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"Relectura de "Los parientes
de Ester" en la geografía narrativa de Luis Fayad:
historia de una crisis urbana"
Cristo
Rafael Figueroa Sánchez
Recientes estudios críticos sobre la narrativa
colombiana del último cuarto de siglo perciben cambios
significativos en la perspectiva de los autores, sobre todo
a partir de la década de los setenta, momento en
el cual empiezan a desplazarse de Macondo para dirigir su
atención hacia imágenes de la vida urbana(1).
En éste sentido, no sólo se acercan a ritmos
cotidianos, sino que pretenden interpretar los fenómenos
sociales inherentes al espacio citadino y tematizar la existencia
enfrentada a las nuevas fuerzas del sistema.
Modernidad,
urbanización y narrativa
La
percepción de los complejos procesos de urbanización
en Colombia, ocurre paralela con un marcado compromiso de
los narradores por devolverle a la escritura su fuerza de
representación, su efectismo sensorial o su capacidad
de enunciar inéditamente la realidad(2).
Tal elaboración del lenguaje, entre otros espacios,
rescata a Cartagena -Burgos Cantor-, parodia a Cali -Rodrigo
Parra Sandoval-, confronta a Barranquilla -Marvel Moreno-,
teje diferentes versiones de Medellín -Mejía
Vallejo, Ruiz Gómez y Fernando Vallejo- o configura
multiplicidad de imágenes de Bogotá -Apuleyo
Mendoza, Oscar Collazos, R.H. Moreno Durán, Antonio
Caballero y Luis Fayad, cuya novela Los parientes de Ester
es el objeto central de estas consideraciones.
Situar
la producción narrativa de Luís Fayad (1945) creada
entre 1968 y 2001(3) significa adentrarse en el problemática
de la moderna cultura latinoamericana, cuyos procesos de hibridación
generan una "heterogeneidad multitemporal" (Canclini,
1989:15) que superpone, retrasa o desvía los proyectos
claves de la modernidad, los cuales no han operado mediante
la sustitución de lo antiguo y tradicional, sino a través
de un desacuerdo entre modernismo cultural y modernización
socioeconómica. Siguiendo a Canclini, (31-61) son cuatro
los proyectos básicos que constituyen dicha modernidad:
el proyecto emancipador (secularización de la cultura,
producción autogeneradora de las prácticas simbólicas,
racionalización de la vida social e individualismo creciente);
el proyecto expansivo (expansión del conocimiento, producción,
circulación y consumo de bienes, promoción de
descubrimientos científicos y estímulo del desarrollo
industrial); el proyecto renovador (mejoramiento e innovación
permanentes y reformulación continua de "los signos
de distinción" que el consumo desgasta), y el proyecto
democratizador (educación, difusión del arte y
de saberes especializados). Al desarrollarse la modernidad en
América Latina estos cuatro proyectos entran en conflicto;
por una parte, el distanciamiento entre conocimiento y vida
cotidiana, entre prácticas artísticas y sociedad
moderna; por otra, toca fondo el impulso expansionista, se pone
en tela de juicio la evolución incesante como signo de
progreso, la democratización es parcial y sobretodo,
se instaura la urbe como espacio de hacinamiento, carencia,
insuficiencia o uniformidad. Buena parte de la ficción
contemporánea del subcontinente latinoamericano se origina
y se alimenta de dichos procesos, los cuales reinterpreta o
potencia a través de enunciaciones imaginarias, alegorías
narrativas o textualizaciones heterogéneas.
El
vasto proyecto de modernización que se impone en América
Latina hacia mediados del siglo XX, coincide en Colombia con
el denominado "Bogotazo"(4), episodio
histórico de "largo alcance" que no sólo
marca nuevos rumbos para el país, sino que divide la
historia de la capital, la cual continúa apegada a
su mentalidad tradicional bajo una pomposa apariencia metropolitana.
A su vez, esta dualidad genera tejidos culturales caracterizados
por la heterogeneidad, la resistencia y el conflicto. Alberto
Saldarriaga (1991: 17), estudioso de la cultura urbana, señala
tres etapas en el desarrollo de Bogotá durante el siglo
XX: la fase formativa (1900 - 1950); la fase de crisis (1950
- 1980) y la fase de relativa estabilización (1980
- 1990). La segunda de estas fases se constituye en el referente
indiscutible de los libros de cuentos de Luís Fayad,
Olor a lluvia y Una lección de la vida y de
las novelas Los parientes de Ester y Compañeros
de viaje. En efecto, entre 1950 y 1980 se generan en Bogotá,
bruscos cambios demográficos con la llegada masiva
de inmigrantes rurales, quienes al establecerse en la ciudad
estimulan nuevas formas de vida; a la vez, diversos desequilibrios
políticos y económicos afectan las dinámicas
culturales: la cobertura cada vez mayor del transistor y la
televisión, la expansión de los sistemas educativos
y el crecimiento relativamente pobre de la actividad cultural
especializada en comparación con el crecimiento social
de la población urbana y la aparición de formas
marginales de cultura. Así mismo, se instalan la agresividad
y los vicios en el comportamiento ciudadano diluyéndose
el tradicional "sentido" bogotano, el cual es casi
siempre reemplazado por expresiones de significado negativo.
Así
pues, las contradicciones generadas por el limitado alcance
de la modernización en Bogotá son el motivo
desencadenante de las ficciones narrativas de Luis Fayad.
El paisaje mismo de la ciudad rodeado de rancheríos
que ascienden a las montañas se constituye en expresión
de las distancias y en escenario propicio para la intolerancia,
el irrespeto o la indiferencia; aquélla no es entonces
espacio de convivencia, expresión de vínculos
colectivos ni lugar para el disfrute, sino campo de batalla
donde la agresión, la desconfianza
y la violencia son los protagonistas. Luís Fayad vive
de niño el desajuste de Bogotá, como estudiante
de la Universidad Nacional participa de sus movimientos ideológicos,
la mira luego desde Europa, la lee, la escucha, la describe,
la narra y la construye de nuevo(5); precisamente,
los bordes, los desplazamientos y los espacios marginales
que Fayad percibe en su ciudad, así como las búsquedas
y fracasos de sus personajes, los lenguajes que reproduce
o descubre y las estructuras sociales que representa, se constituyen
en elaboraciones textuales que unas veces son mediaciones
reflejas de Bogotá y otras, prefiguración de
sus imaginarios.
De
los cuentos a la novelización de
Bogotá
El
libro de cuentos Los sonidos del fuego (1968) inaugura
formalmente la carrera literaria de Luis Fayad; situado en
una Bogotá fuertemente tensionada por el proceso de
modernización y bajo el influjo indiscutible de Rulfo,
enfoca ambientes rurales, pueblerinos y provincianos, mientras
decanta un aprendizaje narrativo centrado en la precisión
del lenguaje, la exactitud de la referencia y la planeación
de indicios para el lector, quien puede reconocer los intentos
usualmente frustrados de unos personajes por sobrevivir y
afirmarse frente a todo tipo de adversidades.
Así
pues, seres solitarios y desesperanzados, golpeados por fuerzas
que no siempre comprenden o endurecidos por circunstancias
fatales llegan a Bogotá en el siguiente libro de cuentos,
Olor a lluvia (1974). En este caso Fayad despliega
la gramática de signos que constituyen el tejido urbanístico-social
de la ciudad, dónde desde la segunda mitad del siglo
XX, los desarrollos económicos y demográficos
característicos del proyecto moderno no han tenido
la correspondiente transformación política y
cultural, sino que se han hecho "con un sustento ideológico
tradicional" (Viviescas, 1988:25). A su vez, la ficcionalización
de la cultura bogotana entre los años sesenta y comienzos
de los setenta, se corresponde con la elaboración del
cuento como un artefacto narrativo, en el cual un enunciado
inicial se dilata o contrae según la intensidad de
la situación narrada, el foco de atención del
narrador o la actitud de los personajes. La revisión
autocrítica y el rigor de Fayad lo hacen desechar textos
al tiempo que enriquece o varía sus anteriores modelos
narrativos al mezclar estilo directo e indirecto libre, incluir
formas dialogales y monologales o deslizar visiones internas
en medio de jergas y sociolectos de procedencia urbana. No
es casual que el foco de atención de Olor a lluvia
se centre en los momentos en que Bogotá avanza definitivamente
hacia la modernización socioeconómica y se convierte
en polo de atracción para inmigrantes provincianos
y en ámbito generador de conflictos personales, familiares
y sociales.
Varios
cuentos de este segundo libro evidencian la pugna por el espacio
citadino, en el cual un sector dominante consolida su poder
y controla actividades a través de la zonificación
de la ciudad y un sector dominado, que como puede enfrenta
la represión, se encierra, socializa en la calle o
en zonas marginadas, transita solitario por las avenidas,
se extraña ante las nuevas construcciones o se refugia
en la propia interioridad. En fin, las formulaciones narrativas
del referente que hemos señalado, además de
las conquistas literarias alcanzadas por Fayad, desembocan
en otra mirada sobre aquél que no exige tanto un principio
integrativo de elementos, sino un proceso acumulativo de los
mismos, es decir, ocurre el paso del cuento a la novela, no
tanto como simple preocupación formal, sino como necesidad
de representar otras dinámicas de la vida urbana.
| ...la
ficcionalización de la cultura bogotana entre los
años sesenta y comienzos de los setenta, se corresponde
con la elaboración del cuento como un artefacto
narrativo... |
En
la Bogotá de Los parientes de Ester
Indudablemente
que el talento narrativo de Luis Fayad y su vocación
de textualizar la etapa más problemática del
desarrollo urbano de Bogotá se consolida en 1978 con
la publicación de la novela Los parientes de Ester(6),
la obra suya más reseñada por la crítica
y objeto frecuente de preocupaciones y estudios académicos.
Por una parte las valoraciones se concretan en el exigente
trabajo de escritura, el efecto expresivo del lenguaje, los
vínculos personaje-entorno urbano y la eficacia de
los desplazamientos narativos(7). Por otra parte,
se destaca la solidez de la estructura, la vibración
espacial de Bogotá y el poder de la novela para revelar
la descomposición social del país durante el
Frente Nacional(8).
La
focalización narrativa se detiene en el interior del
tejido social de Bogotá a fines de los sesenta y comienzos
de los setenta para representar la decadencia de una familia
que inútilmente se aferra a sus tradiciones, mientras
es ganada por los desarrollos capitalistas del orden mercantil,
el cual se ha instaurado en la vida citadina como signo incuestionable
de progreso y desarrollo(9). De manera equivalente,
el entramado de dieciseis capítulos conforman variables
constantes - motivos, rasgos, temas, situaciones, personajes-,
que a su vez generan seis secuencias ligadas estructuralmente
para dinamizar la historia (Ayala Poveda, 1982:169). Cada
una de ellas se construye a partir de momentos episódicos
vividos por los personajes, quienes son captados por el lector
mediante instantáneas y puntos focales que se dan a
través de núcleos narrativos, descriptivos o
dialogales. En el tejido anecdótico y episódico,
la ciudad y los personajes establecen vínculos de cercanía
o lejanía, de atracción y de repulsión,
de amor y odio; aquélla es el espacio obligado en que
suceden encuentros y desencuentros y en que una vida anónima
como la de Gregorio Camero, viudo y con tres hijos, se convierte
en motivo desencadenante de una historia colectiva de frustraciones,
fracasos y cambio de valores.
En
la disposición de los hilos narrativos el autor implícito
actúa a través de la voz del narrador, quien
unas veces se comporta como testigo de lo que hacen, ven y
oyen los personajes, y otras, como mediador que mantiene la
coherencia del relato(10). En ambos casos, el sincretismo
entre la voz narrativa y las distintas focalizaciones genera
espacios de significación donde se evidencian conflictos
de fuerzas sociales que ocurren en el seno de la ciudad y
las diferentes formas de habitarla, padecerla o conquistarla.
En efecto, durante el itinerario discursivo y narrativo dicha
voz siempre está presente y responde por los personajes;
es una presencia permanente que evoca el pasado a partir del
presente, pero nunca se adelanta a los acontecimientos. Su
función es la de un focalizador anónimo que
utiliza formas verbales historiantes, describe comportamientos
u ocurrencias de los personajes o se introduce en las vidas
monótonas y vacías de los mismos. Como escrutador
- testigo asiste al ritual de actos reiterados de un quehacer
sin sentido en medio de una mediocridad en apogeo creciente.
Las
seis secuencias señaladas se entretejen hasta constituir
el entramado episódico, narrativo y social a que nos
referimos. La primera de ellas se centra en la vida de Gregorio
Camero desde el momento en que muere Ester Callejas, su esposa,
y él inicia una dura y constante lucha por sobrevivir
a la pobreza y a la invasión de los parientes de aquélla
en su ámbito personal y en su entorno social. En esta
encrucijada, su condición de empleado público,
pobre y anodino con quince años de trabajo en los archivos
de oficinas ministeriales, se confronta con una ciudad cada
vez más hostil que aumenta su amargura
y su incomunicación. La focalización se detiene
en dibujar la pobreza material y anímica de Gregorio,
la cual impide cualquier salida airosa: es incapaz de oponerse
a las presiones de la familia Camero, no puede comprar un
paquete de cigarrillos, sus hijos deben pagar un peso a los
vecinos para ver televisión y Doris, la empleada doméstica
debe especializarse en remendar una ropa cada vez más
estropeada.
La
segunda secuencia enfoca a Mercedes Callejas, símbolo
de la decadente moral familiar; ella ejerce un inflexible
control en la vida de sus hermanos, Ángel, Amador,
Honorio, Victoria y Julia y en la de Gregorio Camero. El narrador
construye paso a paso la imagen autoritaria de Mercedes a
través de sus actitudes, gestos y órdenes recurrentes.
Como eje real y simbólico de la familia Callejas determina
los destinos, supervisa, aprueba o censura; en ella confluyen
el poder matriarcal, el moral y el represor. Se esfuerza por
mantener la unidad familiar obligando a cumplir el ritual
de las comidas; una vez muerta Ester insiste en cuidar a los
sobrinos huérfanos de acuerdo con las buenas costumbres
y los hábitos religiosos heredados; no permite la entrada
de su hermano Ángel a la casa cuando llega mojado,
silencia o no tiene en cuenta las opiniones de Victoria o
de Julia, reprende cualquier tipo de demora, recrimina a los
demás por fumar o tomar tinto, incluso decide la ropa
y el calzado apropiado de todos para salir a la calle. En
fin, Mercedes se siente depositaria de un orden que no sólo
es inviolable, sino que debe conservarse, todo lo cual encarna
una sociedad en decadencia, apegada a valores falsos y obsoletos,
sostenidos por unos apellidos que nada representan en una
ciudad tensionada por fuerzas mercantilistas.
La
tercera secuencia sigue de cerca a Ángel Callejas,
que deseoso de superar limitaciones económicas y familiares,
sueña con montar un restaurante, empresa en que arrastra
a Gregorio Camero después de convencerlo de las bondades
monetarias y sociales que el negocio representa. El narrador
se introduce en la interioridad de este personaje, a quien
no sólo percibe vital y amoroso, sino con una capacidad
silenciosa de afirmarse, la cual se presiente en su actitud
de burlarse de sí mismo. La vida de Ángel está
guiada por la ilusión de realizar su sueño de
una mejor situación de pareja con Rosa, su amante clandestina
y el hijo de ambos, ilusión que en la novela metaforiza
una puerta abierta en un mundo familiar y social que parece
cerrar todas las salidas. A pesar de las dudas de Gregorio,
el sueño va cobrando cuerpo y cuando está a
punto de realizarse, lo impiden las fuerzas del sistema social
imperante, representadas en la negación del préstamo
bancario, sin el cual no es posible activar el proyecto. Ángel
desiste de la empresa y tiene la suficiente claridad para
comprender que en el nuevo orden social de Bogotá sólo
el dinero y los valores monetarios posibilitan la realización
de los sueños; sin embargo, no se inactiviza y enfrenta
la realidad familiar y su sistema de valores anacrónicos
al presentar abiertamente a Rosa y al hijo y al decidirse
a contraer matrimonio con ella contraviniendo todas las convenciones
de status y de clase social.
| En
la disposición de los hilos narrativos el autor
implícito actúa a través de la voz
del narrador, quien unas veces se comporta como testigo
de lo que hacen, ven y oyen los personajes, y otras, como
mediador que mantiene la coherencia del relato. |
La cuarta secuencia, por su parte, percibe personajes que ostentan
el poder monetario, Honorio Callejas, Nomar Mahib y Solimán,
para quienes la posesión del dinero es el único
signo de prestigio y movilidad social. En estos personajes se
significan las implicaciones de las relaciones interpersonales
dentro de un mundo dominado por el capitalismo (Ayala Poveda,
174). Cada uno de ellos establece distintos vínculos
de dependencia con el dinero y con su búsqueda por encima
de cualquier circunstancia. Para Honorio es el símbolo
más elocuente de la ostentación y del poder social,
en su caso representado en una absoluta quiebra económica
que hábilmente disfraza, por eso no le importa estafar
con tal de mantener su imagen de superioridad frente a todos.
No es casual que Honorio sea el miembro más respetado
y admirado de la familia Callejas, su representante legal y
administrador de los bienes. Los desplazamientos narrativos
evidencian la ironía en el tratamiento de este personaje,
pues su proyecto de crear una industria textilera en Estados
Unidos, más que un intento de superación, es un
simulacro para esconder la ruina económica; en este proyecto
trata de involucrar a Solimán y a Nomar Mahid, quienes
se niegan a apoyar el negocio, pues no sólo los caracteriza
una mentalidad pragmática, sino que el sólido
conocimiento comercial que poseen los hace ver la inconveniencia
del mismo. De esta manera, la focalización narrativa
opone el pensamiento desarrollado de Solimán, capaz de
visualizar consecuencias, y el subdesarrollado de Honorio, que
concibe empresas desconociendo las dinámicas del mercado.
La
quinta secuencia percibe a Amador Callejas, oveja negra de
la familia, oportunista y vividor que sólo ve en los
otros la posibilidad de obtener algún beneficio. Después
de violar los códigos éticos de la familia y
de saberse marginado o no querido por los suyos, se vale de
cualquier recurso para imponer "su violencia moral sobre
los demás". (Ayala Poveda, 175). Las relaciones
que establece están mediadas por intereses económicos,
no se preocupa por la estabilidad familiar y niega cualquier
valor afectivo; si se hace presente en el velorio de Ester,
no es precisamente por deseo de compartir el dolor, sino por
necesidad de dinero y evidencia su carácter desconsiderado
al solicitarle un préstamo a Gregorio en tales circunstancias.
Su vida misma es una suma de estafas y triquiñuelas,
las cuales lo convierten en un producto negativo del desarrollo
capitalista, y su historia, representa el dominio del factor
económico extendido a cualquier espacio de las relaciones
humanas.
La
sexta secuencia involucra a las primas jóvenes; Hortensia,
hija de Gregorio y Alicia, nieta de Solimán; a través
de este contraste de procedencias y clases sociales, la novela
representa las diversas frustraciones de la juventud en medio
de la crisis axiológica generada en la sociedad moderna
y capitalista. Cada una de ellas enfrenta a su manera la arremetida
de valores falsos, especialmente aquellos relacionados con
las apariencias, los cuales les obstaculizan la realización
de las ilusiones; mientras Alicia intenta derrotar la soledad
que la invade en medio de lujos y comodidades, Hortensia hace
todo tipo de esfuerzos por estar a la altura social de la
prima. Ambas, al desear vivenciar el vínculo generacional
y amistoso, participan en el juego del "toma y daca":
Alicia llena a Hortensia de regalos para no sentirse sola
y Hortensia se emplea en un almacén con el objeto de
tener dinero para devolverle las invitaciones.
En
el tejido social que acabamos de percibir cualquier búsqueda
de valores genuinos se halla mediada por el dinero -las estafas
de Amador, el sueño del restaurante como antídoto
de la pobreza, el ocultamiento de la ruina económica
de la familia que desata en Honorio el deseo de crear una
industria textil en los Estados Unidos o los esfuerzos de
Hortensia por ahorrar en su trabajo para acercarse más
al status de Alicia-. En este sentido, los deseos frustrados
y la disolución de la familia Callejas se constituyen
en paradigma de una clase social decadente del Bogotá
de los sesenta cimentada en una doble moral y en un falso
código de valores.
De
todas maneras, en la novela sobresale la toma de conciencia
de la realidad por parte de algunos personajes: Ángel
al no conseguir el préstamo para el restaurante decide
acabar con la falsedad de su apellido, saca de
la clandestinidad su relación con Rosa y enfrenta a
Mercedes en el momento de presentar a su mujer y a su hijo
ante la familia; también Gregorio Camero decide asumir
la situación, empeña sus objetos y vende el
radio para pagar la educación del hijo, y luego, en
el célebre episodio final enfrenta a Amador que se
había aprovechado de su buena fe, cuando bajo el pretexto
de ir al baño lo deja solo en la cafetería sin
haberle prestado el dinero prometido.
Así
pues, en la dinámica social presente en Los parientes
de Ester, el inconformismo y las contradicciones ideológicas
se mezclan con el escepticismo; la ansiedad generada por la
rutina se solaza en el vacío afectivo; la soledad y
la incomunicación dan lugar al aislamiento, a la negación
de sí mismo o al anonimato; la superficialidad y el
mercantilismo que rigen la ciudad marchan paralelos con la
crisis de valores; las nuevas clases que surgen en los ritmos
urbanos desplazan a las decadentes, como la representada por
la familia Callejas, instauran otros modelos de comportamiento
y proclaman el desarrollo material por encima de todo.
Ahora
bien, la imagen de Bogotá que brota de las redes narrativas
no se perfila desde una mera intención topográfica,
sino a través de los desplazamientos de los personajes(11),
cuyas vidas simples y a la vez complejas constituyen rituales
de una cotidianía habitada por la mediocridad; inseguros
y recelosos recorren diariamente la ciudad y en los trayectos
entre espacios privados y públicos o viceversa aparecen
casas, calles, barrios, oficinas y restaurantes, con los cuales
se definen modos de ser o de estar; no es entonces el mapa
urbanístico lo que define a Bogotá en la novela,
sino el carácter que Fayad imprime a cada personaje
y a la relación de éstos con aquélla
en tanto "espacio determinado y determinante" (Arévalo,
255). En efecto, en la novela fluye una atmósfera de
novedad y cambios que impregna a los moradores de la ciudad:
el advenimiento de un nuevo proceso, el de modernización,
que va operando en el espacio citadino como signo de progreso
generado por el desarrollo urbanístico.
La
intromisión del focalizador en ciertos barrios de Bogotá
con su respectiva caracterización arquitectónica
y urbana no obedece a un mero afán detallista, sino
a la voluntad de representar los rostros conflictivos de una
ciudad cada vez más compleja, donde la relación
hombre-espacio genera todo tipo de actitudes, desde aquéllas
mediadas por el poder económico o la ostentación,
hasta las signadas por la incomodidad, la estrechez o el abandono.
Como contraste arquitectónico, signo de desarrollo
urbano y marca de diferencia social, son significativas las
radiografías de los barrios Santafé y Teusaquillo.
El primero aún conserva la estructura física
de antaño - edificios pequeños destinados a
viviendas compartidas, negocios e inquilinatos-; tan antiguo
como el centro de Bogotá evidencia ya su extracción
popular y su dinámica comercial - talleres, almacenes
de repuestos, bares, prostíbulos, tiendas-; en cambio,
el barrio Teusaquillo y otros aledaños exhiben residencias
de estilo inglés, detalles de fino gusto en las fachadas,
espacios amplios, jardines cuidados y calles impecables.
Por
otra parte, la novela despliega el proceso de industrialización
inherente al desarrollo urbano, el cual potencia el cambio
de una economía agraria y manufacturera a otra dominada
por los adelantos tecnológicos. En el caso específico
de Bogotá hacia los años sesenta y setenta,
inmigrantes sirio - libaneses acaparan buena parte del comercio
estableciéndose en el centro, donde crean cadenas de
almacenes textiles y de objetos de consumo. Estas nuevas dinámicas
comerciales y económicas están representadas
en los personajes Solimán y Nomar Mahib, hombres adinerados,
con altos perfiles personales para los negocios, importadores
de maquinarias e impulsadores de desarrollos capitalistas.
Precisamente, tales desarrollos generan en los habitantes
una mentalidad de consumo y necesidades de confort, quienes
de acuerdo con sus circunstancias socio-económicas
disfrutan o no de los beneficios del nuevo orden; es ilustrativo
a este respecto el contraste entre el alto nivel de vida de
Alicia y el precario de Hortensia; mientras la primera viaja
al extranjero, estudia inglés en el Centro Colomboamericano,
tiene auto, televisión, teléfono, equipo de
música y frecuenta sitios de moda, la segunda nunca
ha salido de Bogotá, sólo conoce a medias las
frases de ingles que le enseñan en el colegio, oye
música en un radio viejo y tiene que pagar al vecino
por ver televisión. De la misma manera, mientras Ángel
vive cómodamente en la casa familiar de dos plantas
en el barrio Teusaquillo con pisos brillantes y amplias cortinas,
Rosa vive en arriendo en un humilde apartamento del Barrio
Santafé, no posee nevera ni calentador y reemplaza
con cartones los vidrios faltantes de las ventanas.
| ...en
la dinámica social presente en Los
Parientes de Ester, el inconformismo y las contradicciones
ideológicas se mezclan con el escepticismo; la
ansiedad generada por la rutina se solaza en el vacío
afectivo... |
En
concordancia con la ficionalización de contextos cotidianos
y fiel a la tradición literaria de estirpe realista
o de procedencia neorealista, el lenguaje de Los parientes
de Ester es directo, claramente referencial, abundante
en descripciones funcionales y en diálogos matizados
de sociolectos que reflejan la condición social de
los personajes y de idiolectos que revelan sus estructuras
ideológicas. Luis Fayad teje el estilo directo para
introducir los diálogos, el indirecto libre para generar
la narración misma, escueta y desnuda como la vida
que representa; en este entramado se inscribe el discurso
social, usualmente en pretérito indefinido, que fusiona
diversos modos de contar y de expresar conceptos y vivencias
que reflejan una variada riqueza cultural.
Ahora
bien, la factura aparentemente tradicional de Los parientes
de Ester contiene elementos y gestos literarios contemporáneos
como el juego narración - representación, la
pluralidad de voces, las frecuentes intrusiones del autor
implícito, la permanente modificación de las
perspectivas narrativas y la sustitución del gran relato
por contextos de vida cotidiana(12). Estos elementos
generan una visión, la cual más allá
de ilustrar posiciones ideológicas de uno o varios
grupos sociales, brota de problematizar las relaciones de
individuos conflictivos o alienados que viven el desajuste
de una ciudad enfrentada a las consecuencias de la masificación,
la burocracia y el mercantilismo.
Después
de Los parientes de Ester, Luis Fayad insiste en narrar
otros aspectos de Bogotá; en 1984 el libro de cuentos
Una lección de la vida, si bien contiene relatos
publicados anteriormente, incluye otros que pretenden captar
ritmos urbanos relacionados con situaciones ocurridas en Bogotá
durante los años setenta e inicios de los ochenta,
donde se han formado segmentos culturales aislados que desarrollan
una cultura de la pobreza y una clase media vive acosada por
conflictos políticos.
En
1991, la novela Compañeros de viaje nuevamente
focaliza la problemática social de la Bogotá
de los sesenta con el sedimento de su contexto provinciano
y su mentalidad conservadora, pero el referente se concentra
ahora en las dinámicas de la Universidad Nacional de
Colombia, ámbito fundamental en ese tiempo del desarrollo
ideológico de la capital y del país, donde se
ratifica la izquierda, se emprende la búsqueda de cambios
radicales y se construyen utopías en relación
con la libertad, la igualdad de derechos, la justicia y el
bienestar colectivo.
En
La carta del futuro. El regreso de los ecos
(1993), Luis Fayad reformula los enfoques de sus referentes
predilectos al contraponer Bogotá
y los ámbitos rurales, al tiempo que extrapola su mirada
hacia problemáticas análogas en Barcelona. A
su vez, en los minicuentos de Un espejo después
y otros relatos (1995) decide desterritorializar la narración
para alegorizar cualquier urbe contemporánea, donde
un nuevo nómada solitario transita en medio de las
inestabilidades del fin de milenio. No es casual que en su
novela más reciente, La caída de los puntos
cardinales (2000), Luis Fayad situado definitivamente
en un mundo globalizado, decida valerse de la memoria evocativa
para buscar las huellas de su origen, la cultura sirio - libanesa,
a través de una anacronía de mediano alcance:
el esquema retrospectivo dibuja el viaje nostálgico
de los inmigrantes, quienes a inicios del siglo XX llegan
a una Bogotá de estructura premoderna, en cuyo tejido
social intentan una nueva fundación con las correspondientes
mezclas étnicas, préstamos culturales y desplazamientos
de identidad que ello conlleva.
Volviendo
al referente predilecto de Luis Fayad, los desarrollos urbanísticos
de Bogotá durante las décadas del sesenta y
setenta, sus formulaciones narrativas y particularmente la
de Los parientes de Ester, se encuentran tensionadas
entre la Ciudad del Estado de Sitio, creada a mediados
del siglo XX por sectores dominantes sin contar con la participación
del ciudadano, y la segunda fundación de la ciudad
colombiana, proyecto conjunto de arquitectos, urbanistas,
sociólogos, narradores y artistas en general, el cual
remite críticamente a los concicionamientos que rodearon
la primera fundación de la ciudad moderna con el objeto
de no frustrar una nueva concepción de la misma(13).
En este sentido, es altamente significativa la imagen de Bogotá
-desfalleciente aldea grande sin madurar del todo como entidad
citadina propiamente moderna-, creada en el entramado narrativo
de Los parientes de Ester con sus conflictos de clase,
sus confrontaciones ideológicas, su apego a tradiciones
decadentes y su vivencia conflictiva de los triunfos del mercantilismo.
La novela al reconocer la transformación de Bogotá,
potencia la necesidad de reconstruir hoy una concepción
integral del entorno que dignifique la existencia y genere
vínculos de identidad capaces de gratificar la vida
y las relaciones de los habitantes capitalinos y del país.
NOTAS
(1) Nos referimos en primera instancia a Helena Araujo (1994:29-42).
A su vez, Luz Mery Giraldo (1994:9-26) al estudiar un amplio
corpus de novelas colombianas entre 1975 y 1990, señala
la conciencia de lenguaje, la revisión de la historia
y sobre todo la recreación de ámbitos citadinos
como categorías fundamentales para comprender y valorar
las nuevas tendencias de la narrativa colombiana. Por su parte,
Alvaro Pineda Botero (1990) en su propuesta tipológica
de novelas reflexiona sobre la novela urbana y la novela de
ciudades, deteniéndose en las publicadas durante la década
de los ochenta; en un artículo homónimo aparecido
en la compilación de Luz Mery Girado (1994:97-112), se
detiene en novelas publicadas en los noventa, insistiendo en
el peso que la ciudad tiene en las creaciones narrativas. También
César Valencia Solanilla destaca la relación ciudad
- modernidad en la evolución de la narrativa colombiana
reciente. (1988: 463-510).
(2)
Ángel Rama poco antes de morir señaló la
importancia del proceso de urbanización para la narrativa
colombiana de finales de los setenta en relación directa
con el proceso de modernización de las formas literarias.(1982:462).
Recientemente Eduardo Jaramillo al referirse a la narrativa
colombiana de las décadas del setenta y ochenta insiste
en la densidad que en aquélla adquieren el lenguaje y
la sensorialidad.(1994:43-70).
(3)
La cronología de la producción narrativa de Fayad
es: Los Sonidos del Fuego(cuentos: 1968), Olor a Lluvia
(cuentos:1974), Los Parientes de Ester (novela: 1978),
Una lección de la Vida (cuentos: 1984), Compañeros
de Viaje (novela:1991), La carta del Futuro. El
Regreso de los Ecos (nouvelles: 1993), Un espejo después
y otros relatos (1995) y La caída de los puntos
cardinales (novela: 2000).
(4)
Para profundizar el proceso de urbanización y modernización
de Bogotá en relación con la novelística
que lo representa, es puntual el trabajo de Carlos Luis Torres.(1995).
(5)
Para un conocimiento detallado del quehacer de Luis Fayad desde
sus primeras producciones hasta el viaje a Europa, es esclarecedora
la entrevista con Jacques Girard. (1979).
(6)
La novela cuenta con tres ediciones: la primera corresponde
a la editorial española Alfaguara en 1978; las dos ediciones
colombianas son la de Oveja Negra en 1984 y la realizada por
la Universidad de Antioquia en 1993, la cual seguimos en nuestro
trabajo.
(7)
Entre otros críticos, Eduardo Jaramillo (53-54) hace
notar la conciencia de escritura que anima la novela integrada
a su concepción realista; Ricardo Cano Gaviria la considera
la mejor novela de la década del setenta al lado de Misia
Señora de Alba Lucía Ángel; destaca
la destreza narrativa para abordar registros históricos,
sociales y culturales de Bogotá y del país.(1988:387-391).
El trabajo de Yuri Ferrer y Julio Hernán Contreras (1994)
se centra en la elaboración literaria de la novela desde
una exégesis temática y estilística; en
un excelente trabajo Margot Yalile Sosa (1995), situada desde
una perspectiva narratológica, descubre importantes relaciones
entre autor - narrador, narrador -personaje, narrador - focalizador,
etc. También es esclarecedora la monografía de
Sung Suk Kim, (1993) quien explora "homologías"
entre estructuras significativas de la novela y contextos histórico-sociales
de Bogotá y del país entre 1960 y 1980.
(8)
Fernando Ayala Poveda (1982: 159-180) resalta la impecable estructura
de la novela y su poder de significación de realidades
que identifican la sociedad y la cultura colombiana. Insisten
en lo mismo Helena Araujo,(1994:32) y Fausto Cabrera,(1979:11);
Policarpo Varón señala la captación que
la novela hace del imaginario bogotano. (1984); Luz Mery Giraldo
de la vida cotidiana de Bogotá, (1982:47-58). Guillermo
Alberto Arévalo ha integrado lúcidamente todos
estos valores estético-sociales de la novela relacionándola
con la tradición narrativa sobre Bogotá, sus personajes
típicos, las conexiones con el cine, etc. (1994:243-257).
(9) El mismo Fayad explica su deseo de captar los cambios acelerados
de Bogotá con el advenimiento de la modernización
socio-económica; señala que la ciudad y sus gentes
"a partir del asesinato de Gaitán vieron cambiar
su entorno en forma radical que en pocos años tuvo mayores
transformaciones que a través de varios siglos",
(Luisa Fernanda Trujillo, 1984); Fayad también aclara
que el sustrato de la novela está anclado en el período
histórico de la violencia, transformada luego en vivencia
cotidiana de la ciudad, "difícilmente se puede escribir
sin tener como telón de fondo esa violencia ineludible,
(Diana Lloreda Londoño, 1984).
(10)
Estamos de acuerdo con Margot Yalile Sosa (53-54 y 90-94), quien
matiza el punto de vista de Cano Gaviria (1988:387-391) sobre
el narrador de Los Parientes de Ester. En efecto, más
que un narrador-personaje como señala Cano, Sosa demuestra
que es un narrador-testigo, y como tal no participa de los hechos,
aunque sí está presente en los mismos; tampoco
su omnisciencia es total porque no puede imformarlo todo acerca
de los personajes. Además, deben tenerse en cuenta las
constantes modificaciones de las perspectivas narrativas, "mediadas
siempre por un sujeto focal que se encuentra en sincretismo
con el narrador".
(11)
Guillermo Alberto Arévalo ha señalado que una
de las preocupaciones fundamentales de Fayad durante los dos
años que duró decantando la novela fue la relación
de cada personaje con los demás hasta lorgrar que fueran
"típicos" en el sentido lukacsiano, más
que símbolos, son seres individuales y complejos, contradictorios;
no obran en la novela como representantes de una clase social,
aunque pertenecen claramente a sus respectivos estratos, ni
personifican alguna idea, sentimiento o gran tema filosófico.
Son los que nos topamos todos los días por las calles
de Bogotá, y a la vez resultan únicos e inolvidables
después de la lectura" (254).
(12)
Sobre la presencia del autor implícito, los desplazamientos
narrativos y el énfasis de contextos cotidianos en Los
Parientes de Ester es pertinente el punto de vista de Margot
Yalile Sosa, quien se detiene en dichos aspectos luego de su
sistematización narratológica de la novela (100-104)
(13)
Fernando Viviescas. (259-270) señala que la ciudad del
estado de sitio fue manejada como feudo electoral y para dominar
las resistencias se implantaron normas represivas y planificaciones
extranjerizantes. La segunda fundación de la ciudad colombiana,
postulada como utopía colectiva, concibe el espacio urbano
como el ámbito de la convivencia democrática,
la tolerancia, el disfrute y la diversidad cultural, fruto de
aportes regionales acumulados.
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