igualmente el arte.

Como vemos, surgen una serie de problemas que precisan ser nombrados. Tematiza-remos estos en forma de preguntas. Intentar responder a dichas preguntas, y aclarar en la medida de lo posible sus planteamientos, es el objetivo fundamental de este trabajo.

 

1. ¿Qué es lo enseñable?

Comencemos con una tautología: Lo enseñable es, primero que todo, lo que se puede enseñar. Lo enseñable en este sentido es lo permisible y esta permisibilidad no solamente está referida al ámbito institucional cuando reproduce socialmente el esquema superestructural ideológico (representado en la política, la ciencia, la filosofía, etc.), sino a lo único que no es igualmente posible enseñar, lo que ha sido vedado a través del tiempo, como resultado de la famosa fórmula positiva: «Praecisio Mundi» (1), 1o que ha traspasado los límites conceptuales y se ha hecho ontológica. Aquello que no se puede enseñar porque «no existe» y podemos darle el apelativo Nihil (nada). esto no tiene entonces el caracter positivo pedagógico de lo mostrable. Como señala Wolfgang Janke haciendo referencia al origen de la voz latina «Praecisio»:

“En un principio -significó- (...) una mutilación terrible que hace a los hombres inválidos, estériles, mudos y sin patria” (2).

Y comenzó dicho proceso con el triunfo de la ciencia física y de la filosofía natural sobre los mitos de la antigüedad. A. Comte reivindica este proceso como un curso en la historia que sigue su marcha inexorable hasta su madurez.

Lo preciso, mutila en este sentido, todo lo inexacto. Y el positivismo aparece así como una romantización de la ciencia, pues considera que solo ella es portadora del único conocimiento posible y exacto y, como tal, contribuye a la verdad como lo único enseñable. La idea de progreso también le es afín, y el fenómeno de la industrialización, complemento del progreso, es igualmente preciso, ligado a la contribución tecnológica, a factores monetarios, a eficacia, etc. Al hombre no le queda otra opción que seguir sumido en ese proceso de precisión de los medios, implicando colateralmente para él la pérdida de algunos valores correspondientes a su télos fundamental (libertad, felicidad, sentido, placer, etc.), que lo lleva a reasumir en sus manos el futuro; y en consecuencia esta sometido cada vez más, a la racionalidad finalista, propia de los sistemas modernos que mutilan el horizonte infinito del mundo de la vida.

En todo esto se comprende que hay padecimiento, hay páthos, aquello que es extirpado somáticamente en un doble sentido, endógeno y exógeno; se revierte, pero sin identidad, es decir, es otro pero no es lo mismo: es el producto de una subjetividad que en su desarrollo no se corresponde con su naturaleza y por eso es patológica. En términos Freudianos, por ejemplo; es la neurosis que implica a la capacidad de sublimación, infinitamente inferior al volumen de la represión. A esto hace referencia lo inenseñable. La ciencia que en un tiempo fue lo inenseñable, contribuye ahora a la verdad como lo único enseñable. Por eso, “Para nosotros ‘el mundo verdadero’ es el correlato de la ciencia positiva consumada idealmente” (3), en cambio Edmund Husserl desde la Fenomenología denunciaría que el mundo de la vida, el de la lógica de la verdad, el de la base referencial para la verdad, ha sido el fundamento olvidado (4). Sin más, la ciencia está hoy del lado de lo inenseñable.

Se trata pues, en este contexto, de introducir en la enseñanza lo inenseñable, o lo que se muestra de otra manera, lo que no es lo mismo. En términos de Savater:

(...) eso mismo que se nos impone (...) es: Reproducción de la sociedad científica, jerárquica, (...) la sociedad de los saberes deudores del gran saber que sabe por nosotros y contra nosotros (...) la sociedad (...) de quienes administran la reprobación que encierra en la delincuencia o la locura (5).

A lo que se puede enseñar Savater denomina, lo abstracto. Lo abstracto es, dice: aquello “que ha sufrido las mutilaciones y recortes para hacerse manejable” (6) como el texto. Y en cambio lo concreto comprende una totalidad sin recortes, algo así, como, lo mostrable en todos sus aspectos y posibilidades.

Se propone entonces introducir en la enseñanza lo concreto. En nuestra perspectiva, el ser jugado es lo concreto y como tal es la perspectiva misma, en otro contexto es otra. Y vuelve Savater, refiriendo una cita de Klossowski:

“Enseñar lo inenseñable es, en primer lugar, admitir que toda actividad pedagógica y científica, como también todo comportamiento curativo (psiquiatría y psicoanálisis), no son menos estructuras del páthos que los modos de expresión del arte” (7).

En esto último se comprende, atendemos igualmente a los modos de expresión del mundo lúdico en su mayor concretud, el juego. Por eso, nuestro trabajo tendrá como tarea a partir de la próxima pregunta, explicitar lo referente al juego, su ser, sus modos, sus características, etc.

 

2. Y el juego, ¿cuál es su ser? ¿Cuáles son sus características? ¿Su seriedad?

Precedentemente habíamos afirmado que el juego era ante todo una actividad libre. Es garante de esta afirmación el que dicha acción se ejerza sin objetivo alguno exterior a sí misma. Si queremos dar un calificativo al juego en sí mismo, diremos que es una acción esencialmente inmanente, dado que los fines y la utilidad que le son imputables, (educativos, curativos), que garantizan el tránsito, no son de ningún modo su motivación fundamental. En otras palabras, el que juega lo hace por puro placer igual que el artista en el momento de su creación, sin embargo, aunque el artista se trasciende en la producción de un ser nuevo, la acción lúdica se queda secretamente entre el jugador o los jugadores, y el juego; y cualquier trascendencia que se le quisiera dar está al margen de su ser mismo.

Así, en la acción, en el hacer del jugador o del artista, se siente el vértigo, el riesgo, la contingencia de su ser, y por eso sobreviene la angustia al no poder determinar el acierto. El jugador cuenta especialmente con su destreza, pero más allá de ella está el azar y lo inasible. Y es esa posibilidad de elección la que produce angustia concomitante con la conciencia del riesgo. Sartre lo afirma: “el hombre toma conciencia de su libertad en la angustia” (8), es una legítima acción entre el ser y la nada; su ser mismo apostando hacia el polo objetivo del mundo, pero sin poder asirlo. Se vive el vértigo y aunque acierte, que implica suspensión, el apostador sabe que tiene que accionar de nuevo y no ser aguafiestas. Sin embargo, el placer subsiste siempre de nuevo, cada comienzo hay vértigo, es ese vacío de terror, un auténtico jugarse. Esa libertad de decisión en el juego, y que supone mantenerse constantemente en el peligro, constituye igualmente la fascinación que ejerce el juego sobre el jugador.

No obstante, el juego tiene diversas maneras de ser y se juega en todas las edades. Igualmente hay infinitos tipos de juegos, incluso, del vocablo «juego» se derivan acciones o juegos no animados por sujeto alguno, es decir, cuya esencia sea la acción misma. Adentrémonos, entonces, en el ser mismo del juego y dejemos ver sus características esenciales:

Una característica esencial al juego es el movimiento, no se puede concebir un juego que no implique movimiento o vaivén. Esto lleva a pensar que el juego mismo es el que se desenvuelve y juega, es decir, dicha actividad no precisa de un sujeto que actualice la acción. En efecto, el término juego se usa para expresar metafóricamente acciones que podríamos llamar impersonales. O como dice Gadamer, podemos encontrar expresiones tales como “juego de colores” “juego de luces” (9), y estas manifestaciones tienen como esencia antes que un sujeto agente, movimiento puro, movimiento que puede repetirse pero agota su acción en sí mismo y no implica ni un sujeto, ni un objetivo al cual se aplique. Podríamos caracterizar entonces el ser del juego como movimiento. A Propósito Gadamer escribe: “Es juego la pura realización del movimiento” (10). De esta manera, todo juego tiene movimiento, más no incluye un sujeto como su parte fundamental. Por eso , dice Gadamer: Afirmamos “que algo ‘juega’ en tal lugar o en tal momento, que algo está en juego” (11), y esto de ningún modo implica un sujeto jugador. Estas consideraciones llevan igualmente a concluir que “el jugar no debe entenderse como el desempeño de una actividad” (12), pues para el caso, nadie está realizando actividad alguna, sencillamente hay juego.

Estas reflexiones llevan igualmente a pensar que el sujeto del juego no son los jugadores, o los que realizan la acción en el caso del ser humano, sino que es el sujeto el juego mismo. El juego como sujeto implica una serie de características propias de un sujeto y que se corresponden con el juego mismo. El juego es centro y los jugadores son entorno, todos se reúnen alrededor del juego.


La ciencia que en un tiempo fue lo inenseñable, contribuye ahora a la verdad como lo único enseñable. Por eso, “Para nosotros "el mundo verdadero" es el correlato de la ciencia positiva consumada idealmente” (3)

Así,entonces, es claro afirmar que:

“El sujeto del juego no son los jugadores, sino que a través de ellos el juego simplemente accede a su manifestación” (13),

esto significa, que la esencia del juego es independiente de la conciencia del jugador y efectivamente, esto garantiza “el primado del juego sobre la conciencia del jugador” (14), pues, el juego posee un espíritu propio independiente del estado de ánimo de los jugadores. Cualquiera sea el estado anímico de éstos en el juego, se requiere, versen libres de sus angustias personales, de sus sentimientos, y en últimas acceder a las reglas que para ellos son objetivas y suponen un sujeto, un poseedor, que es el juego mismo quién tiene como propiedad la exigencia del cumplimiento de sus reglas en instrucciones por parte de los jugadores (15). Por eso se afirma, que el espacio lúdico es inherente al juego, él mide el espacio de juego y, en tal caso, limita la acción de los jugadores.

No obstante, la limitación referida en el párrafo anterior, implica igualmente que el jugador halla decidido hacerlo. En el momento en que un jugador se disponga a la acción lúdica, le significa someterse a sus leyes, y en cierta medida es un dejarse jugar. este sometimiento voluntario al juego, significa para el jugador acceder a un mundo que tiene un espacio cerrado, con leyes y determinaciones propias, que solo son vividas en tanto nos adentramos en ellas como parte integrante que activa sus reglas, y que igualmente da vida a ese espacio mágico que crea el juego.

Antes de vincularnos al importante mundo de lo estético, ligado profundamente al juego, y del cual nos ocuparemos en la próxima pregunta, queremos resaltar algunas características centrales del juego. Para este propósito, nos dejaremos guiar por el historiador Holandés Johan Huizinga.

En primera instancia, afirmamos, como Huizinga, se aplica al estudio del juego es pecialmente desde el plano cultural. Efectivamente, este autor caracteriza al hombre no como Homo Sapiens, ni como Homo Faber, sino principalmente como un Homo Ludens. Esta última designación, pienso, no excluye ninguna de las anteriores y menos aún la segunda. Al contrario, son su complemento, pues esas visiones, junto con otras mas(16), descubren esencias, modos fundamentales del ser humano. Este autor ha querido resaltar entonces, la importancia del juego en la vida del hombre.

En su obra, el autor define el juego de la siguiente manera:

El juego es una acción u ocupación libre, que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acción que tiene su fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de “ser de otro modo” (17).

Esta definición comprende las características más importantes del juego, ya que, como ha dicho: los pueblos juegan y lo hacen de una manera extrañamente parecida. Sin embargo, él mismo hace, a dicha noción, las siguientes objeciones: En primer término, la abstracción conceptual de «juego» no ha sido igual en muchas culturas, dada la diversidad inherente a cada una, ya que todas no conceptualizan al mismo tiempo esta noción, y en tal caso, unas son incompletas con respecto a las otras. Este fenómeno, junto con la manera como cada cultura se concibe a sí misma, impide que todas las formas de juego sean subsumidas al mismo concepto (18), de otro lado, señala el autor, cómo la acción de jugar ha acompañado en su base a la cultura, ya que ésta, se ha desarrollado como juego, incluso en los ámbitos preculturales se juega, y también los animales juegan tanto como el hombre. Esto significa, que la abstracción del concepto no es de un carácter fundamental.

El que hayamos caracterizado al juego en primera instancia como una actividad humana libre, implica que tanto el niño como el adulto se sientan a gusto realizando dicha función. De hecho, el adulto realiza la acción de jugar especialmente en tiempo de ocio, y eso significa además, que puede abandonarla en cualquier instante. Si el juego, como se ha dicho, está ligado a un espacio y a un tiempo determinados desde sí mismo, significa, en consecuencia, que está al margen de la vida corriente. De hecho, el jugador vive un espacio-tiempo material o simbólico,subsumido en la magia, es decir, como jugador, da vida a ese ámbito mágico sumiéndose en él. Huizinga resalta dicho espacio de juego como perteneciente a la esfera de lo sagrado. a propósito dice: por la forma no existe diferencia alguna entre un juego y una acción sagrada, y continúa

“el estadio, la mesa de juego, el círculo mágico, el templo (...) son todos ellos, por la forma y la función, campos o lugares de juego; es decir terreno sagrado” (19).

El que no se establezca una diferencia formal entre la acción sacra y el juego, significa ante todo que el espacio de juego, raya en una seriedad semejante a lo sagrado. Pero lo sagrado comporta en sí mismo a lo divino, en cambio en el juego (no sagrado), no subsiste la imagen metafísica de lo sagrado. Sin embargo, en ambos encontramos que sus reglas son inviolables; tanto para la consecución del rito o del juego, violar las reglas es deshacer el juego. Con la diferencia de que el jugador puede trampear siempre y cuando no deshaga el mundo mágico y su ritmo. Por eso para los demás jugadores, el tramposo mientras no se sustraiga definitivamente a las reglas no estropea el juego, por tanto, en el juego no se excluye definitivamente al tramposo, pues este, reconoce, por lo menos en apariencia su círculo mágico. En cambio el aguafiestas arrebata al juego la ‘ilusión’, por eso es un cobarde y es ‘expulsado’ y no merece siquiera el calificativo de farsante.

 

Si queremos dar un calificativo al juego en sí mismo, diremos que es una acción esencialmente inmanente, dado que los fines y la utilidad que le son imputables, (...) no son de ningún modo su motivación fundamental.

 

La seriedad del juego es obviamente una seriedad que no excluye al juego. Sin embargo, lo serio en la totalidad social trata de excluir al juego, es decir, al interior de la actividad lúdica el juego es serio, pero el juego, en general, es excluido del mundo de los serios. Huizinga, a propósito y para terminar, resalta una cita de el libro de «Las Leyes» de Platón que así transcribimos:

«Hay qué proceder seriamente en las cosas serias y no al revés. Dios es, por naturaleza, digno de la más alta seriedad. Pero el hombre ha sido hecho para ser juguete de Dios y esto es lo mejor en él. Por eso tiene qué vivir de esta manera jugando los juegos más bellos» (20).

Al haber intentado explicitar algunas características fundamentales del juego, nos propondremos resaltar, la representación como una categoría esencial que define también el juego, pues todo jugar es un representar. Este tema como es notorio nos pone en contacto con lo estético, la próxima pregunta nos pondrá pues, en conexión con el arte, algo especialmente ligado al juego.

 

3. El arte, ¿qué relación tiene con lo lúdico? ¿Por qué está en el corazón del mundo?, Si el artista es un jugador, ¿a qué juega?

En primer lugar, es bueno resaltar, que el arte produce placer y encantamiento en el espíritu creador. El artista siente placer en tanto exterioriza u objetiva algo que está íntimamente retenido en él. en el sentido del poeta Rilke, la creación artística va unida a un proceso de transformación del mundo visible en algo invisible, y se trata, para la poesía, de devolverlo de nuevo iluminado por la palabra. Lo visible es en sí mismo transitorio, dice Rilke: esta “transitoriedad tropieza en todos los sentidos con un ser profundo” (21). Lo visible, abarca para nosotros aquellas «cosas» con las que tenemos trato cotidiano. Esas «cosas» que hemos tocado, que hemos moldeado frágilmente, y cuyo mundo esta muy ligado al nuestro, son transitorias. Por eso Rilke, señalando la tarea del artista, nos dice:

“Estos fenómenos y estas cosas deben ser comprendidos y transformados por nosotros en una íntima comprensión” (22);

pues solo en nosotros, que con una parte de nuestro ser tomamos parte en lo invisible,

“puede cumplirse esa íntima y permanente transustanciación de lo visible en lo invisible, en lo que ya no depende del ser visible y palpable (...)” (23).

Pero ese ser profundo con el que tropieza lo transitorio, precisa volver de nuevo a lo visible, de un modo ya significado y no perecedero en tanto que pervive en la exterioridad y supone siempre de nuevo a quien parecer. Esta apariencia, que es el aparecer de la obra, es lo que llamamos representación y es aplicable también a las artes plásticas aunque de otra manera.

El juego, tema que nos ocupa en este contexto, tiene esa misma caracterización pero con la diferencia que en éste no hay producción de un objeto nuevo, mientras que en el arte sí. Como ya lo afirmamos, la acción lúdica se queda secretamente entre el jugador o los jugadores y el juego. Sin embargo, en el juego el proceso es semejante al arte y el jugar es ya un representar. Gadamer señala a propósito, que el término Alemán correspondiente a juego, das spiel está asociado al mundo del teatro, por tanto, dice, que los actores no intepretan sino que juegan (24). de esta manera se asocian juego y representación. Tanto el artista como el jugador representan o juegan.

Afirmamos, entonces, que el jugar no es una actividad propia de los jugadores, sino que los artistas también juegan y los jugadores también representan. Pero esa representación en ambos se presenta como una autorrepresentación, en tanto que el jugador o el artista se representan a sí mismos jugando a algo. Todo esto tiene un sentido muy profundo, en tanto que ese sí mismo que se autorrepresenta, establece la unidad entre ser y jugar (25), es decir, el que juega a ser otro, es ese otro, o se transforma en otro. La máscara, por ejemplo, permite realizar este objetivo, como nos dice Abadía Morales, no tiene exactamente el sentido negativo de algo que disimula la verdad, “es de este modo un instrumento capaz de revelar una realidad oculta” (26). El portador de una máscara, personifica lo intencionado en ella, pero no solamente juega a ser otro, sino que se siente transformado. Incluso para los que representa, para los espectadores, sucede también algo semejante. Los niños que están alrededor del enmascarado, saben bien quién está detrás de la máscara, y sin embargo huyen si la máscara se le acerca amenazadoramente. La máscara, crea un mundo de fascinación igualmente entre los adultos.

Esto último nos pone en contacto también con el papel del espectador en la representación. Gadamer nos dice: “toda representación es por su posibilidad representación para alguien” (27), ya que es propio de toda representación tener apertura ontológica hacia un otro, así ese otro está ausente. Esto significa que no solo el actor está referido a la obra, sino también el espectador en cuanto ésta lo refiere. El espectador entonces no solo mira la obra sino que participa de ella. El la vive en forma de padecimiento (pathos); y este padecer la obra opera en él un fenómeno de catarsis. Un espectador, (un buen espectador) deja que la obra lo penetre y por eso vive esa representación con una plenitud impresional. Cuando se trata de una actor trágico, el espectador vive la desolación y el terror del héroe representado y esto ejerce en él un proceso de purificación (28). El espectador al afirmarse en el héroe trágico, se reafirma a sí mismo, sufre un proceso de desdoblamiento y libera su alma oprimida (29), un proceso igualmente curativo ejerce el juego sobre los jugadores, pues los libera de las presiones de la vida pública.

Queremos tambien poner ante los ojos, el modo cómo sucede el juego de la esencia y la apariencia en la producción de la obra de arte: Todo fenómeno tiene un ser que lo soporta, el ser que mantiene la obra es tambien un aparecer. El hecho de que todo ser se revele como fenómeno, no implica que la obra se agote en dicha aparición, pues el fenómeno revela una múltiplicidad, inagotable, infinita en sus potencialidades. así que tanto la ausencia, el proyecto, la existencia, etc. revelan igualmente al ser. Friedrich Nietzsche plantea, que el ser que soporta la obra es voluntad, que es la esencia de la vida. Esta voluntad de poder, necesita de una bella apariencia que es apolínea. esta forma hace referencia a la bella forma individual que aparece, y que se opone a esa multiplicidad de elementos que en la voluntad, generan la obra de arte. Apolo, según Nietzsche, logra envolver en un delicado tejido, en su serena razón, la irracionalidad marcada desde la voluntad, lo dionisiaco (30).

Nietzsche, al introducir la duplicidad de lo apolíneo y lo dinisiaco, muestra especialmente una teoría del arte. Allí plantea como se da ese proceso de nacimiento y muerte de la tragedia griega: En el drama musical griego, en el lirismo coral orgiástico destinado al culto de dioniso ve el nacimiento de la tragedia, y su muerte como un suicidio protagonizado por Sócrates en palabras de Eurípides cuando desaparece el drama musical en el teatro. Murió cuando Eurípides transforma el mundo trágico en una serie de hechos racionalmente encadenados (31).

Lo trágico va perdiendo sentido a medida que el universo va teniendo una estructura racional. Por eso en la filosofía socrática Nietzsche ve el triunfo de cierta razón en occidente que se impondría hasta nuestros dias, despreciando al instinto y con él al arte inconsciente.

Se comprende, que hay una forma de entender el arte como un juego entre la esencia y la apariencia, entre la racionalidad y la irracionalidad, entre la embriaguez y la sobriedad; y que solamente el arte trágico pudo conciliar. El arte es el juego que está en el corazón del mundo, porque permite conciliar lo que de otra manera es irreconciliable. Apenas comprendiendo el juego de estas fuerzas antagónicas se nos aparece en forma más clara el proceso de la creación artística.

La creación del artista implica entonces ese juego de polaridades. Y el artista que se ve abocado a la producción, por la diversidad de sus fuerzas, juega a dicha conciliación. En toda representación artística nosotros descubrimos un juego, que permite comprender no sólamente al mundo y al hombre, sino a lo que verdaderamente los concilia, el arte. Que como hemos dicho es un juego, solo que el más placentero y el más doloroso para el artista creador.

 

4. Y por último, la tensión juego-pedagogía ¿Cómo queda?

Lo dicho hasta el momento pone «ante los ojos», de nuevo, la relación juego-pedagogía, tema que subyace en el fondo de estos planteamientos. Un primer elemento pone de presente que la acción de jugar en el hombre implica una intencionalidad connatural a sí mismo, aunque esta intencionalidad no indique una actitud reflexiva del hombre en sentido fenomenológico trascendental (reducido a la significación de la conciencia). El hombre es un ser que juega, lo hace intencionalmente, y sin embargo, la sociedad coarta lo lúdico. y esta coartación se ha extendido igualmente a las academias.

Salvo algunos espacios de educación preescolar y en pedagogía musical, aunque de manera incompleta, las academias no tienen en cuenta el jugar como una acción ligada teleológicamente a la enseñanza, esto es, como reasunción intencional del juego con fines pedagógicos. En un comienzo anotábamos que la tensión juego-pedagogía, permite pensar igualmente la distensión. Pero esta distensión, en nuestro contexto, no es pensada a partir de la abstracción pedagógica o desde la superestructura educativa, sino, partiendo del juego y los jugadores, y en un caso concreto, los niños. Estos de ningún modo rechazan el ámbito social y académico, pues es conocida su flexibilidad en este sentido. Los jugadores, así estén en la institución en el momento de jugar, no sienten las presiones de la academia, y desinstitucionalizándola de manera no consciente, también cumplen con sus normas. Es así, que rompen con la ley institucional a través del juego, y sin embargo, distensionan esa relación en aras del juego mismo.

En esa cesación de juego se crea una discontinuidad incierta, pues cada retorno en un mismo juego, que es cada vez otro, es tan pleno y total que sobre un fondo de mímesis se hace único. Pero también, cada espacio de no-juego prepara el advenimiento del juego, y esto se hace más notorio en la iteración del mismo juego que es también único. Entonces, los jugadores en su acción, flexibilizan lo serio social con el propósito inconsciente de volver a jugar. Esta intencionalidad permite pensar un télos inmanente que tiene el ámbito del crecimiento, y en este sentido hay un retorno a lo mismo, pero desde los parámetros cada vez diferenciados de la dinámica social, lo que permite una preparación para la vida, aunque de una manera no consciente.

 

En toda representación artística nosotros descubrimos un juego, que permite comprender no sólamente al mundo y al hombre, sino a lo que verdaderamente los concilia, el arte. Que como hemos dicho es un juego, solo que el más placentero y el más doloroso para el artista creador.

 

Un segundo elemento nos viene a partir del planteamiento con Gadamer, de que es propio de toda representación por su posibilidad tener apertura hacia un otro, así esta inherencia, implique también su ausencia, puesto que no se juega para los demás. Esto significa también para el espectador no ser excluido del juego. El espectador del juego, en su totalidad lo padece, o se deja jugar, aunque ya no a la manera de puro padecimiento como sucede en la representación artística, sino a la manera de ser consciente vigilante de lo concreto: el juego, el «ser jugado» pero con una vigilancia prudente. Así el adulto ya no es censor, es vigilante discreto y no ha partido de lo abstracto. Esta actitud es semejante a la de un espectador que conoce, frente a una pantalla de cine; si es un buen espectador se deja atrapar por la obra, (la pantalla y el drama), y así es lo otro en plenitud. Esto lleva a no excluir el saber del que mira, pues es entendible que el que más sabe, más puede aprender, o el que ve y sabe participa mejor que el que ve y no sabe. El estar «desnudo» frente al escenario, implica despojarse de lo abstracto, para dejarse penetrar por lo concreto. Así, es necesario entrar al arte «desnudos» y eso es ser lo otro en plenitud. Sin embargo, el buen espectador, ha suspendido lo abstracto en aras de lo concreto y esta es una actitud no censora.

Con la pedagogía sucede algo semejante si se ejerce una vigilancia prudente sobre el juego. Esto conlleva entonces una actitud reflexiva del adulto y un querer hacerlo. El que sabe no impone, sino que aprende cada vez más, y su saber no se anquilosa en lo abstracto. Así afirmaba Heidegger que, aprende más el que enseña que el que aprende. Y en nuestro caso se deja aprender a los que aprenden, a los que juegan, aprendiendo uno sus prácticas. En últimas, el dejarse penetrar por lo otro, el juego, en toda su generalidad, no excluye el seguir aprendiendo el maestro, dejando aprender a los demás, dejando jugar. Esto pone la distensión juego-pedagogía también como una actitud voluntaria del maestro. Ambos, jugador-pedagogo contribuyen a la distensión planteada. El jugador frente a la academia desde una actitud lúdica-irracional, y el maestro, desde una actitud racional-consciente. Y esto no lo aleja de lo concreto, el dejar jugar a los educandos es un dejar ser-en- el-mundo.

Parece esta una propuesta difícilmente alcanzable, pues requiere una nueva actitud del pedagogo que traspasa lo social cultural, y permite distencionarla en el juego. La tarea del pedagogo es contribuir a esta distensión puesto que el educando no la tiene, o por lo menos, como ya mencionamos, no produce tensión connatural a la pedagogía. El pedagogo que en cambio sí la produce, pues pertenece al mundo de los serios, requiere una nueva actitud consciente-racional de sus prácticas pedagógicas. En todo esto se comprende, queremos plantear una pedagogía de lo concreto, para el contexto del juego; es una pedagogía del juego que desestructura al sujeto, en el sentido de la modernidad, que ha entrampado a la razón en una racionalidad instrumental, que es inflexible frente al Mundo de la Vida, y que en últimas no se deja estimular, ni revitalizar, por la irracionalidad de la Praxis que es concreta; una razón que solo tiene al frente sus propias representaciones.

Retomando a Husserl que propone como tarea, hacer una ciencia del Mundo de la Vida como ontología del mundo de la vida (32), la propuesta lleva a plantear una pedagogía de lo concreto, que es el juego, una ciencia del mundo lúdico, como ontología del juego, que propone una vez más, volver a la cotidianidad.

 

NOTAS

(1) JANKE, Wolfgang. Postontología. Universitas Philosophica, Universidad Javeriana, Bogotá, 1988. p. 29

(2) Ibid. p. 29

(3) Ibid. p. 33

(4) HUSSERL, Edmund. Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Ediciones Folios, México, 1981; p.54 (Praga 1935).

(5) SAVATER, Fernando. Enseñar lo inenseñable. Revista El Viejo Topo. Barcelona, 1978. p. 25. (Ponencia leida en el congreso de filósofos jóvenes en torno al tema “la enseñanza de la filosofía en el estado español”).

(6) Ibid. p. 25

(7) Ibid. p. 28

(8) SARTRE, Jean Paul. El Ser y la Nada. Ensayo de ontología fenomenológica. Edit. Losada, Buenos Aires, 1986. p.71.

(9) GADAMER, Hans-Georg. Verdad y Método. Fundamentos de Hermenéutica filosófica. Edic. Sigueme, Salamanca, 1988; p.146

(10) Ibid. p. 146

(11) Ibid. p. 146

(12) Ibid. p. 147

(13) Ibid. p. 145

(14) Ibid. p. 147

(15) Ibid. p 150

(16) Edmund Husserl por ejemplo, caracteriza al hombre como un ser curioso.

(17) HUIZINGA, Johan. Homo Ludens. Alianza Editorial, Madrid, 1987. p. 45

(18) Ibid. p. 46

(19) Ibid. p. 23

(20) Ibid. p. 276

(21) RILKE, Reiner-María. Obras de Reiner María Rilke. Plaza y Janes, Barcelona, 1971. p.1452 (Traducción José María Valverde)

(22) Ibid, p. 1453

(23) Ibid; p. 1454

(24) GADAMER, Hans-Georg. Verdad y método. Op. Cit. p.152

(25) Ibid. p.156

(26) ABADÍA MORALES, Guillermo. Teoría de las Máscaras. Actuemos No. 21, año VI, Bogotá, 1988; p.13.

(27) GADAMER, Hans-Georg. Verdad y Método. Op. Cit. p. 152

(28) Ibid p. 177

(29) Ibid p. 177

(30) NIETZSCHE, Friedrich. El nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, Madrid, 2000. p. 41

(31) Ibid. p. 116

(32) HUSSERL, Edmund. Crisis (...) Op. Cit. p. 175


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