|
"El motivo del encuentro en "El
desierto prodigioso" de
Pedro Solís y Valenzuela"
Arbey
Atehortúa Atehortúa
El desierto prodigioso y prodigio del desierto, del neogranadino
Pedro de Solís y Valenzuela, representa una de las
obras fundacionales de la narrativa colombiana. En este
ensayo exploramos la significación del espacio en
la obra, a partir del motivo del encuentro,que sustenta
la visión de mundo de un grupo de amigos (Pedro,
Fernando, Antonio y Andrés) de la aristocracia santafereña.
Dicho espacio se evidencia cerrado, exclusivo de los personajes
que comparten la lectura de un cartapacio en un "remedo
del paraíso terrenal", donde las contradicciones
y los conflictos de tipo social, cultural y económico
han sido eliminados, para postular como única alternativa
del hombre la vida ascética y contemplativa.
El
motivo del encuentro tiene, en El desierto prodigioso y
prodigio del desierto(1), una función
compositiva. Éste se institucionaliza y define relaciones
espacio-temporales muy estrechas y significativas, contribuyendo
a sustentar las cualidades socio-económicas y la visión
de mundo de un grupo de personajes (Arsenio, Andrés,
Pedro, Fernando y Antonio) que diariamente se dan cita para
componer poemas y leer un cartapacio; no hay lugar para otras
actividades, para otras vivencias en los momentos de encuentro.
Los lugares para dichos encuentros son limitados: el campo
y la gruta de Arsenio y secundariamente la casa de don Fernando
y un convento en el Desierto de la Candelaria.
Aunque
el grupo de personajes alrededor de los cuales gira la historia
son citadinos, y poseen sus "quintas" con
las comodidades de su condición, el lugar donde componen,
recitan y se alimentan es el espacio abierto, el campo; la
historia, incluso, comienza con una escena de cacería
en el Desierto de la Candelaria. Los personajes excepcionalmente
se dan cita en otro espacio, como en una casa por ejemplo,
tal como ocurre cuando Andrés revela el secreto de
la gruta de Arsenio a don Fernando, o cuando éste último
lee las meditaciones a su amigo Martín. El argumento
evade la vida citadina(2), la cual no existe como
espacio de contradicción, de encuentro de diferentes
fuerzas sociales. La ciudad sólo es una referencia
física para exaltar la gruta de Arsenio; en la Mansión
X se habla de ésta para elogiar o condenar los «dorados
chapiteles», las «fábricas soberbias»,
las «erguidas torres» y los muros levantados,
calificando todo esto de «desvanecidas grandezas»;
el objetivo es oponer este espacio al «humilde edificio»
de Arsenio que «respiraba cielo, que echava fragancia
de santidad». Los personajes son, por lo tanto, urbanos,
pero todo el tiempo permanecen en el campo, y reproducen allí
las comodidades y prácticas de su clase, mediante una
idealización y exaltación de la naturaleza que
está al servicio del hombre; por esta razón
las arboledas son descritas como "lugares deleytosos"
y amenos, sitios "regados de un sonoro arroyuelo"
donde se escucha el "acorde vihuela de las aves"
que "en métricas capillas" cantan
suavemente, y Arsenio vive en una casa o humilde edificio
antes que en una cueva.
| El
espacio se convierte en una metáfora de la conversión,
del redescubrimiento de la fe. |
La
idealización de la naturaleza se concreta con la designación
de los lugares aledaños a la cueva de Arsenio como
un verdadero "Paraíso terrenal", obedeciendo
al imaginario heredado:
"donde
tuvieron bien en qué deleytar la vista en ver un
remedo y similitud del terrenal paraíso: tanta variedad
de árboles, fuentes, flores, aves, animales"
(Pedro de Solís, 1977, 2).
Es,
por lo tanto, un espacio armónico, bello, sin peligros;
los personajes encuentran allí lo necesario para vivir
cómodamente; la naturaleza les brinda todo, incluso
cortezas y tintes para escribir y alabar a Dios, única
actividad de los hombres en esta especie de paraíso.
Nuevamente se opera una exclusión, pues a este lugar
no tienen acceso otros personajes, ni siquiera el padre de
don Fernando y Pedro, el cual se retira en oración
pero en el Desierto de Guaduas. Los personajes, además,
nunca encuentran un nativo, a pesar de que el espacio definido
es el de la Nueva Granada integrado en un 90% por población
india. El único indicio del otro, de lo callado, es
una «Choza Pajiza» deshabitada, hallada por
Arsenio y Casimira; de sus posibles habitantes nunca se hablará,
confirmando la exclusividad de este lugar para los humanistas
neogranadinos.
Si
bien los pecadores comienzan a vivir el infierno en la tierra,
los "buenos" también empiezan a gozar
del paraíso antes de morir. El simbolismo de este espacio
se aclara con su rápida transformación en un
monte lleno de fieras, cuando es necesario castigar y dar
una lección ejemplificante, tal como ocurre con Arsenio
una vez ha sido abandonado por los piratas holandeses en la
costa caribeña. El eremita, que era entonces un joven
con una vida licenciosa, entregado a los placeres terrenos,
rapta a su prima Casimira y en poder de un gran capital huye
con ella hasta América. Después de numerosas
penalidades, la pareja termina deambulando por el Desierto
de la Candelaria; a pesar de dichas penalidades y del sufrimiento
de Casimira, Arsenio persiste en el deseo de hacerla su esposa.
Es entonces cuando la naturaleza se transforma para darle
una lección edificante: el lugar se torna malsano e
inhóspito; el narrador deja de llamarlo "paraíso"
y pasa a utilizar la palabra "monte" pues
a la falta de frutos, de comida, se suma la presencia de animales
salvajes que amenazan con devorarlos; los aullidos señalan
la amenaza e incrementan el miedo del personaje. La noche,
tiempo privilegiado en esta secuencia, tampoco es tranquila
y apacible pues las tormentas y los rayos se presentan como
verdaderos peligros. El pasaje llega a su clímax una
noche tormentosa en que Arsenio deambula por el monte en busca
de Casimira, en medio de una gran tempestad y rodeada de fieras
("Aumentó mi horror"), se refugia
en la cavidad de un tronco; esta experiencia transforma al
personaje, que decide dejar atrás sus aspiraciones
mundanas y asume una vida contemplativa. Casimira, por su
parte, ingresará al Convento de la Popa en Cartagena.
Lo
llamado, entonces, "desierto" está
surcado por sonoros arroyuelos y floridos huertos donde se
escuchan las melodías de las aves. Arsenio y sus amigos
se reúnen en arboledas junto a la laguna de Ráquira,
en lugares frescos y apacibles(3); estos espacios
producen el asombro de los personajes a pesar que es allí
donde regularmente iban de cacería. La naturaleza parece
haber sufrido una transformación después que
Andrés descubre las revelaciones sagradas contenidas
en el cartapacio de Arsenio; antes de dicho contacto, el espacio
es descrito como una «obscura selva» y las
nubes vendan los ojos con sus «obscuras nieblas»
(Pedro de Solís, 1977, 150); es la fe, el amor a Dios
unido a una determinada situación social lo que posibilita
el ingreso a un nuevo espacio, reflejo de lo que le espera
a los hombres "buenos"(4) después
de la muerte:
"Todo
le parezía prodigio y estaba tan fuera de sí
que le parezía que aquello que vía no era
real sino imaginario, y cassí, si no diera crédito
al tacto, perseverara en este error" (Pedro de
Solís, 1977, 29).
El
Desierto de la Candelaria, donde ocurren los hechos, es desierto
en cuanto a impíos o nativos; por eso es propio para
la vida ermitaña, anacorética, pero no es en
ningún sentido un desierto natural. Por los hechos
que ocurren allí es llamado "desierto prodigioso"(5),
lugar armonioso y apacible que no revela contradicciones.
Espacio idílico, donde los personajes viven cómodamente
sin que nada los perturbe o les falte; al contrario, el canto
de los pájaros es una sonora música y la abundancia
de frutos y peces son verdaderos manjares. Las actividades
nocturnas, por otra parte, desaparecen casi por completo;
cuando llega la noche, el narrador invita a los personajes
y al "letor" a descansar hasta la siguiente
mansión, hasta el siguiente día.
El
espacio se convierte en una metáfora de la conversión,
del redescubrimiento de la fe. Las salidas al campo tienen
como único fin buscar los sitios amenos, vistosos y
apacibles para alabar a Dios mediante la escritura y recitación
de poemas. La mañana y la tarde son los momentos preferidos
por los personajes para el ejercicio poético, resguardándose
a la hora de medio día y terminando las jornadas con
la llegada de la noche. El motivo del encuentro define por
lo tanto sus condiciones tempo-espaciales: el campo idealizado,
el día y la dedicación exclusiva al ejercicio
poético; durante la noche este motivo desaparece y
en ciertas ocasiones la idealización del espacio. La
noche aporta una experiencia distinta, macabra, al ser el
ambiente predominante en el inframundo según la meditación
sobre el infierno. La oscuridad es igualmente la característica
del cuarto donde el padre de don Fernando guarda una mortaja
y un ataúd.
El
único espacio "cerrado" privilegiado
por la historia es la gruta donde habita Arsenio. Si bien
el significado primario de "cueva" dado por el Diccionario
de la Real Academia Española es "Cavidad
subterránea más o menos extensa, ya natural,
ya construida artificialmente",
ésta en especial tiene unas características
particulares: el narrador pocas veces la llama cueva, cuando
lo hace agrega el adjetivo "prodigiosa",
distinguiéndola de otras grutas que hay en aquel desierto.
El narrador utiliza con más frecuencia los términos
habitación, pieza, lugar de descanso, celda o «ermita»
para referirse a la morada de Arsenio; la caracterización
de este espacio como algo singular, como una "casa"
antes que como una cueva, queda marcado en la descripción
de ciertas "ventanas" por las que penetran
los rayos solares:
«(...)
caminando animoso, a poco rato se halló en una limpia
y adornada pieza bastantemente bañada de la luz de
los solares rayos, que por una ventana la visitaban"
(Pedro de Solís, 1977, 15).
Resaltamos
los adjetivos "limpia" y "adornada"
y la calificación del espacio como un lugar iluminado
y creado por el cielo, reproduciendo cualidades palaciegas.
Si es allí donde cuatro personajes de la alta clase
neogranadina pernotan, indirectamente se reproducen las comodidades
a que están acostumbrados. Nuevamente la falsa renuncia,
el aparente abandono; esta cueva es más bien un lugar
privilegiado, un regalo de Dios.
Relacionado
con el espacio, aparece una serie de prácticas culturales,
distintivas de una clase. Una de ellas es la de la comida,
la gran cena, que igualmente se realiza en la morada de Arsenio
y en otras ermitas cercanas, afirmando la lectura de este
espacio como algo aristocrático:
"En
esto se levantó Arsenio y, poniendo unos limpios
manteles en la messa, sacó del escritorio de una
peña algunas frutas secas y agua clara de la fuente,
y les dio de cenar, estimando los jóvenes gallardos
más aquellos simples manjares que otros que consigo
traýan, de que procuraron gustasse Arsenio, el qual,
por no entristezerlos, lo hizo con mucha templanza. Platicaron
destos raros succesos, esperando otros mayores de tales
principios y, acabada la cena, pidieron a Arsenio refiriesse
la carta (...)" (Pedro de Solís, 1977, 172).
La
palabra «cena» se repite tres veces en este
fragmento, señalando la importancia del acto que identifica
una actitud aristocrática de los personajes. No obstante,
Arsenio ha dicho que es una «humilde cena, que os
ha preparado mi pobreza», reiterando su condición
de anacoreta; sin embargo, la descripción de la comida
crea el ambiente de un gran acto, que obliga a abandonar la
idea de gruta: Arsenio tendió unos «limpios
manteles» sobre una «messa», hecho
que traslada al lector de la imagen sugerida por una cueva,
a otro tipo de espacio. Igualmente, aunque lo ofrecido son
frutos, el narrador aclara que Arsenio los extrajo del «escritorio
de la peña», indicando que se almacenan los
alimentos y que no ha sido necesario salir al «paraíso
terrenal», aunque provengan de allí(6).
El autor traiciona así lo que expresamente predica
con este hecho aristocratizante, propio de la condición
social, económica de un grupo privilegiado(7).
La
calidad de estos "simples manjares" es tan
importante que la comida permanentemente sirve de metáfora
para la creación literaria; de esta manera, un poema
puede ser llamado "sazonado plato", "postre",
y una sesión de poesía una buena "merienda":
"(...)
y mucho devemos a la memoria de Antonio, pues nos ministra
tan sazonados platos (...). Más Dn. Pedro dijo que
él quería dar el buen postre con lo que avía
prometido" (Pedro de Solís, 1977, 152).
| ...los
ratos de esparcimiento se realizan en espacios idealizados
(la cueva de Arsenio, el Desierto de la Candelaria y el
Desierto de Guaduas), lugares destinados para el recogimiento,
para la fe; en éstos sólo ocurre la conversión,
la entrega a Dios. |
El
campo semántico aristocrático descrito por la
comida, lo completa las suaves melodías y "arpadas
lenguas" de los pájaros y otros fenómenos
como la claridad de la cueva y la tranquilidad de los personajes.
El narrador termina caracterizando la gruta más bien
como una especie de "quinta" similar a la
que habitan Pedro y Fernando y algunos clérigos en
el Desierto de la Candelaria; a dicha cueva se han trasladado
las comodidades, el ambiente de la vida citadina.
Otro
hecho que exalta, que singulariza la cueva de Arsenio, es
que ella es un paso que comunica un monte agreste con un espacio
idealizado; al extremo de la gruta hay una puerta cerrada,
más propia de una casa que de una cueva, que conduce
al llamado "remedo del paraíso terrenal".
Andrés, que ingresó accidentalmente a la gruta,
no puede abrirla, las llaves están en el "Cartapacio
de las meditaciones"; por esto, el conocimiento de
las revelaciones, una vez que los personajes ya han sido impresionados
por Arsenio y sus escritos, lo continúan en dicho lugar.
Cuando éstos ingresan a este espacio, se comportan
como si descubrieran un nuevo mundo, no obstante es en los
alrededores donde frecuentemente van de cacería. Dicho
soto es entonces simbólico, pues representa el premio
para quienes viven en el amor de Dios.
"Dio
buelta a toda la pieza; llegó a una puerta, que por
estar cerrada por de fuera, no pudo abrir; aplicó
la vista a los resquicios y quanto pudo alcanzar fue una
vistosa aunque silvestre arboleda; todo le parezía
prodigio y estaba tan fuera de sí que le parezía
que aquello que vía no era real sino imaginario"
(Pedro de Solís, 1977, 29).
La
cueva igualmente es un santuario donde se produce la renovación
de la fe de Andrés y posteriormente de Pedro, Fernando
y Antonio; es además el lugar escogido por dos eremitas(8)
a pesar de existir conventos cercanos. La cueva es símbolo
de la vida anacoreta, de los regulares, aunque la privación
de los personajes con esta forma de vida es mínima
y la disposición explícita por los "regulares"
termina siendo aparente.
Hay
otro elemento que problematiza y exalta el simbolismo de la
cueva de Arsenio: el eremita, abandonado por piratas holandeses,
encuentra una "choza pajiza" repleta de alimentos;
de sus posibles habitantes nada se dice a pesar de los indicios.
La palabra "choza" remite a lo autóctono,
a lo nativo, pero los personajes sólo entran en contacto
temporalmente con este lugar, buscando abrigo y comida. El
lugar tampoco opera ninguna transformación en los personajes
y aparece más como un accidente en aquel lugar despoblado.
Esta alusión se opone abiertamente a la mención
de cierta "quinta", "estancia"
o "recreación" que el Pe. Prior tiene
dispuesto para una atención a Arsenio y sus amigos
cerca de la laguna de Ráquira(9). El argumento
niega así la interacción con los otros grupos
étnicos y acomoda de esta forma los hechos, justificándolos
pobremente; el paraíso terrenal mostrado por el segundo
Arsenio es sólo para los privilegiados socialmente.
Otros
espacios cerrados y artificiales pasan a un segundo plano.
Los personajes escasamente visitan la casa de don Fernando
o las ermitas e iglesias próximas al Desierto de la
Candelaria. Cuando se describe una situación de éstas
es mediante la técnica del resumen, pasando rápidamente
a otra situación; ni siquiera el ingreso de Fernando
a la Cartuja del Paular traslada la historia a los conventos;
los personajes seguirán leyendo y contestando al monje
desde el campo, tal como lo hacen en el Desierto de Guaduas
donde el padre de don Pedro se ha retirado en oración.
Concluyendo,
los ratos de esparcimiento se realizan en espacios idealizados
(la cueva de Arsenio, el Desierto de la Candelaria y el Desierto
de Guaduas), lugares destinados para el recogimiento, para
la fe; en éstos sólo ocurre la conversión,
la entrega a Dios. Los personajes se dan cita en las horas
de la mañana y la tarde y descansan al medio día
debido
al intenso calor, y en las noches por la falta de luz natural,
e invitan al "letor(10)"
a hacer lo mismo. La noche(11) y su evocación
del juicio final y el infierno, es el momento donde el espacio
se transforma en monte, en "selva obscura"
y aparecen las fieras para intimidar a los pecadores. Si bien
los aspectos macabros se sugieren por la contemplación
de restos óseos humanos, el único lugar fantasmagorial
es el cuarto de don Fernando. La gruta de Arsenio está
adornada con imágenes y calaveras, pero la luz solar
le imprime una claridad especial.
La
idealización del espacio busca la fusión, la
compenetración de los personajes con Dios. La única
función de éstos en aquel "remedo del
paraíso terrenal" es alabar a Dios mediante
poemas y tratar temas religiosos. Mientras se dedican a esta
labor el tiempo no transcurre con sus horas y minutos; el
tiempo cronológico desaparece y toma su lugar uno ambiental,
marcado por hechos y fenómenos naturales: el canto
de las aves en las horas de la mañana, que con sus
dulces gorgoteos dispone a los personajes para escuchar a
Arsenio y sirven de materia de comparación con la sonoridad
de los poemas del eremita:
"Mas
gustosos quedaron D. Fernando, D. Pedro y Antonio de oír
a Arsenio que de la sonora música de las aves que
a aquella hora gorgeaban (...)" (Pedro de Solís,
1977, 446);
la
posición del sol que brinda a los personajes el momento
apropiado para leer y componer y les señala el momento
del descanso matinal, del reposo nocturno, de la interrupción
y hasta del encuentro:
"Viendo
que aún sobraba tiempo y que el sol todavía
alumbraba el emisferio" (...) "y no bien apenas
comenzaban las nubes a vendar los ojos del cielo con sus
obscuras nieblas; quando entró en ella su dichoso
habitador (...)" (1977, 150). "Aun no había
llegado el sol a la mitad" (Pedro de Solís,
1977, 337).
El
tiempo se dilata, se esfuma, es una agradable experiencia
pues los personajes lo dedican a "servir"
a Dios:
"(...)
que no avían sentido pasar el día y que en
cierta manera (aunque descanso común) les avía
pesado que se acercasse la noche." (Pedro de Solís,
1984, 102).
Distinta,
por supuesto, es la experiencia del tiempo de la agonía
que se prolonga dolorosamente; cada momento, cada instante
cobra dimensiones exorbitantes por el grado de sufrimiento
que lo acompaña; este parece ser uno de los momentos
más significativos en la vida del hombre:
"mas
como el tiempo no para, al fin se llega el día de
la muerte, y, hago cuenta que es hoy".
El
tiempo que precede dicho instante es fugaz, breve, y se recomienda
utilizarlo exclusivamente para la salvación del alma,
el hombre debe vivir "como quien ve siempre la espada
levantada sobre sí", de ahí la pregunta
en la cuarta meditación:
"¿Quién
no empleará toda su vida en tener una buena muerte?"
(Pedro de Solís, 1977, 84, 82, 90).
La
imagen del paraíso y el infierno
Las
meditaciones plantean igualmente la existencia de dos lugares,
sitios de encuentro que adquieren valor ideológico
y características espacio-temporales bien definidas:
el paraíso y el infierno; el cielo es hermoso, tranquilo,
repleto de frutos, apacible, claro, etc.; contrariamente,
el infierno es oscuro, maloliente, plagado de monstruos, fieras
y martirios; ambos lugares son para experiencias eternas,
y todo lo que el hombre recibe allá es exagerado: felicidad
sin límites junto a Dios o sufrimientos enormes. Estos
espacios entran en relación con la vida terrena la
cual es pasajera, fugaz, de pecado y vanidad. El sentido de
la vida debe ser, por lo tanto, preparar un momento, el de
la agonía, cuando se comparecerá ante Dios y
se logrará
la salvación o la condena eterna. Pero en esta vida
terrena, en menor escala, se reproduce el paraíso o
el infierno que le esperan al hombre: Pedro, Fernando, Andrés,
Antonio y Arsenio viven en santidad y por eso habitan en un
"remedo del paraíso terrenal"; otros,
los pecadores, los "malos", pueden sufrir
castigos horribles, que en la tierra los ejecuta la Institución
inquisitorial. El hombre sufre entonces cuando se da cuenta
que desaprovechó minutos valiosos para preparar la
salvación del alma; la obra adquiere así caracteres
moralizantes, pedagógicos pues quiere ser ejemplificante:
"O,
qué daría yo por una hora de tiempo de las
muchas que ahora pierdo...¡O, quién diesse gritos
de lo íntimo de su corazón llorando la vida
passada!" (Pedro de Solís, 1977, 88-89).
Este
tiempo terreno puede remitirse a "beynte o quarenta
años", pero lo único importante es
el momento de la agonía, siempre presente, contrario
a la experiencia de la vida terrena que se presenta desde
el pretérito, para señalar la forma rápida
como pasa:
"y
es que oy he de perezer delante del tribunal de Dios; que
oy he de dar cuenta de mi vida; que de aquí a un
breve rato se me a de dar sentencia diffinitiva de salvación
o de condenación eterna." (Pedro de Solís,
1977, 84).
Uno
de los tiempos privilegiados es el pretérito y por
esto se anhela ese instante más valioso que el oro,
para el arrepentimiento:
"¡O
tiempo, tiempo! ¡O tiempo passado! ¡O tiempo precioso,
y más que todas las riquezas del mundo!" (Pedro
de Solís, 1977, 326).
Este
tiempo terreno, fugaz, se pierde fácilmente ("que
no es tiempo de perder tiempo"), conduce al infierno,
lugar donde eternamente se van a expiar las culpas; allí
todo es tenebroso y el tiempo se dilata, se extiende infinitamente;
un segundo es toda una eternidad.
La
naturaleza está por lo tanto al servicio de los personajes,
puesto que su idealización caracteriza la condición
noble de los mismos. Ésta no es un monte agreste sino
un "paraíso terrenal" que brinda todo
lo necesario a ciertos individuos ilustrados que tienen como
única labor adorar a Dios, a la Virgen y a Cristo crucificado.
Este paraíso igualmente es excluyente: desde el inicio
de la historia se ha privilegiado la naturaleza y la vida
ermitaña, y explícitamente se ha dicho que Arsenio
no es como ciertos sacerdotes que sólo buscan riquezas
y comodidades. La situación de la aventura es contraria
en parte a la actitud del autor, que contribuye a la construcción
del Convento de Monserrate en Santafé de Bogotá
y es capellán y notario del tribunal de la inquisición.
El autor, al trasladar a sus personajes del mundo citadino
al que pertenecen, al campo, no los coloca en conflicto, pues
allí reproduce el bienestar, las comodidades propias
de la condición socio-económica a la que pertenecen.
NOTAS
(1) La novela fue escrita a mediados del siglo
XVII por el neogranadino Pedro de Solís y Valenzuela
(1624, 1711). Hijo del cirujano español don Pedro Fernández
de Valenzuela y de doña Juana Vázquez de Solís.
Su pertenencia a una de las familias pudientes de la Colonia,
(entre sus tíos están Pedro Fernández de
Valenzuela, capitán al servicio del Rey en Italia y en
varias empresas con Gonzalo Jiménez de Quesada en la
Nueva Granada; y don Baltazar, "presbítero, natural
de Santafé", le posibilitó una educación
esmerada. En 1638, a los dieciséis años, obtiene
el título de bachiller. Don Pedro ejerció como
sacerdote en diferentes capellanías, como notario de
la Inqui
sición
y fundador de la ermita de Monserrate. Igualmente se encarga
de la administración de sus posesiones, una vez que es
el heredero único de los bienes de la familia, pues su
hermano Fernando viajó a España para ingresar
en la Cartuja del Paular y tres de sus cuatro hermanas ingresaron
a órdenes religiosas. Entre sus obras se cuentan "El
panegýrico sagrado" (1646), "Epítome
breve de la vida y muerte del ilustríssimo Doctor
Bernardino de Almansa" y "La fénix
cartujana". Ver: BRICEÑO Jáuregui, Manuel..
Estudio histórico-crítico de «El desierto
prodigioso y prodigio del desierto". Imprenta Patriótica
del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1983 p. 23-123.
(2)
El historiador Fernández de Piedrahita describe la Santafé
de entonces en los siguientes términos: «sus
calles son anchas, derechas, y empedradas de presente todas
con tal disposición, que ni en el Invierno se vén
lodos, ni fastidian polvos en el Verano: sus edificios altos,
y baxos son costosos, y bien labrados a lo moderno, de piedra,
ladrillo, cal, y texa, de suerte, que no lo exceden los de Castilla
(...). Los vezinos Españoles, que la habitan, y cada
día se aumentan, son mas de tres mil al presente, y hasta
diez mil Indios, poblados los mas en lo elevado de la Ciudad,
que llaman Pueblo Viejo, y en otro burgo, que tiene el Norte,
y llaman Pueblo nuevo (...) Repartese los que la habitan, assi
Españoles, como Indios, en tres Parroquias, y en lo perteneciente
a la catedral, que viene a ser lo mas granado, y numeroso, y
los que vulgarmente se llaman Criollos son de vivos ingenios:
hablan el idioma Español con mas pureza que todos los
demás de las Indias (...)». FERNÁNDEZ
DE PIEDRAHITA, Lucas. Historia General del Nuevo Reyno de
Granada. Libro primero.
(3)
"(...) valiéndose sólo para divertimiento
de buscar otro ameno sitio entre aquellas arboledas, que hallado,
y bueltos a sentar, le rogaron prosiguiesse en su dulce narración".
Pedro de Solís, 1984, 41. "(...) pactó
con él que el regocijo de aquel día fuesse en
un sitio, el más vistoso y apacible del mundo, en una
montaña o arboleda junto a la laguna de Ráquira,
distante de allí legua y media". PEDRO DE SOLÍS.
Op. cit. 1984, p. 1.
(4)
Este "buenos" es bastante ideológico:
los "buenos" evidentemente, no son sólo los
que aman a Dios, sino los que poseen una alta condición
social, económica y académica; es decir los pertenecientes
a la aristocracia neogranadina. Podemos recordar aquí
la poesía lírica de Teognis de Mégara,
en la cual los "buenos" son siempre los nobles, y
los "malos" los plebeyos.
(5)
Algunos de los llamados prodigios son: la imagen de Cristo crucificado
(Pedro de Solís, 1985, 9, Mansión I), la Virgen
de las nieves que ha obrado "singulares maravillas y
portentos", y la figura de San Bruno.
(6)
La adjetivación positiva resalta la nobleza del acto:
los manteles son limpios, las frutas secas y el agua clara;
lo ofrecido es llamado «manjar» por los comensales
que son «gallardos» y «jóvenes».
(7)
Arsenio, a pesar de ser un ermitaño, un anacoreta, es
presentado como alguien con gusto, con clase para atender a
sus huéspedes: "Tenía Arsenio gusto y
elección maravillosa en todo, y quiso que sus amables
huéspedes no se fuesen sin ver este jardín de
Flora y esta recreación de Pomona".
(8)
El antiguo anacoreta que vivió en dicha cueva y que recibió
a Casimira y a su raptor cuando llegaron de España se
llamaba Arsenio. Una vez este muere y Casimira se refugia en
el convento de la Popa en Cartagena, el español hereda
la cueva y el nombre del ermitaño
(9)
"Embió luego el Pe. Prior dos religiosos a prevenir
el sitio y alcanzar el beneplácito de un devoto que allí
tenía edifficada una quinta, estancia o recreación,
los cuales obedecieron promptos y se quedaron esperando gustosos".
Pedro de Solís. Op. cit. 1984, p. 1.
(10)
El llamado por el narrador "letor" aparece
como narratario del texto. A él se dirige el narrador
especialmente en los finales de las mansiones, invitándolo
a descansar, a hacer un receso tal como lo hacen los personajes.
(11)
Recordemos el concepto de extremosidad propuesto por José
Antonio Maravall: "La extremosidad, ése sí
sería un recurso de acción psicológica
sobre las gentes, ligado estrechamente a los supuestos y fines
del Barroco. Ni exhuberancia ni sencillo por sí, sino,
en cualquier caso, una u otra cosa, por razón de extremosidad,
por exageración". MARAVALL, José Antonio.
La Cultura del Barroco. Madrid, Ariel, 1990, 423.
|