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Nicolae Popescu
"Emil Cioran y la tentación
de la utopía "
Tracucción
del Francés del texto de Nicolae Popescu: Emil Cioran
et la tetation de l`utopie
María
Liliana Herrera A.
Incluso
cuando se intenta un proceso contra los muertos es con el
fin de poderlos matar por segunda vez. Desde hace poco más
o menos 70 años Europa vive bajo un régimen
de proceso. Entre los grandes artistas del siglo, ¡cuántos
acusados!(1). Es con estas palabras tomadas
de su más reciente libro que Milan Kundera deplora
el aislamiento al que ha estado sometida una parte, nada despreciable,
de grandes obras de este siglo. Parecería que en nuestros
días hay más interés por el grado de
escándalo que se pueda producir una obra de arte que
por su valor o capacidad de enseñanza. Citando a la
par a MaiaKovski y Gottfried Benn, Heidegeer y Sarte, Pound
y Aragon, entre otras víctimas de este gran malentendido,
Kundera vuelve el proceso contra sí mismo, acusando
a la acusación misma y desarmando el espíritu
del proceso que es el espíritu del tiempo presente,
el espíritu de la actualidad vacía de valores
en nombre del cual uno puede permitirse, en primer lugar,
intentar un proceso. Lo que es refrendado por este espíritu
es el olvido de todo lo que no sea crimen(2),
de tal suerte que el crimen, percibido o real, se vuelve más
importante que la obra y termina por obstaculizar su marca
indeleble. Toda referencia futura a cualquier autor debe necesariamente
pasar por la referencia al crimen, real o imaginario. La consecuencia
inexorable de la primacía de esta persecución
al hombre conduce finalmente a la censura del libro. La referencia
incesante al crimen, percibido o real, verdadero o imaginario,
equivale, en última instancia, a una orden expresa
de no leer a tal o cual autor, considerado en lo sucesivo
sospechoso y deshonrado para la eternidad. La obra de Cioran
que no es aún, y afortunadamente, conocida y citada,
fue interrumpida recientemente por la muerte, pero ya ha entrado
en el mundo que Kundera llama con pena el régimen del
proceso.
La
carrera y la vida del escritor y ensayista francés
de origen rumano Emil Cioran son, según su propia confesión,
un infierno en el que cada instante es un milagro
(3). Esta formulación irónica, exaltada
y paradójica no es más sorprendente que otras
habituales en su obra. Ella constituye, de hecho, la marca
más íntima. Sin forzar la impronta, podríamos
aprehender en el seno de esta obra tan llena de paradojas
el corazón mismo de su contradicción e incluso
su intimidad desarticulada, como la signatura de nuevas confesiones
de un hijo de un siglo extremadamente accidentado. Si a la
manera de sus compatriotas, Eugene Ionesco y Mircea Eliade,
la obra francesa de Cioran es más familiar, su producción
rumana anterior y las circunstancias que la rodearon, en cambio,
lo es mucho menos. No sería inútil, por las
necesidades últimas de nuestra discusión, poner
en evidencia los principales hitos y azares diversos de los
primeros años de la vida de este escritor.
Emil
Cioran nace en 1911 en Transilvania. Este territorio se encuentra
entonces bajo la ocupación y tutela del imperio austro-húngaro.
No es sino hasta 1918, al final del primer conflicto mundial,
y de hecho la entrada de Rumania a la guerra al lado de los
aliados en 1916, a pesar de su monarquía de origen
alemán, que Rumanía reune a la nación
rumana. Esta reunificación será ratificada en
1920 por el tratado de Trianon. Es para todo fin práctico
en un país extranjero que Cioran pasa los primeros
años de formación de su vida en un exilio interior
magnificado por las disensiones sociales, nacionales, linguisticas
y religiosas que históricamente han marcado las poblaciones
transilvanas de orígenes étnicos diversos. En
su Carta a un amigo lejano de 1957 dirigida al filósofo
Constantin Noica, Cioran evoca el temor que le inspiraba de
niño la figura autoritaria del gendarme húngaro.
La familia de Cioran habría de padecer además
una deportación y la residencia fue asignada en la
parte occidental de Hungria, durante el período de
la primera guerra mundial. Podríamos afirmar que estas
primeras experiencias tuvieron un efecto decisivo en la gestación
de un espíritu como el de Cioran. Pero al contrario
de una actitud vengativa o reivindicadora -Cioran es de aquellos
que afirman que no se puede reivindicar sino a quienes no
han sufrido- se trata más bien de un desarraigo, de
una repugnancia por la historia y sus vicisitudes, de una
oposición y negativa a someterse, a integrarse, con
lo que Cioran responde a la marcha anónima del tiempo
presente. Considerado siempre como un antipatriota feroz,
menospreciando todo sentimentalismo nacional, Cioran muy pronto
ha hecho en su juventud la experiencia del desapego, la experiencia
del vacío propio de los preceptos de las religiones
orientales por las cuales siempre se sintió atraído.
Sin embargo, jamás hay algo de unitateral en él.
El gusto por el budismo es por definición atemperado
precisamente por la imposibilidad de ser budista. En efecto,
todo parece estar movido en Cioran por un principio cuasi-físico
de acción-reacción, por un principio de contradicción.
La experiencia de la intolerancia lo induce a retirarse del
mundo, y esta acedía antigua lo conduce simétricamente
a la lectura de la Gaceta de los debates parlamentarios.
En
la época de sus estudios del liceo y universitarios
y refugiándose en la meditación de los filósofos
canónicos, los pensadores privados, los moralistas,
los místicos orientales y occidentales y de los padres
de la iglesia, Cioran resueltamente decide dar la espalda
a los fenómenos políticos y sociales de su tiempo.
Aunque de ellos estaba perfectamente informado, los asuntos
de este mundo lo dejaban indiferente; creía que era
más apropiado profundizar en los conflictos de su yo
que confrontaba con las proposiciones abstractas de los sistemas
filosóficos, los refinamientos teológicos y
el eter de la metafísica. Más próximo
a un Chateaubriand, a un Barrès, aún al joven
Gide; ciertamente más próximo a un Nietzsche
o a un Kieekegard que a un Marruas y menos a un Drumont, Cioran
es una suma de actitudes, un temperamento, el problema de
un individualismo, de un espíritu solitario confrontado
con un siglo (con todos los siglos) frente al cual se sentirá
constantemente como un exiliado, un extranjero, un apátrida.
| Considerando
siempre como un antipatriota feroz, menospreciando todo
sentimentalismo nacional, Cioran muy pronto ha hecho en
su juventud la experiencia del desapego.
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En
1932, Cioran obtiene su licenciatura en filosofía y
letras en la Universidad de Bucarest redactando una tesis
sobre el intuicionismo bergsoniano. Es en el transcurso
de los cuatro años que ha durado esta licenciatura
en el que se desenvuelve el gusto de Cioran por la literatura
francesa. A la lectura de Montaigne sucede la de los moralistas
La Rochefoucauld, La Bruyère y Chamfort, y luego la
de los moralistas Saint Simon y Chateaubriand. Imposible no
notar, a pesar del aspecto disparatado de este grupo, la medida
común que los une. Ellos comparten un pesimismo fundador
del pensamiento y un modo de formulación muy cuidadoso,
que va desde un estilo muy fracturado a uno muy amplio. Es,
pues, justificable inscribir a Cioran en el seno de esta familia
literaria, crítica en la consideración de lo
cotidianao y que toma partido frente a la categoría
de lo eterno, para quien la escritura ha constituido un refugio,
una manera de deformar el presente y las contradicciones de
la actualidad contemporánea.
Es
en 1932, año final de sus estudios y debiendo elegir
un tema de tesis cuando Cioran vacila entre un trabajo sobre
Simmel y uno sobre Bergson. Como hemos precisado anteriormente,
Cioran elige a éste último. No podía
permanecer insensible frente al filósofo que había
rehabilitado en un francés de extrema claridad y desprovisto
de jerga, la experiencia directa, la intuición, las
sensaciones y la duración en contra de las abstracciones
conceptuales del espíritu destacando la autofagia filosófica.
Es de 1932 que data también la ruptura de Cioran con
la filosofía al menos en su acepción sistémica
y académica. En efecto, en el curso de este año,
su lectura de Sein und Zeit de Heidegger suscita una revelación
y le ocasiona una ruptura drástica que uno se vería
tentado a aproximar a la célebre Nuit de Gênes
de Paul Valery. Cioran vislumbra y desenmascara de forma
irreversible la ilusión, el fantasma de la realidad,
la grandiosa mistificación que hasta entonces habían
representado para él el lenguaje y los conceptos filosóficos.
He aquí la retractación que de ellos hace el
autor en su Breviario de Podredumbre: he abandonado la
filosfía en el momento en que me fue imposible descubrir
en Kant alguna debilidad humana, algún acento de verdadera
tristeza; en Kant y en todos los filósofos. Frente
a la música, la mística y la poesía,
la actividad filosófica destaca un disminuido vigor
y una profundidad sospechosa que no tiene prestigio más
que para los tímidos y los tibios (4).
Es, pues, bajo la fascinación y la influenciaa del
concepto y del vocablo filosófico que él había
sacrificado sus facultades y el conocimiento efectivo de lo
real. Las ideas de Valery tomadas de la Introducción
al método de Leonardo, -y deplorando el abuso del
lenguaje del que son culpables los filósofos-, hicieron
eco en los gustos de Cioran. El despertar y el rechazo fueron,
por decir lo menos, brutales y no hicieron más que
acrecentar la inclinación de Cioran por los moralistas
clásicos y pensadores de temperamento como Kierkegaard,
Schopenhauer y sobre todo Nietzsche.
Entre
1934 y 1940, Cioran publica cinco libros en rumano. Ellos
son, en su conjunto, de inspiración nietzscheana, fragmentarios,
de un alto grado de abstracción, doblegándose
bajo el peso de un exceso lexical, pero también, paradójicamente,
muy personales, poseyendo una vena casi autobiográfica.
Es que su autor aprehendiendo la lección de los moralistas
franceses y los pensadores alemanes, y a través de
sus obsesiones y sus penas, no hace más que hablar
de sí mismo. En la cimas de la desesperación,
es publicado en 1934; en 1936 son publicados conjuntamente
El libro de las quimeras y La transfiguración
de Rumania; De lágrimas y de Santos es editado
en 1937; finalmente aparece El crepúsculo del pensamiento.
A partir de 1937 Cioran se instala en París de forma
definitiva gracias a una beca ortorgada por el Instituto Francés
de Bucarest. Todos estos libros estan actualmente disponibles
en traducción francesa, salvo La Transfiguración
que Cioran siempre se opuso a traducir y por el cual el escándalo
llega.
Es,
pues, en 1936 y después de dos años pasados
en Berlin y en Munich como becado de la fundación Humboldt
cuando Cioran publica esta extraña Transiguración
de Rumania, ensayo constituido por siete capítulos
que tratan del destino problemático de las culturas
minoritarias y más precisamente balcánicas.
Allí ataca brutalmente la irrealizacion, el letargo
secular de la cultura rumana. Deplorando la insignificancia
de las naciones y los pueblos sin pasado ni futuro, en la
periferia de las grandes corrientes de la civilización,
al margen de las grandes culturas históricas, Cioran
dirige una requisitoria sin piedad en contra de los servilismos
y constantes menores de la historia rumana (mundo de la oralidad,
folclor, cultura campesina transecular, etc). Entre una compasión
resentida y paradójica y un odio virulento hacia los
fracasos de su país, Cioran le propone una transfiguración,
una metamorfosis delirante, a imágen de las pasiones
y contradicciones fanatizadas que lo habitan. Es necesario
notar, desde el principio y en el título mismo de la
obra, la injerencia religiosa y mística que remite,
sin duda, a la transfiguración testamentaria de Cristo
en el monte Thabor y a su aparición gloriosa
y divina frente a los apóstoles Pedro, Juan y Jacobo.
El tono está dado. El ensayo de Cioran es paradójicamente
a la vez lírico y analítico; no es un programa
político. A medio camino entre una divagación
mesiánica y condenada de hecho, por su misma exageración,
a no realizarse -Cioran sueña con una Rumania que comparta
el destino histórico de Francia y la población
de China- y una deconstrucción de un rigor extremo
del ethos cultural balcánico, este ensayo híbrido,
que navega entre el diagnóstico y el sueño,
marca curiosamente el debate de la crisis de identidad del
nacionalismo rumano que apasiona a la joven generación
de entreguerras. Algunas aclaraciones se imponen. Esto libro
es la excepción en la producción rumana de Cioran.
Las otras cuatro obras se caracterizan tanto por su factura
aforística o fragmentaria, por una forma que desalienta
la argumentación continua, como por su contenido personal,
preocupado por los problemas peremnes tales como la muerte,
el suicidio, la vida de los santos, la caída, la imposible
redención del ser humano que relevan claramente temáticas
ahistóricas -si es que lo son-. La Transfiguración
representa, pues, una incursión en el saber histórico,
político y social, de hecho inhatibual, contrario a
las preocupaciones intelectuales corrientes del joven Cioran.
Durante más de medio siglo este libro fue censurado,
olvidado, y de acceso extremadamente limitado.
Sin
embargo, en 1990, algunos meses después de la insurrección
de diciembre de 1989, Cioran autoriza la reedición
rumana de la Transfiguración. Un capítulo,
el cuarto, intitulado Colectivismo nacional es suprimido
y algunos retoques puntuales oxigenan los otros capítulos.
Cioran agrega a esta edición una advertencia liminar.
He escrito estas divagaciones entre 1935 y 1936 a la edad
de 24 años, con pasión y orgullo. De todo lo
que he publicado en rumano y en francés este texto
es quizá el más apasionado y, al mismo tiempo,
el más extraño a mí. No me encuentro
en él a pesar de que la presencia de mi histeria de
entonces me parece evi dente.
He creído mi deber suprimir algunas páginas
pretensiosas y estúpidas. Esta edición es definitiva.
Nadie tiene el derecho a modificarla". Cioran, París
22 de febrero de 1990(5).
La
muerte de Cioran el 20 de junio de 1995 en París, que
sobreviene después de una larga enfermedad que no solamente
lo había paralizado sino que lo había dejado
afásico, es el punto de partida de una serie de publicaciones
periodísticas que tenían por meta sacar a la
luz el pasado xenófobo y antisemita(6)
del autor. Así es como se expresa el crítico
Edgar Reichmann en un artículo titulado Los extravíos
y remordimientos de un intelectual publicado en la página
necrológica de El mundo el 22 de junio de 1995.
El 28 de julio del mismo año, El Mundo vuelve
a la carga con un Debate (Cioran) donde se encuentran
tres artículos: uno, firmado por el historiador de
origen húngaro Françoise Fejtö quien da
testimonio de la amistad que lo unía a Cioran; el segundo
artículo de E. Reichmann atempera un poco su primera
posición; y el tercero, de la pluma de un joven universitario
francés Pierre-Yves Boissau. Es este artículo,
La transfiguración del pasado, el que abarca
los dos anteriores y da el tono al debate. Boissau intenta
demostrar que el conjunto de la obra francesa no sería
más que un palimpsesto, una tentativa amplia
de camuflaje de su obra primera rumana y constituiría
la continuación de una mala fe lancinante(7).
El título mismo del artículo de Boissau remite
evidentemente al ensayo de Cioran, La Transfiguración
de Rumania.
Los
descubrimientos de Boissau y los reproches dirigidos a Cioran
son de tres órdenes. En primer lugar, el haber disimulado
la parte de su pasado que constituye la escritura y publicación
de la Transfiguración. En segundo lugar, el
haber cohonestado con la organización nacional rumana
más representativa de entreguerras, el movimmiento
legionario, igualmente conocido bajo el nombre de Legión
del Arcangel Miguel o Guardia de Hierro. Y, finalmente, el
no haberse retractado de su pasado, de haberlo incluso continuado
en términos encubiertos y haberlo propagado a través
de sus aforismos y ensayos franceses en los que consignaría
opiniones sectarias e ideas racistas.
Sería
útil ante todo precisar que a nuestro juicio, y habiendo
recorrido el conjunto de la literatura crítica destinada
a Cioran, este género de acusaciones no fueron hechas
jamás en vida del autor, y que ningún crítico
o lector de la obra francesa ha asimilado las sentencias y
elegantes máximas, lapidarias, pesimistas, así
como irónicas y marcadas por un profundo escepticismo
de este moralista contemporáneo, a una forma de odio
sea racial o nacional. Parece que estamos confrontados con
un problema de óptica o perspectiva. M. Boissau elige
leer el conjunto de la obra cioraniana a través de
los excesos linguísticos y retóricos de un sólo
libro. Incluso, admitiendo un procedimiento semejante y reductor,
se trataría de determinar si el texto de la Transfiguración,
ya que es el que se ha puesto en tela de juicio, constituye
en efecto, a) la matriz de todos los libros escritos por Cioran,
b) una derivación doctrinaria del movimiento legionario,
y c) un programa político de naturaleza racista. El
libro se presenta, tal como lo hemos dicho, en siete capítulos
que, sin embargo, no obedecen a ningún orden estricto
de composición. Las ideas se atropellan en desorden
presas de una locura de la expresión. En efecto, el
lector tiene la impresión que más que la expresión,
es la expresividad la que es considerada. Si hay un tema de
odio que surge de este magma linguístico es el del
odio hacia sí mismo, hacia sus orígenes: hubiera
querido ser ruso, español, canibal, todo, salvo esto
que soy(8). Este odio hacia sí mismo,
hacia su propia, rumanidad no se presenta, sin embargo, como
una acusación a la existencia del otro, no procura
jamás autovictimarse, y tampoco parte a la búsqueda
tradicional y concomitante de un chivo expiatorio. Los únicos
culpables en este libro son los rumanos mismos, los únicos
responsables, según Cioran, de la marcha de su destino
colectivo. La violencia del propósito emana del choque
entre la visión imposible que mantiene Cioran del porvenir
de su país, un porvenir fantasmagórico que forja
de pedazos, y la realidad ese país con una historia
encasillada en sí misma disponiendo de una lengua provincial,
de nula circulación, nación portadora de una
joven literatura desconocida y de una cultura popular confinada
al espacio de sus fronteras, un país, en suma, atascado
en un rincón de Europa, entre la Rusia estalinista
y la Alemania de Hitler. Ahora bien, la fiebre de la escritura
cioraniana es justamente exacerbada por esto que se le resiste,
por la referencia de lo real precisamente. El autor se explica
a sí mismo en un texto manuscrito redactado en francés
e intitulado Mi país: en lugar de dirigir mis pensamientos
a una apariencia más real, me detenía en mi
país puesto que me parecía que él me
ofrecía el pretexto de miles de tormentos y que mientras
pensara en él tendría a mi disposición
una mina de sufrimientos. Tenía a mi alcance un infierno
inagotable en el que mi orgullo podía exasperarse a
mis expensas. Y mi amor era un castigo que me infligía
a mí mismo, y de un quijotismo feroz. Discutía
interminablemente la suerte de un país sin suerte:
me convertí, en el sentido estricto del término,
en un profeta en el desierto(9). Es bajo esta
forma de masoquismo intelectual, consecuencia de una crítica
sin piedad y sin objeto a un país natal en el que las
realidades históricas no podían ser otras que
las que eran, que Cioran piensa más extensamente sobre
sí mismo, sobre su estado de espíritu que sobre
sus opciones políticas o las de Rumania. El texto de
la Transfiguración está plagado de perlas
como estas:
No
puedo amar más que a una Rumania delirante; todo
lo que no es profecía en Rumania es un atentado en
su contra; mientras que un pueblo no haya dirigido una guerra
de agresión no puede existir en tanto que factor
histórico; si se eliminara el ejército en
la historia el devenir universal se asemejaría a
una lección de pedagogía; en no importa qué
revolución la idea socialista es obligatoria; Rumania
es en verdad geografía pero no es historia; y,
finalmente: no podemos convertirnos en la primera fuerza
de los Balcanes más que liquidando todo lo que es
balcánico en nosotros(10).
| El
libro se presenta, tal como hemos dicho, en siete capítulos
que, sin embargo, no obedecen a ningún oeden estricto
de composición. Las ideas se atropellan en desorden
presas de una locura de la expresión. |
Es
fácil reconocer en este florilegio todo lo que es terribilismo
empujado al extremo de la expresión, rechazo del buen
sentido, de la justa medida, herencia de los discursos ideológicos
de los años 30, irrealidad y paso voluntario al irracionalismo.
Reconocemos también allí el espíritu
de la fórmula, la marca plástica, la formulación
irónica que no está exenta de una cierta pose
y que caracterizarán al moralista francés que
él sería. Años más tarde, en un
texto manuscrito que hemos mencionado, Cioran afirma que quien
entre los 20 y los 30 años no se suscribe al fanatismo,
al furor y a la demencia es un imbécil. No se es liberal
más que por fatiga, demócrata por razón.
El malestar es la conducta de los jóvenes (...). Cuando
era joven, toda Europa creía en la juventud, toda Europa
la empujaba a la política, a los asuntos del estado.
Sume a esto que el joven es teórico, semifilósofo
y que le es indispensable a toda costa un `ideal" disparatado.
No se acomoda a una filosofía modesta: es fanático,
cuenta con la insensatez y espera todo. Nosotros, los jóvenes
de mi país, vivíamos lo insensato. Era nuestro
pan cotidiano(11).
La
insensatez de Cioran no es, sin embargo, la de todos. Más
interesado por el entusiasmo, por la intensidad de una experiencia
que por la experiencia misma, Cioran se encuentra, a la manera
de su maestro de entonces, Nietzsche, literalizando la vida,
sea ella política, pero no politizando su escritura.
Todo el campo de la historia rumana parece abrirse ante él
tanto como un pretexto para las lecturas como la ocasión
para ejercer una alta forma de gimnasia mental.
Poco
le importa el desarrollo efectivo de los acontecimientos.
Es el acto de lectura y sobre todo de interpretación,
de apropiación personal que prevalece sobre una visión
ponderada y ordenada de las cosas. La historia, la sociedad,
la política, he aquí tantos temas o actores
que son convocados y que se inscriben en el texto no tanto
de la vida misma sino del teatro de la vida. No es de ninguna
manera, en tanto que problemáticas verdaderas y susceptibles
de resolución que Cioran aborda estos temas, sino en
una esencial teatralidad, por una puesta en escena, furiosa,
apocalíptica de actores que él invita al seno
de su propio texto. El texto de Cioran es el espejo de la
vida considerada teatralmente como texto y nada más.
En resumen, la vida para Cioran, como para Nietzsche, es,
en definitiva, una subforma de la literatura. O se si prefiere,
la literatura siempre y en todo tiempo precede y se impone
a la vida. El exceso del que hace prueba es un exceso, en
resumidas cuentas y en el sentido más fuerte del término,
retórico, sin fundamentos reales, sin aplicaciones
inmediatas o mediatas, en el que el mismo extremismo es la
garantía patente de su inaplicabilidad. Hacer también
de Cioran el cantor efectivo de una utopía nacionalista,
sea ella la que sea, parece ser una lectura en contrasentido,
teniendo en cuenta la poca estima en la cual él tenía
toda experiencia colectiva y la más fuerte razón
nacional. Un misántropo nacional es una contradicción
en los términos, un oxymore que no ha tentado ni a
Cioran. Nosotros queremos así sugerir que en el interior
mismo de su libro, el más distante del autor, Cioran
no ha podido desembarazarse de su yo, y no ha sabido producir
tampoco un pensamiento integrado y programático que
refrende lo real. Todo credo o manifiesto colectivo o nacional
no se contamina generalmente con los valores individuales.
Cioran era muy conciente de su individualidad, de su integridad
de individuo como para creer en alguna utopía y para
alistarse en no importa qué aventura colectiva. La
forma y el contenido escandalosos, descentrados y caleidoscópicos
de la Transfiguración de Rumania, son la imágen
misma, la representación figurativa de la fidelidad
de Cioran a sí mismo. Y, sobre todo, no olvidemos que
es precisamente tras la publicación de este libro que
Cioran deja definitivamente el territorio rumano. De una consecuencia
sin falla, él ha dudado de todo y, en primer lugar,
de sí mismo: había odiado a mi país,
a todos los hombres y al universo: no me quedaba más
que tomarla contra mí mismo: lo hice por enmascarar
la desesperación(12). Apátrida
y escéptico hasta el día de su muerte, a la
menera de Leon Bloy sin credo ni certezas, Cioran no fue el
hombre de nadie; en él, en sus quejas y en sus crisis,
en su escritura, en la que la precisión constituye
quizá la refutación última de la desesperación,
reconocemos una herida y un sufrimiento humanos que son también
los nuestros.
NOTAS
(1)
KUNDERA, M. Les Testaments Trahis, Paris, Gallimard,
1993, pp. 255-256.
(2)
Ibid., p. 274.
(3)
CIORAN, Emil. Le Mauvais Démiurge, Paris, Gallimard,
1969, p. 181.
(4)
CIORAN, Emil, Précis de Décomposition,
Paris, Gallimard, 1949, p. 71.
(5)
CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Bucarest,
Humanitas, 1990.
(6)
REICHMANN, Edgar, Les Ègarements y les Remords d'un
intellectuel in Le Monde, 22 juin
1995,
p. 29.
(7)
BOISSAU, Pierre-Ives, La Transfiguration du Passé
in Le Monde, 28 juillet 1995, p. 12.
(8)
CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Op. Cit.
(9)
CIORAN, Emil, Mon Pays, manuscrit, non paginé.
(10)
CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Op. Cit.
(11)
CIORAN, Emil, Mon pays, manus. Cit.
(12)
Ibid.
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