"Alvaro Cepeda Samudio: Nuevos visos en la cuentística colombiana"


Rigoberto Gil Montoya


Si bien la novela como género es privilegiada en América Latina, en tanto elaboración de mundo complejo, el cuento como género obliga su propio reconocimiento y reclama un particular espacio en la estética contemporánea. La cuentística en Colombia ha gozado de poca tradición y sus mayores logros se observan en voces aisladas a partir de la década del cincuenta. El presente texto refiere aspectos del curso de esa literatura, al tiempo que busca decir en qué términos surge ella de cara a la modernidad, rastreando la propuesta literaria del escritor Álvaro Cepeda Samudio, cuya obra marca hito en el constructo de nuestro imaginario estético.

En materia narrativa la tradición colombiana resulta un tanto escasa. Salvo algunas excepciones esta tradición se basa más en una serie de intentos o búsquedas individuales que en una lista fértil de autores que pudieran consolidar, desde comienzos de siglo, un panorama literario. En esta lista mínima se nombran obras y autores que han logrado trascender por el mismo empeño de críticos y lectores de establecer por lo menos una línea que convalide lo que empezó a vivirse después de los años cincuenta en nuestro país con algo de expectativa. De ahí que siempre la lista sea encabezada por algunos personajes ya legendarios en el panorama nacional: Jorge Isaacs y su novela romántica, María, detrás de cuyo fondo se recrean algunos aspectos de la vida social y política de la Colombia decimonónica; Tomás Carrasquilla y su profusa obra narrativa, que ahonda en los sustratos míticos de las aldeas antioqueñas, mediante una oralidad que se torna auténtica y reveladora de mundos mediados por la religión y las diferencias políticas y sociales; José Eustasio Rivera y su novela compleja, rica en líneas estilísticas, La Vorágine, a través de la cual se confiesa el problema social, de explotación y violencia, padecido por ciertas clases de trabajadores al interior de las selvas inhóspitas del oriente.

Estos autores precisan la apertura de un canon que apenas se mostraría complejo a partir de la segunda mitad del siglo XX. Colombia entonces afrontaba las crisis propias de un país más rural que urbano, bajo la tutela de instituciones que proyectaban modernizarse y tras la búsqueda de voces intelectuales que prefiguraran sus diferencias y bondades, enmarcadas, sobre todo, en sus provincias y aldeas polvorientas, incomunicadas.

Se compelía por la existencia de una actividad creadora que superara esquemas de representación supeditados a ideologías en pugna o ideas de partido. Había la necesidad de abrir fronteras, buscar nexos con las vanguardias europeas, propiciar el diálogo con la diversidad artística norteamericana, de modo que se pudiera forjar la noción de voz propia y autónoma, libre de prejuicios y dogmas de fe, atenta al devenir del diálogo universal con la cultura. En Isaacs y en Rivera, asomaba, áun de manera tímida, esa voz que ampliaría las posibilidades del hecho literario en el País del viento.

Cuando se trata de señalar hechos fundacionales de la tradición literaria en Colombia (un poco trunca y acaso infértil), destaca la serie de crónicas de Rodríguez Freyle, El Carnero, donde la Nueva Granada, tras una sociedad mojigata y povinciana, se convierte en escenario de los más enrevesados y sugestivos relatos, no exentos de humor y sarcasmo. Quizá aquí podríamos aventurar, para la historia literaria del país, el inicio del cuento como género particular narrativo, en medio de una tradición rastreada con dificultad, bien por ausencia de autores y obras representativos, o bien porque los escritores colombianos hasta la primera mitad del siglo XX carecían de la suficiente formación literaria en lo que respecta al relato como género narrativo y posibilidad estética. La lucidez de R. H. Moreno-Durán reconoce en El Carnero lo siguiente:

...es un libro que, no obstante el propósito de su autor, se resiste a ser ubicado en una nomenclatura específica. El dato histórico -materia prima de la crónica- convive al comienzo con los conatos de una sagaz pericia narrativa, aunque más tarde le ofrece a ésta la primacía de su espacio para subsumirse luego en la cauda literaria que se apodera del texto. Y es precisamente esta naturaleza ecléctica, en la que alterna secuencias históricas y folclóricas, políticas y picarescas, la que le brinda al libro su extraño y sugestivo alcance(1)

El cuento como tal, en Colombia, se convierte en una excepción hasta la década de los cincuenta. Salvo la obra de Alfonso Fuenmayor, La muerte en la calle y de algunos autores que pretendieron desarrollar una narrativa realista, de denuncia casi, el cuento como género en el país de Silva es más bien reciente. Incluso el propio García Márquez revela que incursionó en la ficción para demostrar y demostrarse a sí mismo que era posible escribir cuento en su país, pese a la notable ausencia de sus cultores.

 

El cuento como tal, en Colombia, se convierte en una excepción hasta la década de los cincuenta.


A finales de los años cuarenta, intelectuales de la talla de Eduardo Zalamea Borda (Ulises), ponían a disposición las páginas literarias de El Espectador para quien quisiera publicar cuentos. Es la década en que García Márquez inicia su carrera literaria al publicar su relato La tercera resignación. El joven periodista decide responder al reto de Zalamea Borda, quien, ante la carta de uno de sus lectores, donde reclamaba el hecho de que en las páginas de su magazine se notaba la ausencia de algunos "valores de la literatura colombiana", reta a esas nuevas voces a enviar sus textos al periódico para su posible publicación, siempre y cuando respondieran a propuestas interesantes y renovadoras. El país reconocía en el autor de Cuatro años a bordo de mí mismo, responsable de la columna titulada `La ciudad y el mundo', la figura de un intelectual bastante informado, atento al devenir de la literatura en su patria y deseoso de impulsar su transformación(2). De manera que la querella impulsada por Zalamea Borda, habla de una ausencia, cuando no de un estancamiento en materia de proyección literaria en el país de gramáticos adustos y oradores de plaza pública.

Los vientos de renovación y cambio vinieron a reponer los derroteros de la literatura latinoamericana, en cuyo ámbito se vislumbraba la necesidad de alterar un orden y experimentar un mundo, asumido por aquellos escritores que más tarde serían etiquetados como protagonistas del famoso fenómeno del "Boom". Ellos se encargarían de lograr lo que en su momento Valencia Goelkel denominó la "mayoría de edad", en virtud de propuestas narrativas que condescendían a abandonar viejas fórmulas, a insertar propuestas caras a la modernidad que privilegia la escritura consciente del texto, a porfiar en la búsqueda de una autenticidad perdida en el cordón umbilical que la unía a los presupuestos literarios peninsulares y a rehacer la incidencia del movimiento modernista que obliga a pensar otros senderos en el campo de la expresión estética(3). Todo ello abonaría el espacio para el surgimiento de una narrativa que se aventura, tanto en el campo de la novela como en el cuento, a remarcar expresiones muy vinculadas con las visiones de mundo que reclaman el espacio de lo latinoamericano, pero a la vez animadas a reconocer y revaluar las expresiones de una universalidad que exige trabajo y rigor.

Se trata de pensar el hecho de la escritura y perfilar en él la factibilidad de construir mundos y, en especial, procurar dar cuenta de aquellos que contienen y determinan al creador. Ello supone estimar el hecho estético en virtud de una tradición y de unas búsquedas que reclaman ser evaluadas para mediar en ellas y operar modificaciones. Lo entendió García Márquez cuando creó sus primeros cuentos. La tercera resigación y La mujer que llegaba a las seis perfilan la búsqueda y las preguntas de un nuevo creador colombiano. Estos textos se debían a las influencias de Hemingway y Faulkner. Habían sido hechos, como lo revela Ángel Rama, con el propósito de arriesgar caracterizaciones de personajes, técnicas narrativas, ambientes elaborados, diálogos reales, una poética apropiada a los personajes, es decir, con el ánimo de asumir la escritura de manera consciente(4).

Se trata de reflexionar, crear un corpus de ideas y conceptos atinentes con la materia que intenta ser intervenida. El creador latinoamericano lo entendió pronto: el cuento no es un género menor, tampoco la vía inicial que conduce a la novela y mucho menos una suerte de receso, mientras se cargan baterías para emprender el trabajo de obras más exigentes. Pronto se supo -década del treinta- que el cuento en las manos de Onetti o Borges, deudores de Poe, Chéjov y Maupassant , revelaba el misterio de la estética. En ambos autores el cuento suele presentarse como novela sin ripios, narración depurada, mesura exquisita y copresencia efectiva de un lector dinámico, descifrador de la trama.

 

Como género narrativo, el cuento acata sus propias leyes, responde a las exigencias de un canon que se resuelve tan antiguo como la urgencia de comunicar a los otros el estado de las ensoñaciones o las inquietudes de un devenir con premuras.


Como género narrativo, el cuento acata sus propias leyes, responde a las exigencias de un canon que se resuelve tan antiguo como la urgencia de comunicar a los otros el estado de las ensoñaciones o las inquietudes de un devenir con premuras. El verdadero cuento, aquel que persigue ser literario, dice Ratoliff, no es sólo un relato simple de sucesos, es, sobre todo, un "fenómeno moderno". Elizabeth Bowen manifiesta que el cuento "es una arte joven, tal como lo conocemos es una creación de este siglo"(5), como para subrayar los estilos y tendencias que esta época de instrumentación y técnica ha permitido.

En el caso de América Latina se deja atrás el testimonio, el documento de dununcia y se inicia la búsqueda de propuestas estéticas que trasciendan la mera anécdota y el coloquialismo regional. Para Carlos Fuentes, uno de los aspectos primarios de ese cambio de mentalidad y de actitud en los narradores de la América Latina, se observa en la ambigüedad de sus obras. No se trata ya de narraciones planas que sugieren una sola lectura. Se inicia la escritura de novelas, como las de la Revolución mexicana, donde los estereotipos de algunos personajes -la solemnidad y la infalibilidad del héroe, por ejemplo- se derrumban, para dar paso a roles que intensifican los dramas y las intenciones implícitas de sus creadores.

Los rumbos son otros. Las intenciones están más comprometidas con la trascendencia estética y para ello, los narradores que empiezan a publicar desde la década del cuarenta, asumen la tradición europea y norteamericana como una forma de ingresar a la modernidad literaria; de ella toman lo mejor: su técnica, sus licencias poéticas, su ambigüedad, su naturaleza polifónica, la caracterización de algunos personajes, la recreación de un ambiente que responda a las necesidades de sus personajes:

Habría que pensar -refiere Carlos Fuentes- para adivinar el camino que tomará la novela en un mundo que aún no podemos bautizar, primero en escritores como William Faulkner, Malcom Lowry, Hermann Broch y William Golding. Todos ellos regresaron a las raíces poéticas de la literatura y a través del lenguaje y la estructura, y ya no merced a la intriga y la sicología, crearon una convención representativa de la realidad que pretende ser totalizante en cuanto inventa una segunda realidad, una realidad paralela, finalmente un espacio para lo real, a través de un mito en el que se puede reconocer tanto la mitad oculta, pero no por ello menos verdadera, de la vida, como el significado y la unidad del tiempo disperso(6).

En cuanto a Colombia, las condiciones para determinar nuevos rumbos estético-literarios parecían estar dadas, puesto que el país se sumía en una serie de acontecimientos críticos -"El Bogotazo"- que debilitaron las viejas estructuras bipartidistas y propiciaron nuevas búsquedas en todos los campos, a pesar de la cuota de dolor y sacrificio que hubo de pagarse . El país, sumido en una suerte de barbarie, posibilitó, de alguna forma, que seres como Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas Cantillo, Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio, los del llamado "Grupo de Barranquilla", se refugiaran en la literatura y sus resonancias, bajo la tutela de Ramón Vinyes, el sabio catalán de la obra Cien años de soledad, quien les enseñó que la sabiduría -léase conocimiento libresco- era importante si el ser humano se aventuraba en la invención de una nueva forma de preparar garbanzos(7), esto es, una aventura escritural, tras un sentido estético y universal, de múltiples significados. En esta obra de inusitada magia se rinde homenaje a la literatura como artefacto o juguete, en tanto instrumento para imponer la imagen de una realidad apenas haciéndose, recreada bajo los preceptos de mundos mágicos y cimentados por el mito y la verdad de lo local, en la voz de antiguos relatos o presentidas leyendas de trovadores criollos (vallenatos) en correría.

Cuando Ramón Vinyes manifiesta que la literatura jamás podrá viajar en el vagón de carga, como si fuera más importante que los hombres, se entiende que se ha generado una gran conciencia de escritura, más allá de intenciones políticas o sociales, las que, valga decir, habían imperado en la literatura colombiana, a través de obras con marcado acento político o de denuncia, donde la anécdota, por su simple tratamiento, no alcanzaba dimensiones estéticas y mucho menos resonancia universal. Y en esta obra que gira alrededor de unos "Locos de nacimiento" (p.149), según Úrsula Iguarán, se exalta la figura de Álvaro Cepeda Samudio, para quien la literatura es un divertimento, lo que para el joven Aureliano se convertiría en una verdad reveladora:

No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. (p.304)

De esta noción de literatura, surgida en el ambiente cálido de la costa caribe, deviene la voz del barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, nacido en 1926. Este hombre díscolo e inestable (según lo evocara García Márquez tiempo después), amante del cine y la parranda, reunió sus cuentos, escritos en varias épocas, bajo el título Todos estábamos a la espera. Luego de varios intentos frustrados por editar el libro -Alfonso Fuenmayor recuerda que el dinero que apoyaría la publicación en varias ocasiones fue a terminar en las manos del propietario del Café Colombia(8)-, la serie de cuentos empezó a circular en 1954, editada por la Librería Mundo, de propiedad del señor Jorge Rondón Hederich.

Cepeda Samudio había decidido viajar a Estados Unidos a estudiar periodismo en la Universidad de Columbia(9). Según la versión de García Márquez este compromiso académico fue apenas un pretexto, pues ya la búsqueda estética del joven barranquillero estaba definida y sólo parecía perseguir cierta atmósfera, aquella que había presentido en una franja de sus autores predilectos: Faulkner, Steinbeck, Hemigway, Saroyan. De estos autores y de otros más, como Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Joyce, Borges y Felisberto Hernández, tomó lo mejor de sus propuestas narrativas y poéticas, para vivificar el destino de sus personajes:

Los personajes -escribe Cepeda Samudio en su libro, a manera de introito- son hombres y mujeres que yo he visto en un pequeño bar de Alma, Michigan; esperando en una estación de Chattanooga, Tennessee; o simplemente viviendo en Ciénaga, Magdalena. Y las palabras son inferiores a ellos(10).

En esta misma carta de presentación Cepeda Samudio deja claro la virtud de sus personajes: se trata de seres solitarios, perdidos en la multitud de sí mismos, como si asumieran resignados la soledad de la espera. Indica de entrada un estilo, una forma poco usual en el panorama de las letras colombianas. Atrás quedan los alegatos sobre la violencia y la explotación de las clases deprimidas. Atrás quedan la grandilocuencia y la retórica como instrumentos para embelesar a los incautos en épocas de elecciones. Ahora se trata de ampliar el horizonte de la problemática humana, sin perder por un momento la línea que sugiere una estética heredada de otras voces, otros ámbitos.

¿Cómo olvidar, pareciera preguntarse Cepeda Samudio, que el hombre es también producto de dos guerras mundiales, de la depresión económica, del holocausto judío, de la extensión dañina del imperialismo, y que es heredero de los problemas filosóficos pensados en Alemania o Francia? El espacio, bien puede ser una bar neoyorquino o una calle de Ciénaga, o una simple carpa de circo que parece un elefante echado (p. 41), donde surge de pronto un hombre que decide vestirse de payaso, para romper con la rutina de los días. El libro, por supuesto, fue recibido con expectativa. En agosto de 1954, el joven periodista García Márquez, autor entonces de algunos cuentos publicados en diarios de circulación nacional y de crónicas donde ya se vislumbra esa realidad exuberante, mágica, expresa que para él es el mejor libro de cuentos publicado en su país, y si algunos pusieran en duda su entusiasmo, reitera, al menos estarán de acuerdo con que es uno de los libros más interesantes, por lo sugestivo y por la materia narrativa de que está hecho:

Todos estábamos a la espera, son cuentos nostálgicos. Escritos por un hombre que vive lamentándose íntimamente de que no se haya inventado un tren que lo lleve a sus recuerdos. Así me explico yo su permanente y un poco agresiva inconformidad, y así me explico estos cuentos en que los personajes viven en un tiempo que quiere ser presente y no es más que una desolada y hermosa tentativa de reivindicación del pasado(11).

 

He ahí la propuesta estética del cuentista barranquillero: reclama un lector copartícipe, porque allí, como lo sugiriera Hernando Téllez, no pasa nada, porque pasa todo.


¿Pero qué sorprende en el libro de Cepeda Samudio?. Para ser justos, habría que decir que todo: los temas, el ambiente, los espacios, la poesía, su labor intertextual (se entiende que la literatura es diálogo universal), el interés por apreciar una estructura compleja, el carácter de oralidad que procura dar voz a lo diverso y divergente, el destino mismo de sus personajes:

En este libro -subraya Hernado Téllez- no pasa nada. Nada que pueda satisfacer su impura sed de objetividad y su secreta pasión de escándalo. Pero yo les diría esto otro: aquí pasa todo. La única condición es saber oir más allá del sonido de las palabras, saber entender, saber comprender y saber sentir como el autor mismo. Porque aquí, de la misma manera que en todas las creaciones perdurables del arte literario, la reiteración de los temas opera sobre el viejo registro, siempre inmortal y suficiente: el amor, el dolor, la muerte, los sueños, la crueldad, la ternura, el desajuste entre el mundo interior y el mundo exterior(12).

Se halla en los cuentos de Cepeda Samudio el brote del personaje urbano, segado un poco por la multitud de las voces marginales. Aquí no hablamos de grandes espacios con rascacielos y avenidas, donde más adelante vivirán y sufrirán los personajes de Onetti, Donoso y Garmendia. Estos lugares aún no logran interesar las mentes de los autores latinoamericanos, que aún recorren espacios telúricos, muy rurales -Estados Unidos en su gran mayoría no ha perdido aún su condición rural, aldeana, la misma que vivificara Faulkner a través de su escritura.

Es la época en que surge, por ejemplo, la obra de Juan Rulfo, con su pueblo Comala, abandonado a la suerte de la poesía, hecha murmullo, hecha rumor incesante de almas en pena. Es el instante del reconocimiento.

Los escritores latinoamericanos miran hacia sus propias culturas, sin olvidar la lección estética aprendida de los norteamericanos y europeos. Arriban a la literatura con seriedad y compromiso. Sospechan la complejidad del hombre y saben de sus circunstancias, de sus pasiones y odios, lo ubican en la tragedia de occidente; es como si se arrogaran a la vez el lugar que les corresponde en el mundo y sus relaciones. Buscan el espacio apropiado y en la mayoría de las veces lo encuentran en la propia América. Con Faulkner comprenden que la aldea es el universo mismo, en cuyos parajes la vida suele resolverse contradictoria, no ajena al sentimiento complejo y múltiple de los hombres. Porque, ¿qué es Comala sino el inframundo, el lugar donde toda una comunidad muere de rencor, a expensas de un gamonal que quiso conocer el amor y la ternura y apenas si conoció el sabor de la piedra desmoronada? ¿Qué es Santa María sino el sitio del ruido y el desgaste, el espacio que acoge el ronroneo ensordecedor de los corazones solitarios y destinados a su propio olvido? Esto lo entiende bien Cepeda Samudio, cuando hace del circo un lugar de escape en algún molino de viento; cuando hace de una librería el sitio perfecto para el amor por ella y por el libro; cuando la vida de un artista se resume en su obsesión por el piano blanco; cuando dibuja la atmósfera de un cafetín que se convierte, por virtud de la palabra, en el eje de sus preocupaciones como narrador y hombre solitario:

Cuando la voz vieja conocida que anuncia las llegadas y las salidas anunció el nombre que esperábamos, ya éramos nosotros. Y subimos a nuestro bus. Ahora estamos en este bar todavía a la espera. Nos rodea gente, cada uno con su espera. Estamos estrechamente unidos en que todos estamos a la espera pero no nos conocemos, ni siquiera hablamos. Solamente "nosotros" hablamos de vez en cuando. Y ahora ha llegado este hombre y nos ha hablado, nos ha dicho cosas que no hemos preguntado. Secretamente sabemos que ha de seguir hablando y hablando, que mañana vendrá y hablará otra vez, y seguirá viniendo todas las noches (p.53-54).

He aquí la voz del hombre _convertido en personaje de ficción- que ha sobrevivido a la catástrofe de dos guerras, a la representación esperpéntica de la barbarie. Acaso no haya espacio sino para la soledad, compartida en en medio de la muchedumbre urbana. Ya lo había presentido Baudelaire en su Spleen parisino. He aquí la voz que narra la circunstancia de una época. El espacio viene a determinar la actitud de sus personajes, como aquel Jumper Jigger, el bailarín que decide con su número gastado el tránsito de un tiempo lento, donde nada parece sacar del ostracismo a los eternos clientes de la barra, ni siquiera las discusiones en torno a la obra de Joyce, ni siquiera la presencia de cierta mujer envuelta en una blusa ligera:

Porque el tiempo había dejado de ser medido y una sola estación había comenzado dentro de las paredes aun antes de que Skip naciera, aun antes de Jumper Jigger hubiera sido comprado en Georgia [...] Alguna vez se habían congelado los engranajes del reloj redondo pegado a las paredes... (p. 80)

En sentido inverso, la actitud de los personajes determina también el espacio. Al autor de Todos estábamos a la espera le preocupa el cuento como unidad cerrada, pero que a la vez permite bifurcaciones, incursiones del lector, puesto que cada relato está tejido con alusiones, con ciertas pistas, con muchos silencios y palabras que no se dijeron, como para que el lector participe de su construcción. He ahí la propuesta estética del cuentista barranquillero: reclama un lector copartícipe, porque allí, como lo sugiriera Hernando Téllez, no pasa nada, porque pasatodo. Piénsese en el cuento TapRoom y en su gran sentido polifónico.

 

¿Cómo olvidar, pareciera preguntarse Cepeda Samudio, que el hombre es también producto de dos guerras mundiales, de la depresión económica, del holocausto judío, de la extensión dañina del imperialismo, y que es heredero de los problemas filosóficos pensados en Alemania o Francia?

 

Desde su primera línea Cepeda logra crear el ambiente de barullo a través de una serie de voces y murmullos que recargan el ambiente del bar. Una voz pide whisky, la otra permiso, la de más allá agradece, la otra expresa que firmará un documento, mientras otras voz pide un trago doble y así, el relato genera su propia significación y establece su propia sinfonía:

"Y en cada uno de los espacios se amontonaba pensamiento. En el gran sonido total se abrían grietas: y esas grietas se llenaban de pensamiento"(p. 106), en tanto alguien rellena el cuerpo de una muñeca de trapo, con hilachas de variados colores. Y en medio de la algarabía interna, de aquellas voces que reclaman un lugar en el mundo, el autor se detiene con expectativa en los diálogos de dos parejas que intentan solucionar sus conflictos personales. Es decir, que en medio de la algazara, el autor funde el plano general y abre el ojo de la cámara hacia un plano medio, donde dos parejas, cada una en mesas diferentes -esto lo supone el lector-, enfrenta sus propios dramas. Y la escena se cierra con la labor de quien da forma a la muñeca de estopa, pero las voces continúan:

Whisky, permiso Marion es distinta, sí doble gracias yo no soy un político por favor yo digo whisky nueve ochenta es Sartre comprendido nunca yo Martinis llénalo firmaré con 367 whisky estabilidad relaciones internacionales Marion whisky treinta y cinco Joe permiso Martinis el problema sécalo sécalo permiso whisky gracias permiso Marion... (p. 107-108)

Tras una pausa el autor refiere que los sonidos empezaron a resbalar sobre el mostrador del bar, como si se tratara de una figura animada que se escurre a manera de parásito. Luego viene una melodía en inglés, Put the blame/on Mammy,/Boys.... ,una voz que suena monótona, lejana, que se calla de pronto, cuando la muñeca, símbolo quizá del ser incomunicado, explota en el bar y se hace el silencio de la tragedia. Sólo basta recoger al hombre que yace sobre el piso, subirlo a un taxi que lo llevará a su casa, ahora que la noche le ha jugado una mala pasada, secar el mostrador y dejar que Tap-Room siga siendo un bar de historias fragmentadas, de dramas inconclusos, de corazones solitarios y de voces perdidas en el licor o en la lejanía del otro que castiga con sus palabras. Porque aquí no ha pasado nada, porque todo pasa.

En Cepeda Samudio las técnicas heredadas del cine le permiten describir escenas, presentar cuadros dramáticos, llenos de silencios, de acciones sugeridas por el encuadre mismo, donde la soledad, el desgano, el desenfado o la impotencia de sus personajes cobra el movimiento propio del cinematógrafo. Su afición por el cine la subrayó García Márquez en 1954(13), e incluso la subrayan sus propios personajes, como el payaso poeta y romántico del cuento que da título al libro:

...y después iríamos a un cine, me gusta el cine—creo que me gustaría ver una película que se llame los rinocerontes hacen pompas de jabón[...]—hubo un tiempo cuando veía todas las películas—cuando no se tienen sueños, cuando no esperamos nada, tenemos que meternos en la salas de cine y tomar los sueños prestados de las películas—también yo iba al cine todos los días a hacer míos todos los sueños—

 

De él, aunque muchos escritores contemporáneos nuestros no lo sepan o no quieran admitirlo, se aprendió esta lección: la literatura como un bello juguete, al servicio de la rayuela de la vida.

 


Las técnicas propias del cine e incluso de la fotografía se convertirían en lugar común en la narrativa latinoamericana que se gestó a partir de los años cuarenta. Recuérdese La muerte de Artemio Cruz, el cuento Las babas del diablo o novelas como El beso de la mujer araña y La casa grande, esta última del barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, en cuyas páginas despliega el conflicto de las bananeras, tras ese hálito de poesía que más tarde se haría extensivo a la obra cumbre de García Márquez.

En cuanto al relato como género, Cepeda Samudio se muestra hábil en este asunto, pues incluso años más tarde, publicaría El ahogado: "Argumento para un mediometraje, original de -tantas personas dicen haberlo contado que es mejor no poner a nadie(14). Del cine toma la técnica del encuadre. Cada hecho en el que se ve envuelto uno de sus personajes, pareciera responder al encuadre del fotograma, donde todos los elementos confluyen en una semántica que bien puede traducir el espectador en orden temático. Del cine toma los díalogos precisos, sin dar espacio a la vaguedad que distrae la atención. Es la técnica manejada en su cuento Vamos a matar los gaticos:

"Vamos a matar los gaticos—dijo Doris—, vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos".

"No, todavía no".

"Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran—dijo Martha—. Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran".

"¿Cuántos son? —preguntó Doris.

"No sé: parece que hay cinco".

"¿Dónde están? —preguntó Doris.

"En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy"...(15)

Vale la pena rastrear la propuesta narrativa de Cepeda Samudio, no sólo por lo que aportó al desarrollo de la literatura colombiana, sino también por lo que sus cuentos sugieren: un mundo que apenas empieza a habitarse de seres solitarios (no ajenos a la depresión y a los cambos políticos), de hombres y mujeres que desnudan sus vidas a través de palabras tiernas o duras, de frases entrecortadas y diálogos a medio camino que pretenden recalcar, a lo sumo, este siglo de incomunicación y silencio, como lo expresara Samuel Beckett a través de sus novelas y relatos minimalistas. Sí, es el absurdo, el drama de los desencuentros, la imposibilidad de contar al Otro la pesadilla o el miedo. Es la sociedad posindustrial que revela en la herrumbre de sus máquinas, la desesperanza de quienes se entregan al tedio, avizorado por Steiner en su crítica de la cultura contemporánea, mediada por la melancolía y la barbarie(16).

Que un hombre como Cepeda Samudio tuviese una conciencia de escritura como la que poseyó en los años cincuenta, fue y seguirá siendo saludable para el país. De él, aunque muchos escritores contemporáneos nuestros no lo sepan o no quieran admitirlo, se aprendió esta lección: la literatura como un bello juguete, al servicio de la rayuela de la vida. La literatura como compromiso y búsqueda estética, así las palabras, como lo manifestara en el introito a la serie de cuentos, fueran inferiores a sus personajes. Porque primero está la vida y luego la necesidad de fabularla. Esa misma necesidad que sintiera en la construcción de su novela La casa grande, obra de voces, concierto polifónico que recrea, a su modo (prurito de la modernidad literaria), la masacre de las bananeras: evento político y social que metaforizó no sólo el nacimiento del responsable de Melquiades, sino la armazón del conflicto real desde la perspectiva del hecho estético, ese misterio vuelto palabra.

Su gran amigo, García Márquez, jamás renunció a las preocupaciones estéticas y temáticas de aquel hombre muerto en New York el 12 de octubre de 1972, luego de una larga enfermedad. Ambos conocieron el drama colectivo en las plantaciones de banano. Ambos soportaron el calor de la Costa.

Ambos, hijos del mito y la leyenda vallenata, herederos de Francisco El Hombre, pretendieron recuperar a través de la poesía el recuerdo grato de la casa de infancia. Ambos apostaron por la libertad creadora.

Y para cerrar estas notas, animemos las frases de Saroyan y retratemos con ellas al hombre que siempre estuvo a la espera de la palabra adecuada, con la que pudiera dar cuenta de sus soledades, de sus personajes, con la que pudiera alargar la felicidad de una palabra múltiple en su dinámica interna:

"...to be among the lost, to know how it feels to be out of things, to have no present, no future, to belong nowhere, to be suspended between day and night, waiting"(17)


NOTAS


(1) MORENO-DURÁN, Rafael Humberto. Arte notable de fundaciones y leyendas. Boletín Cultural y Bibliográfico, No. 16. Bogotá: Banco de la República. 1988. p. 3.

(2) Esta anécdota es recordada por García Márquez en una entrevista suya concedida a Sara Marcela Bossi en 1989 en Ciudad de México. Es recogida por el periodista antioqueño Gustavo Arango en su libro: Un Ramo de Nomeolvides. García Márquez en el Universal. Ediciones El Universal, Cartagena, 1995. p. 24.

(3) VALENCIA Goelkel, Hernando. Oficio crítico. Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Imprenta Nacional de Colombia,1997. p.303-324.

(4) RAMA, Ángel. Primeros cuentos de diez maestros latinoamericanos. Planeta, Barcelona, 1975.p.233-245.

(5) Citadas por Edith Wharton. EN: ZAVALA, Lauro (Comp). Teorías de los cuentistas. Universidad Nacional Autónoma, México,1995. p. 134.

(6) FUENTES, Carlos. La Nueva Novela Hispanoamericana. Cuadernos de Joaquín Mortiz. 1969,México, p. 19.

(7) GARCÍA Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Oveja Negra, Bogotá, 1984 p. 304

(8) FUENMAYOR, Alfonso. Prólogo a la obra Todos estábamos a la espera. Áncora, Bogotá, 1993. p. 16.

(9) El papel jugado por Cepeda Samudio en el desarrollo del periodismo colombiano es por todos reconocido. Al lado de García Márquez Cepeda Samudio logró trasvasar su experiencia del Nuevo Periodismo norteamericano a las esferas del periodismo criollo. Cepeda y García Márquez descubrieron en los reportajes de Hemingway, Wolfe, Capote, Talesse y Mailler, la esencia de la narrativa que indaga sobre la realidad. Comprendieron que entre periodismo y literatura las diferencias son pocas, más bien de forma. Ambos exigen trabajar la realidad, buscar el carácter de verosimilitud, contar al lector una historia de impacto, recrear la cotidianidad. Con este tipo de práctica periodística insuflaron sus deseos de bucear en las aguas de la ficción. Tras el análisis de la labor periodística de los autores mencionados, los escritores de la costa, vinculados al grupo de "La Cueva", comprendieron que el Texto nace de un trabajo de inmersión, de la selección de una estructura de acuerdo con aquello que se narra, de la exactitud con que se refieran los hechos, de la voz que se nutre y, por supuesto, del sentido ético con que se responda a la verdad. Uno de los textos que pretende responder a estos preceptos señalados, Cepeda Samudio lo tituló "Garrincha", publicado en el año 68. Se registra como pieza importante por su "sobriedad, hábil manejo de tiempos, mezcla fluida de temas y situaciones" en el libro de Daniel Samper Pizano: Grandes reportajes. Antología. Intermedio Editores, Bogotá, 1990p.119-126.

(10) Todos estábamos a la espera. Op. cit., p.31

(11) GARCÍA Márquez, Gabriel. Crónicas y Reportajes. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1976. p. 54-5.

(12) TÉLLEZ, Hernando. Los cuentos de Álvaro Cepeda (El Tiempo, septiembre 14 de 1954). Del libro: Nadar contra la corriente. Ariel, Bogotá, 1985. p. 330.

(13) Crónicas y Reportajes. Op. cit., p. 53.

(14) CEPEDA Samudio, Álvaro. Los cuentos de Juana. Norma, Bogotá, 1996, p. 46.

(15) Todos estábamos a la espera. Op. cit., p. 56.

(16) STEINER, George. En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura. Gedisa, Barecelona, 1992.

(17) "...estar entre lo perdido, saber cómo se siente estar por fuera de las cosas, sin tener presente ni futuro, pertenecer a ninguna parte, estar suspendido entre el día y la noche, esperando" SAROYAN (Among the Lost). Op. Cit, p. 33.


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