Resumen
La obra de arte público, se ubica en el escenario urbano,
configurando múltiples entramados simbólicos, en los
cuales confluye la percepción del sujeto y la experiencia
visual de la misma, dando lugar a la fusión entre el mundo
de la representación artística y los hechos de la cotidianidad.
Las obras de arte, han establecido en el paisaje urbano, un territorio
estético en donde se construyen las interacciones comunicativas,
producto de la apropiación del objeto estético y la
asunción de significados individuales y acuerdos colectivos.
Palabras claves: Arte público, ciudad, comunicación,
estética.
Abstract
Public Art is placed in the urban scenary, creating multiple simbolic
nets, in which the perception of the observer and the visual experience
assemble in one, given place to the fusion between everyday activities
and the artistic representation. The work of art has established
in the urban landscape an estethic territory where communicative
interactions are built, as a result of the appropiation of the
estethic object and the adoption individual meanings and collective
agreements.
Key words: Accesible art, city, comunication, aesthetic.
“Con el lenguaje, la ciudad es la más
grande
obra de arte creada por el hombre”
Lewis Mumford
En el entramado urbano se establece una dinámica comunicativa
y estética que determina la consolidación de redes
simbólicas, las cuales anudan el sentido cultural, la apropiación
del espacio público y la confrontación de recorridos,
en territorios que se dispersan entre el tráfico y las construcciones
urbanas.
El arte público se nutre con elementos simbólicos,
tanto de referencia como de orientación en la ciudad, estableciendo
una relación armónica o disarmónica entre los
individuos, los territorios y las lecturas de los paisajes urbanos
a los cuales se incorpora el color, el movimiento, la forma de un
objeto que genera imágenes, evocaciones o rupturas. A su vez,
permite recontextualizar la construcción geométrica
de la urbe, propiciando los niveles de representación que
se establecen desde el concepto plurisignificativo de sus formas
y de la apropiación del espacio que ocupan, un continente
de expresión “propiciador del símbolo (la historia
y la memoria), de la fiesta, el juego, del encuentro, del intercambio,
de la conversación”(1).
A partir de las relaciones que se conciben
en dicho espacio, el arte público (objeto, volumen, acontecimiento) se materializa,
formulando interrogantes sobre el sentido del espacio en sí.
Por consiguiente, se trata de una obra que se posiciona en un espacio,
combinando la percepción directa de su composición
con la intangibilidad de la acción.
El levantamiento de la obra modifica el contexto
urbano creando una nueva codificación, un lenguaje que pulsa por todos los ámbitos
de la ciudad, como resultado de la arquitectura, del urbanismo y
del arte. En este sentido, Armando Silva plantea que “hay representaciones
urbanas que nacen de la geometría, pero también las
hay provenientes de la construcción física del espacio
o, igual, de un mundo cromático de color urbano, o de símbolos
vernaculares o de un cambio en los puntos de vista urbanos”(2).
La ciudad como entramado, constituye un conjunto
que puede ser visto tanto desde el entorno inmediato, como desde
la complejidad de las relaciones interactivas que ha ido configurando
desde sus trazados iniciales, en cuya base se establece la tríada espacial del
santuario, el ámbito público y el espacio privado,
como las instancias que permiten definirla y, que marcan el tema
fundamental de la convivencia urbana: “Si se escucha la voz
de la ciudad, se oyen referencias constantes a las instituciones,
al tiempo y a los lugares, a los modos de movimiento y a los tipos
de relación social que son características de la vida
urbana”(3).
El espacio público es intervenido por la movilización
compartida de los ciuda
danos en la cotidianidad de sus recorridos, identificando el tejido
urbanístico y arquitectónico que engloba su conjunto
y anuda el pasado con el presente. Un espacio en cuyo dominio el
ciudadano asume la conducción colectiva de problemáticas
de interés común, es decir, una construcción
diferente del mundo, en la medida en que “se vive un momento
en que la calle vuelve a ser reivindicada como espacio para la creatividad
y la emancipación”(4). En este ámbito, la circulación
del arte público, desdibuja sus fronteras iniciales y se posiciona
en el espacio de la ciudad, asumiendo las problemáticas propias
del arte contemporáneo, mediante la desmitificación
de las formas y tendencias que le obligaron, en un momento no muy
lejano de la historia, acceder a definiciones y parámetros
estéticos tradicionales.
En la ciudad contemporánea, la obra de arte público
evidencia su pérdida de autonomía, una ruptura con
las lógicas del monumento y el espectáculo, en un proceso
de consolidación estética que enriquece el paisaje
urbano, permitiendo la movilización de sentidos y fortaleciendo
niveles expresivos, que establecen la comunión entre el mundo
cotidiano y las determinantes de una política ciudadana que,
a su vez, democratiza el acceso a la obra de arte, la apropiación
de un espacio que tiene que ser asumido “como una entidad,
como un imaginario social y cultural, como un referente obligado
para el devenir del ciudadano”(5), el cual propicia y presencia
una interlocución entre las percepciones individuales de la
ciudad, las proyecciones colectivas y las transferencias latentes
en cada obra a partir de las experiencias del artista.
Como imperativo de la Modernidad, el arte
público adquiere
connotaciones que le son esenciales para cumplir su función
de emplazamiento, generando una ruptura con el pasado y una pérdida
de su autorreferencialidad que se traduce en síntesis y abstracción.
En este sentido, el monumento tradicional se desplaza en su valor,
se diluye en su forma pero trasciende en contenido, potenciando una
representación que deja de ser etérea para convertirse
en experiencia vívida, capaz de acogerse a las mutaciones
de la sociedad como colectivo y del ser social inmerso en ella.
Esta nueva condición del arte público en tanto evanescencia
y ensimismamiento, entra a caracterizar la producción artística
desde finales del siglo XIX(6), donde el objeto se libera de la inercia
de la materia para generar un trabajo plástico moldeado por
el ritmo de lo cinético, el engranaje de la máquina,
el fusionamiento de arquetipos y la recuperación estética
del objeto banal; condiciones que sustentan los proyectos vanguardistas
del arte y potencian las actuales tendencias de la plástica
en nuestras ciudades.
Así como lo fue en un principio para las comunidades primitivas,
todo objeto de la vida cotidiana es susceptible de ser experimentado
como elemento estético, cuando éste es elegido por
el artista y postulado dentro de un conjunto expresivo que absorbe
su sentido utilitario, para resurgir bajo un nuevo rótulo
y una nueva opción de pensamiento.
De esta manera, el arte disuelto en la vida
cautiva la voluntad del artista y se abre al juego libre de las
facultades del ser, para que las obras representen lo que realmente
se juega en ellas: la paradoja de la existencia. Una apertura en
donde el ritmo se circunscribe a la disolución de la forma, la “desfiguración”,
lo visible y lo invisible como soporte del vacío espacio-temporal,
de una contemporaneidad ambigua y reconociblemente efímera,
en donde lo inerte cobra vida en la representación de sus
naturales mutaciones y lo vivo se hace partícipe sólo
en la inminencia de su muerte.
En una alusión a Rosalind Krauss, Xibille denomina ésta
como la “condición negativa del monumento”(7),
su dinámica inicia la etapa que caracterizará la modernidad
en el arte público, configurándolo como abstracción,
como puro señalador. Una dinámica del representar estético
donde un ‘objeto’ descontextualizado y funcionalmente
desplazado, puede ser traspuesto o convertido a un ‘conjunto’ o
elemento autorreferencial, que representa primordialmente sus materiales
o el proceso de su producción ensimismamiento; en la escultura,
se puede interpretar como un proceso de movilización en el
cual ella se dirige hacia abajo para absorber el pedestal en sí mismo
y lejos de su lugar verdadero, enfrentar nuevas confrontaciones con
su nueva forma.
En el arte público, estas dinámicas de la Modernidad,
amplían la óptica de la deconstrucción, en tanto
reconfiguración, de esta manera el arte cumple con su llamado
a “acompañar al hombre allá donde transcurre
y actúa su vida infatigable: en la mesa de trabajo, en la
oficina, en la labor, en el descanso y en el ocio; en los días
laborales y en los festivos, en la casa y en la carretera, para que
la llama de la vida no se apague en el hombre”(8).
Las calles y las plazas se recuperan para
la expresión y
la ciudad se transforma en su fisonomía, desencadenando una
reacción, donde la obra artística se abre en multiplicidad
de fragmentos, yuxtapuestos o enfrentados, que interactúan
con las contradicciones y convergencias de una colectividad ávida
de sensaciones, de pulsaciones, de vacíos y silencios. Además
del sentido primordial de las obras, cuentan sus virtualidades significativas,
contextuales y marginales, para entender la lógica de la intercomunicación
entre el ciudadano, el objeto artístico y el espacio en el
cual ambos cohabitan, en tanto escenarios de encuentro, que “tienden
a coincidir progresivamente con las funciones de intercambios y los
eventuales apéndices culturales que se derivan de ellas (salas
de reunión, teatros, etc.)”(9).
Los recursos expresivos se confrontan a través de los diálogos
de la intervención social en los espacios de la ciudad, a
partir de un lenguaje que afecta al colectivo social, y que es puesto
en escena a partir de dos posibilidades(10), por una parte la actuación
plástica, es decir, la expresión manifiesta del acto
creativo, y el ejercicio perceptivo-intelectivo, como un modelo de
intervención, y la decoración, como segunda posibilidad,
consolidada a través del mobiliario urbano y del embellecimiento
de los espacios con objetos estéticos, no necesariamente artísticos,
en donde no obstante, interviene la actuación plástica
como elemento determinante(11).
A la luz de los planteamientos expuestos,
la obra de arte público
en las ciudades contemporáneas, sufre modificaciones estructurales
en cuanto a su naturaleza material y a sus fórmulas expresivas,
referidas a la hibridación entre lo ‘neo’ y la
vigencia de tradiciones, creando un espacio que “para el ser
humano, o ser viviente en la cultura, es una vivencia material que
en su significación no se hace fácilmente visible,
aunque su emergencia es indiscutible en su abrumadora presencia”(12),
y que aunque emana de las adquisiciones del pasado, se presenta como
una estela de renovación en donde se confrontan las tendencias
vanguardistas de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo
XX. Los nuevos estilos parten de configuraciones formales hasta impregnarse
de la caracterización moderna de lo efímero. En su
esencialidad significativa la abstracción asume entonces,
las propiedades universales de los planos, dándole especial
relevancia a los ángulos y a las connotaciones de vacío,
como inspiraciones no figurativas que determinan la gestualidad en
el ensamble y la convergencia de materiales.
Estas nuevas propuestas permiten que la obra
se inserte en la ciudad como un valor que participa y, a su vez,
modifica las realizaciones arquitectónicas y humanas, estableciendo relaciones entre
los planos y el vacío, la luz y las sombras, las texturas
y las líneas, delimitando la movilidad perceptual. En ese
juego alternante entre los objetos propios de la cotidianidad como
la tierra, el agua, la piedra, los metales, el cemento y la gama
de las aleaciones posibles, se estructuran dispositivos y ensamblajes
que garantizan el acopio de la obra en el tiempo y en el espacio,
dos dimensiones que permanentemente la alteran, formando nuevos ángulos
de percepción, transformaciones que responden a la inmanente
mutabilidad de la obra de arte.
Las dinámicas significativas que asume el Arte Público,
lo ubican como un elemento simbólico de percepción
estética, y de referencia y orientación para los habitantes
de la ciudad. A partir de él, se establece una relación
armónica entre los sujetos y los territorios al incorporar
valores estéticos (formas, color, movimiento), a un hecho
u objeto para generar nuevas lecturas del paisaje urbano, traducidas
en evocaciones, contrastes, rupturas e impresiones que convocan la
voluntad del otro, que se aduce hombre público.
En este sentido, se asume lo público, como aquello determinado
por el dominio de los ciudadanos en la conducción colectiva
de intereses comunes, es decir, una manera de intervenir en la construcción
compartida del mundo. En palabras de Fabio Velásquez, lo público
está dado básicamente como “un ámbito
de encuentros y confrontación...”(13), asociado al desvelamiento
de los objetos existentes tanto en la intimidad (esferas de lo privado)
como en los espacios de circulación propiamente urbanos, constituyendo
un territorio vital para el desarrollo de las relaciones sociales.
De esta manera, la ciudad se presenta como la suma de lo público
y lo privado, estableciendo una entidad, que en todos los ámbitos
de la vida cotidiana, genera sentidos estéticos, estructuras
de comunicación y conflictos individuales y colectivos.
El espacio público “no es la simple prolongación
de un espacio físico natural. Es, por el contrario, un espacio
instituido, construido por los hombres gracias a su esfuerzo y al
uso de su razón”(14), un espacio para la interacción
de la pluralidad, en un organismo comunicativo que se desborda a
los límites de la expresión simbólica, configuradora
del sentido primario de toda relación. En otros términos “la
ciudad -la polis- es el lugar de la convivencia, la tolerancia y
la socialización y, por lo tanto, el lugar de creación
de la cultura”(15).
En este sentido se identifican los espacios
colectivos de socialización,
en un texto en donde los ciudadanos forman parte de la existencia
de la vida urbana, porque “El- espacio urbano, -es- el espacio
donde el ciudadano es”(16). Para las ciudades modernas la disolución
de los ideales paradigmáticos y la confrontación con
la significación pluralista de los contenidos, resignifica
el mito y reestructura la ritualización en planos fragmentados
y contradictorios, y la armonía cósmica de las primeras
urbes se disgrega en la crisis de la representación. En este
sentido Fabio Zambrano determina que “la principal función
de la ciudad es convertir el poder en forma, la energía en
cultura, la materia inerte en símbolos vivos del arte, la
reproducción biológica en creatividad social”(17),
lo que corresponde a la apropiación del espacio para crear
un territorio simbólico en donde surjan nuevas relaciones,
que permitan el establecimiento de nuevas legitimaciones de dominio
y expansión de la ciudad.
Al abordar la dimensión del espacio público en las
ciudades contemporáneas, se hace énfasis en un espacio
físico afectado por constantes cambios, un espacio que se
recorre y es usado en forma compartida por la movilidad ciudadana,
tanto a través de la trama urbanística y arquitectónica
como a través de los diferentes dispositivos que la ciudad
incorpora para el libre ejercicio de la representación pública:
medios de comunicación, arte público, mobiliario urbano.
El espacio público se apropia para actividades económicas
formales e informales, para el disfrute cultural y para rituales
cotidianos, que no en pocos casos, han sido desplazados por la planeación
y expansión urbana.
Lo público actúa como el conjunto de tendencias y
necesidades de una realidad social particular, configurando el tejido
de representaciones colectivas, que dan sentido a la existencia del
arte público inscrito en la ciudad; representación
estética que, a través de las múltiples tendencias
surgidas en el transcurso del siglo XX, supera las connotaciones
de monumento histórico-conmemorativo e instituye, tanto en
lo público como en lo privado, niveles de sentido que desbordan
las ya complejas representaciones simbólicas de la realidad,
para anudar el entramado urbano contemporáneo. El espacio
público entonces, ha sido desde sus orígenes, un contexto
apto para la vivencia estética(18), consecuente con las complejas
tareas sociales y mediáticas, que pueden postular la urbe
como materia artística, en un espacio-tiempo de comunicación.
En la medida en que la obra de arte aparece en escenarios de cobertura
ciudadana, incorpora una condición que le permite el reconocimiento
social y, por consiguiente, la trascendencia -tanto de la sensibilidad
individual del artista como de la inclusión de un objeto imagen-
en el paisaje urbano.
Este devenir, configura una dimensión que corresponde a las
formas mentales generadas en el hacer cultural, cuya fuente primordial
corresponde a los contenidos del Inconsciente Colectivo*. En este ámbito,
el ser urbano se vuelve hacia sí mismo para activar mecanismos
de representación cultural y autodefinirse en sus límites,
redimensionando una realidad estética, revelada en el plano
de la aceptabilidad de su efecto público.
Mirar el arte desde el concepto de lo público, implica cómo
la obra se muestra en los escenarios de la evidencia colectiva, para
ser expresada y a su vez generar expresión; para actuar independiente
de la forma, sobre cuya base fue concebida, hasta elevarse al nivel
de “forma simbólica”, como plantea Omar Calabrese,
formas que “son capaces de manifestar contenidos que no están
motivados directamente por el aspecto natural de las formas mismas”(19).
Esta visión permite articular temáticas de intereses
compartidos por los actores de la percepción estética
y, en su hacer simbólico, expresar miradas de una realidad
que se particulariza al interior del escenario público, que
en un momento del devenir urbano, pasan a ser relevantes en el contexto
social, en virtud de su tela significativa y múltiple.
Los contenidos urbanos se articulan en imágenes moldeadas
por sus habitantes, los cuales a su vez se ven implicados en representaciones
que asimilan culturalmente estos referentes: los espacios que ocupa
la obra de arte se legitiman en lo público, por la interiorización
de los ámbitos de encuentro y la confrontación entre
lo que se muestra y lo que se oculta tras las evocaciones geométricas
de una visión estética.
Todo objeto que forme parte del mobiliario
urbano, es resultado de continuos procesos de deconstrucción, y el arte público
particularmente, ha sufrido mutaciones que lo ubican en la evanescencia
de múltiples transformaciones conceptuales y espacio-temporales.
La más significativa está constituida, tal vez por
lo que Xibille ha llamado el síntoma de la “disolución
de la imagen finisecular”(20) del monumento, erigido tradicionalmente
para evocar o conmemorar simbólica o alegóricamente
un acontecimiento, actualizando con este hacer las imágenes
de la historia, toda vez que las nuevas condiciones del arte contemporáneo,
desbordan los mecanismos de la representación plástica,
estableciendo un nuevo criterio de permanencia para el arte público:
su vivencia como hecho y como proceso estético y social independiente
de su temporalidad y su permanencia testimonial.
Desde esta perspectiva, los principales rasgos
de evolución
de las realizaciones del arte público se concentran en la
ruptura con la lógica del monumento, porque se tiende a la
inmersión indiferenciada en el mundo de la vida, aspecto que
conlleva a la ruptura con la lógica de la conmemoración.
Las obras contemporáneas, expresan un testimonio efímero
de lo instantáneo, presentando, en consecuencia una resistencia
vital al cumplimiento de funciones emblemáticas y de legitimación
de las formas sociales instituidas, para concentrar sus esfuerzos
en la producción de un diálogo público políticamente
activo; la constitución de un espacio que permita la discusión
razonada de intereses compartidos.
Cada obra pública cuenta una historia, testimonia un hecho,
que permanece válido gracias a la sublimación del evento
estético como valor cultural y, a las dinámicas de
reconstrucción y renominalización de los espacios sociales.
Su puesta en escena, revitaliza los relatos simbólicos y renueva
el repertorio de sentidos, a través de los cuales se ubica
en el lugar de la memoria y trasciende como arquetipo de la humanidad,
señalando las huellas y vestigios de una herencia enraizada
en la memoria colectiva: “La ciudad es una construcción
de la memoria, que graba mensajes y signos ordenadores de la vida”(21).
Según Armando Silva “el uso social de un espacio marca
los bordes dentro de los cuales los usuarios ‘familiarizados’ se
autorreconocen”(22), y el arte público es clave en este
proceso, en el sentido en que la creación contemporánea
nos invita a cambiar nuestros modos de ver, para descubrir una nueva
propuesta, lo que Gustavo Zalamea llama, “una especie de acontecimiento
primordial”(23).
En síntesis, un espacio se hace público en la medida
en que se fortalece la imaginación y la creatividad, a través
de acciones que propician la comunicación, el reconocimiento
individual y colectivo, y el hacer de los grupos sociales que instituyen
el componente simbólico básico de la espacialidad ciudadana, “es
como si los ciudadanos quisieran hacer de sus ciudades no un lugar
[sólo] para vivir, sino [también] para evocar”(24).
Un escenario que se estructura sobre las bases del anonimato y la
desintegración y, que alude a la percepción de las
vivencias instantáneas que el individuo produce en las múltiples
relaciones que logra establecer con los objetos exteriores a él,
configurando “acontecimientos, situaciones, ocasiones… que
emergen en los cruces de caminos o carrefours que ellos mismos provocan”(25)
constituyéndose en protagonistas de la “sociabilidad
urbana”.
En esta dinámica, se marcan los parámetros de la territorialidad,
es decir, la “identificación de los individuos con un área
que interpretan como propia”(26), y que deben defender a partir
de la definición de su sentido y sus límites. El territorio
marca un espacio socializado que guarda una relación inherente
con las estructuras sociales que lo contienen; por consiguiente,
cuando se aborda el espacio público, se está puntualizando
sobre el espacio usado, es decir, territorializado.
En consecuencia, las obras de arte ubicadas
en el espacio público,
cobran significado en la medida en que convierten dicho espacio en
un lugar, en el cual se distinguen las nociones de territorio y de
espacio en sí mismo, en tanto que “si el territorio
es un lugar ocupado, el espacio es ante todo un lugar practicado”(27).
La correspondencia entre ambas dimensiones le confieren al espacio
público un carácter particular, en donde confluye el
significado estético, el significado social, la acción
comunicativa y la funcionalidad de los significantes del efecto estético,
como lo señala el escultor Siah Armajani, quien comparte que
la obra de arte público, debe dirigirse a las necesidades
habituales de las gentes y no conformarse con satisfacer los caprichos
estéticos de los diletantes(28).
Las obras artísticas tridimensionales (la escultura y la
construcción arquitectónica) en términos de
Umberto Eco, requieren de un tiempo de recorrido impuesta por las
dimensiones de la obra, es decir un tiempo mínimo en que se
la puede observar y “comprender” de modo satisfactorio,
para captarla como una experiencia más completa. En este sentido,
vive como todo objeto físico, como un vehículo expresivo
expuesto al deterioro normal de su devenir: “todo lo que se
exhibe al aire libre depende de ese aire, sobre todo en la ciudad,
donde ese aire está polucionado de mil maneras”(29).
La obra de arte determina entonces, los paradigmas
expresivos que movilizan y construyen los sentidos de la época, en la cual
es concebida y observada(30). El arte público, constituye
uno de los signos más representativos de la semiótica
de la ciudad(31) y, aunque su desarticulación fragmentaria,
temática e informal no permita, en un primer acercamiento,
la identificación de una imagen colectiva, sí posibilita
que la ciudad contemporánea adquiera la función de
imagen cultural, prestando una atención relevante a las cualidades
significativas del espacio público. Los significantes estéticos
recontextualizan el concepto de monumento y disuelven los modelos
del arte en la ciudad, con obras elaboradas y nombradas para un lugar
específico o, propuestas como una respuesta crítica
tanto a los valores tradicionalistas como a las connotaciones propias
del monumento conmemorativo.
Se crean obras que revitalizan los contenidos
a partir de nuevas y múltiples texturas y gestualidades, determinándose
un proceso de consolidación significativa del arte público.
La emergencia de diversas intervenciones artísticas que desencadena
la búsqueda de un género netamente urbano, como una
respuesta a la negación del arte decorativo y a la incorporación
de ideas ajenas a la conmemoración, generan un ritmo expresivo
que en su proceso de redescubrimiento, forja el “sentido que
tienen los elementos que conforman la ciudad y que configuran el
carácter determinado que tiene cada plaza, encrucijada o rincón”(32),
cuyo compromiso radica en proponer significados del hacer cotidiano
y/o la trascendentalidad de la ciudad.
En el orden simbólico, los modelos de representación
colectiva, constituyen la diversidad significativa de los ordenamientos
urbanos, que a través de los ob-jetos entran a formar parte
de la morfología de la ciudad, en ella “la comunidad
reconoce sus símbolos, y se afirma en el reconocimiento de
ellos”(33). De esta manera, se constituye una estética
destinada al acceso masivo, que incorpora la plástica a la
escala urbana como elemento constitutivo de las áreas públicas,
generando rupturas en la percepción visual de la urbe, en
un proceso que re-nueva, permanentemente, los hábitos y conductas
del ciudadano. La presencia histórica, en cuyos remanentes
permanecen los mitos de la tradición como “transmisión
de existencias anteriores y fabricación de existentes nuevos
a través de la manipulación de anteriores existentes”(34),
determinan la necesidad de regeneración del arte a través
del principio de ‘apropiación’(35); un carácter
paradigmático que se explica en la multiplicidad de los proyectos
del urbanismo y la arquitectura modernos, los cuales repetidamente
evocan nuestro pasado histórico-cultural, en simbiosis con
la realidad contemporánea.
La diversidad de los significados que contiene
lo urbano, constituye un lenguaje que alude a modelos de representación de la misma,
cuya movilidad de sentidos produce las múltiples lecturas
de los espacios de la ciudad, los cuales “son producto de un
determinismo pragmático, y sus características más
esenciales, son las de ser empírico pero no racional”(36).
El predominio de la acción sobre el conocimiento, posibilita
la construcción de simulaciones espaciales.
La concepción del espacio en la ciudad, se ubica en un proceso
que permite descifrar los códigos y los contenidos propios
tanto de las construcciones físicas como de los imaginarios,
creados para establecer las relaciones generadas por los modelos
de representación, la tipología arquitectónica,
la morfología y el mobiliario urbano, para entender la ciudad
como un sistema organizado, capaz de albergar nuevas relaciones sociales,
producto de los cambios operados por una nueva construcción
de la cultura.
La ciudad definida por Carlo Aymonino como “un espacio artificial,
histórico, en el cual toda sociedad, intenta en cada época,
mediante su autorrepresentación en monumentos arquitectónicos,
un objetivo imposible: ‘marcar’ ese tiempo determinado”(37),
confluye en una temporalidad señalada por la discontinuidad
de los procesos de construcción y deconstrucción significativa.
El arte público se ubica en un microcosmos significativo,
que comporta la asunción simbólica de estados espaciales
y temporales en la relación múltiple de los dispositivos
urbanos. Lo público se determina por los actos colectivos
dados en los sistemas simbólicos-míticos, los lugares,
la historia, el conocimiento, el saber, y el lenguaje como “la
herramienta más poderosa para organizar la experiencia y,
en realidad, para construir ‘realidades”(38).
Se concentra así, la representación de las imágenes(39)
más recurrentes a partir de las cuales se enriquece, reproduce
y transforma la visión de la realidad urbana. Desde esta perspectiva,
se anuda el tejido por donde transita el ser de la ciudad. En las
ciudades contemporáneas, la diversificación de los
sentidos socio-culturales, la fragmentación de los espacios,
la afectación ideológica, y la suma de las determinantes
que hacen parte de la Modernidad y la Posmodernidad, movilizan multiplicidad
de significados de lo que es la ciudad en sí misma, sus objetos,
sus dinámicas y el sentido propio de su ser. En consecuencia,
se presencia una ciudad que se construye y deconstruye, a partir
de las intervenciones significativas que elaboran sus habitantes,
como una manera de resguardar los contenidos simbólicos que
le son propios. No obstante, la dispersión de los contenidos
urbanos, éstos se revierten en la configuración de
una identidad de ciudad, la cual actúa como un continente
expresivo, en cada objeto que forma parte de ella: la obra de arte,
la arquitectura, la calle, el parque, la casa, la periferia, los
límites. El arte público, se posiciona en los espacios
urbanos, asumiendo las variantes propias del arte contemporáneo;
su presencia posibilita el acercamiento del ciudadano a propuestas
estéticas que se han modificado a través de la historia,
para condensar una expresión artística, acorde con
las exigencias de la época. En este sentido, los rasgos que
identifican su evolución, le permiten superar el carácter
de monumento conmemorativo o de emblema como una lógica del
espectáculo, para concentrarse en una producción de
dominio público. La obra de arte, consagrada a los escenarios
del museo, se abre a la ciudad, se redimensiona en el espacio público,
consolidando la apertura de significaciones estéticas y aportando
nuevos códigos de desciframiento de la realidad.
Notas bibliográficas
1. VIVIESCAS M. Fernando. El espacio Público: la imaginación
de la ciudad. Festival internacional de arte. Medellín, 1997,
p. 4
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Universidad Javeriana. Octubre 27-29, Bogotá, 1993.
3. HALLIDAY, M. A. K. El lenguaje como Semiótica social. La
interpretación social del lenguaje y del significado. México:
Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 201.
4. DELGADO, Manuel. El animal público. Hacia una antropología
de los espacios urbanos. Barcelona: Editorial Anagrama, 1999, p.
19.
5. VIVIESCAS M. F. Op. Cit., p. 2.
6. XIBILLE M., Jaime. La situación Postmoderna del arte urbano.
Medellín: Fondo Editorial Universidad Nacional de Colombia,
Medellín, 1995, p. 196. Marcel Duchamp (1920), se confabula
con la belleza implícita en los objetos técnicos. Inaugura
la modernidad democrática en el arte.
7. Ibid., p. 195.
8. Aparte del Manifiesto realista, en donde se plantea la reconstrucción
del arte sobre unas bases completamente nuevas. Enciclopedia El Arte
del Siglo XX - 1900 - 1949. Barcelona: Círculo de Lectores,
p, 255.
9 AYMONINO, Carlo. El significado de las ciudades. Madrid: Hermann
Blume 1983, p. 91.
10. OLIVARES, Rosa. El artista y la ciudad: Una utopía. Festival
internacional de arte. Medellín, 1997. La posición
de la historiadora y crítica de arte, es cuestionable en este
contexto, en cuanto ella plantea que la relación entre arte
y ciudad es muy difícil de definir, porque el artista, según
sus planteamientos, quiere invadir un espacio público que
nos pertenece a todos. Agrega: “Yo creo que quien tiene que
intervenir en la ciudad es el arquitecto y el urbanista”. No
obstante, hace importantes acercamientos a la distinción entre
decoración y actuación plástica: “El trabajo
del artista no es solamente crear objetos bellos, eso es lo que hace
un artesano, su trabajo es problematizar ciertos aspectos e ideas
de su tiempo, crear un sentido y crear duda”.
11. En palabras de Gadamer: “Lo que llamamos “decorativo” está pensado
ya a partir el concepto de arte, y cuando, por ejemplo, encontramos
que un cuadro, una pintura, es decorativa, casi estamos haciendo
una crítica. Propiamente, ahí no emerge nada, o bien,
no hay nada adentro. Y es que lo que es decorativo no tiene realmente
que emerger, sino que tiene su determinación como trasfondo”.
GADAMER, Hans-Georg. Estética y Hermenéutica. Introducción
de Ángel Gabilondo. Madrid: Editorial Tecnos, 1996, p. 304.
12. GIRALDO ISAZA, Fabio. La ciudad: la política del ser.
En: GIRALDO, Fabio y VIVIESCAS, Fernando. (Compiladores). Pensar
la ciudad. Bogotá: Tercer Mundo Editores. CENAC FEDEVIVIENDA,
1996, p. 11.
13. VELASQUEZ, Fabio. Ciudad y participación. Cali: Universidad
del Valle, 1997, p. 96.
14. CORREA LÓPEZ, Bernardo. Ciudad y Filosofía. En:
TORRES Carlos, VIVIESCAS F. y PEREZ, E. Op. Cit., p. 70.
15. ARANGO, Silvia y SALMONA, Rogelio. La arquitectura de la ciudad.
Ibid., p. 150.
16. GIRALDO ISAZA, Fabio. Ciudad y Creación. Ibid., p.203.
17. ZAMBRANO P., Fabio. La ciudad en la historia. Ibid., p. 129.
18. Se asume lo estético como una cualidad expresiva, lo restringido
sólo a la obra de arte. Según Jan Mukarovsky, cualquier
acción o cualquier acto del hombre, son susceptibles de ser
asumidos desde una postura estética, porque en ellos se vehicula
toda la sobrecarga simbólica que configuran el ser y el hacer
del hombre contemporáneo en la cultura, que articulan lo cotidiano
dentro de una categoría antropológica de contrastes
e interacciones. MUKAROVSKY, Jan. Escritos de estética y semiótica.
España: Gustavo Gili, 1975, p. 47.
* Se recurre al tratamiento del concepto de Inconsciente Colectivo,
que Carl Jung desarrolla en los presupuestos de la Psicología
Analítica. La pulsación de las experiencias pasadas
constituye la base para plasmar la percepción presente, y
es en este transcurrir en donde surgen, a través de los sueños,
las fantasías, las producciones artísticas y los mitos,
tanto los contenidos del inconsciente individual como del inconsciente
colectivo.
19. CALABRESE, Omar. El Lenguaje del Arte. Buenos Aires: Ediciones
Paidós Ibérica. 1997, p. 27. Concepto que el autor
dimensiona desde los planteamientos de Ernst Cassirer.
20. XIBILLE MUNTANER, Jaime. Op. cit., p. 194. Op. Cit., p. 194.
21. SALDARRIAGA ROA, Alberto. Imagen y memoria en la construcción
cultural de la ciudad. En: La Ciudad: Hábitat de diversidad
y complejidad. Universidad Nacional de Colombia. Santafé de
Bogotá, 2000, p. 163.
22. SILVA, Armando. Imaginarios Urbanos. Bogotá: Tercer Mundo
editores, 1997, p. 53.
23. ZALAMEA, Gustavo. Arte y Ciudad. Problemas y sugestiones. En:
La Ciudad: Hábitat de diversidad y complejidad. Universidad
Nacional de Colombia. Santafé de Bogotá, 2000., p.
163.
24. SILVA, Armando. Op. Cit., , p. 54.
25. DELGADO, Manuel. Op. Cit., p. 99.
26. Ibid., p. 30.
27. Ibid., p. 39.
28. Siah Armajani, nacido en Teherán en 1939, (Estados Unidos,
década del 60') ha trabajado del arte conceptual al arte público,
planteando el papel del artista y del arte en la sociedad actual.
Serie Park Furniture (Mobiliario para Parques) en la que parte de
la tradición de la carpintería funcional utilizada
como mobiliario para parques y jardines públicos americanos.
29. ZALAMEA, G. Op. Cit., p. 218.
30. La temporalidad se refiere al modo en que la expresión
se desarrolla, en una dimensión que le cobra a cada objeto
el sentido de su reelaboración porque “es el tiempo
y sus márgenes de incertidumbre los que determinan el papel
activo que se asigna al libre arbitrio de los actores sociales” (Manuel
Delgado. Op. Cit. p. 25.), un planteamiento que Anthony Giddens asocia
con el proceso de institucionalización de las relaciones que
pueden establecerse socialmente y en cuya estructuración se
esencializa la temporalidad.
31. MADERUELO, Javier. Op. Cit., p. 32.
32. Ibid., p. 34.
33. GADAMER, Hans-Georg. Op. Cit., p. 149. En palabras de Gadamer,
el símbolo viene definido porque en él (ser algo) se
conoce y reconoce algo. A lo cual agrega “sin duda alguna,
la obra de arte nos proporciona algo como reconocimiento, que nos
ayuda de nuevo a entrañarnos con el mundo, algo que le está planteado
al ser humano como la tarea -que nunca puede resolver definitivamente-
de su existencia”.
34. JOPPOLO, Giovanni. Apropiación o sincretismo.
35. Este principio lo desarrolla Giovanni Joppolo, a partir de dos
conceptos: el sincretismo y la simulación, en los vanguardistas,
la aparición de un existente nuevo fabricado a partir de la
simulación de un existente presente en lo cotidiano; cuando
la regeneración se hace a partir de un proceso de apropiación
de lo religioso por el arte contemporáneo, estamos en presencia
de un fenómeno de sincretismo, la fusión entre dos
grandes relatos de creencias: el arte y la religión.
36. AYMONINO, Carlo. El significado de las ciudades. Madrid, Hermann
Blume Ediciones, 1981, p. 13.
37. Ibid., p, 25.
38. BRUNER, Jerome. Realidad mental y mundos posibles. Barcelona:
Editorial Gedisa, 1996, p. 20.
39. DORFLES, Gillo. El devenir de las artes. Colombia: Fondo de Cultura
Económica, 1998, p. 31. Plantea al respecto que: “Existen
además de las verdaderas imágenes, preimágenes,
como existen imágenes recurrentes e imágenes póstumas,
todas susceptibles de ser intercambiadas o confundidas, con la actividad
imaginativa creadora de la que el artista está, o puede estar,
dotado”.