"Aristóteles, la felicidad,
la "antropología"

"En incontables ocasiones se ha planteado la cuestión del objeto que tendría la vida humana, sin que jamás se le haya dado respuesta satisfactoria, y quizá ni admita tal respuesta".

Freud.


Antonio Rodríguez


La problematización de la felicidad ha sido permanente a través de la historia del pensamiento, su apodíctica asociación con concepciones de bien y con fundamentaciones antropológicas dan cuenta de la cuestión. En este texto se intenta mostrar la conexión entre felicidad, bien, placer y concepción antropológica u ontología de lo humano en el pensamiento de Aristóteles tomando como referencia la Etica a Nicómaco. Para el logro del propósito se emplea como herramienta epistemológica de lectura la categoría ontología de lo humano en vez de antropología por lo problemático del concepto en su acepción moderna.

El concepto felicidad, término difuso y confuso, desde el mundo antiguo hasta el contemporáneo ha estado asociado a concepciones de bien y, por ende, al campo ético. Sus diferentes formulaciones han dado lugar a la conformación de tendencias y a sendos enfrentamientos permanentes en la historia de Occidente sin que aún haya solución, y quizá no exista porque la felicidad está asociada a concepciones que otorgan finalidades a la condición humana cuyos primeros principios siempre resultan indemostrables, convirtiendo explicaciones y teorías en construcciones frágiles. La debilidad del entendimiento para fundar el Sumum Bonum -cuya existencia posiblemente sólo esté en constructoses permanente;

"en incontables ocasiones se ha planteado la cuestión del objeto que tendría la vida humana, sin que jamás se le haya dado respuesta satisfactoria, y quizá ni admita tal respuesta... parecería más bien que se tiene el derecho de rechazar la pregunta en sí, pues su razón de ser probablemente emane de esa vanidad antropocéntrica cuyas múltiples manifestaciones ya conocemos..." (1)

La fragilidad de los principios fundacionales del bien ha sido puesta en cuestión por algunos pensadores desde la antigüedad hasta nuestra actualidad, consideremos algunos ejemplos. El pensamiento escéptico presentado por Sexto Empírico plantea:

"... en que el Bien es útil y en que es elegible por sí mismo... y en que es capaz de hacer la felicidad, en eso convienen seguramente todos. Pero cuando se pregunta qué es aquello en lo que esas cosas se dan como accidente, caen en una polémica sin tregua, diciendo unos que la virtud, otros que el placer, otros que la ausencia de penas, otros que otras cosas. Sin embargo, si con las mencionadas definiciones se mostrara qué es el propio Bien, no se pelearían..." (2).

J.S. Mill, en El Utilitarismo, considera que

"para demostrar que algo es bueno debe mostrarse que constituye un medio para conseguir algo que se admite que es bueno sin recurrir a prueba"(3).

Otros han planteado que el bien es indemostrable y su validez se funda en una aceptación del sentido común. Si bien no se ha podido demostrar qué es el bien, para fundamentar la felicidad, si se ha argumentado desde diversos sentidos vinculados con el bien y que tienen en común, explícita o implícitamente, aspectos antropológicos relacionados tímida o temerariamente con concepciones metafísicas (4), así las éticas fundamentadas en doctrinas comprensivas y no procedimentales han sido calificadas como metafísicas o antropológicas.

En este texto se intenta mostrar la conexión entre felicidad (eudaimonía), bien y concepción antropológica u ontología de lo humano en el pensamiento de Aristóteles y de manera específica en la Ética a Nicómaco. Es pertinente empezar haciendo algunas consideraciones conceptuales que nos sirven de herramientas epistemológicas para la lectura de las investigaciones del filósofo de Estagira. En el mundo griego, hablar de teorías antropológicas puede resultar temerario e impreciso. Sólo en el siglo XVIII nace y se legitima un tipo de discurso sobre el hombre que lo convierte en objeto de estudio posibilitado a través de su aislamiento de otros entes puestos a distancia del mismo. En la Antigüedad los discursos antropológicos no gozan de autonomía epistemológica ni sistemática, ellos están implícitos en respuestas dadas a preguntas que no intentan problematizar y atrapar en sus redes -en una unidad autónoma- al hombre. En la filosofía griega se intenta caracterizar al hombre para diferenciarlo de otros entes, pero siempre en función de otro estudio; el pensamiento griego nunca estuvo atrapado en el interior de las fronteras antropológicas porque no se podía comprender lo humano sino integrado de manera inextricable con un todo. Así, cuando Aristóteles se ocupa de lo antropológico, en el campo de la ética y de la política, lo hace en función de éstas y no bajo la pretensión de definir al hombre respondiendo en el límite de un interior a la pregunta ¿qué es el hombre?. En el Tratado Acerca del Alma, aunque es una investigación no exclusiva del alma humana, sino de los vivientes en general, nos dice:

"...porque el conocimiento de ésta (el alma) contribuye notablemente al conjunto del saber y muy especialmente al que se refiere a la naturaleza..." (5)


En la Antigüedad los discursos antropológicos no gozan de autonomía epistemológica ni sistemática, ellos están implícitos en respuestas dadas a preguntas que no intentan problematizar y atrapar en sus redes -en una unidad autónoma- al hombre.



Si bien en el pensamiento griego no se puede hablar en stricto sensu de teorías antropológicas, no se puede desconocer la referencia a la condición humana para responder a las preocupaciones de la época. En este sentido usaré como herramienta epistemológica la categoría ontología de lo humano.

Las preocupaciones de Aristóteles por la felicidad (eudaimonía) y el bien humano le demandaron apodícticamente un ejercicio filosófico sobre la condición humana para formular una ontología de lo humano que funciona como un suelo inamovible para erigir sobre él las construcciones de la felicidad y el bien. En el libro primero de la Ética a Nicómaco, Aristóteles después de haber establecido la similitud entre fin y bien se aproxima al problema planteado a partir de las opiniones recibidas (éndoxa);

"no es razón el que los hombres parecen entender el bien y la felicidad partiendo de los diversos géneros de vida sin"(6).

El filósofo de Estagira reconoce la presencia de una diversidad de concepciones sobre el entendimiento de lo que es el bien y la felicidad, concepciones nacidas en las motivaciones que desencadenan los tipos de vida de los sujetos; un agente que valora determinado tipo de vida, deriva de ella la comprensión de bien y de felicidad, pues a la realización de las aspiraciones humanas se le denomina felicidad. Las aspiraciones humanas son el conjunto de elementos que al actualizarse garantizan una existencia placentera, o al menos no displacentera y, por ende, hacen que determinado género de vida sea deseable. Pero las aspiraciones humanas varían de una cultura a otra y aún
de un individuo a otro, arrastrando en su fluir a la felicidad;

"...sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios. Pues unos creen que es alguna de las cosas tangibles y manifiestas como el placer, o la riqueza, o los honores; otros, otra cosa; muchas veces, incluso, una misma persona opina cosas distintas¸ si está enferma, opina que la felicidad es la salud, si es pobre, la riqueza, los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de ellos" (7).

En el común de las personas la felicidad se construye sobre aspectos inmediatos y concretos que socialmente se han erigido como paradigmas del buen vivir y con sus correlatos psicológicos, es decir, con carencias, con deseos. Las necesidades somáticas o emocionales condicionan la imaginación y aspiraciones del agente, construyendo con su materia prima un edén deseado donde la felicidad ilumina el espacio en el que la oscuridad de la carencia ha sido vencida (8). Aristóteles, consciente de estas circunstancias, resuelve las variaciones recurriendo a una fundamentación ontológica de lo humano que provee de cimientos el bien humano, de lo contrario no podría salir de las diversas opiniones sobre la felicidad cayendo en un cierto escepticismo o relativismo hedonista y ético donde la felicidad es el juego de un imaginario de la vida pasional. El filósofo para exponer lo que es la felicidad se aplica a «captar la función (ergon), propia del hombre"(9). Este ejercicio presupone la existencia de un algo propio de lo humano, dado por naturaleza (physis) -construido metafísicamente-. La "antropología" carece de autonomía teórica, no funciona en sí misma y para sí misma, ella tiene una función ontoepistemológica para fundamentar la teoría del bien y la felicidad y una aplicación psicológica en la teoría de la acción (práxis) humana. En este sentido el político debe conocer el alma humana por dos motivos: para el desarrollo de la práxis política y para saber qué es el bien humano sobre el que se funda la virtud y la vida buena-, objeto de la política;

"...es la virtud humana que debemos investigar, ya que también buscamos el bien humano y la felicidad humana. Llamamos virtud humana no a la del cuerpo, sino a la del alma. Y si esto es así, es evidente que el político debe conocer, en cierto modo, los atributos del alma, como el médico que cura los ojos ha de conocer también todo el cuerpo... así también el político ha de considerar el alma..." (10).

El estudio del alma humana se inicia en la Ética a Nicómaco a partir de la identificación de la función propia del hombre que es el suelo del bien, de la felicidad y de la virtud. La función propia (ergon) del hombre se define como cierta actividad del alma según la razón o, al menos, que implique razón (11). Para Aristóteles es necesario agregar a la actividad del alma "según la razón" porque el alma humana se divide en dos grandes partes: irracional y racional (12). La irracional se subdivide en dos partes: la primera, causa de la nutrición y del crecimiento -común con otros seres vivientes-, incapaz de oír la voz del lógos; la segunda, asiento de las pasiones, participa de alguna manera del lógos (13), parte que se moldea a través de la educación y el hábito hasta llegar a desear lo que el orthos lógos pone como bien. La parte racional se subdivide en dos: la primera, llamada científica (diánoia theôretikê), es la que permite con su virtud percibir lo permanente, la acción contemplativa; la segunda, llamada razonadora o calculadora (praktikê diánoia), posibilita captar lo contingente, (14) y que guiada en su virtud por el orthos lógos, después de percibir el bien, deliberar sobre los medios y elegir los correctos, orienta a la parte irracional que es capaz de lógos. En este sentido la felicidad es la buena acción (eupraxía), del alma. La eupraxía es la realización del ergon, es el cumplimiento del fin (télos), de lo humano según el orden natural (physis);

"...decimos que la función del hombre es una cierta vida, y ésta es una actividad del alma y unas acciones razonables, y la del hombre bueno estas mismas cosas bien y hermosamente..."(15).

El ergon, la virtud, como una disposición permanente para actuar el bien, y sus relaciones con una psicología humana se soportan sobre la identificación y caracterización de las partes del alma; conjunto de una ontología humana - "antropología"-(16) que remite indirectamente a la concepción metafísica de physis.

Aristóteles no establece distancia entre el bien, la felicidad, y lo placentero para el hombre, todo está fundado en la misma ontología humana;

"la vida del hombre virtuoso no necesita del placer como un algo más, sino que ella lo tiene en su propio ejercicio" (17).

Para Aristóteles el placer está en la misma felicidad, pero si la felicidad es concebida de acuerdo a cierta actividad del alma ¿cómo encaja el placer en ella? Para responder esta pregunta partiré de la definición y la caracterización del placer que nos da el filósofo.

Los placeres

"... son actividades y fin, y tienen lugar no cuando llegamos a ser algo, sino cuando ejercemos una facultad..." (18).

 

Las preocupaciones de Aristóteles por la felicidad (eudaimonía) y el bien humano, le demandaron apodícticamente un ejercicio filosófico sobre la condición humana para formular una ontología de lo humano que funciona como un suelo inamovible para erigir sobre él las construcciones de la felicidad y el bien.



El placer es acto (enérgeia), existe por sí mismo, es absoluto, él sólo tiene existencia positiva cuando es en toda su plenitud completo y acabado; "el placer es un todo" (19) y tiene su fin en sí mismo. En este sentido, el placer no es un movimiento (kinêsis) que se efectúa para lograr un fin (télos), porque el movimiento transcurre en el tiempo, es fragmentario; el placer es actualidad, se da en un presente determinado. Aristóteles, haciendo uso de su método habitual, intenta a través de ejemplos aceptados comúnmente reafirmar el placer como acto y no como movimiento o proceso generador;

"el placer no es movimiento ni generación, ya que estas cualidades se predican no de todas las cosas, sino sólo de las divisibles y que no son un todo... ni hay generación de la visión, ni del punto, ni de la unidad, ni de ninguna de estas cosas hay movimiento ni génesis; luego tampoco lo hay del placer porque es un todo". (20)

El concebir el placer como acto pone en disidencia al autor de la Ética a Nicómaco con Platón. El fundador de la Academia, en el Gorgias plantea el placer como proceso de permanente llenamiento (plêrôxis) de los apetitos (21). En el Filebo lo hace recurriendo a lo ontológico;

"cuando la forma vital creada... por la unión natural de lo ilimitado y el límite llega a destruirse, esta destrucción es el dolor; pero cuando la vida se torna hacia la restauración de la propia esencia, es este mismo retorno el que, en todos los casos el placer constituye"(22)

No es gratuito el hecho de que Aristóteles dedique varios pasajes de la Ética a Nicómaco, en los libros siete y diez, a objetar aquellas teorías que conciben el placer como movimiento y generación, pues si las aceptara rompería la cercanía y la común fundamentación ontológica de la felicidad y el placer como actividades del alma pagando el coste de la destrucción de su teoría de la acción; ya no podría hablar de actividad del alma, sino de movimiento del alma.

El Estagirita, en su teoría del placer, establece tres componentes fundamentales para la relación placer-felicidad y para la gradación que hace del primero, ellos son: la facultad de sensación, la actividad y el objeto. Así, cuando la facultad está bien dispuesta y el objeto es excelente la actividad es buena y placentera;

"la mejor actividad de cada facultad es la que está mejor dispuesta hacia el objeto más excelente que le corresponde y esta actividad será la más excelente y agradable"(23).

A toda sensación le acompaña un placer, pero de acuerdo a la calidad del sentido de la facultad y del objeto es la calidad del placer; si el sujeto y el objeto son lo que deben ser, el placer es de igual dimensión. Sin embargo, a pesar de que el placer es un acto completo, con actualidad y con las calidades del sujeto y del objeto, es episódico porque los seres humanos por naturaleza (physis), son incapaces de actividad continua; al cesar la acción cesa el placer que la acompaña, de manera similar, mutatis mutandis, se puede concebir el dolor, aunque Aristóteles en la Etica a Nicómaco no lo desarrolla.

El placer y el dolor acompañan la vida que es actividad (enérgeia), pero el placer

"... perfecciona los actos, y por tanto la vida, de todos deseada, con razón todos tienden al placer" (24).

Una formulación similar se hace en el tratado Acerca del Alma:

"y cuando (el alma) declara que allí está lo placentero o lo doloroso, al punto lo busca o huye de ello..." (25).

La búsqueda del placer y la huida del dolor está presente también en otras teorías fisiológicas o psicológicas, por ejemplo, en Freud -con fundamentación diferente-;

"¿qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?... aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo. Esta aspiración tiene dos fases: un fin positivo y otro negativo: por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro, experimentar intensas sensaciones placenteras" (26).

El placer que hace agradable la actividad, la completa y, a su vez, la incrementa en la medida en que el sujeto se siente a gusto. Así, el hombre al complacerse en ciertas actividades desplaza otras que pueden resultar menos placenteras o displacenteras. Si no todos los hombres se complacen en las mismas actividades ni con las mismas cosas, de ello se infiere fácilmente que existen diversos tipos de placeres y que algunos son preferibles a otros de acuerdo al "horizonte de sentido", a las predilecciones y a las competencias de cada hombre, tal vez este es el fundamento del adagio popular: "entre gustos no hay disgustos". De igual manera que los hombres consideran desde sus pasiones la felicidad de diferentes maneras, acaece con el placer, pero Aristóteles no es un relativista del hedonismo; los placeres vergonzosos son perseguidos por hombres viciosos, los placeres honestos, por hombres virtuosos. Así como el hombre virtuoso encuentra su referente en el prudente (phrónimos), los placeres buenos lo encuentran en el hombre bueno;

"... la medida de todas las cosas es la virtud y el hombre bueno en cuanto tal, los placeres reales, serán los que parezcan tales a un hombre de esta especie, y agradables las cosas en que él se complace" (27).

El filósofo en su escala valorativa considera que existe algún o algunos placeres que son propios del hombre, así como existe un acto propio (ergon) del mismo. Esto le permite calificar de superiores a los placeres del intelecto y de inferiores a los de la parte animal del alma, de igual manera que la felicidad más completa y perfecta es la del hombre sabio que tiene la virtud de la parte del
alma más elevada, aquella que le permite contemplar lo permanente, lo no contingente. La felicidad perfecta es la actividad perfecta, que a su vez, es la virtud de la parte mejor del hombre;

" la actividad de esta parte ajustada a la virtud que le es propia, será la felicidad perfecta... esta actividad es la contemplación" (28).

Las teorías de la felicidad y del placer están fundidas en el mismo molde; la felicidad y el placer de la vida contemplativa son lo más completo y alcanzable para los hombres porque la contemplación es la más noble de las actividades por ser propia de la parte más elevada del alma;

"...la inteligencia es lo más alto de cuanto hay en nosotros; y de las cosas cognoscibles las más excelentes son también las que constituyen la esfera del entendimiento" (29).

Por debajo de la felicidad y el placer de la actividad contemplativa se encuentra una felicidad asociada a las virtudes del carácter (êthos), que por no ser virtudes de lo mejor del alma humana están en imposibilidad de acceder al placer elevado y a la felicidad completa:

"feliz en grado secundario es la vida en concordancia con otra virtud, porque los actos de estas otras son puramente humanos... ligadas, pues, como están las virtudes del carácter con las pasiones, deberán estar en relación con el compuesto humano y las virtudes del compuesto son simplemente humanas"(30).

La felicidad obtenida en el ejercicio de las virtudes del carácter demanda de la relación con otros hombres y de bienes entre otros componentes -haciéndola no autosuficiente-, mientras que la felicidad de la actividad contemplativa nace en la autosuficiencia. Sin embargo Aristóteles reconoce que el sabio, en cuanto tiene alma humana y, por ende, una parte sensitiva, ha menester también de lo que es común a todos los hombres, pero sin desearlo más y sí menos, porque la actividad intelectiva brilla con luz propia sobre otras actividades. La felicidad del sabio dedicado a la contemplación es lo que más acerca al hombre a Dios y puesto que los dioses son bienaventurados y dichosos en acto, este hombre está más cerca de la bienaventuranza y de la dicha que el resto de sus congéneres;

"los dioses aman a los hombres que cultivan el intelecto que es lo más cercano del hombre a Dios... que todos estos atributos se encuentran sobre todo en el filósofo, no e s difícil verlo. Por ejemplo, él es el más amado de los dioses, y también naturalmente el más feliz; y de este modo, aun por este concepto, el filósofo será el más feliz de los hombres" (31).

Las consideraciones de Aristóteles sobre la felicidad completa generada por la actividad contemplativa aproximan el pensamiento del filósofo a la concepción del rey filósofo de Platón, quien puede contemplar el bien supremo -que es uno- y la verdad. Sin embargo, esta proximidad conserva su propia distancia porque la ética aristotélica y, por ende, la felicidad está inscrita en las fronteras de un mundo sublunar, un mundo contingente explicado desde el movimiento que abarca también al hombre. Dios como primer motor es el principio de los movimientos del alma, pero su intervención cesa allí; cuando el alma recibe el impulso, sus movimientos en detalle no obedecen a la determinación divina (32). Un Dios que no determina los movimientos del hombre no lo esclaviza a actuar predeterminadamente, pero tampoco lo protege de la fatalidad de un mundo contingente;

"la vida del hombre se mueve entre dos azares: el azar fundamental del nacimiento que hace que la buena naturaleza no esté igualmente repartida, y el azar residual de la acción, que hace que los resultados no sean jamás del todo previsibles" (33).

La gestación del bienestar o de su contrario en buena parte depende del hombre mismo. La ética de Aristóteles es una ética de y para la acción humana, es una ética en el escenario de un mundo contingente y dominado por el azar (34). Pero en medio de esta indeterminación no caótica, el hombre virtuoso se juega la acción para hacerla lo mejor posible, para hacer de la vida una existencia buena, bella, feliz y placentera tal como lo hace el hombre bueno;

"... el hombre verdaderamente bueno y prudente soporta dignamente todas las vicisitudes de la fortuna y actúa siempre de la mejor manera posible, en cualquier circunstancia, como un buen general emplea el ejército de que dispone lo más eficazmente posible para la guerra, y un buen zapatero hace el mejor calzado con el cuero que se le da, y de la misma manera que todos los otros artífices" (35).

La ética aristotélica apunta al bien humano que es inseparable de la felicidad;

"puesto que todo conocimiento y toda elección tienen a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es la meta de la política y cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz" (36).

Esta ética de la felicidad está diseñada para la dimensión humana y no construida sobre el suelo de lo divino o a imagen y semejanza de los dioses porque ellos son en grado sumo bienaventurados y felices; parecería ridículo verlos haciendo contratos, afrontando peligros, arriesgando su vida, que tuvieran dinero, efectuando acciones moderadas (37). Los dioses están fuera de lo contingente y de lo impredecible y por tanto de la ética. Así, la problemática de la ética no se resuelve con una investigación para saber qué es la virtud, sino para ser buenos (38). De nada serviría hablar de vida buena, virtuosa, si ella resulta inalcanzable para los seres humanos. Aristóteles hace del hombre el centro de su ética, pero ella no es lo más elevado porque lo humano no es lo mejor del mundo, hay otras cosas por naturaleza (physis), que son más dignas que el hombre (39). La ética se ocupa del bien que es alcanzable por el hombre. Así la acción y la producción se inscriben en lo que no siempre es igual, sino que puede ser de otra manera (40), pertenecen no a lo mejor del mundo -a lo cual se dedica la contemplación-, porque aquello que no es lo mejor es cambiante, se disuelve en lo que lo generó para dar origen a otros en un eterno retorno, pensamiento común en el mundo griego desde los filósofos presocráticos.

 

Si bien existen ciertos nexos entre la concepción metafísica de physis con el mundo contingente, con el ergon del hombre y con la naturaleza del alma, la ética de la felicidad está hecha a la altura de un hombre concebido desde una ontología de lo humano (...)



Si bien existen ciertos nexos entre la concepción metafísica de physis con el mundo contingente, con el ergon del hombre y con la naturaleza del alma, la ética de la felicidad está hecha a la altura de un hombre concebido desde una ontología de lo humano;

"la metafísica nos enseña, en contra de su voluntad, que el mundo sublunar es contingente, es decir, inacabado. Pero los límites de la metafísica son el comienzo de la ética. Si todo estuviera claro, no habría nada que hacer, y todavía queda por hacer lo que no se puede saber. Sin embargo, no se haría nada si no se supiera, en cierto modo, lo que hay que hacer. A medio camino entre un saber absoluto, que haría la acción inútil, y una percepción caótica, que haría la acción imposible, la prudencia aristotélica representa -al mismo tiempo que la reserva, verecundia, del saber- la oportunidad y el riesgo de la acción humana" (41).

NOTAS


(1) FREUD, Sigmund. El Malestar en la Cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1970, p. 19.

(2) EMPÍRICO, Sexto. Esbozos Pirrónicos, LIII 175-176.

(3) MILL, John Stuart. El Utilitarismo, Alianza Editorial, Madrid, 1989, p.42.

(4) El fárrago moderno en el que se encuentran los debates sobre la felicidad y el bien sigue siendo tan pantanoso como lo fue en el mundo griego. El pensamiento contemporáneo frente a la imposibilidad de fundamentar el bien y la felicidad sin posturas metafísicas, ha intentado erradicarlos del ámbito ético; el bien y la felicidad han sido emplazados a la esfera de lo privado donde las doctrinas comprensivas tienen su reino, en lo público el sujeto es asumido sólo en su dimensión política.

(5) ARISTÓTELES, De Anima, 402 a 5-7.

(6) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, 1095 b 1.

(7) Ibid. 1095 a 20-27.

(8) Una formulación similar encontramos en Freud; "Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico", El Malestar en la Cultura, Op. Cit., p. 20

(9) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, Op. Cit., 1097b 23.

(10) Ibid. 1102a 15-23.

(11) Ibid. 1098a 7-8.

(12) Ibid. 1102a 30

(13) Ibid. 1102a 36 y 1102b 13.

(14) Ibid. 1139a 13

(15) Ibid. 1098a 13-15.

(16) En el De Anima, obra posterior a la Etica a Nicómaco, Aristóteles no pone en cuestión la existencia del alma, sino que aborda el problema desde su naturaleza (402a 23-27.) Y, como es usual en sus investigaciones, se aproxima al análisis desde sus categorías planteadas en La Metafísica y otros textos. Sus investigaciones sobre el alma son de los seres dotados de vida. Estos seres son caracterizados por sus funciones que son denominación de la vida que es actividad, acto, pero a su vez el alma es entelequia o el acto primero del ser que vive, pues sus funciones actos segundos, que inicialmente son potencialidades, facultades del alma. Aristóteles caracteriza las funciones propias del alma sensitiva que es la forma de los seres que pertenecen al conjunto de
los animales para luego hacerlo con las funciones del alma que tiene logos, tránsito efectuado desde la explicación del conocimiento, ahora Aristóteles está en el campo propio del hombre. La investigación sobre el alma humana es cerrada con la teoría del nous, lo más elevado del alma.

(17) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, 1099a 16-17.

(18) Ibid. 1153a 9.

(19) Ibid. 1174a 18.

(20) Ibid. 1174b 11-14.

(21) PLATÓN, Gorgias, 494a 6.

(22) PLATÓN, Filebo. 32b.

(23) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, 1174b 18-20.

(24) Ibid. 1175a 16.

(25) ARISTÓTELES, De Anima, 431b 10.

(26) FREUD Sigmund, El Malestar en la Cultura, Op. Cit., p.19.

(27) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, 1176a 17-20.

(28) Ibid. 177a 16-19.

(29) Ibid. 1177a 20-22.

(30) Ibid. 1178a 9-14.

(31) Ibid. 1179a 23-30.

(32) ARISTÓTELES, Etica a Eudemo, 1248a 25.

(33) AUBENQUE Pierre, La Prudencia en Aristóteles, Cátedra, Barcelona, 1999, p.200-201.

(34) Es necesario considerar que Aristóteles designa como contingente, aquello que es impredecible y que es causado por el azar (tyché), no se lee como lo hace el mundo moderno, ese azar designa sólo aquello que no podemos penetrar y capturar en nuestro conocimiento, es lo indeterminado; "... cuando se define azar, se hace de él una causa impenetrable al razonamiento humano, como si se tratara de una cierta naturaleza"(Etica a Eudemo, 1247b 7-8).

(35) ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, 100b 34- 1101a 5.

(36) Ibid. 1095a 12-20.

(37) Ibid. 1178b 9-18.

(38) Ibid. 1103b 28-29.

(39) Ibid. 1141b 1, 1141a 22.

(40) Ibid. 1140a 1.

(41) AUBENQUE, Pierre. La Prudencia en Aristóteles, Op. Cit., p. 201.


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