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Elementos históricos del urbanismo en ciudades de frontera"

Gustavo Guarín Medina

 

En la frontera de colonización antioqueña florecen en la segunda mitad del siglo XIX ciudades que respondiendo a la dinámica internacional, de economía periférica, se obligan a organizar la sociedad política y gremialmente, ideologizada mediante el mito del progreso para crear, además, una cultura urbana.

Introducción

La segunda mitad del siglo XIX, para América Latina en su conjunto, fue una época de prosperidad. Las exportaciones y el comercio ganan espacios y con ellos actividades suplementarias como las artesanías, la agricultura y la ganadería. Para Colombia, la vinculación a la economía exportadora fue larga y difícil; la inexistencia de redes mercantiles requería de espacios que posibilitaran el intercambio y el crecimiento demográfico. La ampliación de la frontera agrícola a través de un formidable movimiento social, empresa de caminos, que colonizó las dos vertientes de la cordillera central, fundando pueblos; acelerando de ésta manera la relación de las ciudades con el campo, como ciudades agrarias. (Weber, M; 1997,942), es decir, lugares que, como redes de un tráfico de mercado y de típicas industrias urbanas, se alejan mucho del tipo medio de aldea, pero en ellas, una ancha capa de sus habitantes cubren sus necesidades con economía propia y hasta producen para el mercado. Los núcleos urbanos son el punto de encuentro de extensas familias entrecruzadas mediante complejos pactos a través de matrimonios, parentelas y compadrazgos; como formas que facilitan el control social y político.

La ciudad agraria colombiana hizo posible la expansión periférica de la economía, en el siglo XIX por su ubicación estratégica en la formación de redes mercantiles y consolidación de un tejido de pueblos, que amplió y consolidó la frontera agrícola de colonización antioqueña y que convierte a las dos laderas de la cordillera central en el centro más próspero de producción cafetera a principios del siglo XX.

 

1. Auge de la economía periférica

Con la fundación de la República a comienzos del siglo XIX, se inicia en Colombia una serie de acontecimientos históricos que apuntan al proceso de formación nacional. Los procesos se enmarcaron en la dinámica capitalista centro-periferia, a partir de la Revolución Industrial de Inglaterra, la Revolución francesa, la Independencia de las trece colonias y las Guerras Europeas que se desarrollaron entre 1792 y 1815. Acontecimientos que jugaron un papel protagónico a nivel mundial, porque generaron una serie de cambios e influyeron decisivamente en la elaboración de estructurados proyectos políticos e ideológicos que impactaron la sociedad latinoamericana e hicieron de la generación procer la adalid de la libertad y la fundadora de las nuevas repúblicas.

Después de la independencia las élites agro-exportadoras se transan en franca lid, por la supremacía y control en la búsqueda de posibilidades económicas que garantizaran el máximo aprovechamiento de los recursos, con los cuales consolidaría su poder e impondría su proyecto político.

A mediados del siglo XIX, surge en América latina el proceso político de las reformas liberales, tendientes a consolidar el capitalismo periférico y a la formación de los Estados Nacionales. La existencia abundante de tierras adecuadas para cultivos de exportación, inmovilizados jurídicamente desde la colonia, exigía la formación de un creciente mercado de tierras, el que condujo a la desamortización de los bienes de manos muertas, la liberación de los ejidos, la consolidación de la propiedad privada y a la utilización de la tierra como aval hipotecario para la obtención de crédito con el fin de financiar las obras públicas como el ferrocarril y las cosechas agrícolas.

La expansión exportadora de metales precisiones, tabaco, quina, café, cueros, algodón, añil, caucho, tagua, cacao, palos de tinte, banano y sombreros, significaron un período de bonanzas en las que progresaba la naciente burguesía; de ésta manera se vinculaba a la economía mundial, en una articulación que resultó débil por la inexistencia de capitales, que impidieron el crecimiento y desarrollo del mercado interno, propiciando el surgimiento de empresarios emergentes que especulaban mediante inversiones diversas, seguras y rentables. La abundante oferta de tierras baldías originó la ampliación de la frontera agrícola en el siglo XIX, con el acelere de los movimientos migratorios, la penetración de capital extranjero, las obras públicas y el comercio, hacía la zona de colonización antioqueña y la fundación de ciudades.

Sin embargo, la dinámica colonizadora tenía que sortear el escollo del bajo nivel poblacional en el extenso territorio selvático e inóspito. Se debía afirmar la familia campesina y construirla con valores cohesionadores venidos del mundo religioso; y transformar la práctica alimenticia con la finca-huerta para posibilitar el crecimiento de la población y la dinámica comercial.

 

2. Colonización y baldíos

La colonización nace del proceso de producción minera articulado a unas relaciones esclavistas, acompañadas por el comercio y un rol de comerciantes, que gracias a la crisis minera del siglo XVII, desembocó en la dinámica de la expansión agrícola y en la formación de nuevos tejidos sociales ubicados en núcleos urbanos.

El español una vez establecido en el occidente colombiano, se dedicó a la obtención de oro mediante la explotación indígena, gracias a la abundancias del metal precioso en el subsuelo. Entre los conquistadores circuló una inmensa riqueza que los hizo más codicioso y violentos. Sin embargo, el trabajo minero sufre un rápido desmedro a causa de la disminución de la población indígena, lo que implicó la importación de recursos técnicos y el aumento de la trata negrera. De ésta manera surge un próspero mercado, pues en la Antioquia desde el siglo XVI confluían las mercancías españoles llegados a través de Cartagena y Mompox y los productos agrícolas de Santafé de Bogotá, Tunja y Popayán. La minería se convierte en un frente de inversión, y el comercio en un agente de desarrollo. Aunque éste modelo socio-económico produce exuberantes riquezas, la bonanza aurífera, al pasar, plantea la baja rentabilidad de las inversiones lo que obliga a diversificar en el frente agrario.

Las condiciones anteriores plantean la ampliación de la frontera y la formación de una estructura agraria más estable; la hacienda cañera y ganadera ocupa ese espacio con menos rigideces sociales (Colmenares, G;1983, 57). La sujeción de la mano de obra se suaviza posibilitando el surgimiento de villorrios desde los que se abrían nuevos frentes de trabajo de independientes, como mazamorreros, guaqueros o colonos que cultivaban tabaco, caña plátano, maíz y la cría de cerdos; vendían los pequeños excedentes que los vinculaban a comerciantes, quienes los proveían de insumos. De ésta manera se inicia el proceso de formación de una sociedad constituida por antiguos libertos, peones y pequeños propietarios, en la cual los mestizos representaban el 75% de la población.

Las nacientes élites invertían en el comercio, actividad económica que posibilitó la cohesión social y el control político. El proceso de colonización entra en la fase institucional, la agricultura se hace más importante. Desde los inicios del siglo XIX se ocupan las tierras del sur del río Arma, se funda Aguadas 1.814 y Salamina 1.825. A partir de 1.840 adquiere la colonización una sobresaliente dinámica, gracias a la iniciativa privada de individuos que ocupaban extensiones territoriales en la búsqueda de la supervivencia como agregados o trabajadores. Las tierras baldías eran su objetivo. Por el otro lado los grandes propietarios solicitaban la adjudicación legal de las mismas.

Los grandes propietarios constituyen empresas de tierras, destinadas a obtener la titularidad de extensos territorios concedidos por el Estado. Territorios que luego se parcelaban y vendían a colonos, quienes tumbaban montes y construían caminos. Como compañías, en éste proceso sobresalen Juan de dios Aranzazu para Salamina, Pácora, Neira y Manizales; González Salazar para el mismo territorio a mediados del siglo XIX; José Francisco Pereira, en la colonización del área en que fundaría la ciudad con su apellido y Burila para la hoya del Quindio y norte del Valle, Eduardo Walker en el Fresno y De la Roche en la Dorada.

Este proceso posibilita la vinculación de medianos propietarios en la conformación de las juntas de pobladores y fundadores quienes ocuparon los cargos desde los cuales fortalecieron su poder; enriquecidos a través de la amplia gama de recursos económicos, en un desarrollo desigual. Asumen el liderazgo sobre el grupo de colonos, como jueces pobladores, como miembros de las juntas o como concejales y en algunos casos como alcaldes.

La economía de frontera propició nuevas relaciones sociales y económicas. La pequeña propiedad, la producción cafetera y un auge del comercio en las noveles cabeceras municipales introdujeron la dinámica del urbanismo a cuya cabeza se sitúan las ciudades de Manizales, Pereira y Armenia.

 

3. Urbanismo y progreso

El nacimiento de la ciudad obedece a esa nueva dinámica económica, en la periférica, que se nutre básicamente de las exportaciones de café. Producto que a la larga convoca a una sociedad a desarrollar una cultura y una mentalidad, pues la colonización tuvo un espíritu solidario y comunitario. El fuerte individualismo de estas gentes, expresado en la ambición sin límites, era el núcleo necesario para constituir una familia compacta y unida, (Santa, E; 1993,222). Lo urbano incluía lo público a donde llegaban desde las diversas veredas campesinos, a hacer sus intercambios de productos, relaciones sociales y políticas. La comunicación fluía a través de la arrieria para configurar un imaginario de ideales, de ensoñaciones, prácticas y costumbres. Se crea una nueva sociedad. Unas burguesías agroexportadoras desafíaron a castas hidalgas pro-hispánicas, en un proyecto urbano, que en alianza con campesinos ricos reorientaron la sociedad.

En la segunda mitad del siglo XIX emergieron los pueblos del eje cafetero. La explosión demográfica y el movimiento colonizador propició la mano de obra que permitió multiplicar los frentes de trabajo y el surgimiento de una nueva mentalidad en la que prevaleciera la creatividad y las virtudes modernas, el ethos del trabajo. El mito del progreso invade el ámbito ideológico proveniente de la salvación en los relatos seculares de la historia sagrada; surgido en el mesianismo, el progreso culmina en una mirada escatológica de la sociedad. La noción de un progreso religioso o espiritual ligado estrechamente a los progresos de la ciencia, de la técnica y del bienestar material, adopta la forma moderna de la salvación, donde los libros proféticos del Antiguo Testamento sirven de metodología a un proceso evolutivo en todas las direcciones. (Reszler. A; 1984, 73).

El nacimiento de éstos pueblos y su ulterior transformación se hizo vertigioso hasta alcanzar niveles de ciudades caóticas. En este proceso de urbanización, el mito del pueblo con el del progreso juegan un papel preponderante, partiendo de la necesidad para la época de disponer de abundante mano de obra. El concepto de pueblo nace del desarraigo y descomposición social en el campo y en la ciudad. El lumpen proletario en la ciudad y el bandolero en el campo. Sin embargo, el mito del pueblo involucra a los demás sectores pobres de la sociedad, asimilado a un grupo heterogéneo o de creatividad ilimitada, que lo conduce a construir las grandes obras urbanas, gracias al civismo que responde a la convocatoria de los líderes.

La fundación de Manizales en 1848, consolida una élite capaz de ejercer un vigoroso control sobre los demás núcleos urbanos, que conforman la región gracias a la comercialización del café; actividad que generó el capital con el cual desarrolló su industria, hasta convertirla en una fuerte plaza comercial, con una vigorosa burguesía influyente en la política nacional durante las primeras décadas del siglo. Sin embargo, la abundante producción cafetera de las demás ciudades y el afán de progresar condujo a una rivalidad muy marcada entre las tres ciudades más representativas, expresadas en manifestaciones violentas. Confrontación expresada, además, en el chiste callejero, en el afán por cortar cualquier vínculo político-administrativo y comercial, o en el anhelo de halonar impositivamente empresas para sus respectivas ciudades; impulsadas hoy por el concepto de ciudad-región.


 
La ciudad en el mini orbe en la que se conjugan magníficamente el tiempo y el espacio recibiendo formas de la manera de ser de sus habitantes, a quienes les transcurre la vida entre la ensoñación de imaginarios e ideales...


Las ciudades del eje cafetero son hijas de la dinámica exportadora, que hace de las élites herederas de antiguas tradiciones, innovadoras y abiertas a los cambios, obligadas por la creciente explosión demográfica y la expansión del comercio y la industria y el éxodo campesino. Los espacios ocupados tranquilamente por la élite y el pueblo son presionados a cambios y transformaciones por las presiones de nuevos aspirantes: pequeños comerciantes, empleados, obreros, industriales, profesionales etc. Todos en una emulación por el ascenso social que terminaría dislocando el delicado equilibrio social. Se conformó un conglomerado hetereogéneo de difícil control que conduciría necesariamente a prácticas más libres del manejo individual, reflejada en un mayor haincamiento de una doble moral: por un lado la rectitud y franqueza del hombre cabal y por el otro la picardía, el avispamiento y la locuacidad.

El proceso de modernización genera en la nueva clase dirigente una ética del trabajo y la mentalidad del progreso y al interior de ella, un sector emergente, acucioso en la búsqueda de ascenso social y económico, capaz de ingeniarse las oportunidades. Este grupo busca afanosamente en los negocios coyunturales hasta alcanzar la estabilidad comercial o financiera. Emergen los negociantes ambiciosos que se enriquecían repentinamente a través de la compra de conciencias; ganarse la lotería, especular con la tierra, acaparar contratos con el Estado, comisiones, etc.

Los nuevos ricos acceden a los clubes y al control de los negocios y la política. En las asociaciones y clubes se establecía la unidad de acción en una más o menos homogenización de acuerdos plasmado, a través de sus agentes políticos de los directorios, en las leyes ordenanzas o acuerdos según el nivel del accionar político. Los caciques y gamonales manejan clientelas electorales. Se reparten la ciudad y la región según los caudales electorales ubicados en barrios o veredas. El proceso se inició indicándole pertenecía a un partido por el color de su bandera e identificado con un líder natural, que poseedor de un carisma cuasi mesianico entrega a sus electores dádivas, puestos en la burocracia o becas. Los sectores marginados, trabajadores y campesinos proveen los votos necesarios para el mantenimiento de los caciques en la dirección del Estado. La ciudad es organizada en espacios políticos para la distribución de presupuestos y plan de obras acorde con los líderes caciquiles. Se maneja una cultura política arquetípica, caracterizada por una mentalidad religiosa que ve en el gamonal, el intermediario ante el Estado, que todo lo puede y lo tiene, y el habitante desprotegido, que facilita el manejo personalizado de la cosa pública. El manejo clientelista llevó a la división del Viejo Caldas en tres departamentos, por la ubicación en esos espacios de ciudades que acentuaban caudales electorales, garantías de poder político a gamonales que en un solo departamento no habrían sobrevivido.

La ciudad en el mini orbe en la que se conjugan magníficamente el tiempo y el espacio recibiendo formas de la manera de ser de sus habitantes, a quienes les transcurre la vida entre la ensoñación de imaginarios e ideales y la dura brega en la acrecotidianidad que los envuelve en una vorágine azuzados por la aventura. Se gesta y desarrolla una cultura e identidad sobre sus calles, sus plazas, sus movimientos, su arquitectura, sus (epónimos), sus templos y cementerios, es decir los lugares que diariamente llena el hombre con su aliento.

Conclusiones

En resumen, las características de la economía de frontera posibilitaron la construcción de la región cafetera colonizada y el posterior urbanismo de la zona, gracias a la dinámica mercantil. La política de baldíos posibilitó la demanda del suelo por compañías y colonos trabados en conflictos, pero que con la producción cafetera construyeron una red mercantil que los vinculaba el comercio exterior, a la vez que propiciaba beneficios. El proceso fue enriquecido con la ideología del progreso, del hombre virtuoso trabajador y responsable. Cívico y ciudadano ejemplar, papel en el que se involucran el común y el líder en el afán por hacer de lo urbano, el espacio grato a todos y el que pareciesen borrar las diferencias sociales.

 

BIBLIOGRAFIA


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