"Simbolismos del poder, el amor y la muerte en "Madama Sui" de Augusto Roa Bastos"


César Valencia Solanilla


En este artículos se hace una aproximación crítica a la novela de Augusto Roa Bastos, Madama Sui (1995) desde la perspectiva de los simbolismos del poder, el amor y la muerte, destacando los valores literarios específicos como la intertextualidad, la teoría de la novela en la novela, la ambigüedad, los niveles del relato y de la historia. De esta forma, se brinda una visión amplia de una de las más interesantes novelas del escritor paraguayo, que no ha sido suficientemente estudiada por la crítica especializada.

 

Breve aproximación a Roa Bastos

A pesar de haberse consolidado como uno de los escritores más importantes e influyentes de América Latina, la obra de Augusto Roa Bastos aún es desconocida por el gran público, de tal forma que su circulación está relativamente restringida a los ambientes académicos especializados o a las reseñas esporádicas cada vez que aparece alguno de sus libros. Con excepción de Yo el Supremo, que fue difundida gracias a la atención que generó en la década de los setenta el tema de los dictadores en la novela en varias novelas latinoamericanas -El recurso del método, de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca, de García Márquez- la extensa obra narrativa y poética del escritor paraguayo no ha alcanzado el sitio que merece en el ámbito de nuestras letras.

Augusto Roa Bastos es esencialmente narrador, pero también poeta, ensayista, profesor universitario. Es autor de los libros de cuento El trueno entre las hojas (1953), El baldío (1966), Madera quemada (1967), Los pies en el agua (1967), Moriencia (1969) Cuerpo presente y otros cuentos (1971) y Antología personal (1980) y de las novelas Hijo de hombre (1960), Yo el supremo (1974), La vigilia del almirante (1992), El fiscal (1993), Contravida (1995) y Madama Sui (1995); ha sido ganador de varios premios internacionales, entre ellos el premio Cervantes en 1989 y el premio de Letras del Memorial de América Latina en Brasil en 1988.

Desde sus primeros libros, la atención de Roa Bastos ha sido principalmente revelar el contraste cultural -o "encuentro de culturas"(1) - entre el significativo pasado indígena de su pueblo guaraní y el mundo occidental, en el que confluyen visiones del mundo bien distintas: los mitos, la magia, la oralidad de la cultura autóctona, y el racionalismo, el positivismo, el cristianismo y la lengua escrita, de tradición occidental. Esta preocupación central de hacer del discurso literario una forma de indagación, afirmación y revelación de la identidad cultural de su pueblo se ha manifestado de formas diversas: desde una visión mágico-realista de sus primeros textos, como El trueno entre las hojas, Moriencia , Hijo de hombre, el tema del poder y la soledad en Yo el supremo y El fiscal, la discusión histórica en La nieve del Almirante, los juegos técnicos verbales -la metaficción- en la retrospectiva de la creación verbal en Contravida, hasta el tema del amor y de la muerte en Madama Sui.

Tal vez puede afirmarse que el núcleo estructurante fundamental en toda su obra, es el poder; no simplemente el poder político, sino también militar, económico, religioso, familiar. Por ello estas aproximaciones a Madama Sui se hacen desde esta perspectiva, dejando constancia que nuestro desconocimiento de la lengua aborigen imposibilita una reflexión especializada respecto de la confluencia de los dos universos lingüísticos -el castellano y el guaraní- que representan la esencia en la construcción formal de sus obras(2). Rubén Bareiro Saguier, en un curso de doctorado en literatura de la Universidad de Sorbonne Nouvelle, demostraba que en Yo el supremo el ritmo, la musicalidad y la belleza del lenguaje de la novela se derivaban de la apropiación perfecta de la estructura sintáctica del guaraní mimetizada en la escritura en castellano en esta magistral obra(3). Algo similar se percibe en sus demás novelas y libros de cuentos, de tal manera que no es preciso el bilingüismo castellano-guaraní para constatar la «rara belleza» en la prosa de Roa Bastos.

 

Madama Sui: el poder, el amor y la muerte

En su estructura externa, la novela está dividida en siete partes, además de un prefacio y un epílogo, en donde se hace evidente la voluntad realista del autor en el sentido de referir que se trata de la vida de una de las amantes preferidas de un dictador de su país -se infiere claramente que se trata de Stroessner- relatada por un narrador textual que, a pesar de anunciar que relata la historia desde la visión del mundo y la sensibilidad de la mujer, a veces tiende a confundirse con el propio autor por la abundancia de referentes biográficos conocidos. La obra tiene un tiempo y un espacio definidos: el pueblito de Manorá y la ciudad de Asunción, en la república Paraguay, ese pequeño país que es como una "isla rodeada de tierra", en la década de 1960.

 

Del poder y otros encantos

El núcleo central, como se dijo, es el poder, o más concretamente, el "monoteísmo del poder" según palabras del mismo Roa Bastos, esta vez derivado de la relación entre el dictador,

"de origen teutón, que parecía mudo de tan parco, pero cuya mudez redujo al silencio a toda una sociedad durante más de treinta años"(4)

y una mujer muy joven, casi una adolescente, que fue su amante por tres años, que gozó de los privilegios de su condición y que se convirtió en leyenda en su país por su extraordinaria y misteriosa historia personal, muriendo a la edad de veinte años.

No se trata del ejercicio despótico del poder mediante la brutalidad de las armas o la violencia social, sino de la metáfora del poder a través de la sexualidad y el utilitarismo, en la que la figura y el papel de la mujer en la novela resaltan la ambigüedad: por un lado expresan la vejación, la explotación y esclavitud sexual; por el otro revelan el pragmatismo femenino en el aprovechamiento del poder para el beneficio personal. En este sentido, Madama Sui es una novela sobre una amante de un dictador que disfruta del poder que le confiere su condición de hetaira famosa, pero cuyo drama personal simboliza el desprecio al que fue sometido por varias décadas todo un país por el despotismo de un hombre que ejerció el absolutismo y la crueldad por varias décadas en el pasado reciente del Paraguay.

La ambigüedad en la construcción del personaje protagónico facilita lo que Milan Kundera consideraba como "el espíritu de la novela", la complejidad(5). Gracias a ello, esta novela de Roa Bastos se concentra en una historia individual como símbolo y no en una historia social como denuncia. Y el símbolo es contradictorio, plurisignificativo, abierto. Representa convencionalmente la esencia de un fenómeno pero también una intrincada red de relaciones con otros fenómenos. El telón de fondo en lo social y político de la obra es la dictadura de Stroessner, y el relato se centra en la vida de una mujer joven que lo alcanzó casi todo -el éxito, la admiración, la riqueza- pero que a pesar de su libertad -incluso su libertad de ser la putilla de turno del dictador-, nunca pudo estar al lado del hombre que amó desde adolescente y que enigmáticamente sólo llama ÉL. De ahí su carga simbólica, su connotación como personaje histórico y literario.

Hasta su nombre y apodo son simbólicos: la muchacha en realidad se llama Lágrima González Kusugüe, aunque de niña la apodaran Suindá, una palabra guaraní que significa lechuza y que para simplificar se redujo a Sui, que es un nombre japonés muy común. En ella confluyen, entonces, tres tradiciones: la indígena guaraní de su entorno social, la occidental de la familia paterna y la japonesa de su madre, una mujer exiliada en Paraguay después de los bombazos aliados en Hiroshima y Nagasaki. Y será Madama Sui porque como hetaira del gran Patrón adquiere este título castellanizado de "señora".

De modo que la adolescente Madama Sui también es una "señora" poderosa, aunque deba estar recluida en esa especie de "serrallo" occidental que el dictador construye para sus protegidas de turno. Su poder es relativo, pero al fin al cabo poder: es una mujer pública -en todo el sentido de la palabra-, viaja al Japón como "primera dama", es rica y admirada por todos, es salvajemente bella, es casi dueña de su vida ya que "se entregaba a los hombres para apoderarse de ellos", y en ella se concentra un tanto dramáticamente el duro destino de miles de mujeres en los países pobres: hay que ser ricas y felices, aunque sea por poco tiempo, mientras dure la belleza, no importa que lo sea ejerciendo de putas. Este simbolismo en lo social, que podría ser esquemático desde el punto de vista ideológico y remitir a lugares comunes, en la novela de Roa Bastos se revela problemáticamente, ya que el aparente pragmatismo de la mujer está acompañado del espíritu y del ejercicio de la libertad, la conciencia plena de su condición de prostituta como un acto transitorio para el encuentro imaginado -y finalmente logrado- con ese hombre que conociera desde niña, cuando fuera su compañero de aventura en la caza de una lechuza, de una suindá. Esta conciencia de realidad, en una realidad de sometimiento, vejaciones e injusticias, la coloca, paradójicamente, fuera de su tiempo, entendido éste como la correspondencia de los referentes históricos inmediatos con la identidad individual, en la medida en la preserva de la enajenación:

No vivía fuera del tiempo. Habitaba el tiempo que ella se construía a cada instante. Vivía en presente la ilusoria memoria de su tiempo. Para ella la eternidad era el día de hoy, sin ayer ni mañana que le importaran. Por eso le resultaban tan cortos los días para su ansiedad de vivir. (104)

Su eternidad fue muy corta. La eternidad no dura demasiado sobre la tierra. A la eternidad del cielo no la tomó nunca en serio. (77)

 

...esta novela de Roa Bastos se concentra en una historia individual como símbolo y no en una historia social como denuncia.

Escapa a la degradación porque no conoce el sufrimiento, porque su entusiasmo de vivir es inagotable, porque es libre, aunque no sea ni pueda ser feliz: la libertad es un símbolo y también un ejercicio humano en la cotidianidad, en los sueños de todos los días, del «amanecer» como el «amar-nacer», como lo dice con entusiasmo y melancolía el arquitecto Ottavio Doria al narrador textual, que lo entrevista para construir su personaje:

-La preciosa, la incombustible muchacha jamás había sufrido durante un solo segundo de su vida _continuó-. El ser que no conoce el sufrimiento tampoco conoce la felicidad en su plenitud. El ser que no ha sufrido sólo conoce el éxtasis efímero que algunos confunden con el transporte engañoso y fugaz del goce carnal.

Sui no pensaba en el pasado. Por su aspecto de amanecer, o mejor, de amar-nacer todos los días, daba la impresión de no tener pasado, tal era el aura virginal que irradiaba su persona. Lo pasado, pisado, decía (103)

Un amor de fantasía, una muerte de leyenda

La dictadura es real, el amor es fantasía, pues parece imposible la realización de la plenitud amorosa en el mundo de la vida, ya que el auténtico amor está preservado a la nada embrionaria de la muerte. Madama Sui es un poco como su nombre, una lechuza: enigmática, solitaria, sabia, nocturna, taciturna, misteriosa. De su pasado aborigen tiene el encanto de la magia, la seducción de lo sobrenatural; de sus padres el coraje frente al dolor, el carácter legendario de la melancolía, el exotismo de oriente. Por eso también se llama Lágrima, ya que ella es lágrima interior, desprovista del dolor y del sufrimiento. Para ella, la plenitud de la vida está en otra parte, en el mundo fantástico al que aspira cuando vuelva a encontrarse con Él, es decir, cuando recupere su apariencia de lechuza en el imaginario de la infancia, el pájaro mítico que ella misma había aniquilado con su compañero de infancia, en el campo. El amor, en su corta pero intensa vida, es ideal, ausente, irreal; cuando muere, ese amor se vuelve real consumiéndose en el fuego del árbol de tarumá, para vivir eternamente, pues el fuego purifica para el renacer más allá de la vida.

Nadie puede poseer totalmente a Sui, aunque ella los devora a todos con su inocencia salvaje y su verdad. Sólo un hombre misterioso, que en la novela a veces se identifica con el narrador, y que es nombrado como ÉL - ÉL, el otro, el nadie, esa misteriosa tercera persona, que sólo para Sui era real (45)-, es el depositario del loco amor de esta mujer, cuyo cuerpo está dado para el placer de los otros, pero que es inaccesible para el amor. Es irrealizable en el erotismo de la vida, que ella no niega a los demás hombres, porque nadie puede penetrar en las honduras maravillosas de su entusiasmo ideal. Pertenece a un hombre sin nombre, que ella apenas nombra como ÉL, que ni siquiera el lector sabe si existió realmente o sólo es una creación fantástica de la mujer. Madama Sui no quiere pasar por la vida impunemente, ya que parece hecha de otra substancia, es "una obra maestra de la naturaleza, singular y única"

Todo en Madama Sui es a la vez libre y contenido. Se sostiene en el aire, pero a la vez en la raíz firme de las cosas. Se advierte que nunca ha sufrido el maligno afán de querer ser feliz a cualquier precio, pero menos aún a costa de la felicidad de los demás (32)

... Pese a la vida que llevó, su condición de mujer no se arruinó. Era una obra maestra de la naturaleza, inmune a la propia ruina. El mejor antídoto que usó, el más eficaz contraveneno que opuso a la degradación fue, precisamente, su inocencia genuina, el candor incorruptible de su corazón (150)

Esta entereza vital es, en la esfera de lo simbólico, este "candor incorruptible de su corazón", es el paracaídas, el bote de salvamento, el casco protector, ante y frente a un mundo degradado que sólo la mira, la envidia y la condena, y por lo tanto el desmesurado e imposible amor representa la fuente que la mantiene atada con el mundo. Su inocencia no es desconocimiento de la mezquindad del mundo sino la expresión de una conciencia lúcida -genuina- de la maldad en los otros, pues para ella no existe el sufrimiento, ella es pura alegría de vivir. En su cuerpo libre de hetaira disfrutaron muchos hombres su espléndida belleza y juventud, pero ella los dejó pasar, los complació para arrancarles en la intimidad un poco de la soledad y el miedo, porque su ser de mujer estaba reservado a un sólo hombre, ese que vino a morir con ella consumido en las llamas perennes del mítico árbol de tarumá.

En la novela de Roa Bastos la sexualidad es sólo un instrumento para que otros tengan placeres efímeros: el apuesto joven que ella escoge para su primera relación, los hombres a los que se entrega, el dictador que la encierra en su gineceo particular, la alemana que la cuida y la inicia en los secretos del lesbianismo. Si el erotismo de la mujer aturde por su juventud y vitalidad, a Sui la confina en su soledad, cierra la puertas con llave de su torre de marfil, reservada a ÉL. El amor verdadero, el ideal con el que ella sueña, está estropeado por la imposibilidad del goce pleno, ya que éste no sólo se deriva del disfrute de los sentidos. Lo más próximo a este sentimiento total en la novela es su relación con Ottavio Doria, el arquitecto que la ama, que "era feliz de ser feliz" pero que es un hombre mayor consciente de sus limitaciones, especie de encarnación de Lewis Carrol latino que admira lo primitivo y poético de su personalidad y que piensa que tiene

"esa edad en que todas las obsesiones son posibles a condición de que ninguna de ellas se cumpla, salvo en el olvido, en la dimensión de sí mismo, una forma de la desesperación; a veces, de la cortesía" (60)

Existe, pues, una dimensión trágica del amor en la novela, que es consecuencia directa no únicamente de la desbordante fantasía de Sui sino también de las condiciones objetivas de la realidad social y política, ya que el hombre de sus sueños no es un fantasma, aunque pareciera serlo gracias a la sugestiva ambigüedad que lo rodea -a veces se identifica con el narrador textual, otras se deriva del cuaderno de notas que deja Sui o del recuerdo y la opinión que sobre él tiene el arquitecto e inclusive de la leyenda que el pueblo forjara de su lucha y de su amor imposible-, sino un perseguido político de la dictadura, que logra escapar de la prisión y sobrevivir al desplome de un túnel por el que se fugaba con otros militantes, pero que es sometido a un seguimiento implacable por los servicios de seguridad del Estado y que al final logra llegar al pueblo en donde Sui lo espera en una reclusión suicida en su casa. Es un amor trágico, así mismo, porque el acoso del fugitivo le impide reunirse en vida con la mujer, inmolándose simbólicamente en el vientre abierto en llamas del tarumá, el árbol del fuego que arde sin consumirse, que también recibirá a Sui, luego de incendiar su casa, para que el fuego que sale de las entrañas de la naturaleza sacralice el acto simbólico de destrucción-renovación del cosmos en este loco y espléndido amor. Sui y ÉL, conforme la promesa que se hicieran en la infancia, sólo volverán a verse hasta que se junten sus cenizas, haciendo de sus vidas una tragedia y un símbolo, una muerte y un renacer:

La autoinmolación del perseguido y la de la propia Sui, siguiéndole de cerca, sellaron con sus cenizas el fantasmal amor de ambos la real y auténtica historia de sus vidas separadas y entrelazadas como las lianas del bosque, la verdad real de aquél fantástico amor (141)

 

La ambigüedad transita en todas las direcciones: en la construcción y naturaleza de los personajes, en sus relaciones interpersonales, en el nivel del relato y de la historia, en la representación artística de las condiciones objetivas de existencia.

En el contexto de la novela puede interpretarse como la introducción del elemento mítico del amor y de la muerte en la historia de amor y de guerra: la simbología del fuego como destrucción para un renacer, del regreso a las fuerzas embrionarias de la vida y también del sacrificio existencial antes que la rendición ante el poder.

 

Aspectos formales

Como en casi todas sus obras, en Madama Sui Roa Bastos sugiere, problematiza, compone una serie de tejidos narrativos que dotan de mayor significado los temas que aborda y sirven para el logro de literariedad, pues si bien sus textos revelan críticamente la realidad, son también artefactos verbales, prosa poética en el mejor de los sentidos. La ambigüedad transita en todas las direcciones: en la construcción y naturaleza de los personajes, en sus relaciones interpersonales, en el nivel del relato y de la historia, en la representación artística de las condiciones objetivas de existencia. Nada es como simplemente se imagina o se muestra, pues los universos personales y sociales que se revelan son plurisignificativos, no se agotan en su apariencia:

Madama Sui, ya lo expresamos, no es sólo una hetaira famosa que disfrutó de las prebendas del dictador, es también una talentosa escritora que deja su biografía consignada en veinticinco cuadernos escritos a mano que son la base para la escritura de la novela; se convirtió en leyenda viva de un pueblo que la admiró y la detestó, pero al final no se sabe si realmente existió o es la creación imaginaria de la colectividad, que mitifica los seres excepcionales e inalcanzables; amó desaforadamente un hombre que no tiene identidad y cuya existencia también es puesta en entredicho por el narrador textual.

El compañero de su infancia, ese que ella llama ÉL, es un luchador de las causas sociales, un perseguido político, un ser ausente para el entorno inmediato de la novela y para la propia protagonista, pero también puede ser el escritor que está la escribiendo la novela que estamos leyendo y el mismo Roa Bastos, ya que existen muchos indicios que así lo determinan, pero que empecinadamente el narrador de la novela se encarga de ir negando. Esta voluntad de encubrimiento es un misterio, un ardid eficaz para la trama y un camino secreto que facilita la interacción de los vasos comunicantes.

El narrador es un organizador textual, a ratos omnisciente, otras testigo, protagonista, conciencia de realidad, fabulador, historiógrafo, biógrafo, amanuense, glosador, entrevistador, cuervo que se nutre con los despojos de los otros, perdidos en la memoria del tiempo. Es y no es Augusto Roa Bastos, juguetón y jugador de destinos sociales e individuales, conocedor de artificios verbales y técnicas narrativas de la más variada índole, mimetizado en una historia que simula ser de pura ficción pero que no elude los referentes autobiográficos. El narrador congrega, ordena, construye y deconstruye la historia de Sui, dejándole al lector la tarea de recomponer el relato, para que éste descubra su propia verdad y transite libremente por su universo poético.

Es la destreza del gran artista y maestro al servicio del arte literario que persiste en revelar aspectos fundamentales de la historia mítica y real de su pueblo, al tiempo que hace de su obra un espléndido juego de correspondencias, uso de técnicas narrativas modernas, exposición de teorías sobre la escritura de esa novela dentro de la novela, interpolación de aforismos, sentencias, clichés lingüísticos, frases hechas, focalización, metaficción, intertextualidad, deconstrucción, literatura de la historia, discurso de la alteridad.

Para ilustrar un poco estos enunciados, es interesante destacar al menos uno de los aspectos formales bien relevantes: lo que pudiéramos llamar una "teoría de la praxis novelística".

El afán expositivo de una teoría de la novela dentro de la novela, a través de las reflexiones del narrador ficcional y de otros personajes que, desde la perspectiva irónica, hacen enunciados técnicos sobre lo que es la escritura de una novela, es un elemento sugestivo para identificar una estética de la novela no sólo en este obra, sino es toda la obra narrativa de Roa Bastos, algo similar a lo que Bordieu llama "el campo narrativo" en la obra de ficción. Es el resultado de una praxis escritural y de sus reflexiones teóricas como ensayista y profesor universitario.

La idea central parecer ser el valor ético y moral del escritor frente a sus personajes, de tal forma que la escritura confiera verosimiltud al imaginario representado, eliminando el tratamiento maniqueísta de la realidad. Asi lo dice lúcidamente Ottavio Doria al narrador que lo entrevista, por su doble condición de testigo del tiempo y enamorado de Sui. Al recomendarle al escritor-periodista cómo debe escribir la historia de Sui, expresa:

Escriba sobre la vida de Sui, como si se tratara de un personaje imaginario, para hacer más verosímil su verdad. (137)

-Si lo hace alguna vez, aunque no le veo uñas de guitarrero, como se suele decir por estos parajes, hágalo como si escribiera la historia de su propia vida, aunque la suya no sea tan interesante como la de Sui, Me refiero sólo a la actitud moral frente al compromiso con la verdad. Cuando se describe o se trata de interpretar la vida de una criatura semejante no caben el sarcasmo, la compasión. Menos aún, la moralina maniquea que divide a los seres humanos en buenos y malos. (137)

Por ello el arquitecto desconfía de la omnisciencia narrativa, que para él

representa unas de las convenciones fraudulentas en los procedimientos de la ficción tradicional y es mejor utilizar la energía multidimensional de los símbolos, que dicen más por lo que ocultan que por lo que revelan, en su manera de decir que dice por la manera(137).

Y estas sabias frases no son un puro enunciado de un profesional lúcido como Ottavio Doria, sino un postulado estético que Roa Bastos asume a cabalidad en su novela, de tal forma que es secundaria la correspondencia del personaje ficcional con el supuesto personaje histórico, pues lo esencial es su coherencia con el imaginario colectivo, es decir, con el símbolo que Sui representa para todos, incluido el narrador textual, que permanentemente está cuestionando el sentido de la verdad histórica.

Lo que importa, como planteamiento teórico, es la verosimilitud, la credibilidad de la virtualidad que se revela: la dimensión trágica del amor de Sui, el carácter legendario de la lucha política de su enamorado, el silencio misterioso del dictador, el árbol mítico del tarumá, la inmolación por el fuego. La mujer admirada y vilipendiada por el pueblo es un mito y también un símbolo de la belleza, de la inteligencia, de la prostitución juvenil y la impotencia colectiva. Es tal el espíritu de complejidad que rodea a la mujer, que la escritura de su vida requiere, como el narrador lo manifiesta, la palabra del evangelio:

Contaré la pasión de Sui, según el evangelio de Ottavio Doria. Él es, sin duda, el que mejor la conoció. Su evangelio tiene el respaldo de las confidencias de Sui y de los cuadernos autobiográficos (sobre todo el séptimo, que adivino imprescindible y capital, pero que me fue negado por esa especie de extraño celo de los evangelistas) (149).

Desde esta perspectiva y con estos requerimientos éticos y morales, la literatura cumple una función trascendental en la historia de los seres humanos, en la medida en que ausculta los misterios, revela los mitos, actualiza los símbolos, recupera la palabra sagrada, abre nuevos sentidos a las correspondencias de la pobre realidad real y la fantasía:

Es notable cómo la literatura, cuando es auténtica, es la única que se atreve a sondar con la palabra los misterios del hombre, de la tierra y del cosmos. Cuando los hallazgos son verdaderos, las palabras coinciden. Entonces ya no hay plagio. Sólo identidad de sentidos (114)

El escritor de ficción no es un "secretario de la sociedad de su tiempo" como lo quería Balzac, sino un artista íntegro que debe proponerse a todo costo revelar la más íntima verdad de los seres y de las cosas, mediante una labor de despojo radical de los juicios a priori, maniqueísmos, dogmatismos, monoteísmos o visiones superficiales del hombre y del mundo. Roa Bastos expone así lo que considera el "deber ser" del escritor:

Si la ética de una verdad de vida le exige a usted identificarse con el mal, no vacile en hacerlo. Juéguese entero en lo que hace. De lo contrario, ¿para qué valdría su maldito y solitario oficio de poner en letras de molde la inescrutable realidad de los seres y las cosas?

Los autores que ocultan el mal por discreción o por las buenas maneras del lenguaje no me resultan por esta razón admirables. Prefiero a los que muestran el mal para que el miserable ser humano aprenda a liberarse de él con franqueza y no a encenegarse en sus vicios y extravíos bajo la cobertura de un falso pudor o del secreto de alcoba. (138)

En la combustión de esos cuerpos que se juntaron para el abrazo final y fatal de un amor imposible, en la entraña abierta del tarumá, en la nostalgia de un amor que nunca pudo ser, en los juegos verbales de la construcción narrativa que se está haciendo mientras se está devorando, en el sentido ético de la creación literaria, en la responsabilidad moral del escritor, en la espléndida complejidad de esa mujer mítica llamada Madama Sui, Roa Bastos ha dejado un rutilante legado a la historia y a la literatura latinoamericana. Las páginas llenas de poesía de su novela revelan de nuevo que la literatura es apertura de sentido para que los seres humanos estemos cada días más cerca del misterio y de los símbolos. La escritura es un sugestivo palimpsesto que se inventa cada día.

 

El narrador es un organizador textual, a ratos omnisciente, otras testigo, protagonista, conciencia de realidad, fabulador, historiógrafo, biógrafo, amanuense, glosador, entrevistador, cuervo que se nutre con los despojos de los otros, perdidos en la memoria del tiempo.



NOTAS
(1) BAREIRO SAGUIER, Rubén. En encuentro de culturas, en América latina en su literatura, Coordinación e introducción por César Fernández Moreno, Serie "América Latina en su cultura", Siglo XXI Editores - Unesco, México, 1980, p. 21-40.

(2) VALDES, Edgar. En torno a Contravida, Madama Sui y la poesía de Augusto Roa Bastos, Internet, www. http://uprhmate01.upr.clu.edu/exegesis/ano9/v26/a25.htm

(3) BAREIRO SAGUIER, Rubén. Substratos de la
lengua guaraní en la obra de Roa Bastos.
Seminario de doctorado en literatura, Universidad de la Sorbonne Nouvelle, París, 1981.

(4) ROA BASTOS, Augusto. Madama Sui. Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1995, p. 9. Todas las citas en este artículo remitirán a esta edición y señalarán el número de la página correspondiente para facilitar la lectura.

(5) KUNDERA, Milan. El arte de la novela, Tusquets Editores, Barcelona, 1984, p. 29.


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