En este artículos se hace una aproximación
crítica a la novela de Augusto Roa Bastos, Madama
Sui (1995) desde la perspectiva de los simbolismos del poder,
el amor y la muerte, destacando los valores literarios específicos
como la intertextualidad, la teoría de la novela
en la novela, la ambigüedad, los niveles del relato
y de la historia. De esta forma, se brinda una visión
amplia de una de las más interesantes novelas del
escritor paraguayo, que no ha sido suficientemente estudiada
por la crítica especializada.
Breve
aproximación a Roa Bastos
A
pesar de haberse consolidado como uno de los escritores más
importantes e influyentes de América Latina, la obra
de Augusto Roa Bastos aún es desconocida por el gran
público, de tal forma que su circulación está
relativamente restringida a los ambientes académicos
especializados o a las reseñas esporádicas cada
vez que aparece alguno de sus libros. Con excepción
de Yo el Supremo, que fue difundida gracias a la atención
que generó en la década de los setenta el tema
de los dictadores en la novela en varias novelas latinoamericanas
-El recurso del método, de Alejo Carpentier,
El otoño del patriarca, de García Márquez-
la extensa obra narrativa y poética del escritor paraguayo
no ha alcanzado el sitio que merece en el ámbito de
nuestras letras.
Augusto
Roa Bastos es esencialmente narrador, pero también
poeta, ensayista, profesor universitario. Es autor de los
libros de cuento El trueno entre las hojas (1953),
El baldío (1966), Madera quemada (1967),
Los pies en el agua (1967), Moriencia (1969)
Cuerpo presente y otros cuentos (1971) y Antología
personal (1980) y de las novelas Hijo de hombre
(1960), Yo el supremo (1974), La vigilia del almirante
(1992), El fiscal (1993), Contravida (1995)
y Madama Sui (1995); ha sido ganador de varios premios
internacionales, entre ellos el premio Cervantes en 1989 y
el premio de Letras del Memorial de América Latina
en Brasil en 1988.
Desde
sus primeros libros, la atención de Roa Bastos ha sido
principalmente revelar el contraste cultural -o "encuentro
de culturas"(1) - entre el significativo pasado
indígena de su pueblo guaraní y el mundo occidental,
en el que confluyen visiones del mundo bien distintas: los
mitos, la magia, la oralidad de la cultura autóctona,
y el racionalismo, el positivismo, el cristianismo y la lengua
escrita, de tradición occidental. Esta preocupación
central de hacer del discurso literario una forma de indagación,
afirmación y revelación de la identidad cultural
de su pueblo se ha manifestado de formas diversas: desde una
visión mágico-realista de sus primeros textos,
como El trueno entre las hojas, Moriencia , Hijo de hombre,
el tema del poder y la soledad en Yo el supremo y El fiscal,
la discusión histórica en La nieve del
Almirante, los juegos técnicos verbales -la metaficción-
en la retrospectiva de la creación verbal en Contravida,
hasta el tema del amor y de la muerte en Madama Sui.
Tal
vez puede afirmarse que el núcleo estructurante fundamental
en toda su obra, es el poder; no simplemente el poder político,
sino también militar, económico, religioso,
familiar. Por ello estas aproximaciones a Madama Sui se
hacen desde esta perspectiva, dejando constancia que nuestro
desconocimiento de la lengua aborigen imposibilita una reflexión
especializada respecto de la confluencia de los dos universos
lingüísticos
-el castellano y el guaraní- que representan la esencia
en la construcción formal de sus obras(2).
Rubén Bareiro Saguier, en un curso de doctorado en
literatura de la Universidad de Sorbonne Nouvelle, demostraba
que en Yo el supremo el ritmo, la musicalidad y la
belleza del lenguaje de la novela se derivaban de la apropiación
perfecta de la estructura sintáctica del guaraní
mimetizada en la escritura en castellano en esta magistral
obra(3). Algo similar se percibe en sus demás
novelas y libros de cuentos, de tal manera que no es preciso
el bilingüismo castellano-guaraní para constatar
la «rara belleza» en la prosa de Roa Bastos.
Madama
Sui: el poder, el amor y la muerte
En
su estructura externa, la novela está dividida en siete
partes, además de un prefacio y un epílogo,
en donde se hace evidente la voluntad realista del autor en
el sentido de referir que se trata de la vida de una de las
amantes preferidas de un dictador de su país -se infiere
claramente que se trata de Stroessner- relatada por un narrador
textual que, a pesar de anunciar que relata la historia desde
la visión del mundo y la sensibilidad de la mujer,
a veces tiende a confundirse con el propio autor por la abundancia
de referentes biográficos conocidos. La obra tiene
un tiempo y un espacio definidos: el pueblito de Manorá
y la ciudad de Asunción, en la república Paraguay,
ese pequeño país que es como una "isla
rodeada de tierra", en la década de 1960.
Del
poder y otros encantos
El
núcleo central, como se dijo, es el poder, o más
concretamente, el "monoteísmo del poder"
según palabras del mismo Roa Bastos, esta vez derivado
de la relación entre el dictador,
"de
origen teutón, que parecía mudo de tan parco,
pero cuya mudez redujo al silencio a toda una sociedad durante
más de treinta años"(4)
y
una mujer muy joven, casi una adolescente, que fue su amante
por tres años, que gozó de los privilegios de
su condición y que se convirtió en leyenda en
su país por su extraordinaria y misteriosa historia
personal, muriendo a la edad de veinte años.
No
se trata del ejercicio despótico del poder mediante
la brutalidad de las armas o la violencia social, sino de
la metáfora del poder a través de la sexualidad
y el utilitarismo, en la que la figura y el papel de la mujer
en la novela resaltan la ambigüedad: por un lado expresan
la vejación, la explotación y esclavitud sexual;
por el otro revelan el pragmatismo femenino en el aprovechamiento
del poder para el beneficio personal. En este sentido, Madama
Sui es una novela sobre una amante de un dictador que
disfruta del poder que le confiere su condición de
hetaira famosa, pero cuyo drama personal simboliza el desprecio
al que fue sometido por varias décadas todo un país
por el despotismo de un hombre que ejerció el absolutismo
y la crueldad por varias décadas en el pasado reciente
del Paraguay.
La
ambigüedad en la construcción del personaje protagónico
facilita lo que Milan Kundera consideraba como "el espíritu
de la novela", la complejidad(5). Gracias
a ello, esta novela de Roa Bastos se concentra en una historia
individual como símbolo y no en una historia social
como denuncia. Y el símbolo es contradictorio, plurisignificativo,
abierto. Representa convencionalmente la esencia de un fenómeno
pero también una intrincada red de relaciones con otros
fenómenos. El telón de fondo en lo social y
político de la obra es la dictadura de Stroessner,
y el relato se centra en la vida de una mujer joven que lo
alcanzó casi todo -el éxito, la admiración,
la riqueza- pero que a pesar de su libertad -incluso su libertad
de ser la putilla de turno del dictador-, nunca pudo estar
al lado del hombre que amó desde adolescente y que
enigmáticamente sólo llama ÉL. De ahí
su carga simbólica, su connotación como personaje
histórico y literario.
Hasta
su nombre y apodo son simbólicos: la muchacha en realidad
se llama Lágrima González Kusugüe, aunque
de niña la apodaran Suindá, una palabra
guaraní que significa lechuza y que para simplificar
se redujo a Sui, que es un nombre japonés muy
común. En ella confluyen, entonces, tres tradiciones:
la indígena guaraní de su entorno social, la
occidental de la familia paterna y la japonesa de su madre,
una mujer exiliada en Paraguay después de los bombazos
aliados en Hiroshima y Nagasaki. Y será Madama Sui
porque como hetaira del gran Patrón adquiere este título
castellanizado de "señora".
De
modo que la adolescente Madama Sui también es una "señora"
poderosa, aunque deba estar recluida en esa especie de "serrallo"
occidental que el dictador construye para sus protegidas de
turno. Su poder es relativo, pero al fin al cabo poder: es
una mujer pública -en todo el sentido de la palabra-,
viaja al Japón como "primera dama", es rica
y admirada por todos, es salvajemente bella, es casi dueña
de su vida ya que "se entregaba a los hombres para
apoderarse de ellos", y en ella se concentra un tanto
dramáticamente el duro destino de miles de mujeres
en los países pobres: hay que ser ricas y felices,
aunque sea por poco tiempo, mientras dure la belleza, no importa
que lo sea ejerciendo de putas. Este simbolismo en lo social,
que podría ser esquemático desde el punto de
vista ideológico y remitir a lugares comunes, en la
novela de Roa Bastos se revela problemáticamente, ya
que el aparente pragmatismo de la mujer está acompañado
del espíritu y del ejercicio de la libertad, la conciencia
plena de su condición de prostituta como un acto transitorio
para el encuentro imaginado -y finalmente logrado- con ese
hombre que conociera desde niña, cuando fuera su compañero
de aventura en la caza de una lechuza, de una suindá.
Esta conciencia de realidad, en una realidad de sometimiento,
vejaciones e injusticias, la coloca, paradójicamente,
fuera de su tiempo, entendido éste como la correspondencia
de los referentes históricos inmediatos con la identidad
individual, en la medida en la preserva de la enajenación:
No
vivía fuera del tiempo. Habitaba el tiempo que ella
se construía a cada instante. Vivía en presente
la ilusoria memoria de su tiempo. Para ella la eternidad
era el día de hoy, sin ayer ni mañana que
le importaran. Por eso le resultaban tan cortos los días
para su ansiedad de vivir. (104)
Su
eternidad fue muy corta. La eternidad no dura demasiado
sobre la tierra. A la eternidad del cielo no la tomó
nunca en serio. (77)
| ...esta
novela de Roa Bastos se concentra en una historia individual
como símbolo y no en una historia social como denuncia.
|
Escapa
a la degradación porque no conoce el sufrimiento, porque
su entusiasmo de vivir es inagotable, porque es libre, aunque
no sea ni pueda ser feliz: la libertad es un símbolo
y también un ejercicio humano en la cotidianidad, en
los sueños de todos los días, del «amanecer»
como el «amar-nacer», como lo dice con entusiasmo
y melancolía el arquitecto Ottavio Doria al narrador
textual, que lo entrevista para construir su personaje:
-La
preciosa, la incombustible muchacha jamás había
sufrido durante un solo segundo de su vida _continuó-.
El ser que no conoce el sufrimiento tampoco conoce la felicidad
en su plenitud. El ser que no ha sufrido sólo conoce
el éxtasis efímero que algunos confunden con
el transporte engañoso y fugaz del goce carnal.
Sui
no pensaba en el pasado. Por su aspecto de amanecer, o mejor,
de amar-nacer todos los días, daba la impresión
de no tener pasado, tal era el aura virginal que irradiaba
su persona. Lo pasado, pisado, decía (103)
Un
amor de fantasía, una
muerte de leyenda
La
dictadura es real, el amor es fantasía, pues parece
imposible la realización de la plenitud amorosa en
el mundo de la vida, ya que el auténtico amor está
preservado a la nada embrionaria de la muerte. Madama Sui
es un poco como su nombre, una lechuza: enigmática,
solitaria, sabia, nocturna, taciturna, misteriosa. De su pasado
aborigen tiene el encanto de la magia, la seducción
de lo sobrenatural; de sus padres el coraje frente al dolor,
el carácter legendario de la melancolía, el
exotismo de oriente. Por eso también se llama Lágrima,
ya que ella es lágrima interior, desprovista del dolor
y del sufrimiento. Para ella, la plenitud de la vida está
en otra parte, en el mundo fantástico al que aspira
cuando vuelva a encontrarse con Él, es decir, cuando
recupere su apariencia de lechuza en el imaginario de la infancia,
el pájaro mítico que ella misma había
aniquilado con su compañero de infancia, en el campo.
El amor, en su corta pero intensa vida, es ideal, ausente,
irreal; cuando muere, ese amor se vuelve real consumiéndose
en el fuego del árbol de tarumá, para vivir
eternamente, pues el fuego purifica para el renacer más
allá de la vida.
Nadie
puede poseer totalmente a Sui, aunque ella los devora a todos
con su inocencia salvaje y su verdad. Sólo un hombre
misterioso, que en la novela a veces se identifica con el
narrador, y que es nombrado como ÉL - ÉL,
el otro, el nadie, esa misteriosa tercera persona, que sólo
para Sui era real (45)-, es el depositario del loco amor
de esta mujer, cuyo cuerpo está dado para el placer
de los otros, pero que es inaccesible para el amor. Es irrealizable
en el erotismo de la vida, que ella no niega a los demás
hombres, porque nadie puede penetrar en las honduras maravillosas
de su entusiasmo ideal. Pertenece a un hombre sin nombre,
que ella apenas nombra
como ÉL, que ni siquiera el lector sabe si existió
realmente o sólo es una creación fantástica
de la mujer. Madama Sui no quiere pasar por la vida impunemente,
ya que parece hecha de otra substancia, es "una obra
maestra de la naturaleza, singular y única"
Todo
en Madama Sui es a la vez libre y contenido. Se sostiene
en el aire, pero a la vez en la raíz firme de las
cosas. Se advierte que nunca ha sufrido el maligno afán
de querer ser feliz a cualquier precio, pero menos aún
a costa de la felicidad de los demás (32)
...
Pese a la vida que llevó, su condición de
mujer no se arruinó. Era una obra maestra de la naturaleza,
inmune a la propia ruina. El mejor antídoto que usó,
el más eficaz contraveneno que opuso a la degradación
fue, precisamente, su inocencia genuina, el candor incorruptible
de su corazón (150)
Esta
entereza vital es, en la esfera de lo simbólico, este
"candor incorruptible de su corazón", es
el paracaídas, el bote de salvamento, el casco protector,
ante y frente a un mundo degradado que sólo la mira,
la envidia y la condena, y por lo tanto el desmesurado e imposible
amor representa la fuente que la mantiene atada con el mundo.
Su inocencia no es desconocimiento de la mezquindad del mundo
sino la expresión de una conciencia lúcida -genuina-
de la maldad en los otros, pues para ella no existe el sufrimiento,
ella es pura alegría de vivir. En su cuerpo libre de
hetaira disfrutaron muchos hombres su espléndida belleza
y juventud, pero ella los dejó pasar, los complació
para arrancarles en la intimidad un poco de la soledad y el
miedo, porque su ser de mujer estaba reservado a un sólo
hombre, ese que vino a morir con ella consumido en las llamas
perennes del mítico árbol de tarumá.
En
la novela de Roa Bastos la sexualidad es sólo un instrumento
para que otros tengan placeres efímeros: el apuesto
joven que ella escoge para su primera relación, los
hombres a los que se entrega, el dictador que la encierra
en su gineceo particular, la alemana que la cuida y la inicia
en los secretos del lesbianismo. Si el erotismo de la mujer
aturde por su juventud y vitalidad, a Sui la confina en su
soledad, cierra la puertas con llave de su torre de marfil,
reservada a ÉL. El amor verdadero, el ideal con el
que ella sueña, está estropeado por la imposibilidad
del goce pleno, ya que éste no sólo se deriva
del disfrute de los sentidos. Lo más próximo
a este sentimiento total en la novela es su relación
con Ottavio Doria, el arquitecto que la ama, que "era
feliz de ser feliz" pero que es un hombre mayor consciente
de sus limitaciones, especie de encarnación de Lewis
Carrol latino que admira lo primitivo y poético de
su personalidad y que piensa que tiene
"esa
edad en que todas las obsesiones son posibles a condición
de que ninguna de ellas se cumpla, salvo en el olvido, en
la dimensión de sí mismo, una forma de la
desesperación; a veces, de la cortesía"
(60)
Existe,
pues, una dimensión trágica del amor en la novela,
que es consecuencia directa no únicamente de la desbordante
fantasía de Sui sino también de las condiciones
objetivas de la realidad social y política, ya que
el hombre de sus sueños no es un fantasma, aunque pareciera
serlo gracias a la sugestiva ambigüedad que lo rodea
-a veces se identifica con el narrador textual, otras se deriva
del cuaderno de notas que deja Sui o del recuerdo y la opinión
que sobre él tiene el arquitecto e inclusive de la
leyenda que el pueblo forjara de su lucha y de su amor imposible-,
sino un perseguido político de la dictadura, que logra
escapar de la prisión y sobrevivir al desplome de un
túnel por el que se fugaba con otros militantes, pero
que es sometido a un seguimiento implacable por los servicios
de seguridad del Estado y que al final logra llegar al pueblo
en donde Sui lo espera en una reclusión suicida en
su casa. Es un amor trágico, así mismo, porque
el acoso del fugitivo le impide reunirse en vida con la mujer,
inmolándose simbólicamente en el vientre abierto
en llamas del tarumá, el árbol del fuego que
arde sin consumirse, que también recibirá a
Sui, luego de incendiar su casa, para que el fuego que sale
de las entrañas de la naturaleza sacralice el acto
simbólico de destrucción-renovación del
cosmos en este loco y espléndido amor. Sui y ÉL,
conforme la promesa que se hicieran en la infancia, sólo
volverán a verse hasta que se junten sus cenizas, haciendo
de sus vidas una tragedia y un símbolo, una muerte
y un renacer:
La
autoinmolación del perseguido y la de la propia Sui,
siguiéndole de cerca, sellaron con sus cenizas el
fantasmal amor de ambos la real y auténtica historia
de sus vidas separadas y entrelazadas como las lianas del
bosque, la verdad real de aquél fantástico
amor (141)
| La
ambigüedad transita en todas las direcciones: en
la construcción y naturaleza de los personajes,
en sus relaciones interpersonales, en el nivel del relato
y de la historia, en la representación artística
de las condiciones objetivas de existencia.
|
En
el contexto de la novela puede interpretarse como la introducción
del elemento mítico del amor y de la muerte en la historia
de amor y de guerra: la simbología del fuego como destrucción
para un renacer, del regreso a las fuerzas embrionarias de
la vida y también del sacrificio existencial antes
que la rendición ante el poder.
Aspectos
formales
Como
en casi todas sus obras, en Madama Sui Roa Bastos sugiere,
problematiza, compone una serie de tejidos narrativos que
dotan de mayor significado los temas que aborda y sirven para
el logro de literariedad, pues si bien sus textos revelan
críticamente la realidad, son también artefactos
verbales, prosa poética en el mejor de los sentidos.
La ambigüedad transita en todas las direcciones: en la
construcción y naturaleza de los personajes, en sus
relaciones interpersonales, en el nivel del relato y de la
historia, en la representación artística de
las condiciones objetivas de existencia. Nada es como simplemente
se imagina o se muestra, pues los universos personales y sociales
que se revelan son plurisignificativos, no se agotan en su
apariencia:
Madama
Sui, ya lo expresamos, no es sólo una hetaira famosa
que disfrutó de las prebendas del dictador, es también
una talentosa escritora que deja su biografía consignada
en veinticinco cuadernos escritos a mano que son la base para
la escritura de la novela; se convirtió en leyenda
viva de un pueblo que la admiró y la detestó,
pero al final no se sabe si realmente existió o es
la creación imaginaria de la colectividad, que mitifica
los seres excepcionales e inalcanzables; amó desaforadamente
un hombre que no tiene identidad y cuya existencia también
es puesta en entredicho por el narrador textual.
El
compañero de su infancia, ese que ella llama ÉL,
es un luchador de las causas sociales, un perseguido político,
un ser ausente para el entorno inmediato de la novela y para
la propia protagonista, pero también puede ser el escritor
que está la escribiendo la novela que estamos leyendo
y el mismo Roa Bastos, ya que existen muchos indicios que
así lo determinan, pero que empecinadamente el narrador
de la novela se encarga de ir negando. Esta voluntad de encubrimiento
es un misterio, un ardid eficaz para la trama y un camino
secreto que facilita la interacción de los vasos comunicantes.
El
narrador es un organizador textual, a ratos omnisciente, otras
testigo, protagonista, conciencia de realidad, fabulador,
historiógrafo, biógrafo, amanuense, glosador,
entrevistador,
cuervo que se nutre con los despojos de los otros, perdidos
en la memoria del tiempo. Es y no es Augusto Roa Bastos, juguetón
y jugador de destinos sociales e individuales, conocedor de
artificios verbales y técnicas narrativas de la más
variada índole, mimetizado en una historia que simula
ser de pura ficción pero que no elude los referentes
autobiográficos. El narrador congrega, ordena, construye
y deconstruye la historia de Sui, dejándole al lector
la tarea de recomponer el relato, para que éste descubra
su propia verdad y transite libremente por su universo poético.
Es
la destreza del gran artista y maestro al servicio del arte
literario que persiste en revelar aspectos fundamentales de
la historia mítica y real de su pueblo, al tiempo que
hace de su obra un espléndido juego de correspondencias,
uso de técnicas narrativas modernas, exposición
de teorías sobre la escritura de esa novela dentro
de la novela, interpolación de aforismos, sentencias,
clichés lingüísticos, frases hechas, focalización,
metaficción, intertextualidad, deconstrucción,
literatura de la historia, discurso de la alteridad.
Para
ilustrar un poco estos enunciados, es interesante destacar
al menos uno de los aspectos formales bien relevantes: lo
que pudiéramos llamar una "teoría de la
praxis novelística".
El
afán expositivo de una teoría de la novela dentro
de la novela, a través de las reflexiones del narrador
ficcional y de otros personajes que, desde la perspectiva
irónica, hacen enunciados técnicos sobre lo
que es la escritura de una novela, es un elemento sugestivo
para identificar una estética de la novela no sólo
en este obra, sino es toda la obra narrativa de Roa Bastos,
algo similar a lo que Bordieu llama "el campo narrativo"
en la obra de ficción. Es el resultado de una praxis
escritural y de sus reflexiones teóricas como ensayista
y profesor universitario.
La
idea central parecer ser el valor ético y moral del
escritor frente a sus personajes, de tal forma que la escritura
confiera verosimiltud al imaginario representado, eliminando
el tratamiento maniqueísta de la realidad. Asi lo dice
lúcidamente Ottavio Doria al narrador que lo entrevista,
por su doble condición de testigo del tiempo y enamorado
de Sui. Al recomendarle al escritor-periodista cómo
debe escribir la historia de Sui, expresa:
Escriba
sobre la vida de Sui, como si se tratara de un personaje
imaginario, para hacer más verosímil su verdad.
(137)
-Si
lo hace alguna vez, aunque no le veo uñas de guitarrero,
como se suele decir por estos parajes, hágalo como
si escribiera la historia de su propia vida, aunque la suya
no sea tan interesante como la de Sui, Me refiero sólo
a la actitud moral frente al compromiso con la verdad. Cuando
se describe o se trata de interpretar la vida de una criatura
semejante no caben el sarcasmo, la compasión. Menos
aún, la moralina maniquea que divide a los seres
humanos en buenos y malos. (137)
Por
ello el arquitecto desconfía de la omnisciencia narrativa,
que para él
representa
unas de las convenciones fraudulentas en los procedimientos
de la ficción tradicional y es mejor utilizar la
energía multidimensional de los símbolos,
que dicen más por lo que ocultan que por lo que revelan,
en su manera de decir que dice por la manera(137).
Y
estas sabias frases no son un puro enunciado de un profesional
lúcido como Ottavio Doria, sino un postulado estético
que Roa Bastos asume a cabalidad en su novela, de tal forma
que es secundaria la correspondencia del personaje ficcional
con el supuesto personaje histórico, pues lo esencial
es su coherencia con el imaginario colectivo, es decir, con
el símbolo que Sui representa para todos, incluido
el narrador textual, que permanentemente está cuestionando
el sentido de la verdad histórica.
Lo
que importa, como planteamiento teórico, es la verosimilitud,
la credibilidad de la virtualidad que se revela: la dimensión
trágica del amor de Sui, el carácter legendario
de la lucha política de su enamorado, el silencio misterioso
del dictador, el árbol mítico del tarumá,
la inmolación por el fuego. La mujer admirada y vilipendiada
por el pueblo es un mito y también un símbolo
de la belleza, de la inteligencia, de la prostitución
juvenil y la impotencia colectiva. Es tal el espíritu
de complejidad que rodea a la mujer, que la escritura de su
vida requiere, como el narrador lo manifiesta, la palabra
del evangelio:
Contaré
la pasión de Sui, según el evangelio de Ottavio
Doria. Él es, sin duda, el que mejor la conoció.
Su evangelio tiene el respaldo de las confidencias de Sui
y de los cuadernos autobiográficos (sobre todo el
séptimo, que adivino imprescindible y capital, pero
que me fue negado por esa especie de extraño celo
de los evangelistas) (149).
Desde
esta perspectiva y con estos requerimientos éticos
y morales, la literatura cumple una función trascendental
en la historia de los seres humanos, en la medida en que ausculta
los misterios, revela los mitos, actualiza los símbolos,
recupera la palabra sagrada, abre nuevos sentidos a las correspondencias
de la pobre realidad real y la fantasía:
Es
notable cómo la literatura, cuando es auténtica,
es la única que se atreve a sondar con la palabra
los misterios del hombre, de la tierra y del cosmos. Cuando
los hallazgos son verdaderos, las palabras coinciden. Entonces
ya no hay plagio. Sólo identidad de sentidos
(114)
El
escritor de ficción no es un "secretario de la
sociedad de su tiempo" como lo quería Balzac,
sino un artista íntegro que debe proponerse a todo
costo revelar la más íntima verdad de los seres
y de las cosas, mediante una labor de despojo radical de los
juicios a priori, maniqueísmos, dogmatismos, monoteísmos
o visiones superficiales del hombre y del mundo. Roa Bastos
expone así lo que considera el "deber ser"
del escritor:
Si
la ética de una verdad de vida le exige a usted identificarse
con el mal, no vacile en hacerlo. Juéguese entero
en lo que hace. De lo contrario, ¿para qué valdría
su maldito y solitario oficio de poner en letras de molde
la inescrutable realidad de los seres y las cosas?
Los
autores que ocultan el mal por discreción o por las
buenas maneras del lenguaje no me resultan por esta razón
admirables. Prefiero a los que muestran el mal para que
el miserable ser humano aprenda a liberarse de él
con franqueza y no a encenegarse en sus vicios y extravíos
bajo la cobertura de un falso pudor o del secreto de alcoba.
(138)
En
la combustión de esos cuerpos que se juntaron para
el abrazo final y fatal de un amor imposible, en la entraña
abierta del tarumá, en la nostalgia de un amor que
nunca pudo ser, en los juegos verbales de la construcción
narrativa que se está haciendo mientras se está
devorando, en el sentido ético de la creación
literaria, en la responsabilidad moral del escritor, en la
espléndida complejidad de esa mujer mítica llamada
Madama Sui, Roa Bastos ha dejado un rutilante legado a la
historia y a la literatura latinoamericana. Las páginas
llenas de poesía de su novela revelan de nuevo que
la literatura es apertura de sentido para que los seres humanos
estemos cada días más cerca del misterio y de
los símbolos. La escritura es un sugestivo palimpsesto
que se inventa cada día.