"Palabras
y sentido"
Julián
Serna Arango
En este ensayo se exploran algunas de las consecuencias
del giro lingüístico, y en particular de la
no neutralidad del lenguaje. Se reconoce en la polisemia,
en la creación continua de significado y sentido,
la posibilidad de registrar las diferencias. Se reivindica
el protagonismo del contexto en la lectura y de los recursos
literarios en la escritura.
1.
El giro lingüístico
A
partir del giro lingüístico operado por
pensadores como el II Wittgenstein y Heidegger, se invierten
las relaciones entre lenguaje y pensamiento. De acuerdo con
el antiguo paradigma el lenguaje no sería otra cosa
que un instrumento por medio del cual se comunica el pensamiento.
Según el nuevo paradigma el pensar discurre por los
surcos abiertos por el habla. De allí la no neutralidad
del lenguaje, o lo que es igual, la no neutralidad de la red
de significados y sentidos por medio de la cual construimos
mundo. Dos aclaraciones se imponen enseguida:
1.
La red de significados y sentidos en cuestión no es
universal. En cuanto los hombres asumen una diversidad de
roles, construyen una diversidad de léxicos a partir
del mismo lenguaje ordinario provocan el fenómeno de
la polisemia. Ello se hace más evidente en los últimos
tiempos cuando la sociedad resulta más
compleja, cuando los individuos asumen roles más diferenciados
todavía, cuando la circulación del saber adquiere
un ritmo sin antecedentes conocidos, y la variedad de léxicos
y hábitos lingüísticos así lo refleja.
2.
A pesar de la dispersión de léxicos y hábitos
lingüísticos, de la diversidad de roles que la
sustenta, la red de significados y sentidos no es ni mucho
menos un fenómeno individual. Porque un léxico,
cualquier léxico surge a través de la comunicación,
surge en un entorno social. Bajtín, inclusive, llegará
a decir que la palabra es siempre palabra ajena.
2.
La polisemia
La
reivindicación de una multiplicidad de léxicos
construidos a partir del lenguaje ordinario no sólo
implica abandonar el ideal del estilo plano, de acuerdo
con el cual la palabra se transmuta en concepto por medio
del cual se registran los universales, es decir, en palabra
comprometida con determinados atributos; sino además,
reivindicar la plasticidad semántica de la palabra,
y en particular, la polisemia por medio de la cual sería
posible dar cuenta de las diferencias. Nos proponemos ejemplificarla:
No
dice lo mismo la palabra "luz" en un himno
órfico que en un manual de electricidad. En ambos casos
la luz permite ver. No obstante, el sentido varía.
Para el autor de un himno órfico, la luz es un antídoto
contra la ignorancia; para el electricista, en cambio, contra
la oscuridad. No dice lo mismo la palabra "cobarde"
en diferentes contextos. Dentro del léxico del militar
la persona "cobarde" es la que huye cuando viene
el enemigo, la que no se juega su vida en el combate. En el
léxico de los comerciantes, la persona "cobarde"
sería la que únicamente invierte su dinero cuando
el negocio no ofrece riesgos más allá de cualquier
duda razonable. Entre los intelectuales una persona cobarde
sería la que se escuda en opiniones ajenas y no aventura
las propias. En el ámbito de la vida galante, un enamorado
cobarde sería aquel que no se atreve a declarar su
amor a la mujer amada. En el militar la cobardía se
relaciona con el físico miedo; en el comerciante bien
puede asimilarse a la prudencia, pero también a la
avaricia; en el intelectual a la inseguridad o la mentalidad
de rebaño; en el enamorado a la timidez. Alrededor
de la palabra cobarde se asocian, en síntesis, una
serie de resonancias semánticas de variada estirpe.
Otro tanto sucede con la palabra "político".
Porque hay políticos que anteponen sus intereses personales
frente a los de su comunidad, las resonancias semánticas
del término "político" nos inducen
a pensar en el egoísmo. Porque los hay que anteponen
los intereses de la comunidad a los suyos, las resonancias
semánticas en cuestión remiten al altruismo.
Porque
lo habitual es la polisemia, cuando determinada palabra adquiere
un uso monosémico, ello suele ser arbitrario. Un ejemplo.
La relación del hombre con los animales bien puede
darse en diversas direcciones. Determinado animal puede ser
un bien económico, un signo de estatus, un peligro,
además. Si bien un animal, el león por ejemplo,
suele ser todo lo anterior y mucho más, no faltan los
casos en los que se especializan las palabras por medio de
las cuales se refiere la relación hombre-animal. Veamos
tres casos:
-
En el lejano Oeste, en los EU, en el siglo XIX, el hombre
dispone de amplias praderas y el ganado se convierte en un
bien muy preciado. Dada la todavía incipiente presencia
del Estado, cada quien debe cuidar sus propiedades. Por regla
general los hombres andan armados. No en vano la palabra vaquero,
más que hacernos pensar en un individuo ocupado de
las vacas, nos sugiere un individuo con un par de pistolas
-literalmente sea dicho- al alcance de sus manos.
-
Con la fabricación de la armadura que protegía
de pies a cabeza al guerrero medieval se resolvió un
problema que había
desvelado a los estrategas desde tiempo atrás como
era el riesgo asumido por sus tropas cuando por acción
de las armas en condiciones de matar a distancia podían
ser eliminadas antes de entrar al combate cuerpo a cuerpo.
Provisto de armadura, el guerrero se hacía literalmente
invulnerable. No obstante, el peso de la armadura representaba
un lastre. ¿ Qué hacer ? Se recurrió al
caballo. Un guerrero con armadura forzosamente irá
a caballo. Empero, sólo personas adineradas, los dueños
de tierras heredadas de sus antepasados, los mismos que hacían
parte de la alta o baja nobleza, podían disponer de
equipo militar completo. Porque en los ejércitos de
la época el uso del caballo se restringió a
los propietarios, el término caballero se convirtió
en signo de distinción social.
-
Porque los perros ladran y atacan a las personas extrañas
suelen ser utilizados para cuidar las casas de noche, cuando
todos duermen, cuando amparados en la oscuridad los delincuentes
cometen sus fechorías. De día, en cambio, las
personas de bien caminan desprevenidas por la calle y los
delincuentes duermen; si los perros merodean por allí
pueden morder a la persona equivocada. De allí el oficio
del perrero como la persona encargada de soltar los perros
de noche y encerrarlos de día.
Porque
la relación del hombre con la vaca, con el caballo,
con el perro tomó diferentes caminos, los términos
vaquero, caballero y perrero inducen en el interlocutor, en
el lector resonancias semánticas exclusivas y excluyentes
si se las mira de cara al repertorio de posibilidades disponible
de la relación hombre-animal. Lejos de ser un fenómeno
natural, el sentido adquirido por las palabras vaquero, caballero
y perrero constituye un fenómeno histórico,
es decir, un fenómeno contingente. Es cuando surgen
preguntas como las siguientes: ¿ No es posible concebir
una sociedad en la que el perrero sea una especie de caballero
o el caballero una especie de vaquero ? Por supuesto que sí.
Quien se ocupa de los perros de caza del rey en el medioevo
sería por lo menos un caballero. Quien cuida las manadas
de caballos en los pueblos de jinetes no iría menos
armado que un vaquero. Porque las mismas cosas pueden hacerse
de diferente manera, la polisemia permanece al asecho.
Hay
quienes han visto en la polisemia el germen del relativismo,
del nihilismo, inclusive. De allí que hayan pretendido
conjurarle. Para tal fin acuden a la razón para definir
las reglas de tránsito del pensamiento. No obstante,
la razón no sólo ha sido utilizada como un antídoto
contra la polisemia, cuando también la ha fomentado.
Nos proponemos ilustrarlo.
3.
El logos
El
término razón, en español, procede del
término latino ratio, y este a su vez del término
griego logos. Porque el término logos,
y a semejanza del mito, gira en torno a la relación
hombre-saber, se concibe como palabra. No obstante, también
hay diferencias. Mientras el mito no sólo legitima
las prácticas sociales consuetudinarias y las convierte
en tradición, sino que además prefigura, moldea
el porvenir; el logos, en cambio, toma distancia de
la tradición. De allí la doble condición
del logos:
1.
A través del logos, en virtud de su autonomía,
no sólo hablamos de lo mismo que habla el mito, sino
además de cosas diferentes. Para tal fines menester
operar una creación continua de significado y sentido.
De allí la vocación lingüística
del logos.
| Es
menester esperar hasta el advenimiento del giro
lingüístico, para recuperar la vocación
lingüística del logos, cuando los filósofos
hacen de la palabra el centro de sus reflexiones, cuando
no sólo destacan su historicidad, sino además
su plasticidad. |
2.
A diferencia del mito, el logos articula un discurso
no legitimado por la tradición. ¿ Cómo
acreditar el logos desde un punto de vista social ? Mediante
determinadas restricciones, mediante determinadas exigencias.
De allí la vocación intelectualista del logos.
Veamos algunos ejemplos:
a)
Porque existen discursos que no aportan argumentos o pruebas
que los acrediten, ellos se revelan arbitrarios. Un discurso
que aporte sus propias evidencias sería, en cambio,
un discurso fundamentado. No obstante, ello suele resultar
insuficiente. Así el discurso aporte algunas evidencias
podría ser objetado. Para superar el escollo en cuestión,
hay quienes han concebido la posibilidad de desarrollar un
discurso apodíctico, es decir, un discurso que no deje
al interlocutor o al lector opción diferente a la de
su respectiva aceptación.
b)
Porque existen discursos que carecen de unidad, ellos se revelan
caóticos. Un discurso que no se contradiga sería,
en cambio, un discurso coherente. Ello puede resultar insuficiente,
sin embargo. Así el discurso considerado como todo
resulte coherente, podría ser incompatible con discursos
que han conquistado previamente la aceptación de los
especialistas. Es cuando se proponen ideales como el de la
sensatez, el buen juicio, cualidades propias de quien formula
sus aseveraciones sin entrar en contradicción con aquellas
otras acreditadas por la respectiva comunidad académica.
Dada
la doble vocación lingüística e intelectual
del logos, es posible identificar diferentes énfasis
a lo largo de la historia de Occidente:
1.
Porque heredan de la tradición filosófica el
inventario de sus problemas, así como el léxico
y los hábitos lingüísticos comprometidos
con ellos, los filósofos desde Platón hasta
el positivismo relegan a un segundo plano el uso lingüístico
del logos. Porque pretenden someter a sus colegas bajo
el peso de la argumentación, porque enfatizan en la
condición exclusiva y excluyente de sus respuestas,
ellos insisten en el uso intelectualista del logos.
Eximido de su vocación lingüística, el
discurso se ocupa de la articulación de los conceptos
únicamente. Lejos de finalizar con la formulación
de sistemas, con la redacción de tratados, el proceso
tendiente a simplificar la razón alcanza su hipertrofia
con la crisis de las ideologías. Cuando los ismos
que pretendían decir la última palabra, cuando
no la única acerca de los interrogantes cruciales de
la existencia pierden su protagonismo; cuando los medios -el
poder político, el dinero, el rating, inclusive-
se reconvierten en fines, hace carrera la racionalidad instrumental.
El logos no sólo define de antemano su propio
mecano, sino además sus fines. En medio de semejante
inversión de términos, el Estado, el hombre,
y en particular, el prójimo, antes fines, se transmutan
en medios. En síntesis, todo vale. Dada la abundancia
de ofertas, y por una aplicación analógica de
la ley de la oferta y la demanda su valor decrece. En última
instancia, nada vale. Es cuando sobreviene el nihilismo,
el cual hereda sin beneficio de inventario el léxico
universalista y los hábitos lingüísticos
que gravitan alrededor del lenguaje proposicional de la metafísica.
No en vano las proposiciones universales admiten dos opciones
únicamente: todo (asumida por la metafísica)
y ningún (asumida por el nihilismo).
2.
Es menester esperar hasta el advenimiento del giro lingüístico,
para recuperar la vocación lingüística
del logos, cuando los filósofos
hacen de la palabra el centro de sus reflexiones, cuando no
sólo destacan su historicidad, sino además su
plasticidad. En esa misma dirección es posible registrar
el tránsito de la lingüística a la pragmática
lingüística, cuando se reivindica el contexto,
cuando las figuras literarias reconquistan el protagonismo
perdido; del constructivismo al constructivismo radical en
psicología, cuando no sólo se asume el objeto
como objeto construido, cuando además se reconoce el
sujeto como un sujeto que se reconstruye al construir el objeto,
y con él nuestros hábitos intelectuales, nuestros
hábitos lingüísticos, inclusive.
Para
superar la metafísica debemos expresar, gestar las
diferencias; reivindicar la polisemia, y en última
instancia la vocación lingüística del logos.
Para conjurar el nihilismo, para no incurrir en una nueva
Babel en la que alternen una multiplicidad de léxicos
inconmensurables, debemos privilegiar prácticas pedagógicas
como el seminario investigativo alemán para construir
de contextos compartidos mediante los cuales sea posible poner
a circular sentido.
Reivindicada
la polisemia, reivindicada también la vocación
lingüística del logos, nos restaría
ejemplificar sus consecuencias en la lectura y la escritura.
4.
Lectura e interpretación
Hasta
el siglo XIX la lingüística, centrada en la denominación,
no solía ir más allá de la frase. De
allí la "complicidad" de la lingüística
con la vocación intelectualista del logos, cuando
el significado y el sentido del discurso se limitaba en lo
posible al de los conceptos ensamblados en proposiciones.
Con el surgimiento de la pragmática lingüística
no sólo se reivindica la existencia de un significado
y un sentido supraproposicional, sino además la relación
de la palabra, de la frase con el contexto, en su triple acepción
literaria (el texto), situacional y cultural. Y esa dialéctica
entre el texto y el contexto operada a través de la
lectura trasciende el significado proposicional por medio
de inferencias, divagaciones, analogías en un proceso
sin límites naturales.
¿Por
qué al escuchar un discurso, al leer un texto no nos
limitarnos a recibir la información y damos vía
libre al vagabundeo de lo semántico (expresión
acuñada por Derrida)? Porque el confinamiento de la
palabra en la frase, de la frase en el párrafo es sólo
un confinamiento virtual. Una vez escuchamos la palabra, la
frase, ellas hacen tránsito a la conciencia del interlocutor
o lector, y allí entran en relación con otras
palabras, con otras frases del mismo discurso, pero también
de otros discursos, con otras tradiciones, inclusive, y en
esa medida la gestación de significado y sentido constituye
un proceso sin fin. Enseguida un ejemplo:
En
"El culto de los libros", y al referirse a los cristianos,
Borges dice: El pensamiento de que la divinidad había
escrito un libro los movió a imaginar que había
escrito dos y que el otro era el universo (1).
Porque los libros contienen un saber a disposición
de quien los sepa interpretar, porque el universo contiene
información al alcance de quien lo sepa leer, se infiere
que el universo es un libro. Es posible ir un poco más
lejos y asumir que ambos libros contienen idéntico
saber, idéntica información, en cuanto son obra
del mismo autor y se refieren al mismo tema: la creación.
Las reflexiones sugeridas por la frase de Borges pueden prolongarse
en dos direcciones diferentes. O bien se subordina el universo
a la Biblia, y se atribuye al universo connotaciones religiosas.
O bien se subordina la Biblia al universo y se atribuye a
la Biblia connotaciones científicas. A semejanza de
lo acontecido durante la edad media, cuando las catedrales
se consideraban una especie de libros de piedra para ilustrar
a la masa analfabeta, es posible concebir las maravillas de
la naturaleza como el mensaje enviado por Dios a los iletrados
para que lo reconozcan a través de la obra de la creación.
Haciendo eco de quienes -en un alarde de imaginación
por cierto- sostienen que el relato de la creación
contenido en el Génesis constituye la versión
resumida de la historia del universo formulada por los científicos
a partir de la teoría del big bang, se colige
que la Biblia sería el libro a disposición de
los no científicos, es decir, de quienes no están
en condiciones de atravesar el laberinto de ecuaciones contenido
en los libros de física. La relación Biblia-universo
podría inducir, de otro lado, una serie de reflexiones
teológicas. De la concepción del universo como
libro escrito por Dios pudiéramos inferir que la verdadera
escritura de Dios son los hechos, de tal suerte que en Dios
entendimiento y voluntad no están separados, y que
las ideas de Dios son ideas-fuerza como fueran descritas por
los teólogos de la Escolástica. No faltará
el impío, quien sostenga que por escribir dos veces
la misma obra, dios se delató y dejó percibir
su inseguridad, y por ende, su imperfección
Pudiera
ocurrir que conclusiones como esa infecten al lector de Borges
con el germen del ateísmo y terminen por socavar sus
convicciones religiosas. ¿ Hasta dónde llegan
las reflexiones, las divagaciones del lector ? No es fácil
preverlo. Ello remite a su formación intelectual, intereses,
expectativas. Lo único cierto es que en la medida en
que las reflexiones inducidas por determinada frase, pasaje,
discurso hacen carrera terminan por alterar la red de significados
y sentidos del lector, por provocar la reconstrucción
de su mundo, inclusive.
| Y
esa dialéctica entre el texto y el contexto operada
a través de la lectura trasciende el significado
proposicional por medio de inferencias, divagaciones,
analogías en un proceso sin límites naturales. |
5.
Resonancias semánticas
Que
la relación costo-beneficio entre la ambigüedad
provocada por el vagabundeo de lo semántico, de un
lado, y la coherencia adquirida, de otro lado, sea positiva
o negativa desde un punto de vista comunicativo depende del
virtuosismo del autor para reducir al mínimo la ambigüedad,
para potenciar al máximo la coherencia, pero también
de la sensibilidad, la formación intelectual del lector
para atar los cabos, para seguir las pistas sin perderse en
el laberinto de significados y sentidos posibles. El poema
de César Vallejo titulado Los heraldos negros, el cual
transcribimos, nos sirve de ejemplo:
Hay
golpes en la vida tan fuertes
yo no sé !
golpes
como del odio de Dios
como
si ante ellos, la reseca de todo lo vivido
se
empozara en el alma
Yo no sé !
Son
pocos, pero son. Abren zanjas oscuras
en
el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán
tal vez los potros de bárbaros atilas
o
los heraldos negros que nos manda la muerte
Son
las caídas hondas de los cristos del alma,
de
alguna fe adorable que el destino blasfema.
Esos
golpes sangrientos son las crepitaciones
de
algún pan que en la puerta del horno
se nos quema
Y
el hombre pobre, pobre. Vuelve los ojos como
cuando
por sobre el hombro lo llama
una palmada
vuelve
los ojos locos y todo lo vivido
se
empoza como charco de culpa en la mirada
Hay
golpes en la vida tan fuertes
Yo no sé !
(2)
El
título del poema Los heraldos negros, es ciertamente
significativo. Un heraldo es el abanderado que inaugura la
marcha, que porta las insignias del cortejo. ¿ No es
acaso un heraldo el título del poema, el mismo que
abre el desfile de versos ? Por supuesto que si. Un heraldo
negro es un heraldo que simboliza la oscuridad, oscuridad
en donde nada vemos, en donde permanecemos indefensos.
El
poeta dice en el primer verso: "Hay golpes en la vida
tan fuertes
yo no sé !" La frase consta
de una afirmación en apariencia trivial
según la cual hay golpes fuertes en la vida, y luego
viene un "yo no sé" que se lee como
ignorancia y se entiende como queja, pero que en última
instancia puede ser una advertencia del poeta. "Yo
no sé" que efectos cauce en el lector, dirá,
la lectura del poema, efectos que parecen nimios si consideramos
la existencia como un fenómeno físicobiótico
únicamente, efectos que resultan significativos si
concebimos el ser que somos nosotros como una red de significados
y sentidos porque dicha red no saldrá inmune de su
cruce con un poema rico en resonancias semánticas.
Para
hablar de los golpes fuertes que nos da la vida, Vallejo no
elige una fórmula, de esas que abundan en los tratados.
No es un psicólogo que vaya tras la definición
universal de algo que posiblemente no se puede definir así
no más, porque entre los diferentes golpes asestados
por la vida, entre los que clasificamos como "fuertes",
inclusive, no hay más que un cierto aire de familia.
De allí que Vallejo acuda a un muestreo.
El
poeta empieza por advertir que en ocasiones recibimos golpes
"como del odio de Dios". En virtud de su
omnipotencia, la magnitud de un golpe dado por la divinidad
no pudiera ser sino infinita. El poeta no es un teólogo
por supuesto, y enseguida acude a una metáfora sensible
cuando alude en los siguientes términos al efecto que
esos golpes provocan en nosotros: "como si ante ellos
la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma".
En razón de su magnitud esos golpes no se limitan
a desencadenar una tristeza, cuando sus efectos resultan comparables
con la acumulación de todas las tristezas, de todo
lo sufrido en el alma concebida como pozo, túnel oscuro
sin luz donde encalla, donde naufraga la esperanza.
En
la segunda estrofa el poeta explica de manera detallada los
efectos que desencadenan esos golpes. "Abren zanjas
oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más
fuerte". Zanjas oscuras en el rostro no es otra cosa
que las arrugas, las huellas indelebles. Hay golpes que nos
marcan para siempre. Por fuertes que seamos, esos golpes son
más fuertes todavía. El poeta acude a las comparaciones
cuando asemeja dichos golpes al efecto causado por el paso
de jinetes montados en potros salvajes al mando de Atila,
rey de los hunos, los mismos que asolaron Europa en tiempos
del Bajo Imperio Romano. No en vano se atribuye a Atila la
frase según la cual: "Por donde paso yo no
vuelve a crecer la hierba", no vuelve a germinar
la ilusión, no vuelve a florecer la esperanza, no hay
para nosotros una segunda oportunidad en este mundo. La destrucción,
la devastación provocada por esos golpes adquiere,
además, dimensiones superlativas, cuando el poeta advierte:
"Serán (
) los heraldos negros que nos
manda la muerte", cuando los reconoce como anticipo
de la muerte, del abismo sin fondo de la nada.
En
la tercera estrofa el poeta profundiza en las sensaciones
trasmitidas por dichos golpes. En primer lugar, la decepción,
cuando compara dichos golpes con "las caídas
hondas de los cristos del alma". Habiendo apostado
nuestra vida a una carta, a una persona, a un ideal, lo perdemos
todo si en la ruleta de la existencia apostamos al número
equivocado, si no disponemos de otro número. No obstante,
el golpe puede ser todavía mayor si la decepción
ocurre en el último momento, en el último lance.
Dice el poeta "Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema",
porque ya celebrábamos el triunfo, cuando de improviso
debemos ir de uno o a otro extremo de la gama de los estados
anímicos; salto, torsión de la que no saldremos
indemnes.
En
la cuarta estrofa el poeta se refiere al carácter impredecible
de los golpes, que están más allá del
contar y del medir. Porque esos golpes no aparecen en el guión
no son mitigados por medio de la predicción y nos topan
indefensos, "como cuando por sobre el hombro nos llama
una palmada". No por imprevistos son menos reales.
Vallejo acude una vez más a una metáfora sensible,
cuando
dice "y todo lo vivido se empoza como charco de culpa
en la mirada". Charco, agua en la mirada, en los
ojos: el hombre está llorando.
El
poeta termina con el verso inicial: "Hay golpes en
la vida tan fuertes
yo no sé !". Aquí
la expresión "yo no sé" adquiere
un sentido diferente del registrado en la primera ocasión,
sentido que se evidencia después de leído todo
el poema únicamente. Mediante la expresión "yo
no sé", en el último verso, el poeta
reconoce su incapacidad para definir esos golpes. Porque no
hay atributos comunes a todos los golpes fuertes deparados
por la vida, el poeta se limita a realizar un muestreo. Alude
a su potencia porque son golpes como del odio de Dios, a la
destrucción que provocan al compararlos con el paso
de Atila al mando de una orda de guerreros montados en potros
salvajes, a la muerte como experiencia límite de la
vida. Dichos golpes parten la existencia en dos, la cambian
para siempre. No en vano el poeta alude a las huellas indelebles
que nos dejan, a la decepción que nos embarga el día
en que advertimos que hemos apostado a la carta equivocada,
y todavía más cuando ello ocurre en el último
momento. El poeta clasifica esos golpes bajo el signo de lo
imprevisto. Vallejo, objetarán algunos, no ha definido
esos golpes, cuando más habrá dado algunas pistas
para reconocerlos. Un psicólogo en un par de líneas
los habría definido como traumas severos
El poeta
se ha gastada un poema y ni siquiera estableció un
criterio de demarcación entre los golpes fuertes de
la vida y los que no lo son. ¿ Ha sido en vano ? Por
supuesto que no.
Porque
en la vida humana los universales no son más que ficciones
metodológicas, cuando no modelos propagandísticos,
porque en las series de fenómenos del ámbito
socio-cultural designados por medio de la misma palabra comparten
un cierto aire de familia únicamente, la definición
resulta inoperante, y es menester ensayar otras estrategias.
Por medio del poema, el poeta construye alrededor de la tristeza
y el dolor una serie de relaciones significativas con fenómenos
como Dios, Atila, la muerte, las huellas, la decepción,
la sorpresa, las cuales constituyen otros tanto puentes tendidos
entre la palabra y el sentido. Si nuestra conjetura es cierta
el poema de Vallejo habrá alterado nuestra red de significados
y sentidos, es decir, nos habrá transformado, habrá
sido para nosotros una especie de experiencia iniciática.
Conclusión
Es
menester reivindicar la vocación lingüística
del logos, la polisemia propia de un pensar que le
compete dar cuenta de las diferencias, en un tiempo como el
nuestro en que los universales han hecho crisis en el ámbito
socio-cultural y con ellos la lectura literal y el estilo
plano en la escritura. El relevo de la lectura por la
interpretación en la que el contexto juega un rol de
primer orden, la creación continua de significado y
sentido a través de una escritura que hace uso de los
diferentes recursos literarios, constituyen imperativos de
los tiempos por venir, siempre y cuando adicionemos la siguiente
advertencia. Para no incurrir en una nueva Babel, como si
el relativismo a ultranza fuera la única opción
disponible ante la violencia ejercida por el universal, y
así sea una tarea laboriosa, es menester enfatizar
en la comunicación, construir contextos compartidos,
poner a circular sentido.