"La historia social y de la cultura
Un nuevo campo de estudio y debate en la investigación
social"
Alvaro
Acevedo Tarazona
El presente escrito tiene como fin poner en el debate
de las posibilidades de la investigación histórica
y de las disciplinas en general, la historia social y de
la cultura como un campo de estudio novedoso por las perspectivas
teóricas y de método que ofrece para la comprensión
de la sociedad. Hoy ciertos temas y problemas de estudio,
que antes no eran objeto de conocimiento específico
o pertinente, como las relaciones sentimentales y familiares,
se tornan reveladores por las nuevas propuestas de investigación
de la historia social y de la cultura. Este también
es el caso de la historia comparada regional colombiana,
caracterizadas por presentar patrones y conductas culturales
muy disímiles por el tipo de poblamiento y de relaciones
sociales que se construyeron a lo largo de su devenir como
región.
Hay
un cuento de la India, traído a colación por
Clifford Geertz en su conocido libro La interpretación
de las culturas(1), en el que un inglés,
a quien habiéndosele dicho que el mundo descansaba
sobre una plataforma, la cual se apoyaba sobre el lomo de
un elefante, que a su vez se sostenía sobre el lomo
de una tortuga, preguntó en qué se apoyaba la
tortuga; a lo cual los lugareños, ya un tanto cansados
por su insistencia, le respondieron que en otra tortuga y
ésta en otras tortugas.
Como
en el caso de este investigador inglés, el relato llama
la atención sobre el error de creer que la interpretación
de las culturas se encuentra
en las más recónditas profundidades de las pautas
de conducta y estructuras de pensamiento de las sociedades,
cuando podría ser más evidente que éstas
se desenvolvieran en las ricas superficies del duro y a veces
estéril suelo de las mismas(2).
Clifford
Geertz también se propone llamar la atención
sobre el conocido debate de la antropología, entre
aquellas escuelas que consideran a la cultura tan variable
en sus creaciones y expresiones - como para llegar a encajar
y hasta forzar sus interpretaciones en relaciones de explicación
y continuidad tan regulares y simples como el universo de
Newton -, respecto de otras que persisten en encontrar los
elementos comunes de las sociedades explicables por los patrones
y reglas concretas de la conducta(3).
Aunque
hoy es imposible considerar que el debate se encuentre resuelto,
por la importancia de los autores y escuelas que apoyan una
y otra tesis, no se puede pasar por alto, tal como lo expresa
Ernest Gellner en su libro Antropología y política:
revoluciones en el bosque sagrado(4), que tal
vez el rasgo más esencial de la sociedad humana está
en su asombrosa diversidad. Lo cual nos llevaría en
estas líneas a inclinarnos por las tesis de Clifford
Geertz y el mismo Gellner, sin llegar a desconocer la importancia
y los aportes de otras escuelas tan conocidas y exitosas como
el materialismo cultural o el estructuralismo,
las cuales han penetrado con acierto en las duras profundidades
del origen de la sociedad humana y la cultura. Incluso, sin
que ello signifique que tales escuelas hayan negado o descartado
las tesis y aportes teóricos y metodológicos
de las otras o viceversa.
¿Cómo
saber cuál es la escuela más pertinente o aquella
que mejor encarna las tesis que debería guiar la investigación
de la sociedad humana? Difícil y casi imposible dar
respuesta. Lo único cierto es que entre la posible
homogeneidad y permanencia en el tiempo de estructuras materiales
y mentales, ritos y conceptos de larga duración en
la sociedad, la especie humana también ha construido
en el tiempo una diversidad y variedad tales que no deja de
sorprendernos. Con razón se ha dicho que no puede existir
relato más asombroso que el del cambio del universo,
y entre éste, el de la evolución de la especie
humana.
¿Hasta
dónde y en qué medida las pautas de pensamiento
y conducta de las sociedades respecto a los ritos, doctrinas
y otras manifestaciones de la cultura como la propiedad, la
acumulación, la guerra, etc., están vinculadas
a la posible unidad natural genética de la cual se
presupone que provienen, o hasta qué punto están
separadas por la infinita diversidad, que, precisamente, promueve
dicha unidad genética?
Una
pregunta para la cual tampoco hay una apropiada respuesta.
Pero lo cierto es que en la medida en que debió aparecer
la extraordinaria capacidad de comportamientos posibles de
la especie humana, también debió surgir el lenguaje
para trazar una frontera entre los posibles límites
genéticos de la conducta y la asombrosa diversidad
y variedad de las sociedades. ¿Qué es lo de naturaleza
y qué es lo de cultura? ¿En qué medida
la conducta es una cuestión natural? ¿Hasta qué
punto los sentimientos sociales se aprenden o se heredan?
Johan
Huizinga, uno de los historiadores que mejor y más
claro habló sobre la interpretación de la sociedad
europea y sus vinculaciones con la historia social, precisamente
se preguntó y trató de explicar las diversas
y diferentes tonalidades de la sociedad que hasta ese momento
no se habían revelado y exaltado como manifestaciones
de la cultura. El otoño de la Edad Media(5),
uno de sus textos más conocidos, mostró
aspectos reveladores de la sociedad medieval que hasta el
momento muy pocos habían indagado. Por ejemplo, que
las vidas de los príncipes eran aureolas de aventura
y de pasión, y que no había mayores males de
los que se tuviese conciencia en aquella época, como
de la soberbia y la avaricia. Que la justicia era grosera
y morbosa, a la vez que en todas las cosas se buscaba la moralidad.
Que la humanidad no se convertía, pese a que la iglesia
luchaba con sus predicadores y poetas que a diario clamaban
y amonestaban(6). Que el amor se vestía
de verde, o que se podía ser tan apasionado y violento
como duro y fácil a la vez(7).
| Con
razón se ha dicho que no puede existir relato más
asombroso que el del cambio del universo, y entre éste,
el de la evolución de la especie humana. |
El
sociólogo e historiador Norbert Elias, también
fue uno de los investigadores de la sociedad medieval y moderna
europea que indagó con éxito sobre los patrones
de comportamiento de dichas sociedades(8). Si bien,
en su momento, las indagaciones de este sociólogo judío
pasaron casi desapercibidas, hoy son tan importantes, al punto
que comparten los mismos lugares de privilegio con las investigaciones
de Johan Huizinga y una pléyade más de historiadores
de la cultura, entre los que se podría mencionar aquellos
de la Escuela de Annales como Fernand Braudel, Georges
Duby o Philipe Aries.
Entre
los muchos resultados reveladores de Elias, tal vez uno que
llama la atención, por sus implicaciones en la historia
de la cultura y de género, es el relacionado con el
rol de la mujer en el tránsito de la sociedad medieval
a la moderna. Así, de mujer relegada, maltratada y
golpeada por la fuerza de los hombres, pasó a desempeñar
el papel de mediadora entre el poder y las "buenas
maneras" de la sociedad cortesana de la época
moderna, entre las que se incluían el arte de la mesa,
la elegancia o la sexualidad, hasta ser erigida por el romanticismo
como el ser más frágil, digno del amor(9).
Un cambio sustancial en la historia de la cultura, si se tiene
en cuenta que sólo hasta la última centuria
transcurrida en la historia de occidente, la mujer dejó
de ser el objeto de encarnación del placer y del mal
para convertirse en aquél de mayor exaltación
y alabanza por la literatura romántica, y hoy por el
celuloide.
¿Era
acaso posible que las realidades sentimentales se expresaran
en el lenguaje poético, pero no el diario acontecer
de la vida? ¿Acaso el romanticismo había inventado
el amor?. Los investigadores de la historia social y de la
cultura se hicieron este tipo de preguntas, cuando al contrastar
las fuentes de archivo con cierto tipo de conductas sentimentales,
de las cuales hablaba la literatura, se percataron de que
el amor, por lo general, había sido hasta el siglo
XIX un pacto de conveniencia social y económica, pero
no una relación sentimental.
La
historia social de las mentalidades también mostró
que las producciones y reproducciones de la vida no sólo
se expresaban en la economía. Que lo no formulado,
lo aparentemente insignificante, era parte de las relaciones
de poder y de reproducción de la vida material(10).
Que los silencios eran difíciles, pero no imposibles
de interpretar con sus cargas de sentido y de expresiones
en los epitafios, la pintura, la canción, la radio,
el filme, la novela, la publicidad, el cómic.
Lo
popular fue cuestionado como una página en blanco de
la que muy poco se podía saber(11), y nuevas
fuentes y métodos de investigación revelaron
las mediaciones culturales y el entrecruzamiento de los tiempos
como formas de intercambio entre la elite y el pueblo. El
cura, el maestro de escuela, la partera, el cirujano, el molinero,
podían y tenían algo que decir. No era tan cierto
que las elites impusieran sus formas de ver y sentir el mundo
de una manera tan hegemónica
que no diera cabida a otras formas de manifestación
de la cultura, entre ellas lo "popular".
¿Acaso no había mediaciones culturales entre los
de arriba y abajo? Negarlo sería, algo así,
como hoy no aceptar que la producción y el consumo
influyen por igual en grandes masas de la población,
sin distinciones de clase o posición económica.
¿O acaso una ranchera no puede conmover de la misma manera
a alguien encumbrado en la elite del poder y de la economía
que a alguien que no lo esté? Esto fue lo que señalaría
Jesús Martin _ Barbero en un libro que hoy ya es parte
de un hito en la historia de la comunicación y de las
ciencias sociales, De los medios a las mediaciones.
Allí, Barbero logró mostrar que lo designado
como popular no era más que un estereotipo para nombrar
comportamientos de grupos sociales de bajas condiciones económicas,
pero que en el trasfondo se quería ocultar, o por lo
menos no aceptar, un tipo de comportamientos comunes en la
cultura en general, sin distinciones de ideologías
o posiciones sociales. De esta manera, el cine, la televisión,
los cementerios, los centros comerciales o los lugares atiborrados
de "pueblo" adquirieron para los investigadores
de la cultura una nueva manera de percibirlos y entenderlos.
En
el mismo sentido, Carlo Ginzburg, en su conocido libro El
queso y los gusanos, se preguntó hasta qué
punto los elementos de la cultura hegemónica se podían
rastrear en lo popular como convergencias de la cultura y
no como expresiones de las fuentes que silenciaban estas voces(12).
Y fue así como descubrió la historia del molinero
friulano Domenico Scandella, conocido por Menocchio, muerto
en la hoguera por el Santo Oficio, porque se atrevió
a expresar opiniones y tesis de su propia reelaboración,
fruto de las pocas páginas impresas que leyó
y, en especial, de la cultura oral campesina que recogió
de ciertas sociedades subalternas, que en el siglo XVI se
encontraban en relaciones de fuerza desigual con los sectores
más avanzados de la "alta cultura"(13).
Esta
es la razón por la cual etapas muy importantes de investigación
de la historia social que se creían ya superadas, hoy
remiten de nuevo a centrar la atención en las mediaciones
tradicionales como el libro, la prensa, el teatro, la música,
el drama, el carnaval, la fiesta; así como a revisar
el papel de los mass media, su rol, sus técnicas,
sus soportes, las superficies de su desenvolvimiento. El Quijote
se inventa el amor de Dulcinea, pero no busca su amor. En
el cine, los buenos no mueren y los malos son muy torpes.
¿Qué gesta no tiene su héroe y qué
amor su ingratitud? ¿Acaso el amor romántico era
sólo una invención literaria? ¿Por qué
en la literatura se canta lo que se anhela, pero casi nunca
lo que se tiene? ¿Hasta qué punto en las relaciones
sentimentales se dice lo que se siente o se siente lo que
se dice?
El
desenvolvimiento de las interrelaciones sociales y sentimentales
hoy es parte del legado de una trama cultural que tiene aún
desenlaces insospechados. Y si bien no se pretende desconocer
que los "hechos de cultura" pueden estar
vinculados a esquemas concretos de costumbres, usanzas, tradiciones,
hábitos, así como a normas, valores e instituciones
que gobiernan y moldean la conducta de las sociedades, lo
cierto es que la diversidad y variedad humana tienen infinitas
posibilidades de expresarse, este es el caso de la familia
y la institución matrimonial.
| Antes
del siglo XIX, para la sociedad y latinoamericana en general,
algo tan serio como el matrimonio y la familia, base de
la supervivencia, no se podía basar en sentimientos
efímeros como el amor. |
La familia y el matrimonio
Mientras
en el amor burgués puede concebirse el matrimonio y
la familia como una relación sentimental basada en
el amor, o, por lo menos, motivada por la subversión
de éste hasta llegar al adulterio, en la época
cortesana tales instituciones no eran más que una conveniencia
social para moldear la educación de los hijos y transmitirle
los bienes.
Antes
del siglo XIX, para la sociedad y latinoamericana en general,
algo tan serio como el matrimonio y la familia, base de la
supervivencia, no se podía basar en sentimientos efímeros
como el amor. ¿Cómo se podía invertir un
capital sentimental en bienes tan efímeros en los que,
por ejemplo, en Europa sólo la mitad de los niños
nacidos llegaba hasta los 15 años y el promedio de
vida era de 37? ¿Hasta qué momento la infancia
dejó de ser una etapa de desvalecimiento en América
Latina, cuando hasta hace sólo algunos años
nacer era un milagro, en tanto que sobrevivir una penosa carga
para los padres?
Mientras
hoy se dice que el matrimonio es un convenio para el resto
de la vida, la media de duración de éste en
la época moderna europea oscilaba entre 10 y 15 años.
¿Cómo pactar un convenio de amor en el que la
vida valía muy poco? ¿Cómo creer en el
amor de madre cuando eran cientos los niños abandonados
en los hospicios por padres incapaces de sostenerlos? Una
lectura nada ingenua a Pulgarcito o Blanca Nieves
es la muestra palpable de que en la época moderna
los padres abandonaban a la suerte a sus hijos. ¿Acaso
era posible hablar del amor de madre?
Hoy
sabemos que el matrimonio y la familia antes del siglo XIX,
tanto en Europa como en Latinoamérica, fueron realidades
morales y sociales, pero no sentimentales; instituciones moldeadas
por las acciones de cultura. Que aún no es el tiempo
de la sacralización, de la individualidad y de la
vida irrepetible del mundo burgués. La idea de que
hay un reducto de la vida que pertenece a la persona no es
propia de los siglos XVI, XVII o XVIII y menos de aquellos
de la Edad Media, en los que apenas se esbozan rastros de
privacidad y son los lazos de vecindad los que sostienen las
relaciones sociales.
Epoca
ésta, tanto para Europa Moderna como América
Colonial, en que las desigualdades son irreversibles, las
cualidades hereditarias y las jerarquías sociales intransferibles(14).
Pero ya decíamos que las sociedades pueden ser tan
variables en su esencia como en las expresiones culturales;
y si bien los valores y actuaciones sobre las que se desenvuelven
estos comportamientos pueden ser parte de "un molde
común", no siempre lo son las superficies
en que se expresan. Este fue el caso del honor y los valores
sociales que se desenvolvieron con relación a las viejas
costumbres, la vida parroquiana y la autoridad de los cuerpos
dirigentes, pero sobre todo con relación a la especificidad
propia del entorno local o regional.
La
transposición de valores, ritos y conceptos, otro campo
de estudio de la historia social y de la cultura
Tal
como lo señala E. P. Thompson, en su conocido libro
Tradición, revuelta y consciencia de clase,
para la historia social y de la cultura es muy importante
explicar el contenido histórico real, empíricamente
observable de una sociedad, con el fin de organizar el análisis
de la evidencia histórica(15); lo cual,
además, implica que hay que analizar todas las posibles
resistencias sociales de una cultura específica, de
la misma manera que el otro lado de las autoridades de los
cuerpos dirigentes, cumpliendo un papel determinado para mantener
el control y dirección de la sociedad(16).
Este
puede ser el caso de la cultura regional colombiana, la cual,
después de la etapa de la independencia, deja ver un
prolongado escenario de conflictos y resistencias al cambio,
muy a pesar del
"fragor
libertario e igualitario"
impuesto, de arriba hacia abajo, por los denominados héroes
y mártires de la independencia. Para estas sociedades
regionales era obvio, además, que el amplio cuerpo de
ritos y doctrinas, que por tanto tiempo habían influido
en su devenir, no fueran negociables o, al menos, transferibles,
de un momento para otro con las concepciones políticas
contractuales de un contexto tan distinto al americano, como
el Pensamiento Ilustrado y la Revolución Francesa.
Y
aun cuando esto no quiere decir que las diversas sociedades
y culturas de América hubiesen sido incapaces de entender
o incorporar tales conceptos cobijados por la racionalidad
ilustrada, muchos de éstos, tales como la libertad
o la igualdad, empezaron a competir con ritos, doctrinas y
formas de pensamiento ya preestablecidas, o a disociarse o
recombinarse para dar origen a nuevos, como suele ocurrir
en cualquier sociedad que hace uso de su cualidad de diversificarse(17).
Nada
extraño, entonces, que tanto los conceptos como los
ritos y pautas de conducta, en general, de la sociedad americana,
hayan dado origen a tan amplias y diversas expresiones culturales
desenvolviéndose en las superficies de patrones más
profundos, que al final de cuentas solo sirvieron de molde
para su infinita gama de formas, expresiones y posibilidades.
Un presupuesto que siempre habrá asumirse al momento
de preguntarse por la historia social y de la cultura.
Al
respecto, es importante señalar un trabajo como el
de Margarita Garrido, Reclamos y Representaciones en el
Nuevo Reino de Granada(18), por su propósito
de explicar las posibles permanencias o transformaciones culturales
en la sociedad colombiana. No obstante, el mejor esfuerzo
hasta hoy conocido en el país sigue siendo la ya legendaria
obra de Virginia Gutiérrez de Pineda, Familia y
Cultura en Colombia(19).
Si
bien, como lo plantean los historiadores de la cultura, sea
demasiado complejo fijar reglas de comportamiento para el
conjunto de una comunidad; no por ello hay que renunciar a
tal propósito, si se reconoce que es muy importante
someter las investigaciones colectivas al filtro de la relatividad
de las circunstancias concretas y personales(20).
Señalemos,
por ejemplo, que si en España el honor estuvo inevitablemente
ligado a la nobleza, en América española éste
también estuvo vinculado a la misma, pero como una
transposición de valores y acciones que presentarían
matices diferentes respecto de la España moderna. Este
fue el caso de la sociedad regional colombiana, donde las
diferencias saltan a la vista, así hubiesen tenido
un pasado común ibérico, que a la postre sería
el dominante sobre las culturas negras e indígenas.
Qué decir, para no ir más lejos, de las grandes
diferencias culturales entre las colonizaciones del centro
- oriente y centro - occidente de Colombia, donde el elemento
étnico blanco primó sobre los otros, pero donde,
de otra parte, los patrones y valores culturales se desarrollaron
en forma completamente distinta.
De
un lado, en el centro _ oriente, en Santander, más
concretamente en la provincia y gobernación de la siempre
muy noble y muy leal ciudad de San Juan Girón, donde
la sociedad local configuró un orden estamental regido
por los valores de la tenencia hacendataria de la tierra
y la desigualdad de sus parroquias y villas aledañas.
Del otro, en el centro - occidente, Caldas, donde la colonización
configuró un orden social distinto, regido por los
valores de la producción de la pequeña propiedad
de la tierra y de la acumulación del dinero, pero sin
un centro jerárquico y con un poblamiento multipolar
que dio vía libre a la "explosión"
de aldeas y parroquias en un hecho sin precedentes en la historia
del país de los siglos XIX y XX.
En
la provincia gironesa, en la segunda mitad del siglo XVIII,
en cambio, fueron numerosos los conflictos por el control
jurisdiccional y de la propiedad, en tanto que el honor
y la moral sexual se expresaron como formas de dominación
y disputas por el control político, al punto que una
acción que atentara contra la moral preestablecida
"se
constituía en una agravante que manchaba el honor,
la honra y la fama de los implicados... Un chisme, un escándalo
bastaba para afectar las calidades inmateriales de un individuo
y detener su participación en las estructuras políticas
y deslegitimar su estatus social"(21).
De
otro lado, la región caldense fue el escenario propicio
para que surgieran numerosas poblaciones de espíritu
abierto, tolerante y comercial con un dinamismo económico
más igualitario, que en nada se asemejaba a los patrones
conservaduristas del centro _ oriente. Incluso, por encima
del peso de ciudades que ostentaban blasones y estructuras
jerárquicas coloniales como Cartago, Anserma, Buga,
entre otras. O acaso, ¿qué más representativo
que Pereira y su sello libertario de ciudad de inmigrantes,
multicultural y presta a lo nuevo, al cambio, a lo foráneo(22)?
Por
supuesto, nada parecido a Santander, donde el origen de sus
poblaciones fue el resultado de tensiones económicas
y políticas, que dejaron translucir un cuadro de supervivencias
sostenidas en el orden estamental y de los valores de la tenencia
de la tierra, así como por la recurrente alusión
a la limpieza de sangre(23) y, en especial, a la
moral sexual, convertida en objeto de escandalosa vida pública
y atacada desde el púlpito y la ley, con penas que
- aun cuando raramente llegaban a cumplirse -, podían
ir
desde la confiscación de bienes hasta el destierro;
de igual manera, el uso de pasquines, que expuestos en las
calles públicas, en verso e ironía, transgredían
los susurros y silencios en pueblos y aldeas donde poco o
casi nada acontecía.
Concubinatos,
adulterios y toda suerte de recriminaciones morales a la sexualidad
representaron el imaginario colectivo de una sociedad como
la del oriente de Colombia, en la cual los códigos
de conducta estaban mediados por la mujer en condiciones de
desventaja y desigualdad frente a los hombres: ¿acaso
un objeto para el placer y el escarnio público?
Seguramente,
los nuevos estudios de la historia social y de la cultura
develarán este tipo de comportamientos y conductas
sociales, hasta ahora muy poco investigados, ante la dificultad
que reviste explicar fenómenos mentales de larga duración,
con resistencias culturales construidas a lo largo de muchos
años de imposición de patrones, valores y normas
establecidos por los cuerpos dirigentes y los círculos
dominantes. Mientras en Europa ya se ha avanzado, a través
de nuevas teorías y métodos de investigación,
pero, sobre todo, mediante una nueva forma de interrogar la
sociedad, en América Latina y Colombia aún falta
mucho por recorrer en el amplio panorama étnico y regional.
Lo importante es que ya se está avanzando hacia este
propósito, con obras que, en el caso colombiano, han
marcado un hito en la investigación social, entre las
que se podría destacar la ya referida de Virginia Gutiérrez
de Pineda, Familia y Cultura en Colombia, o Convenciones
contra la Cultura de Germán Colmenares.