Ponencia principal presentada en el 22º Congreso
Nacional de Lingüística, Literatura y Semiología,
Cali, 2002.
Introducción
Miremos tres cuadros de la vida cotidiana.
Cuadro No. 1
“ Abra la boca … saque la lengua …diga ahhh… ”,
dice. Y con una tablilla abate la importante víscera contra
el piso de la cueva, en tanto que, sobre la laringe, las amígdalas
y tejidos aledaños, proyecta un raquítico rayo de luz
de una linterna en vísperas de jubilación. “ Hmmmm ”,
puja.
— “ ¿Qué será, doctor, que he venido
sintiendo este dolor aquí… me siento cansado… me
sudan las…? ”
— “ ¿Cuánto hace que …? ”
Retira de la axila el termómetro previamente instalado allí.
Sumerge el pico de su lámpara en las fosas nasales y en los
oídos; aplica tensiómetro en el brazo; recorre pecho,
espalda y vientre con su oído pegado al estetoscopio; da unos
leves golpes de martillo en las rodillas; presiona con sus manos
diferentes sitios del cuerpo; retuerce, inmisericorde, las extremidades
inferiores (— “ ¿Duele? ” — “ No,
doctor, sólo cuando… ”); e introduce uno o dos
de sus dedos por los más recónditos pasillos inferiores,
en afrenta al pudor y/o a la virilidad...
Gira sobre sí, se acomoda en su escritorio y, con aire de
sabia preocupación o satisfacción, garrapatea grafías
ilegibles. O, con pasmosa lentitud, chuza pescando tecla por tecla,
para anotar, en la sistematizada Historia Clínica, su diagnóstico
y tratamiento.
— “¿Cómo me encuentra, doctor?”, musita
temeroso el auscultado.
— “Hagamos unos exámenes de laboratorio y rayos-X.
Debemos descartar …” Y extiende, al atolondrado consultante,
las respectivas órdenes y fórmulas. “Mientras tanto,
puede tomar este medicamento para aliviar…”
— “ Gracias, doctor. Hasta luego. ”
— “ Bueno. Lo espero cuando tenga los resultados… ”
Cuadro No. 2
“ Abra la boca… ”, canturrea tiernamente, mientras
una de sus manos acaricia la cabecita, y la otra acerca la cuchara
con el alimento a la boca de su pequeñín. El infante
permanece con la boca cerrada, mientras agacha la cabeza o la gira
casi 180°. “ Abra la boca… ”, exclama entre
suplicante y enojada. El chiquillo, en su silla, ensaya una indescriptible
contorsión mientras agita sus brazos en rechazo a la cuchara
inminente. “ ¡Abra la boca…! ”, insiste, esta
vez en tono más fuerte… Los pequeños maxilares
se aprietan e impiden todo acceso a la cavidad oral. Los dedos del
corazón y pulgar de la mano izquierda materna atenazan los carrillos
del crío. Todo en vano: entre los labios del cachifo momentáneamente
deformados por la presión, se asoman dos hileras blancas sólidamente
fundidas en una barrera infranqueable. La sopa rueda por el mentón,
el cuello, el babero…
Cuadro No. 3
“Cierre los ojos y abra la boca”, dice en tono afectuoso,
mientras su mano se oculta tras su espalda. Y, entonces, un pequeño
manjar aterriza sobre la lengua, estimula las papilas gustativas, acelera
la acción de las glándulas salivares, inunda de sabor
la boca del agasajado, y desencadena pequeñas corrientes de
ternura y de placer que recorren todo su cuerpo. O…
Significado y sentido
Estas micropiezas narrativas comparten un elemento verbal: “Abra
la boca…”. También, un propósito: mover
al alocutario a actuar. Sin embargo, cada cuadro revela una finalidad
específica: en el primero, observar señales físicas
que den indicios de problemas de salud, para intervenir terapéuticamente,
si es necesario; en el segundo, alimentar a un típico niño
inapetente de los platos hogareños; en el tercero, agradar
al alocutario.
Podemos decir, entonces, que la expresión abra la boca tiene
el mismo significado en las tres situaciones: ‘el locutor desea
o manda que el alocutario realice una acción-proceso tal que
sus labios se separen suficientemente’. Pero tiene sentidos
diferentes en cada ocasión. Sentidos que revisten complejidades
en las que intervienen, además del lingüístico,
distintos factores psisociales y pragmáticos. Uno de estos
elementos, por ejemplo, son las actitudes de los interlocutores:
en la primera situación, médico y paciente se mueven
en un acuerdo de prestación de servicio; en la segunda, se
desenvuelven en un desacuerdo: la madre brinda sus cuidados a su
pequeño, pero éste se siente agredido (y termina siéndolo);
en la tercera, obran en una complicidad afectivo-emotiva de complacencia
recíproca.
Presenciamos, aquí, en esencia, manifestaciones físicas
de los procesos de significación y comunicación. Los
dos, imprescindibles puntales del lenguaje y las lenguas. Los dos,
esencia del discurso y del texto.
Propósito de esta charla
Voy a hacer un somero recorrido por la significación en la
comunicación y para ella parto del postulado axiomático
de que en la mente humana (en cuya comprensión queremos avanzar
quienes estudiamos el lenguaje y las lenguas naturales) todas las
estructuras cognitivas, afectivas y sociales constituyen una red
semiótica integral.
Lo que me interesa hoy, es retomar una idea
que planteé años
atrás: la lengua y, por consiguiente, la significación-comunicación
son —además de polifónicas (en términos
de Ducrot)—, poliscópicas. Haré una rápida
exploración, para mostrar diversos puntos de referencia que
contribuyen enormemente a la “generación y negociación
de sentidos” en la interlocución. Con esto, busco, para
mi consumo personal, dar un paso más en la comprensión
de la “competencia lingüística” como estructura
cognitiva holística del lenguaje.
Marco conceptual
Voy a seguir, naturalmente, los lineamientos de la visión
(hoy borrosa) que se conoció, en su momento, como “enfoque
semántico-comunicativo”.
Para quienes nunca han oído mencionar este nombre, se trata
de una aproximación al lenguaje en la que se intenta una síntesis
del trabajo de muchos estudiosos que, desde diversas disciplinas
académicas, han aportado sus luces para la comprensión
y construcción de este objeto teórico. Fue iniciada
de manera solitaria por Luis Ángel Baena (q.e.p.d.). Apoyada
y complementada posteriormente con los valiosos aportes de algunos
estudiantes (Guillermo Bustamante, entre otros) y con mis pesquisas
en gramática y comunicación. Extendida y adoptada (aunque
con las distorsiones “naturales” de toda adopción)
como parte de los Marcos Generales del MEN. Aplicada en el ámbito
educativo de Colombia por diversos egresados de la Maestría
en Lingüística y Español de la Universidad del
Valle. Y, finalmente, para estar a tono con las desdichas actuales,
desplazada...
Lenguaje
El lenguaje se entiende como un proceso biopsicosocial por medio
del cual el hombre convierte su experiencia en sentido —y “da
sentido a su experiencia” (diría Óscar Ágredo).
Para esto, las prácticas (i.e. vivencias y acciones) empírica,
teórica y comunicativa generan constructos mentales e instrumentales
que se concretan en imbricados sistemas de signos.
Veamos rápidamente (y “en sencillito”, como siempre
me aconseja mi amigo Enrique Cabeza, el de Pamplona) de qué estamos
hablando. Contamos con un cuerpo material que nos pone en contacto
con el mundo exterior, posibilita nuestras sensaciones y moldea,
en parte, y dentro de las limitaciones biológicas de la especie,
nuestra percepción de las “realidades”. Estamos
dotados de un sistema neural capacitado (“programado”)
para comparar, analizar, sintetizar, clasificar, cuantificar y, sobre
todo, representar simbólicamente la experiencia sensorial
y perceptual.
Desde muy temprano en nuestras vidas, para orientarnos en el entorno
físico y social en el que crecemos, construimos mentalmente
alguna interpretación de nuestra realidad: elaboramos nuestra “original” visión
del mundo. Visión que va madurando con nuestro acceso al acervo
cultural del grupo o de los grupos en los que nos desenvolvemos.
Esto es posible por el uso de señales materiales sistémicas
de diverso orden que surgen históricamente, se cargan de significado
y circulan para facilitar la interacción y producir sentido
en ella.
El lenguaje, entonces, como conversión
de la experiencia humana en sentido, ineludiblemente construye
sistemas de signos. Producimos signos, estamos hechos de signos
y navegamos en ellos.
La significación y la comunicación son procesos solidarios
e inseparables. Mantienen una relación simbiótica perfecta:
nacen, viven, crecen, se enriquecen o se empobrecen, enferman y mueren
al unísono. La significación es la producción
de ideas, la elaboración del pensamiento, la formación
de discursos, urdidas con elementos sémicos. La comunicación
es la socialización de las ideas, la negociación de
sentido(s) que apunta a “acuerdos” de diversa índole.
El proceso de comunicación, aunque imperfecto, es posible
porque los signos son las voces de nuestra cultura, que nos constituyen
en sujetos sociales: se imprimen en discursos que nos determinan
en lo más profundo de nuestro ser. Cada uno de nosotros es
producto cultural. Los signos, entonces, son alma y vehículo
del pensamiento, y permiten, a las mentes interactuantes, el acceso
recíproco.
Significación lingüística
El lenguaje puede incorporar como signo cualquier elemento material.
Consecuentemente, el hombre ha creado diversos sistemas sémicos:
cromáticos, aromáticos, texturales, kinésicos,
acústicos, ópticos, sapóricos... Todos contribuyen
a la formación cultural de la visión del mundo. Es
el universo semiótico.
Sin embargo, son los sistemas de significación lingüística
(i.e. las lenguas naturales) los que han logrado el máximo
grado de desarrollo. Su éxito depende de su relativa economía
estructural (Martinet) y de su infinito potencial: con unos pocos
sonidos (o grafías) y principios combinatorios, con una cantidad
limitada de “reglas” morfosintácticas, con un
puñado de estrategias retórico-discursivas, y dentro
de un pequeño marco de requerimientos escénicos y sociales,
podemos crear y comprender mensajes (i.e. significados y sentidos)
infinitamente... (aproximación al concepto de “creatividad” de
Chomsky).
Pero recordemos que cada hablante particular
y concreto, según
su experiencia cultural y comunicativa, construye su conocimiento
de su lengua, en términos de los elementos grosso modo enumerados.
Esa es su competencia lingüística. Como en tantos otros
aspectos de las sociedades, en los que existen diferencias individuales,
también en competencia lingüística surgen las
diferencias (y muy grandes, en muchos casos).
Poliscopia
Tomemos ahora la idea de poliscopia en la significación-comunicación.
Volvamos, a manera de ejemplo, sobre las expresiones “Abra
la boca... Saque la lengua... Diga ahhh...”, que abren el cuadro
# 1. Los hablantes de castellano, puestos en la posición de
alocutarios de estas expresiones, comprendemos, inmediatamente y
sin ninguna dificultad, el significado y el sentido de esas palabras;
y (si se satisfacen los requisitos interactivos) reaccionamos y respondemos
a ellas con las acciones adecuadas
Pero, si queremos observar, describir y explicar
cómo se
generan significado y sentido (i.e. cómo se elaboran discurso
y texto), encontramos un complejo de aspectos heterogéneos
sincréticos. Es decir, que las expresiones, en su calidad
de signos, pintan un cuadro con pinceladas que proceden de miradas
a diversas “regiones” de nuestra realidad mental y cultural.
Las regiones más importantes son: (a) las señales
físicas y los elementos sistémicos estructurales, constitutivos
de los significantes. (b) el mundo de referencia semántica
que se asocia íntimamente con los significantes, constituido
en significados. (c) las circunstancias particulares del escenario
y la situación de comunicación y de los interlocutores...,
que aportan las pistas necesarias para la comprensión e interpretación,
i.e. que orientan el sentido. Todas estas regiones son complejas.
Veamos.
Señales físicas
La expresión de cualquier mensaje tiene a su disposición
diversos elementos capaces de llegar a los sentidos del destinatario.
Las formas lingüísticas y supralingüísticas
son la materia prima de la comunicación oral. En ella, las
expresiones, forjadoras y portadoras de significados, se emiten fundidas
con los elementos acústicos de acentuación, ritmo,
entonación, y timbre e intensidad de la voz. Además,
en la interlocución cara a cara (y hasta por medios electrónicos)
aportamos el “lenguaje corporal”. Por otra parte, la
página escrita se compone de señales gráficas
(lingüísticas, diacríticas, y paratextuales) que
pretenden representar, de alguna manera, algunos rasgos de la producción
del mensaje oral.
Todas estas manifestaciones físicas tienen como función
contribuir a orientar, parcialmente, la elaboración del sentido
del texto (oral o escrito).
Elementos sistémicos
estructurales
Las señales, para ser realmente significantes, deben formar
parte del acervo sémico (sistémico) constitutivo de
la competencia lingüística de los interactuantes. Por
ejemplo, las cadenas de sonidos (o de letras) deben estar organizadas
en grupos de morfemas que los interlocutores asocian con alguna lengua
que ellos saben. En el caso de la expresión “abra la
boca...”, la reconocemos como propia de la lengua castellana.
Paradigmas y sintagmas
Las palabras son seleccionadas de paradigmas lexicales debidamente
categorizados como sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios, artículos,
pronombres, conjunciones, interjecciones. Y se organizan en relaciones
sintácticas superficiales, en las que puede haber omisión
de formantes o variaciones en el orden de las frases constitutivas.
Por ejemplo, cada una de las secuencias Abra la boca, Saque la
lengua, Diga ahhh... se estructura como Verbo + Objeto Directo.
Las estructuras sintácticas superficiales, a su vez, están
fundamentadas en relaciones sintácticas subyacentes, en
las que se registran explícitamente todas las relaciones
constitutivas de la estructura. Como por ejemplo: Sujeto + Verbo
+ Objeto Directo, para las cadenas de formantes <Usted abr-i-
la boca>; <Usted sac-a- la lengua>; < Usted dec-i-
ahhh..>.
Las estructuras de señales físicas obedecen a principios
de organización de ideas (i.e. a reglas de sintactización)
para la comunicación. Son, pues, transformas de estructuras
ideativas. Resultan de diferentes “perspectivas”, especialmente
del tono del mensaje, la selección léxico-ideativa,
la tematización y el tejido discursivo (elaboración
del texto).
Estructuras ideativas
Las prácticas empírica y teórica innatas conducen
al ser humano a establecer dos tipos de esquemas mentales de representación
de la realidad: el uno, en términos de acontecimientos (el
mundo en movimiento); y el otro, de condiciones existenciales (el
mundo categorizado por el sujeto cognoscente). El primero son las
relaciones evenimenciales (de eventos). Para todo evento, debe haber
un Médium que lo haga posible. En esencia, estos esquemas
son: Acciones ( [Evento + Agente] ), Procesos ( [Evento + Paciente]
), y la combinación o fusión de los dos ([[Evento+
Agente] + [Evento+ Paciente]]).
El segundo tipo de esquema son las relaciones existenciales. Estas
estructuras surgen de operaciones que imponen una segmentación
ordenada sobre el mundo. En esencia, son: Clasificación, Calificación,
Cuantificación, Seriación, Localización, Dominio:
[Esivo + Existencia + K].
Los dos tipos de esquema se complementan con
un marco de circunstancias: Instrumento, Beneficiario, Dativo,
Locus, Locativo, Causa, Fuerza, Finalidad…
En esta región, cada hablante de una lengua dada establece,
a partir del acervo sociolingüístico de su comunidad
lingüística, su propio repertorio léxico-ideativo.
De él, según las necesidades de significación-comunicación,
extrae los elementos básicos para generar (i.e. estructurar)
su discurso. La mirada generadora escoge qué comunicar o qué callar.
Y se organiza el texto, como soporte (armazón) subyacente
del proceso discursivo que va a tomar cuerpo físico en la
estructura lingüística formal.
Mundo de referencia semántica
Las prácticas culturales conducen a la creación de
diversos “mundos” que se configuran y toman sentido en
la producción lingüística. Son distintos modos
de construcción de “realidades mentales”. Es decir,
son discursos o maneras de pensamiento de diversa índole.
Podemos identificarlos como: cotidiano, ideológico (e.g. esotérico,
metafísico, político...), jurídico, científico,
técnico, poético/ficción, psicopático...
Los sistemas formales de la lengua que traen
a la existencia estos mundos, son, en esencia, los mismos para
todos los discursos. Pero las estructuras lingüísticas representan valores o “realidades
diferentes”, según las prácticas interactivas
de los “especialistas”. Cada tipo de discurso consagra
su propio conjunto de reglas generadoras. Todos asimilamos inicialmente
la visión familiar (cotidiana) del mundo. Según nuestros
intereses cognitivos y experiencias culturales, vamos elaborando,
reelaborando, integrando y refinando diferentes discursos para construir
nuestra “realidad mental”... Algunos llegan a crear mundos
poéticos. Otros, hasta psicopáticos...
Circunstancias históricas,
escenario y situación de comunicación
Hasta aquí tenemos un mundo genérico de significación-comunicación.
Pero el proceso concreto de la producción de sentido(s) toma
lugar en un momento histórico y en un escenario espacio-temporal
definidos, en una situación de comunicación particular
y por actores concretos. Son los casos de los cuadros con los que
abrí este recorrido. Por ejemplo, el Cuadro # 1 tiene lugar
en algún momento histórico (año 2002), en un
consultorio médico de Cali dotado de instrumentos apropiados;
en una situación de consulta de salud; y actúan comunicativamente
un médico y un paciente. El sentido allí generado en
la interacción verbal, por ejemplo, no será el mismo
si ésta se da en la sala de una casa de familia, y quienes
participan son dos niños que exploran el mundo en una acción
lúdica. La ritualización de escenarios y de papeles
sociales (distribución social del trabajo, dirán los
sociólogos) son, pues, elementos sémicos importantes
en las condiciones de producción de sentido.
Interlocutores
Adicionalmente a su papel social, en la negociación de sentidos,
los actores de la comunicación administran (deliberada o inadvertidamente)
diversos factores: experiencia e información, motivación,
valores éticos y estéticos, actitudes, estrategias
retóricas discursivas.
Experiencia e información
Cada uno aporta la experiencia acumulada en cuanto a interactuar,
al manejo del tema y a su relación con el interlocutor.
Mientras más información tenga en estos aspectos,
con más elementos de ponderación contará para
orientar la generación de sentidos. Sin embargo, siempre
existe el peligro de desorientación y de mala comprensión
de los mensajes. Igual ocurre con los saberes que cada uno ha construido
acerca de los diversos aspectos culturales y de los temas que se
tratan. A mayor información compartida, menor el flujo de
datos, y más ágil la interpretación de las
expresiones. Pero también puede haber diferencias de sentidos
que deben negociarse más detalladamente en las circunstancias
específicas.
Motivación
Toda producción de mensajes (i.e. de discurso) ocurre por
algún motivo, algún impulso. Y éste es de doble
faz: un porqué: necesidad, deseo, pulsión, obligación…;
y un para qué: solicitar u ofrecer información o servicios
(dirá Halliday); y podemos agregar: convencer(se), recrear
sentidos (acción lúdica, poética….).
La clave inicial para la negociación del sentido de mensaje
está justamente en la transparencia (explicitud o facilidad
de inferencia) de su motivación.
Valores éticos
En nuestra experiencia social, hemos desarrollado una estructura
de personalidad que se manifiesta en cada una de nuestras acciones
frente a nuestros asociados. Estos rasgos representan, en realidad,
principios de organización que rigen las relaciones entre
los miembros de una comunidad dada. Todos, en abstracto, consideramos
valores (“virtudes”) formas de comportamiento como:
Sinceridad, lealtad, honestidad, compromiso, justicia, equidad,
solidaridad, alta autoestima, disciplina, rigurosidad, valentía,
sencillez, humildad… Y condenamos como antivalores (“defectos”)
los comportamientos contrarios: hipocresía, deslealtad,
deshonestidad, indiferencia, injusticia, inequidad, insolidaridad,
baja autoestima, indisciplina, laxitud, cobardía, ostentación,
altanería…
En la práctica, sin embargo, unas y otras características
son, relativamente, virtudes o defectos: “No siempre se puede
ser sincero”, decimos. O si el acto desleal de alguien nos
beneficia, lo aceptamos y hasta lo aplaudimos.
En la comunicación, partimos de la base de que todos actuamos
de “buena fe”, en un compromiso ético tácito.
Pero la experiencia muestra que no siempre se cumple ese compromiso.
Por consiguiente, en la interacción verbal, los sentidos que
se generan entre los interlocutores dependen, en gran medida, del
conocimiento que, del alocutor, tenga el alocutario. Porque puede
ocurrir que el texto (es decir, la forma de la expresión lingüística)
sugiera un significado, pero el valor comunicativo (el sentido real)
vaya por otro.
Valores estéticos
Logramos ciertos niveles de conocimiento y sensibilidad de los recursos
lingüísticos que ofrece nuestro idioma. Y nos hacemos
(unos, más; otros, menos) diestros en su manejo. Equipados
con estos recursos, desplegamos nuestra capacidad creadora. Con
ella, recreamos sentidos (construimos imágenes novedosas,
por ejemplo) y ensayamos textos, en nuestra apreciación,
agradables y hermosos (poemas; claridad y elegancia en la expresión);
o todo lo contrario, para impactar…
Actitudes
Enfrentamos la vida y cualquier situación con toda nuestra
historia y proyectos. Con toda nuestra estructura psicosocial. Y ésta
nos lleva a asumir actitudes frente a todos los componentes involucrados
en la interacción: nuestros interlocutores, escenario y situación
de comunicación, discurso que se genera, mundo de referencia
semántica, estructuras lingüísticas e ideativas,
referentes (empíricos, teóricos e ideológicos)… Estas
actitudes están enmarcadas en dos grandes categorías
de relaciones: poder y afecto-emotividad.
Poder
Toda relación de un ser humano con el mundo –con cualquiera
de los mundos— y con los “objetos” empíricos
o conceptuales constitutivos de ese mundo instaura relaciones de
poder. Y éstas se manifiestan con claridad en las relaciones
interpersonales y en la interlocución: igualdad, superioridad
de X frente a Y (y su correlato de inferioridad de Y frente a X).
Afecto-emotividad
Nuestra primera y más profunda experiencia vivencial con nuestro
entorno es afectivo-emotiva. El amor o el desamor, la ternura o la
indiferencia, el rechazo, el placer o el displacer… son experiencias
socio-afectivas previas a nuestra visión cultural del mundo;
y permanecen constantes a través de nuestras vidas. La adquisición
del idioma y la producción discursiva, entonces, están
atravesadas por las estructuras afectivas que desarrollamos en virtud
de nuestras vivencias. Nuestra empatía o incompatibilidad
con el interlocutor, los recuerdos gratos o ingratos que nos acompañan
de las circunstancias de desarrollo de nuestra competencia lingüística,
nuestro placer o desagrado experimentado con los objetos o con las
situaciones comunicativas o temas o acciones con los que hemos entrado
en contacto, nuestros temores, nuestras alegrías, tristezas,
iras… permean, de manera perceptible, todos los componentes
tanto de nuestra competencia lingüística como de nuestra
actuación semántico- comunicativa.
La forma de tratamiento que se da al interlocutor,
el tono (estructuras sintácticas, léxico, ritmo, entonación e intensidad
de la voz) y la selección de distintos actos constitutivos
del discurso-texto, están afectados, en gran medida, por las
relaciones de poder y de afecto-emotividad.
Perspectivas
Todo mensaje bien expresado busca orientar al interlocutor en la
interpretación y sentido del discurso. Al fin y al cabo,
el discurso es generación de sentido entre un yo y un tú (dialógica
o monológicamente). La práctica lingüística
ha ido recogiendo estas orientaciones, que aparecen sincréticamente
asociadas con las diferentes estructuras morfisintácticas.
Estas orientaciones son las perspectivas : egoaxial, cosmoscópica,
modal, temática, topocronoscópica.
Egoaxial
Todo mensaje parte de un YO. Por eso, de entrada, la orientación
de sentido gira en torno a ese yo: es egoaxial. El YO da lugar al
aquí y al ahora, e implanta (Cf. Benveniste) necesariamente
un TÚ destinatario, que da lugar a un ahí. Y esta relación
dialógica puede importar algún elemento y dar lugar
a un ÉL/ELLA/ELLO, que navega en el tejido discursivo textual,
pero está excluido de participar en la generación del
diálogo (i.e. es tema de conversación, pero no conversa).
Surge el allá. Y el ahora se expande a un antes y un después.
Pienso-digo-escribo. YO, un producto cultural
anónimo. El
sueño de ser el centro del universo. Todo gira en torno de
mi YO. Soy sujeto de mi acción, afirmo. Y, sin embargo, estoy
sujeto por las infinitas voces que forjaron mi discurso y, con él,
mi propio ser.
YO-TÚ, un interminable juego de imágenes sutiles que
se dibujan y desdibujan en la acción y en la interacción.
(Recuérdese a Benveniste, a Charaudeau...)
Cosmoscópica
Los mensajes se conciben incrustados en una visión del mundo
(cosmovisión), ineludiblemente compleja: saberes populares,
nivel de autoestima, sueños y realidades, prejuicios y estereotipos
culturales de diverso orden, ordenamiento jurídico, mitos,
concepciones filosóficas, conocimiento científico,
grado de apertura mental... Toda esta información acerca del
mundo proporciona la materia fundamental del discurso-texto. Y carga
de significación la interacción.
Modal
El enunciador o sujeto de significación envuelve cada una
de las representaciones evenimenciales o existenciales, en su apreciación
de la naturaleza factual/no-factual de los datos que informan su
texto. Un evento o una situación existencial significados
pueden comunicarse como: Factuales, probables, posibles, necesarios,
obligatorios, deseables, realizables...
Esta perspectiva es responsable del modo gramatical
de los verbos: indicativo, subjuntivo, imperativo; y del empleo
de verbos de significado más transparente: deber, necesitar,
tener (que hacer algo), ser conveniente, poder ser (que algo ocurra),
desear...
Temática
Para un tejido discursivo que permita su comprensión, interpretación
y crítica, el sujeto de significación impone un orden
a todos los elementos necesarios. Esta perspectiva temática
es la que convierte las estructuras ideativas en estructuras sintácticas.
Y la que obliga a adoptar alternativas formales (e.g. sujetización,
voz gramatical, clases de conjunciones o conectores lógicos..)
Topocronoscópica
Los discursos son doblemente históricos. Es decir, por una
parte, se producen en espacios y tiempos definidos. Y, por otra parte,
recogen ideas que representan mundos que se desenvuelven en espacios
y tiempos reconocibles. Ya miramos, en la perspectiva egoaxial, cómo
la producción del discurso obra como eje espacio-temporal:
YO-AQUÍ-AHORA. A partir de ese hito histórico, se marcan
las distancias en el espacio y en el tiempo: ahí, allá,
a 10 kilómetros de aquí, en el Valle, en Colombia,
en Suramérica; ya, antes, después, ayer, mañana,
hace un mes, dentro de 2 años, en 1962, el próximo
siglo...
Los elementos históricos constituyen, a su vez, ejes topocronoscópicos
secundarios en torno a los cuales se tejen historias complejas que
traman espacios y tiempos móviles. Por ejemplo, eventos pasados
para los que se establecen relaciones de anterioridad, simultaneidad
y posterioridad entre ellos, vistos desde la óptica del narrador,
bien sea en el momento de su narración (presente) o bien desde
el tiempo de los sucesos narrados.
La perspectiva cronoscópica es “bifocal”: abarca
las ubicaciones temporal y aspectual. Y tanto la toposcópica
como la cronoscópica exhiben dimensiones de alcance variado:
puntualidad, longitud, profundidad, altura, circularidad, volumen...
En la significación-comunicación, las representaciones
topocronoscópicas de los eventos y de las condiciones existenciales
encuentran salida natural en la morfología verbal y en las
construcciones adverbiales. Y el YO narrador puede, para lograr efectos
connotativos, dislocar su eje temporal. Por ejemplo, usar tiempos
gramaticales con valores diferentes a los primitivos: un presente
gramatical para representar un acontecimiento pasado...
Estrategias
Las acciones humanas ocurren en contextos sociales y escenarios concretos.
Obedecen a concepciones mentales, a valores culturales y a estructuras
afectivo-emotivas. Mientras más conciencia tenga el sujeto
de significación en cuanto a su propia constitución
y a la de su interlocutor, más eficaz será en sus
procesos interactivos. Porque esta conciencia lo hará más
deliberado en su acción comunicativa. Así, para lograr
sus fines de generación de sentidos y búsqueda de
acuerdos, planificará su discurso-texto: aplicará estrategias.
Para adelantar esta ubicación estratégica, son instrumentos
valiosos la macroestructura, la superestructura, las microestructuras,
los actos constitutivos y, naturalmente, los recursos lingüísticos.
Macroestructura
Es el plan general del texto. Esquema de relaciones entre las ideas
constitutivas, y organización secuencial de ideas y de actos.
Lo genera el sujeto de significación como fundamento de
lo que va a comunicar. Es reconocido por el interpretante, en el
mensaje comunicado.
Superestructura
Estructura superficial del mensaje. Incluye el formato aparente,
físico, que el productor del mensaje le da al texto (oral
o escrito): exposición oral, diálogo, monólogo,
pánel, mesa reedonda, memorando, carta, circular, protocolo,
acta, informe, artículo, libro... Hace observable el tejido
de los heterogéneos formantes incorporados. Constituye un
punto de apoyo organizado, para el contacto semántico-comunicativo
de los interlocutores.
Microestructuras
Partes formales constitutivas de un discurso-texto: ideas (estructuras
ideativas, a los que muchos llaman “proposiciones”)
y su aglutinación en unidades de sentido: Frases, oraciones
y párrafos.
Actos constitutivos
El proceso de generación de sentido gira en torno a la base
estructural, y se ejecuta en un conjunto de actos superpuestos: de
significación, de comunicación y de orientación
textual. Éstos enfocan tres hitos discursivos fundamentales:
representación modalizada de las ideas, finalidad del enunciador
frente a su alocutario, y secuencia de actos desenvolventes texturizantes.
Significación
Ya se estableció atrás que el enunciador puede comunicar
un evento o una relación existencial como factual, posible,
probable, etc. Sus decisiones dan lugar a actos de significación,
mediante los cuales representa el “estado de cosas” (decía
Baena) :
- Aserción. Lo comunicado se presenta como factual. Tiene “valor
de verdad”. Una aserción puede juzgarse como “verdadera/falsa”.
- Pronóstico. Lo expresado tiene “valor de posibilidad”.
Un pronóstico puede resultar “acertado/no acertado”.
- Hipótesis. Es una “aserción provisional”.
Tiene “valor de probabilidad”. Puede verse como “plausible/no
plausible” o resultar “comprobada/improbada”.
- Pregunta. Tiene valor de “duda”. Puede resultar “pertinente/impertinente”, “transparente/capciosa”…
- Compromiso. Tiene el valor de “realizable”. Puede
juzgarse como “cumplido/incumplido”.
- Mandato. Tiene valores como “realizable”, “obligatorio”.
Puede resultar “razonable/absurdo” y “obedecido/desobedecido”.
- Sugerencia y Petición. Al igual que el mandato, tienen
valor de “realizable”, “no obligatorio”.
La realización del evento es elección del alocutario.
Pueden resultar: sugerencia, “aceptada/rechazada; petición, “concedida/denegada”.
- Institución (instauración). Tiene valor de “jurídico”.
Puede resultar “legítimo/ilegítimo” (“válido/inválido”).
Comunicación
En la relación dialógica, la generación de
sentido del discurso en su totalidad y en cada uno de sus componentes,
tiene que ver con los efectos que el enunciador intenta lograr
en el interlocutor (la “ilocución” de Austin).
Esos efectos (la “perlocución” de Austin) han
de producirse en alguna(s) de las dimensiones del sujeto interpretante:
en la cognitiva, en la afecto-emotiva, en la social, en la corporal.
Los actos de comunicación fundamentales
son:
- Información. Se solicitan o se ofrecen
datos.
- Argumentación. Busca convencer (ganar adeptos; conmover,
también) acerca de algo: la verdad, la plausibilidad, la belleza,
la conveniencia, la importancia....
- Recreación. Produce sentidos novedosos, para múltiples
finalidades. Por ejemplo, para generar un mundo de ficción
o poético, bromear y hacer chistes, tratar lúdicamente
temas difíciles, subvertir situaciones de tensión...
- Dirección. Guiar al alocutario en la realización
de eventos mentales o corporales.
Orientación textual
Es el andamiaje de actos operativos que enrutan el sentido de los
enunciados y que se apoyan entre sí. Esta orientación
contribuye a la cohesión del texto. Todos reconocemos fácilmente
los actos organizadores: introducción, desarrollo y conclusión.
Igualmente estamos familiarizados con los actos “mayores” de
producción: descripción, narración, razonamiento,
argumentación. Y no nos es difícil reconocer los
actos secundarios que van sucediéndose dentro de los actos
mayores:
definición, generalización, análisis, síntesis,
resumen, ejemplificación, paráfrasis, transición
(cambio de tema), excurso, referencia o cita intertextual, reflexión,
opinión, comentario inciso, enumeración, parangón
(comparación/contraste de “objetos”), contraposición
de ideas, crítica, argumento, agradecimiento, queja, exaltación,
duda, vituperio, amenaza, imprecación, invocación,
invitación, convocatoria...
Recursos lingüísticos
La gramática de la lengua recoge las diversas prácticas
de significación-comunicación de la comunidad lingüística
respectiva. Se convierte, entonces, en el recurso formal que permite
emitir mensajes, y proporciona el más abundante número
de pistas para interpretarlos. Tanto la calidad del proceso de pensamiento
como la actitud psicosocial y el nivel cultural del enunciador quedan
plasmados en la forma lingüística. De ahí la importancia
de la planeación lingüística del texto, el cuidado
en la producción (y la revisión cuidadosa de cualquier
escrito)
Las estructuras morfosintácticas representan, de forma “natural”,
muchos de los rasgos del mundo conceptual comunicable. Pueden utilizarse
con sus valores “directos” o con valores “indirectos” (o “marcados”).
Por ejemplo, la aserción (acto de significación) encuentra
su expresión natural en la oración declarativa (recurso
lingüístico). Pero, igualmente, un mandato (acto de significación)
puede encontrar salida “indirecta” en una oración
declarativa (recurso lingüístico) que representa un evento
o situación relacionados causativamente con el evento que
se desea que se realice: “Todas las luces están encendidas” puede
representar el mandato “Apague las luces”. La metáfora,
la ironía... son ejemplos, también, de la utilización
estratégica de los recursos lingüísticos.
Cierre
Aquí cierro el circuito de los procesos involucrados en la
generación del sentido. Partí de la señal física,
y a ella volví. Lo que he hecho es una especie de mapa general
y abstracto para mostrar la naturaleza poliscópica de la significación
en la comunicación y para ella.
En cierta forma, he descrito lo que se necesita
para construir la competencia lingüística. La concreción de la generación
de sentido, solamente ocurre en la interacción oral o escrita,
al dialogar, al escribir o al leer sobre los diversos temas que nos
interesan. Es un asunto de actuación.
Cuasiconclusión
Este recorrido ha dado un vistazo global a la naturaleza poliscópica
de la significación-comunicación. Muestra que el proceso
se alimenta de elementos cognitivos, afectivos y expresivos, para
crear una imagen tremendamente compleja. Para quienes trabajamos
en áreas que tienen que ver con el lenguaje, esta visión
nos arroja un poco de luz sobre nuestro objeto de estudio o instrumento
de trabajo. Igualmente, nos exige deliberación en nuestro
oficio. Comprendemos que significar para comunicarse no es una actividad
plana y superficial. Si comunicarnos es generar y negociar sentidos
para llegar a acuerdos, la significación es fundamental. Y
significamos con todo nuestro ser.
Abrir la boca es una operación sencilla. Lo complejo es lo
que puede pasar cuando la abrimos. Nuestra espiración, cargada
de signos, puede restañar heridas, calmar tempestades, sembrar
luz en la mente de nuestro interlocutor, armonizar. Pero también
puede abrir heridas, desatar huracanes, envolver en tinieblas, desequilibrar
y destruir toda posibilidad de acuerdo.
Abramos la boca... Y también los ojos, el cerebro, el corazón...
Que lo que llegue a nuestro interior o salga de allí sea generador
de vida, de paz y armonía. Si esto no es posible, cerremos
la boca. “El que calla... no ha dicho nada”, cuentan
que solía decir Estanislao Zuleta. Claro que cerrar la boca,
de todas maneras, no... Porque el silencio…
He dicho.
Santiago de Cali, 7 de Noviembre de 2002