"El motivo del encuentro en "El desierto prodigioso" de Pedro Solís y Valenzuela"


Arbey Atehortúa Atehortúa


El desierto prodigioso y prodigio del desierto, del neogranadino Pedro de Solís y Valenzuela, representa una de las obras fundacionales de la narrativa colombiana. En este ensayo exploramos la significación del espacio en la obra, a partir del motivo del encuentro,que sustenta la visión de mundo de un grupo de amigos (Pedro, Fernando, Antonio y Andrés) de la aristocracia santafereña. Dicho espacio se evidencia cerrado, exclusivo de los personajes que comparten la lectura de un cartapacio en un "remedo del paraíso terrenal", donde las contradicciones y los conflictos de tipo social, cultural y económico han sido eliminados, para postular como única alternativa del hombre la vida ascética y contemplativa.

 

El motivo del encuentro tiene, en El desierto prodigioso y prodigio del desierto(1), una función compositiva. Éste se institucionaliza y define relaciones espacio-temporales muy estrechas y significativas, contribuyendo a sustentar las cualidades socio-económicas y la visión de mundo de un grupo de personajes (Arsenio, Andrés, Pedro, Fernando y Antonio) que diariamente se dan cita para componer poemas y leer un cartapacio; no hay lugar para otras actividades, para otras vivencias en los momentos de encuentro. Los lugares para dichos encuentros son limitados: el campo y la gruta de Arsenio y secundariamente la casa de don Fernando y un convento en el Desierto de la Candelaria.

Aunque el grupo de personajes alrededor de los cuales gira la historia son citadinos, y poseen sus "quintas" con las comodidades de su condición, el lugar donde componen, recitan y se alimentan es el espacio abierto, el campo; la historia, incluso, comienza con una escena de cacería en el Desierto de la Candelaria. Los personajes excepcionalmente se dan cita en otro espacio, como en una casa por ejemplo, tal como ocurre cuando Andrés revela el secreto de la gruta de Arsenio a don Fernando, o cuando éste último lee las meditaciones a su amigo Martín. El argumento evade la vida citadina(2), la cual no existe como espacio de contradicción, de encuentro de diferentes fuerzas sociales. La ciudad sólo es una referencia física para exaltar la gruta de Arsenio; en la Mansión X se habla de ésta para elogiar o condenar los «dorados chapiteles», las «fábricas soberbias», las «erguidas torres» y los muros levantados, calificando todo esto de «desvanecidas grandezas»; el objetivo es oponer este espacio al «humilde edificio» de Arsenio que «respiraba cielo, que echava fragancia de santidad». Los personajes son, por lo tanto, urbanos, pero todo el tiempo permanecen en el campo, y reproducen allí las comodidades y prácticas de su clase, mediante una idealización y exaltación de la naturaleza que está al servicio del hombre; por esta razón las arboledas son descritas como "lugares deleytosos" y amenos, sitios "regados de un sonoro arroyuelo" donde se escucha el "acorde vihuela de las aves" que "en métricas capillas" cantan suavemente, y Arsenio vive en una casa o humilde edificio antes que en una cueva.

 
El espacio se convierte en una metáfora de la conversión, del redescubrimiento de la fe.

 

La idealización de la naturaleza se concreta con la designación de los lugares aledaños a la cueva de Arsenio como un verdadero "Paraíso terrenal", obedeciendo al imaginario heredado:

"donde tuvieron bien en qué deleytar la vista en ver un remedo y similitud del terrenal paraíso: tanta variedad de árboles, fuentes, flores, aves, animales" (Pedro de Solís, 1977, 2).

Es, por lo tanto, un espacio armónico, bello, sin peligros; los personajes encuentran allí lo necesario para vivir cómodamente; la naturaleza les brinda todo, incluso cortezas y tintes para escribir y alabar a Dios, única actividad de los hombres en esta especie de paraíso. Nuevamente se opera una exclusión, pues a este lugar no tienen acceso otros personajes, ni siquiera el padre de don Fernando y Pedro, el cual se retira en oración pero en el Desierto de Guaduas. Los personajes, además, nunca encuentran un nativo, a pesar de que el espacio definido es el de la Nueva Granada integrado en un 90% por población india. El único indicio del otro, de lo callado, es una «Choza Pajiza» deshabitada, hallada por Arsenio y Casimira; de sus posibles habitantes nunca se hablará, confirmando la exclusividad de este lugar para los humanistas neogranadinos.

Si bien los pecadores comienzan a vivir el infierno en la tierra, los "buenos" también empiezan a gozar del paraíso antes de morir. El simbolismo de este espacio se aclara con su rápida transformación en un monte lleno de fieras, cuando es necesario castigar y dar una lección ejemplificante, tal como ocurre con Arsenio una vez ha sido abandonado por los piratas holandeses en la costa caribeña. El eremita, que era entonces un joven con una vida licenciosa, entregado a los placeres terrenos, rapta a su prima Casimira y en poder de un gran capital huye con ella hasta América. Después de numerosas penalidades, la pareja termina deambulando por el Desierto de la Candelaria; a pesar de dichas penalidades y del sufrimiento de Casimira, Arsenio persiste en el deseo de hacerla su esposa. Es entonces cuando la naturaleza se transforma para darle una lección edificante: el lugar se torna malsano e inhóspito; el narrador deja de llamarlo "paraíso" y pasa a utilizar la palabra "monte" pues a la falta de frutos, de comida, se suma la presencia de animales salvajes que amenazan con devorarlos; los aullidos señalan la amenaza e incrementan el miedo del personaje. La noche, tiempo privilegiado en esta secuencia, tampoco es tranquila y apacible pues las tormentas y los rayos se presentan como verdaderos peligros. El pasaje llega a su clímax una noche tormentosa en que Arsenio deambula por el monte en busca de Casimira, en medio de una gran tempestad y rodeada de fieras ("Aumentó mi horror"), se refugia en la cavidad de un tronco; esta experiencia transforma al personaje, que decide dejar atrás sus aspiraciones mundanas y asume una vida contemplativa. Casimira, por su parte, ingresará al Convento de la Popa en Cartagena.

Lo llamado, entonces, "desierto" está surcado por sonoros arroyuelos y floridos huertos donde se escuchan las melodías de las aves. Arsenio y sus amigos se reúnen en arboledas junto a la laguna de Ráquira, en lugares frescos y apacibles(3); estos espacios producen el asombro de los personajes a pesar que es allí donde regularmente iban de cacería. La naturaleza parece haber sufrido una transformación después que Andrés descubre las revelaciones sagradas contenidas en el cartapacio de Arsenio; antes de dicho contacto, el espacio es descrito como una «obscura selva» y las nubes vendan los ojos con sus «obscuras nieblas» (Pedro de Solís, 1977, 150); es la fe, el amor a Dios unido a una determinada situación social lo que posibilita el ingreso a un nuevo espacio, reflejo de lo que le espera a los hombres "buenos"(4) después de la muerte:

"Todo le parezía prodigio y estaba tan fuera de sí que le parezía que aquello que vía no era real sino imaginario, y cassí, si no diera crédito al tacto, perseverara en este error" (Pedro de Solís, 1977, 29).

El Desierto de la Candelaria, donde ocurren los hechos, es desierto en cuanto a impíos o nativos; por eso es propio para la vida ermitaña, anacorética, pero no es en ningún sentido un desierto natural. Por los hechos que ocurren allí es llamado "desierto prodigioso"(5), lugar armonioso y apacible que no revela contradicciones. Espacio idílico, donde los personajes viven cómodamente sin que nada los perturbe o les falte; al contrario, el canto de los pájaros es una sonora música y la abundancia de frutos y peces son verdaderos manjares. Las actividades nocturnas, por otra parte, desaparecen casi por completo; cuando llega la noche, el narrador invita a los personajes y al "letor" a descansar hasta la siguiente mansión, hasta el siguiente día.

El espacio se convierte en una metáfora de la conversión, del redescubrimiento de la fe. Las salidas al campo tienen como único fin buscar los sitios amenos, vistosos y apacibles para alabar a Dios mediante la escritura y recitación de poemas. La mañana y la tarde son los momentos preferidos por los personajes para el ejercicio poético, resguardándose a la hora de medio día y terminando las jornadas con la llegada de la noche. El motivo del encuentro define por lo tanto sus condiciones tempo-espaciales: el campo idealizado, el día y la dedicación exclusiva al ejercicio poético; durante la noche este motivo desaparece y en ciertas ocasiones la idealización del espacio. La noche aporta una experiencia distinta, macabra, al ser el ambiente predominante en el inframundo según la meditación sobre el infierno. La oscuridad es igualmente la característica del cuarto donde el padre de don Fernando guarda una mortaja y un ataúd.

El único espacio "cerrado" privilegiado por la historia es la gruta donde habita Arsenio. Si bien el significado primario de "cueva" dado por el Diccionario de la Real Academia Española es "Cavidad subterránea más o menos extensa, ya natural, ya construida artificialmente", ésta en especial tiene unas características particulares: el narrador pocas veces la llama cueva, cuando lo hace agrega el adjetivo "prodigiosa", distinguiéndola de otras grutas que hay en aquel desierto. El narrador utiliza con más frecuencia los términos habitación, pieza, lugar de descanso, celda o «ermita» para referirse a la morada de Arsenio; la caracterización de este espacio como algo singular, como una "casa" antes que como una cueva, queda marcado en la descripción de ciertas "ventanas" por las que penetran los rayos solares:

«(...) caminando animoso, a poco rato se halló en una limpia y adornada pieza bastantemente bañada de la luz de los solares rayos, que por una ventana la visitaban" (Pedro de Solís, 1977, 15).

Resaltamos los adjetivos "limpia" y "adornada" y la calificación del espacio como un lugar iluminado y creado por el cielo, reproduciendo cualidades palaciegas. Si es allí donde cuatro personajes de la alta clase neogranadina pernotan, indirectamente se reproducen las comodidades a que están acostumbrados. Nuevamente la falsa renuncia, el aparente abandono; esta cueva es más bien un lugar privilegiado, un regalo de Dios.

Relacionado con el espacio, aparece una serie de prácticas culturales, distintivas de una clase. Una de ellas es la de la comida, la gran cena, que igualmente se realiza en la morada de Arsenio y en otras ermitas cercanas, afirmando la lectura de este espacio como algo aristocrático:

"En esto se levantó Arsenio y, poniendo unos limpios manteles en la messa, sacó del escritorio de una peña algunas frutas secas y agua clara de la fuente, y les dio de cenar, estimando los jóvenes gallardos más aquellos simples manjares que otros que consigo traýan, de que procuraron gustasse Arsenio, el qual, por no entristezerlos, lo hizo con mucha templanza. Platicaron destos raros succesos, esperando otros mayores de tales principios y, acabada la cena, pidieron a Arsenio refiriesse la carta (...)" (Pedro de Solís, 1977, 172).

La palabra «cena» se repite tres veces en este fragmento, señalando la importancia del acto que identifica una actitud aristocrática de los personajes. No obstante, Arsenio ha dicho que es una «humilde cena, que os ha preparado mi pobreza», reiterando su condición de anacoreta; sin embargo, la descripción de la comida crea el ambiente de un gran acto, que obliga a abandonar la idea de gruta: Arsenio tendió unos «limpios manteles» sobre una «messa», hecho que traslada al lector de la imagen sugerida por una cueva, a otro tipo de espacio. Igualmente, aunque lo ofrecido son frutos, el narrador aclara que Arsenio los extrajo del «escritorio de la peña», indicando que se almacenan los alimentos y que no ha sido necesario salir al «paraíso terrenal», aunque provengan de allí(6). El autor traiciona así lo que expresamente predica con este hecho aristocratizante, propio de la condición social, económica de un grupo privilegiado(7).

La calidad de estos "simples manjares" es tan importante que la comida permanentemente sirve de metáfora para la creación literaria; de esta manera, un poema puede ser llamado "sazonado plato", "postre", y una sesión de poesía una buena "merienda":

"(...) y mucho devemos a la memoria de Antonio, pues nos ministra tan sazonados platos (...). Más Dn. Pedro dijo que él quería dar el buen postre con lo que avía prometido" (Pedro de Solís, 1977, 152).

 
...los ratos de esparcimiento se realizan en espacios idealizados (la cueva de Arsenio, el Desierto de la Candelaria y el Desierto de Guaduas), lugares destinados para el recogimiento, para la fe; en éstos sólo ocurre la conversión, la entrega a Dios.

 

El campo semántico aristocrático descrito por la comida, lo completa las suaves melodías y "arpadas lenguas" de los pájaros y otros fenómenos como la claridad de la cueva y la tranquilidad de los personajes. El narrador termina caracterizando la gruta más bien como una especie de "quinta" similar a la que habitan Pedro y Fernando y algunos clérigos en el Desierto de la Candelaria; a dicha cueva se han trasladado las comodidades, el ambiente de la vida citadina.

Otro hecho que exalta, que singulariza la cueva de Arsenio, es que ella es un paso que comunica un monte agreste con un espacio idealizado; al extremo de la gruta hay una puerta cerrada, más propia de una casa que de una cueva, que conduce al llamado "remedo del paraíso terrenal". Andrés, que ingresó accidentalmente a la gruta, no puede abrirla, las llaves están en el "Cartapacio de las meditaciones"; por esto, el conocimiento de las revelaciones, una vez que los personajes ya han sido impresionados por Arsenio y sus escritos, lo continúan en dicho lugar. Cuando éstos ingresan a este espacio, se comportan como si descubrieran un nuevo mundo, no obstante es en los alrededores donde frecuentemente van de cacería. Dicho soto es entonces simbólico, pues representa el premio para quienes viven en el amor de Dios.

"Dio buelta a toda la pieza; llegó a una puerta, que por estar cerrada por de fuera, no pudo abrir; aplicó la vista a los resquicios y quanto pudo alcanzar fue una vistosa aunque silvestre arboleda; todo le parezía prodigio y estaba tan fuera de sí que le parezía que aquello que vía no era real sino imaginario" (Pedro de Solís, 1977, 29).

La cueva igualmente es un santuario donde se produce la renovación de la fe de Andrés y posteriormente de Pedro, Fernando y Antonio; es además el lugar escogido por dos eremitas(8) a pesar de existir conventos cercanos. La cueva es símbolo de la vida anacoreta, de los regulares, aunque la privación de los personajes con esta forma de vida es mínima y la disposición explícita por los "regulares" termina siendo aparente.

Hay otro elemento que problematiza y exalta el simbolismo de la cueva de Arsenio: el eremita, abandonado por piratas holandeses, encuentra una "choza pajiza" repleta de alimentos; de sus posibles habitantes nada se dice a pesar de los indicios. La palabra "choza" remite a lo autóctono, a lo nativo, pero los personajes sólo entran en contacto temporalmente con este lugar, buscando abrigo y comida. El lugar tampoco opera ninguna transformación en los personajes y aparece más como un accidente en aquel lugar despoblado. Esta alusión se opone abiertamente a la mención de cierta "quinta", "estancia" o "recreación" que el Pe. Prior tiene dispuesto para una atención a Arsenio y sus amigos cerca de la laguna de Ráquira(9). El argumento niega así la interacción con los otros grupos étnicos y acomoda de esta forma los hechos, justificándolos pobremente; el paraíso terrenal mostrado por el segundo Arsenio es sólo para los privilegiados socialmente.

Otros espacios cerrados y artificiales pasan a un segundo plano. Los personajes escasamente visitan la casa de don Fernando o las ermitas e iglesias próximas al Desierto de la Candelaria. Cuando se describe una situación de éstas es mediante la técnica del resumen, pasando rápidamente a otra situación; ni siquiera el ingreso de Fernando a la Cartuja del Paular traslada la historia a los conventos; los personajes seguirán leyendo y contestando al monje desde el campo, tal como lo hacen en el Desierto de Guaduas donde el padre de don Pedro se ha retirado en oración.

Concluyendo, los ratos de esparcimiento se realizan en espacios idealizados (la cueva de Arsenio, el Desierto de la Candelaria y el Desierto de Guaduas), lugares destinados para el recogimiento, para la fe; en éstos sólo ocurre la conversión, la entrega a Dios. Los personajes se dan cita en las horas de la mañana y la tarde y descansan al medio día debido al intenso calor, y en las noches por la falta de luz natural, e invitan al "letor(10)" a hacer lo mismo. La noche(11) y su evocación del juicio final y el infierno, es el momento donde el espacio se transforma en monte, en "selva obscura" y aparecen las fieras para intimidar a los pecadores. Si bien los aspectos macabros se sugieren por la contemplación de restos óseos humanos, el único lugar fantasmagorial es el cuarto de don Fernando. La gruta de Arsenio está adornada con imágenes y calaveras, pero la luz solar le imprime una claridad especial.

La idealización del espacio busca la fusión, la compenetración de los personajes con Dios. La única función de éstos en aquel "remedo del paraíso terrenal" es alabar a Dios mediante poemas y tratar temas religiosos. Mientras se dedican a esta labor el tiempo no transcurre con sus horas y minutos; el tiempo cronológico desaparece y toma su lugar uno ambiental, marcado por hechos y fenómenos naturales: el canto de las aves en las horas de la mañana, que con sus dulces gorgoteos dispone a los personajes para escuchar a Arsenio y sirven de materia de comparación con la sonoridad de los poemas del eremita:

"Mas gustosos quedaron D. Fernando, D. Pedro y Antonio de oír a Arsenio que de la sonora música de las aves que a aquella hora gorgeaban (...)" (Pedro de Solís, 1977, 446);

la posición del sol que brinda a los personajes el momento apropiado para leer y componer y les señala el momento del descanso matinal, del reposo nocturno, de la interrupción y hasta del encuentro:

"Viendo que aún sobraba tiempo y que el sol todavía alumbraba el emisferio" (...) "y no bien apenas comenzaban las nubes a vendar los ojos del cielo con sus obscuras nieblas; quando entró en ella su dichoso habitador (...)" (1977, 150). "Aun no había llegado el sol a la mitad" (Pedro de Solís, 1977, 337).

El tiempo se dilata, se esfuma, es una agradable experiencia pues los personajes lo dedican a "servir" a Dios:

"(...) que no avían sentido pasar el día y que en cierta manera (aunque descanso común) les avía pesado que se acercasse la noche." (Pedro de Solís, 1984, 102).

Distinta, por supuesto, es la experiencia del tiempo de la agonía que se prolonga dolorosamente; cada momento, cada instante cobra dimensiones exorbitantes por el grado de sufrimiento que lo acompaña; este parece ser uno de los momentos más significativos en la vida del hombre:

"mas como el tiempo no para, al fin se llega el día de la muerte, y, hago cuenta que es hoy".

El tiempo que precede dicho instante es fugaz, breve, y se recomienda utilizarlo exclusivamente para la salvación del alma, el hombre debe vivir "como quien ve siempre la espada levantada sobre sí", de ahí la pregunta en la cuarta meditación:

"¿Quién no empleará toda su vida en tener una buena muerte?" (Pedro de Solís, 1977, 84, 82, 90).

 

La imagen del paraíso y el infierno

Las meditaciones plantean igualmente la existencia de dos lugares, sitios de encuentro que adquieren valor ideológico y características espacio-temporales bien definidas: el paraíso y el infierno; el cielo es hermoso, tranquilo, repleto de frutos, apacible, claro, etc.; contrariamente, el infierno es oscuro, maloliente, plagado de monstruos, fieras y martirios; ambos lugares son para experiencias eternas, y todo lo que el hombre recibe allá es exagerado: felicidad sin límites junto a Dios o sufrimientos enormes. Estos espacios entran en relación con la vida terrena la cual es pasajera, fugaz, de pecado y vanidad. El sentido de la vida debe ser, por lo tanto, preparar un momento, el de la agonía, cuando se comparecerá ante Dios y se logrará la salvación o la condena eterna. Pero en esta vida terrena, en menor escala, se reproduce el paraíso o el infierno que le esperan al hombre: Pedro, Fernando, Andrés, Antonio y Arsenio viven en santidad y por eso habitan en un "remedo del paraíso terrenal"; otros, los pecadores, los "malos", pueden sufrir castigos horribles, que en la tierra los ejecuta la Institución inquisitorial. El hombre sufre entonces cuando se da cuenta que desaprovechó minutos valiosos para preparar la salvación del alma; la obra adquiere así caracteres moralizantes, pedagógicos pues quiere ser ejemplificante:

"O, qué daría yo por una hora de tiempo de las muchas que ahora pierdo...¡O, quién diesse gritos de lo íntimo de su corazón llorando la vida passada!" (Pedro de Solís, 1977, 88-89).

Este tiempo terreno puede remitirse a "beynte o quarenta años", pero lo único importante es el momento de la agonía, siempre presente, contrario a la experiencia de la vida terrena que se presenta desde el pretérito, para señalar la forma rápida como pasa:

"y es que oy he de perezer delante del tribunal de Dios; que oy he de dar cuenta de mi vida; que de aquí a un breve rato se me a de dar sentencia diffinitiva de salvación o de condenación eterna." (Pedro de Solís, 1977, 84).

Uno de los tiempos privilegiados es el pretérito y por esto se anhela ese instante más valioso que el oro, para el arrepentimiento:

"¡O tiempo, tiempo! ¡O tiempo passado! ¡O tiempo precioso, y más que todas las riquezas del mundo!" (Pedro de Solís, 1977, 326).

Este tiempo terreno, fugaz, se pierde fácilmente ("que no es tiempo de perder tiempo"), conduce al infierno, lugar donde eternamente se van a expiar las culpas; allí todo es tenebroso y el tiempo se dilata, se extiende infinitamente; un segundo es toda una eternidad.

La naturaleza está por lo tanto al servicio de los personajes, puesto que su idealización caracteriza la condición noble de los mismos. Ésta no es un monte agreste sino un "paraíso terrenal" que brinda todo lo necesario a ciertos individuos ilustrados que tienen como única labor adorar a Dios, a la Virgen y a Cristo crucificado. Este paraíso igualmente es excluyente: desde el inicio de la historia se ha privilegiado la naturaleza y la vida ermitaña, y explícitamente se ha dicho que Arsenio no es como ciertos sacerdotes que sólo buscan riquezas y comodidades. La situación de la aventura es contraria en parte a la actitud del autor, que contribuye a la construcción del Convento de Monserrate en Santafé de Bogotá y es capellán y notario del tribunal de la inquisición. El autor, al trasladar a sus personajes del mundo citadino al que pertenecen, al campo, no los coloca en conflicto, pues allí reproduce el bienestar, las comodidades propias de la condición socio-económica a la que pertenecen.


NOTAS


(1) La novela fue escrita a mediados del siglo XVII por el neogranadino Pedro de Solís y Valenzuela (1624, 1711). Hijo del cirujano español don Pedro Fernández de Valenzuela y de doña Juana Vázquez de Solís. Su pertenencia a una de las familias pudientes de la Colonia, (entre sus tíos están Pedro Fernández de Valenzuela, capitán al servicio del Rey en Italia y en varias empresas con Gonzalo Jiménez de Quesada en la Nueva Granada; y don Baltazar, "presbítero, natural de Santafé", le posibilitó una educación esmerada. En 1638, a los dieciséis años, obtiene el título de bachiller. Don Pedro ejerció como sacerdote en diferentes capellanías, como notario de la Inqui

sición y fundador de la ermita de Monserrate. Igualmente se encarga de la administración de sus posesiones, una vez que es el heredero único de los bienes de la familia, pues su hermano Fernando viajó a España para ingresar en la Cartuja del Paular y tres de sus cuatro hermanas ingresaron a órdenes religiosas. Entre sus obras se cuentan "El panegýrico sagrado" (1646), "Epítome breve de la vida y muerte del ilustríssimo Doctor Bernardino de Almansa" y "La fénix cartujana". Ver: BRICEÑO Jáuregui, Manuel.. Estudio histórico-crítico de «El desierto prodigioso y prodigio del desierto". Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1983 p. 23-123.

(2) El historiador Fernández de Piedrahita describe la Santafé de entonces en los siguientes términos: «sus calles son anchas, derechas, y empedradas de presente todas con tal disposición, que ni en el Invierno se vén lodos, ni fastidian polvos en el Verano: sus edificios altos, y baxos son costosos, y bien labrados a lo moderno, de piedra, ladrillo, cal, y texa, de suerte, que no lo exceden los de Castilla (...). Los vezinos Españoles, que la habitan, y cada día se aumentan, son mas de tres mil al presente, y hasta diez mil Indios, poblados los mas en lo elevado de la Ciudad, que llaman Pueblo Viejo, y en otro burgo, que tiene el Norte, y llaman Pueblo nuevo (...) Repartese los que la habitan, assi Españoles, como Indios, en tres Parroquias, y en lo perteneciente a la catedral, que viene a ser lo mas granado, y numeroso, y los que vulgarmente se llaman Criollos son de vivos ingenios: hablan el idioma Español con mas pureza que todos los demás de las Indias (...)». FERNÁNDEZ DE PIEDRAHITA, Lucas. Historia General del Nuevo Reyno de Granada. Libro primero.

(3) "(...) valiéndose sólo para divertimiento de buscar otro ameno sitio entre aquellas arboledas, que hallado, y bueltos a sentar, le rogaron prosiguiesse en su dulce narración". Pedro de Solís, 1984, 41. "(...) pactó con él que el regocijo de aquel día fuesse en un sitio, el más vistoso y apacible del mundo, en una montaña o arboleda junto a la laguna de Ráquira, distante de allí legua y media". PEDRO DE SOLÍS. Op. cit. 1984, p. 1.

(4) Este "buenos" es bastante ideológico: los "buenos" evidentemente, no son sólo los que aman a Dios, sino los que poseen una alta condición social, económica y académica; es decir los pertenecientes a la aristocracia neogranadina. Podemos recordar aquí la poesía lírica de Teognis de Mégara, en la cual los "buenos" son siempre los nobles, y los "malos" los plebeyos.

(5) Algunos de los llamados prodigios son: la imagen de Cristo crucificado (Pedro de Solís, 1985, 9, Mansión I), la Virgen de las nieves que ha obrado "singulares maravillas y portentos", y la figura de San Bruno.

(6) La adjetivación positiva resalta la nobleza del acto: los manteles son limpios, las frutas secas y el agua clara; lo ofrecido es llamado «manjar» por los comensales que son «gallardos» y «jóvenes».

(7) Arsenio, a pesar de ser un ermitaño, un anacoreta, es presentado como alguien con gusto, con clase para atender a sus huéspedes: "Tenía Arsenio gusto y elección maravillosa en todo, y quiso que sus amables huéspedes no se fuesen sin ver este jardín de Flora y esta recreación de Pomona".

(8) El antiguo anacoreta que vivió en dicha cueva y que recibió a Casimira y a su raptor cuando llegaron de España se llamaba Arsenio. Una vez este muere y Casimira se refugia en el convento de la Popa en Cartagena, el español hereda la cueva y el nombre del ermitaño

(9) "Embió luego el Pe. Prior dos religiosos a prevenir el sitio y alcanzar el beneplácito de un devoto que allí tenía edifficada una quinta, estancia o recreación, los cuales obedecieron promptos y se quedaron esperando gustosos". Pedro de Solís. Op. cit. 1984, p. 1.

(10) El llamado por el narrador "letor" aparece como narratario del texto. A él se dirige el narrador especialmente en los finales de las mansiones, invitándolo a descansar, a hacer un receso tal como lo hacen los personajes.

(11) Recordemos el concepto de extremosidad propuesto por José Antonio Maravall: "La extremosidad, ése sí sería un recurso de acción psicológica sobre las gentes, ligado estrechamente a los supuestos y fines del Barroco. Ni exhuberancia ni sencillo por sí, sino, en cualquier caso, una u otra cosa, por razón de extremosidad, por exageración". MARAVALL, José Antonio. La Cultura del Barroco. Madrid, Ariel, 1990, 423.

 

 

 


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