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La irrupción del cine en América Latina: Modos de ver y de hacer
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Rigoberto Gil Montoya


En términos de su avance cultural y social, América Latina permite la llegada del cine a sus aldeas polvorientas desde comienzos del siglo XX, un tanto para animar su imagen en el espejo enterrado y otro poco para recibir noticias del viejo mundo, lo que operaría, en virtud de su educación sentimental, en la puesta en escena de imaginarios colectivos que procuraban su representación. Luego vendría la aventura de hacer cine, de registrar en el celuloide historias de exclusión. Era la posibilidad de enriquecer metáforas propias, de avanzar en la construcción de otros rostros de una América exótica, cuyos trazos empezaban a hacerse ya visibles en el campo de su literatura.

 

Una plaquette

"Convéncelo de que vaya al cine", le decía.

"Aunque no le gusten las películas tendrá por lo

menos una ocasión de respirar aire puro"

 

(Fue la conminación que le hiciera Ursula a José Arcadio Segundo para que distrajera al solitario y obstinado coronel Aureliano Buendía.)

 

El camino ha sido breve pero intenso. El cine primero arribó a Latinoamérica como el hielo a la aldea de los Buendía. Llegó bajo el halo de lo misterioso. Era el invento que cambiaría para siempre el juego de asumirse en los espejos y ampliar el horizonte de la cultura, inserta en la sustancia de lo simbólico e identitario, a esa alteridad que busca lugar en el espacio de lo popular que se manifiesta, al decir de Renato Ortíz, en lo heterogéneo y discontinuo, imbricado en la memoria profunda de la comunidad(1). Era la posibilidad de conocer la vida de otras tierras, la atmósfera de lugares presentidos en las fotografías y postales o en las correrías por lugares lejanos, cuyas impresiones herían de tal modo la memoria del viajero que una vez de regreso a su provincia, buscaba instaurar en sus lares el pasaje, el parque o el edificio que lo había deslumbrado en otra parte.

Durante las primeras décadas de este siglo, cuando el cine había sido inventado en Francia a finales del XIX y empezaba a circular por otros continentes, Latinoamérica recibió los productos de este nuevo invento como una forma de inscribir su espíritu aldeano y acaso su aislamiento geográfico, a las exigencias de la modernidad. Pero no sólo se trataba de "ver" cine y apreciar los dramas de las sensuales y encantadoras divas Borelli, Manzzani, Quaranta y Jacobini, para reconocer en ellos, representadas, las afugias del amor, de los sentimientos y los afectos y enterarse, a su vez, que tales representaciones no estaban muy lejos de un orden colectivo universal y que por lo tanto era factible compartir su esencia, evidenciar un estado del mundo que también les correspondía. De manera que ir al cine, asistir a ese acto ceremonial, era asumir un orden global, en virtud de acendramientos culturales y similares modos de ver y agenciar un imaginario simbólico que reclamaba nombrar esta otra parte del mundo que tantos delirios causara a los buscadores de quimeras y manantiales de eterna juventud.

Esas sombras que primero contaron en silencio anunciaban aspiraciones, perfilaban una historia que más adelante conocería las múltiples versiones de un diálogo en los cafés matutinos o detrás de las lonas puestas de improviso en los parques, para convocar esa luz que permitía el decurso de una
historia, la visión de un drama. Era la época romántica de una recepción que pronto arrojaría los primeros frutos -más allá de la diversión y el entretenimiento que hacía de la proyección cinematográfica un espectáculo al aire libre o en distinguidos clubes y teatros temporales-, como forma expresiva que buscaba su lugar, es decir, un instrumento para narrar los dramas locales, para vender imagen y reconocerse en el espejo. Pero también sería la época de una recepción inicial que marcaría para siempre la sensibilidad aldeana, la misma que lograra retratar muy bien el novelista nicaragüense Sergio Ramírez, cuando hace de la exhibición de la película "Castigo divino", en un teatro de pueblo, todo un pretexto para contar la historia de un colectivo de los años treinta. Se va al cine, desde luego, pero se regresa de él con otros sentires y con un deseo de fijar un punto de vista, de iniciar la discusión:

"Debe prohibirse película a todas luces inconveniente" es el título de la gacetilla que va a escribir mañana con el objeto de prevenir a los lectores de los riesgos que entraña el argumento de la cinta, ya que con sólo concurrir al cine, personas sin escrúpulos pueden aleccionarse en el arte de la preparación de tósigos mortales...(2)

Vendría después la inserción de los artefactos cinematográficos a las rutinas familiares. Fue la época en que muchas ciudades latinoamericanas quisieron registar en el celuloide sus dramas locales y sus avances en materia económica y social. El cine entonces facilitaba el conocimiento de lo otro, de lo distinto y remarcaba al mismo tiempo, la urgencia de la identidad en el plano de lo cultural. En el documental mejicano La línea paterna (1925-1995), dirigido por José Buil y María Sistach, donde se recoge la vida familiar y local de cuatro generaciones, con base en álbumes, cartas y fragmentos de películas filmadas por el doctor José Buil Belenguer-hombre emprendedor que decidió abandonar las tierras de Valencia (España), luego de la trágica muerte de su esposa y sus dos hijos, para probar fortuna en México, en la década del diez-, se insiste en las bondades de registrar la historia bajo la poética de la imagen en movimiento. En 1923 le ofrecieron al doctor Buil Belenger una cámara Pathé-Baby, con su inconfundible gallo como logotipo: «En la vida de todos -escribe el doctor Buil en su Diario de filmación-, hay juguetes inolvidables»(3) .

 

El cine entonces facilitaba el conocimiento de lo otro, de lo distinto y remarcaba al mismo tiempo, la urgencia de la identidad en el plano de lo cultural.

 

Se refería, por supuesto, a las gracias de esta cámara utilizada por él siguiendo las instrucciones del manual que recomendaba encuadres y tomas familiares: «Juguete educativo, sin duda»[...]»Juguete para matar el ocio y entretener el tiempo».

De este sano entretenimiento registró para sus descendientes y para la historia cinematográfica de México, 300 películas que recogían quince años de la vida familiar y local en Papantla, enclavada en la Sierra Totonaca, cuyas calles, expresó el doctor Buil en los años veinte, «permanecían tapizadas de vainilla». Las cintas eternizaron los rostros de sus hijos, las fachadas de ciertas casas, las actitudes de algunos parientes, los bailes, las fiestas, las calles de aquel pueblo que distaba de la gran Tenoxtitlán dos días a caballo y uno en tren. Sobre el cine, el doctor Buil dejó escrito que era

«propio para divertir a las familias [...] una luz que abría las puertas de la imaginación y traía el mundo a nuestra casa[...]intenso placer de ampliar la vida en un cuadro en movimiento».

El interés hacia el cine casero, manifestado por el doctor Buil, ilustra los gustos de una época. Era el descubrimiento del cine como posibilidad de guardar la memoria, de preservarla a través del movimiento. Con esta necesidad, surgió también la industria del cine.

La empresa de los Hermanos di Doménico, al frente de Francesco y Vincenzo, luego de conquistar el mercado en Panamá y Colombia, en materia de distribución, alquiler y exhibición de películas, más la presentación de toda suerte de espectáculos escénicos, funda en 1914 la SICLA (Sociedad Industrial Cinematográfica de América Latina), para alquilar y vender películas francesas e italianas de corto y largo metraje y producir, por otra parte, películas con sello colombiano, en lo que denominaron Fábrica Nacional de Películas. Y en este sentido, el país registró, en la lista de su patrimonio fílmico, títulos de cortometrajes como Carnaval de Barranquilla (1914), de Floro Manco, La procesión cívica del 18 de julio, Maniobras del ejército en el Puente del Común, La fiesta del domingo 14 en la Escuela Militar y La fiesta del Corpus y de San Antonio (1915), «...espejo deslumbrante de la realidad en lámina luciente», como se dejara dicho en la Revista Películas(1918), de propiedad de la empresa en mención(4). Estas breves filmaciones, exhibidas a tenor de las grandes películas extranjeras (Los últimos días de Pompeya, Luis IV y el leñador, El castillo de la araña, Bodas de oro, etc.), lograban despertar gran emoción entre el público, tanto, que los di Doménico, hombres pragmáticos y empresarios por excelencia, advirtieron que era buen negocio alternar sus espectáculos con material fílmico hecho en Colombia, ante la emoción de los espectadores que aplaudían o enardecían los ánimos en salones como el Olympia de Bogotá o el Colombia de Barranquilla o el Variedades de Cartagena. La SICLA apostaba a este tipo de producto, porque, además, escribe Francesco di Doménico en un editorial de su Revista:

«...una cinta colombiana tendrá un gran efecto de propaganda en el exterior»(5)

Este invento de los hermanos Lumiére (1895), transformaría en buena medida la dinámica social; al menos en regiones latinoamericanas su influjo se hizo sentir durante las primeras décadas de este siglo. De acuerdo con la importante investigación hecha por Jorge Nieto y Diego Rojas sobre los Didoménico, alrededor del cine la vida social en Colombia tuvo antecedentes dignos de mencionar. Cuando los rollos de películas italianas y francesas llegaban al puerto de Barranquilla, luego de pasar por Panamá, y se distribuían por el país en vapor, tren, lancha o a lomo de mula, se daba inicio a cierta agitación social en cada provincia, con Bogotá a la cabeza. Era, por supuesto, la manera más elegante de extender el día, de poblar de sueños y expectativas la mente de los aldeanos que deseaban un beso o una caricia de mujeres bellas y sensuales -La Menichelli, la White, la Borelli, la Bertini-. Los Didoménico entendieron los beneficios de alargar los intermedios en sus espectáculos, porque era el momento adecuado para que sus clientes fortalecieran relaciones sociales. De manera que el cine se convertía en pretexto para exhibir lo último de la moda, para deleitarse con la música que acompañaba el drama silente, para comentar hechos políticos o culturales, para establecer lazos comerciales o, simplemente, para instigar el chisme y el batiburrillo.

Los espectadores en teatros o salones dejaban escapar sus sentimientos más nobles, pero también los más airados, como cuando la película no era exhibida en su totalidad o el proyector fallaba o no se entendía la trama, o aquello que se mostraba atentaba contra las buenas costumbres: un beso más largo de lo común, una mirada demasiado sensual, una expresión salida de tono. De este mundo mágico y lleno de singularidades, disfrutarían las aldeas intermedias cuando la empresa que fundó Francesco di Doménico, oriundo de Castelnuovo di Conza, extendió su negocio por todo el territorio. En 1916 Donato di Doménico Mazzolli decide establecer más nexos comerciales y emprende una correría por el país que lo lleva a conocer el occidente colombiano, viajando por el río Cauca y descu
briendo nuevas aldeas como el Llanero solitario: sobre un caballo:

Las campañas tendrían lugar en sitios que apenas se sacudían el polvo de ser un cruce de caminos entre Bogotá y Popayán, como Cali, o empezaban a sentir los beneficios del primer renglón de exportación, como las capitales del eje cafetero, y en todos los poblados de esas rutas. No hay muchos salones aunque sí cunde la afición.(6)

En el año 22 se filma María, basada en la obra del caleño Jorge Isaacs. Muy significativo el hecho de que esta película, considerada el primer largometraje de la cinematografía nacional, deba su argumento a un texto romántico por excelencia, cuyas resonancias literarias se dejarían sentir por mucho tiempo en el continente. Ante el impacto ocasionado por la película una vez exhibida en las salas de Colombia -no así en el exterior donde no obtuvo el éxito esperado, según recuerdan sus protagonistas en el documental En busca de María(7)- se iniciaría el rodaje de una serie de películas con argumentos similares, donde imperan los dramas amorosos, los conflictos locales, las diferencias de clase y los finales felices. El estudioso Hernando Martínez Pardo sintetiza este período silente detallando los siguientes aspectos:


El gusto cinematográfico de la época. Las publicidades de las películas, los comentarios sobre las mismas y algunos artículos señalan cuatro líneas de interés: los paisajes, los dramas sentimentales-morales, las aventuras y los hechos históricos. (8)

Quizá la metáfora de este orden inicial sea la película cubana El elefante y la bicicleta, narrada desde esa perspectiva italiana que se solaza en los dramas locales, bajo la intensidad compartida. Era la época en que el cine llegaba a animar las ferias, a divertir. Era la época del descubrimiento, de las primeras tomas cinematográficas que han contado, a su modo, esa forma de asumirnos en el plano de lo diverso. Era también la posibilidad de "verse" en el cine y practicar roles que se imitaban de los dramas mismos, y convocar lo último de la moda, asumir gestos y ademanes, fortalecer las relaciones sociales al interior de una colectividad que instaura símbolos y señales, como sucediera en el México aislado de la época revolucionaria, cuando, a falta de periódicos, libros y otros materiales impresos, el cine se convirtió en ventana y vitrina para leer allí las señales -modas, costumbres, etiqueta social- de un mundo en permanente transformación(9). Los modos de ver, aleccionaron al mismo tiempo los modos de hacer.

 

Toma I

El cine de autor ha sido una de las tendencias de nuestro cine en Latinoamérica, una práctica que siempre se ha hecho a trompicones, muchas veces de espaldas a las entidades oficiales y por lo general de frente a la apatía de la empresa y la industria, quizá porque la revelación de nuestra propia imagen, no ha sido característica de nuestro sentir; quizá porque hemos estado inclinados hacia aquellas imágenes deslumbrantes de héroes, dictadores, malandrines y coroneles especializados en perder todas las guerras, a las que hemos preferido construir a través de la palabra -sale menos oneroso, se comprende- , y no mediante las bondades de la imagen en movimiento, la misma que logra capturar una realidad con sus matices y esos pequeños detalles que son la suma de los hechos. Y en esto cabría anotar
la bella metáfora del espejo enterrado, de la que nos habla Carlos Fuentes, a propósito de los restos de espejos que se hallaron en las culturas aborígenes de su país:

Primer viaje alrededor del globlo, en las tumbas de sus sitios religiosos- se refiere Fuentes a las antiguas ruinas totonacas de El Tajín, en Veracruz, México- se han encontrado espejos enterrados cuyo propósito, ostensiblemente, era guiar a los muertos en su viaje al inframundo. Cóncavos, opacos, pulidos, contienen la centella de la luz nacida en medio de la oscuridad. Pero el espejo enterrado no es sólo parte de la imaginación indígena americana. El poeta mexicano-catalán Ramon Xirau ha titulado uno de sus libros L'Espil Soterrat -El espejo enterrado-, recuperando una antigua tradición mediterránea no demasiado lejana de la de los pobladores indígenas de las Américas. Un espejo: un espejo que mira de las Américas al Mediterráneo, y del Mediterráneo a las Américas»(10).

Un espejo que permitió, si se quiere, la creación de una imagen propia, hasta el momento ajena, desvirtuada por el embrujo del trópico que tanto maravillara a los europeos, en la medida en que nuestra imagen fue construida, en principio, desde la mirada y la percepción de los cronistas acosados por la fiebre del oro y por el deseo de nombrar, a costa de la realidad misma, un mundo que apenas si advertían midiéndolo y comparándolo con la nostalgia de una Europa en crisis. Un delirio que, a propósito, Carlos Saura logró capturar en su película sobre Lope de Aguirre, rodada en homenaje a la celebración de los 500 años del encuentro de dos Mundos. Recuérdense las palabras de García Márquez pronunciadas durante la recepción del Premio Nobel en el año 82. Al hacer un recorrido por la historia americana, trae a tema la visión del navegante florentino Antonio Pigafetta, en cuyo libro,

«Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia, le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón, por el pavor de su propia imagen»(11).

 

Hablar de cine en Latinoamérica, es convocar dos instancias: la literatura como texto abierto que sigue nombrando nuestra realidad y los cineastas que persiguen el encuadre de una imagen en movimiento, jamás ajena a esa realidad que de entrada reclama su propia luz.



A ese nativo del cono sur, perplejo y marginado, la razón lo abandonó porque sólo hasta ese momento tuvo conciencia de sí mismo y al asumirla, hubo algo en su interior que al instante convidó su rechazo, su negación.

De modo que, por esta vía, deberá entenderse la importancia del cine de autor latinoamericano, pues a través de esos productos cinematográficos, muy escasos, por cierto, y de muy pobre circulación comercial -salvo en festivales de cine-, vemos reflejado en parte lo que de alguna manera nos hemos negado a aceptar: la diferencia, unas coordenadas históricas que obedecen a otra medida, a otra dimensión en el tiempo, un imaginario híbrido y complejo.

De ahí que autores como los argentinos Fernando Pino Solanas, Eliseo Subiela y Adolfo Aristraín, o los mexicanos Jaime Humberto Hermosillo y Arturo Ripstein, o los cubanos Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás y Juan Carlos Tabío, o los brasileños Arnaldo Jabor y Joaquim Pedro de Andrade, o los colombianos Carlos Mayolo, Jorge Alí Triana, Lisandro Duque, Jaime Osorio, Víctor Gaviria y Felipe Aljure, formen parte de ese imaginario colectivo que es América Latina, de esa mixtura geográfica y humana que a través de las letras ha definido parcialmente su voz y que insiste, a pesar de la ausencia de políticas de apoyo a proyectos cinematográficos en cualquier género, en la aventura del cine que captura y revela el lado oscuro o claro de nuestra condición de ser . Ellos han aportado a esa imagen de espejo que fuera tan huidiza en sus inicios, acaso desde los tiempos en que, como lo revelara la palabra premonitoria de García Márquez, las cosas eran tan recientes que incluso carecían de nombre y cuando el cine pertenecía al orden de lo mágico y sagrado, como lograron asimilarlo los habitantes de Macondo, cuando no entendían por qué un personaje que había muerto en
una película, aparecía de súbito vivo en otra:

El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno, explicó mediante un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios(12)

 

Toma II

Hablar de cine en Latinoamérica, es convocar dos instancias: la literatura como texto abierto que sigue nombrando nuestra realidad y los cineastas que persiguen el encuadre de una imagen en movimiento, jamás ajena a esa realidad que de entrada reclama su propia luz. Una y otros han forjado la representación de algunos elementos de nuestras culturas, han buscado dialogar con nuestras raíces y mitos, con la existencia de un ser producto del mestizaje, y en otro plano más formal, con las escuelas del cine, con ciertos autores representativos y con un museo cinético de personajes que a menudo sustentan un estilo al que, en no pocas ocasiones, se le rinde tributo de admiración. Piénsese, por ejemplo, en los seres descomunales de Fellini ; en los hombres elegantes y seguros de Antonioni; en las damas extrañas y apasionadas, a la vera de los caminos, de Robert Altman; en ese mundo onírico y oscuro de Luis Buñuel, cuyos personajes viven acorralados acorralados por la incertidumbre; en las parejas signadas por lo trágico de Truffaut; en las atmósferas plásticas y severas de Fassbinder, o en los seres comunes de Vittorio de Sica, atrapados por las tragedias cotidianas que enfrentan con dignidad.

El cine de este lado de América, como la literatura misma, nunca ha despreciado ese diálogo con otros horizontes y por ello consigue sostenerse en el panorama de la cultura, donde se convierte en producto de representación y en historia viva.

Nunca como antes los escritores que formaron parte del llamado "boom" latinoamericano y otros cuyas obras apenas empiezan a desempolvarse y validarse en la magnitud de su grandeza, tuvieron tantos nexos directos con esa máquina de ilusión, desde su carácter de cinéfilos, como lectores de un nuevo lenguaje que no tardaron en aplicar a sus obras, hasta la aventura de construir guiones por encargo que les permitieron a algunos de ellos, incluso, sobrevivir a las afugias económicas, como lo narra el propio García Márquez, quien en los difíciles años sesenta, al radicarse en México para emprender la escritura de su obra mayor, participó en la elaboración de guiones para películas que él no demora en clasificar de intrascendentes. Allí pudo conocer a Juan Rulfo -quien tuvo un breve asomo como actor de cine- y su obra que influyó de manera categórica en la suya(13). Por otro lado, ambos trabajaron juntos en proyectos cinematográficos que recreaban en particular la realidad mexicana. Por esa época se llevó al celuloide la novela Pedro Páramo y el guión original El gallo de oro, que años despúes fuera llevado a la televisión colombiana, protagonizado por Amparo Grisales y Frank Ramírez.

Julio Cortázar, cuyo gigantesco cuerpo buscaba pasar desapercibido inútilmente en las salas de cine en París, lugares que colocaba en el mismo nivel de los prostíbulos, o de la
casa de los amigos, o del matrimonio mismo, donde se pretendía "...estar por lo menos solo-entre-los-demás?" (14), presenciaba las peripecias de Tom y Jerry o se imaginaba pertenecer al club de fans, preocupado por perfeccionar el mito de su actriz favorita, Glenda Jackson, según lo refiere en su cuento Amamos tanto a Glenda, es uno de los muchos escritores vinculados a la magia del sueño en movimiento.¿Qué dicha lo habrá embargado cuando uno de sus directores favoritos, Michelángelo Antonioni, llevó al cine en el año 67 su famoso cuento Las babas del diablo, bajo el título Blow-Up? El otro caso especial es el de Carlos Fuentes, quizá el único escritor, como alguna vez lo sugirió en una conferencia dictada en Pereira el colombianista norteamericano Raymond Williams, que logró hacer realidad los sueños de acetato, al casarse con las actrices que veneraba.

El cine como posibilidad de entretenimiento y constructo de vida, marcó para América Latina un gran paso en su desarrollo cultural, según lo anota el novelista Fuentes, al reflexionar en torno a la novela Castigo Divino, del escritor nicaragüense Sergio Ramírez:

«La llegada del cine a las pequeñas ciudades y aldeas es uno de los principales eventos culturales de nuestro siglo en la América Latina...»(15).

De ahí que se comprenda por qué sensibilidades de la talla de un Jorge Luis Borges, quien escribió numerosos textos críticos sobre cine o de Manuel Puig -cuya novela El beso de la mujer araña es un bello homenaje al cine romántico norteamericano de los años cuarenta-, para quien el cine, lo confiesa, es el vehículo por excelencia del sueño y la alegoría, contrario a lo que pretendió en sus novelas, al reconstruir realidades específicas, con el objeto de aventurar un análisis o una representación. No obstante, ambas formas de narrar estuvieron siempre manifiestas en su dinámica creadora que signaba su propia experiencia:

Mi instinto de supervivencia me llevó a inventar que existía sí otro punto de referencia, y muy cercano: en la pantalla del cine del pueblo se proyectaba una realidad paralela. ¿Realidad? Durante muchos años así lo creí. Una realidad que yo estaba seguro existía fuera del pueblo y en tres dimensiones(16).

 

Por donde se aprecie, el cordón umbilical que une al cine con la literatura en Latinoamérica se observa indivisible.

 

El otro caso, sin duda significativo, es el de Guillermo Cabrera Infante, cuya relación es muy fuerte con uno de los grandes inventos de finales del siglo XIX, ya desde la enfermedad de ver películas, ya desde el oficio de la crítica:

Poco después volví al cine con mi madre -confiesa Cabrera Infante-, su genio controlado por mi ingenio, creándome un cordón umbilical con el cine, casi naciendo yo como una pantalla de plata en la boca, alienada por el lienzo de sombras cinescas, ella fiel esposa capaz de ser infiel a mi padre con el espectro proyectado de Franchot Tone, de Charles Boyer, de Paul Henreid -ahora íbamos los dos, como en los días primeros, como en la época de cine o sardina, rumbo a la cueva órfica. Estábamos en una etapa escasa (muchos fueron los tiempos difíciles por que atravesamos entonces y todavía habría otros por venir, pero ¿quién se quejaba de la vida diaria cuando teníamos el opio del cine, con sueños en blanco y negro y a veces, como en los sueños, a color, el olvido y el recuerdo sólo posibles a nosotros los adictos?) pero esa dificultad no era una impedimenta, era una fuerza de gravedad que nos impelía a ir a cine(17).

Por donde se aprecie, el cordón umbilical que une al cine con la literatura en Latinoamérica se observa indivisible. El caso particular ha sido el del Nobel García Márquez, a quien se debe la existencia del Festival de Cartagena y la creación de la Escuela Internacional de cine y TV San Antonio de los Baños, lugar donde ha puesto al servicio de nuevas generaciones de cineastas, su experiencia como escritor y guionista, a más de su gran afición por un arte que pretendió aprender desde adentro en una escuela de Roma, cuando hiciera cursos de moviola y cuando las clases teóricas lo aburrieron tanto, que más bien se dedicó a recrear asuntos de la crónica roja local, entre ellos el sonado caso de la muerte de Wilma Montesi. Ese mismo cordón lo ha fortalecido en el trabajo con los más destacados directores latinoamericanos, algunos de los cuales, como se cita a continuación, han llevado al cine textos suyos:

- El mexicano Jaime Alberto Hermosillo, con su obra María de mi corazón(1979), adaptación del cuento Sólo vine a llamar por teléfono. Otra película suya es El verano de la señora Forbes(1988), del libro Doce cuentos peregrinos.

- El argentino Fernando Birri, "...el hombre de pelo largo, sombrero negro y poesía en la palabra, que por allá en el año 56 fundó La Escuela Cinematográfica de Santa Fe, Argentina, colocando los primeros cimientos para lo que se llamaría El Nuevo Cine Lationamericano"(18), con su obra Un señor muy viejo con unas alas enormes.

- El colombiano Lisandro Duque, con su obra Milagro en Roma, del libro Doce cuentos peregrinos.

- Otros cuentos suyos llevados al cine: La viuda de Montiel y Eréndira.

- García Márquez ha elaborado guiones para cine, entre ellos destacamos: María de mi corazón (Jaime Humberto Hermosillo), El año de la peste, Presagio, Tiempo de morir (Jorge Alí triana), Crónica de una muerte anunciada( Francesco Rossi), Edipo Alcalde (Jorge Alí Triana).

Otros directores no han resistido a la tentación de convertir textos literarios en sombras cinescas:

- El peruano Francisco «Pancho» Lombardi: La ciudad y los perros(1982); Sin compasión(1994), versión libre de Crimen y castigo, filmada en los barrios marginales de Lima.

- El brasileño Joaquim Pedro de Andrade: Macunaima, basada en la novela del cronista Mario de Andrade.

- El colombiano Carlos Mayolo: La mansión de Araucaima (1986), del novelista Alvaro Mutis.

- El cubano Tomás Gutiérrez Alea: Memorias del subdesarrollo(1968), basada en el libro homónimo de Edmundo Desnoes; Fresa y Chocolate(1993), basado en el cuento de Senel Paz, El bosque, el lobo y el hombre nuevo, ganador del Premio Internacional de cuento Juan Rulfo. Gutiérrez Alea escribió en 1993 que la novela de Cabrera Infante, Tres tristes tigres, le sirvió en su carrera inicial para la construcción de algunos guiones cinematográficos, en particular por el manejo de la oralidad y los recursos del escritor para convocar la historia de una sociedad habanera, múltiple y compleja(19). Ello sugiere cómo dos lenguajes, el cinematográfico y el literario, se confunden o se fusionan, en algunos casos, para dar cuerpo al drama, a la ficción.

Humberto Solás: El siglo de las luces(1992), basada en la obra homónima de Alejo Carpentier, de quien el cineasta expresa:

Con Carpentier todos tenemos una gran deuda...no sólo yo[...]Carpentier no inventaba palabras, pero se regocijaba en el descubrimiento de palabras que hacían resplandecer nuestro idioma, que como todos los idiomas, como todas las lenguas, ha sufrido una minimización, una pauperización con el trasncurrir del tiempo(20).

 

Toma III

¿Qué se desprende de una lectura temática de las películas más representativas hechas en Latinoamérica y por latinoamericanos?. Una buena parte resuelve una mirada crítica en torno a problemas políticos, económicos y sociales, quizá los mismos temas que alimentan lo mejor de nuestra literatura. En Argentina, por ejemplo, se ha mantenido un tipo de cine que critica los problemas derivados de la dictadura y la represión, aquellos que denunciara el novelista Ernesto Sabato en su famoso informe Nunca más. Películas para destacar de este período son: La noche de los lápices, la angustia y la tortura que debe soportar un grupo de muchachos universitarios al caer en manos de milicos, apresados en mazmorrras oscuras donde conocen el dolor, la soledad, pero también el sentimiento solidario. Historia oficial(1985), dirigida por Luis Puenzo, con la actuación de Norma Aleandro. Allí se narra la tragedia de una profesora universitaria que al indagar por los padres de una niña adoptada por ella y su esposo, descubre la verdad de las familias desaparecidas y los vínculos sanguinarios que su marido mantiene aún con el régimen. Incluso en películas más recientes como Un lugar en el mundo(1992), de Adolfo Aristaraín, se trasluce el problema del exilio interior, de la búsqueda de una aldea ajena al problema de la represión, donde sea posible soñar con una vida comunitaria. Tango feroz, es la historia de Tanguito, el famoso rockero argentino, cuya vida sirve para representar la desolación y falta de futuro de una juventud aporreada por la guerra sucia, bajo esa visión que procuran las canciones de Fito Páez y Charlie García.

En Cuba, donde ha persistido por tantos años el sueño de una revolución socialista, el cine ha estado al servicio de lo popular, y ha tenido, en buena medida, un carácter pedagógico, altamente ideológico, al tratar temas que giran en torno al fenómeno de la Revolución y a su relación con las potencias extranjeras. Y así lo han entendido sus propios críticos e ideólogos de la talla de Julio García Espinosa, autor de filmes como Son o no son(1978), La inútil muerte de mi socio Manolo(1989) o Reina y rey(1994):

El deber de un cineasta revolucionario es hacer la revolución en el cine. La realidad del cine no es sólo la que refleja. La realidad fundamental del cine es el cine mismo[...] Esta realidad invisible es invencible porque escapa a la actitud crítica del espectador. Es necesario que el espectador vaya al cine a ver cine[...]La revolución que nos interesa es cultural. Nuestra opción frente a un cine comercial o de masas, no es la de un cine intelectual o de minorías. Nuestra opción es la búsqueda de un cine popular(21).

Esta visión que responde a convicciones acendradas en ideales políticos y compromisos con una realidad cultural concreta, ha venido variando poco a poco, en especial por nuevas propuestas, en las que el fallecido Gutiérrez Alea fue promotor básico. Recuérdese su película Fresa y chocolate, visión crítica de una sociedad cubana que discrimina a homosexuales, prostitutas y negros. Visión que enfrenta los problemas de la prohibición de cierta literatura y cierto tipo de arte por considerar que se oponen al régimen castrista. Piénsese en el film Madagascar, esa manera un poco onírica, que recuerda a Cría cuervos, de Saura, donde se revela el problema de una juventud, hija de los tiempos postrevolucionarios, apresada por la escasez y la nomadía, que quisiera escapar a su propia realidad, mediante ceremonias metafísicas y virtuales.

De Chile, vale destacar la figura de Miguel Littín, cuyo documental, Acta general de Chile, es el producto de un trabajo colectivo que logró hacer en la clandestinidad, cuando decidió regresar al país del cual había sido expulsado, para revelar un estado tenso y paranóico, a raíz de las medidas implantadas por Pinochet, como bien lo destaca García Márquez en su reportaje Miguel Littín, clandestino en Chile.

Colombia no ha sido indiferente a la temática de crítica social: desde películas como El río de las tumbas de Julio Luzardo, con su mirada ingenua sobre la violencia retratada en los cadáveres sin dueño que bajan por los ríos colombianos, pasando por Canaguaro, esas luchas guerrilleras a lo Villa y Zapata, y desembocando en producciones como Visa USA, de Lisandro Duque, Cóndores no entierran todos los días de Francisco Norden, Tiempo de Morir, de Alí Triana, Técnicas de duelo, de Sergio Cabrera o Edipo Alcalde, en la que se hace una desalentadora radiografiá de la realidad actual, bajo el lastre de una guerra entre guerrilla, paramilitarismo, ejército y fuerzas oscuras, mezcla de las anteriores.

Pero también empieza una nueva forma de asumir el hecho estético en el cine latinoamericano, bajo el imperio de los sentidos y el influjo de escuelas artísticas como la del surrealismo, que tanto maravillara a Sábato durante los años cuarenta, cuando decidiera abandonar el rigor de la ciencia por la búsqueda existencial a través del hecho estético. Una película como El lado oscuro del corazón determina otro derrotero, muy cercano a lo plástico, a lo onírico y poético. ¿Cómo logra narrar Subiela una película partiendo de los textos de tres poetas fundamentales como Oliverio Girondo, Juan Gelmann, argentinos, y Mario Benedetti, uruguayo? ¿Cómo es posible sostener una historia cinematográfica con tantos silencios y tanta carga existencial en un personaje que bajo el pretexto de la búsqueda amorosa, refriega constantemente al espectador lo absurdo de la vida y los sentimientos? Esta película de Eliseo Subiela representa para el continente lo que La gente de la Universal para Colombia, es decir, la trascendencia de una serie de tópicos que persistían en mostrar realidades inmediatas, no trastocadas. Ahora, bajo lo onírico o el trhiller, y en especial bajo la ironía y lo sardónico, se construye una vision personal que aporta de veras a la discusión de los fenómenos que son propios de nuestra diversidad cultural.

 


NOTAS

(1) ORTÍZ, Renato. Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Convenio Andrés Bello, Santafé de Bogotá, 1998. p. 8-12.

(2) RAMÍREZ, Sergio. Castigo divino. Mondadori-Grijalbo,

(3) Estos diálogos fueron tomados del documental La línea paterna (1925-1955), exhibido en Pereira, dentro de una amplia muestra de películas y documentales, bajo el título, Cien años del cine en Colombia. Muestra centenario cinematográfico regional. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Colombia: junio-julio de 1997.

(4) NIETO, Jorge y ROJAS, Diego. Tiempos del Olympia. Santafé de Bogotá: Patrimonio Fílmico Colombiano, 1992.p. 76.

(5) Ob. cit., p. 126.

(6) Ob. cit., p. 118.

(7) En busca de María. Documental dirigido por Jorge Nieto y Luis Ospina, 1985. Duración: 15 min. 35 mm.Color. En ella se procura reconstruir los momentos de la filmación, las circunstancias que rodearon su exhibición y el destino de los rollos, cuyo paradero es un misterio, aunque algunos de los entrevistados hablan de que los acetatos desaparecieron por acción del fuego o por destrucción cuando jugaban con ellos en sus casas, siendo niños. El documental muestra dos escenas originales de la película que duran sólo unos segundos.

(8) MARTÍNEZ Pardo, Hernando. Historia del cine colombiano. Librería y Editorial Latina, Bogotá. Ed. Guadalupe, 1978, p. 35.

(9) MONSIVÁIS, Carlos. Escenas de pudor y liviandad. Grijalbo, México, 1988. p. 26.

(10) FUENTES Carlos. El espejo enterrado. Fondo de Cultura Económica, México. 1993. p. 12.


(11) GARCÍA Márquez Gabriel. La soledad de América Latina. Corporación Universitaria de Colombia, Cali.1983. p.

(12) GARCÍA Márquez Gabriel. Cien años de soledad. Oveja Negra, Bogotá.1984. p. 179.

(13) GARCÌA Márquez Gabriel. Breves nostalgias de Juan Rulfo. El Espectador, 7 de diciembre de 1980.

(14) CORTAZAR Julio. Rayuela. Oveja Negra, Bogotá.1984. p. 98.

(15) FUENTES Carlos. Geografía de la Novela. Fondo de Cultura Económica, México. 1995. p. 83.

(16) PUIG, Manuel. El Cine y la Novela. En, Los novelistas como críticos, Vol 2. Klahn, Norma y H. Corral, Wilfrido (Compiladores). Fondo de Cultura Económica, México, 1991, p. 286.

(17) CABRERA Infante, Guillermo. La Habana para un infante difunto.Oveja Negra, Bogotá. 1985. p. 103-104.

(18) GONZALÉZ Uribe Guillermo. VII Festival de Cine de La Habana. El convulsionado rostro de Latinoamérica. Magazin Dominical de El Espectador. No. 149, 2 de febrero de 1986. p. 11.

(19) GUTIÉRREZ Alea, Tomás. Otro cine, otro mundo, otra sociedad. En, Kinetoscopio, Número 37. Centro Colombo-Americano, Medellín, Mayo-junio de 1996.

(20) ZURITA Pedro. Entrevista a Humberto Solás. «Yo no le tengo miedo a la vida». Revista Kinetoscopio, 25. Medellín: Centro Colombo-Americano. Mayo-junio de 1994. p. 63-64.

(21) GARCÍA Espinosa, Julio. La doble moral del cine.Escuela Internacional de Cine San Antonio de los Baños. Voluntad Editores, Santafé de Bogotá. 1995. p.33-34.




 


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