"Elogio del Libro"
Rigoberto
Gil Montoya
Prolongación de la memoria, testimonio del error
y la verdad, prueba fehaciente de la complejidad humana,
el Libro teje a su modo los índices e intertextos
de la Cultura. Se habla de su ocaso, a veces se presiente
su muerte o se anuncia su deterioro. Con todo, el Libro
habita entre nosotros, acaso para convertirse en "dañador"
de la lucidez de un caballero manchego o en objeto mágico
en los relatos de Borges, o tal vez para asumirse hipertexto
en los juegos intelectuales de Cortázar y para revelarse
vehículo de invocación del poder satánico
en las historias policiacas de Pérez-Reverte. Nos
permitimos agregar una página más a ese Libro
que, inevitable, se prolonga como los deseos de los hombres
en su afán de inmortalizarse.
Habitamos
un presente
Característica
o signo relevante de la época actual, la velocidad
supedita un orden de las cosas, altera a veces la serenidad
de las formas y convierte en ambiente festivo o funerario
los espacios ebrios y recónditos de la ciudad: urdimbre
de líneas divisorias, confluencia de seres que admiten
el roce y las distancias. La velocidad se emparenta con lo
perecedero y lo insustancial, con la imagología de
una época que todo lo exhibe en la vitrina del consumo.
Vivir tiempos vertiginosos, de cambios abruptos, de instantes
casi inaprehensibles, hiere la profundidad de la razón,
convida, si se acepta, otra metafísica de relación
con los objetos, una variante en la
comunión con el Otro, un estar en medio de la muchedumbre
mientras adviene la soledad y lo excluyente. Sin duda, se
habita un hoy cada más renovado y por lo mismo, cada
vez más desconocido, incluso para quienes suelen presentarse
como sus protagonistas o dolientes.
Se
subraya con frecuencia el hecho de la irrupción de
los massmedia en tanto instrumentos efectivos para educar
o deseducar, según se mire, y como paradigmas en el
proceso de la comunicación humana. Las nuevas redes
virtuales, los ciberespacios, las más extrañas
formas de rutas informacionales, hacen pensar en un mundo
enmarañado, donde la tradición y el presente,
el canon y la urgencia de ampliarlo con lo diverso y lo distinto,
son vindicados a la luz de otras formas de ser y de estar,
por otras rutas que nutren el abanico de alternativas, para
hacernos visibles, quizá, en un hipertexto que aboga
por los diálogos y abomina de los dogmas y fundamentalismos,
de cara a las realidades históricas: el fascismo, el
franquismo, las exclusiones absurdas en Kosovo, las persecusiones
en nombre de Alá. En esta suerte de circunstancias,
el Libro: objeto frágil, poco inmune al cáncer
del tiempo, tela de palabras cuya textura invoca lo arcano,
zahiere la represión, involucra el ánimo libertario
y trasluce, en sí misma, la aventura de los seres humanos
por ser felices.
Y
en esta suerte de circunstancias arriba señaladas,
se ha llegado a considerar que el Libro, prolongación
de la memoria y de los sentidos -la idea es de Borges-, tiende
a desaparecer bajo el imperio de la imagen cinética
o televisiva, frente a los nuevos formatos operados por la
pantalla del computador y otros instrumentos tecnológicos.
Bajo este imperio una corriente aboga por la cercanía
hacia hojas electrónicas alimentadas por memorias artificiales,
por ships que poetizan, de otro modo, los estados oníricos
y de vigilia. La araña (web) sujeta a corrientes de
energía eléctrica propala otra comunicación:
alimenta autopistas, señala ventanas, indica recorridos
hipertextuales, se burla de la finitud, hace del shatteo?
la más flamante y acaso embrollada forma de comunicación.
En fin, la araña, hilo del tiempo, dice tejer el mundo
presente, cambiante, ilusorio, dejando atrás, en apariencia,
el rezago, lo ya superado.
Se
insiste asimismo en que, al formar parte de la era informática,
se deben poner en práctica modelos o estrategias de
lectura rápida, de modo que seamos competitivos en
el momento de enfrentarnos a la decodificación de
tanta información que se produce a nivel escrito. De
ahí que proliferen los cursos de Lectura Rápida,
las Estrategias de Lectura Dirigida, los Métodos para
almacenar información, o los Manuales que enseñan,
de manera conductista, a desglosar o recibir mensajes, sacando
provecho de ellos en el menor tiempo posible. Todo lo cual,
por supuesto, asumido desde un carácter utilitarista,
para una sociedad que ha hecho del utilitarismo casi un derrotero
ético.
Sin
embargo, es difícil encontrar, por ejemplo, un Curso
de Lectura Lenta o un Plan que privilegie el goce estético
por sí mismo o el Ocio creativo que anime el sueño
o la fantasía. Valdría la pena estimular espacios
para la Lectura, sin utilitarismos marcados, sin contraprestaciones
tan propias de las demandas modernas. Es tan sólo propiciar
ámbitos para el acercamiento con el Libro como objeto
seductor, lúdico y portador de saberes. Es permitir
un ejercicio de comprensión en torno a ese producto
vinculado al avance de la civilización: "Querer
comprender -señala Steiner- hacer una buena lectura
¿no es querer ser libre?" Es hacer de la Lectura
un hábito y con él, la posibilidad de animar
sentidos, de crear expectativas y de invitar al juego y a
la creatividad.
Baste
decir que la otra corriente, que observa con recato la efectiva
labor de la araña, que la interviene en ocasiones para
admitir los imponderables avances de la tecnología,
aboga mejor por el rezago y lo ya superado, esto es, por el
Libro de cubierta dura o blanda,
impreso, oloroso, portador de las huellas de sus creadores,
amigo paciente en los anaqueles de la biblioteca, de cara
al mundo tras su lomo sugestivo. He aquí un elogio.
Nos
habita la palabra
Aquí
en la tierra es la región del momento fugaz.
¿También
es así en el lugar
donde
de algún modo se vive?
¿Allá
se alegra uno?
¿Hay
amistad?
¿O
sólo aquí en la tierra
hemos
venido a conocer nuestros rostros?
(Del
poeta Náhuatl Ayocuan Cuetzpaltzin)
Cuando
en el relato aparece en escenario un tigre, figura de "terrible
elegancia", según Chesterton, presto a lanzarse
sobre su presa, el lector experimenta cierta impaciencia,
al tiempo que cobija la esperanza de que la presa consiga
escapar al inevitable designio. Pero si en el momento del
ataque el felino profiere alguna palabra, alguna voz, nuestra
impaciencia de repente se transforma en una mueca o desilusión.
El tigre ya ha dejado de ser lo que es, para convertirse en
un ser emparentado con el hombre y su mundo sensible. Gracias
a la palabra el tigre pierde toda fiereza, así no desista
de atacar lo anhelado por su estómago. La palabra,
pues, opaca su agresividad y salvajismo. La palabra es quizá
la instancia que más nos acerca a la comprensión
y al entendimiento, no a la barbarie. Tal vez lo que más
nos aterra del felino sea su ataque silencioso. Puesto que
no está facultado para hablar, ataca a su presa sin
mediar palabra; es decir, ataca en el más puro silencio,
en el más mortal sigilo.
Se
entiende que la personificación en el relato es mero
recurso del hombre para modificar, mediante la palabra, una
realidad que alimenta el plano de la ficción. Se entiende
a la vez que el tigre persistirá en su ataque, obedeciendo
al instinto natural, mientras su presa a lo mejor convida
algunas palabras temblorosas, para morir en paz consigo mismo.
La palabra, con su magia de siglos, nunca le ha sido ofrecida
al animal, como lo refiere la sabiduría maya-quiché,
en el Popol Vuh.
A
propósito de este texto aborigen mexicano, los animales
allí son relegados por los dioses, reducidos a simples
emisarios, a presas que mitigarán la fatiga de los
días. Mientras el hombre puede exigir a sus dioses
alimentos, a través de ofrendas o plegarias que satisfagan
su vanidad, el animal debe aceptar su irremediable condición
de marginado. La importancia de la palabra como vehículo
que acerca a la trascendencia humana no es asunto que se determine
por la rigurosa cronología de la historia. Nace el
hombre y con él la urgencia de la palabra para materializar
su trascendencia.
Curiosamente,
uno de esos textos considerados base de nuestra literatura
americana, el Popol Vuh -libro de la comunidad-, exalta el
valor de la palabra, al referir la aparición del hombre
sobre la tierra como consecuencia prefigurada por los dioses
en su búsqueda de un instrumento eficaz, de una máquina
que pudiera nutrirse y multiplicarse de palabras:
Llegó
así entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y
Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y
meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras
y su pensamiento.
| La
palabra es quizá la instancia que más nos
acerca a la comprensión y al entendimiento, no
a la barbarie. Tal vez lo que más nos aterra del
felino sea su ataque silencioso. |
Los
enviados de los dioses se pusieron de acuerdo para crear un
ser superior a los animales, con el objeto de poblar la tierra
y adorar a sus progenitores. Los enviados hablaron entre sí,
es decir, intercambiaron palabras, se comunicaron: "Entonces
se manifestó con claridad mientras meditaban, que cuando
amaneciera debía aparecer el hombre". Muy
clara su misión en la tierra: adorar a sus dioses,
recordarlos por siempre, magnificar su memoria. Los demás
seres terrenos desempeñarían otros roles; sin
el don de la palabra, cada animal habitaría un lugar
específico, afrontando la verdad de su destino a base
de guturaciones o gestos incomprensibles. Por lo tanto, el
mico viviría sobre los árboles, el venado no
tendría cola, los animales se comerían entre
sí y a su vez serían alimento de los hombres.
Y el tigre, así no lo refiera la historia maya-quiché,
atacaría entonces silencioso, para sorpresa del explorador,
que no consigue invocar a sus dioses protectores.
El
hombre arribó al mundo en compañía de
la palabra, cara amiga que lo hace soñar y afianzar
la existencia de un ser superior, que lo invita a formar parte
de un todo colectivo y comunicar al otro lo ocurrido en su
interior, donde se cuecen los sueños y las pesadillas.
Los
ritos de nuestros aborígenes sustentan su forma en
la magia de la palabra. Un sólo gesto, un breve sonido
o una débil articulación son apenas suficientes
para lograr la comunicación con los otros mundos donde
dominan los creadores del todo, incluso del sistema de palabras.
Después de la ceremonia vendrá el cansancio,
el sueño. Aquí no acaba todo. A lo mejor el
sueño invita a explorar otras latitudes, consigue sumergirnos
en otros laberintos. Vendrá luego la mañana
y con ella, posiblemente, la urgencia de referir al otro lo
que sucedió en intangibles dimensiones oníricas.¿Y
cómo referirlo? He ahí la palabra, principio
y fin de nuestro pensamiento, instrumento para hacer de la
trascendencia algo cercano al deseo de los hombres.
Los
progenitores distribuyeron a los seres en el mundo por vía
de su facultad lingüís
tica. Por algo pudieron decir:
-Tú,
venado, dormirás en la vega de los ríos y
en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza,
entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis,
en cuatro patas andaréis y os sostendréis.
Y así como se dijo, así se hizo.
Por
algo, entonces, nos hallamos sobre la tierra, indicando una
vez más, cómo hasta en nuestros sueños
la palabra hiere el más leve suspiro, como regalo de
los dioses que esperan una oración, acaso una ofrenda.
A lo mejor la ofrenda tomará luego la forma del libro
y circulará por el mundo en busca de los otros, los
que también sueñan y elevan oraciones y asisten
a la ceremonia de la vida y sueñan con tigres silenciosos
que atacan por la espalda.
Nos
habita el libro
...Nada
como ese brillo suave: los dorados sobre el cuero, tras
el cristal...Por no hablar de los tesoros que encierra:
siglos de estudio, de sabiduría. De respuestas a
los secretos del universo y el corazón del hombre
-alzó un poco los brazos para dejarlos caer a los
costados, renunciando a expresar con palabras su orgullo
de propietario-. Conozco gente capaz de matar por una colección
así.
El club Dumas. Arturo Pérez-Reverte
¿Habrá
algo de infernal en un objeto de variado lomo, de insinuantes
olores y de atractiva textura? No resulta preocupante por
tanto que en la ficción de Bradbury, Fahrenheit 451,
(«temperatura a la que el papel de los libros se inflama
y arde»),el Libro sea considerado objeto peligroso,
acaso subversivo. A través de esta historia se recrea
un espacio en el que este objeto lanzado al mundo de las masas
por Gutenberg, valioso y enigmático en las manos de
Lucas Corso, el moderno "cazador de libros",
debe ser desechado a toda costa, frente a las imposiciones
de un mundo maquinado por fuerzas omnipotentes que pretenden
masificar a través de los grandes progresos de la tecnología
y la automatización. Un mundo manipulado gracias a
la ventaja ofrecida por las estratagemas que obligan a la
masa a vivir sin sueños e ideales, a enfrentar circunstancias
nada fértiles a la imaginación, puesto que el
posible vehículo para aclimatar en el hombre la premura
de los sueños está vedado por orden irrestricta
del sistema coercitivo.
De
modo que los Guardianes de la Felicidad, es decir, el cuerpo
de bomberos comandado por el exigente capitán Beatty,
tienen la imperiosa misión de convertir en cenizas
cuanto libro exista en la ciudad, ya que ese tipo de espectáculos
motiva el alborozo:
"los
libros se elevaban convertidos en torbellinos, incandescentes
y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía".
Ante
cuadro tan conmovedor, es necesario alimentar la hoguera con
más libros, en busca tal vez de una figura, quizá
la forma de una orla de significaciones secretas para el goce,
buscando que las palabras incineradas de Whitman, unidas a
las de Faulkner por un haz luminoso desprendido inicialmente
de alguna página de Dante, proyectara in situ el más
claro sueño, enraizado en el pretérito ahora
sofocado por las llamas.
Noble
tarea la de alimentar el fuego, un tanto fácil y mecánica,
si se atiende al hecho de que a través de las mangueras
en vez de agua brotan a borbollones chorros de petróleo.
Menos mal las casas en este espacio fictivo han sido construidas
a prueba de incendios. Así, la acción de quemar
bibliotecas enteras es más bien cómoda, lo cual
hace del oficio de Guardián un simple que hacer, aburrido
a veces, tanto así que ni siquiera en el hogar tales
acciones son comentadas con asombro. Sin embargo, los bomberos
agrupados bajo el signo de la salamandra como Stoneman, Black
y otros, valga decir, se sienten orgullosos porque ofrecen
un gran servicio a la comunidad.
¿Para
qué imaginar, para qué escudriñar el
pensamiento, para qué buscar la belleza en un orbe
donde todo se pone al alcance del hombre, a través
de gigantescos televisores, de estridentes altoparlantes,
de imponderables audífonos para ahogar los gritos de
protesta bajo ruidos de tambores y timbales, mientras voces
venidas del corazón mismo de los aparatos programados,
señalan reiteradas veces el dentífrico que debe
usarse para una mejor protección bucal?.
El
Libro más bien entorpece el ideal de vida sin problemas,
porque convida a presentir otras esferas e incita, lo sabemos,
a la beneplácita impaciencia, como le ocurre a aquel
bibliotecario que sólo por un fajo de billetes y una
Biblia, en la traducción de Wiclif, se hace al Libro
de Arena, infinito, siniestro:
«Declinaba
el verano y comprendí que el libro era monstruoso(...)
Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena
que infamaba y corrompía la realidad».
Está
bien que el índice de suicidios, en la época
avisorada por Bradbury, sea muy alto. Incluso Mildred, la
mujer de Montag, ha intentando suicidarse varias veces. No
obstante, sólo basta doscientos dóllares para
pagar un lavado intestinal hecho con desdén por paramédicos
y el paciente vuelve a la vida para conectarse a un orden
cotidiano que niega todo sueño y fantasía. Las
preocupaciones, en este caso, se reducen a simples operaciones
de rutina. El mismo capitán, con su experiencia a prueba
de incendios, frente a la duda que viene sembrando en su interior
el bombero Guy Montag, tras haber conocido a Clarisse Mc Clellan
-hija de un ambiente familiar libresco- expresa algo de suyo
prudente y que se hace perentorio, hoy en día, colocar
como consigna en los corredores de las grandes y aventuradas
bibliotecas, para calmar de una buena vez esa infatigable
búsqueda del ser humano, buceador en las profundas
aguas de los signos:
Ea!
Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo.
Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre.
¿Quién sabe cuál podría ser el
objetivo del hombre que leyese mucho?
| ¿Habrá
algo de infernal en un objeto de variado lomo, de insinuantes
olores y deatractiva textura? |
A
propósito de signos, sería menester ahondar
en las conclusiones del monje Adso de Melk, al recordar la
intrepidez de su maestro Guillermo: «cuando no poseemos
las cosas, usamos signos y signos de signos». Con
razón la abundancia de bibliotecas, como aquella en
la que Juan Goytisolo encontrara una puerta de escape al ambiente
burgués de su decadente familia y un comienzo a su
atormentada sexualidad, cuando fuera víctima, en medio
de libros, de los desafueros de su abuelo. O aquella biblioteca
de veinticinco mil volúmenes del obsecado Kien, personaje
de Canetti, entregada a las llamas como por un encantado conciliábulo
de antiguas pregonaciones. Allí se dirá que
"La mejor definición de patria es una biblioteca".
Pero antes se habría dicho que mientras los hombres
demuestran su dolor con gritos y lágrimas, las bibliotecas
arden en completo silencio, sin proferir nada, distantes en
su propia vulnerabilidad.
Acaso
porque al abrir el libro y permitir el desnudarse de sus palabras
intrínsecas, ello motive en el lector una suerte de
metaformisis con graves consecuencias, porque nadie sabe,
y de ahí quizá la imprudencia de quien aparta
las caras de esa forma rectangular para buscar en su interior
algo de verdad, qué le depara el destino en ese momento,
pues como diría el dueño de aquel «Libro
diabólico», «Lo que se ve en el libro, se
ve una sola vez». Es comprensible por qué
el protector de la biblioteca hexagonal, Jorge de Burgos,
custodia con tanto celo esa biblioteca dispar donde descansa
la memoria humana, tan sólo con el propósito
de guardar el segundo libro de la poética de Aristóteles,
donde se refiere, según los pocos lectores de tal texto
sagrado, que la risa es connatural al ser humano.
Para
el ciego Jorge de Burgos, la risa es quizá el acto
que más emparenta al hombre con los animales, los hace
débiles y propensos al pecado, y sobre todo, al irrespeto:
«La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la
cara, hace que el hombre parezca un mono», expresa
vehemente el vigilante de la memoria escrita, aquel que también
dijera: «La biblioteca es testimonio de la verdad
y del error». Si la risa forma parte de la sustancia
humana, y si ello lo afirma el docto Aristóteles, posiblemente
el mundo estaría al borde del caos al permitirse disfrutar,
con todo el desparpajo, la comedia de la vida diaria, al sopesar
el consentimiento de tan magnífica figura. Empezaría
el hombre a desatender incluso a su propio dios.
De
hecho, la tenencia del libro puede convidar el crimen. La
sed de los monjes benedictinos por el saber, por hurgar en
esos textos sacros, vulnerables y custodiados por siglos en
la biblioteca de la Abadía, donde Adso de Melk desfogó
su cuerpo ante el perfume de la rosa, ignora el seto de la
prudencia. De ahí los múltiples crímenes,
el incendio mismo de la biblioteca, una trama que visita los
desafueros del alma individual.
Algo
habrá de infernal en el libro, porque de otro modo
no entenderíamos la arriesgada locura del hidalgo Don
Quijote. Cuando el cura y el barbero hacen el escrutinio de
la biblioteca personal del hombre que se enfrentó con
valentía a los molinos de viento, buscando acabar con
los culpables de tal demencia, entendemos entonces porqué
es mejor «repudiar el libro», como diría
airado Jorge Zalamea frente a las escalinatas. Y la misma
inteligencia de la ama de llaves de nuestro ilustre caballero
lo confirma:
-Tome
vuestra merced, señor licenciado; rocíe este
aposento, no esté aquí algún encantador
de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en
pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Para
la sobrina del hidalgo los libros son «dañadores»
y por lo tanto ninguno debe salvarse del fuego y el castigo.
Libro y Fuego parecieran formar parte de una ecuación
que deriva, en virtud de una operación matemática
exacta, en Purificación y Absolución. El Libro
es portador de las cicatrices e improntas de los seres humanos;
podría ser producto de la soberbia, pues quien escribe
aspira quizá a la inmortalidad y este deseo suyo, lo
iguala, por supuesto, a la idea de dios que se tiene en occidente.
Podría también ser una forma de combatir el
insomnio -recuérdese a Funes el memorioso-, para admitir
un orden en la lucidez de los días. Porque lo otro,
ajeno a la soberbia y distante del insomnio, sería
la locura, ese campo de concentración en que resulta
imposible perdurar la imagen en aquel espejo donde todo lo
reflejado rezuma peso, cansancio de vida, inutilidad.
Testimonio
de la verdad y del error, el Libro suma en sus páginas
la historia de la humanidad en todos sus derroteros. Cada
hoja desvela, desenmascara, alude una y otra vez a los designios
de quienes aún sueñan con burlar a la muerte,
con instaurar el poder, a la busca de un breve espacio que
los haga irrepetibles, felices. La suma de las hojas hace
posible pensar en una vida concatenada. La suma de sus capítulos
en un orden fragmentado. Su arquitectura, en aquello que estructura
y condiciona el destino individual y colectivo.
Pero
volvamos a la ecuación que al parecer connota la idea
de absolución. A propósito de los muchos libros
inéditos que él convirtiera en cenizas, Ernesto
Sábato nos recuerda que el fuego es purificador. Tal
vez por eso asumimos como propia la valerosa petición
de Franz Kafka a su amigo Max Brod:
...todo
lo que puede encontrarse en lo que dejo tras de mí
(en mi biblioteca, en mi armario,
en la mesa del despacho, en la oficina o en cualquier otro
sitio), me refiero a cuadernos, manuscritos, cartas personales
o no, etc., debe ser quemado sin excepción ninguna
y sin leerlo.
De nuevo la presencia del fuego como vehículo incinerador.
Es como si el libro estuviera sujeto a la chispa que lo hará
brisa, como si de esta sola forma se eliminara su maldad.
El señor de las bibliotecas infinitas, Borges, refiere
varias hipótesis de por qué el primer Emperador
Shih Huang Ti, constructor de la muralla china, mandó
quemar los libros anteriores a él. La más justa
quizá es que al quemarlos, convertía en breve
ceniza el pasado libertino de su madre. Entrevemos que el
pasado, lleno de despropósitos hasta para el más
cándido de los mortales, alimenta la desazón
de quien vive con incertidumbre.
El
propio Borges nos previene del signo indescifrable de las
bibliotecas. Apoyado en su maestro Bernard Shaw, escribe que
las bibliotecas son escrutinios de la verdad y del error,
memoria vergozosa, como lo enfatizara César al preceptor
Teodoto, cuando este último le suplica detener el incendio
de la Biblioteca de Alejandría. Teodoto lo conmina,
le dice que está ardiendo la memoria de la humanidad.
César, inmutable ante su llamado y cuestionamiento
de si su intención es la de arrasar con el pasado,
termina diciendo que al destruir esa memoria humana, guardada
en anaqueles y resquicios, podrá con ruinas edificar
el pasado, revalidarlo de otro modo.
| Libro
y Fuego parecieran formar parte de una ecuación
que deriva, en virtud de una operación matemática
exacta, en Purificación y Absolución. |
Comprendemos que todo libro, a pesar de su fragilidad (El
Abad manifiesta a Fray Guillermo que «el libro es una
criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a
los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae
en manos inexpertas»), se presenta como un instrumento
que puede hacer daño o infligir la necesidad de recrear
otros mundos inherentes al ser; se nos antoja una especie
de cáncer incurable, de cadena que eslabón tras
eslabón teje la memoria de los hombres, acaso para
alimentar la sospechosa idea de la eternidad: «según
Bloy -nos refefiere el señor Borges-, somos
versículos o palabras o letras de un libro mágico,
y ese libro incesante es la única cosa que hay en el
mundo: es, mejor dicho, el mundo». Estamos condenados
a vivir en él, ¡qué desgracia!.
Nos
habita un rumor de eco
El
problema continuará siendo el acceso o no a ciertos
libros, la disposición de vagar por entre anaqueles
que se unen para armar el laberinto de la sabiduría,
la muestra palpable de la soberbia y capacidad humanas frente
al hecho de la creación revelada en palabras. Si bien
el franciscano Jorge de Burgos promoverá en el siglo
XIV una serie de crímenes para impedir que los monjes
benedictinos condesciendan a la lectura del misterioso libro
adjudicado al docto Aristóteles, el siglo XX conocerá
a Lucas Corso, el aséptico mercenario de la bibliofilia,
como suele catalogarlo el profesor Boris Balkan, especialista
en la obra de Alejandro Dumas. Pero ahora la misión
de Lucas Corso estriba en verificar la autenticidad del Libro
de las Nueve Puertas del Reino de las Sombras, cuya autoría
se le adjudica al propio Satanás. Varo Borja, un hombre
severo y enigmático, tanto o más que su propia
colección de libros sobre temas del ocultismo, encomienda
la misión a Lucas Corso de verificar si la existencia
de otras dos copias de las Nueve Puertas, impreso por
Aristidem Torchiam en 1666, cum superiorum privilegio veniaque
(Con privilegio y licencia de los superiores), son originales
o falsas. Así, Varo Borja, quien practica la bibliofilia
a modo de una religión, podría verificar la
autencidad de su libro.
Sin saberlo, el cazador de libros se enfrenta a un mundo maligno,
cabalístico y sangriento. Lo que antes parecía
una serie de pistas lúdicas para acceder al universo
literario de Alejandro Dumas y una Francia signada por los
avatares del poder, se convertirá poco a poco en una
sombría maraña de signos y juegos sabios que
conducen inevitablemente a la muerte.
He
aquí que el Libro se emparenta de nuevo con el mal
y el fuego que purifica. Es comprobar asimismo la soberbia
de los hombres por alcanzar la divinidad, la gloria de una
inmortalidad que aún desprecia las fórmulas.
A Varo Borja el codiciado libro le permitirá comunicarse
con su Padre, el propio Satanás. El obtener las copias
originales y completas de una serie de grabados que el libro
contiene, le facilitará el último ritual de
invocación maligna. Pero otra vez aparece el fuego
como intrumento purificador. Es el Libro que se extingue,
es la memoria de una Biblioteca de Alejandría que insiste
en arder, como arden quizá los sentimientos de poder
y gloria de los mortales.
Se
vuelve a la idea del Libro como objeto siniestro. Lo pesintió
Borges en sus relatos metafísicos. Lo supo Eco en sus
pesquisas eruditas sobre el medioevo. Lo verifica hoy Arturo
Pérez-Reverte en su idea del Libro como vehículo
para eternizar la existencia de las fuerzas del mal. Lo sabemos
nosotros, lectores anónimos que hoy hemos adquirido,
en una librería a ras de piso, un manuscrito de Chesterton,
creador del padre Brown. Comprobamos que el libro está
completo, que lleva la responsabilidad de un editor, que precisa
algunos subrayados y por tanto las huellas de otros lectores
ignorados. El dueño de los libros extendidos mira con
sorna y nos pide prisa. Nada hay en él que pueda hacernos
pensar en Jorge de Burgos, en el profesor Kien o en Kafka
testamentando la destrucción de sus libros.
Profiere
algunas palabras, acaso cercanas a la vulgaridad, a un tedio
compartido por la muchedumbre, pero su hálito consigue
abrir el
libro en una página que quizá ya ha sido escrita,
en otros siglos, bajo otros signos:
Y
mostraba un libro rústico y viejo, encuadernado
en cuero, que dejó sobre la mesa, al lado de su revólver
y de una vieja espada árabe que probablemente guardaba
como curiosidad. Dijo que aquel libro pertenecía
a un hombre del barco que acababa de dejar. El hombre juraba
y perjuraba que nadie debía abrir el libro o mirar
en él, porque sería arrebatado por el diablo,
o desaparecería o algo así.
Del
cuento La ráfaga del libro. G. K. Chesterton