"
Palabras y sentido"


Julián Serna Arango


En este ensayo se exploran algunas de las consecuencias del giro lingüístico, y en particular de la no neutralidad del lenguaje. Se reconoce en la polisemia, en la creación continua de significado y sentido, la posibilidad de registrar las diferencias. Se reivindica el protagonismo del contexto en la lectura y de los recursos literarios en la escritura.

 

1. El giro lingüístico

A partir del giro lingüístico operado por pensadores como el II Wittgenstein y Heidegger, se invierten las relaciones entre lenguaje y pensamiento. De acuerdo con el antiguo paradigma el lenguaje no sería otra cosa que un instrumento por medio del cual se comunica el pensamiento. Según el nuevo paradigma el pensar discurre por los surcos abiertos por el habla. De allí la no neutralidad del lenguaje, o lo que es igual, la no neutralidad de la red de significados y sentidos por medio de la cual construimos mundo. Dos aclaraciones se imponen enseguida:

1. La red de significados y sentidos en cuestión no es universal. En cuanto los hombres asumen una diversidad de roles, construyen una diversidad de léxicos a partir del mismo lenguaje ordinario provocan el fenómeno de la polisemia. Ello se hace más evidente en los últimos tiempos cuando la sociedad resulta más compleja, cuando los individuos asumen roles más diferenciados todavía, cuando la circulación del saber adquiere un ritmo sin antecedentes conocidos, y la variedad de léxicos y hábitos lingüísticos así lo refleja.

2. A pesar de la dispersión de léxicos y hábitos lingüísticos, de la diversidad de roles que la sustenta, la red de significados y sentidos no es ni mucho menos un fenómeno individual. Porque un léxico, cualquier léxico surge a través de la comunicación, surge en un entorno social. Bajtín, inclusive, llegará a decir que la palabra es siempre palabra ajena.

 

2. La polisemia

La reivindicación de una multiplicidad de léxicos construidos a partir del lenguaje ordinario no sólo implica abandonar el ideal del estilo plano, de acuerdo con el cual la palabra se transmuta en concepto por medio del cual se registran los universales, es decir, en palabra comprometida con determinados atributos; sino además, reivindicar la plasticidad semántica de la palabra, y en particular, la polisemia por medio de la cual sería posible dar cuenta de las diferencias. Nos proponemos ejemplificarla:

No dice lo mismo la palabra "luz" en un himno órfico que en un manual de electricidad. En ambos casos la luz permite ver. No obstante, el sentido varía. Para el autor de un himno órfico, la luz es un antídoto contra la ignorancia; para el electricista, en cambio, contra la oscuridad. No dice lo mismo la palabra "cobarde" en diferentes contextos. Dentro del léxico del militar la persona "cobarde" es la que huye cuando viene el enemigo, la que no se juega su vida en el combate. En el léxico de los comerciantes, la persona "cobarde" sería la que únicamente invierte su dinero cuando el negocio no ofrece riesgos más allá de cualquier duda razonable. Entre los intelectuales una persona cobarde sería la que se escuda en opiniones ajenas y no aventura las propias. En el ámbito de la vida galante, un enamorado cobarde sería aquel que no se atreve a declarar su amor a la mujer amada. En el militar la cobardía se relaciona con el físico miedo; en el comerciante bien puede asimilarse a la prudencia, pero también a la avaricia; en el intelectual a la inseguridad o la mentalidad de rebaño; en el enamorado a la timidez. Alrededor de la palabra cobarde se asocian, en síntesis, una serie de resonancias semánticas de variada estirpe. Otro tanto sucede con la palabra "político". Porque hay políticos que anteponen sus intereses personales frente a los de su comunidad, las resonancias semánticas del término "político" nos inducen a pensar en el egoísmo. Porque los hay que anteponen los intereses de la comunidad a los suyos, las resonancias semánticas en cuestión remiten al altruismo.

Porque lo habitual es la polisemia, cuando determinada palabra adquiere un uso monosémico, ello suele ser arbitrario. Un ejemplo. La relación del hombre con los animales bien puede darse en diversas direcciones. Determinado animal puede ser un bien económico, un signo de estatus, un peligro, además. Si bien un animal, el león por ejemplo, suele ser todo lo anterior y mucho más, no faltan los casos en los que se especializan las palabras por medio de las cuales se refiere la relación hombre-animal. Veamos tres casos:

- En el lejano Oeste, en los EU, en el siglo XIX, el hombre dispone de amplias praderas y el ganado se convierte en un bien muy preciado. Dada la todavía incipiente presencia del Estado, cada quien debe cuidar sus propiedades. Por regla general los hombres andan armados. No en vano la palabra vaquero, más que hacernos pensar en un individuo ocupado de las vacas, nos sugiere un individuo con un par de pistolas -literalmente sea dicho- al alcance de sus manos.

- Con la fabricación de la armadura que protegía de pies a cabeza al guerrero medieval se resolvió un problema que había desvelado a los estrategas desde tiempo atrás como era el riesgo asumido por sus tropas cuando por acción de las armas en condiciones de matar a distancia podían ser eliminadas antes de entrar al combate cuerpo a cuerpo. Provisto de armadura, el guerrero se hacía literalmente invulnerable. No obstante, el peso de la armadura representaba un lastre. ¿ Qué hacer ? Se recurrió al caballo. Un guerrero con armadura forzosamente irá a caballo. Empero, sólo personas adineradas, los dueños de tierras heredadas de sus antepasados, los mismos que hacían parte de la alta o baja nobleza, podían disponer de equipo militar completo. Porque en los ejércitos de la época el uso del caballo se restringió a los propietarios, el término caballero se convirtió en signo de distinción social.

- Porque los perros ladran y atacan a las personas extrañas suelen ser utilizados para cuidar las casas de noche, cuando todos duermen, cuando amparados en la oscuridad los delincuentes cometen sus fechorías. De día, en cambio, las personas de bien caminan desprevenidas por la calle y los delincuentes duermen; si los perros merodean por allí pueden morder a la persona equivocada. De allí el oficio del perrero como la persona encargada de soltar los perros de noche y encerrarlos de día.

Porque la relación del hombre con la vaca, con el caballo, con el perro tomó diferentes caminos, los términos vaquero, caballero y perrero inducen en el interlocutor, en el lector resonancias semánticas exclusivas y excluyentes si se las mira de cara al repertorio de posibilidades disponible de la relación hombre-animal. Lejos de ser un fenómeno natural, el sentido adquirido por las palabras vaquero, caballero y perrero constituye un fenómeno histórico, es decir, un fenómeno contingente. Es cuando surgen preguntas como las siguientes: ¿ No es posible concebir una sociedad en la que el perrero sea una especie de caballero o el caballero una especie de vaquero ? Por supuesto que sí. Quien se ocupa de los perros de caza del rey en el medioevo sería por lo menos un caballero. Quien cuida las manadas de caballos en los pueblos de jinetes no iría menos armado que un vaquero. Porque las mismas cosas pueden hacerse de diferente manera, la polisemia permanece al asecho.

Hay quienes han visto en la polisemia el germen del relativismo, del nihilismo, inclusive. De allí que hayan pretendido conjurarle. Para tal fin acuden a la razón para definir las reglas de tránsito del pensamiento. No obstante, la razón no sólo ha sido utilizada como un antídoto contra la polisemia, cuando también la ha fomentado. Nos proponemos ilustrarlo.

 

3. El logos

El término razón, en español, procede del término latino ratio, y este a su vez del término griego logos. Porque el término logos, y a semejanza del mito, gira en torno a la relación hombre-saber, se concibe como palabra. No obstante, también hay diferencias. Mientras el mito no sólo legitima las prácticas sociales consuetudinarias y las convierte en tradición, sino que además prefigura, moldea el porvenir; el logos, en cambio, toma distancia de la tradición. De allí la doble condición del logos:

1. A través del logos, en virtud de su autonomía, no sólo hablamos de lo mismo que habla el mito, sino además de cosas diferentes. Para tal fines menester operar una creación continua de significado y sentido. De allí la vocación lingüística del logos.

 

Es menester esperar hasta el advenimiento del giro lingüístico, para recuperar la vocación lingüística del logos, cuando los filósofos hacen de la palabra el centro de sus reflexiones, cuando no sólo destacan su historicidad, sino además su plasticidad.


2. A diferencia del mito, el logos articula un discurso no legitimado por la tradición. ¿ Cómo acreditar el logos desde un punto de vista social ? Mediante determinadas restricciones, mediante determinadas exigencias. De allí la vocación intelectualista del logos. Veamos algunos ejemplos:

a) Porque existen discursos que no aportan argumentos o pruebas que los acrediten, ellos se revelan arbitrarios. Un discurso que aporte sus propias evidencias sería, en cambio, un discurso fundamentado. No obstante, ello suele resultar insuficiente. Así el discurso aporte algunas evidencias podría ser objetado. Para superar el escollo en cuestión, hay quienes han concebido la posibilidad de desarrollar un discurso apodíctico, es decir, un discurso que no deje al interlocutor o al lector opción diferente a la de su respectiva aceptación.

b) Porque existen discursos que carecen de unidad, ellos se revelan caóticos. Un discurso que no se contradiga sería, en cambio, un discurso coherente. Ello puede resultar insuficiente, sin embargo. Así el discurso considerado como todo resulte coherente, podría ser incompatible con discursos que han conquistado previamente la aceptación de los especialistas. Es cuando se proponen ideales como el de la sensatez, el buen juicio, cualidades propias de quien formula sus aseveraciones sin entrar en contradicción con aquellas otras acreditadas por la respectiva comunidad académica.

Dada la doble vocación lingüística e intelectual del logos, es posible identificar diferentes énfasis a lo largo de la historia de Occidente:

1. Porque heredan de la tradición filosófica el inventario de sus problemas, así como el léxico y los hábitos lingüísticos comprometidos con ellos, los filósofos desde Platón hasta el positivismo relegan a un segundo plano el uso lingüístico del logos. Porque pretenden someter a sus colegas bajo el peso de la argumentación, porque enfatizan en la condición exclusiva y excluyente de sus respuestas, ellos insisten en el uso intelectualista del logos.

Eximido de su vocación lingüística, el discurso se ocupa de la articulación de los conceptos únicamente. Lejos de finalizar con la formulación de sistemas, con la redacción de tratados, el proceso tendiente a simplificar la razón alcanza su hipertrofia con la crisis de las ideologías. Cuando los ismos que pretendían decir la última palabra, cuando no la única acerca de los interrogantes cruciales de la existencia pierden su protagonismo; cuando los medios -el poder político, el dinero, el rating, inclusive- se reconvierten en fines, hace carrera la racionalidad instrumental. El logos no sólo define de antemano su propio mecano, sino además sus fines. En medio de semejante inversión de términos, el Estado, el hombre, y en particular, el prójimo, antes fines, se transmutan en medios. En síntesis, todo vale. Dada la abundancia de ofertas, y por una aplicación analógica de la ley de la oferta y la demanda su valor decrece. En última instancia, nada vale. Es cuando sobreviene el nihilismo, el cual hereda sin beneficio de inventario el léxico universalista y los hábitos lingüísticos que gravitan alrededor del lenguaje proposicional de la metafísica. No en vano las proposiciones universales admiten dos opciones únicamente: todo (asumida por la metafísica) y ningún (asumida por el nihilismo).

2. Es menester esperar hasta el advenimiento del giro lingüístico, para recuperar la vocación lingüística del logos, cuando los filósofos hacen de la palabra el centro de sus reflexiones, cuando no sólo destacan su historicidad, sino además su plasticidad. En esa misma dirección es posible registrar el tránsito de la lingüística a la pragmática lingüística, cuando se reivindica el contexto, cuando las figuras literarias reconquistan el protagonismo perdido; del constructivismo al constructivismo radical en psicología, cuando no sólo se asume el objeto como objeto construido, cuando además se reconoce el sujeto como un sujeto que se reconstruye al construir el objeto, y con él nuestros hábitos intelectuales, nuestros hábitos lingüísticos, inclusive.

Para superar la metafísica debemos expresar, gestar las diferencias; reivindicar la polisemia, y en última instancia la vocación lingüística del logos. Para conjurar el nihilismo, para no incurrir en una nueva Babel en la que alternen una multiplicidad de léxicos inconmensurables, debemos privilegiar prácticas pedagógicas como el seminario investigativo alemán para construir de contextos compartidos mediante los cuales sea posible poner a circular sentido.

Reivindicada la polisemia, reivindicada también la vocación lingüística del logos, nos restaría ejemplificar sus consecuencias en la lectura y la escritura.

 

4. Lectura e interpretación

Hasta el siglo XIX la lingüística, centrada en la denominación, no solía ir más allá de la frase. De allí la "complicidad" de la lingüística con la vocación intelectualista del logos, cuando el significado y el sentido del discurso se limitaba en lo posible al de los conceptos ensamblados en proposiciones. Con el surgimiento de la pragmática lingüística no sólo se reivindica la existencia de un significado y un sentido supraproposicional, sino además la relación de la palabra, de la frase con el contexto, en su triple acepción literaria (el texto), situacional y cultural. Y esa dialéctica entre el texto y el contexto operada a través de la lectura trasciende el significado proposicional por medio de inferencias, divagaciones, analogías en un proceso sin límites naturales.

¿Por qué al escuchar un discurso, al leer un texto no nos limitarnos a recibir la información y damos vía libre al vagabundeo de lo semántico (expresión acuñada por Derrida)? Porque el confinamiento de la palabra en la frase, de la frase en el párrafo es sólo un confinamiento virtual. Una vez escuchamos la palabra, la frase, ellas hacen tránsito a la conciencia del interlocutor o lector, y allí entran en relación con otras palabras, con otras frases del mismo discurso, pero también de otros discursos, con otras tradiciones, inclusive, y en esa medida la gestación de significado y sentido constituye un proceso sin fin. Enseguida un ejemplo:

En "El culto de los libros", y al referirse a los cristianos, Borges dice: El pensamiento de que la divinidad había escrito un libro los movió a imaginar que había escrito dos y que el otro era el universo (1). Porque los libros contienen un saber a disposición de quien los sepa interpretar, porque el universo contiene información al alcance de quien lo sepa leer, se infiere que el universo es un libro. Es posible ir un poco más lejos y asumir que ambos libros contienen idéntico saber, idéntica información, en cuanto son obra del mismo autor y se refieren al mismo tema: la creación. Las reflexiones sugeridas por la frase de Borges pueden prolongarse en dos direcciones diferentes. O bien se subordina el universo a la Biblia, y se atribuye al universo connotaciones religiosas. O bien se subordina la Biblia al universo y se atribuye a la Biblia connotaciones científicas. A semejanza de lo acontecido durante la edad media, cuando las catedrales se consideraban una especie de libros de piedra para ilustrar a la masa analfabeta, es posible concebir las maravillas de la naturaleza como el mensaje enviado por Dios a los iletrados para que lo reconozcan a través de la obra de la creación. Haciendo eco de quienes -en un alarde de imaginación por cierto- sostienen que el relato de la creación contenido en el Génesis constituye la versión resumida de la historia del universo formulada por los científicos a partir de la teoría del big bang, se colige que la Biblia sería el libro a disposición de los no científicos, es decir, de quienes no están en condiciones de atravesar el laberinto de ecuaciones contenido en los libros de física. La relación Biblia-universo podría inducir, de otro lado, una serie de reflexiones teológicas. De la concepción del universo como libro escrito por Dios pudiéramos inferir que la verdadera escritura de Dios son los hechos, de tal suerte que en Dios entendimiento y voluntad no están separados, y que las ideas de Dios son ideas-fuerza como fueran descritas por los teólogos de la Escolástica. No faltará el impío, quien sostenga que por escribir dos veces la misma obra, dios se delató y dejó percibir su inseguridad, y por ende, su imperfección… Pudiera ocurrir que conclusiones como esa infecten al lector de Borges con el germen del ateísmo y terminen por socavar sus convicciones religiosas. ¿ Hasta dónde llegan las reflexiones, las divagaciones del lector ? No es fácil preverlo. Ello remite a su formación intelectual, intereses, expectativas. Lo único cierto es que en la medida en que las reflexiones inducidas por determinada frase, pasaje, discurso hacen carrera terminan por alterar la red de significados y sentidos del lector, por provocar la reconstrucción de su mundo, inclusive.

 

Y esa dialéctica entre el texto y el contexto operada a través de la lectura trasciende el significado proposicional por medio de inferencias, divagaciones, analogías en un proceso sin límites naturales.


5. Resonancias semánticas

Que la relación costo-beneficio entre la ambigüedad provocada por el vagabundeo de lo semántico, de un lado, y la coherencia adquirida, de otro lado, sea positiva o negativa desde un punto de vista comunicativo depende del virtuosismo del autor para reducir al mínimo la ambigüedad, para potenciar al máximo la coherencia, pero también de la sensibilidad, la formación intelectual del lector para atar los cabos, para seguir las pistas sin perderse en el laberinto de significados y sentidos posibles. El poema de César Vallejo titulado Los heraldos negros, el cual transcribimos, nos sirve de ejemplo:

Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé !

golpes como del odio de Dios

como si ante ellos, la reseca de todo lo vivido

se empozara en el alma… Yo no sé !

Son pocos, pero son. Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas

o los heraldos negros que nos manda la muerte

Son las caídas hondas de los cristos del alma,

de alguna fe adorable que el destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno

se nos quema

Y el hombre pobre, pobre. Vuelve los ojos como

cuando por sobre el hombro lo llama

una palmada

vuelve los ojos locos y todo lo vivido

se empoza como charco de culpa en la mirada

Hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé ! (2)

El título del poema Los heraldos negros, es ciertamente significativo. Un heraldo es el abanderado que inaugura la marcha, que porta las insignias del cortejo. ¿ No es acaso un heraldo el título del poema, el mismo que abre el desfile de versos ? Por supuesto que si. Un heraldo negro es un heraldo que simboliza la oscuridad, oscuridad en donde nada vemos, en donde permanecemos indefensos.

El poeta dice en el primer verso: "Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé !" La frase consta de una afirmación en apariencia trivial según la cual hay golpes fuertes en la vida, y luego viene un "yo no sé" que se lee como ignorancia y se entiende como queja, pero que en última instancia puede ser una advertencia del poeta. "Yo no sé" que efectos cauce en el lector, dirá, la lectura del poema, efectos que parecen nimios si consideramos la existencia como un fenómeno físicobiótico únicamente, efectos que resultan significativos si concebimos el ser que somos nosotros como una red de significados y sentidos porque dicha red no saldrá inmune de su cruce con un poema rico en resonancias semánticas.

Para hablar de los golpes fuertes que nos da la vida, Vallejo no elige una fórmula, de esas que abundan en los tratados. No es un psicólogo que vaya tras la definición universal de algo que posiblemente no se puede definir así no más, porque entre los diferentes golpes asestados por la vida, entre los que clasificamos como "fuertes", inclusive, no hay más que un cierto aire de familia. De allí que Vallejo acuda a un muestreo.

El poeta empieza por advertir que en ocasiones recibimos golpes "como del odio de Dios". En virtud de su omnipotencia, la magnitud de un golpe dado por la divinidad no pudiera ser sino infinita. El poeta no es un teólogo por supuesto, y enseguida acude a una metáfora sensible cuando alude en los siguientes términos al efecto que esos golpes provocan en nosotros: "como si ante ellos la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma". En razón de su magnitud esos golpes no se limitan a desencadenar una tristeza, cuando sus efectos resultan comparables con la acumulación de todas las tristezas, de todo lo sufrido en el alma concebida como pozo, túnel oscuro sin luz donde encalla, donde naufraga la esperanza.

En la segunda estrofa el poeta explica de manera detallada los efectos que desencadenan esos golpes. "Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte". Zanjas oscuras en el rostro no es otra cosa que las arrugas, las huellas indelebles. Hay golpes que nos marcan para siempre. Por fuertes que seamos, esos golpes son más fuertes todavía. El poeta acude a las comparaciones cuando asemeja dichos golpes al efecto causado por el paso de jinetes montados en potros salvajes al mando de Atila, rey de los hunos, los mismos que asolaron Europa en tiempos del Bajo Imperio Romano. No en vano se atribuye a Atila la frase según la cual: "Por donde paso yo no vuelve a crecer la hierba", no vuelve a germinar la ilusión, no vuelve a florecer la esperanza, no hay para nosotros una segunda oportunidad en este mundo. La destrucción, la devastación provocada por esos golpes adquiere, además, dimensiones superlativas, cuando el poeta advierte: "Serán (…) los heraldos negros que nos manda la muerte", cuando los reconoce como anticipo de la muerte, del abismo sin fondo de la nada.

En la tercera estrofa el poeta profundiza en las sensaciones trasmitidas por dichos golpes. En primer lugar, la decepción, cuando compara dichos golpes con "las caídas hondas de los cristos del alma". Habiendo apostado nuestra vida a una carta, a una persona, a un ideal, lo perdemos todo si en la ruleta de la existencia apostamos al número equivocado, si no disponemos de otro número. No obstante, el golpe puede ser todavía mayor si la decepción ocurre en el último momento, en el último lance. Dice el poeta "Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema", porque ya celebrábamos el triunfo, cuando de improviso debemos ir de uno o a otro extremo de la gama de los estados anímicos; salto, torsión de la que no saldremos indemnes.

En la cuarta estrofa el poeta se refiere al carácter impredecible de los golpes, que están más allá del contar y del medir. Porque esos golpes no aparecen en el guión no son mitigados por medio de la predicción y nos topan indefensos, "como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada". No por imprevistos son menos reales. Vallejo acude una vez más a una metáfora sensible, cuando dice "y todo lo vivido se empoza como charco de culpa en la mirada". Charco, agua en la mirada, en los ojos: el hombre está llorando.

El poeta termina con el verso inicial: "Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé !". Aquí la expresión "yo no sé" adquiere un sentido diferente del registrado en la primera ocasión, sentido que se evidencia después de leído todo el poema únicamente. Mediante la expresión "yo no sé", en el último verso, el poeta reconoce su incapacidad para definir esos golpes. Porque no hay atributos comunes a todos los golpes fuertes deparados por la vida, el poeta se limita a realizar un muestreo. Alude a su potencia porque son golpes como del odio de Dios, a la destrucción que provocan al compararlos con el paso de Atila al mando de una orda de guerreros montados en potros salvajes, a la muerte como experiencia límite de la vida. Dichos golpes parten la existencia en dos, la cambian para siempre. No en vano el poeta alude a las huellas indelebles que nos dejan, a la decepción que nos embarga el día en que advertimos que hemos apostado a la carta equivocada, y todavía más cuando ello ocurre en el último momento. El poeta clasifica esos golpes bajo el signo de lo imprevisto. Vallejo, objetarán algunos, no ha definido esos golpes, cuando más habrá dado algunas pistas para reconocerlos. Un psicólogo en un par de líneas los habría definido como traumas severos… El poeta se ha gastada un poema y ni siquiera estableció un criterio de demarcación entre los golpes fuertes de la vida y los que no lo son. ¿ Ha sido en vano ? Por supuesto que no.

Porque en la vida humana los universales no son más que ficciones metodológicas, cuando no modelos propagandísticos, porque en las series de fenómenos del ámbito socio-cultural designados por medio de la misma palabra comparten un cierto aire de familia únicamente, la definición resulta inoperante, y es menester ensayar otras estrategias. Por medio del poema, el poeta construye alrededor de la tristeza y el dolor una serie de relaciones significativas con fenómenos como Dios, Atila, la muerte, las huellas, la decepción, la sorpresa, las cuales constituyen otros tanto puentes tendidos entre la palabra y el sentido. Si nuestra conjetura es cierta el poema de Vallejo habrá alterado nuestra red de significados y sentidos, es decir, nos habrá transformado, habrá sido para nosotros una especie de experiencia iniciática.

 

Conclusión

Es menester reivindicar la vocación lingüística del logos, la polisemia propia de un pensar que le compete dar cuenta de las diferencias, en un tiempo como el nuestro en que los universales han hecho crisis en el ámbito socio-cultural y con ellos la lectura literal y el estilo plano en la escritura. El relevo de la lectura por la interpretación en la que el contexto juega un rol de primer orden, la creación continua de significado y sentido a través de una escritura que hace uso de los diferentes recursos literarios, constituyen imperativos de los tiempos por venir, siempre y cuando adicionemos la siguiente advertencia. Para no incurrir en una nueva Babel, como si el relativismo a ultranza fuera la única opción disponible ante la violencia ejercida por el universal, y así sea una tarea laboriosa, es menester enfatizar en la comunicación, construir contextos compartidos, poner a circular sentido.

 

BIBLIOGRAFIA


(1) BORGES, Jorge Luis. Del culto de los libros. En: Otras inquisiciones. En: Obras completas. Barcelona: Emecé, 1989-1996. v. 2, p. 93

(2) VALLEJO, César. Los heraldos negros. En: Los heraldos negros. En: Obra poética completa. La Habana: Casa de las Américas, 1970. p. 3


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