"
Elogio del Libro"


Rigoberto Gil Montoya


Prolongación de la memoria, testimonio del error y la verdad, prueba fehaciente de la complejidad humana, el Libro teje a su modo los índices e intertextos de la Cultura. Se habla de su ocaso, a veces se presiente su muerte o se anuncia su deterioro. Con todo, el Libro habita entre nosotros, acaso para convertirse en "dañador" de la lucidez de un caballero manchego o en objeto mágico en los relatos de Borges, o tal vez para asumirse hipertexto en los juegos intelectuales de Cortázar y para revelarse vehículo de invocación del poder satánico en las historias policiacas de Pérez-Reverte. Nos permitimos agregar una página más a ese Libro que, inevitable, se prolonga como los deseos de los hombres en su afán de inmortalizarse.

 

Habitamos un presente

Característica o signo relevante de la época actual, la velocidad supedita un orden de las cosas, altera a veces la serenidad de las formas y convierte en ambiente festivo o funerario los espacios ebrios y recónditos de la ciudad: urdimbre de líneas divisorias, confluencia de seres que admiten el roce y las distancias. La velocidad se emparenta con lo perecedero y lo insustancial, con la imagología de una época que todo lo exhibe en la vitrina del consumo. Vivir tiempos vertiginosos, de cambios abruptos, de instantes casi inaprehensibles, hiere la profundidad de la razón, convida, si se acepta, otra metafísica de relación con los objetos, una variante en la comunión con el Otro, un estar en medio de la muchedumbre mientras adviene la soledad y lo excluyente. Sin duda, se habita un hoy cada más renovado y por lo mismo, cada vez más desconocido, incluso para quienes suelen presentarse como sus protagonistas o dolientes.

Se subraya con frecuencia el hecho de la irrupción de los massmedia en tanto instrumentos efectivos para educar o deseducar, según se mire, y como paradigmas en el proceso de la comunicación humana. Las nuevas redes virtuales, los ciberespacios, las más extrañas formas de rutas informacionales, hacen pensar en un mundo enmarañado, donde la tradición y el presente, el canon y la urgencia de ampliarlo con lo diverso y lo distinto, son vindicados a la luz de otras formas de ser y de estar, por otras rutas que nutren el abanico de alternativas, para hacernos visibles, quizá, en un hipertexto que aboga por los diálogos y abomina de los dogmas y fundamentalismos, de cara a las realidades históricas: el fascismo, el franquismo, las exclusiones absurdas en Kosovo, las persecusiones en nombre de Alá. En esta suerte de circunstancias, el Libro: objeto frágil, poco inmune al cáncer del tiempo, tela de palabras cuya textura invoca lo arcano, zahiere la represión, involucra el ánimo libertario y trasluce, en sí misma, la aventura de los seres humanos por ser felices.

Y en esta suerte de circunstancias arriba señaladas, se ha llegado a considerar que el Libro, prolongación de la memoria y de los sentidos -la idea es de Borges-, tiende a desaparecer bajo el imperio de la imagen cinética o televisiva, frente a los nuevos formatos operados por la pantalla del computador y otros instrumentos tecnológicos. Bajo este imperio una corriente aboga por la cercanía hacia hojas electrónicas alimentadas por memorias artificiales, por ships que poetizan, de otro modo, los estados oníricos y de vigilia. La araña (web) sujeta a corrientes de energía eléctrica propala otra comunicación: alimenta autopistas, señala ventanas, indica recorridos hipertextuales, se burla de la finitud, hace del shatteo? la más flamante y acaso embrollada forma de comunicación. En fin, la araña, hilo del tiempo, dice tejer el mundo presente, cambiante, ilusorio, dejando atrás, en apariencia, el rezago, lo ya superado.

Se insiste asimismo en que, al formar parte de la era informática, se deben poner en práctica modelos o estrategias de lectura rápida, de modo que seamos competitivos en el momento de enfrentarnos a la decodificación de tanta información que se produce a nivel escrito. De ahí que proliferen los cursos de Lectura Rápida, las Estrategias de Lectura Dirigida, los Métodos para almacenar información, o los Manuales que enseñan, de manera conductista, a desglosar o recibir mensajes, sacando provecho de ellos en el menor tiempo posible. Todo lo cual, por supuesto, asumido desde un carácter utilitarista, para una sociedad que ha hecho del utilitarismo casi un derrotero ético.

Sin embargo, es difícil encontrar, por ejemplo, un Curso de Lectura Lenta o un Plan que privilegie el goce estético por sí mismo o el Ocio creativo que anime el sueño o la fantasía. Valdría la pena estimular espacios para la Lectura, sin utilitarismos marcados, sin contraprestaciones tan propias de las demandas modernas. Es tan sólo propiciar ámbitos para el acercamiento con el Libro como objeto seductor, lúdico y portador de saberes. Es permitir un ejercicio de comprensión en torno a ese producto vinculado al avance de la civilización: "Querer comprender -señala Steiner- hacer una buena lectura ¿no es querer ser libre?" Es hacer de la Lectura un hábito y con él, la posibilidad de animar sentidos, de crear expectativas y de invitar al juego y a la creatividad.

Baste decir que la otra corriente, que observa con recato la efectiva labor de la araña, que la interviene en ocasiones para admitir los imponderables avances de la tecnología, aboga mejor por el rezago y lo ya superado, esto es, por el Libro de cubierta dura o blanda, impreso, oloroso, portador de las huellas de sus creadores, amigo paciente en los anaqueles de la biblioteca, de cara al mundo tras su lomo sugestivo. He aquí un elogio.

Nos habita la palabra

Aquí en la tierra es la región del momento fugaz.

¿También es así en el lugar

donde de algún modo se vive?

¿Allá se alegra uno?

¿Hay amistad?

¿O sólo aquí en la tierra

hemos venido a conocer nuestros rostros?

(Del poeta Náhuatl Ayocuan Cuetzpaltzin)

Cuando en el relato aparece en escenario un tigre, figura de "terrible elegancia", según Chesterton, presto a lanzarse sobre su presa, el lector experimenta cierta impaciencia, al tiempo que cobija la esperanza de que la presa consiga escapar al inevitable designio. Pero si en el momento del ataque el felino profiere alguna palabra, alguna voz, nuestra impaciencia de repente se transforma en una mueca o desilusión. El tigre ya ha dejado de ser lo que es, para convertirse en un ser emparentado con el hombre y su mundo sensible. Gracias a la palabra el tigre pierde toda fiereza, así no desista de atacar lo anhelado por su estómago. La palabra, pues, opaca su agresividad y salvajismo. La palabra es quizá la instancia que más nos acerca a la comprensión y al entendimiento, no a la barbarie. Tal vez lo que más nos aterra del felino sea su ataque silencioso. Puesto que no está facultado para hablar, ataca a su presa sin mediar palabra; es decir, ataca en el más puro silencio, en el más mortal sigilo.

Se entiende que la personificación en el relato es mero recurso del hombre para modificar, mediante la palabra, una realidad que alimenta el plano de la ficción. Se entiende a la vez que el tigre persistirá en su ataque, obedeciendo al instinto natural, mientras su presa a lo mejor convida algunas palabras temblorosas, para morir en paz consigo mismo. La palabra, con su magia de siglos, nunca le ha sido ofrecida al animal, como lo refiere la sabiduría maya-quiché, en el Popol Vuh.

A propósito de este texto aborigen mexicano, los animales allí son relegados por los dioses, reducidos a simples emisarios, a presas que mitigarán la fatiga de los días. Mientras el hombre puede exigir a sus dioses alimentos, a través de ofrendas o plegarias que satisfagan su vanidad, el animal debe aceptar su irremediable condición de marginado. La importancia de la palabra como vehículo que acerca a la trascendencia humana no es asunto que se determine por la rigurosa cronología de la historia. Nace el hombre y con él la urgencia de la palabra para materializar su trascendencia.

Curiosamente, uno de esos textos considerados base de nuestra literatura americana, el Popol Vuh -libro de la comunidad-, exalta el valor de la palabra, al referir la aparición del hombre sobre la tierra como consecuencia prefigurada por los dioses en su búsqueda de un instrumento eficaz, de una máquina que pudiera nutrirse y multiplicarse de palabras:

Llegó así entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.

 
La palabra es quizá la instancia que más nos acerca a la comprensión y al entendimiento, no a la barbarie. Tal vez lo que más nos aterra del felino sea su ataque silencioso.

 

Los enviados de los dioses se pusieron de acuerdo para crear un ser superior a los animales, con el objeto de poblar la tierra y adorar a sus progenitores. Los enviados hablaron entre sí, es decir, intercambiaron palabras, se comunicaron: "Entonces se manifestó con claridad mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre". Muy clara su misión en la tierra: adorar a sus dioses, recordarlos por siempre, magnificar su memoria. Los demás seres terrenos desempeñarían otros roles; sin el don de la palabra, cada animal habitaría un lugar específico, afrontando la verdad de su destino a base de guturaciones o gestos incomprensibles. Por lo tanto, el mico viviría sobre los árboles, el venado no tendría cola, los animales se comerían entre sí y a su vez serían alimento de los hombres. Y el tigre, así no lo refiera la historia maya-quiché, atacaría entonces silencioso, para sorpresa del explorador, que no consigue invocar a sus dioses protectores.

El hombre arribó al mundo en compañía de la palabra, cara amiga que lo hace soñar y afianzar la existencia de un ser superior, que lo invita a formar parte de un todo colectivo y comunicar al otro lo ocurrido en su interior, donde se cuecen los sueños y las pesadillas.

Los ritos de nuestros aborígenes sustentan su forma en la magia de la palabra. Un sólo gesto, un breve sonido o una débil articulación son apenas suficientes para lograr la comunicación con los otros mundos donde dominan los creadores del todo, incluso del sistema de palabras. Después de la ceremonia vendrá el cansancio, el sueño. Aquí no acaba todo. A lo mejor el sueño invita a explorar otras latitudes, consigue sumergirnos en otros laberintos. Vendrá luego la mañana y con ella, posiblemente, la urgencia de referir al otro lo que sucedió en intangibles dimensiones oníricas.¿Y cómo referirlo? He ahí la palabra, principio y fin de nuestro pensamiento, instrumento para hacer de la trascendencia algo cercano al deseo de los hombres.

Los progenitores distribuyeron a los seres en el mundo por vía de su facultad lingüís
tica. Por algo pudieron decir:

-Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro patas andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo, así se hizo.

Por algo, entonces, nos hallamos sobre la tierra, indicando una vez más, cómo hasta en nuestros sueños la palabra hiere el más leve suspiro, como regalo de los dioses que esperan una oración, acaso una ofrenda. A lo mejor la ofrenda tomará luego la forma del libro y circulará por el mundo en busca de los otros, los que también sueñan y elevan oraciones y asisten a la ceremonia de la vida y sueñan con tigres silenciosos que atacan por la espalda.

 

Nos habita el libro

...Nada como ese brillo suave: los dorados sobre el cuero, tras el cristal...Por no hablar de los tesoros que encierra: siglos de estudio, de sabiduría. De respuestas a los secretos del universo y el corazón del hombre -alzó un poco los brazos para dejarlos caer a los costados, renunciando a expresar con palabras su orgullo de propietario-. Conozco gente capaz de matar por una colección así.

El club Dumas. Arturo Pérez-Reverte

¿Habrá algo de infernal en un objeto de variado lomo, de insinuantes olores y de atractiva textura? No resulta preocupante por tanto que en la ficción de Bradbury, Fahrenheit 451, («temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde»),el Libro sea considerado objeto peligroso, acaso subversivo. A través de esta historia se recrea un espacio en el que este objeto lanzado al mundo de las masas por Gutenberg, valioso y enigmático en las manos de Lucas Corso, el moderno "cazador de libros", debe ser desechado a toda costa, frente a las imposiciones de un mundo maquinado por fuerzas omnipotentes que pretenden masificar a través de los grandes progresos de la tecnología y la automatización. Un mundo manipulado gracias a la ventaja ofrecida por las estratagemas que obligan a la masa a vivir sin sueños e ideales, a enfrentar circunstancias nada fértiles a la imaginación, puesto que el posible vehículo para aclimatar en el hombre la premura de los sueños está vedado por orden irrestricta del sistema coercitivo.

De modo que los Guardianes de la Felicidad, es decir, el cuerpo de bomberos comandado por el exigente capitán Beatty, tienen la imperiosa misión de convertir en cenizas cuanto libro exista en la ciudad, ya que ese tipo de espectáculos motiva el alborozo:

"los libros se elevaban convertidos en torbellinos, incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía".

Ante cuadro tan conmovedor, es necesario alimentar la hoguera con más libros, en busca tal vez de una figura, quizá la forma de una orla de significaciones secretas para el goce, buscando que las palabras incineradas de Whitman, unidas a las de Faulkner por un haz luminoso desprendido inicialmente de alguna página de Dante, proyectara in situ el más claro sueño, enraizado en el pretérito ahora sofocado por las llamas.

Noble tarea la de alimentar el fuego, un tanto fácil y mecánica, si se atiende al hecho de que a través de las mangueras en vez de agua brotan a borbollones chorros de petróleo. Menos mal las casas en este espacio fictivo han sido construidas a prueba de incendios. Así, la acción de quemar bibliotecas enteras es más bien cómoda, lo cual hace del oficio de Guardián un simple que hacer, aburrido a veces, tanto así que ni siquiera en el hogar tales acciones son comentadas con asombro. Sin embargo, los bomberos agrupados bajo el signo de la salamandra como Stoneman, Black y otros, valga decir, se sienten orgullosos porque ofrecen un gran servicio a la comunidad.

¿Para qué imaginar, para qué escudriñar el pensamiento, para qué buscar la belleza en un orbe donde todo se pone al alcance del hombre, a través de gigantescos televisores, de estridentes altoparlantes, de imponderables audífonos para ahogar los gritos de protesta bajo ruidos de tambores y timbales, mientras voces venidas del corazón mismo de los aparatos programados, señalan reiteradas veces el dentífrico que debe usarse para una mejor protección bucal?.

El Libro más bien entorpece el ideal de vida sin problemas, porque convida a presentir otras esferas e incita, lo sabemos, a la beneplácita impaciencia, como le ocurre a aquel bibliotecario que sólo por un fajo de billetes y una Biblia, en la traducción de Wiclif, se hace al Libro de Arena, infinito, siniestro:

«Declinaba el verano y comprendí que el libro era monstruoso(...) Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad».

Está bien que el índice de suicidios, en la época avisorada por Bradbury, sea muy alto. Incluso Mildred, la mujer de Montag, ha intentando suicidarse varias veces. No obstante, sólo basta doscientos dóllares para pagar un lavado intestinal hecho con desdén por paramédicos y el paciente vuelve a la vida para conectarse a un orden cotidiano que niega todo sueño y fantasía. Las preocupaciones, en este caso, se reducen a simples operaciones de rutina. El mismo capitán, con su experiencia a prueba de incendios, frente a la duda que viene sembrando en su interior el bombero Guy Montag, tras haber conocido a Clarisse Mc Clellan -hija de un ambiente familiar libresco- expresa algo de suyo prudente y que se hace perentorio, hoy en día, colocar como consigna en los corredores de las grandes y aventuradas bibliotecas, para calmar de una buena vez esa infatigable búsqueda del ser humano, buceador en las profundas aguas de los signos:

Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?

 

¿Habrá algo de infernal en un objeto de variado lomo, de insinuantes olores y deatractiva textura?


A propósito de signos, sería menester ahondar en las conclusiones del monje Adso de Melk, al recordar la intrepidez de su maestro Guillermo: «cuando no poseemos las cosas, usamos signos y signos de signos». Con razón la abundancia de bibliotecas, como aquella en la que Juan Goytisolo encontrara una puerta de escape al ambiente burgués de su decadente familia y un comienzo a su atormentada sexualidad, cuando fuera víctima, en medio de libros, de los desafueros de su abuelo. O aquella biblioteca de veinticinco mil volúmenes del obsecado Kien, personaje de Canetti, entregada a las llamas como por un encantado conciliábulo de antiguas pregonaciones. Allí se dirá que "La mejor definición de patria es una biblioteca". Pero antes se habría dicho que mientras los hombres demuestran su dolor con gritos y lágrimas, las bibliotecas arden en completo silencio, sin proferir nada, distantes en su propia vulnerabilidad.

Acaso porque al abrir el libro y permitir el desnudarse de sus palabras intrínsecas, ello motive en el lector una suerte de metaformisis con graves consecuencias, porque nadie sabe, y de ahí quizá la imprudencia de quien aparta las caras de esa forma rectangular para buscar en su interior algo de verdad, qué le depara el destino en ese momento, pues como diría el dueño de aquel «Libro diabólico», «Lo que se ve en el libro, se ve una sola vez». Es comprensible por qué el protector de la biblioteca hexagonal, Jorge de Burgos, custodia con tanto celo esa biblioteca dispar donde descansa la memoria humana, tan sólo con el propósito de guardar el segundo libro de la poética de Aristóteles, donde se refiere, según los pocos lectores de tal texto sagrado, que la risa es connatural al ser humano.

Para el ciego Jorge de Burgos, la risa es quizá el acto que más emparenta al hombre con los animales, los hace débiles y propensos al pecado, y sobre todo, al irrespeto: «La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono», expresa vehemente el vigilante de la memoria escrita, aquel que también dijera: «La biblioteca es testimonio de la verdad y del error». Si la risa forma parte de la sustancia humana, y si ello lo afirma el docto Aristóteles, posiblemente el mundo estaría al borde del caos al permitirse disfrutar, con todo el desparpajo, la comedia de la vida diaria, al sopesar el consentimiento de tan magnífica figura. Empezaría el hombre a desatender incluso a su propio dios.

De hecho, la tenencia del libro puede convidar el crimen. La sed de los monjes benedictinos por el saber, por hurgar en esos textos sacros, vulnerables y custodiados por siglos en la biblioteca de la Abadía, donde Adso de Melk desfogó su cuerpo ante el perfume de la rosa, ignora el seto de la prudencia. De ahí los múltiples crímenes, el incendio mismo de la biblioteca, una trama que visita los desafueros del alma individual.

Algo habrá de infernal en el libro, porque de otro modo no entenderíamos la arriesgada locura del hidalgo Don Quijote. Cuando el cura y el barbero hacen el escrutinio de la biblioteca personal del hombre que se enfrentó con valentía a los molinos de viento, buscando acabar con los culpables de tal demencia, entendemos entonces porqué es mejor «repudiar el libro», como diría airado Jorge Zalamea frente a las escalinatas. Y la misma inteligencia de la ama de llaves de nuestro ilustre caballero lo confirma:

-Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.

Para la sobrina del hidalgo los libros son «dañadores» y por lo tanto ninguno debe salvarse del fuego y el castigo. Libro y Fuego parecieran formar parte de una ecuación que deriva, en virtud de una operación matemática exacta, en Purificación y Absolución. El Libro es portador de las cicatrices e improntas de los seres humanos; podría ser producto de la soberbia, pues quien escribe aspira quizá a la inmortalidad y este deseo suyo, lo iguala, por supuesto, a la idea de dios que se tiene en occidente. Podría también ser una forma de combatir el insomnio -recuérdese a Funes el memorioso-, para admitir un orden en la lucidez de los días. Porque lo otro, ajeno a la soberbia y distante del insomnio, sería la locura, ese campo de concentración en que resulta imposible perdurar la imagen en aquel espejo donde todo lo reflejado rezuma peso, cansancio de vida, inutilidad.

Testimonio de la verdad y del error, el Libro suma en sus páginas la historia de la humanidad en todos sus derroteros. Cada hoja desvela, desenmascara, alude una y otra vez a los designios de quienes aún sueñan con burlar a la muerte, con instaurar el poder, a la busca de un breve espacio que los haga irrepetibles, felices. La suma de las hojas hace posible pensar en una vida concatenada. La suma de sus capítulos en un orden fragmentado. Su arquitectura, en aquello que estructura y condiciona el destino individual y colectivo.

Pero volvamos a la ecuación que al parecer connota la idea de absolución. A propósito de los muchos libros inéditos que él convirtiera en cenizas, Ernesto Sábato nos recuerda que el fuego es purificador. Tal vez por eso asumimos como propia la valerosa petición de Franz Kafka a su amigo Max Brod:

...todo lo que puede encontrarse en lo que dejo tras de mí (en mi biblioteca, en mi armario, en la mesa del despacho, en la oficina o en cualquier otro sitio), me refiero a cuadernos, manuscritos, cartas personales o no, etc., debe ser quemado sin excepción ninguna y sin leerlo.

De nuevo la presencia del fuego como vehículo incinerador. Es como si el libro estuviera sujeto a la chispa que lo hará brisa, como si de esta sola forma se eliminara su maldad. El señor de las bibliotecas infinitas, Borges, refiere varias hipótesis de por qué el primer Emperador Shih Huang Ti, constructor de la muralla china, mandó quemar los libros anteriores a él. La más justa quizá es que al quemarlos, convertía en breve ceniza el pasado libertino de su madre. Entrevemos que el pasado, lleno de despropósitos hasta para el más cándido de los mortales, alimenta la desazón de quien vive con incertidumbre.

El propio Borges nos previene del signo indescifrable de las bibliotecas. Apoyado en su maestro Bernard Shaw, escribe que las bibliotecas son escrutinios de la verdad y del error, memoria vergozosa, como lo enfatizara César al preceptor Teodoto, cuando este último le suplica detener el incendio de la Biblioteca de Alejandría. Teodoto lo conmina, le dice que está ardiendo la memoria de la humanidad. César, inmutable ante su llamado y cuestionamiento de si su intención es la de arrasar con el pasado, termina diciendo que al destruir esa memoria humana, guardada en anaqueles y resquicios, podrá con ruinas edificar el pasado, revalidarlo de otro modo.

 
Libro y Fuego parecieran formar parte de una ecuación que deriva, en virtud de una operación matemática exacta, en Purificación y Absolución.



Comprendemos que todo libro, a pesar de su fragilidad (El Abad manifiesta a Fray Guillermo que «el libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas»), se presenta como un instrumento que puede hacer daño o infligir la necesidad de recrear otros mundos inherentes al ser; se nos antoja una especie de cáncer incurable, de cadena que eslabón tras eslabón teje la memoria de los hombres, acaso para alimentar la sospechosa idea de la eternidad: «según Bloy -nos refefiere el señor Borges-, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo». Estamos condenados a vivir en él, ¡qué desgracia!.

 

Nos habita un rumor de eco

El problema continuará siendo el acceso o no a ciertos libros, la disposición de vagar por entre anaqueles que se unen para armar el laberinto de la sabiduría, la muestra palpable de la soberbia y capacidad humanas frente al hecho de la creación revelada en palabras. Si bien el franciscano Jorge de Burgos promoverá en el siglo XIV una serie de crímenes para impedir que los monjes benedictinos condesciendan a la lectura del misterioso libro adjudicado al docto Aristóteles, el siglo XX conocerá a Lucas Corso, el aséptico mercenario de la bibliofilia, como suele catalogarlo el profesor Boris Balkan, especialista en la obra de Alejandro Dumas. Pero ahora la misión de Lucas Corso estriba en verificar la autenticidad del Libro de las Nueve Puertas del Reino de las Sombras, cuya autoría se le adjudica al propio Satanás. Varo Borja, un hombre severo y enigmático, tanto o más que su propia colección de libros sobre temas del ocultismo, encomienda la misión a Lucas Corso de verificar si la existencia de otras dos copias de las Nueve Puertas, impreso por Aristidem Torchiam en 1666, cum superiorum privilegio veniaque (Con privilegio y licencia de los superiores), son originales o falsas. Así, Varo Borja, quien practica la bibliofilia a modo de una religión, podría verificar la autencidad de su libro. Sin saberlo, el cazador de libros se enfrenta a un mundo maligno, cabalístico y sangriento. Lo que antes parecía una serie de pistas lúdicas para acceder al universo literario de Alejandro Dumas y una Francia signada por los avatares del poder, se convertirá poco a poco en una sombría maraña de signos y juegos sabios que conducen inevitablemente a la muerte.

He aquí que el Libro se emparenta de nuevo con el mal y el fuego que purifica. Es comprobar asimismo la soberbia de los hombres por alcanzar la divinidad, la gloria de una inmortalidad que aún desprecia las fórmulas. A Varo Borja el codiciado libro le permitirá comunicarse con su Padre, el propio Satanás. El obtener las copias originales y completas de una serie de grabados que el libro contiene, le facilitará el último ritual de invocación maligna. Pero otra vez aparece el fuego como intrumento purificador. Es el Libro que se extingue, es la memoria de una Biblioteca de Alejandría que insiste en arder, como arden quizá los sentimientos de poder y gloria de los mortales.

Se vuelve a la idea del Libro como objeto siniestro. Lo pesintió Borges en sus relatos metafísicos. Lo supo Eco en sus pesquisas eruditas sobre el medioevo. Lo verifica hoy Arturo Pérez-Reverte en su idea del Libro como vehículo para eternizar la existencia de las fuerzas del mal. Lo sabemos nosotros, lectores anónimos que hoy hemos adquirido, en una librería a ras de piso, un manuscrito de Chesterton, creador del padre Brown. Comprobamos que el libro está completo, que lleva la responsabilidad de un editor, que precisa algunos subrayados y por tanto las huellas de otros lectores ignorados. El dueño de los libros extendidos mira con sorna y nos pide prisa. Nada hay en él que pueda hacernos pensar en Jorge de Burgos, en el profesor Kien o en Kafka testamentando la destrucción de sus libros.

Profiere algunas palabras, acaso cercanas a la vulgaridad, a un tedio compartido por la muchedumbre, pero su hálito consigue abrir el libro en una página que quizá ya ha sido escrita, en otros siglos, bajo otros signos:

Y mostraba un libro rústico y viejo, encuadernado en cuero, que dejó sobre la mesa, al lado de su revólver y de una vieja espada árabe que probablemente guardaba como curiosidad. Dijo que aquel libro pertenecía a un hombre del barco que acababa de dejar. El hombre juraba y perjuraba que nadie debía abrir el libro o mirar en él, porque sería arrebatado por el diablo, o desaparecería o algo así.

Del cuento La ráfaga del libro. G. K. Chesterton

 

BIBLIOGRAFIA

Anónimo. Pol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

BAUDOT, Georges. Las letras precolombinas. Siglo XXI, México, 1979.

BORGES, Jorge Luis. Obras completas 1923-1972. Emecé Editores, Buenos Aires, 1974.

BRADBURY, Ray. Fahrenheit 451. Biblioteca de Ciencia Ficción, No. 8. Orbis, Barcelona, 1985.

CANETTI, Elías. Auto de fe. Círculo de Lectores, Bogotá, 1982.

CHESTERTON, Gilgert Keith. La cruz azul y otros cuentos. Orbis, Barcelona, 1988.

DE CERVANTES Saavedra, Miguel. Don Quijote de
la Mancha.
2 tomos. RBA Editores, Barcelana, 1994.

ECO, Umberto. El nombre de la rosa. Círculo de Lectores, Bogotá, 1984.

GOYTISOLO, Juan. Coto Vedado. Mondadori, Madrid, 1995.

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ZALAMEA, Jorge. El sueño de las escalinatas. Colcultura, Bogotá, 1976.


 


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