"Héroes, coro y destino en la tragedia griega"


Julián Serna Arango

En desarrollo de la tragedia griega no sólo participan los personajes, sino además el coro y una serie de fuerzas socio-culturales o religiosas, que si bien se conciben como ficción en el marco de un modelo positivista de mundo, a partir del «giro lingüístico», en cambio, se reivindica su decisivo protagonismo, cuando el mundo para nosotros se concibe como mundo apalabrado.

 

1. El diálogo y el tratado

Platón escribió en forma de diálogo, lo cual contrasta con la tradición filosófica posterior, en la que sus colegas no utilizan dicho género literario de manera regular. Que un filósofo escriba en forma de diálogo no es algo que pudiera calificarse como una variedad estilística nada más; ello no estaría exento de implicaciones. En los diálogos de Platón participan varios personajes que en la generalidad de los casos discuten alrededor de una pregunta. Al tiempo que los participantes en el diálogo confrontan las respuestas dadas, construyen -con éxito variado- fórmula de consenso. A pesar de los méritos exhibidos por la estratagema en cuestión, el diálogo platónico fue desplazado por el tratado.

A diferencia de lo ocurrido en los diálogos platónicos, el autor del tratado se supone que sabe y expone su saber a sus eventuales lectores -sus alumnos, sus colegas-. Así ocurre con Aristóteles, y en alguna medida con Platón, inclusive, si nos atenemos a los "diálogos de vejez", cuando la ignorancia socrática es relevada por la sapiencia platónica. Aunque en apariencia polifónicos, tales diálogos serían monofónicos, cuando es Sócrates quien carga con el peso de las conclusiones, bien sea porque las formule, bien sea porque las induce. A ello se refiere Bajtín en los siguientes términos: (…) en el último período de Platón (…) el monologismo del contenido empieza a destruir la forma del `diálogo socrático'(1). Un interrogante sobreviene enseguida ¿Por qué Platón continuó escribiendo en forma de diálogo, género literario apropiado para exponer un saber en construcción, pero no un saber construido? Porque en el abanico de opciones literarias todavía no figuraba el tratado. Ello nos lleva a realizar la siguiente deducción. Antes que alejarse del tratado, Platón se aproximó a él, tarea completada luego por Aristóteles. El diálogo platónico, en síntesis, sería un eslabón entre un género literario previo y el tratado, y ese género literario previo no sería otro que la tragedia griega.

Mientras el tratado resuelve de una vez por todas determinados interrogantes, coloca punto final a determinadas querellas; el diálogo, en cambio, presupone el pluralismo. Si la tragedia griega todavía está más lejos del tratado en comparación al diálogo platónico, sería menester atribuir a la primera un pluralismo todavía más radical.

 

2. Otras voces, otras fuerzas

Aunque la puesta en escena constituya elemento fundamental del teatro y en ello han insistido autores como Artaud para quien: (…) la puesta en escena es entonces teatro mucho más que la pieza hablada y escrita(2), no menos cierto es que en su condición de obras literarias las obras de teatro también se leen. Un interrogante surge enseguida. ¿No tienden a difuminarse las diferencias entre el diálogo platónico y el teatro asumido como texto? Por supuesto que sí. No obstante, hay una excepción. Nos referimos a la tragedia griega, cuya complejidad, considerada como texto, inclusive, sería superior a la del diálogo platónico. De allí que el diálogo platónico esté a mitad de camino entre tragedia y la el tratado. Ello amerita una explicación.

Los protagonistas de los diálogos platónicos son individuos tales como Sócrates, Teeteto, Parménides, Protágoras, Critón, Pródico y Hippias. Algo similar ocurre con el teatro en general. No obstante, el elenco de la tragedia griega es diferente. Aparte de los seres humanos individuales, en la tragedia griega participan unas ciertas formas de saber y de poder irreductibles a los primeros.

Como fuera señalado por Nietzsche, el coro constituye un elemento fundamental de la tragedia griega. Aunque en algunos casos como el de Las suplicantes de Esquilo, el coro representa grupos de individuos, las más de las veces el coro da voz a una serie de fenómenos socio-culturales que no tiene voz literalmente sea dicho. Tres casos queremos destacar.

1. Por medio del coro habla la Polis, representada por el ciudadano medio, con el cual todos tienen algo en común. A través del coro, el ciudadano medio va comentando los episodios de la tragedia. En ocasiones el coro habla como si fuera el sentido común, cuyo pragmatismo estaría de espaldas a los actos heroicos de dudoso pronóstico. Leemos en Agamenón de Esquilo: Yo prefiero una prosperidad sin envidia; ni sea un destructor de ciudades, ni, cautivo, vea mi vida sometida a otros(3). En ocasiones, el coro expresa los temores ancestrales, las expectativas recónditas que los protagonistas compartan, pero que no explicitan para no comprometer sus ideales, como sería el temor a los excesos, a la desmesura, en cuanto el espíritu apolíneo hace carrera entre los griegos. Leemos en Las Coéforas de Esquilo, cuando el coro alude al desenfreno dionisiaco en tono de reproche:

  ¿Quién será capaz de decir la audacia sin límites del espíritu del hombre, y las violentas pasiones, compañeras de desastres para los mortales, de las mujeres de insolente corazón?(4).

2. Por medio del coro habla la tradición, origen y fundamento de las instituciones y la mentalidad de la Polis. Mientras los ciudadanos del común son construcciones socio-culturales, el héroe gesta su condición de tal a través de la transgresión de las instituciones y las normas vigentes. De allí que la tradición interpele al héroe casi que "maternalmente" a través del coro, cuando lo invita a la prudencia no sea que suscite la envidia de los dioses o la ira de las erinias. Leemos en Prometeo encadenado de Esquilo, cuando el coro de las oceánidas habla así al héroe: Tu eres osado y en vez de ceder por estos acerbos sufrimientos, hablas demasiado libremente. Un miedo penetrante excita mi corazón y me estremezco por la suerte que te espera(5).

3. Por medio del coro habla la sabiduría poética, esa que Esquilo y Sófocles -profundos conocedores de la sociedad de su tiempo, de las tradiciones, pero también de los anhelos, vicisitudes y conflictos del hombre griego- terminan por formular. Mediante frases las más de las veces sintéticas y a semejanza de lo que fueron las sentencias de los llamados 7 sabios o los aforismos de los filósofos presocráticos, el coro expresa la sabiduría en cuestión. En particular, Esquilo y Sófocles se querellan contra el autoritarismo de los dioses y el pragmatismo de los hombres. Veamos:

3.1. Porque Zeus se revela una divinidad celosa de sus privilegios, no sólo castiga a Prometeo por haber dado el fuego a los hombres, hasta entonces patrimonio exclusivo de los dioses, sino que además da muerte a Asclepio por haber resucitado a Hipólito, amenazando con transformar los mortales en inmortales, con la misma intención que Yahwéh expulsa a Adán y Eva del paraíso, no tanto por haber comido del fruto del árbol del bien y del mal, sino por evitar que coman del árbol de la vida y se hagan inmortales como él(6). En esa misma dirección es frecuente escuchar entre los griegos que los héroes mueren jóvenes porque suscitan la envidia de los dioses. Tales actitudes revelan la vigencia de un sentimiento protoapolíneo tendiente a confinar la vida humana dentro de ciertos límites; de él hace eco la tragedia griega. En Agamenón, de Esquilo, el coro advierte de manera categórica: (…) la felicidad humana, cuando crece poderosamente, engendra hijos y no muere sin ellos, y de la excelsa fortuna brota para el linaje una miseria insaciable(7). Así pudiera parecer extraño, arbitrario, inclusive, no faltan los ejemplos en los que la desmesura opera como causa, y el dolor y el sufrimiento, como efecto; relación causal ante la cual los protagonistas de la tragedia en ocasiones se doblegan. En Edipo rey, de Sófocles, es posible identificar la relación causal en cuestión, cuando al final de la obra advierte el coro: ¡Habitantes de Tebas, mi patria !Mirad: ese Edipo, que resolvió los famosos enigmas y era un hombre poderosísimo, cuya fortuna todos los ciudadanos mirabais con envidia, ha caído en un oleaje de terrible desgracia(8). Ello sucita un cierto pesimismo, cuando sometidos al designio de los dioses, al destino no menos arbitrario, los hombres no escapan a la desgracia. En Antígona de Sófocles, el coro se expresa así: En lo inmediato, en el futuro y en el pasado bastará esta ley: nada ocurre en la vida de los mortales sin desgracia(9).

 
Aparte de los seres humanos individuales, en la tragedia griega participan unas ciertas formas de saber y de poder irreductibles a los primeros.


Que los dioses castiguen a los héroes porque transgreden sus designios resulta injusto a los ojos del poeta trágico porque tales designios suelen ser caprichosos. Tarde o temprano el hombre se rebela. No en vano los poetas oponen a la concepción de un mundo regido por las pasiones de los dioses, la de un mundo meritocrático. En Agamenón, Esquilo expone su propia idea de justicia a través del coro: (…) es la acción impía que engendra muchas cosas, semejantes a su raza(10). No remite al capricho de los dioses, sino a los actos, a las faltas de los hombres la causa de su ruina. Ello no implica relegar los dioses al papel de simples espectadores del acontecer histórico, como divinidades ociosas. Si bien los dioses no causan la ruina de los hombres, velan porque paguen sus culpas, y si es necesario intervienen. Advierte el coro en esa misma obra: (…) las negras erinias, con el tiempo, hunden en las tinieblas, con trastorno infortunado de su vida, al que ha prosperado contra justicia(11).

3.2 El coro, de otro lado, se revela contra cierto pragmatismo que empieza a hacer carrera en Grecia, cuando en Las Coéforas de Esquilo afirma: Triunfar: éste es entre los hombres un dios y más que un dios. Más el peso de la justicia alcanza rápida a unos en pleno día; para otros reserva penas tardías en la hora del crepúsculo; y a otros los coge en la noche sin fin(12). En aras del triunfo, el hombre sacrifica su Polis, su familia, desatiende sus deberes, traiciona la amistad. No obstante, tarde o temprano habrá de pagar por la injusticia cometida. Porque se debe a su familia, a su Polis, porque se debe a los compromisos adquiridos también, el hombre no deberá hacer de los bienes materiales la medida de todas las cosas. En Agamenón, el coro resulta explícito al respecto, cuando advierte la manera como opera la justicia: (…) no honrando el poder de la riqueza y su falso sello de gloria(13).

A la voz de los personajes y a la del coro debemos adicionar una serie de fuerzas socio-culturales o religiosas superlativas, fuerzas cuyo poder sobrepasa el de los hombres, dentro de los elementos protagónicos de la tragedia. Distinguimos tres casos.

1. Cuando por medio de una maldición, un individuo desencadena una serie de fuerzas destinadas a perjudicar a otros o a evitar la feliz culminación de determinado proyecto. No es otro el caso de Edipo, quien maldice a sus hijos Eteocles y Polinices. En Edipo en Colona de Sófocles, en lo relativo al proyecto de conquistar a Tebas y deponer a su hermano, Edipo augura a Polinices un final infeliz: Porque no es posible que tu destruyas esa ciudad; antes caerás manchado de sangre, tú y el que es igual que tú por la sangre(14).

2. La ira divina provocada por una acción de los hombres reputada injusta, como fue la profanación de los templos griegos realizada por las tropas del rey persa Jerjes, y a la que Esquilo, en Los persas responsabiliza del fracaso de la expedición del hijo de Darío y en particular su derrota en la batalla de Salamina. Habla la sombra de Darío, cuando alude a las tropas de Jerjes: (…) ellos, que, llegando a tierra helénica, no sintieron vergüenza en despojar las estatuas de los dioses y en incendiar los templos: han desaparecido los altares y han derribado confusamente desde sus cimientos los monumentos funerarios de los héroes. Así, habiendo obrado mal, sufren males no menores, y otros les esperan(15).

Hay entre los dioses una serie de divinidades especializadas en castigar determinado tipo de faltas. Un par de ejemplos. Ate, hija de Zeus, expulsada del Olimpo, castiga los crímenes de los hombres y para ejecutar sus condenas utiliza a otros hombres, los mismos que más adelante deberá castigar, provocando así una cadena de crímenes que pareciera no tener fin. Al término de Las Coéforas de Esquilo, el coro se lamenta: Primero comenzó por unos hijos devorados, penas y tormentas de Tiestes. Luego alcanzó el destino a un héroe regio: asesinado en el baño pereció el caudillo de los aqueos. Ahora por tercera vez vino -¿qué diré?- ¿un salvador, la muerte? ¿Adónde irá, dónde finalizará el furor de Ate?(16). En Agamenón, las erinias, diosas ctónicas cuya tarea no es otra que la de vengar los crímenes de sangre, definen su rol en los siguientes términos: (…) creemos ser rectas justicieras; ninguna ira nuestra acosa al hombre que presenta manos puras y su vida transcurre sin daño. Pero cuando un pecador, como éste (refiriéndose a Orestes, el paréntesis es nuestro), oculta unas manos ensangrentadas, entonces viniendo, testigos veraces, en socorro de los muertos, aparecemos al fin como vengadoras de la sangre(17).

3. El caso límite de la intervención de fuerzas socio-culturales o religiosas en la tragedia griega, lo constituye la moira, cuyo poder al decir de Hesíodo sería superior al de los dioses, y además, caprichoso, en ocasiones injusto como ocurre por ejemplo en Edipo rey de Sófocles, cuando el héroe es destinado a dar muerte a su padre y a casarse con su madre, y ante lo cual nada se puede hacer así se tomen precauciones.

Aunque la maldición, la ira de los dioses, el destino se clasificaron antaño como fenómenos sobrenaturales, hoy pudiéramos acudir a explicaciones psicológicas basadas en la autoridad de quien habla (en el caso de la maldición), en la de las tradiciones religiosas cuya transgresión desencadenaría profundos remordimientos de conciencia (en el caso de la ira divina), en la del oráculo de turno (en el caso del destino) como otros tantos fenómenos en condiciones de provocar severas mutaciones en la red de significados y sentidos de su interlocutor, haciendo probable determinado desenlace.

Aunque el héroe debe enfrentar una serie de fuerzas socio-culturales o religiosas superlativas, no por ello su acción estaría condenada al fracaso. El héroe no siempre sucumbe ante las fuerzas en cuestión, no siempre sale avante tampoco. Ello amerita una explicación. El héroe sale airoso del reto si coloca de su lado una fuerza no menos superlativa que la que se le opone. Aunque Edipo no logra vencer al destino; Prometeo, en cambio, termina por doblegar la voluntad de Zeus, como en efecto acontece en Prometeo liberado de Esquilo, obra de la que apenas quedan algunos fragmentos, pero cuyo guión conocemos en líneas generales por diversas fuentes; cuando el héroe conoce un secreto cuya ignorancia puede costar a Zeus su reino, secreto que revela al primero entre los inmortales cuando él lo libera de su yugo, cuando le concede su libertad. Aunque las erinias logran la muerte de Agamenón a manos de Clitemnestra en venganza por haber autorizando el sacrificio ritual de Ifigenia; no obstante, fracasan en su intento por provocar la ruina de Orestes, quien había dado muerte a Clitemnestra, en la medida en que Apolo se interpone. El héroe redobla sus fuerzas en la desgracia y en ocasiones sale avante. No en vano dirá el coro en Antígona: Muchos portentos hay, pero nada es más portentoso que el hombre(18).

 
Esquilo y Sófocles se querellan contra el autoritarismo de los dioses y el pragmatismo de los hombres

 


3. Adversus positivismo

En la tragedia griega no sólo intervienen la voz de los protagonistas, sino además la del coro; la tragedia griega no sólo registra las acciones de los personajes, sino además la de una serie de fuerzas socio-culturales o religiosas superlativas. Ello puede interpretarse de varias maneras. Hay quienes ven en el coro por medio del cual se expresan la Polis, la tradición, la sabiduría poética una argucia literaria. Otro tanto se diría de la maldición, la profanación, y por supuesto, del destino. Habrá quienes, en cambio, reivindiquen el protagonismo de las voces suprapersonales, de las fuerzas socioculturales o religiosas superlativas; habrá quienes reconozcan, en síntesis, que en comparación al mundo reflejado por los diálogos platónicos la tragedia griega revela un mundo más complejo todavía; que la ficción no sería la del mundo de la tragedia; que la ficción sería, en cambio, la del mundo ordenado sin fisuras, antisísmico, sin conflictos que trasciendan la ignorancia; la del mundo expuesto por los autores de tratados, quienes operan una simplificación de la existencia, simplificación que no es ni mucho menos gratuita cuando ella facilita su dominio.

Para quienes el mundo se reduce a materia en movimiento las palabras serían referentes de lo real; si no lo son, si su condición es una condición autoreferencial únicamente, como sería la literatura de acuerdo con la concepción de Jakobson, se clasifican, en cambio, como ficción. Ello condenaría a la irrealidad a todos los elementos de la tragedia griega que denotan fenómenos irreductibles al plano físico-biótico como sería por ejemplo la voz de la tradición o los efectos de una maldición. Ello sería discutible, no obstante. A partir del giro copernicano operado por Descartes en filosofía, el mundo para nosotros deja de ser concebido como fiel réplica del mundo fuera de nosotros; lo sería, en cambio, como un mundo construido con la participación de nuestra subjetividad. A partir del giro lingüístico operado por el último Wittgenstein y el último Heidegger se reconoce la participación de una diversidad de léxicos y hábitos lingüísticos en la construcción de mundo, o mejor, en la construcción de mundos; cuando resulta evidente que el mundo para nosotros se extiende hasta donde hemos apalabrado sentido. De allí derivan las siguientes observaciones:

1. A semejanza de las estructuras socio-culturales que en la tragedia griega hablan a través del coro, fenómenos como la opinión pública y el qué dirán, constituyen protagonistas de primer orden del acontecer histórico, así no sea posible asimilarlos a individuos específicos.

2. Fenómenos como el temor, el entusiasmo existen para nosotros, son reales para nosotros, no sólo como fenómenos individuales, sino además colectivos, así no resulte fácil explicarlos en términos objetivos, y pueden operar como fuerzas anímicas a semejanza de las fuerzas socio-culturales o religiosas que participan de la tragedia griega.

 

4. Tragedia y conflicto

Porque en la tragedia griega abundan los asesinatos, los destierros y en general el sufrimiento, hay quienes reconocen en ellos el elemento trágico, en la medida en que tales episodios infunden dolor y tristeza. Porque tales atributos de la tragedia griega también pueden registrarse en poemas, en narraciones cortas y largas, en ellos no radica la singularidad de la misma, y es menester buscarla en otro lado.

Con la activa participación de personajes transubjetivos y fuerzas socio-culturales y religiosas superlativas, en las obras de Esquilo y Sófocles la tragedia griega recrea una serie de conflictos conocidos como conflictos trágicos, los cuales se resisten a ser dirimidos mediante un análisis racional. Con la mutilación de las voces suprapersonales y las fuerzas socio-culturales en la era del tratado, no faltan los pensadores para quienes la superación de la ignorancia, el advenimiento de la Ilustración lleva a la liquidación de los conflictos. Sin el protagonismo de las voces suprapersonales, de las fuerzas socio-culturales, el mundo postrágico sería, en síntesis, un mundo recortado, un mundo simplificado y en última instancia un mundo proclive a la manipulación.

Cuatro tragedias nos proporcionan otros tantos ejemplos de conflicto trágico, del conflicto que no se reduce a la ignorancia de (al menos) una de las partes. Prometeo encadenado y Las Coéforas de Esquilo. Antígona y Filoctetes de Sófocles.

 

4.1. Prometeo encadenado de Esquilo

A pesar de su condición de titán, Prometeo combate al lado de Zeus en la titanomaquia narrada por Hesíodo, y contribuye a la derrota de Cronos. No será la única vez que Prometeo se ponga del lado de los advenedizos. Con Zeus en el poder, el titán favorece a los hombres. No sólo les enseña múltiples artes y oficios, cuando además les suministra una chispa divina para que comparta con los inmortales el dominio del fuego. Prometeo, en síntesis, se revela como el prototipo del transgresor. Ello le traerá problemas por supuesto. Celoso de sus privilegios, Zeus juzga la acción del titán como una traición y se dispone a castigarlo. El primero entre los olímpicos ordena encadenarlo a un abrupto peñasco. No es otro el marco en el cual se desarrolla la obra Prometeo encadenado de Esquilo.

Porque Prometeo conocía un secreto cuya información resultaba indispensable a Zeus en la medida en que el primero entre los olímpicos quisiera conservar su predominio, sabía que tarde o temprano podía negociar su libertad. Entre tanto, el titán asumió una actitud altiva, desafiante a pesar de los consejos formulados por Hefestos, el coro de las oceánicas y Océano, sus contertulios de turno, quienes le recomendaban la prudencia. La reacción de Zeus no se hizo esperar, y a la pérdida de su libertad Prometeo sumó un nuevo castigo. En lo sucesivo, un águila le devoraría las entrañas de día, las cuales crecerían de noche para reiniciar el suplicio al día siguiente.

Fiel a su vocación, Prometeo se comporta como un héroe que desafía el peligro sin medir las consecuencias. Renunciar a su actitud altiva, acatar el consejo de sus contertulios de turno sería para él tanto como asumir un rol de mártir. El héroe despierta admiración; el mártir, lástima, y Prometeo lo sabía. Porque le reporta dolor, ser auténtico era una actitud por la que el titán paga oneroso precio. Ser auténtico, no obstante, le proporciona sentido. De asumir, en cambio, una actitud pragmática, doblegado ante Zeus evitaría el dolor, pero su vida perdería en sentido. Menos dolor, menos sentido, era la fórmula recomendada por sus contertulios. Más dolor, más sentido, la suya. Porque no es posible medir el sentido, ni siquiera el dolor; porque si fuese posible medirlos no sería posible compararlos en cuanto no existe un parámetro común, en Prometeo encadenado de Esquilo se plantea un conflicto que no resulta fácil dirimirlo.

 

4.2. Las Coéforas de Esquilo

Orestes, luego de su visita al oráculo de Apolo, en cumplimiento de los designios del dios, atemorizado por las penas que le reportaría no hacerlo, se dispone a vengar a Agamenón, su padre, quien ha sido asesinado por su madre, Clitemnestra. Electra, hermana de Orestes, quien no sólo ha sufrido la muerte de su padre, sino además el oprobio de vivir en una Micenas diferente de la que fuera en tiempos de Agamenón, cuando ahora su madre gobierna al lado de Egisto, un advenedizo, se erige en su cómplice.

 
A partir del giro lingüístico operado por el último Wittgenstein y el último Heidegger se reconoce la participación de una diversidad de léxicos y hábitos lingüísticos en la construcción de mundo, o mejor, en la construcción de mundos;


Llegado el momento de ejecutar la acción, como es apenas natural, Orestes vacila. Agamenón, uno de los héroes de la guerra de Troya, debe ser vengado, y ello no admite discusión. Porque la asesina de su padre es nada menos que su madre, los sentimientos filiales del hijo no se podían acallar así no más, máxime cuando Clitemnestra los invoca en el postrer instante. Leemos en Las Coéforas de Esquilo, cuando Clitemnestra habla a Orestes en los siguientes términos: Yo te crié y quiero envejecer contigo(19). No menos elocuente, Clitemnestra implora clemencia en Electra de Sófocles: ¡Oh, hijo, hijo ! apiádate de la que te dio la luz(20). A tal punto que se hace necesaria la acción del coro, Pílades, y Electra (según las diferentes versiones) para decidirlo.

Las amenazas de Apolo no son intranscendentes ni mucho menos. ¿Cómo desatenderlas si prometen a Orestes una vida miserable de no acatar sus designios? El matricidio, de otro lado, desencadenará la implacable persecución de las erinias y él lo sabe. Orestes se debate entre su deber como hijo de un padre, el rey, el jefe de la expedición de los griegos contra Troya, quien debe ser vengado, de un lado, y sus sentimientos hacia una madre a la que no le faltan argumentos para explicar el asesinato de su esposo, cuando él no sólo había consentido el sacrificio de su hija, Ifigenia, hermana de Orestes, sino que había dado muerte a su primer esposo y a sus hijos, de otro lado. Entre el castigo de Apolo y la ira de las erinias, Orestes no tiene escapatoria.

4.3. Antígona de Sófocles

Eteocles y Polinices, ambos hijos de Edipo, quienes luchan por la corona de Tebas, se han dado muerte mutuamente como fuera narrado en la tragedia Siete contra Tebas de Esquilo. Antígona, de Sófocles, continúa la historia. Porque Eteocles en el momento de su muerte era el rey de Tebas, porque Polinices, en cambio, era el invasor que al mando de un ejército extranjero pretendía conquistar la urbe, Creonte, quien gobierna la Polis luego de la muerte de los hijos de Edipo decide dar sepultura al cadáver de su antecesor, pero no al de su hermano. No es otro el contexto en el que transcurre Antígona de Sófocles.

Porque las almas de los cuerpos insepultos no podían hacer otra cosa que permanecer vagabundas y les estaba vedado su ingreso al Hades, era un deber enterrar a los muertos, deber que si bien no estaba consignado en la ley escrita, hacía parte, en cambio, de las más profundas tradiciones de la Polis, legitimadas, además, desde un punto de vista religioso, deber que recaía en primer lugar sobre sus deudos. Antígona, hija de Edipo, en cumplimiento de la tradición en cuestión, decide dar sepultura a Polinices, su hermano, así Creonte hubiera amenazado con la muerte a quien lo hiciera. Sorprendida por los guardias cuando realizaba la acción, Antígona se resiste a abandonar sus planes, así haya de costarle la vida como efectivamente ocurre.

Porque en el Hades los muertos habitan como una pálida sombra sin memoria, es decir, sin identidad personal alguna, la individualidad del hombre no sobrevive a la muerte. Para Creonte, no obstante, las culpas de Polinices se hacen extensivas al cadáver. Ello no debe extrañarnos ni mucho menos. De acuerdo con añejas creencias, las culpas pueden trasmitirse allende la individualidad que las padece. Es así como la culpa se transfiere de padres a hijos, creencia que no fue privativa de los griegos, como quiera que se encuentra entre los judíos por ejemplo y cuya formulación por excelencia no sería otra que la del pecado original expuesta en la Biblia. No obstante, dicha concepción de la culpa termina por colapsar. Con el desarrollo de las tradiciones políticas protodemocráticas, cuando los individuos ejercen su autonomía en mayor grado, la culpa se considera intransferible. Antígona representa el nuevo punto de vista.

En la Antígona de Sófocles, en síntesis, es posible registrar dos conflictos que se cruzan: Las tradiciones familiares (Antígona) en contraposición con la ley (Creonte), el primero. La antigua manera de entender la culpa (Creonte) en contraposición a la nueva (Antígona), el segundo.

Mientras Antígona defiende la vigencia de las tradiciones familiares a partir del nuevo concepto de culpa; Creonte, en cambio, asume el primado de la autoridad del gobernante y el antiguo concepto de culpa. Aunque la autoridad del gobernante garantiza el orden; las tradiciones familiares, de otro lado, preservan una serie de prácticas sociales que han demostrado su eficacia. Aunque el poder corrompe y la autoridad del gobernante suele revelarse arbitraria; las tradiciones familiares, de otro lado, pueden representar un lastre para la sociedad haciéndola incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos con la premura que las circunstancias exigen. Aunque la individualización del concepto de culpa evita la imputación a determinada persona de culpas motivadas por conductas ajenas a la suya; la concepción de un concepto de culpa transpersonal, de otro lado, no es deleznable ni mucho menos, cuando cobra vigencia en casos como los de niños, de los adolescentes asesinos, cuando la responsabilidad por sus actos recae sobre la sociedad en general. Aunque la individualización del concepto de culpa induce al individualismo; la concepción de un concepto de culpa transpersonal, de otro lado, origina múltiples injusticias cuando por ejemplo un hijo hereda la maldición de la que fuera objeto su familia o el descrédito en que ha incurrido su padre.

 

4.4. Filoctetes de Sófocles

Habiendo sido abandonado en una isla solitaria a raíz del hedor que desprendía una de sus piernas como consecuencia de una enfermedad incurable, Filoctetes recibe la visita de Neptolemo, hijo de Aquiles, enviado por Ulises para apoderarse de su arco por medio del engaño. Ulises sabe que Filoctetes no cederá su arma de buena gana, pero le urge hacerse a ella. Si los griegos no han tomado a Troya luego de largos años de asedio, de acuerdo con una profecía que ha llegado a oídos de Ulises, se debe a que no cuentan con el arco de Filoctetes. No es otra la trama del drama de Sófocles titulado Filoctetes.

En un comienzo, Neptolemo califica el plan de Ulises de pérfido, como quiera que él se estaría apropiando de un bien ajeno sin el consentimiento de su dueño. Neptolemo increpa así a Ulises: Pero, ¿por qué me he de llevarlo con engaño y no con la persuasión?(21). Porque Ulises le hace ver a Neptolemo las consecuencias que traería para los griegos apostados en frente de las murallas de Troya el fracaso de su plan, él lo lleva a feliz término. No obstante, el drama toma un giro imprevisto cuando el hijo de Aquiles se arrepiente de su acción y devuelve el arco a su dueño.

Al obtener el arco de Filoctetes, el interés colectivo de la guerra de Troya prima en Neptolemo sobre sus reticencias morales. Al devolver el arco, las prioridades se invierten. ¿Hasta donde el bien común está por encima del interés individual? En nuestro tiempo el problema del arco de Filoctetes se habría resuelto legalmente mediante una indemnización. En caso de guerra bastaría una orden militar. Aunque Filoctetes esté en una isla desierta se pudieran aplicar principios de extraterritorialidad. En tiempos de la guerra de Troya, no obstante, no existían las leyes en cuestión.

Así el caso de Filoctetes no ofrezca hoy dificultad alguna, abundan los dilemas entre el bien común y el interés individual todavía no resueltos de manera satisfactoria para todos como los relativos a la pena de muerte, la manipulación genética o la contaminación.

 

5. Conclusión

Si un pensador descubriera el orden del mundo, bastaría comunicarlo a sus semejantes y todos encaminaríamos nuestras acciones en la misma dirección. Si alguno desconociera ese orden probablemente dirigiría sus acciones en otra dirección, y al hacerlo entraría en conflicto con los demás. No obstante, bastaría hacerle conocer el orden en cuestión para superar el conflicto. No es otro el modelo de mundo en el que pudiera aplicarse la máxima socrática de acuerdo con la cual nadie hace el mal sino por ignorancia.

Si para Platón el arte es copia de una copia, no debe extrañarnos que en la República expulse al poeta que se ufana de cantar a muy diferentes cosas, como quiera que el artista debería exaltar el orden del mundo reputado verdadero únicamente. El poeta trágico, en cambio, sería un poeta fantasioso, cuando reproduce querellas en las que cada una de las partes se apoya en una sabiduría diferente. Si hay un solo mundo, no es posible legitimar dos tradiciones a la vez, y las tragedias fundadas en la existencia de antagonismos insalvables no serían más que ficción.

 
Sin el protagonismo de las voces suprapersonales, de las fuerzas socio-culturales, el mundo postrágico sería, en síntesis, un mundo recortado, un mundo simplificado y en última instancia un mundo proclive a la manipulación.

Hoy, cuando se reconoce que el mundo para el hombre es un mundo en construcción, un mundo apalabrado, inclusive, resulta evidente no sólo la historicidad del mundo, sino además su pluralidad. Porque cada individuo, cada sociedad, asume diferentes roles, diferentes prioridades, resulta evidente el politeísmo de los valores. No en vano compiten la seguridad y el sentido (Prometeo encadenado), el bien común con el interés individual (Filoctetes), hay temores encontrados (Las Coéforas), conceptos de justicia encontrados (Antígona), y no resulta fácil dirimirles. Un mundo así, es un mundo que no puede administrarse con cartilla, que demanda más ingenio, más tolerancia también. No es otro el mundo "real", el mundo que los sistemas filosóficos solaparon, pero que hoy con la crisis de dichos sistemas se hace evidente una vez más.


 

NOTAS


(1) BAJTIN, Mijaíl L. Problemas de la poética en Dostoievski. Santafé de Bogotá: FCE. 1993. p. 156

(2) ARTAUD, Antonin. La puesta en escena y la metafísica. En: El teatro y su doble. México D.F.: Sudamericana, 1964. p. 43

(3) ESQUILO. Agamenón. En Tragedias completas. Barcelona. RBA, 1995. p. 151

(4) ESQUILO. Las Coéforas. p. 203

(5) ESQUILO. Prometeo encadenado. p. 110

(6) Cfr. GENESIS, 3, 22

(7) ESQUILO. Agamenón. p. 158

(8) SOFOCLES. Edipo rey. En Tragedias completas. Barcelona. RBA, 1995. p. 182

(9) SOFOCLES. Antígona. p. 114

(10) ESQUILO. Agamenón. p. 158

(11) Ibid. p. 151

(12) ESQUILO. Las Coéforas. p. 188

(13) ESQUILO. Agamenón. p. 158-9

(14) SOFOCLES. Edipo en Colona. p. 315

(15) ESQUILO. Los persas. p. 32

(16) ESQUILO. Las Coéforas. p. 218

(17) ESQUILO. Agamenón. p. 231

(18) SOFOCLES. Antígona. p. 114

(19) ESQUILO. Las Coéforas. p. 213

(20) SOFOCLES. Electra. p. 224

(21) SOFOCLES. Filoctetes. p. 23

 


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