Danilo Marcondes de Sousa Filho

"Filosofía del lenguaje y teoría crítica"

 

Traducción y adaptación del portugués del texto de Danilo Marcondes de Soussa Filho "Filosofia da linguagem e Teoría Crítica", en Filosofia, Linguagem e comunicacao. (2.000). Cortez Editora. Sao Paulo. p. 37-49.


Rafael Areiza Londoño

 


J. Habermas ha demostrado en varios escritos recientes (1970, 1976/1990), acerca de la teoría de la competencia comunicativa y la pragmática universal, que ciertas nociones básicas de la Filosofía del Lenguaje Ordinario, en especial de la Teoría de los Actos de Habla (Speech Act Theory), pueden contribuir a la construcción de un método de análisis crítico de la realidad social, como tarea fundamental de la filosofía. Mi intención, es examinar aquí algunas de las ideas de Habermas, procurando desarrollar ciertos aspectos esenciales de ese método. Pretendo discutir, también, el modo cómo la Teoría Crítica puede indicar caminos para la solución de un hecho central en la concepción del proyecto filosófico que se encuentra en la Filosofía del Lenguaje Ordinario, en general, y en la Teoría de los Actos de Habla, en particular. La aproximación con la Teoría Crítica puede ser hecha, más claramente, si examinamos, en primer lugar, el concepto de lenguaje que encontramos en la Filosofía del Lenguaje Ordinario y, luego discutimos la definición del método propio de la investigación filosófica.

Para la Filosofía del Lenguaje Ordinario, el lenguaje debe entenderse, sobre todo, como una práctica social concreta, como un sistema de actos simbólicos realizados en determinado contexto social, con objetivo preciso y produciendo ciertos efectos y consecuencias convencionales. En este sentido se rompe con la tradición filosófica predominante que considera el lenguaje como el medio a través del cual se describe el mundo o se interpreta la realidad. El lenguaje debe ser visto, al contrario, como el modo por excelencia de movernos en el mundo, es decir, de interactuar socialmente en una comunidad. El es constitutivo tanto de la realidad, en tanto que establece el horizonte de posibilidades de nuestra actuación en lo real, como de nuestra comprensión de los contextos sociales en los que participamos.

Wittgenstein, en los primeros parágrafos de las Investigaciones Filosóficas(1), define un "Juego de Lenguaje" (Sprachspiel) como una combinación de palabras, actos, actitudes y formas de comportamiento; es decir, como comprensión del uso del lenguaje en su totalidad. Es a través de los juegos de lenguaje que los individuos en la infancia aprenden a usar ciertas palabras y expresiones. En la realidad, lo que el sujeto aprende no es pura y simplemente una palabra o expresión, sino un juego de lenguaje completo, vale decir, a cómo utilizar determinadas expresiones lingüísticas en un contexto determinado para obtener ciertos fines. Hay, claro, muchos tipos de juegos de lenguaje en nuestra práctica social _ órdenes, pedidos, preguntas, y respuestas, descripciones, disculpas, etc. _ que pueden tener entre ellos apenas una "semejanza de familia" (IF: 66,67). Un juego de lenguaje se constituye así en una forma de actividad social, en parte de una "forma de vida" (IF:19, 23). Al usar el lenguaje estamos relacionándonos en un contacto social, y nuestros actos son significativos y eficaces sólo en la medida en que corresponden a las determinaciones de estas "formas de vida", de estas prácticas e instituciones sociales. En el uso del lenguaje, los hablantes siguen reglas no sólo lingüísticas en sentido estricto (es decir, gramaticales, fonéticas, semánticas, etc.) sino, sobre todo pragmáticas. Estas reglas deben ser comprendidas no únicamente como posibilitadoras de la acción y expresión del individuo, sino también como las que permiten la acción y expresión en los diversos universos del discurso en los que se participa. En este sentido, y aquí anticipamos uno de los puntos centrales de este trabajo, el significado de las expresiones no depende esencialmente de las intenciones de los hablantes, sino, realmente, en la medida en que dichas intenciones se forman a partir de los hábitos, prácticas e instituciones de una comunidad lingüística (cf.IF:337, 338). El conocimiento de una lengua, la competencia lingüística, la capacidad de participar en juegos del lenguaje, forman así el horizonte de nuestra visión de la realidad, el telón de fondo de nuestro comportamiento, tanto desde el punto de vista de nuestra actuación como desde el punto de vista de nuestra capacidad de interpretar el significado de los actos de otros miembros de la comunidad y de la manera como se relacionan con nosotros. De este modo el lenguaje ordinario es el elemento más original de nuestra experiencia, pues constituye su horizonte y es un presupuesto de nuestro comportamiento.

En Sobre la Certeza (On Certainty/Ueber Gewissheit), encontramos esta idea de los límites de nuestra experiencia y de nuestra posibilidad de interpretar y cuestionar esta experiencia, especialmente desarrollada en Wittgenstein. La "certeza" se entiende a partir de una "forma de vida", de nuestra visión del mundo, poseyendo así un carácter normativo (cf.OC:94,167,358). Llegamos, entonces al carácter normativo, en un sentido más amplio de esas reglas de uso lingüístico y al papel formativo de nuestra visión de la realidad, que constituyen los límites de nuestra experiencia y tienen una naturaleza relativa, contingente. Estas reglas frecuentemente tienen un carácter implícito, son internalizadas y no tematizadas; el hablante no tiene plena conciencia de sus implicaciones, presupuestos y relaciones con la naturaleza de esta forma de vida. No tiene posibilidad de justificación total, absoluta; sus justificaciones siempre dependen de determinada práctica, de determinada forma de actuar (cf. OC:110, 141, 144). Aunque los actos realizados por un individuo en un juego de lenguaje puedan ser hasta cierto punto justificados o, al contrario, cuestionados, el juego de lenguaje como un todo, o los varios juegos de lenguaje que forman el conjunto de nuestra prácticas cotidianas, resisten a toda tentativa de justificación última, pues es en esos juegos de lenguaje y en las formas de vida que los constituyen, que se encuentran, en última instancia, los criterios de validez de los actos y, por consiguiente, de su justificación. En este sentido, el lenguaje ordinario trasciende la posibilidad de fundamentación. Esto podrá poner un problema crucial para la actitud crítica del filósofo, como veremos más adelante. Las certeza es siempre relativa a una estructura dada de categorías, a un sistema de valores, creencias e intereses, a una forma de vida (cf. OC: 115, 160,253, 509), lo que parece indicar una limitación en el alcance de la propia comprensión del filósofo en la investigación crítica. Los criterios son dados, en cuanto tales son presupuestos que no dependen de una decisión individual: "aquello que creemos depende de lo que aprendemos" (OC: 286).

 
En la realidad, lo que el sujeto aprende no es pura y simplemente una palabra o expresión, sino un juego de lenguaje completo, vale decir, a cómo utilizar determinadas expresiones lingüísticas en un contexto determinado para obtener ciertos fines.


Vimos así que, según Wittgenstein, la expresiones lingüísticas tienen significado sólo en los diferentes juegos de lenguaje que son formaciones complejas de lenguaje y acción. Estas expresiones poseen una "gramática"(2) encontrada en esos juegos de lenguaje; en otras palabras, estas actividades que configuran un juego de lenguaje obedecen a reglas. Al aprender una lengua natural, nos comprometemos con unas prácticas sociales establecidas y compartimos unos determinados criterios para su realización. Ellas son, por lo tanto, habilidades adquiridas, prácticas aprendidas; siendo así que la relación interna entre el lenguaje y la práctica se hace evidente en la propia situación del que aprende, en la propia adquisición del lenguaje. Se hace, pues, necesario interpretar las estructuras de nuestra existencia diaria para comprender cómo el comportamiento puede ser significativo. Estas estructuras deben ser consideradas como estructuras de juego de lenguaje y no de la conciencia, como fueron consideradas por la filosofía tradicional. La tarea del filósofo se convierte, así, en el análisis del lenguaje tendiente a explicitar los componentes de esta estructura revelando su relación con formas de vida, entendidas como conjunto de creencias y valores - "aquello que siempre sabemos sin que nos demos cuenta de ello" (IF:89)-, pues el lenguaje sólo existe como comunicación en tanto que es trasmitido, y son las condiciones de esta comunicación y transmisión y sus implicaciones las que deben ser esclarecidas.

En J. L. Austin encontramos un tratamiento semejante en lo relativo a la relación entre el lenguaje y realidad. Para Austin, es el Acto de Habla (speech act) en su totalidad, es decir la función que una expresión lingüística tiene en su contexto de uso y sus condiciones de fortunio lo que debe constituir el objetivo central del análisis filosófico. Esto indica, en primer lugar, que, a semejanza de la concepción de Wittgenstein, el lenguaje debe considerarse en su uso como un complejo que involucra el contexto o situación de uso y las relaciones de las diferentes expresiones lingüísticas con sus respectivas funciones en ese contexto. Esta idea es muy cercana a la de Wittgenstein, sobre la relación entre lenguaje y forma de vida, con sus implicaciones en la conexión fundamental entre el lenguaje y la realidad social. En segundo lugar, indica que esta Acto de Habla en su totalidad es una unidad de investigación del filósofo, y que aunque la Teoría de los Actos de Habla apele a nociones teóricas como "prefijo performativo", "acto ilocucionario", etc, sobre las cuales no nos vamos a detener, lo que analizamos es el uso concreto del lenguaje, siendo estas nociones teóricas y principios metodológicos, únicamente accesorios e instrumentos para investigarse mejor los problemas filosóficos. El lenguaje ordinario continua siendo un campo de interés del análisis filosófico.

Austin afirma que, cuando examinamos el lenguaje y el uso de determinadas expresiones, no estamos meramente examinando palabras u oraciones y sus significados sino la realidad sobre la cual hablamos y en la cual nos relacionamos. Estamos buscando una visión más profunda del lenguaje porque nos reporta una visión más profunda de la realidad (1975:182). El análisis del filosofo no debe limitarse a describir pura y simplemente el uso ordinario que se hace del lenguaje, sino interrogarlo, examinando su estructura, sus presupuestos e implicaciones, pues de esta manera estaremos logrando una comprensión mayor de la realidad en la que vivimos y del modo en que nos relacionamos. La forma por la cual Austin aplica su método en la elucidación de diversos problemas filosóficos a través del uso de las expresiones relacionadas con estos problemas, caracteriza esta concepción del lenguaje y de la investigación filosófica. Así, tenemos en "A Plea for Excuses" (1979:175-204), un examen muy original del problema moral de la responsabilidad en la acción(3), a través del uso de expresiones como "voluntariamente", "deliberadamente", "accidentalmente", "inadvertidamente", etc. y de la posibilidad del hablante usarlas para justificar su acto, disculparse o eximirse de responsabilidad. Austin recurre a una serie de ejemplos traídos de la práctica cotidiana del uso lingüístico, así como de contextos específicos tales como procesos criminales, lo que sugiere que el filósofo como hablante competente de la lengua de la comunidad que investiga, puede imaginar en su reflexión situaciones que involucran este uso. El método de Austin revela, a través del recurso de los ejemplos, su interés por las reglas de uso del lenguaje, por su "gramática", por lo que se puede decir o no, y en qué circunstancias se puede hacer o no. La finalidad del análisis no es, claro, empírica. El recurrir a ejemplos reales o imaginarios es sólo una forma de hacer más concreta, más precisa la reflexión filosófica, apoyándose en el carácter intersubjetivo del lenguaje y haciendo así que sus conclusiones tengan una validez más amplia pudiendo, en principio, ser retomadas, desarrolladas, reformuladas por cualquier hablante igualmente competente que se detenga en la realización de un examen crítico del uso de estas expresiones.

Luego de esta breve consideración sobre las concepciones del lenguaje y del método de investigación de la Filosofía del Lenguaje Ordinario, podemos examinar un problema central que surge a partir de esas concepciones, al cual este trabajo pretende indicar un camino para una solución. La Filosofía del Lenguaje Ordinario se entiende como una tentativa de superar ciertas falacias de la Filosofía Tradicional, o sicologismo, o solipsismo de la Filosofía del sujeto y de la conciencia, y los paralogismos y antinomias ya denunciados por Kant. En este sentido, ella se hace crítica de sus métodos, procedimientos y concepciones fundamentales. Procura romper inclusive con la posición inicial de la Filosofía del Lenguaje, con su preocupación por una lógica interna del lenguaje, con problemas específicos tales como sentido, referencia, predicación, etc. _posición esta que sobrevive de cierto modo en la semántica formal contemporánea-, siendo que las propuestas de la mayoría de las teorías pragmáticas actuales no parecen dar una solución satisfactoria a estos problemas(4). La Filosofía Del Lenguaje ordinario propone un análisis y discusión de los problemas filosóficos a través de la investigación y del esclarecimiento del modo por el cual usamos el lenguaje. Considera al lenguaje como una práctica social concreta que refleja las formas de vida existentes en la sociedad o comunidad de la cual es el lenguaje uno de sus constituyentes. Por lo tanto, en su apelación a su propio conocimiento de la lengua, en tanto que hablante, y en su análisis del uso del lenguaje en ese contexto social, el filósofo debe proceder de manera crítica. Se entiende con esto la necesidad de explicar los elementos constitutivos del uso, desarrollando una conciencia más clara de sus presupuestos ideológicos _ preconceptos, elementos directivos que tienen la apariencia de descriptivos, valores, creencias e intereses, pretensiones infundadas de validez y justificación, etc.- los cuales si no son tomados en consideración, pueden llevar a la propia investigación filosófica a repetirlos, reproducirlos, asimilarlos, haciendo así una investigación llena de falacias. Nuestra pregunta es por lo tanto: ¿Cómo puede este método desear ser crítico en su análisis filosófico del lenguaje si este análisis tiene como horizonte las mismas prácticas y contextos que se propone analizar, como queda claro en nuestra breve discusión de Wittgenstein y Austin, y si el lenguaje puede ser un instrumento de manipulación y dominación como fuente de ilusiones y distorsiones ideológicas, como veremos adelante?. ¿Hasta qué punto puede este proyecto ser crítico en su investigación del lenguaje, si el lenguaje con todos sus elementos valorativos, su carácter formativo, es un presupuesto de la investigación? ¿Desde el punto de vista de un método crítico, el hecho de que el filósofo del lenguaje deba apelar a su competencia comunicativa, en tanto que hablante, anterior al análisis, nos parece problemático?.

 
... cuando examinamos el lenguaje y el uso de determinadas expresiones, no estamos meramente examinando palabras u oraciones y sus significados sino la realidad sobre la cual hablamos y en la cual nos relacionamos.


El objetivo de la teoría de la competencia comunicativa de Habermas, es reconstruir el sistema de reglas según las cuales los hablantes producen o generan situaciones posibles de discurso. La noción de situación ideal de discurso es condición de posibilidad de todo discurso que busca un fin más o menos específico. La característica definitoria de la noción de situación ideal de discurso es la intersubjetividad: la idea de que el uso del lenguaje, que constituye un acto de entendimiento mutuo, puede llevar a un acuerdo bien fundamentado, al cual se llega a través del diálogo, pues tiene siempre la posibilidad de retomar el discurso. El paradigma de toda situación posible de discurso es el diálogo. La posibilidad de cuestionar es inherente a todo uso del lenguaje. La necesidad de validación, explicación y justificación se encuentra en todas las formas de discurso, variando de acuerdo con los diferentes contextos y usos del lenguaje. Debe haber siempre la posibilidad de interpretarse no sólo lo que se dice, sino la misma situación de habla, como precondición para la eficacia de la naturaleza cooperativa del discurso, es decir para la realización de la comunicación. El lenguaje sólo puede ser usado eficazmente para la comunicación si los interlocutores tienen, en principio, confianza recíproca. La comunicación sólo es posible bajo la presunción de que los hablantes hablan no sólo de manera comprensibles, sino además verdadera sincera y legítima. Estos principios pragmáticos no tienen como consecuencia que el hablante sea siempre sincero, pero si se supone que él sea siempre sincero como condición para realizar el acto lingüístico. El principio de la sinceridad sólo puede ser violado si la apariencia de sinceridad es mantenida, y en este caso el hablante es responsable de su acto, independientemente de su reales intensiones al realizarlo. Es en nombre de estos principios que regulan todo acto de comunicación, y que son preestablecidos en cada situación de discurso, que se puede investigar la legitimidad del uso del lenguaje y exigir una justificación de su pretensión de validez en los casos del uso ideológico del lenguaje. Estas exigencias de justificación se pueden satisfacer por un proceso de clarificación (sobre la naturaleza del acto realizado) y de explicación (de las normas y convenciones que lo hacen posible).

Para Habermas, la interacción social y, por lo tanto, la comunicación lingüística no son reguladas fundamentalmente por motivos que coinciden con las intenciones de los hablantes, sino por motivos frecuentemente excluidos del dominio público y relativos a la dimensión extralingüísticas de la organización de la sociedad: el modo de producción, la división social del trabajo, el sistema de poder y las instituciones relacionadas con esta estructura y constituidas por ella. La idea de la intersubjetividad como condición de posibilidad de discurso sufre distorsiones producidas por la estructura social, resultante de una asimetría en las reglas de producción del diálogo y de la desigualdad en la distribución de los papeles lingüísticos. El uso del lenguaje en comunidad está determinado en gran parte por el modo según la cual la sociedad está estructurada. La distribución de papeles y el acceso al lenguaje adoptan, en aquello que establecen como obligatorio, permisible o prohibido, ciertas líneas que corresponden a las distancias, divisiones y oposiciones existentes en la sociedad. Esto significa que la organización de la sociedad es responsable de ciertas restricciones en el uso del lenguaje que tienen un efecto distorsivo en la comunicación y en su naturaleza cooperativa. Sin embargo como vimos arriba, el discurso orientado por la falsedad y la manipulación presupone la verdad y la sinceridad, como criterios básicos, so pena de autocancelarse en su intención de manipular o falsificar.

El uso ideológico del lenguaje es exactamente aquel en el que el consenso así sea ficticio, parece real. Las asimetrías en las relaciones entre las interlocutores son ocultadas por una apariencia de igualdad, y las restricciones al acceso de la realización de los diferentes actos de habla son escamoteadas. El sujeto con sus atributos de responsabilidad de libertad de escoger y decidir, aparece como el centro de producción del discurso, mientras que los papeles lingüísticos y su determinación social que realmente posibilitan la realización del acto de habla no son reconocidos como tales. El lenguaje aparece como neutro, inmune, objetivo, universal, ocultando su relación con creencias, valores e intereses específicos y particulares de la comunidad de la cual es su lenguaje.

Es este lenguaje distorsionado que procuraremos caracterizar como poseedor de una función ideológica, según el análisis de Habermas (1970). Su carácter ideológico, en términos de un análisis lingüístico, se puede entender fundamentalmente a partir de dos principios básicos:

1. Un carácter directivo, determinado por valores e intereses originales de cierta sociedad o grupo dominante;

2. El hecho de que esta relación entre la función directiva y estos valores e intereses específicos es, al menos en parte, y debe permanecer, implícita, para el éxito completo de la función directiva del lenguaje. Es importante notar que los hablantes no tienen conciencia del alcance de esta función directiva ni de su red de presuposiciones, consecuencias e implicaciones.

En este sentido, se puede decir, que ciertos usos del lenguaje tienen un carácter ilusorio o manipulador, contrario a la visión tradicional sobre las condiciones de realización de los actos de habla que presupone el control del hablante sobre el lenguaje. El propio lenguaje no tiene una naturaleza transparente, ya que estas relaciones no son aparentes.

El análisis crítico del lenguaje debe proceder, por lo tanto a explicitar las condiciones de realización de los actos de habla, como forma de exponer y desenmascarar su función ideológica. Este procedimiento se basa en la posibilidad, inherente al lenguaje, de interpelarse a sí mismo: la posibilidad de que todos los interlocutores tienen, a partir de la definición de comunicación como diálogo, es decir, de la naturaleza cooperativa del lenguaje, de interrogar los usos lingüísticos así como su contenido informativo y sus pretensiones de validez. El acto de habla es un contrato entre hablante y oyente, es un acto común que sólo puede ser realizado intersubjetivamente. Como decimos, la comunicación sólo es posible si se supone que, en principio, los hablantes hablan de modo inteligible, verdadero, sincero y justificado. De esta manera, el oyente debe tener siempre la posibilidad de interrogarse sobre:

a. Las intensiones comunicativas del hablante, es decir la fuerza ilocucionaria del acto;

b. La justificación del acto en cuestión, o sea, las convenciones y prácticas que supone;

c. La explicación del contenido de lo que se dice, lo que exactamente significa la proposición;

d. La validez del contenido, es decir, lo que justifica que el hablante diga lo que dice en un contexto determinado.

En términos de la Teoría de los Actos de Habla, en la medida en que entendemos el lenguaje como acción y a la comunicación como un acto social concreto que es parte de un contexto estratégico, que se realiza a partir de un conjunto de reglas y convenciones pragmáticas que tienen como origen las
creencias, valores e intereses de la comunidad, la pregunta fundamental será: ¿Cómo actúan estos elementos en el uso del lenguaje y cuál el su función?. El acto de habla se define como un acto instrumental, el lenguaje es un instrumento que se utiliza para obtener determinados fines. El hablante usa el lenguaje para realizar actos convencionales. Cuando el lenguaje se adquiere, lo que se adquiere no es pura y simplemente una lengua, con sus reglas específicamente lingüísticas, sino todo un sistema de prácticas y valores, creencias e intereses a ellas asociados. Es en este sentido que podemos hablar de la adquisición de una pragmática. Debemos interrogarnos, entonces, sobre las condiciones en que estos actos son practicados, ya que el lenguaje no es transparente, y existen elementos implícitos de los cuales hay que dar cuenta en el análisis. Esto significa interrogarnos sobre la naturaleza del acto que se está practicando, sobre sus condiciones de realización y sobre como éstas se establecen. Es decir, cuales son sus presupuestos, las convenciones que gobiernan los actos, su origen en la organización social específica, las relaciones que se establecen entre los interlocutores. Y, sobre todo, debemos interrogarnos sobre el objetivo, el propósito del acto en el tipo de situación de discurso en que se realiza, explicitando sus efectos y consecuencias. Si un acto de habla es un acto instrumental, es preciso establecer cómo se determinan los propósitos de su uso, que pueden ser propósitos predeterminados sobre los cuales el hablante puede no tener control y que pueden no coincidir con sus intereses aparentes.

En la constitución de este método de reconstrucción de reglas y presupuestos, es decir de las condiciones de posibilidad de los usos lingüísticos, especialmente en el caso ideológico, es importante recurrir a las nociones de "implicatura conversacional" y "acto de habla indirecto", propuestas respectivamente por Grice (1975) y Searle (1974). Estos conceptos permiten el análisis de determinado tipo de enunciado para ir más allá de su significado aparente, de lo que expresa explícitamente. A través del análisis de elementos contextuales, convenciones, prácticas sociales, efectos retóricos se puede establecer su real función en el contexto de uso. En estos casos, la fuerza ilocucionaria de los enunciados puede tener implicaciones y consecuencias más amplias, o hasta opuestas a lo manifestado aparentemente. La pregunta principal, para cuya respuesta estas nociones pueden contribuir, es: ¿Cómo puede un enunciado "significar" "más de lo que expresa"?. Es decir, ¿Cómo puede el hablante, al producir una oración significar aquello que dice y además decir más de lo que explícitamente dice?. Lo fundamental parece ser que, tanto en los actos de habla indirectos como en las implicaturas conversacionales, la función del enunciado va más allá de su aparente significado y de su fuerza ilocucionaria. Por lo tanto, tenemos que apelar, en nuestro análisis, a otros elementos tales como etapas omitidas por ser obvias y aparentes violaciones de los principios pragmáticos, que generan implicaturas, para así determinar cual es la real función del acto realizado y su implicaciones en aquella situación específica del discurso.

 
El lenguaje sólo puede ser usado eficazmente para la comunicación si los interlocutores tienen, en principio, confianza recíproca. La comunicación sólo es posible bajo la presunción de que los hablantes hablan no sólo de manera comprensibles, sino además verdadera sincera y legítima


En estos casos parece haber una discrepancia entre la forma lingüística de lo que se dice explícitamente y la verdadera función del enunciado, que está indirectamente indicada a través de factores contextuales, características generales del juego de lenguaje, presupuestos socioculturales comunes a los interlocutores, relaciones lingüísticas con los actos de habla anteriores, etc. son estos elementos los que permiten al oyente inferir el acto que esta siendo realizado. En el uso ideológico del lenguaje, lo que el enunciado expresa acaba ocultando, conforme lo revela el análisis, el verdadero propósito u objetivo del acto realizado en un contexto dado. Las preguntas formuladas arriba, constituyen, en líneas generales, el método y permite examinar, desde el punto de vista de la realización del acto de habla, como es posible que en la comunicación se pueda "transmitir" más de lo que ostensivamente se expresa; y permitirá examinar, más allá del punto de vista de su efecto en el oyente, como esta fuerza ilocucionaria indirecta, se interpreta y alcanza su propósito directo, a pesar de, o tal vez por causa de su naturaleza implícita. La diferencia es que en los actos de habla indirectos se pretende que la intensión implícita sea reconocida, y no tenga en principio ningún obstáculo para su explicitación. Los actos de habla ideológicos, en tanto, tienen objetivos, propósitos y presupuestos que no deben ser reconocidos como tal. En verdad, logran el fortunio sólo en la medida en que estos elementos no son reconocidos, ya que son actos de manipulación. En vista de que, en estos casos la forma lingüística de realización no revela lo que realmente pasa, lo que es preciso hacer es establecer la existencia de una función ulterior a la función explícitamente manifiesta en el enunciado y, después, determinar su naturaleza. El método de análisis hasta aquí presentado tendría por objetivo practicarse en este tipo de investigaciones sobre estos usos del lenguaje.

Vemos entonces que la Filosofía del Lenguaje Corriente de tradición wittgensteiniana y austiniana puede constituirse en un método de análisis crítico del lenguaje, según las líneas indicadas por la reflexión de Habermas sobre la relación entre lenguaje y sociedad, pudiendo dar cuenta inclusive de la noción de ideología, condicionamientos sociales del lenguaje y de la posibilidad de su superación. La necesidad de tomar en consideración este hecho es una exigencia de la propia concepción de lenguaje y del método filosófico que encontramos tanto en Wittgenstein como en Austin, aunque muy rara vez se encuentra en la tradición que se desarrolla a partir de estos autores. Vemos también que la posibilidad de esta reflexión crítica sobre el lenguaje se encuentra, según lo indica Habermas, en la propia definición del lenguaje como diálogo, lo que permite que se problematice la situación comunicativa cuestionándose las pretensiones de validez del discurso. A partir de esta interpelación, posible en principio a todos los hablantes, se puede restaurar el acuerdo y el entendimiento mutuo que son los presupuestos de toda relación comunicativa. El carácter ideológico del uso del lenguaje se hace evidente cuando retomarse el discurso se hace problemático, pues estos usos ideológicos se resisten a esta interpelación y deben evitarla para conservar su eficacia. El criterio de esta interpelación crítica sigue siendo la noción de situación ideal de discurso, entendida como principio regulador ideal y normativo, siempre anticipada como condición de posibilidad para todo uso lingüístico en la comunicación.

Sólo un análisis filosófico que se desarrolle en este perspectiva crítica podrá realmente corresponder a la necesidad fundamental de la filosofía de constituirse en un modo de reflexión capaz de dar cuenta de las condiciones en que su propia práctica se realiza. El filósofo deber siempre, en primer lugar, considerar el sentido y la posibilidad de su actividad, sobre todo en una situación histórica en la que la mayoría de la población, es decir, aquellos que deberían ser sus interlocutores, se encuentra excluidos de esta actividad por motivos sociales.


NOTAS


(1) La obra clásica es IF7. Las citas de Wittgenstein se refieren a los parágrafos de las obras citadas y no a las páginas. Para facilitar, abreviamos Investigaciones Filosóficas (IF) y Sobre la Certeza (OC).

(2) Para el sentido wittgensteiniano de "gramática", ver sobre todo IF 497 y la obra Gramática Filosófica.

(3) Otros ejemplos son, principalmente sobre el mismo problema "Three Ways of Spilling Ink", sobre el conocimiento "Other Minds", y sobre la verdad "Truth", todos en Philosophical Papers.

(4) Me refiero sobre todo a las discusiones sobre el significado realizadas por Davidson y Dummett, así como a la pragmática de Montague y a las pragmáticas de índices, en general.

 


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