"Héctor Abab Faciolince:
La Imaginación insubordinada"
Roberto
Vélez Correa
El texto aborda el estudio en su conjunto de la obra
narrativa de Héctor Abad Faciolince como conciencia
crítica de su tiempo, señalando la función
de los intertextos culturales y el trabajo del lenguaje
desde la perspectiva de la "imaginación insubordinada".
Introducción
El
escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince (Medellín,
1958), es el autor de un libro de cuentos Malos pensamientos
(1991), tres novelas: Asuntos de un hidalgo disoluto(1994).
Fragmentos de amor furtivo (1998) y Basura (2000)
y en el interregno editorial publicó un libro inclasificable
en cuanto a género, titulado: Tratado de culinaria
para mujeres tristes (1997). Abad Faciolince es periodista
de la Pontificia Bolivariana, con estudios en Lenguas Modernas
de Turín (Italia). Fue profesor y Director de la Revista
de la Universidad de Antioquia.
Ampliamente
conocido por sus columnas en El Espectador y las Revistas
Cromos y Cambio, escritas en un estilo picante, donde aborda
temáticas de la realidad nacional o de la vida cotidiana,
dotado de una ironía festiva que lo hace agradable
e interesante a sus lectores. Este ejercicio de articulista
de opinión, le mereció el Premio de Periodismo
Simón Bolívar 1998. Su fino humor negro, su
agudeza intelectual y los particulares enfoques de que hace
gala, convierten al joven escritor en una especie de conciencia
pública, comparable quizás, aunque sin el vitriolo,
a Antonio Caballero.
Malos
pensamientos: El despunte de
un estilo
Desde
el título de la obra y pasando por la dedicatoria,
asoma lo que irá a ser una particular forma de escribir
y de abordar el universo de un escritor precoz que rompe la
prosa clásica e introduce la imaginación en
los predios de lo cotidiano. Malos pensamientos está
compuesto por ocho cuentos,todos cortos, salvo "Mientras
el lobo está", donde las situaciones de sus
personajes, tratadas mediante una ágil combinación
de perspectivas o focalizaciones y voces, el autor proyecta
pequeños dramas de seres atribulados por la tragedia
de la rutina, el amor que se escapa, la violencia que golpea
con sus olas en los pies de los edificios de apartamentos
que más parecen refugios que propiamente hogares.
¿En
qué consisten estos malos pensamientos? El narrador
los toma de un hilo y los va soltando poco a poco, para que
digan sus personajes como en "Fragmentos de desamor":
"Ella era mejor, mucho mejor que todas sus invenciones.
Pero acababa de irse, y tal vez para siempre"(98).
Este ir adelante de la historia como en un galopar de los
deseos del personaje y devolver el sedal al pasado, hace parte
de la forma como el autor resuelve sus relatos. Es más,
cada expresión está cargada de ambiguas referencias
que enriquecen la apreciación del lector. Son realidades
sufridas por mujeres casadas, hombres infieles, hijos caprichosos
y en general, personas que rompen la cáscara de la
resignación frente a hechos domésticos o nacionales,
en los que la ciudad de Medellín, empieza a convertirse
en el territorio inventado del narrador, con un panorama violento
que tendrá en las novelas una mayor dimensión,
igualmente trágica.
Los
personajes de Malos pensamientos tienen el
don de adelantarse a su rutina y prospectar situaciones deseadas,
desde la solitaria ama de casa que anhela a un vecino que
se le introduzca en la intimidad, hasta el joven que se imagina
abordando a la chica de la revista que ocupa un puesto en
la buseta. Para eso hay complicidad de la escritura, porque
algunos de estos agonistas escriben y reescriben su realidad,
en una combinación de lo real y lo ficticio que revuelca
las fronteras de la historia, como la de Aurelio y Marcela,
en la que el primero se enamora de todas las chicas que se
le atraviesan y al final culmina su rastreo
erótico dentro de un auto ejecutado por las "fuerzas
del orden" que tienen la disculpa de asesinar a dos
universitarios subversivos: "Así aprenden a
no ser tan cochinos" Como acababan de matricularse
en la universidad, se regó la voz de que los habían
matado por motivos políticos ("La política
del amor", p. 63).
El
ingrediente autoconsciente en "Duelo" va
a ser una constante en la narrativa de Abad, una preocupación
metaficticia que tendrá su máxima manifestación
en su última novela Basura. En el cuento "Mientras
el lobo está", vuelve sobre la literatura
popular para enmarcar el dilema ético en que se mueve
la narradora: "A él le gustan las novelas donde
el detective privado salva a una rubia despampanante de las
garras de un mafioso venezolano que la está chantajeando
con unas fotos muy viejas, de cuando ella bailaba en un cabaret
y todavía no era una esperanza de éxito. A Pierre
le gusto yo" (91).
| Son
realidades sufridas por mujeres casadas, hombres infieles,
hijos caprichosos y personas que rompen la cáscara
de la resignación. |
Hay
en cada una de estas historias una crítica constante
a los apetitos de la clase media alta y a la burguesía
de una capital de provincia que ambiciona ser metrópoli.
La cultura popular, adicta a los mensajes de la sociedad de
consumo y los descarrilados de la decencia, son perfiles humanos
que juegan en cada uno de estos relatos, a su vez escritos
por una prosa que salta inesperadamente por sus puntos de
vista en la narración o porque la deducción
del lector se ve sorprendida por una conclusión igual
de inesperada. Esto caracteriza a Faciolince como un escritor
que disfruta lo que cuenta y permite que el lector acepte
el juego, desde luego, gracias a sus dotes especiales en el
manejo del lenguaje, en especial de la ironía y los
malabares lingüísticos.
En
su propuesta, Abad rompe varios de los esquemas tradicionales
del género, tal como se ha dado en las últimas
tendencias del cuento moderno. En este caso, hay desprendimiento
de la anécdota central para que gire el interés
adherido al ritmo narrativo, apoyado por las voces de los
personajes con ligeras alternancias que introduce la voz autorial.
Lo cotidiano parece gestarse al interior de las conciencias
y ambientarse en los espacios hogareños. Luego los
hechos se trasladan al exterior de las calles para enfrentar
sobre todo conflictos violentos y una mirada decepcionante
de la ciudad. Hay vestigios de polifonía por la autonomía
de las voces, aunque ésta no sea totalmente posible,
en razón de la brevedad y por la caracterización
de los agonistas. De otro lado, es bueno advertir que los
universos particulares del autor son el resultado de vidas
rotas, inconclusas y de suyo desesperanzadas, lo que promueve
una visión escéptica de la existencia, matizada
por la ironía y el humor.
Asuntos
de un hidalgo disoluto: Picaresca posmoderna
Esta
es una novela que exige un lector de pocos escrúpulos
o que tenga epidermis vacunada contra ciertos cuerpos extraños.
La ideología de su protagonista, el multimillonario
Gaspar Medina, entra en abierto diálogo con el nihilismo
nietzscheano y el existencialismo camusiano en un relato de
ribetes mediavalistas, por sus capítulos introducidos
con resúmenes del argumento, pero inscrito en una decidida
posmodernidad por la fractura, no tanto de la historia contada
que parece más una picaresca de alcurnia, como por
las innumerables rupturas de la voz que juega a la provocación
dentroy fuera de la ficción.
El
vocablo nihilismo, según Danilo Cruz Vélez,
"aparece por primera vez en Padres e hijos de Iván
Turgueniev, quien lo tomó de la lengua alemana, donde
había sido acuñado por el filósofo Jacobi
en 1879". Posteriormente es reelaborado por Federico
Nietzsche como un "derrocamiento de todos los valores".
En la misma línea desemboca el "existencialismo"
de La caída y El extranjero de Alberto
Camus. Sus personajes son seres anestesiados, hostiles a los
goces naturales de sus semejantes que no encuentran ningún
paliativo a su alrededor y tampoco les interesa acatar las
normas sociales. El relato está escrito en primera
persona, como resultado de la "dictadura" que
ejerce el antihéroe sobre su secretaria y posterior
esposa, la inefable y bellísima Cunegunda Bonaventura
que evoca por su nombre a la mujer del Cándido
de Voltaire.
Desde
luego que, si bien en el escritor francés sus agonistas
viven el mejor de los mundos posibles, a pesar de las adversidades,
en las peripecias del cínico contemporáneo,
el contraste es diferente, toda vez que Gaspar Medina
tiene asegurada su existencia desde el punto de vista económico
y sin embargo, ha heredado desde el útero un hastío
hacia todas las cosas del mundo. Y afirma: "Hice maldades
con el único fin de no ofender a los demás con
mi buen comportamiento" (32); una voz hermana del
juez penitente de La caída de Camus. Castrado
de las sensaciones gratas al hombre, Gaspar se ven en la necesidad
de inventar otros alicientes que le den sentido a su existencia
porque ni el beso descubierto a temprana edad, resulta motivo
de alegría ni de ilusión.
Por
eso también tiene que inventar su historia y dictarla
a Cunegunda, porque es la única manera
de pasar inadvertido por el planeta. La nada, y sólo
la nada, es el horizonte que lo aguarda después de
la muerte, de ahí que se burle de la necesidad ajena
de los cristianos por inventar trasmundos construidos con
la abstinencia y el sufrimiento masoquista.
Él
no está dispuesto a desaprovechar esta primera oportunidad
sobre la tierra y sin embargo, es tal su insensibilidad e
indiferencia que hasta decide probar la esclavitud siendo
mayordomo del Vizconde de Alfaguara, el esposo del único
amor de su vida. Sólo casándose con Angela puede
el Vizconde arrebatarla del encantamiento que le causa su
mayordomo.
Son
varios los guiños que el autor le hace a la tradición
y a los autores clásicos, como también el estrecho
inventario de obras que para el perverso Medina merecen mencionarse
en el catálogo de las novelas colombianas. El contacto
de esta obra con Cándido por las Cunegundas que monitorean
la pluma y el itinerario de los protagonistas, se une al homenaje
implícito en la propuesta formal que esta novela le
hace a Tristram Shandy de Lawrence Sterne. Verbigracia,
esa invitación al lector a obviar páginas para
evitar riesgos.
Aunque
la materia prima del relato es cruda en su significado; su
significante, el lenguaje en que está escrito, posee
calidades que mitigan las posibles náuseas que en veces
provoca el cinismo rampante de Gaspar. No obstante, el tono
mordaz, despiadado, de un pegajoso pesimismo, el narrador
envuelve al lector en sus redes por los desenlaces inesperados
de las picardías del personaje.
La
intención argumental podría inscribirse en novela
de aprendizaje, pero todo depende del partido que tome el
receptor del libro. Si es degustador morboso de esos estados
del alma donde la angustia no toca las almas, sin lugar a
dudas que aquí recibirá cartilla para domesticar
su miedo y su fastidio. Y lo contrario, si sufre de debilidades
propias de las buenas conciencias, entonces, esta historia
le mostrará un universo donde una versión posmoderna
de Lázaro de Tormes desanda su tortuosa senda para
explicar qué le significó el haber nacido "para
arrimarse a los buenos".
Fragmentos
de amor furtivo: El impúdico encanto de la palabra
Las
historias de amor de la literatura universal han versado,
por lo regular, sobre el mismo y viejo asunto de la atracción
y el encuentro de dos seres que desde el momento de la unión
luchan por sostenerse acosados por la angustia del desgaste
y el miedo a la traición. Fragmentos de amor furtivo
de Héctor Abad Faciolince es una novela, como pocas
en la literatura colombiana, que explora a fondo y mediante
una mirada aguda y crítica, el drama de dos voluntades,
la de Susana, la profesora de natación para niños
y Rodrigo, el músico afinador de pianos, vinculadas
a una relación intensamente erótica que durante
meses les crea la ilusión de alcanzar la pareja perfecta
y por ende el camino hacia la utopía de la felicidad
terrestre.
El
nudo de la trama es sencillo en las puntadas de una mujer
y un hombre que viven en una especie de castillo posmoderno,
aisla dos del caos social, del crimen y la degradación
humana que rodea a una ciudad como Medellín, capital
universal de narcotráfico que sobrevive a la peste
de plomo, dinamita y sangre. Al igual que los jóvenes
de El Decamerón, los amantes le huyen
a la peste y mitigan sus miedos al contagio a través
de relatos que los inspiran en el lecho.
Estos
Fragmentos entroncan igualmente con las cautivadoras
historias de las Mil y una noches donde Susana funge
de Scherezada para aliviar la impotencia iniciática
de su sultán Rodrigo. Y es por medio de la palabra
como la moderna princesa occidental logra
desprender de sus temores y debilidades a su macho para afiliarlo
a un programa de encuentros eróticos, dotado de toda
la artillería pesada de la imaginación, cuando
los motivos enervantes son, curiosamente, las aventuras sexuales
previas a su conocimiento.
Rodrigo
es el receptor y posterior escritor en un viejo cuaderno de
las narraciones apasionadas de Susana, quien cuenta las sesiones
eróticas que acumula en su cuerpo, en un proceso de
evocación y exaltación tales que termina por
convertir la fiebre de los celos en un afrodisíaco
poco común.
Al
personaje empiezan a afectarlo esos celos retrospectivos,
a pesar de disfrutar de un presente pletórico de entrega
incondicional. Sin embargo, el tiempo de la inseguridad no
es posible congelarlo en el presente y entonces es cuando
emerge como un monstruo de las oscuras aguas del inconsciente,
la celotipia de un ayer que duele hoy y se proyecta al mañana.
Fragmentos
de amor furtivo cubre los campos narrativos del amor erótico
mediante una cadena de hechos y caracterizaciones bien urdida,
con un lenguaje de ricas metáforas, ingeniosos símiles
y sobre todo, de alusiones a los gestos y las caricias que
las hacen más intensas. El texto de Faciolince alcanza
dignidad narrativa en el delicado tema del erotismo, donde
los riesgos de lo evidente y la pornografía son los
abismos que amenazan a cualquier autor inexperto. Pero, Héctor
Abad demuestra con su ficción que ha meditado cada
pensamiento puesto en boca de sus personajes y medido con
sordina la vibración de sus palabras para embellecer
lo que en otros escenarios es nauseabundo y motivo de escándalo.
En síntesis, el escritor logra una novela erótica
con un trasfondo de realismo historiográfico para embellecer
el sentimiento del amor, mientras los conflictos cotidianos
se piensan y resuelven en la intensidad de una relación
casi perfecta.
Pero,
esta novela no es sólo la entrega folletinesca de orgasmos
femeninos narrados en primera persona por Susana. Hay tras
su telón de fondo todo un descubrimiento de tipos humanos
y su comportamiento en las horas silenciosas que son rotas
por los alaridos del placer. En efecto, desfilan proyectados
por la labia narrativa de la amante del atormentado Rodrigo,
el ciego y su intensidad táctil, el ganadero de porte
mexicano y vicios solitarios, el pintor esquizofrénico
y sus modelos, el científico y su obsesivo racionalismo,
el filósofo y su cantaleta humanista de eyaculación
precoz, el monje que cae en la tentación de una primera
y última vez, el ornitólogo y su pájaro
de vistoso plumaje, el esotérico y sus conjuros, el
político y sus mañas manipuladoras, el mafioso
barrigón y sus yates para la pesca milagrosa. En fin,
un mosaico de amantes donde no podrían faltar los adolescentes
de chispas locas que crean más conflictos que placer.
En
los cuarenta y dos breves capítulos, incluídos
el preludio, la Obertura y el final, los textos están
definidos por el tipo de letra utilizado, según se
trate de la voz narrativa. Verbigracia, la letra en bastardilla
es usada para los relatos de Susana y la normal para el narrador
omnisciente y los comentarios en primera persona de Rodrigo.
Podríase pensar que la sutileza de la letra atribuída
a la hembra correspondiera a una debilidad y que por
contraste, la firmeza se le delegara
al varón. Sin embargo, es obvio que la protagonista
enarbola su discurso de vencedora en las lides eróticas,
mientras sus compañías de cama, incluída
la actual, permanecen a la defensiva.
| Esta
novela no es sólo la entrega folletinesca de orgasmos
femeninos narrados en primera persona por Susana.
|
Rodrigo no puede finalmente descifrar el sentido de la capacidad
narrativa de Susana, quien se vale de un pasado prodigioso
y sugerente para enriquecer su relación sexual. Pero,
la inseguridad del personaje le hace tender una trampa en
la que la única presa es él mismo. No es fácil
comprender el poder creativo de la palabra, sobre todo si
trae en sus alas los fantasmas de otros que se apoderan de
lo que nos pertenece. La novela trae un final insospechado
de sabor romántico gótico que redondea la soberbia
personalidad de Susana, cuya caligrafía dista mucho
de la aparente fragilidad de sus textos en cursiva.
Basura: La soledad reciclada
Un
anciano escritor, ya retirado de las lides intelectuales,
autor de dos libros Diario de un impostor y Adiós
a la juventud, habita en el mismo edificio del narrador
de Basura, quien emprende la nauseabunda misión de
rescatar de las canecas de la basura, las páginas de
alguien que sufre la agonía de la existencia, en medio
de remordimientos humanos y estéticos, volcados sobre
las preguntas: ¿Para qué escribir?, o ¿Sirve
la literatura para algo?.
En
la ficción, el oficio de escribir soporta un tenaz
juicio, acusado por el desencanto del decrépito escritor
y mediatizado por el detective intelectual en que se convierte
el reciclador de las páginas que expurga del pote,
en medio de las sobras de comidas, restos de ejercicios eróticos,
papeles y toallas higiénicos, caldos descompuestos,
manchas de café y todo el detritus de una comunidad
confinada en las estrechas paredes de sus apartamentos.
El
narrador, que no se identifica, ha leído Diario
de un impostor de Guillermo Davanzati, novela a la que
le reconoce algunos méritos literarios, más
de los que la crítica despiadada le hiciera cuando
entró en circulación.
También
fue un lector consuetudinario de las reseñas sobre
libros que el escritor llevó a cabo en el Magazín
Dominical de El Espectador, donde siempre se mostró
indulgente en sus comentarios, cosa poco común en la
faunocracia del análisis. En síntesis, Basura
arranca motivada por la rara pasión que siente el narrador,
que además de periodista es igualmente escritor, por
el producto estético narrativo de un autor de quien
ya nadie habla en los medios culturales. La curiosidad de
sabueso alcanza niveles fetichistas desde el mismo momento
en que observa a Davanzati llevar debajo del brazo y sobre
el corazón, una resma de papel. En adelante, ve desgranarse
sus hojas en las canecas adonde hurga con paciencia y desafiando
el ridículo ante la mirada del celador.
¿El
resultado? Un rompecabezas que arma día tras día
y que le permite componer el mapa, no de una obra en sí,
si no el de una personalidad que va en picada moral y físicamente.
Breves sinfonías inconclusas consistentes en cuentos
fallidos en su estructura esencial; novelas interrumpidas
donde es evidente que no le alcanzó el aliento; enfáticos
manifiestos íntimos, y hasta cartas que al parecer
no fueron enviadas. En todos los textos rescatados de las
inmundicias caseras hay correcciones, tachones y marginalias
que los niegan o demeritan.
Entonces
el narrador duda si los desechos son borradores y entonces
hay originales que tienen el curso oficial de la decencia
editorial. Mas las circunstancias posteriores indicaron que
no era así.
Davanzati
no tuvo los lectores que soñó al publicar sus
dos primeras y únicas obras; tampoco los amores que
idealizó cuando aún conservaba la fuerza romántica
y el empuje vital de sus hormonas. Un tenebroso destino lo
convirtió en narcotraficante y por
ello pagó seis años de cárcel en los
Estados Unidos, pero pudo amasar una fortuna en dólares
para vivir sus últimos años con relativa comodidad.
A cabo de éstos tuvo, sin saberlo, un lector calificado
que le siguió el hilo a sus postreras narraciones y
lucubraciones, aunque no evitó la tentación
de asociar el universo ficticio de sus personajes con la saga
individual del autor. Por esto pudo atar los cabos sueltos
y dio con testigos de carne y hueso que en la vida real reafirmaron
las sospechas de un intenso y doloroso drama autobiográfico.
La
novela Basura de Abad Faciolince regurgita, a través
de los muñones de historias que tira por el shut el
escribidor Davanzati, el conflicto de la escritura y
la lectura, en especial, la dialéctica escritor - lector.
¿Es posible escribir para el vacío, para nadie?
El prostático escritor anda tras la antiutopía
de la tierra estéril (no poseer lectores) para
librarse del fantasma de sí mismo, porque ni siquiera
desea ser su propio lector. Así la obra establece un
diálogo intertextual con Auto de fe de Elías
Canetti donde el fuego es sustituido por la eliminación
sanitaria de las páginas y desde luego, con el cruce
confuso de historias y agonistas como sucede en La tía
Julia y el escribidor de Vargas Llosa.
Héctor
Abad Faciolince declaró, a propósito de haber
ganado con esta obra el I Premio Casa de América de
Narrativa Americana Innovadora, que estaba convencido de la
inutilidad de la literatura. Ni histórica ni
efectivamente ha servido para impulsar cambios sustanciales
en la humanidad. Es decir, para el escritor antioqueño
la literatura es basura que no es posible reciclar. Paradójica
posición porque esta Basura reciclada de la
imaginación, le permitió alzarse una bolsa nada
despreciable y refrendar así el reconocimiento que
como escritor Abad Faciolince ha logrado de lectores y críticos.
Basura:
una novela divertida, dotada del humor y la ironía
características del autor de Asuntos de un hidalgo
disoluto, que en el manejo del asunto exorciza la vanidad
del literato y crea el antídoto para no caer en la
locura, burlándose de sí mismo y parodiando
la grandilocuencia y la solemnidad que las cofradías
intelectuales han querido imprimirle al universo del escritor.
Tratado
de culinaria para mujeres tristes: Los apetitos de la imaginación
Esta
singular obra es un conjunto de textos breves dirigidos a
unas interlocutoras anónimas a quienes formula para
aliviarlas de las cargas de la existencia. Cerca de setenta
recetas componen el tratado que el autor ofrece a ese tú
femenino que espera anhelante la fórmula salvadora
de la tristeza, de los celos, de los cambios de temperamento,
de las desventuras orgánicas del sexo, de las tentaciones
de las mujeres casadas, de los antojos, de la soltería,
del luto, etc.
No
todas las recetas tienen el componente gastronómico
que inventa este chef del espíritu. Algunas son consejos
para salir de aprietos existenciales o sentimentales, pero
dados en un tono conciliador que hace parte del remedio, pues
el experto destila comprensión, acercamiento, dulzura.
He aquí una receta que posee ingredientes naturales:
"Si está nerviosa, aún sirve manzanilla,
más no debes cortarla con limón ni con dulce.
No funciona si lo que te preocupa es más fuerte que
tú. Y si es así, conviene estar nerviosa".
En
cambio, éste, vuelve el interés hacia sí
mismo. Se trata de una autoreceta: "Muchas veces,
al borde hallar la receta de la inmortalidad, me distrajo
la presencia de la muerte".
| El
escritor anda tras la antiutopía de la tierra estéril
(no poseer lectores) para librarse del fantasma de si
mismo. |
Llaman
la atención las recetas que buscan los sabores perdidos
en la prehistoria cuando
a través de la imaginación el cocinero escritor
recomienda la carne de celacanto, el pez antediluviano que
aún se encuentra en las profundas aguas del océano,
rebelde a la evolución, con su carne de misterio de
fósil viviente, cuyas lonjas imagina su preparador
condimentado por millones de años. Lo mismo, la carne
de mamut descongelado de los glaciares que despiertan el apetito
de los degustadores de exóticos manjares. Hay en estas
fórmulas parte del asombro y de la imaginación
que requiere una buena receta de cocina.
Y
no podría faltar la presencia de los afrodisíacos,
alimentos que supuestamente levantan el ánimo de los
amantes, pero que a la hora de la verdad son más producto
de la imaginación y del deseo que de la realidad. En
un texto que revuelve las dos pasiones del hombre, Abad Faciolince
se refiere así en su receta a los famosos afrodisíacos:
"De
la de Cristo, piensa, que poco o nada tiene que ver con
la pasión que buscan los consumidores de afrodisíacos,
no ansioso de martirio sino de desenfreno. Creéme,
la pasión viene sola o no viene. Si no llega espontánea
no la fuerces con pócimas. O si surge sin esfuerzo
no valía la pena".
En
contra de lo previsto, los consuelos que brinda a su interlocutora,
frente a la pérdida irreparable del ser querido, salen
directos, radicales, con la firmeza del curador de almas que
prefiere no ahondar en la herida mediante el pesar o la conmiseración.
Por eso le dice con serena y fría dulzura:
"No
puedo consolarte. No tengo receta alguna que se apiade de
tu tristeza y la modere. Al contrario, sólo puedo
decirte que sufras a tus anchas, hasta que sientas que tanta
tristeza ya no cabe en tu cuerpo. No ahorres lágrimas,
chapotea en el dolor con tanta intensidad como ante el goce".
También
hay palabras de solidaridad para las mujeres feas, las traicionadas
por los diseños de la madre naturaleza: "Cuando
te dices fea querrás decir que tu hermosura no está
ahora de moda ... Tal vez aún no lo sepas, pero a alguno
tú haces perder el sueño, el apetito ..."
. O la fórmula para el impertinente que te apoya
el muslo en la rodilla y te pone la mano sin gracia y sin
efecto o con efectos repelentes en tu cuerpo; a ése
más molesto que mosquito al conciliar el sueño
...Prepara este potaje: dos onzas de estricnina, seis gramos
de cicuta, una pizca de arsénico y tres cucharaditas
de sales de mercurio ... "Desde luego que la receta está
dotada de una picardía amable que remata así:
"Si vuelve, cianuro o estrinina (imaginarios)".
La
clave del recetario está en la imaginación,
en el gusto, en el tentar nuevos sentidos y sabores. Por eso,
el chef literario remata su obra afirmando: "Mi
ambición es buscarle solución a tu melancolía
y el camino verdadero me los dio un poeta de Inglaterra, aquel
que hizo decir a uno de sus personajes, casi loco de exceso
de cordura: Dame una onza de amizcle, buen boticario, para
perfumar mi imaginación. Yo no quisiera ser distinto
a eso, un buen boticario, un farmaceuta, el dueño
de las recetas para perfumar la fantasía".
Conclusiones
Héctor
Abad Faciolince adopta, bajo la disculpa de sus ficciones,
el papel de una conciencia crítica que desnuda las
debilidades de los tejidos sociales, a partir del individuo
mismo como ciudadano que sufre la descomposición general.
Para sus propósitos se vale de historias personales
insertas en contextos urbanos de ciudades, algunas identificadas,
que crean las condiciones lógicas de la deshumanización.
A la par el escritor echa mano de las referencias históricas
de su país, las que acomoda a sus relatos mediante
las estrategias de la parodia, la exageración o la
alusión directa al asunto por parte de alguno de sus
narradores. Esta intertextualidad histórica es alternada
de sucesos sociales y políticos que corresponden a
la Historia con mayúscula y a la saga intelectual de
la nación, propiamente literaria, en la cual sus narradores
interpelan
firmas consagradas como Isaacs, Rivera o García Márquez.
El temperamento irónico festivo del autor explica la
actitud parricida e iconoclasta de su obra a través
de miradas y posiciones que reconstruyen el acontecer nacional.
En
cuanto a su propuesta estilística, es claro que Abad
se perfila con su sello propio a nivel del lenguaje y el manejo
de la prosa. Existe una abierta preocupación por el
análisis de los procesos creativos que se dan en el
plano de la escritura, a medida que los personajes cuentan
sus peripecias. Estos grados de metaficción tienen
su agudización en Basura, donde el protagonista,
un escritor frustrado, expiado por el narrador, quien enfrenta
el caso fantástico de Davanzati que sufre de inapetencia
literaria, similar a la inapetencia emocional y física
admitida por el Hidalgo Disoluto, quien confiesa que "En
todo caso el ser insomne, inapetente y taciturno son cualidades
de mi disposición natural que no ha requerido reglas
monásticas para desarrollarse" (27).
En
general, las innovaciones técnicas y los trucos editoriales
que utiliza el autor, son recreaciones tipo Tristram Shandy,
las que a su vez fueron celebradas por Cortázar y Cabrera
Infante, como ocurre con los folios prescindibles del Hidalgo
disoluto y de Basura. La misma forma como controlan
el relato sus personajes que caen conscientemente en la narración
no confiable, tiene claros antecedentes en las páginas
de Cervantes, Joyce y el mencionado libro de Lawrence Sterne.
Abad
se deja leer con fruición, a pesar de su crudo escepticismo
y del tono acusatorio de la mayoría de sus ficciones.
El lector advierte que detrás de la ficción
habita un intelectual de carne y hueso, dotado de una excepcional
cultura y de un particular punto de vista sobre las cosas
y los acontecimientos, tal como lo muestra en sus columnas
de opinión y en las recetas que pretenden redimir la
inapetencia de sus mujeres tristes.
No
obstante la mordacidad, es evidente que el escritor sufre
una ternura feroz, resultado de la mezcla casi inadmisible
del amor por la existencia y la rabia que provoca el saber
que es el ser humano el culpable del deslucimiento de este
cariño a través de la injusticia, el egoísmo
y la violencia.