Dada la diversidad de roles asumidos por el hombre, la
diversidad de léxicos de allí mismo derivados,
el ámbito socio-cultural no es un ámbito regido
por una rigurosa taxonomía como lo es, en cambio,
el ámbito físico-biótico. De allí
el protagonismo de las diferencias, pero también
la multiplicación de los conflictos en el ámbito
socio-cultural, conflictos que no son producto de la ignorancia
ni mucho menos. De ello dio testimonio la tragedia griega.
1
Las pruebas de elección múltiple
Cuando
en un examen de elección múltiple nos preguntan
si la antigua ciudad de Köenigsberg, en donde vivió
Kant, pertenece hoy a Alemania, Rusia, Suecia o Polonia, presumimos
que una de las respuestas sería la correcta mientras
las demás estarían erradas, y en efecto es así.
Hoy la antigua ciudad de Köenigsberg pertenece a Rusia.
No ocurre lo mismo en la vida cotidiana cuando elegimos carrera,
puesto, pareja. Las opciones que compiten por dar respuesta
a la pregunta ¿Qué carrera estudiar? no estarían
ante la disyuntiva de ser clasificadas como verdaderas o falsas.
No por estudiar arquitectura carreras como medicina o derecho
representan opciones falsas, sino a lo sumo opciones menos
pertinentes con relación a determinada persona en unas
circunstancias dadas. No obstante, no todos piensan así.
Hay
quienes desconocen las diferencias entre las pruebas escolares
y las decisiones de la vida cotidiana, cuando asumen las últimas
como si se tratase de las primeras. Hay quienes consideran
que al tomar decisiones de interés personal como sería
la elección de carrera o de interés colectivo
como sería la elección de modelo económico
las opciones diferentes a la elegida se clasifican como falsas.
¿Es ello defensable? Nos proponemos discutirlo.
2
El ornitorrinco es una excepción
Las
pruebas de elección múltiple, las cuales presuponen
que todas las respuestas menos una son falsas, se realizan
sobre aquellos asuntos acerca de los cuales suele haber unidad
de pareceres en la respectiva comunidad académica.
Ello ocurre en los campos de la matemática y las ciencias
naturales. En lo relativo a los fenómenos históricos,
en cambio, la unidad de pareceres suele ser la excepción.
Por cada interrogante político o filosófico
compiten una multiplicidad de respuestas. Detrás de
la diferencia entre las pruebas académicas de elección
múltiple y las encrucijadas de la vida cotidiana es
posible reconocer uno de los dualismos más acreditados
en la cultura occidental, el dualismo naturaleza-historia.
¿Participan la naturaleza y la historia de los mismos
presupuestos? No es otro el interrogante a resolver.
El
universo de los fenómenos naturales es un universo
relativamente organizado, en donde los fenómenos -a
excepción de los fenómenos del mundo subatómico
y de los organismos que se reproducen por vías
diferentes a la aclonal como sería la bipartición
- configuran conjuntos bien definidos cuyos elementos se diferencian
de los elementos de otros conjuntos por medio de criterios
claros y precisos como sería el número de electrones
y protones entre los elementos, el apareamiento fértil
entre los animales. Porque es posible formular definiciones
universales para determinados conjuntos no hay dificultad
en saber si un objeto pertenece o no a él. Si un estudiante
debe resolver un cuestionario en el que se pregunta por los
atributos del Helio y se dan varias opciones, él sabe
que el autor del cuestionario no ha experimentado con moléculas
de Helio diferentes de tal suerte que -si el estudiante efectivamente
se ha preparado- no tendrá dificultad en elegir la
respuesta correcta. ¿Ocurre algo similar en lo relativo
al campo de la historia? Hay quienes lo creen así,
y en ese caso el ámbito socio-cultural sería
una prolongación del ámbito físico-biótico
únicamente. Es este el asunto a discutir.
A
diario experimentamos que los fenómenos históricos
son únicos e irrepetibles, pero también comprobamos
que "nada hay nuevo bajo el sol". Aunque
en principio tales afirmaciones se contraponen, ellas son
compatibles, y en última instancia ambas son ciertas.
Bastaría reconocer los fenómenos históricos
designados por la misma palabra como afines, es decir, como
fenómenos compuestos de diferencias y semejanzas, en
donde las diferencias los haría únicos y las
semejanzas, en cambio, los vincularían. No obstante,
lo dicho resulta insuficiente para discriminar los fenómenos
del ámbito socio-cultural de los fenómenos del
ámbito físico-biótico. ¿No contienen
diferencias los fenómenos naturales pertenecientes
a la misma clase? Entre dos átomos de Carbono también
hay diferencias. El número de neutrones por ejemplo.
Entre dos caballos hay diferencias. La pigmentación
por ejemplo. Si las semejanzas alternan con las diferencias
tanto en los fenómenos naturales como en los históricos
¿cuál sería el criterio de demarcación
entre ambos tipos de fenómenos? Las semejanzas operan
de distinta manera. Mientras todos y cada uno de los fenómenos
naturales clasificados en determinado conjunto participan
de una serie de atributos, atributos que constituyen su
"esencia", no ocurre lo mismo en los fenómenos
históricos. No es otro el punto que quisiéramos
ejemplificar.
| Asumir
los dilemas relativos a los fenómenos históricos
de la misma manera que asumimos los dilemas relativos
a los fenómenos naturales sería, en síntesis,
una falacia |
Porque
los átomos de Carbono poseen todos 6 protones y 6 electrones,
tales atributos harían parte de la esencia del Carbono.
Si un átomo tiene un número de electrones diferente
de 6 o un número de protones diferente de 6 no sería
un átomo de Carbono. ¿Es posible asumir una concepción
esencialista en lo relativo a los fenómenos históricos?
Después de vanos intentos por definir la esencia
de fenómenos como el amor, la revolución, la
justicia, el valor, Wittgenstein advirtió que entre
los diferentes fenómenos designados con la misma palabra
cuando más hay un cierto aire de familia es
decir, todos comparten algunos atributos con algunos de los
demás, pero no necesariamente los mismos, y de esa
manera disolvió el problema. El amor cortés
comparte con el amor místico cierto ascetismo, con
el amor romántico una idealización de la mujer,
con el amor tántrico una sublimación del instinto,
pero ninguna de las cualidades en cuestión son compartidas
por todos. No es el único caso por supuesto. Mientras
la democracia griega se usa para decidir, la democracia representativa
para elegir, las democracias populares en los países
de la antigua órbita soviética para legitimar.
Mientras la democracia representativa comparte con la democracia
griega el pluripartidismo; comparte, en cambio, con las democracias
populares de los países de la antigua órbita
soviética el sufragio universal. Cuando se habla de
revolución francesa, la estructura que cambia es la
política; de revolución rusa, la económica;
de revolución industrial, la tecnología; de
revolución neolítica, la forma de vida. Mientras
la revolución francesa comparte con la revolución
rusa su carácter violento; comparte, en cambio, con
la revolución industrial el protagonismo de la burguesía.
Mientras la revolución industrial comparte con la revolución
neolítica la mutación de los medios de producción;
comparte, en cambio, con la revolución rusa sus vínculos
con el positivismo. Tal dispersión de los atributos
de las palabras amor, democracia y revolución no estaría
exenta de consecuencias. Si en un test -para responder si
o no- se pregunta si el amor cortés es un verdadero
amor, la democracia representativa una verdadera democracia,
la revolución francesa una verdadera revolución,
es evidente que las respuestas estarán contaminadas
por las convicciones, preferencias o veleidades del autor
del test. Ello amerita una explicación.
Diferentes
individuos adoptan diferentes concepciones del amor, la justicia,
el valor, la democracia porque parten de experiencias diferentes,
en el marco de tradiciones diferentes, dados una serie de
prejuicios, presunciones, presupuestos diferentes; hacerlos
variar de opinión implicaría realizar severas
mutaciones en su red de significados y sentidos, su reconstrucción,
inclusive.
Porque
los diferentes fenómenos históricos designados
con la misma palabra no pueden someterse a una concepción
esencialista puesto que entre ellos no hay más que
un cierto aire de familia, nadie garantiza que cuando
hablemos del amor, la justicia, la democracia, hablemos de
lo mismo. ¿Quedaríamos condenados a una especie
de Babel semántica? Por supuesto que no. A través
del diálogo se puede llegar a un acuerdo en torno al
significado de un término dado o puede hacer un inventario
de sus acepciones. No obstante, nada ni nadie garantiza que
los acuerdos en torno al significado y sentido de determinada
palabra rijan para otras personas, ni siquiera que rija para
siempre entre quienes lo suscriben.
Porque
a través de la historia las palabras relativas a los
fenómenos propios del ámbito socio-cultural
van acumulando una serie de significados y sentidos, nada
ni nadie asegura que aquel que nosotros elegimos como
más adecuado también lo sea para los demás.
Porque -a menos que se trate de una sociedad cerrada- los
acuerdos a los que pudiéramos llegar en torno al significado
de palabras como valor, razón, justicia o libertad
resultan tan laboriosos como frágiles, surgen una serie
de dificultades relativas a la realización de las pruebas
de elección múltiple en el ámbito de
las disciplinas históricas. Asumir los dilemas relativos
a los fenómenos históricos de la misma manera
que asumimos los dilemas relativos a los fenómenos
naturales sería, en síntesis, una falacia. Nos
proponemos discutir las implicaciones de dicha aseveración.
3
Valiente, cobarde o astuto
Si
no es posible asumir una concepción esencialista relativa
a los fenómenos del acontecer histórico rotulados
con la misma palabra, si ellos tienen cuando más un
cierto aire de familia, no es posible trazar las fronteras
entre las diferentes series de fenómenos. Ello implicaría
que un mismo fenómeno puede pertenecer a diferentes
series según sean los criterios utilizados. Un ejemplo.
¿Cómo
clasificar el combate entre David y Goliat registrado por
la Biblia? De acuerdo con la lectura de los acontecimientos
que ha hecho carrera en Occidente, David se considera un héroe,
como quiera que armado con un callado y una honda se enfrenta
al gigante Goliat, campeón de los filisteos, quien
lleva equipo militar completo. Estatuas en su honor han esculpido
varios de los más afamados artistas. No obstante, bastaría
enfatizar en algunos puntos de la historia para apartarnos
de la lectura tradicional. Antes de que pudieran trabarse
en un combate a cuerpo a cuerpo, cuando los contrincantes
todavía están a una cierta distancia, Goliat
cae al suelo impactado en su frente por una piedra que David
le arrojó por medio de su honda. Con su acción,
David ha faltado a una de las más elementales normas
del combate caballeresco, la que prohibe el uso de armas en
condiciones de matar a distancia como sería la honda,
en cuyo uso los semitas tenían fama de expertos. No
sólo eso. Antes que Goliat pudiera reponerse de su
caída, presuroso David se dirige hasta él, toma
su espada y con ella le corta la cabeza (es menester
recordar que en deportes como el boxeo no está permitido
atacar al contrincante caído). Quienes insisten
en la valentía de David, dirán que el joven
pastor venció al gigante con su astucia, asumida esta
última como un valor positivo. Conductas como ellas
no sólo se registran entre los judíos. Tucídides
se lamenta de la valoración alcanzada por la astucia
entre los griegos, cuando dice: Y es que, en general, resulta
más fácil aplicar a uno el calificativo de astuto
entre bribones, que el de ingenuo entre hombres de bien: esto
les sonroja, aquello les llena de orgullo(1).
En
contraposición a lo ocurrido con David, en el medioevo,
según refiere Huizinga, se sacrifica el interés
estratégico en favor del ideal caballeresco, como en
efecto lo ilustra la siguiente anécdota: Con motivo
de un desembarco de los franceses en la costa inglesa, Guillaume
de Châtel, el primero de los jefes, quiere caer por
el flanco sobre los ingleses, que se han protegido haciendo
una trinchera en la arena. Pero el sire de Jaille dice que
los defensores son un tropel de villanos y que sería
una vergüenza no atacar de frente a semejantes adversarios(2),
y su opinión prevalece.
¿Es
posible clasificar la astucia dentro del conjunto de las conductas
heroicas? No necesariamente. Consideradas las diferentes
definiciones de valentía y cobardía registradas
a través de la historia, atributos como la astucia
pudieran ubicarse al lado de la valentía o de la cobardía
según las circunstancias o los criterios de quien refiere
la anécdota.
| El
primado de las diferencias en el ámbito socio-cultural
hace que la creencia en un orden del mundo con pretensiones
universalistas sea fácilmente refutable...
|
En
el ámbito físico-biótico no suelen abundar
los conflictos que arrecian en el ámbito histórico.
En el ámbito físico-biótico no hay átomos
que sean de Hidrógeno y de Helio a la vez, ni animales
que sean gato y perro a la vez, y si existen animales como
el ornitorrinco que tienen características de mamífero,
pájaro y anfibio a la vez, y que al decir de Umberto
Eco desafía cualquier clasificación, tales animales
serían justamente la excepción que confirma
la regla.
En
virtud de la regularidad de la naturaleza, en las interacciones
físicas, los elementos químicos y las especies
biológicas, las semejanzas priman sobre las diferencias.
Dada la diversidad de roles asumidos por el hombre, la diversidad
de mundos construidos, inclusive, en los acontecimientos históricos,
en cambio, las diferencias priman sobre las semejanzas y aunque
varios fenómenos se rotulen con la misma palabra adquieren
su identidad de cara al respectivo contexto únicamente.
De allí derivan algunas consecuencias:
1
El primado de las diferencias en el ámbito socio-cultural
hace que la creencia en un orden del mundo con pretensiones
universalistas sea fácilmente refutable, y que la creencia
de un orden del mundo con pretensiones socio-culturales restringidas
rija de manera provisional únicamente. A ello se han
referido filósofos como Nietzsche y Heidegger.
2
Ante una decisión por tomar surge un conflicto en un
individuo cuando alternan, compiten criterios diferentes surgidos
a partir de experiencias diferentes. En una sociedad sobreviene
un conflicto cuando departen personas que asumen diferentes
roles, que usan diferentes léxicos. Los conflictos
en cuestión han sido ejemplificados por la tragedia
griega.
4
Un poeta y dos querellas
Entre
los tipos de conflictos que podemos verificar en la tragedia
griega, los hay de tipo personal como acontece en la obra
Siete contra Tebas de Edipo, y de tipo social, como
ocurre en Las Euménides del mismo autor.
4.1
Siete contra Tebas
Víctimas
de la maldición de Edipo, de acuerdo con la cual Eteocles
y Polinices, sus hijos, se darían muerte mutuamente,
los hermanos deciden alternarse en el trono. Habiéndose
cumplido el primer año, Eteocles se niega a entregar
el trono a Polinices, y este último se refugia en Argos
en donde se casa con una hija del rey. Al mando de un ejército
patrocinado por su suegro, Polinices sitia a Tebas. En el
palacio del rey, Eteocles dialoga con el coro acerca de la
difícil situación en la que se hallan a medida
que van llegando las noticias del insuceso. No es otra la
trama de la obra Siete contra Tebas de Esquilo.
Mientras
el coro no cesa de lamentarse del infortunio que amenaza caer
sobre la ciudad, Eteocles, en cambio, urge a sus conciudadanos
a unirse alrededor de su defensa. Cuando el heraldo entra
en escena para avisar que cada una de las siete puertas de
Tebas ha sido tomada por otros tantos jefes enemigos, entre
los que se cuenta al mismo Polinices, Eteocles envía
igual número de guerreros tebanos para combatirlos,
reservándose para sí la defensa de la puerta
tomada por su hermano. El coro intenta disuadirlo.
Elemento
capital de la tragedia griega, el coro le da voz a una serie
de protagonistas de la existencia diferentes de los individuos
propiamente dichos, en abierta contraposición a la
comedia para la que la voz del individuo es la única
que cuenta, mutación la cual se insinúa desde
Eurípides para quien el coro no tiene el mismo protagonismo
que puede verificarse en Esquilo y Sófocles como fuera
registrado por Nietzsche en El origen de la tragedia. A
través del coro, en Siete contra Tebas hablan
las mujeres de la Polis tebana,
cuyo pragmatismo suele contrastar con el furor dionisiaco
que motiva las acciones del héroe.
Fiel
a su deber, Eteocles debe defender la ciudad y así
lo proclama sin reservas. Porque Tebas se encuentra en una
situación militar desesperada como en efecto ha sido
referida por el heraldo, porque en el mejor de los casos Eteocles,
el rey, terminaría por cometer un fratricidio, al coro
lo asaltan múltiples temores y en un intento por modificar
el curso de los acontecimientos toma la palabra en repetidas
ocasiones. En primera instancia, el coro quiere disuadir a
Eteocles de su acción para que no se manche con la
sangre de su hermano, para que no sea objeto de la persecución
de las erinias - divinidades ctónicas nacidas de la
sangre de Urano cuando fue mutilado por Cronos-, cuya tarea
no es otra que la de perseguir a quienes se han manchado con
la sangre de un familiar. Habla así el coro: Un
deseo cruel, roedor en exceso, te impulsa a cumplir una matanza
de fruto amargo de una sangre no lícita (3).
En segunda instancia, el coro pretende disuadir al rey de
emprender una acción en la que fácilmente puede
perder la vida. Cuando Eteocles solicita consejo, el corifeo
responde: No tomes el camino de la séptima puerta
(4). Ello prueba, de otro lado, que no está
seguro de lo que debía hacer.
Eteocles
quiere conservar el trono y por ello está dispuesto
a enfrentar a su hermano; teme al deshonor que significaría
declinar el desafío y por ello está decidido
a arriesgar su vida, pero también sabe que la ganancia
se transmutaría en exilio si lo persiguen las erinias;
sabe, en fin, que todo lo perdería si muere.
Eteocles
está sitiado por un doble conflicto. ¿Cómo
salvaguardar su trono sin mancharse con la sangre de su hermano?
¿Cómo preservar su honor sin arriesgar su vida?
Los dilemas en cuestión se han repetido muchas veces
en la historia, y el protagonista de turno habrá sopesado
lo que representaba para él su trono y su honor, sus
sentimientos filiales y su propia vida. Es allí donde
la condición polisémica de los fenómenos
históricos revela su protagonismo. ¿Qué
puede significar el trono para Eteocles? Una carga, un reto,
una forma de vida, su gran ambición. ¿Qué
puede significar su honor? Un valor entre otros, la areté
de su linaje? Qué puede representar un fratricidio?
Un crimen del peor tipo, un hecho de armas desafortunado,
la garantía del reino? ¿Que ocurre si muere? Lo
pierde todo, queda su nombre.
Habrá
quienes han seguido el consejo del corifeo sin vacilaciones
ni remordimientos en casos similares, y han rehuido el combate,
no han enfrentado al hermano. Para ellos, el trono bien podía
ser una carga únicamente; el honor, un valor entre
muchos; el fratricidio, un crimen del peor tipo, y la muerte,
el mayor de los males. Habrá quienes, en cambio, se
abstengan de seguir consejos como el del corifeo. Para ellos
el trono sería su gran ambición; el honor, la
areté de su linaje; el fratricidio, un hecho de armas
más; quienes reconocen en el deshonor algo peor que
la muerte, partícipes de una escala de valores propia
de los pueblos guerreros de la que da testimonio los dichos
de Har en el Edda mayor.
Mueren
riquezas, mueren parientes
también
uno mismo muere;
tan
solo una cosa sé que no muere
la
fama que deja un muerto (5)
Habrá
por último, Eteocles pudiera ser el caso, quienes vacilan
a la hora de tomar una decisión; para quienes el trono
es su gran ambición, pero consideran el fratricidio
como el peor de los crímenes; para quienes el honor
obliga, pero temen la muerte.
4.2
Euménides
Nombrado
Agamenón como jefe de la expedición de los griegos
contra Troya, los vientos se niegan a impulsar las naves.
Consultado Calcantes, adivino de la expedición, explicó
el insuceso en los siguientes términos. Porque Agamenón
prometió a Artemisa el
sacrificio del más bello de sus bienes producidos determinado
año y al finalizar dicho año no inmoló
a su hija que había nacido en ese lapso, sino a uno
de sus bueyes, la diosa se consideró engañada
y exigió al rey el cumplimiento de su palabra, y para
lograr su cometido impidió la acción de los
vientos sin la cual las naves que dispuestas para transportar
a los griegos hasta Troya no podían partir. No sólo
Agamenón, el jefe de la expedición, y Menelao,
el esposo de Helena, se perjudicaban con el insuceso. De la
expedición hacían parte la mayoría de
los príncipes y reyes de Grecia, quienes años
atrás -cuando pugnaban por la mano de Helena- habían
jurado acudir en ayuda del pretendiente que fuera elegido
por ella, y ahora debían cumplir con su palabra cuando
la esposa de Menelao había sido raptada por Paris,
hijo del rey de Troya, y su clamor unánime difícilmente
podía ser desatendido. Aunque en principio el rey de
Micenas se negó a sacrificar a su hija para complacer
a la diosa, terminó cediendo ante la intervención
de los capitanes de su ejército impacientes no sólo
por honrar su palabra, sino además por conquistar riquezas
y gloria.
Años
después, cuando Agamenón regresa victorioso
de la guerra de Troya, Clitemnestra, su esposa, lo asesina
en represalia por la muerte de su hija, pero también
porque teniendo un amante, Egisto, no estaba dispuesta a desalojarle
de su lecho. El drama no termina, sin embargo. Habiendo sido
conminado por Apolo, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra,
dio muerte a su madre, en represalia por la muerte de su padre.
Las consecuencias no se hacen esperar. Las erinias emprenden
su acción contra Orestes, autor del matricidio, quien
se asila en el templo de Atenea siguiendo el consejo de Apolo.
Una vez allí las erinias reclaman la entrega de Orestes.
Atenea delega en un jurado la decisión del pleito.
Apolo dirige la defensa del acusado.
Si
la muerte de Ifigenia fue vengada, si la muerte de Agamenón
también lo fue, la de Clitemnestra no será la
excepción. En aras de la equidad la posición
de las erinias haría carrera. Apolo (debemos suponer)
no ve las cosas de la misma manera. Las muertes de Ifigenia,
Agamenón y Clitemnestra no son comparables. Es menester
considerar las circunstancias.
Agamenón
pecó por ligereza cuando hizo su promesa a Artemisa.
Obligado a cumplir su palabra, su acción no sería
-en el contexto de la época- indefensable como quiera
que sacrifica a su hija en aras del bien común. Clitemnestra
adiciona su crimen con el adulterio, y da muerte al rey para
permanecer al lado de su amante. Entre las circunstancias
atenuantes estaría el dolor causado por el sacrifico
de Ifigenia, su hija, máxime cuando el sacrificio en
cuestión se realizó para complacer a Artemisa
y así contar con el concurso de los vientos que permitieran
zarpar a los barcos en los que debían transportarse
los ejércitos griegos de la expedición contra
Troya, expedición que tenía por objeto recuperar
a Helena, quien, no obstante, había huido con Paris,
hijo del rey de Troya, por su propia voluntad según
algunas versiones. Orestes obedeció al mandato de una
tradición que lo conminaba a vengar el asesinato de
su padre, pero también lo hizo para salvarse de los
funestos vaticinios hechos por Apolo, los mismos que le auguraban
lo peor si se negaba a cumplir con su deber.
Llegado
el momento de la decisión, el resultado de los jueces
es un empate con el voto favorable de Atenea. Ello salva a
Orestes, pues son los acusadores quienes llevan la carga de
la prueba. Que el resultado de la votación haya sido
un empate refleja la dificultad del caso. Las posiciones de
las erinias y de Apolo se revelan antagónicas. Las
erinias quieren vengar la muerte de Clitemnestra y castigar
a Orestes. Apolo, en cambio, aprueba la muerte de Clitemnestra
por haber asesinado a Agamenón y quiere salvar a Orestes.
Las erinias y Apolo tienen ideas diferentes de la justicia,
de la venganza, inclusive. ¿Cuáles asesinatos
deben ser vengados? Los que ocurren en el seno de una misma
familia, dirán las erinias. Los que afectan los intereses
de la Polis, replica Apolo.
-
Agamenón da muerte a su hija por razones de Estado,
y por ello el sacrificio de Ifigenia no amerita la venganza
de Clitemnestra a los ojos de Apolo, pero si para las erinias
como quiera que Agamenón antepuso su afán de
mando a sus lazos familiares.
-
Orestes da muerte a Clitemnestra para vengar el asesinato
del rey de Micenas, y debe ser absuelto a los ojos de Apolo.
Para las erinias, en cambio, Orestes debe ser castigado por
el asesinato de su madre quien había dado muerte a
Agamenón por justas razones.
Porque
el concepto del deber es polisémico, es posible entenderlo
como deber con la familia o la Polis. Por supuesto, se trata
de tradiciones diferentes. Así haya momentos de la
historia o circunstancias específicas en las que el
Estado predomina sobre la familia o viceversa, en que lo público
predomina sobre lo privado o viceversa, no siempre ocurre
así. En las Euménides de Esquilo, se
alude a un momento de la historia cuando dos tradiciones diferentes
compiten por el predominio.
5
Monoteísmo y politeísmo
Aunque
la existencia de un orden del mundo en el que los conflictos
serían producto de la ignorancia únicamente
ha sido acreditada
a través de las metafísicas y las epistemologías,
las teologías y las filosofías de la historia;
no menos cierto es que la coexistencia de posturas antagónicas
en un mismo sujeto, en una misma comunidad ha sido
acreditada. De la coexistencia de posturas antagónicas
en un solo sujeto dan cuenta las diosas-Madre. A la par diosas
del amor y de la guerra, vírgenes y cortesanas. Otro
tanto pudiéramos decir del psicoanálisis cuando
en torno a determinado deseo las pulsiones del ello compiten
con las reticencias del superyó. De la coexistencia
de posturas antagónicas en una misma sociedad o cultura
da cuenta el politeísmo, cuando la diversidad de dioses
es fiel expresión de la diversidad de roles. Otro tanto
diríamos del multiculturalismo, cuando alrededor de
diferentes aperturas de mundo se constituyen diversas tradiciones.
6
Conclusión
Si
el conflicto no es una excepción sino la regla, si
no es producto de la ignorancia sino de la condición
del hombre que asume diversos roles, configura diversos léxicos,
difícilmente pudiéramos administrar la vida
individual y socialmente considerada con fórmulas,
recetas, principios de alcance universal, sino con criterios
que sabemos de antemano que son relativos, históricos,
idiosincráticos, inclusive, cuya vigencia sería
provisional únicamente. Ello garantiza el trabajo a
los filósofos, la inspiración a los poetas y
la vigencia del ser que somos nosotros como un ser abierto
a sus posibilidades.