"Posmodernidad y giro lingüístico"

Julián Serna Arango

El tránsito de la modernidad a la posmodernidad no implica el relevo de una época por otra, sino la crisis de la concepción de la historia como serie de épocas. De allí las siguientes opciones: O se concibe la posmodernidad como posmodernidad light, en cuanto hace posible la coexistencia pacífica entre los ismos. O se concibe la posmodernidad como posmetafísica, como la oportunidad de repensar los presupuestos de la metafísica, y en particular, su léxico y hábitos lingüísticos.


1. Modernidad

Los intentos por reivindicar la existencia de una época histórica posterior a la época moderna no han sido muy afortunados. Expresiones como «época contemporánea», «época nuclear», no han hecho carrera. ¿Cómo explicarlo? Si lo moderno = lo nuevo, lo último, los cambios que hayan de acontecer en el futuro no podrán menos que clasificarse como modernos. A ello alude Vattimo en los siguientes términos: (…) la Modernidad se define como la época de la superación, de la novedad que envejece y es sustituida inmediatamente por una novedad más nueva (…) entonces no se podrá salir de la modernidad pensando en superarla (1). Cualquier etapa de la historia posterior a la historia moderna sería también historia moderna. ¿El reinado de la modernidad sería, en síntesis, indestronable? Así no piensan quienes han acuñado el término posmodernidad, para quienes las diferencias entre modernidad y posmoder-nidad serían todavía más profundas, en comparación con las registradas entre la antigüedad clásica y el medioevo, entre el medioevo y la modernidad, cuando la posmodernidad no se limitaría a suceder a la modernidad, sino que sería radicalmente distinta. A diferencia de la modernidad, la posmodernidad no sería una nueva época histórica. ¿Cómo explicarlo? La concepción de la historia como serie de épocas no sería la única modalidad del acontecer histórico.

Que la historia se divida en épocas es algo en lo que coinciden los historiadores desde Herodoto. Dentro de un ámbito geopolítico, Occidente por ejemplo, una época sería el período comprendido entre dos fechas. Algunos hablan, inclusive, de las épocas de la historia universal. El procedimiento sería el mismo. Hablar de una serie de etapas en la historia de un pueblo o del mundo sería tanto como hablar de una serie de etapas en la vida de una planta, sería tan sencillo que parece natural. ¿Es verdaderamente natural? Es histórico, es decir, contingente.

En cuanto constituye una unidad socio-cultural, cada pueblo tiene su propia historia, la cual sería posible dividir en etapas. Porque los pueblos europeos no sólo sincronizan (hasta cierto punto) su evolución socio-cultural, sino que además alcanzan un predominio político y militar sobre los más de los pueblos de los otros continentes, la historia europea opera como historia universal. Porque el proyecto político-filosófico de la Ilustración no sólo moldeó buena parte de las instituciones políticas europeas, sino además su mentalidad, hay quienes evalúan los logros de las culturas extraeuropeas con los parámetros de dicho proyecto. No obstante, no faltan las dificultades.

Conquistada la independencia política de los más de los Estados del (llamado) tercer mundo después de la II guerra mundial, pueblos como los islámicos cuyo proyecto de sociedad se inspira en tradiciones culturales ajenas a las nuestras ingresan a escena. Aunque el cristianismo y el Islam participen de un mismo monoteísmo, de un mismo maniqueísmo, inclusive, no faltan las diferencias. Mientras las prédicas del primero se hicieron célebres por sus descripciones del infierno, de los sufrimientos reservados al pecador; las predicas del segundo, en cambio, dan cuenta de las delicias del paraíso prometido a sus fieles. Aterrorizados por las penas del infierno, sálvese quien pueda sería la consigna, los cristianos buscan su salvación individual a toda costa. Tentados por múltiples delicias, los fieles del Islam no escatiman esfuerzos para merecerlas. La expansión militar de los árabes entre los siglos VII y VIII no tuvo parangón. Fueron gestas colectivas por supuesto. Todo lo cual induce el mayor valor relativo de lo individual para el cristiano; de lo colectivo, para el mahometano, y por supuesto la dificultad de aplicar a los últimos los modelos culturales propios de los primeros.

Porque al formular las ideas liberales no sólo se proclaman las libertades individuales sino además un ideal de tolerancia, no es posible imponer las ideas liberales a los pueblos islámicos, cuyas instituciones, cuya mentalidad difieren de la nuestra sin entrar en contradicción con dicho ideal de tolerancia. En dificultades semejantes incurrió el proyecto político-filosófico socialista de inspiración marxista, uno de cuyos pilares lo constituye la teoría de la emancipación de los pueblos, cuando tropas soviéticas invaden otros pueblos, invaden a Hungría, en 1956; a Checoslovaquia, en 1968, para preservar la ortodoxia.

¿Habiendo hecho crisis los proyectos político-filosóficos comprometidos con el concepto de historia universal, sería menester asumir la atomización de la historia a la manera de la historia multicultural formulada por Toynbee o Spengler? Ni siquiera eso. Dado el desarrollo de los medios de comunicación, de los mass media, primero; de Internet, después, se hace posible la circulación de la información, de las ideas, de los modelos culturales hasta límites ayer impensables, socavando la existencia de unidades geopolíticas uniformes desde un punto de vista socio-cultural. De allí que en las grandes urbes concurran una serie de procesos históricos simultáneos, procesos que se cruzan, se superponen y se contradicen.

Habiendo hecho crisis el concepto de historia universal, habiéndose difuminado las antiguas unidades socio-culturales, no pudiéramos hablar de una (hipotética) etapa histórica que operaría el relevo de la modernidad. El corte entre modernidad y posmodernidad, en síntesis, sería diferente al corte registrado entre medioevo y modernidad por ejemplo.

El relevo de una concepción del acontecer histórico dividido en etapas por la concepción del acontecer histórico como una multiplicidad de procesos que se cruzan, se superponen, se contradicen, ha sido interpretado de dos maneras.

- Dada la demolición de los sistemas, en general; de las filosofías de la historia, en particular, se reivindica la coexistencia pacífica entre los ismos. No obstante, ello ocurre sin revisar el mecano -léase léxicos y hábitos lingüísticos- por medio del cual fueron construidos tales ismos, lo cual sería tanto como asumir una especie de posmodernidad light, que en buena parte corresponde a la idea de posmodernidad que sirve de sparring a los detractores de la misma.

- Repensar el mecano en cuestión, lo cual implicaría concebir la posmodernidad como posmetafísica.

 

Paulatinamente se abrió paso el ideal de tolerancia religiosa como resultado de la imposibilidad de la razón para dirimir las querellas en materia de fe.

 

2. Posmodernidad light

La génesis de la posmodernidad light se remonta a la historia de las religiones, y en particular, al ideal de tolerancia religiosa, como se expone enseguida:

En virtud de su rápida expansión, se hace inevitable la colisión del Islam con el cristianismo en múltiples puntos en torno al mediterráneo. Comprometidos con la misma tradición monoteísta, ambos credos participan de un modelo de mundo maniqueísta. No siendo posible demostrar la superioridad de un dios sobre el otro cuando ambos se reputan omnipotentes; no siendo posible la tolerancia siquiera en cuanto ambos se reputan únicos, los límites de la expansión del Islam se definieron por las armas ante las murallas de Constantinopla y en la batalla de Poitiers.

Con el advenimiento del protestantismo, en contraposición al catolicismo de Roma, compiten dos versiones del mismo monoteísmo. Acuden a las armas para definir sus áreas de influencia. A diferencia de lo ocurrido entre el cristianismo y el Islam, el catolicismo y el protestantismo comparten múltiples fronteras y el contacto entre los fieles se hace inevitable. De allí la multiplicación de las guerras de religión. La matanza de los hugonotes la noche de San Bartolomé causó una fuerte impresión entre sus contemporáneos. La guerra de los 30 años diezmó la población de Europa central. ¿Qué hacer? Paulatinamente se abrió paso el ideal de tolerancia religiosa como resultado de la imposibilidad de la razón para dirimir las querellas en materia de fe.

Cuando los filósofos adscritos al positivismo lógico reconocen que no sólo las religiones, sino además las filosofías no aportan pruebas concluyentes para dirimir sus diferencias, surgen dos opciones. O bien se decreta el fin de las ideologías, o bien se aplica a la filosofía un tratamiento afín al aplicado a las experiencias religiosas y se asume una especie de tolerancia filosófica. No sería otro el caso de la posmodernidad light.

Hijo de la tolerancia religiosa, el posmodernismo light asume una postura relativista para la que todo vale. Entre sus consecuencias se destacan las siguientes:

1. Si todo vale, los acuerdos colectivos no serían prioritarios. De allí la desvalorización de lo público.

2. Si todo vale, la oferta de ismos se hace superabundante y su valor decrece en esa misma proporción. De allí el tránsito al nihilismo.

De la mano del posmodernismo light se promueve, en síntesis, un individualismo respecto de los medios y un nihilismo a propósito de los fines.

 

3. Posmodernidad como postmetafísica

Una constante del quehacer filosófico sería la de reivindicar la condición histórica, es decir, la contingencia de todo aquello que una sociedad o cultura considera natural, es decir, necesario. En Grecia, Jenófanes pone en cuestión la mitología y advierte que no es natural que los dioses hayan sido revestidos de figura humana, pues si en lugar de los hombres hubiera bueyes, la figura de los dioses sería la de ellos. La tendencia en cuestión resulta más categórica en el último par de siglos cuando Nietzsche reivindica la historicidad, la contingencia de la moral, y Marx, la de las instituciones políticas y económicas. Nuestro léxico y hábitos lingüísticos no serían la excepción.

 

Porque una lengua es una manera arbitraria de parcelar, cuando no de construir la experiencia, de allí se sigue la no neutralidad de la misma.

 

Porque una lengua es una manera arbitraria de parcelar, cuando no de construir la experiencia, de allí se sigue la no neutralidad de la misma. Al investigar un asunto no será suficiente considerar las cosas, ni siquiera las ideas por medio de las cuales damos cuenta de ellas, cuando además se hace necesario repensar el lenguaje por medio del cual ellas se expresan, se gestan, inclusive. De allí el giro lingüístico operado en filosofía en las últimas décadas, cuyo eje lo constituye la no neutralidad del lenguaje. Ello, no obstante, puede pasar inadvertido, cuando el uso de las palabras, de los hábitos lingüísticos, inclusive, los hace familiares. De allí a considerarlas naturales hay solo un paso lo cual trae sus dificultades.

1. Una vez incorporadas a determinado léxico, las palabras permanecen disponibles no importa si resulten suficientes o insuficientes las clasificaciones implicadas por ellas. Algunos ejemplos. No sólo podemos utilizar la palabra «cubierto», sino además las palabras «cuchillo», «tenedor», «cuchara», y podemos realizar las distinciones de rigor. No ocurre lo mismo a la hora de diferenciar las hierofanías por ejemplo. Hubiéramos podido construir no sólo la palabra «dios», sino además una palabra distinta para designar a la divinidad trascendente y otra para la inmanente, una para designar a la divinidad de los monoteísmos y otra para la de los politeísmos, pero no fue así. Algo similar ocurre con palabras como razón, justicia, democracia, cuando tenemos una sola palabra para designar asuntos más o menos distintos.

2. Aunque todas las palabras surgen de necesidades socio-culturales, una vez incorporadas a determinado léxico tienden a permanecer en él a pesar de las evidencias acumuladas en contra de la existencia o la pertinencia del fenómeno designado o expresado por ellas. Si bien palabras como «flogisto» ya no se usan porque la teoría que sustenta el fenómeno referido por ella ha entrado en descrédito, no siempre ocurre así. Seguimos usando la palabra desinterés a pesar de Nietzsche, y la palabra imparcialidad a pesar de Freud.

Que un lenguaje se haga familiar, en síntesis, no quiere decir que no simplifique la existencia, que no se comprometa con fenómenos, con presupuestos discutibles, obsoletos, inclusive. El léxico y los hábitos lingüísticos propios de la metafísica no serían la excepción. Ello amerita una explicación.

Decididos a emanciparse de las contingencias del devenir, los filósofos metafísicos no escatimaron esfuerzos para buscar un fundamento antisísmico. Platón lo halló en la ideas eternas ajenas al mundo sensible; Descartes, en el yo-sujeto como punto de referencia obligado en la construcción de los objetos. De allí la existencia de una serie de dualismos asimétricos en los que uno de los términos opera como fundamento (las ideas eternas, en Platón; el yo-sujeto, en Descartes) y el otro como lo fundamentado (el mundo sensible, en Platón; el objeto, en Descartes). Alrededor suyo surgen múltiples dualismos subsidiarios como las antítesis teoría-práctica, hechos-valores, lenguaje-pensamiento, forma-contenido, racional-irracional, realidad-ficción. –Los dualismos en cuestión no sólo hacen parte del léxico de la metafísica, cuando, además, son el resultado de uno de sus hábitos lingüísticos más característicos como sería la construcción de dualismos asimétricos. En lo sucesivo nos proponemos discutirlos.

3.1 Antítesis sensible-inteligible

Cuando Platón sostiene que el mundo sensible constituye una copia imperfecta de la idea concebida como modelo o arquetipo únicamente, asume la dicotomía entre lo sensible y lo inteligible. Porque el verdadero conocimiento sería el de las ideas, mientras las cosas sensibles serían objeto de simple opinión, doxa, Platón presupone la degradación del devenir, y en última instancia, de la historia.

Aunque la teoría de las ideas fue controvertida de manera radical desde Aristóteles, la dicotomía entre lo sensible y lo inteligible conservó su vigencia, si no en la misma dirección, si en dirección contraria como ocurre con los positivistas lógicos cuando afirman la dicotomía entre los juicios de valor (relativos a fenómenos intangibles) y los juicios de hecho (relativos a fenómenos sensibles), de tal suerte que los últimos serían clasificados como científicos y los primeros como simple opinión, doxa. Las consecuencias son categóricas. En su condición de juicios de valor los enunciados relativos al arte y a la religión, a la filosofía, inclusive, no aluden a hechos tangibles, y se les clasifica como superstición, como ficción, como especulación. Así como la antítesis entre lo sensible y lo inteligible condujo a la anate-matización de la historia en su versión pla-tónica originaria, en su versión positivista, en cambio, lo hará con la filosofía.

Algunas antítesis subsidiarias se tejen alrededor de la antítesis entre lo sensible y lo inteligible en su versión positivista como serían la antítesis realidad-ficción y la antítesis teoría-práctica. Cuando hablamos de «realidad», desde una óptica positivista, la circunscribimos al ámbito de lo sensible. Las elaboraciones intelectuales sin respaldo sensible, las de la literatura por ejemplo, las clasificamos, en cambio, como ficción. Algo similar ocurre con la antítesis teoría-práctica, cuando concebimos la práctica como la acción ejercida sobre el mundo sensible, es decir, sobre la realidad. La teoría, en cambio, sería un producto intelectual que opera sobre la conciencia, y (por sí sola) no estaría en condiciones de alterar la realidad. Ello no obstante, ha sido puesto en cuestión.

Hoy sabemos que la mente no se limita a copiar el mundo, sino que lo construye; que no sólo intervienen los estímulos sensibles, sino además la experiencia acumulada. Hoy sabemos, en síntesis, que no hay percepción pura, que en vez de duplicar el mundo exterior a la conciencia, construimos un mundo para nosotros con la participación de lo sensible, pero también de lo inteligible en diversas proporciones. En lo relativo a la percepción de los fenómenos del ámbito físico-biótico, la intervención de nuestra experiencia acumulada no suele provocar mayores alteraciones como lo prueba la coordinación de las acciones colectivas como sería un partido de fútbol o una parada militar. En lo relativo a la comprensión de los fenómenos del ámbito social, en cambio, la participación de la experiencia acumulada suele ser decisiva. Aunque todos leamos la misma noticia, los datos, asociaciones o reflexiones sugeridas no necesariamente son los mismos, y no sólo dependen de nuestra formación intelectual, sino además de los intereses y las expectativas acumulados. En lo relativo a la interpretación de los fenómenos culturales, la literatura por ejemplo, la intervención de la experiencia acumulada suele ser determinante. No habiendo un referente común, los datos, asociaciones y reflexiones motivadas por determinado poema suelen ser diversos y dispersos. En todos los casos, en síntesis, interviene el lenguaje, bien sea para articular nuestra experiencia, bien sea para gestarla. De allí que el mundo para nosotros sea ante todo un mundo apalabrado. Entre sus consecuencias estarían las siguientes:

1. No pudiéramos circunscribir la realidad al ámbito físico-biótico, en la medida en que los fenómenos socio-culturales también hacen parte del mundo para nosotros, y en ocasiones resultan más apremiantes todavía. Clasificar nuestros sentimientos, obsesiones, complejos, metas, intereses, prejuicios, presunciones, presupuestos, y en general nuestros contenidos mentales como ficción porque no son tangibles como las piedras resultaría ingenuo, cuando a través suyo (en buena parte) se gesta nuestra conducta. Para nadie es un secreto que en medida nada despreciable el mundo apalabrado procede de la literatura, así como también de los seriados norteamericanos y las telenovelas latinoamericanas. Si los modelos de conducta de los protagonistas de una novela hacen carrera en determinada sociedad o cultura no pudiéramos clasificar dichos modelos como ficción. De allí que las fronteras entre realidad y ficción no estén bien definidas, y en última instancia sean fronteras culturales.

2. Concebido el mundo para nosotros como mundo apalabrado, no pudiéramos reducir el concepto de «práctica» a los eventos desarrollados en el ámbito físico-biótico, cuando debemos incluir también los eventos que alteran el entramado de significados y sentidos a través de los cuales se articula la existencia. Para todos es evidente que un proyecto, una aspiración, un sentimiento estaría en condiciones de cambiarnos la vida así no constituyan objetos tangibles. Si la vida humana se configura, transcurre a través de una red de significados y sentidos, es evidente que un verso, una idea, una actitud, puede alterar un sector relativamente amplio de la red en cuestión, y en esa misma medida perturbar nuestra existencia.

 

3.2 Antítesis lenguaje-pensamiento

Otra de las antítesis características de la metafísica la constituye la antítesis lenguaje-pensamiento la cual hizo carrera desde Aristóteles hasta el positivismo, inclusive.

Ante el fenómeno de la diversidad de lenguas, de la diversidad de léxicos, de la polisemia característica del lenguaje ordinario, de la ambigüedad y los dobles sentidos, podemos colegir que la traducción, la comunicación, inclusive, terminan por ser un arte más que una ciencia, y pudieran aspirar a lo verosímil únicamente. Aristó-teles reaccionó ante el fenómeno en cuestión. Mediante un lenguaje conceptual, un lenguaje en el que las palabras están comprometidas con determinados atributos; mediante un lenguaje proposicional basado en la relación de inclusión de individuos en clases, de clases en clases de orden superior, se haría posible un discurso apodíctico. No es otro el caso de la lógica. Entre sus consecuencias se cuenta la siguiente. Dada la dicotomía entre los discursos apodícticos y los no apodícticos se articula la antítesis entre lo racional y lo irracional, cuando los discursos que no operan bajo el signo de la racionalidad apodíctica son tildados de irracionales. Ello, sin embargo, es discutible.

Porque en el ámbito socio-cultural no sería posible considerar las experiencias al margen del respectivo contexto, se multiplican las diferencias como han señalado numerosos autores. Para registrar las diferencias el lenguaje cotidiano incurre en la creación de significado y sentido a través de la utilización de los recursos literarios. En cuanto se ocupa del ámbito socio-cultural, forzoso sería aceptar, el discurso filosófico participa de la ambigüedad y los dobles sentidos surgidos a partir de los recursos literarios, y hay quienes descalifican dicho discurso en términos de irracional. ¿Quedaría alguna opción? Ninguna. Si bien el discurso conceptual resulta apto para registrar los universales, en cuanto compromete las palabras con determinados atributos, no lo sería, en cambio, para expresar, para comunicar las diferencias. De allí que sea inevitable utilizar los recursos literarios para expresar las diferencias a pesar de la ambigüedad y los dobles sentidos de allí mismo derivados.

 

Si bien el discurso conceptual resulta apto para registrar los universales, en cuanto compromete las palabras con determinados atributos, no lo sería, en cambio, para expresar, para comunicar las diferencias.

 

Porque los universales y el estilo plano no dan abasto para abordar el ámbito socio-cultural, el discurso filosófico difícilmente participa de una racionalidad apodíctica que pudiera servir de criterio para delimitar las fronteras entre los discursos filosóficos racionales y los discursos filosóficos irracionales. Tampoco lo sería la coherencia. Las obras de los filósofos que han pasado a la historia suelen registrar un grado de coherencia aceptable, de lo contrario difícilmente hubieran hecho carrera.

 

3.3 Antítesis sujeto-objeto

En una relación de las antítesis más características de la metafísica no puede faltar la antítesis sujeto-objeto.

De acuerdo con un primer modelo, el sujeto se haría a un lado en el proceso de conocimiento para evitar interferencias, para posibilitar la objetividad. Ello ha sido refutado por el constructivismo, de acuerdo con el cual no hay objeto puro cuando en diversa medida estaría contaminado por la subjetividad.

De acuerdo con un segundo modelo, la subjetividad remite a una serie de contenidos o formas propias de la condición humana tales como las ideas innatas (Descartes) o las formas a priori puras (Kant); dado un uso correcto de las facultades, ello garantizaría la construcción de mundos compatibles, cuando sería posible su comparación objetiva. Aunque el constructivismo de estirpe kantiana (filosofía) o piagetiana (psicología), según el cual la construcción de mundo sería realizada bajo parámetros uniformes, se aplica las más de las veces con éxito en el ámbito físico-biótico, garantizando así la comparación objetiva; dada la vigencia del constructivismo radical en el ámbito socio-cultural, cuando en términos de Bruner:

(…) no sólo construimos el mundo, también construimos el yo (2), las comparaciones en el ámbito socio-cultural resultarían, en cambio, problemáticas.

No sólo no nos comunicarnos al margen de nuestra experiencia acumulada, sino que además ella dista de ser universal. ¿Caeríamos en el relativismo, en el todo vale del posmodernismo light? No necesariamente. Que nuestra concepción de mundo sea mediada por nuestras circunstancias, por nuestra precomprensión de mundo (expresión acuñada por Gadamer), por un léxico, inclusive, no quiere decir que sea incomparable; así en principio lo sea, es posible compararla si hacemos explícitos los presupuestos, las presunciones, los prejuicios implicados.

De ser posible la objetividad, el pensamiento se limitaría a dar cuenta del objeto, el pensamiento nada más sería la forma por medio de la cual representamos los contenidos en el escenario de la conciencia. De allí la asimetría entre forma y contenido. Mientras el contenido jugaría un rol sustantivo, el rol de la forma sería, en cambio, adjetivo. Ello, no obstante, es discutible.

Si el mundo para nosotros es un mundo apalabrado, la forma no se limitaría a ser la representación del contenido, no sería tampoco la construcción realizada con un mecano, con un léxico universal como lo serían las ideas innatas o las formas a priori; cuando más lo sería en el ámbito físico-biótico. Si el hombre es lo que habla, las resonancias semánticas inducidas, sus contenidos implícitos, su red de significados y sentidos no sólo participan en la construcción del conocimiento, sino que dada la diversidad de léxicos lo hacen de manera no uniforme, cuando no es que lo moldean, lo gestan, inclusive.

 

3.4 Recapitulación y síntesis

Mientras la antítesis entre lo sensible y lo inteligible ha llevado a formulaciones polémicas como serían la anatematización de la historia en Platón, y la de la filosofía por el positivismo lógico; la antítesis pensamiento-lenguaje ha fundamentado el universalismo de la metafísica; la antítesis sujeto-objeto, la objetividad. Incorporadas a nuestro léxico, las antítesis sensible-inteligible, pensamiento-lenguaje, sujeto-objeto han prefigurado nuestra concepción del mundo en esa dirección. En tanto la filosofía posmetafísica debate las antítesis en cuestión, posibilita la emancipación de la tradición metafísica.

 

4. Conclusión

No basta con discutir las ideas metafísicas, relativizar los sistemas, proclamar la coexistencia pacífica entre los ismos, como acontece con la posmodernidad light, es menester superar, además, la mentalidad, la inercia del modelo de mundo que gira alrededor de un centro. No en vano filósofos como Kant, Marx, los positivistas lógicos, inclusive, habiendo querido tomar distancia de la metafísica han terminado siendo -en mayor o menor medida- tributarios del modelo de mundo que gira alrededor de un centro. Ello amerita una estratagema todavía más radical.

Desde Nietzsche, Heidegger, Derrida y Rorty, los filósofos posmetafísicos no se han limitado a formular tesis historicistas, nominalistas, en fin, pluralistas, contrarias al universalismo y al objetivismo, cuando, además, han contribuido a relativizar el léxico y los hábitos lingüísticos comprometidos con el modelo de mundo que gira alrededor de un centro. Desde la desconfianza hacia algunos términos del argot metafísico como realidad, conciencia, historia universal, hasta la ejemplificación, pasando por la utilización de figuras literarias, la reivindicación de los recursos sub y supraproposicionales del discurso, la escritura fragmentada, múltiples han sido las innovaciones literarias, estilísticas realizadas por los filósofos postmetafísicos tendientes a hacer del discurso filosófico un discurso más sensible a las diferencias.

No basta reivindicar las diferencias. Es menester adelantar la construcción de contextos compartidos para hacer posible la comunicación, para poner a circular sentido, para no caer en el nihilismo. Leemos en Bruner:

Nuestra forma de vida, adaptada culturalmente, depende de significados y conceptos compartidos, y depende también de formas de discurso compartidas que sirven para negociar las diferencias de significado y de interpretación (3).

Para tal fin debemos trascender las exigencias derivadas del universalismo, las mismas que llevaron al discurso filosófico a evitar los recursos literarios, en general; las figuras retóricas, en particular; debemos trascenderlas para estar en condiciones de expresar las diferencias, de comunicarlas, para no incurrir en el solipsismo, inclusive. De lo contrario, no sólo estaríamos abocados a la incomunicación, sino además a un recorte de mundo a nivel personal, y a la intolerancia, a nivel colectivo.


NOTAS

(1) VATTIMO, Gianni. El nihilismo y lo posmoderno en filosofía. En: El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. Barcelona: Gedisa, 1986. p. 146

(2) BRUNER, Jerome. El lenguaje de la educación. En: Acción, pensamiento y lenguaje. Madrid: Alianza, 1998. p. 205

(3) BRUNER, Jerome. Actos de significado. Más allá de la revolución cognitiva. Madrid: Alianza, 1995. p. 29


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