"Electra Garrigó: teatro de la modernidad"


Rigoberto Gil Montoya


Reescritura, palimpsesto, pastiche, recuperación del pasado, trabajo sobre materiales que implican una memoria, la modernidad se erige fortaleza de un mundo que se mueve y se atomiza. El teatro, en cuanto texto que reclama su propia estética, no podría permanecer ajeno a los asuntos de la modernidad literaria. Para ello, arriesgáremos una mirada a Electra Garrigó, obra fundamental en el trabajo artístico del cubano Virgilio Piñera.

 

El sentido del mito y su tratamiento

El mito como sustancia de vida e interpretación de la realidad, supone en la antigua Grecia la puesta en marcha de una moral y una ética que hicieran posible el orden del cosmos, bajo la tutela del ser humano, cuyo destino siempre estará a merced de las divinidades que a la postre son las que sostienen o modifican ese orden, indicándole en muchos casos la manera como debe proceder ante los ritmos y palpitaciones de la complejidad terrena. En este sentido Grecia destaca por la riqueza de su universo mítico, en cuyas coordenadas se mueven fuerzas poderosas encargadas de animar el cosmos e incluso de enmarañarlo, puesto que este mundo se rige sobre la base de la oposición que mantiene el equilibrio, como para resaltar el hecho de que el hombre, con todo y sus contradicciones, alienta la vida entre el bien y el mal. De ahí la gama de dioses que señalan el rumbo de la vida. Cada mito surge como una lección para el mundo: "Si algo debe imitarse -enfatiza el estudioso José de la Cruz Herrera- del arte griego entre nosotros, son sus modos eternos"(1). De ahí su permanencia, su aspecto clásico, intemporal, que lleva incluso a que sus mitos continúen representándose en el presente siglo, con todas las variables que ello implica, por supuesto, pero conservando su esencia moral y ética. En el mito, interpretación, dilucidación de una realidad que exige su conocimiento, juega sobre todo el sentido humano y su relación con los elementos de la naturaleza, a través de ritos o fiestas que buscan el beneplácito de sus dioses, esto es, fuerzas que desde algún lugar del universo tejen y destejen la memoria de sus benefactores. Así, el lugar que ha ocupado Baco o Dionisos ha sido fundamental. Este dios, factor que impulsa la creación, el placer y la alegría, es decir, el sentimiento pagano, ha sido motivo, por parte de los seres humanos, de múltiples representaciones a través del arte como prolongación de lucidez y vigilia. De este impulso surge la tragedia.

Los orígenes de la tragedia se entrelazan con los corifeos del ditirambo, es decir, cantos rituales en honor a Dionisos y en no pocas ocasiones al culto de los héroes. En el capítulo cuarto de su Póetica, Aristóteles afirma que puede hablarse de un segundo origen: el satiricón, lenguaje no exento de ironía y temas jocosos, en boca de los sátiros "...parientes de los múltiples demonios de la fertilidad de otros pueblos"(2), según lo observa Albin Lesky, de donde surge una estrecha relación entre historia y drama. Para José de la Cruz Herrera lo que se conoce con el nombre de Tragedia ha estado ligado a los cantos religiosos, al sacrificio sangriento del chivo, o si se prefiere, la alegoría de los festejantes, bajo el disfraz de macho cabrío(3). Martín Alonso(4), por su parte, llama la atención sobre la tragedia como una de las creaciones artísticas más representativas de la democracia ateniense, tanto por la variedad y multiplicidad de los temas tratados -con sus oposiciones y contradicciones-, como por el hecho de su representación, de cara al público conformado por las diversas capas sociales, atento a rendir homenaje, en cada puesta en escena, al dios de la ebriedad y del ensueño.

Uno de los mitos que ha logrado la permanencia a través de los tiempos, como lo que sucede con todo lo griego, tiene como centro de interés las circunstancias enfrentadas por Electra, hija del Océano y sobrina de Atlas, integrante de las Hespérides -formadoras de la constelación de las Pléyades o Atlantidas, al interior de una familia noble que marcó para el mundo el ejemplo de que la traición y la venganza pueden enconar los más duros odios y las más funestas consecuencias a nivel social y moral.

Agamenón, rey de Argos, hermano de Menelao, rey espartano, es el esposo de Clitemnestra, hija de Tíndaro. La relación entre ellos es en apariencia buena. Sin embargo, un incidente pareciera servir de pretexto para que el odio eche raíces en la pareja. Agamenón se dirige con su ejército hasta Troya; allí enfrenta una desavenencia con Aquiles, a causa de una esclava llamada Briseida. No obstante, todos le reconocen su gran capacidad y estrategia bélica, demostrada a sus anchas en el sitio de Troya. A la espera de que los vientos le sean propicios para avanzar con sus tropas al campo de batalla, sacrifica a su hija Ifigenia, en honor de la diosa Minerva, quien la convierte en su esclava y la conduce hasta su reino. Al saberlo, Clitemnestra entra en cólera y decide ahora sí poner en marcha su plan, en compañía de Egisto, quien ante la ausencia de Agamenón se nombra rey de Argos, convirtiéndose en tirano y despótico, hasta el punto que manda a encarcelar a los dos hijos de la pareja, Orestes y Electra, para evitar futuras represalias. Una vez retorna del campo de batalla a sus tierras, la pareja de amantes le ocasiona la muerte a Agamenón. Ante estos hechos trágicos, uno de los fieles del antiguo rey, el venerable pedagogo, logra esconder al niño Orestes, como presagiando que el tirano desea su muerte, para evitar que alguien de la familia cobre venganza por crimen tan atroz. El niño es exiliado por muchos años en la corte de Estrofio, rey de Fócida, quien lo ha recibido gustoso al enterarse de la traición de Clitemnestra y su amante Egisto. Entretanto, la princesa Electra enfrenta una dolorosa soledad, pues se muestra reacia a vivir como si nada al interior del palacio que antes fuera el hogar de su padre asesinado. Temeroso, Egisto obliga al matrimonio a Electra con un labrador -hay quienes sostienen que proviene de cuna elevada-, con el objeto de que sus hijos no nazcan nobles y por lo tanto no atenten contra su tiranía. De lo que no se entera Egisto, es que este labrador, antiguo súbdito de Agamenón, se convierte en aliado de la fuerte mujer y decide ayudarla en todo para que cobre venganza.

 
En el mito, interpretación, dilucidación de una realidad que exige su conocimiento, juega sobre todo el sentido humano y su relación con los elementos de la naturaleza, a través de ritos o fiestas que buscan el beneplácito de sus dioses, esto es, fuerzas que desde algún lugar del universo tejen y destejen la memoria de sus benefactores


Electra espera con impaciencia el regreso de su hermano Orestes para hacer justicia. En efecto, este se presenta disfrazado años después y sólo es reconocido por el pedagogo por una marca física de infancia. Los hermanos planean la muerte de su madre Clitemnestra y su compañero, lo cual consiguen con cierta facilidad. A pesar de ser justa la venganza, Orestes entra en crisis por el crimen cometido y decide huir hacia tierras de Grecia y Atenas. Acosado por divinidades malignas, las Furias o Erinias, este joven heredero empieza una peregrinación dolorosa, en compañía de su gran amigo Pílades, hijo del rey de Fócida, cuyas duras pruebas le hacen perder la razón por momentos. Para evitar el castigo de las Furias y con la tutela de Ifigenia, quien logra la protección de la diosa Palas Atenea para su desesperado hermano, Orestes consulta el Oráculo de Delfos. Se le encarga la misión de traer de Quersoneso, en Táurida, la estatua de Minerva. Al lado de su amigo enfrenta duras pruebas, en una de las cuales, presos, enaltecen el valor de la amistad cuando uno de ellos debe morir y sin embargo el otro ofrece su vida a cambio de proteger al ser con quien compartió su infancia y adolescencia. No obstante logran salir ilesos y venerar a su diosa protectora. Orestes reina pacíficamente Argos, se casa con Hermione, hija de Menelao y de Helena. Por otra parte, Electra se casa con Pílades. Orestes muere a los noventa años de edad, víctima de la mordedura de una serpiente.

 

Versiones de un mismo hecho

Amparado por la libertad, el creador asume la vida desde su propia circunstancia, ofreciendo una visión de mundo que en todo caso responde a intereses particulares. Los motivos tal vez sean los mismos: resaltar un hecho del que puede derivarse una lección. El mito de Electra preocupó sobre manera a tres de los más esclarecidos dramaturgos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Cada uno de ellos remarcó en sus obras detalles, personajes, maneras de apreciar el drama, con el objeto quizá de ofrecer una lección ética de este mito tan apreciado por dramaturgos y poetas.

Esquilo es autor de la trilogía Orestiada, compuesta por las obras Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides. En Agamenón hace hincapié en el personaje del rey de Argos, mientras el coro alude constantemente a la tragedia. Después de ser anunciado el fin de la batalla de Troya, Agamenón regresa a su trono con su concubina Casandra, hija de rey de Troya. Le pide a su esposa Clitemnestra que reciba a la bella mujer, pero ésta ya tiene el plan preparado: dar muerte a su esposo, ayudada por Egisto. Al final, Clitemnestra ofrece su espada para que no se derrame más sangre.

En Las Coéforas -portadoras de libaciones- se refiere la venganza de Orestes, de cómo siendo niño, Electra lo salvó al esconderlo en casa de un pariente. Orestes, bajo la tutela de Apolo regresa a Argos y tras artimañas, da muerte a la pareja de amantes, vengando así la traición de la que fuera víctima su padre.

En Las Euménides -las bondadosas- se relata el sufrimiento de Orestes quien es atormentado por las Furias, como castigo por haber dado muerte a su propia madre. No obstante, la diosa Minerva lo defiende y hace que las Furias se conviertan en bondadosas y le permitan regresar al protegido a su ciudad de origen para reinar.

Por su lado, Eurípides escribe Electra, donde hace énfasis en la angustia de la hija de Agamenón, mostrándola un poco doméstica, hacéndosa con el labrador Miceno, con quien Egisto y Clitemnestra la han obligado a casarse, cuando ya era pretendida por próceres de Grecia. Sin embargo, el carácter de Electra es fuerte mientras planea la venganza y por eso condesciende a veces a la sumisión, aunque sufra demasiado por la tragedia en la que su venerado padre perdió la vida:

Electra desventurada me llaman los ciudadanos. ¡Ay de mis duros trabajos, ay de mi dura existencia!¡Oh Agamenón, padre mío, en Hades tu alma reposa, degollado por Egisto y tu esposa!¡Lanza los mismos suspiros, goza el placer de las lágrimas!(5).

Aquí es ayudada por su esposo, mientras Orestes regresa de la clandestinidad. El Labrador Miceno deja claro que "...este esposo no ha mancillado el lecho de Electra, quien conserva su virginidad"(6), y que ella podrá encontrar en él siempre un aliado incondicional, quizá porque desea tanto como Electra la venganza de la muerte de su rey, de quien proclama sus virtudes guerreras y huma
nas durante el primer acto.

El argumento de la Electra de Sófocles es un poco similar al de Las Coéforas de Esquilo, pero aquí Orestes es apenas el instrumento que ejecuta la implacable venganza ideada por Electra. Y aquí vale destacar, según Luis Alberto de Cuenca: "...el hecho de que el horror del matricidio no preocupe en absoluto a Sófocles, que atribuye su responsabilidad al oráculo que lo ha ordenado"(7)Destaca, por otra parte, la forma como el drama se concentra todo en el carácter de Electra, en su dolor interno por una muerte que llorará por siempre y alentada a actuar por un Coro que viene a tomar partido, como si de esta forma la venganza fuera voz popular:

 

Coro

¡Oh niña, Electra, hija de la más funesta madre!¿Por qué te consumes en tan incesantes lamentos, llorando a tu padre Agamenón, que, tiempo ha, preso impíamente en los engaños de tu dolosa madre, fue asesinado a traición? Perezca quien tal hizo, si me es permitido manifestar mi deseo(8).

Ya a mediados del este siglo y como una forma de expresar a través del teatro problemas y sentires de carácter universal, algunos escritores y dramaturgos latinoamericanos se empeñaron en crear obras que revivieran ciertos mitos griegos, adaptándolos a las necesidades de su presente, luego de que disciplinas como el psicoanálisis y la psicología tomaran estos relatos bajo eufemismos y metalenguajes, para tratar de comprender taras o problemas inherentes a la humanidad. El cubano Virgilio Piñera, escritor, dramaturgo, poeta, traductor y ensayista, escribió la obra Electra Garrigó a comienzos de los años cuarenta, versión sui generis del mito de Electra, con la cual intenta recrear problemas de tipo universal, pero a la vez respondiendo por una visión de mundo al interior de un espacio concreto americano.

 
Amparado por la libertad, el creador asume la vida desde su propia circunstancia, ofreciendo una visión de mundo que en todo caso responde a intereses particulares.


Electra garrigó: Concierto irónico

Virgilo Domingo Piñera Llera nació en Cárdenas, Cuba, en 1912. Desde muy temprano se destaca por su capacidad crítica en pos de edificar una literatura ajena al costumbrismo y nacionalismo impuestos por la figura mítica de José Martí y por una serie de escritores más comprometidos con gestas revolucionarias que con propuestas estéticas renovadoras, cuyas obras, hasta la fecha, han merecido muy poca atención por parte de la crítica. Piñera está muy cerca de escritores tan disímiles como Lezama Lima, Severo Sarduy y Guillermo Cabrera Infante, al considerar, valga la metáfora, el lenguaje como su principal compromiso. Al menos así lo entendieron escritores posteriores a él, que lo vieron como a un maestro. Es el caso de Reinaldo Arenas, el autor de El mundo alucinante, quien escribió una bella parodia sobre Piñera bajo el título Virgilio Piñera lee sus poemas efímeros(9). Su actitud, en todo caso, lo lleva a granjearse serios rivales en el campo cultural cubano, pero también a fortalecer amistades tan entrañables como la que sostuviera con José Lezama Lima y quienes hicieron posible la existencia de la Revista Orígenes. En sus memorias relata de manera descarnada y satírica -es decir, con el mismo estilo con que construyó su narrativa y buena parte de su producción dramatúrgica- sus primeros encuentros con la literatura, su afición por el arte en general y su homosexualismo, esto último grave problema al interior de una sociedad tan machista y tradicional como la cubana, donde el ser homosexual, según la crítica que al respecto hiciera Senel Paz en su famoso cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo(10) carga con la enfermedad y el lastre de una vergüenza cuando se trata de justificar la acción combativa de la tan cacareada revolución. En poesía se resalta su libro Las Furias(1941) y en narrativa Cuentos fríos (1956) y un volumen de relatos reeditado hace poco en el país bajo el título Cuentos de la risa del horror.

A propósito de su literatura, Virgilio Piñera sostiene: "Soy tan realista que no puedo expresar la realidad sino distorsionándola, es decir, haciéndola más real y vívida"(11). Pero este realismo consigue mezclarlo con una suerte de absurdo que mueve a la comicidad, un poco a la manera del irlandés Sámuel Beckett, sobre todo en obras como Malone Muere, Murphy y Esperando a Godot. Sus personajes no parecieran esperar un futuro, viven el presente con algo de accidentalidad y en esta medida cada uno de sus actos, por más extraños que puedan parecer -comer carne humana, por ejemplo-, responden a la lógica del sinsentido.

Como dramaturgo es autor de las obras Falsa alarma(1948), Jesús(1954), La boda(1958), El flaco y el gordo(1959) y Aire frío(1959), entre otras. En 1960 publica el volumen Teatro Completo y en su prólogo apunta: "Entonces, si así es, yo soy absurdo y existencialista, pero a la cubana". Fiel a este precepto, escribió en 1941 su obra Electra Garrigó, puesta en escena en 1948, luego de que viviera una corta temporada en Buenos Aires, donde tuvo ocasión de relacionarse con Borges, Macedonio Fernández, Sábato, Bioy Casares y Oliverio Girondo. Allí forma parte del comité de traducción de la novela Ferdydurke, del polaco Witold Gombrowicz. A Buenos Aires volvería de nuevo a vivir, para regresar a su país natal en 1959, luego de la derrota del dictador Batista.

En Electra Garrigó Virgilio Piñera centra la atención sobre dos parejas focales, las mismas que darán sentido y polivalencia al drama: Clitemnestra-Orestes, Electra-Agamenón. En ambos casos, el autor busca sostener durante los tres actos, cierto equilibrio, como para evitar tomar partido o que la tragedia desemboque en detalles o circunstancias no esperadas, pues de lo que se trata en este caso es de profundizar en un drama sentido y padecido por el propio Piñera frente a la sociedad cubana, caracterizada por la instancia matriarcal y por el machismo proveniente de las zonas rurales, como lo deja bien claro en boca del Pedagogo: "Esta noble ciudad tiene dos piojos enormes en su cabeza: el matriarcado de sus mujeres y el machismo de sus hombres"(12)Por su parte, Agamenón deja claro que la familia, al interior de la sociedad cubana, aún sigue siendo su núcleo: "¿Y la familia? Si esta ciudad ha resisitido durante milenios a los enemigos, ha sido a causa de la unión entre las familias; las familias formando una inmensa familia"(13) Y estas reflexiones deberán entenderse en otra acepción, cuando sabemos que su propia familia está a punto de precipitarse por las incompatibilidades de la pareja, resignada en el fondo a cumplir el designio que está por encima de sus propias realidades cotidianas. En otras palabras, Piñera se mueve ya en un terreno ético, al decir de Raquel Carrió, pues está mostrando, a través de un mito universal, una situación propia de su tiempo, y para ello recurre al arma eficaz del escritor: la estética, con la cual propone su lectura del medio:

...(la familia como formadora/deformadora de valores), refracción a su vez (metáfora dramática), de la situación social (el contexto republicano, la herencia, tradición, mitología) o el planteamiento ontológico (el ser nacional, el carácter cubano)...(14)

Mientras Clitemnestra ruega e insiste a su hijo para que no se vaya de su lado, so pena de emprender viajes de aventuras, para lo cual le promete incluso el trono, Agamenón demuestra a su hija un amor egoísta, cuando ha expresado enfáticamente que no permitirá que se case, pues de hacerlo estaría consintiendo que se fuera de su lado. La dicotomía en realidad nace de la intransigencia de los esposos. Existe entre ellos un odio y resquemor mutuos, que los obliga a vaciar en sus hijos el peso de sus discordias, con tan malas consecuencias que hasta Orestes, movido por su madre, permite la muerte de su padre por considerarlo un gallo viejo, estorboso para sus ambiciones. A la vez, Electra descarga todo su odio contra Clitemnestra porque sabe que planea la muerte de Agamenón, su padre. Ambas parejas, irreconciliables, heridas por un lenguaje mordaz, sarcástico, resuelven en el escenario un drama personal y colectivo, al saberse unidas, eso sí, en la muerte inevitable de Agamenón, fiel al destino trazado por los dioses:

ORESTES. ¿¡Soy yo el Destino acaso?

CLITEMNESTRA. ¡No, no, no eres tú el Destino!

ELECTRA. ¡Sí, sí, sí eres tú el Destino!

AGAMENON. ¡Destino, oh Destino!

ORESTES. ¿Quién me haría partir?

CLITEMNESTRA. ¡Nadie! No lo quiere el Destino

ELECTRA. Entonces morirás tú, Clitemnestra Plá.

AGAMENON. ¡Destino, oh Destino!

ORESTES. ¿Morirá Clitemnestra Plá?

CLITEMNESTRA. ¿Morirá Agamenón Garrigó?

ELECTRA.. ¿Morirá Agamenón Garrigó?

AGAMENON. ¡Destino, oh Destino!

ORESTES.. ¿Morirá Agamenón Garrigó?

CLITEMNESTRA.. ¿Morirá Agamenón Garrigó?

ELECTRA.. ¿Morirá Agamenón Garrigó?

AGAMENON. ¡Destino, oh Destino!(15)

 

Sus personajes no parecieran esperar un futuro, viven el presente con algo de accidentalidad y en esta medida cada uno de sus actos, por más extraños que puedan parecer -comer carne humana, por ejemplo-, responden a la lógica del sinsentido.


El Coro actúa como ventana indiscreta e instancia comentadora. Es a la vez la representación del pueblo que pareciera observar tras los visillos el drama que concierne a todos, atentos, como están, al destino de sus reyes. De ahí que se muestre expectante y elabore sus propias síntesis para que el colectivo no pierda detalle alguno y para que tampoco se olvide que la tragedia es propia de la ciudad de la Habana, en cuyos lares:

"...la perla más refulgente/de Cuba patria fulgente/la desgracia se cebó/ en Electra Garrigó, mujer hermosa y bravía.."(16).

Pero el Coro, aunque de manera un tanto tímida, también se permite mostrar las debilidades de los protagonistas, como cuando expresa que Electra es "fría y certera"(17); en otras ocasiones se revela instigador, quizá porque entiende de antemano que el destino es inmodificable:

"Sigue Electra, sin desmayo/ tu obra llena de acechanzas/ -mujer, vaso de fragancias,/purísima flor de mayo..."(p. 157)

El Coro convoca la participación tácita del pueblo, en particular porque la tragedia enfrentada por las parejas soberanas, se relaciona en grado sumo con las improntas culturales del pueblo mismo. Piñera consigue imponer su actitud crítica bajo el ropaje de un discurso alegórico, enfático y en ocasiones orlado, pues el drama así lo exige, cuando se desea buscar el efecto al interior de la puesta en escena, caracterizada a la vez por la plasticidad del ámbito, según las indicaciones precisas del dramaturgo, cuando sugiere decorados, colocación de objetos, manejo de luces y movimientos puntulaes de los personajes. Nada escapa a su control; cada discurso, simbólico, al remarcar el mito, desvela por otra parte el problema de identidad de la Isla. Y en esto, el prolífico escritor es certero y firme, cuando considera que la sociedad gusta de vivir en el sofisma:

PEDAGOGO. Entonces me apalean la parte de caballo. (Pausa.) No, no hay salida posible.

ORESTES. Queda el sofisma...

PEDAGOGO. Es cierto. En ciudad tan envanecida como ésta, de hazañas que nunca se realizaron, de monumentos que jamás se erigieron, de virtudes que nadie practica, el sofisma es el arma por excelencia. Si alguna de las mujeres sabias te dijera que ella es fecunda autora de tragedias, no oses contradecirla; si un hombre te afirma que es consumado crítico, secúndalo en su mentira. Se trata, no lo olvides, de una ciudad en la que todo el mundo quiere ser engañado. (p. 170-71)

No obstante la crítica continúa, sobre todo en boca del pedagogo, la voz más autorizada, por ser el orientador de los hijos de Agamenón y el más ecuánime para colegir de los hechos cotidianos enseñanzas o alegorías. Por eso no extraña la voluntad crítica de Electra cuando está al lado suyo, interpretando sus reflexiones :

"Hace falta mucha luz para que los ojos puedan considerar y medir al monstruo que ofende la ciudad"(p. 142)

como si se refiriera al dictador de turno, establecido en un poder sin garantías constitucionales, con una población rural marginada y una intelectualidad urbana que precisaba cambios.

En síntesis, la obra de Piñera invita a una lectura un poco menos ingenua que la que recrea el mito griego de Electra. Esa lectura implícita descansa sobre el lenguaje de doble sentido, sobre una ironía que remarca la farsa, pues en el fondo, la obra en su conjunto no es más que la puesta en escena de una muerte ya presagiada por todos, incluso por la propia víctima, donde importa establecer una comunicación sardónica con el involucrado en el drama: así, Clitemnnestra le dice a Electra en duros términos que jamás se sucidaría por ella. Electra, por su lado se refiere a la madre en términos de Yegua, y le dice que le gustaría ser ese animal, "...sentarme en mi palco de la ópera dándome aire lentamente con un enorme abanico de plumas"(p. 151)

Egisto, el asesino, es presentado como un experto en el arte de estrangular gallos, aprendido en la India, adonde quiere viajar Orestes, para asegurar así que su madre al fin lo deje partir; sin embargo, en esta actitud y en sus deseos va la intención de ironizar todo, empezando por la muerte de su padre. De Agamenón se habla en términos de gallo viejo y su muerte sucede como en en un gallinero. De ahí que el escenario sea para el dramaturgo tan importante: de él depende, en muchos casos, que la obra modele estas intenciones. Téngase en cuenta aquellas escenas donde Clitemnestra y Electra mueren por virtud de la actuación misma, en el momento en que los mensajeros de la muerte hacen la mímica de cuanto sucede con los protagonistas, para escenificar la farsa y establecer otro diálogo, risible, con el espectador, quien se acoge, por supuesto, al doble juego que hace de la propuesta de Virgilo Piñera, una clara entrada en la modernidad, si atendemos a las observaciones de Raquel Carrió, sumidas en la lectura de un autoriconoclasta y severo crítico de su tiempo.


NOTAS


(1) DE LA CRUZ HERRERA, José. Poetas dramáticos griegos. México: Clásicos Jackson, Vol. I, 1968. p. XXIII.

(2) LESKY, Albin. Historia de la literatura griega. Madrid: Gredos, 1985. p. 252.

(3) DE LA CRUZ HERRERA, José. Op. cit.,. p. IX.

(4) ALONSO, Martín. Historia de la literatura mundial. Tomo I. Madrid: EDAF, 1966. p. 118.

(5) EURÍPIDES, Electra. En: Poetas dramáticos griegos. Op. cit., p. 244-45.

(6) Op. cit., p. 242.

(7) DE CUENCA, Luis Alberto. Introducción a la obra Sófocles. Tragedias. Madrid: EDAF, 1985. p. 19.

(8) Op. cit. p. 88.

(9) ARENAS, Reinaldo. Virgilio Piñera lee sus poemas efímeros. Revista Quimera No. 8. Edición latinoamericana. Bogotá, enero-febrero, 1991.

(10) PAZ, Senel. El Lobo, el bosque y el hombre
nuevo
(Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo). Gaceta de Colcultura, No. 11. Agosto-septiembre de 1991.

(11) PIÑERA, Virgilio. Cuentos de la risa del horror. Colección Cara y Cruz. Textos introductorios de José Bianco y Efraín Rodríguez. Santafé de Bogotá: Norma, 1995. p. 14.

(12) PIÑERA, Virgilio. Electra Garrigó. En: Teatro Cubano Contemporáneo. Antología. Madrid: F.C.E Quinto Centenario, 1992. p. 170.

(13) Op. cit., p. 145.

(14) CARRIÓ, Raquel. Una brillante entrada en la modernidad. En: Teatro Cubano Contemporáneo. Antología. Madrid: F.C.E Quinto Centenario, 1992. p. 135.

(15) PIÑERA, Virgilio. Electra Garrigó. Op. cit. p.156-7

(16) Ibid, p. 141.

(17) Ibid, p. 167.

 


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