"Los
misterios de la Diosa Blanca
en "La balada del pajarillo" de Germán Espinosa"
César
Valencia Solanilla
La
obra literaria de Germán Epinosa abarca casi todos
los géneros -poesía, cuento, novela, ensayo,
crónica- aunque su reconocimiento internacional sea
principalmente el de novelista, ya que ha publicado obras
claves en la literatura hispanoamericana, como La tejedora
de coronas, El signo del pez y Los cortejos del diablo,
entre otras. La última de sus novelas, La balada
del pajarillo,
ofrece una serie de matices muy interesantes en los que
se destacan la ambigüedad, el misterio, la erudición,
el lenguaje, el amor y la muerte. En este texto se analiza
por qué representa una de las más importantes
novelas en el panorama de la literatura colombiana actual.
De
la erudición como una de las bellas artes
En
La balada del pajarillo(1), la trama
se monta a partir del arte, mediante el arte de la erudición
y por el arte de los equívocos que derivan en la ambigüedad:
un tanto policíaca, con el tema del amor obsesivo con
núcleo central, desplegando las complejidades de la
novela sicológica, la obra revela una antigua vocación
de Espinosa por el misterio, lo enigmático, el crimen
y en donde la escritura es siempre un pretexto para la discusión
en torno de la cultura.
El
protagonista, Braulio Cendales, crítico de arte, restaurador,
hombre adinerado, erudito y mundano, a quien le ha sido entregado
para estudiar la originalidad de un bello cuadro con una Virgen
del Amparo, siente una gran atracción por el misterio
y esplendor de esta obra pictórica, que lleva a su
casa y queda en su poder al morir su aparente propietario,
Eliseo Verano. El misterio radica en la concordancia de la
escena del cuadro -una Virgen en el bosque- con un sueño
que él ha tenido, en el que aparece una cierva blanca,
a la sombra de un árbol, pastando en la hierba verde.
Del misterio se salta al enigma, al concluir que cierva y
Virgen no son otra cosa que la presencia de la Diosa Blanca,
el eterno femenino de la poesía, la Dama Blanca que
obsesiona a muchos poetas desde la antigüedad. Así
se va tejiendo esa urdimbre de concordancias, similitudes,
repeticiones, interpolaciones que configuran un gran palimpsesto,
el de la obra de arte. Se trata de la literatura de ideas,
del texto narrativo como un instrumento para la reflexión
en torno a grandes temas de la cultura: el amor, la muerte,
la traición, la soledad, el derrumbe existencial, las
drogas, el trastorno de los sentidos.
La
intricada red de coincidencias y desavenencias vislumbra un
elemento nuclear en la historia del protagonista Braulio Cendales:
actuar como se piensa, hacer de la vida cotidiana una muestra
efectiva de los procesos mentales, de sus complejas derivaciones;
un poco a la manera del Raskólnikov de Dostoievski
y de Emma Bovary de Flaubert. Se trata de ajustar el miserable
mundo de la realidad con la intrincada telaraña de
asociaciones que va elaborando el protagonista, para conferir
sentido a la vida y al arte, para hacer del arte una vida:
desde el excitante descubrimiento de la pintura de la Virgen
del Amparo hasta el delirio en la exaltación de la
Diosa Blanca en que para él se convierte su amor por
Mabel Auselou, con quien tiene un apasionado romance que finalmente
lo transtorna y envilece. No es la literatura de las ideas
en que los personajes toman distancia de su vida para el puro
placer de la argumentación o elaboración mental
como una consecuencia legítima de su condición
de intelectuales o seres mundanos, que es un marcador estilístico
de la novela decimonónica, sino la idea, muchas veces
enrevesada, confusa, obsesiva,
que se internaliza poderosamente y se asume como vivencia
auténtica frente al mundo, sin importar las consecuencias.
En un sentido riguroso, vivir la vida no sólo como
se la piensa, sino se la imagina.
Espinosa
despliega su vasta cultura y su talento para lograr el propósito
implícito en la novela en que la vida parece copiar
al arte o ser un instrumento de sus complejas resonancias.
Tal vez por ello el protagonista no es sólo pintor
sino también escritor y crítico de arte, ya
que esa triple condición hace más verosímil
su tremendo y doloroso drama existencial. Y por ello también
los personajes centrales son hombres y mujeres cultos, que
casi siempre mantienen conversaciones interesantes y pedantes,
pues se trata de crear un ambiente y una atmósfera
altamente culta y elitista.
La
novela, en este sentido, logra el equilibrio entre una narración
atiborrada de referencias eruditas en el arte, la literatura,
la filosofía, la ciencia, la literatura, y unos personajes
que disfrutan de la conversación erudita como una forma
de vida, en particular el protagonista Braulio Cendales. Los
diálogos son intensos, a veces difíciles por
la abundancia de cultismos y citas en otros idiomas, pero
perfectamente consecuentes y apropiados con la trama de la
novela y la virtualidad expresiva.
El
laberinto de la Diosa
Es
ese gusto por la argumentación erudita que manifiesta
el narrador y protagonista y su grupo de amigos el que paulatinamente
lo
conduce a la obsesión paranoica, por una conjunción
de hechos y circunstancias en las que se teje el misterio
y el enigma, que son marcadores estilísticos de la
obra. Intrincados laberintos mediante los cuales se van gestando
esas imaginarias relaciones causales, exquisitamente sugestivas
desde lo que pudiera ser una paleografía de la cultura
en que todos los signos están implicados:
Así
las cosas, un cuadro anónimo de extraordinaria belleza
coincide con un sueño en donde una cierva blanca pasta
apaciblemente en un bosque; ésta a su vez es la manifestación
secreta de la Diosa Blanca, de acuerdo a un soneto de Petrarca,
que es idéntica -para el protagonista- a Mabel Auselou,
una poetisa catalana esposa de Primitivo Drago, un pintor
misterioso y de apariencia vampiresca; en la febril imaginación
del protagonista, la Diosa Blanca es la imagen perfecta de
la mujer en la historia de la poesía, y Mabel se convertirá
en la encarnación de la belleza y el amor cuando la
hace su amante; de modo que la Diosa Blanca es un ser de carne
y hueso, Mabel Auselou; auselou es una palabra provenzal
que en un poema traduce pajarillo, y un pajarillo muerto
y emparedado en un muro ha pintado el vampiresco Drago en
un cuadro; Mabel desaparece de manera misteriosa abandonando
a su esposo, a su amante y a su hijo y el escritor piensa
que el hombre la ha asesinado y vengado la afrenta por su
infidelidad; el cuerpo de Mabel, como el pajarillo del cuadro,
seguramente ha sido escondido en los muros de la casa... Un
misterio tras otro, relatados de manera vehemente por un narrador
protagonista, que desde la primera persona ofrece una dimensión
trágica singular de sí mismo en un mundo convencional
que desde luego rechaza sus obsesiones y delirios.
| Espinosa
despliega su vasta cultura y su talento para lograr
el propósito implícito en la novela en
que la vida parece copiar al arte o ser un instrumento
de sus complejas resonancias. |
Por
eso constituye una especie de palimpsesto fatal para el narrador,
ya que su paranoia es consecuencia irremediable de su ilimitada
imaginación y erudición, pues asume como vivencia
sus lucubraciones y obsesiones, hasta hacerlo perder la conciencia
de realidad. Lo concreto, en su caso, es la imaginación
y las evidencias lo son en la medida en que sean razonables
desde la esfera de la fantasía erudita. Al adentrarse
tan radicalmente en ese entramado de correspondencias imaginarias,
Braulio pierde la noción de la realidad de los otros,
de modo que todas las desdichas que le sobrevienen cuando
Mabel lo abandona, serán endilgadas, en su enrevesada
mente, al esposo de la poetisa, por lo que decide vengarla.
Esta contradicción lo sume en la degradación
absoluta, la impotencia sexual, hasta convertirlo en un ser
miserable que por la adición a la cocaína y
el licor, llega hasta el fondo, perpetra un atentado y se
convierte en asesino. Por ello Braulio tiene un poco de Raskólnikov,
de Madame Bovary, de Benji, soñadores y criminales
singulares en la historia de la literatura.
A
la manera de ciertas novelas policíacas, todos los
equívocos y enfermizas presunciones del narrador respecto
de la muerte de Mabel Auselou se resolverán en el último
capítulo, de modo tal que el enigma, el misterio y
la ambigüedad logran mantenerse en toda la novela de
manera magistral hasta las últimas páginas.
Pero se deja testimonio de la complejidad sicológica
del escritor frente al amor y la muerte.
Recursos
formales
En
su estructura externa, la novela está divida
en tres partes, que corresponden a tres manuscritos escritos
por el protagonista que, como se dijo, además de crítico
de arte y restaurador, es un escritor con una gran formación
humanística. Los dos primeros manuscritos están
datados en el año de 1990, y corresponden fundamentalmente
a la relación erótica y sentimental entre el
protagonista y la catalana Mabel Auselou, así como
a la descripción del entorno elitista de una gran ciudad
costera de un país imaginario del Caribe. La tercera
parte, fechada en 1994, también en primera persona,
está escrita desde la prisión del protagonista
Braulio Cendales, donde es enviado por el asesinato
de su amante, hecho éste que tan sólo es revelado,
magistralmente, en la última frase de la novela.
Las
tres partes corresponden a 37 capítulos continuos y
numerados, separados únicamente por títulos
muy sugestivos e irónicos: Las bodas de Epimeteo,
«El cielo que me tienes guardado», La caja de Pandora.
En estos títulos, siempre con esa voluntad expresa
del novelista de establecer un diálogo explícito
o implícito con la cultura, hay un fino sarcasmo de
Epinosa con la historia personal del personaje: El primero
alude a Epimeteo, el hermano imprudente de Prometeo
que desposa a Pandora y es el culpable de que se abra la jarra
fatídica que ella trajo como regalo, dejando salir
todos los males que se difundieron sobre la tierra afligiendo
al género humano(2), corresponde al misterio
que para Cendales rodea a Drago y su mujer, ya que la relación
con esta pareja es la causa mediata de su decadencia y aflicción
criminal, en la medida en que el pintor lo intriga con su
aspecto y actitudes vampirescas y la mujer lo subyuga por
sus desbordes eróticos y su libertad, cuando se hacen
amantes. El segundo, «El cielo que me tienes prometido...»,
continuación del manuscrito de 1990, que alude
a la letra de un poema o una canción, es una abierta
ironía al insoportable infierno en que se convierte
la vida de Braulio cuando Mabel desparece y él cae
en la dependencia de la droga y el alcohol hasta llegar a
la abyección total. Y el tercero, La caja de Pandora,
es la explicación a todos los interrogantes y datos
escondidos que se han ido tejiendo en la novela, sobre todo
el misterio de la desaparición de Mabel, el atentado
contra Drago, el asesinato de la mujer y la prisión
del protagonista.
El
espacio amplio de la novela es el de una metrópoli
imaginaria de la costa Caribe, que por los referentes reales
explícitos, es una especie de fusión entre Cartagena
de Indias -donde nació Germán Espinosa- y Bogotá
-en donde ha vivido hace unos cuarenta años-, una ciudad
espléndida, luminosa, en la que transcurre la vida
de Braulio Cendales y su grupo de amigos, casi todos intelectuales
y científicos. El espacio restringido externo de la
obra lo constituyen unos cuantos bares y restaurantes, a la
manera de los tertuliaderos de artistas que Espinosa visitaba
en los años setenta y ochenta en Bogotá, como
el popular café Automático en donde departía
con escritores famosos como León de Greiff -en la novela
encarnado por el personaje Rubén Moré-, la Academia
Renoir, la casa del pintor Drago y su esposa, la mansión
de Braulio, y finalmente la cárcel donde va a parar
Cendales después del asesinato de Mabel.
El
tiempo en términos generales es lineal, a la
manera de las novelas tradicionales y está relacionado
con la vida del protagonista, desde los tiempos felices de
su cómoda vida de burgués atildado y columnista
famoso en una revista de arte, de su relación feliz
con Mabel Auselou, su derrumbamiento existencial, la degradación
absoluta en que cae por el vicio y la desesperación
cuando la mujer desaparece y él cree obsesivamente
que su esposo la ha asesinado, hasta su final reclusión
en la cárcel del Agarradero, acompañado del
criminal Tomás de Aquino Devia.
La
novela no presenta innovaciones técnicas en el punto
de vista de la narración, pues sólo se sustenta
en la primera persona del singular -la voz del protagonista-
que de manera un tanto imperceptible se convierte a veces
en narrador omnisciente. La mayor fuerza expresiva se concentra,
sin embargo, en los extensos diálogos de los personajes,
casi siempre en torno a motivos literarios, míticos
o filosóficos; en este sentido, la novela podría
considerarse una novela dialógica, tal y como lo plantea
Bajtin(3), pero en este caso el diálogo
es un recurso narrativo para la exposición erudita
del autor, para la ambientación elitista del grupo
de amigos cultos con los que el protagonista tiene relación,
y no para el desarrollo de la acción propiamente dicha.
| La
novela también revela ciertos matices dionisíacos,
no tanto en la descripción expresa del erotismo,
lo irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones
hedonistas que se derivan de la intimidad...
|
En
La balada del pajarillo, la anécdota es un soporte
para revelar fantasías artísticas, lucubraciones
metafísicas, afinidades selectivas en el mundo de la
literatura, de modo tal que cierta truculencia en la descripción
de algunos hechos de los personajes principales y secundarios
funcionan como recursos para la verosimilitud y la ambientación
narrativa de una obra a la vez gótica, policíaca,
sicológica, ideológica: la aureola vampiresca
de Primitivo Drago, el misterio angelical y satánico
de la poetisa Mabel Auselou, los crímenes infantiles
de Braulio Cendales, el goce pantagruélico y hedonista
del abogado Felipe Miranda, la venganza irracional de Conrado
Astudillo y su hermana María Angélica, el desparpajo
mental de Tomás de Aquino Devia, el violador de niños
que dice encarnar una misión divina con sus crímenes,
la violencia gratuita de Ñango, el asesino que deja
inutilizado de por vida al pintor Drago, la ignonimia y ruindad
en que cae el protagonista.
Toda
una serie de hechos anormales y terribles que dinamizan la
historia con realismo casi esperpéntico, un poco a
la manera de Faulkner o Sade, mediante los cuales los actos
irracionales de los hombres revelan su propia naturaleza depredadora
e insensata. Motivos extremos, podría decirse, pero
eficaces para el diálogo con la cultura, para la reflexión
intelectual y la erudición de un protagonista que en
este proceso ficcional se puede identificar con el autor,
en gracia a las preferencias que por estos aspectos relevantes
de la novela ha mostrado Germán Espinosa en su escritura
de ficción y en sus ensayos; es decir, por el misterio
y la atmósfera gótica -el vampirismo, los asesinatos
pasionales, las apariciones, la noche, la lluvia-, por los
intrincados laberintos sicológicos de la locura -la
complacencia autodestructiva, la búsqueda de conmiseración,
el transtorno consciente de los sentidos- y los finales sorpresivos
-el magistral desenlace de la muerte de Mabel Auselou.
De
Apolo y Dionisos
En
una reseña sobre la obra se expresa que esta novela
es «apolínea y dionisíaca»
y que en ella convergen el signo y el mito, la novela histórica
y la fantástica(4). Estas características
corresponden a casi todas las obras de Germán Espinosa,
en especial La tejedora de coronas, El signo del pez y
Noticias de un convento frente al mar. Su narrativa, como
lo decíamos al comienzo, es un diálogo abierto
con la literatura, la pintura, la música, la filosofía,
la historia, la ciencia, por lo que su obra puede denominarse
como «literatura de ideas»; de allí
que sea considerada como "apolínea".
Desde
esta perspectiva, La balada del pajarillo es una especie
de requisitoria iconoclasta de un crítico de arte y
un escritor contra el ejercicio puramente diletante de la
erudición o de la información enciclopédica
que se practica en los círculos intelectuales en los
que se pretende siempre sentar cátedra en beneficio
de la egolatría y la adulación. Al mostrar estos
espacios, el autor no sólo revela su propia erudición,
sino asume una actitud crítica frente a la simulación,
que es un lastre cultural muy propio de las pretendidas élites
intelectuales colombianas y latinoamericanas, verdadera feria
de las vanidades y la superficialidad que Espinosa siempre
ha esquivado prefiriendo el retiro y la intimidad de su trabajo
como escritor de profesión.
La
presencia a veces abrumadora de nombres de escritores y artistas,
obras, sitios, referencias históricas, citas en otros
idiomas, muestran esa voluntad del diálogo inteligente
con la cultura y contribuye a la virtualidad
del mundo representado en la medida en que sirven a la discusión
en torno a una idea o la carnavalización de la palabra
por la palabra misma. De este modo, la pedantería de
unos es relevada por el saber efectivo de otros, se devela
la falsa erudición en favor del conocimiento y el lector
siempre resulta favorecido porque ese dialogar permanente
con el arte y la literatura descifran importantes enigmas
o misterios: la plurisignificación de la obra de arte,
la presencia de la Diosa Blanca en la historia de la literatura,
la belleza incomparable de la poesía provenzal europea,
el atractivo del mito del vampiro en la cultura occidental
y, desde luego, el trastorno de los sentidos derivados del
amor y la soledad.
La
novela también revela ciertos matices dionisíacos,
no tanto en la descripción expresa del erotismo, lo
irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones
hedonistas que se derivan de la intimidad: el texto de la
novela es más bien parco en el relato detallado de
los encuentros eróticos entre Mabel y Braulio, aunque
estos incluyan la práctica sexual de esta pareja frente
al marido de la mujer, el bañarse desnudos a pleno
día en la playa, la práctica del coito en un
cuarto frente a un abogado que se masturba con el espectáculo.
Lo dionisíaco está en esa poderosa sensación
de felicidad y ansiedad por el otro, en la fantasía
de la posesión, en la retaliación y la ofensa
por un honor que se considera vulnerado: es penoso pero al
mismo tiempo fascinante imaginar al esposo «burlado»
esperando afuera, bajo la lluvia, mientras su mujer folga
a sus anchas con su amante, y lo dionisíaco está
en intuir luego que esa pena es aparente, pues el marido no
se siente engañado sino gozoso en la aparente humillación.
Lo dionisíaco es el melodrama de la infidelidad, el
sentido trágico-cómico de esta ilusoria abyección.
También lo es el dandismo del abogado Felipe Miranda,
sus gustos burgueses clandestinos, hasta su muerte en un festín
pantagruélico.
Y,
en especial, el erotismo desbordado de Mabel Auselou, su personalidad
enigmática, la locura ninfómana que es hábilmente
encubierta a lo largo de la novela y que sólo es revelada
en el último capítulo: una capacidad extraordinaria
para el disfrute de los sentidos, para el orgasmo, para generar
pasiones incontrolables en los otros, porque es al tiempo
ángel y demonio, una diablesa formidable ante la cual
todos sucumben. Mabel es erotismo y poesía, porque
es la representación viva de la Diosa Blanca y en la
mezcla de horror y exaltación abismal que ella genera
en Braulio se condensa esa «utilidad y función
de la poesía» que Robert Graves le atribuye a
este mito fundamental del arte(5). Para el protagonista,
su vida tiene sentido y futuro en la medida en que este mito
de la Diosa Blanca sea latente, aunque la crea muerta, pues
alimenta al menos la venganza o su autodestrucción;
cuando descubre que Mabel simplemente lo ha abandonado y tiene
otro amante, la mata. Porque la Diosa Blanca, a pesar de encarnar
el ideal de la belleza, súbitamente se transforma en
bestia, y por ende el carácter mágico y enigmático
para el artista(6).
Del
amor y la muerte
El
sentimiento amoroso de Braulio Cendales es desbordante, pues
Mabel Auselou, desde un comienzo, representa el ideal femenino,
el mito de la Diosa. Utilizando unas formas un tanto arcaicas
pero cargadas de significado y poesía, cuando logra
declararle su amor, esta efusión de admiración
expresa por ella:
Quisiera
que mis ojos se cerraran cuando no puedo verla. Repito su
nombre en la soledad de mis noches. En mi alma suenan tonadillas
muy dulces cuando usted aparece. Usted ha sembrado una flor
en mi espíritu. Usted complace los anhelos más
arduos de mi fantasía. Usted conduce el mundo del
esplendor. Usted es más que el sol y la luna. Usted
derrama sobre mí el rocío de la salvación.
Por su boca hablan mis plegarias. (p. 161).
Todo
el vacío existencial que hasta entonces parecía
conducirlo al desarraigo y el desamor parece colmarlo esta
enigmática poetiza catalana que cita copiosamente a
los poetas provenzales como Peire Cardenal _uno de sus versos
es la clave para descifrar el misterio de la misma Diosa Blanca-
y habla en un lenguaje literario erudito. Su personalidad
fascina al crítico y le transtorna los sentidos y la
vida de manera radical. En unas frases delirantes, en las
que podrían vislumbrarse ecos del Canto II sobre la
mujer de Huidobro en Altazor, así lo enuncia
el escritor: Para mí, Mabel Auselou lo era todo
y en su mirada azul se compendiaba el universo (p. 165).
La
novela, en este sentido, es una novela sobre el amor exaltado
y sobre la tragedia del enamoramiento. Pero también
lo es sobre la muerte, no sólo de la muerte física,
sino del derrumbamiento fatal del ser por el desengaño
y la desesperación. Braulio mata a Mabel y este acto
final y fatal es la causa de su encierro y de su muerte. Pero
el protagonista ha comenzado a morir desde cuando imagina
que el esposo ha asesinado a su amante y la tiene emparedada
en la casa. Comienza a morir por la ausencia de la mujer y,
paradójicamente, acaba matándola de verdad cuando
la descubre viva y "engañándolo" con
otro. Por eso es rotundo este final sorpresivo de la obra,
en el que Braulio le grita secamente: -Quién iba
a pensar jamás que fuera yo el que terminara matándote
(p. 517). Es la presencia de nuevo del juego oposicional
de los contrarios, de eros y tanathos, que es un motivo eterno
de la literatura y que Espinosa ha sabido revelar en una interesante
fluctuación entre la severidad y la ambigüedad,
entre el enigma y el misterio, la tragedia y el melodrama.
El
lenguaje y la literatura de ideas
La
balada del pajarillo es otra gran novela de Espinosa,
no sólo por la intensidad de la historia y la profundidad
sicológica que logra a través de la tragedia
existencial del protagonista, el manejo de la trama y lo sugestivo
del mundo que se representa, sino por la extraordinaria madurez
en el lenguaje, que ofrece al lector un auténtico placer
en la lectura. Predomina el tono conversacional, la exposición
lúcida de las más variadas teorías del
arte y de la literatura, la discusión científica,
todo esto con el propósito de crear un ambiente refinado,
mediante diálogos precisos, bien estructurados, que
dan curso a eso que puede ser llamado la literatura de las
ideas.
Intertextos
de la más variada índole son insertados a lo
largo de la novela, para reforzar esa atmósfera culta
y elitista pero altamente sugestiva: poemas de Petrarca, Borges,
Quevedo, apartes de la poesía provenzal, citas en francés,
inglés, alemán, italiano, disgresiones filosóficas
con referentes explícitos. De esta forma, los diálogos
se tornan a veces en exposiciones teóricas y el tono
coloquial se convierte en discurso ensayístico, sin
que por esto se pierda el sentido de la verosimilitud ni se
rompa la virtualidad artística.
Si
se intentara una selección de los arcaísmos,
la incorporación de palabras nuevas y en desuso en
contextos funcionales, el uso casi imperceptible de los galicismos
elegantes, la adjetivación sugestiva, la metaforización
de la naturaleza, el derroche de imágenes visuales,
olfativas y sonoras en las descripciones, el gusto barroco
por el detalle, la finura al mostrar las escenas más
crueles, podríamos concluir que esta también
es una novela del lenguaje y para el lenguaje. Algunos breves
ejemplos pueden ilustrar esas formas de apropiación
del lenguaje literario:
En
el texto abundan arcaísmos, palabras o giros lingüísticos
de uso poco frecuente, como cuando se habla de "los
jarrones antropomorfos, las orníticas alcarrazas,
los entronizados caciques gazofilacios..."
(p. 169), Lapaigne es en realidad una albufera con
varias bocas hacia el mar (p. 200), Váyase o
lo meterán en chirona (p. 361), Mi puntería
no marró (p. 404), Salté de la yacija
y acudí en su socorro (p. 431), Ahí tenía
a Blanquiset, disolviéndose en zalemas ante
el pintor (p. 475) ...
| La
mirada muerta del pajarillo en el cuadro misterioso
que transtornó los sentidos al protagonista,
parece entonar una balada de vida, de poesía,
amor y muerte que abre sin cesar el palimpsesto del
arte para otros misterios y enigmas. |
O
bien algunos galicismos tan bien mimetizados que parecen imperceptibles,
como cuando se quiere destacar la superba originalidad
de Renoir, los indicios febles de una investigación,
etc.
Es
el oficio, podría decirse, y esta aseveración
sí que es bien propia en el caso de Germán Espinosa,
que no ha sucumbido como muchos ante los halagos de la fama
del realismo facilista ni a los malabares del tecnicismo y
el formalismo, sino que ha consolidado en su ya larga y existosa
carrera un estilo propio, depurado al máximo en esta
obra. La mirada muerta del pajarillo en el cuadro enigmatico
que transtornó los sentidos al protagonista, parece
entonar una balada de vida, de poesía, amor y muerte
que abre sin cesar el palimpsesto del arte para otros misterios
y enigmas: la balada misteriosa de la Diosa Blanca de la poesía.