"Electra Garrigó: teatro
de la modernidad"
Rigoberto
Gil Montoya
Reescritura, palimpsesto, pastiche, recuperación
del pasado, trabajo sobre materiales que implican una memoria,
la modernidad se erige fortaleza de un mundo que se mueve
y se atomiza. El teatro, en cuanto texto que reclama su
propia estética, no podría permanecer ajeno
a los asuntos de la modernidad literaria. Para ello, arriesgáremos
una mirada a Electra Garrigó, obra fundamental
en el trabajo artístico del cubano Virgilio Piñera.
El
sentido del mito y su tratamiento
El
mito como sustancia de vida e interpretación de la
realidad, supone en la antigua Grecia la puesta en marcha
de una moral y una ética que hicieran posible el orden
del cosmos, bajo la tutela del ser humano, cuyo destino siempre
estará a merced de las divinidades que a la postre
son las que sostienen o modifican ese orden, indicándole
en muchos casos la manera como debe proceder ante los ritmos
y palpitaciones de la complejidad terrena. En este sentido
Grecia destaca por la riqueza de su universo mítico,
en cuyas coordenadas se mueven fuerzas poderosas encargadas
de animar el cosmos e incluso de enmarañarlo, puesto
que este mundo se rige sobre la base de la oposición
que mantiene el equilibrio, como para resaltar el hecho de
que el hombre, con todo y sus contradicciones, alienta la
vida entre el bien y el mal. De ahí la gama de dioses
que señalan el rumbo de la vida. Cada mito surge como
una lección
para el mundo: "Si algo debe imitarse -enfatiza
el estudioso José de la Cruz Herrera- del arte
griego entre nosotros, son sus modos eternos"(1).
De ahí su permanencia, su aspecto clásico, intemporal,
que lleva incluso a que sus mitos continúen representándose
en el presente siglo, con todas las variables que ello implica,
por supuesto, pero conservando su esencia moral y ética.
En el mito, interpretación, dilucidación de
una realidad que exige su conocimiento, juega sobre todo el
sentido humano y su relación con los elementos de la
naturaleza, a través de ritos o fiestas que buscan
el beneplácito de sus dioses, esto es, fuerzas que
desde algún lugar del universo tejen y destejen la
memoria de sus benefactores. Así, el lugar que ha ocupado
Baco o Dionisos ha sido fundamental. Este dios, factor que
impulsa la creación, el placer y la alegría,
es decir, el sentimiento pagano, ha sido motivo, por parte
de los seres humanos, de múltiples representaciones
a través del arte como prolongación de lucidez
y vigilia. De este impulso surge la tragedia.
Los
orígenes de la tragedia se entrelazan con los corifeos
del ditirambo, es decir, cantos rituales en honor a Dionisos
y en no pocas ocasiones al culto de los héroes. En
el capítulo cuarto de su Póetica, Aristóteles
afirma que puede hablarse de un segundo origen: el satiricón,
lenguaje no exento de ironía y temas jocosos, en boca
de los sátiros "...parientes de los múltiples
demonios de la fertilidad de otros pueblos"(2),
según lo observa Albin Lesky, de donde surge una estrecha
relación entre historia y drama. Para José de
la Cruz Herrera lo que se conoce con el nombre de Tragedia
ha estado ligado a los cantos religiosos, al sacrificio sangriento
del chivo, o si se prefiere, la alegoría de los festejantes,
bajo el disfraz de macho cabrío(3). Martín
Alonso(4), por su parte, llama la atención
sobre la tragedia como una de las creaciones artísticas
más representativas de la democracia ateniense, tanto
por la variedad y multiplicidad de los temas tratados -con
sus oposiciones y contradicciones-, como por el hecho de su
representación, de cara al público conformado
por las diversas capas sociales, atento a rendir homenaje,
en cada puesta en escena, al dios de la ebriedad y del ensueño.
Uno
de los mitos que ha logrado la permanencia a través
de los tiempos, como lo que sucede con todo lo griego, tiene
como centro de interés las circunstancias enfrentadas
por Electra, hija del Océano y sobrina de Atlas, integrante
de las Hespérides -formadoras de la constelación
de las Pléyades o Atlantidas, al interior de una familia
noble que marcó para el mundo el ejemplo de que la
traición y la venganza pueden enconar los más
duros odios y las más funestas consecuencias a nivel
social y moral.
Agamenón,
rey de Argos, hermano de Menelao, rey espartano, es el esposo
de Clitemnestra, hija de Tíndaro. La relación
entre ellos es en apariencia buena. Sin embargo, un incidente
pareciera servir de pretexto para que el odio eche raíces
en la pareja. Agamenón se dirige con su ejército
hasta Troya; allí enfrenta una desavenencia con Aquiles,
a causa de una esclava llamada Briseida. No obstante, todos
le reconocen su gran capacidad y estrategia bélica,
demostrada a sus anchas en el sitio de Troya. A la espera
de que los vientos le sean propicios para avanzar con sus
tropas al campo de batalla, sacrifica a su hija Ifigenia,
en honor de la diosa Minerva, quien la convierte en su esclava
y la conduce hasta su reino. Al saberlo, Clitemnestra entra
en cólera y decide ahora sí poner en marcha
su plan, en compañía de Egisto, quien ante la
ausencia de Agamenón se nombra rey de Argos, convirtiéndose
en tirano y despótico, hasta el punto que manda a encarcelar
a los dos hijos de la pareja, Orestes y Electra, para evitar
futuras represalias. Una vez retorna del campo de batalla
a sus tierras, la pareja de amantes le ocasiona la muerte
a Agamenón. Ante estos hechos trágicos, uno
de los fieles del antiguo rey, el venerable pedagogo, logra
esconder al niño Orestes, como presagiando que el tirano
desea su muerte, para evitar que alguien de la familia cobre
venganza por crimen tan atroz. El niño es exiliado
por muchos años en la corte de Estrofio, rey de Fócida,
quien lo ha recibido gustoso al enterarse de la traición
de Clitemnestra y su amante Egisto. Entretanto, la princesa
Electra enfrenta una dolorosa soledad, pues se muestra reacia
a vivir como si nada al interior del palacio que antes fuera
el hogar de su padre asesinado. Temeroso, Egisto obliga al
matrimonio a Electra con un labrador -hay quienes sostienen
que proviene de cuna elevada-, con el objeto de que sus hijos
no nazcan nobles y por lo tanto no atenten contra su tiranía.
De lo que no se entera Egisto, es que este labrador, antiguo
súbdito de Agamenón, se convierte en aliado
de la fuerte mujer y decide ayudarla en todo para que cobre
venganza.
| En
el mito, interpretación, dilucidación de
una realidad que exige su conocimiento, juega sobre todo
el sentido humano y su relación con los elementos
de la naturaleza, a través de ritos o fiestas que
buscan el beneplácito de sus dioses, esto es, fuerzas
que desde algún lugar del universo tejen y destejen
la memoria de sus benefactores |
Electra
espera con impaciencia el regreso de su hermano Orestes para
hacer justicia. En efecto, este se presenta disfrazado años
después y sólo es reconocido por el pedagogo
por una marca física de infancia. Los hermanos planean
la muerte de su madre Clitemnestra y su compañero,
lo cual consiguen con cierta facilidad. A pesar de ser justa
la venganza, Orestes entra en crisis por el crimen cometido
y decide huir hacia tierras de Grecia y Atenas. Acosado por
divinidades malignas, las Furias o Erinias, este joven heredero
empieza una peregrinación dolorosa, en compañía
de su gran amigo Pílades, hijo del rey de Fócida,
cuyas duras pruebas le hacen perder la razón por momentos.
Para evitar el castigo de las Furias y con la tutela de Ifigenia,
quien logra la protección de la diosa Palas Atenea
para su desesperado hermano, Orestes consulta el Oráculo
de Delfos. Se le encarga la misión de traer de Quersoneso,
en Táurida, la estatua de Minerva. Al lado de su amigo
enfrenta duras pruebas, en una de las cuales, presos, enaltecen
el valor de la amistad cuando uno de ellos debe morir y sin
embargo el otro ofrece su vida a cambio de proteger al ser
con quien compartió su infancia y adolescencia. No
obstante logran salir ilesos y venerar a su diosa protectora.
Orestes reina pacíficamente Argos, se casa con Hermione,
hija de Menelao y de Helena. Por otra parte, Electra se casa
con Pílades. Orestes muere a los noventa años
de edad, víctima de la mordedura de una serpiente.
Versiones
de un mismo hecho
Amparado
por la libertad, el creador asume la vida desde su propia
circunstancia, ofreciendo una visión de mundo que en
todo caso responde a intereses particulares. Los motivos tal
vez sean los mismos: resaltar un hecho del que puede derivarse
una lección. El mito de Electra preocupó sobre
manera a tres de los más esclarecidos dramaturgos:
Esquilo, Sófocles y Eurípides. Cada uno de ellos
remarcó en sus obras detalles, personajes, maneras
de apreciar el drama, con el objeto quizá de ofrecer
una lección ética de este mito tan apreciado
por dramaturgos y poetas.
Esquilo
es autor de la trilogía Orestiada, compuesta
por las obras Agamenón, Las Coéforas y Las
Euménides. En Agamenón hace hincapié
en el personaje del rey de Argos, mientras el coro alude constantemente
a la tragedia. Después de ser anunciado el fin de la
batalla de Troya, Agamenón regresa a su trono con su
concubina Casandra, hija de rey de Troya. Le pide a su esposa
Clitemnestra que reciba a la bella mujer, pero ésta
ya tiene el plan preparado: dar muerte a su esposo, ayudada
por Egisto. Al final, Clitemnestra ofrece
su espada para que no se derrame más sangre.
En
Las Coéforas -portadoras de libaciones- se refiere
la venganza de Orestes, de cómo siendo niño,
Electra lo salvó al esconderlo en casa de un pariente.
Orestes, bajo la tutela de Apolo regresa a Argos y tras artimañas,
da muerte a la pareja de amantes, vengando así la traición
de la que fuera víctima su padre.
En
Las Euménides -las bondadosas- se relata el
sufrimiento de Orestes quien es atormentado por las Furias,
como castigo por haber dado muerte a su propia madre. No obstante,
la diosa Minerva lo defiende y hace que las Furias se conviertan
en bondadosas y le permitan regresar al protegido a su ciudad
de origen para reinar.
Por
su lado, Eurípides escribe Electra,
donde hace énfasis en la angustia de la hija de
Agamenón, mostrándola un poco doméstica,
hacéndosa con el labrador Miceno, con quien Egisto
y Clitemnestra la han obligado a casarse, cuando ya era pretendida
por próceres de Grecia. Sin embargo, el carácter
de Electra es fuerte mientras planea la venganza y por eso
condesciende a veces a la sumisión, aunque sufra demasiado
por la tragedia en la que su venerado padre perdió
la vida:
Electra
desventurada me llaman los ciudadanos. ¡Ay de mis duros
trabajos, ay de mi dura existencia!¡Oh Agamenón,
padre mío, en Hades tu alma reposa, degollado por
Egisto y tu esposa!¡Lanza los mismos suspiros, goza
el placer de las lágrimas!(5).
Aquí
es ayudada por su esposo, mientras Orestes regresa de la clandestinidad.
El Labrador Miceno deja claro que "...este esposo
no ha mancillado el lecho de Electra, quien conserva su virginidad"(6),
y que ella podrá encontrar en él siempre un
aliado incondicional, quizá porque desea tanto como
Electra la venganza de la muerte de su rey, de quien proclama
sus virtudes guerreras y huma
nas durante el primer acto.
El
argumento de la Electra de Sófocles es un poco
similar al de Las Coéforas de Esquilo, pero
aquí Orestes es apenas el instrumento que ejecuta la
implacable venganza ideada por Electra. Y aquí vale
destacar, según Luis Alberto de Cuenca: "...el
hecho de que el horror del matricidio no preocupe en absoluto
a Sófocles, que atribuye su responsabilidad al oráculo
que lo ha ordenado"(7)Destaca, por otra
parte, la forma como el drama se concentra todo en el carácter
de Electra, en su dolor interno por una muerte que llorará
por siempre y alentada a actuar por un Coro que viene a tomar
partido, como si de esta forma la venganza fuera voz popular:
Coro
¡Oh
niña, Electra, hija de la más funesta madre!¿Por
qué te consumes en tan incesantes lamentos, llorando
a tu padre Agamenón, que, tiempo ha, preso impíamente
en los engaños de tu dolosa madre, fue asesinado a
traición? Perezca quien tal hizo, si me es permitido
manifestar mi deseo(8).
Ya
a mediados del este siglo y como una forma de expresar a través
del teatro problemas y sentires de carácter universal,
algunos escritores y dramaturgos latinoamericanos se empeñaron
en crear obras que revivieran ciertos mitos griegos, adaptándolos
a las necesidades de su presente, luego de que disciplinas
como el psicoanálisis y la psicología tomaran
estos relatos bajo eufemismos y metalenguajes, para tratar
de comprender taras o problemas inherentes a la humanidad.
El cubano Virgilio Piñera, escritor, dramaturgo, poeta,
traductor y ensayista, escribió la obra Electra
Garrigó a comienzos de los años cuarenta,
versión sui generis del mito de Electra, con
la cual intenta recrear problemas de tipo universal, pero
a la vez respondiendo por una visión de mundo al interior
de un espacio concreto americano.
| Amparado
por la libertad, el creador asume la vida desde su propia
circunstancia, ofreciendo una visión de mundo que
en todo caso responde a intereses particulares. |
Electra
garrigó: Concierto irónico
Virgilo
Domingo Piñera Llera nació en Cárdenas,
Cuba, en 1912. Desde muy temprano se destaca por su capacidad
crítica en pos de edificar una literatura ajena al
costumbrismo y nacionalismo impuestos por la figura mítica
de José Martí y por una serie de escritores
más comprometidos con gestas revolucionarias que con
propuestas estéticas renovadoras, cuyas obras, hasta
la fecha, han merecido muy poca atención por parte
de la crítica. Piñera está muy cerca
de escritores tan disímiles como Lezama Lima, Severo
Sarduy y Guillermo Cabrera Infante, al considerar, valga la
metáfora, el lenguaje como su principal compromiso.
Al menos así lo entendieron escritores posteriores
a él, que lo vieron como a un maestro. Es el caso de
Reinaldo Arenas, el autor de El mundo alucinante, quien
escribió una bella parodia sobre Piñera bajo
el título Virgilio Piñera lee sus poemas
efímeros(9). Su actitud, en todo
caso, lo lleva a granjearse serios rivales en el campo cultural
cubano, pero también a fortalecer amistades tan entrañables
como la que sostuviera con José Lezama Lima y quienes
hicieron posible la existencia de la Revista Orígenes.
En sus memorias relata de manera descarnada y satírica
-es decir, con el mismo estilo con que construyó su
narrativa y buena parte de su producción dramatúrgica-
sus primeros encuentros con la literatura, su afición
por el arte en general y su homosexualismo, esto último
grave problema al interior de una sociedad tan machista y
tradicional como la cubana, donde el ser homosexual, según
la crítica que al respecto hiciera Senel Paz en su
famoso cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo(10)
carga con la enfermedad y el lastre de una vergüenza
cuando se trata de justificar la acción combativa de
la tan cacareada revolución. En poesía se resalta
su libro Las Furias(1941) y en narrativa Cuentos
fríos (1956) y un volumen de relatos reeditado
hace poco en el país bajo el título Cuentos
de la risa del horror.
A
propósito de su literatura, Virgilio Piñera
sostiene: "Soy tan realista que no puedo expresar
la realidad sino distorsionándola, es decir, haciéndola
más real y vívida"(11).
Pero este realismo consigue mezclarlo con una suerte de
absurdo que mueve a la comicidad, un poco a la manera del
irlandés Sámuel Beckett, sobre todo en obras
como Malone Muere, Murphy y Esperando a Godot. Sus
personajes no parecieran esperar un futuro, viven el presente
con algo de accidentalidad y en esta medida cada uno de sus
actos, por más extraños que puedan parecer -comer
carne humana, por ejemplo-, responden a la lógica del
sinsentido.
Como
dramaturgo es autor de las obras Falsa alarma(1948),
Jesús(1954), La boda(1958), El flaco
y el gordo(1959) y Aire frío(1959), entre
otras. En 1960 publica el volumen Teatro Completo y en su
prólogo apunta: "Entonces, si así es,
yo soy absurdo y existencialista, pero a la cubana".
Fiel a este precepto, escribió en 1941 su obra Electra
Garrigó, puesta en escena en 1948, luego de que
viviera una corta temporada en Buenos Aires, donde tuvo ocasión
de relacionarse con Borges, Macedonio Fernández, Sábato,
Bioy Casares y Oliverio Girondo. Allí forma parte del
comité de traducción de la novela Ferdydurke,
del polaco Witold Gombrowicz. A Buenos Aires volvería
de nuevo a vivir, para regresar a su país natal en
1959, luego de la derrota del dictador Batista.
En
Electra Garrigó Virgilio Piñera centra
la atención sobre dos parejas focales, las mismas que
darán sentido y polivalencia al drama: Clitemnestra-Orestes,
Electra-Agamenón. En ambos casos, el autor busca sostener
durante los tres actos, cierto equilibrio, como
para evitar tomar partido o que la tragedia desemboque en
detalles o circunstancias no esperadas, pues de lo que se
trata en este caso es de profundizar en un drama sentido y
padecido por el propio Piñera frente a la sociedad
cubana, caracterizada por la instancia matriarcal y por el
machismo proveniente de las zonas rurales, como lo deja bien
claro en boca del Pedagogo: "Esta noble ciudad tiene
dos piojos enormes en su cabeza: el matriarcado de sus mujeres
y el machismo de sus hombres"(12)Por su
parte, Agamenón deja claro que la familia, al interior
de la sociedad cubana, aún sigue siendo su núcleo:
"¿Y la familia? Si esta ciudad ha resisitido
durante milenios a los enemigos, ha sido a causa de la unión
entre las familias; las familias formando una inmensa familia"(13)
Y estas reflexiones deberán entenderse en otra acepción,
cuando sabemos que su propia familia está a punto de
precipitarse por las incompatibilidades de la pareja, resignada
en el fondo a cumplir el designio que está por encima
de sus propias realidades cotidianas. En otras palabras, Piñera
se mueve ya en un terreno ético, al decir de Raquel
Carrió, pues está mostrando, a través
de un mito universal, una situación propia de su tiempo,
y para ello recurre al arma eficaz del escritor: la estética,
con la cual propone su lectura del medio:
...(la
familia como formadora/deformadora de valores), refracción
a su vez (metáfora dramática), de la situación
social (el contexto republicano, la herencia, tradición,
mitología) o el planteamiento ontológico (el
ser nacional, el carácter cubano)...(14)
Mientras
Clitemnestra ruega e insiste a su hijo para que no se vaya
de su lado, so pena de emprender viajes de aventuras, para
lo cual le promete incluso el trono, Agamenón demuestra
a su hija un amor egoísta, cuando ha expresado enfáticamente
que no permitirá que se case, pues de hacerlo estaría
consintiendo que se fuera de su lado. La dicotomía
en realidad nace de la intransigencia de los esposos. Existe
entre ellos un odio y resquemor mutuos, que los obliga a vaciar
en sus hijos el peso de sus discordias, con tan malas consecuencias
que hasta Orestes, movido por su madre, permite la muerte
de su padre por considerarlo un gallo viejo, estorboso para
sus ambiciones. A la vez, Electra descarga todo su odio contra
Clitemnestra porque sabe que planea la muerte de Agamenón,
su padre. Ambas parejas, irreconciliables, heridas por un
lenguaje mordaz, sarcástico, resuelven en el escenario
un drama personal y colectivo, al saberse unidas, eso sí,
en la muerte inevitable de Agamenón, fiel al destino
trazado por los dioses:
ORESTES.
¿¡Soy yo el Destino acaso?
CLITEMNESTRA.
¡No, no, no eres tú el Destino!
ELECTRA.
¡Sí, sí, sí eres tú el Destino!
AGAMENON.
¡Destino, oh Destino!
ORESTES.
¿Quién me haría partir?
CLITEMNESTRA.
¡Nadie! No lo quiere el Destino
ELECTRA.
Entonces morirás tú, Clitemnestra Plá.
AGAMENON.
¡Destino, oh Destino!
ORESTES.
¿Morirá Clitemnestra Plá?
CLITEMNESTRA.
¿Morirá Agamenón Garrigó?
ELECTRA..
¿Morirá Agamenón Garrigó?
AGAMENON.
¡Destino, oh Destino!
ORESTES..
¿Morirá Agamenón Garrigó?
CLITEMNESTRA..
¿Morirá Agamenón Garrigó?
ELECTRA..
¿Morirá Agamenón Garrigó?
AGAMENON.
¡Destino, oh Destino!(15)
| Sus
personajes no parecieran esperar un futuro, viven el presente
con algo de accidentalidad y en esta medida cada uno de
sus actos, por más extraños que puedan parecer
-comer carne humana, por ejemplo-, responden a la lógica
del sinsentido. |
El
Coro actúa como ventana indiscreta e instancia comentadora.
Es a la vez la representación
del pueblo que pareciera observar tras los visillos el drama
que concierne a todos, atentos, como están, al destino
de sus reyes. De ahí que se muestre expectante y elabore
sus propias síntesis para que el colectivo no pierda
detalle alguno y para que tampoco se olvide que la tragedia
es propia de la ciudad de la Habana, en cuyos lares:
"...la
perla más refulgente/de Cuba patria fulgente/la desgracia
se cebó/ en Electra Garrigó, mujer hermosa
y bravía.."(16).
Pero
el Coro, aunque de manera un tanto tímida, también
se permite mostrar las debilidades de los protagonistas, como
cuando expresa que Electra es "fría y certera"(17);
en otras ocasiones se revela instigador, quizá porque
entiende de antemano que el destino es inmodificable:
"Sigue
Electra, sin desmayo/ tu obra llena de acechanzas/ -mujer,
vaso de fragancias,/purísima flor de mayo..."(p.
157)
El
Coro convoca la participación tácita del pueblo,
en particular porque la tragedia enfrentada por las parejas
soberanas, se relaciona en grado sumo con las improntas culturales
del pueblo mismo. Piñera consigue imponer su actitud
crítica bajo el ropaje de un discurso alegórico,
enfático y en ocasiones orlado, pues el drama así
lo exige, cuando se desea buscar el efecto al interior de
la puesta en escena, caracterizada a la vez por la plasticidad
del ámbito, según las indicaciones precisas
del dramaturgo, cuando sugiere decorados, colocación
de objetos, manejo de luces y movimientos puntulaes de los
personajes. Nada escapa a su control; cada discurso, simbólico,
al remarcar el mito, desvela por otra parte el problema de
identidad de la Isla. Y en esto, el prolífico escritor
es certero y firme, cuando considera que la sociedad gusta
de vivir en el sofisma:
PEDAGOGO.
Entonces me apalean la parte de caballo. (Pausa.) No, no hay
salida posible.
ORESTES.
Queda el sofisma...
PEDAGOGO.
Es cierto. En ciudad tan envanecida como ésta, de hazañas
que nunca se realizaron, de monumentos que jamás se
erigieron, de virtudes que nadie practica, el sofisma es el
arma por excelencia. Si alguna de las mujeres sabias te dijera
que ella es fecunda autora de tragedias, no oses contradecirla;
si un hombre te afirma que es consumado crítico, secúndalo
en su mentira. Se trata, no lo olvides, de una ciudad en la
que todo el mundo quiere ser engañado. (p. 170-71)
No
obstante la crítica continúa, sobre todo en
boca del pedagogo, la voz más autorizada, por ser el
orientador de los hijos de Agamenón y el más
ecuánime para colegir de los hechos cotidianos enseñanzas
o alegorías. Por eso no extraña la voluntad
crítica de Electra cuando está al lado suyo,
interpretando sus reflexiones :
"Hace
falta mucha luz para que los ojos puedan considerar y medir
al monstruo que ofende la ciudad"(p. 142)
como
si se refiriera al dictador de turno, establecido en un poder
sin garantías constitucionales, con una población
rural marginada y una intelectualidad urbana que precisaba
cambios.
En
síntesis, la obra de Piñera invita a una lectura
un poco menos ingenua que la que recrea el mito griego de
Electra. Esa lectura implícita descansa sobre el lenguaje
de doble sentido, sobre una ironía que remarca la farsa,
pues en el fondo, la obra en su conjunto no es más
que la puesta en escena de una muerte ya presagiada por todos,
incluso por la propia víctima, donde importa establecer
una comunicación sardónica con el involucrado
en el drama: así, Clitemnnestra le dice a Electra
en duros términos que jamás se sucidaría
por ella. Electra, por su lado se refiere a la madre en términos
de Yegua, y le dice que le gustaría ser ese animal,
"...sentarme
en mi palco de la ópera dándome aire lentamente
con un enorme abanico de plumas"(p. 151)
Egisto,
el asesino, es presentado como un experto en el arte de estrangular
gallos, aprendido en la India, adonde quiere viajar Orestes,
para asegurar así que su madre al fin lo deje partir;
sin embargo, en esta actitud y en sus deseos va la intención
de ironizar todo, empezando por la muerte de su padre. De
Agamenón se habla en términos de gallo viejo
y su muerte sucede como en en un gallinero. De ahí
que el escenario sea para el dramaturgo tan importante: de
él depende, en muchos casos, que la obra modele estas
intenciones. Téngase en cuenta aquellas escenas donde
Clitemnestra y Electra mueren por virtud de la actuación
misma, en el momento en que los mensajeros de la muerte hacen
la mímica de cuanto sucede con los protagonistas, para
escenificar la farsa y establecer otro diálogo, risible,
con el espectador, quien se acoge, por supuesto, al doble
juego que hace de la propuesta de Virgilo Piñera, una
clara entrada en la modernidad, si atendemos a las observaciones
de Raquel Carrió, sumidas en la lectura de un autoriconoclasta
y severo crítico de su tiempo.