Resumen
Los Derechos Humanos en la historia colombiana, han recorrido un
difícil camino en su construcción por los constantes
obstáculos puestos por las elites hegemónicas. Desde
La Independencia hasta hoy, han sido objeto de violación
constante aún con su consagración jurídica
y política, y por ende, el tratamiento inhumano quebranta
cualquier posibilidad de pacto social y la consolidación
de un verdadero Estado de Derecho.
Palabras claves: Estado de derecho, derechos humanos y violencia.
Abstract
Human rights, in Colombian history, have transited a difficult path
in their construction for the constants obstacles put by the hegemonic
elites. Since Independency until today, they have been constantly
violated even though their juridical and political declaration,
and therefore, the inhuman treatment that breaks any possibility
for a social pact and the true consolidation of a State of law.
Key words: State of law, human rights and violence.
¡Oh!, ¡suprema libertad del Dios
Padre!
¡Oh! ¡suprema y admirable felicidad del hombre
a quien está concedido obtener lo que desea,
ser lo que quiere!
Giovanni Pico Della Mirandola
Con la traducción de los Derechos del Hombre y del ciudadano
de 1791, por Don Antonio Nariño en 1793, se inicia en la Nueva
Granada la elaboración de los conceptos de derecho y de ciudadano,
inexistentes bajo el absolutismo español y la tradición
judeocristiana; recogidos de la postura de Hobbes y de Locke en el
siglo XVII, autores que señalaban la existencia de unos dere-chos
de los seres humanos anteriores al Estado, los cuales son incorporados
en la constitución de Fhiladelphia en 1789 y en la declaración
francesa de los Derechos Humanos, constituyentes esenciales del Estado
de Derecho Occidental.
1. Antecedentes
Si bien, el derecho castellano protegía los
derechos de propiedad y de las comunidades, al limitar los poderes
del monarca por los fueros y derechos del pueblo y los estamentos,
la noción de
derechos individuales y por ende la de ciudadano se encontraban en
proceso de construcción.
En la Europa de los siglos XI-XII, el espacio
individual aparecía
en realidad desdoblado, constituido por dos áreas distintas:
una fija, cerrada en torno al hogar, vida privada; y otra desplazándose
hacia el espacio público, no menos coherente, presentando
en su seno las mismas jerarquías, reunidas por los mismos
procedimientos de control. (Duby, 1990: 20) Surgen, en el espacio
privado, los anhelos de autonomía personal en un momento en
que la economía abre rutas, amplía mercados y las aldeas
se transforman en ciudades; se despiertan las ambiciones y la frugalidad
por la ganancia para depender menos de la familia, en aras de una
mayor autonomía. La libertad, indispensable para empresas,
requiere de elaboración y una nueva conceptuación a
partir de la exploración de la conciencia del individuo, en
la búsqueda de la autonomía personal, dueña
de sus afectos y de su riqueza. El individualismo echó sus
raíces, a partir de anacoretas que interrumpen la comunicación
con los grupos, en la búsqueda de un ascenso espiritual; y
el libre examen, singulariza la conciencia de la autoridad vertical
del Papa y por ende la opción de reclamar derechos individuales
y colectivos. La invención del sujeto, nace de la ruptura
con los controles sociales de grupos familiares, en la proyección
de la horizontalidad del poder y por ende a formas democráticas
de relaciones y de tolerancia. El individuo, reclama para sí,
los afectos, la imagen, la identidad, sus comportamientos y gobierno
del cuerpo.
El camino, hacia la filosofía política liberal de
los siglos XVII y XVIII, es allanado desde la vida privada que busca
limitar y reducir el papel del Estado, en tanto que como individuos
son sujetos de derechos que requieren protección. La formación
de la burguesía, como clase y su mentalidad, con la que asume
actitudes de racionalidad capitalista, la obliga a la institucionalización
de un régimen de libertades, con las que crea las condiciones
para el desarrollo de la libre empresa y el auge de las ciudades,
como centros de todas las actividades comerciales y humanas, expanden
su cultura a través de la modernidad. En cierto sentido, toda
la cultura moderna es cultura de ciudades. (Romero, 1987: 20) El
liberalismo impulsa las grandes reivindicaciones como el sufragio
universal, libertad de expresión, de movilidad, de cultos
y de conciencia. Sin embargo de su seno, con la industrialización,
surge el conservadurismo liberal, autoritario, caracterizado represor
de cualquier reclamo social
La ideología del laissez-faire, laissez-passer, abre el sendero
hacia la globalización de la economía y la técnica,
además de la cultura y de la política. Con ella, la
mentalidad burguesa se ha universalizado y la soberanía del
individuo vislumbra las fronteras de lo razonable. Sin embargo, el
egoísmo lo obnubila, convertido en la antirazón que
impide el crecimiento de la solidaridad como impulsor de nuevas construcciones
sociales. El burgués es el corolario del individualismo posesivo
y egoísta, descrito por Hobbes: un individuo que “naturalmente” carece
de sociabilidad y que no adquiere más sociabilidad de la necesaria
para mantener y preservar su propia persona y sus propiedades. (Camps,
1999: 175) Consolidada como ideología, obliga al burgués
a asumir una postura como clase y a formular un tipo de Estado, capaz
de garantizar los derechos de la libre empresa, en contra de los
que no adquirieron su mentalidad; ciudadanos simples, trabajadores
comunes y corrientes, a quienes la organización política
no tiene más para brindarles que unos símbolos patrios,
de nación desprotegida; en un mundo que separa arbitrariamente
lo espiritual de la praxis. (Marcuse, 1978: 50)
Sobre estos principios se yergue victorioso
el Estado de derecho burgués y de cuyo seno emergieron los Derechos Humanos. Sin
embargo, el protago-nismo del Estado lo conduce al desconocimiento
del Estado social de Derecho, de la diversidad cultural; a universalizar
el concepto de pueblo, a establecer una uniformidad frente a la ley,
manipulable y manipulada por los ejes del poder, mediante practicas
autoritarias y clientelistas, alejado de los verdaderos intereses
de las diferentes comunidades que conforman la realidad social. El
Estado acabado es por su esencia la vida genérica del hombre
por oposición a su vida material. (Marx, 1992: 44)
El recorrido histórico, grosso modo, de los fundamentos del
Estado de Derecho en el viejo continente, obliga a una mirada del
mismo para los neogranadinos inicialmente y después a los
colombianos como un recorrido álgido en la formación
del Estado Nacional y en la construcción de la democracia.
2. La lucha por los derechos
La Rebelión Comunera de 1.781, inauguró el
espectro de conflictos que aún hoy avergüenzan a la sociedad
colombiana, en un ya largo proceso histórico de búsqueda
de un proyecto político, capaz de converger en un pacto que
aglutine la diversidad social del país. Desde La Independencia,
las elites colombianas, se han transado en franca lid por aglutinar
e imponer un tipo de Estado, excluyente y autoritario, a través
de los partidos políticos. La postura hegemónica de
los partidos liberal y conservador, condujeron a las numerosas guerras
civiles del siglo XIX y a la Violencia del siglo XX, que culminaron
con el pacto bipartidista del Frente Nacional como proyecto político
de clase dominante sin que pudiera resolver la crisis institucional
y social, agudizada por nuevos actores violentos.
En efecto, Las Capitulaciones contienen elementos
ideológicos
jurídico-políticos olvidados por el fracaso del evento
histórico. Indudablemente fue una Rebelión, al no alcanzar
una concepción nueva y coherente del orden social y político.
Sin embargo, su reacción al implante de elementos moderno
en la economía y la política, conducen al cuestionamiento
de formas de autoridad monárquica; a la lucha por las reivindicaciones
ancestrales de los indígenas, al rechazo de los privilegios
del clero y a la negativa de la manipulación de las leyes.
Recogen la patología de una sociedad ansiosa de cambios, en
la que lo humano ocupe en derecho, el espacio de una verdadera democracia.
Para ello, Las Capitulaciones contienen la idea de libertad comunitaria
que garantiza el bien común, la participación de los
estamentos sociales en la vida socio-económica y administrativa
del Estado, y la igualdad jurídica y social. Ellas son la
resultante de anhelos de libertad como consecuencia lógica
de la violación sistemática de la dignidad humana del
indio, del negro y del mestizo.
Formas de sometimiento coercitivos, desde
La Colonia han estado presentes en la cotidianidad del pueblo colombiano.
El conocimiento por los neogranadinos de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano, crea un nivel de conciencia para sí, de sectores marginados
tanto por las clases pudientes. Y, como tal, convertidos en la bandera
libertaria de La Independencia, incluidos como principios en las
constituciones republicanas que se aprobaron en la Primera República
Granadina entre los años 1811 y 1813. (Ocampo, 1983: 207)
Los argumentos emancipatorios crecieron en la pluma precursora de
Don Antonio Nariño, publicado en el suplemento de La Bagatela
N° 5, del 11 de agosto de 1815, citado por Ocampo, p. 276:
Ya no somos colonos; pero no podemos pronunciar
la palabra libertad sin ser insurgentes. Advertid que hay un diccionario
para la España
Europea, y otro para la España Americana: en aquélla
las palabras Libertad, Independencia, son virtud; en esta, insurrección
y crimen: en aquélla la conquista es el mayor atentado de
Bonaparte; en ésta la gloria de Fernando e Isabel; en aquélla
la libertad de comercio es un derecho de la Nación; en ésta
una ingratitud contra quatro comerciantes de Cádiz.
La generación prócer, al vislumbrar las opciones de
libertad, emprende la lucha contra la monarquía, involucrando
a indios, negros y mestizos, quienes sufrirían los efectos
de la Reconquista española, al ser ajusticiados y expuestos
al escarnio público los adalides. El régimen, indiscriminadamente
reprimió y violó los más elementales derechos.
La fundación de La República, no generó un
clima adecuado al tratamiento de los Derechos Humanos. A pesar de
la abolición de los resguardos indígenas y de los censos
en 1850 y de la esclavitud, en enero de 1851, los ex esclavos, indígenas
y peones mantuvieron su dependencia del hacendado, quien pagaba en
especie o minúsculos salarios el trabajo. Gracias a la lealtad,
el patrón aseguraba mano de obra y con el afianzamiento de
los partidos políticos, una clientela electoral que le mantenía
vigente en el ejercicio del poder político, y le aseguraba
la búsqueda de un soporte económico sólido que
lo consolidara como minoría dominante.
Las élites decimonónicas, se encontraron con el auge
del comercio internacional, como vía que les ofrecía
las opciones económicas para su vinculación al capitalismo
periférico. Dadas las condiciones de atraso heredadas de la
colonia, la fórmula más viable ante la ausencia de
capitales y la abundancia de materias primas, era la producción-especulación,
la cual requería, ninguna o sólo una baja inversión
para su extracción. Formas adecuadas, al legado de una cultura
servil, avalaron formas de explotación y de violación
de los mínimos derechos de los trabajadores. El proceso que
estuvo caracterizado períodos productivos de bonanzas de tabaco,
añil, cueros, oro, plata, quina, etc., débil articulación
al mercado mundial, escaso mercado interno, y de un deformado espíritu
capitalista puesto que se trataba de un empresario diversificado
en sus inversiones, que combinaba las oportunidades generadas por
el comercio con las que presentaba el incipiente mercado crediticio
y las actividades productivas o extractivas. (Safford, 1977: 24).
3. Violencias
Para el siglo XIX, la colonización antioqueña,
el evento socio-económico de mayor impacto en la historia
económica
y política del país, en el camino hacia la modernización,
le posibilita a la naciente burguesía, a través del
café, un producto estable que la vincule con el mercado internacional
y le facilite la creación del capital del que carece. Para
ello, cuenta con una anárquica política de baldíos
y una migración interna de colonos, movida por las expectativas
de tierras.
En efecto, desde mediados del siglo XIX, las élites gobernantes
del Estado Soberano del Cauca ante la escasa población y las
innumerables extensiones de sus baldíos, estimularon las migraciones
antioqueñas y caucanas hacia norteña frontera del Quindío
que separaba los dos Estados. Oleadas de colonos llegan motivados
inicialmente por la producción aurífera, después
por los cultivos de pan coger y de café, sobre los que recaerían
más tarde las ambiciones de los avisados empresarios de tierras
que estimularan procesos de comercialización y de valorización
de tierras. (Valencia, 1993: 56). Pronto, las Compañías
de Tierras como Burila, González, Salazar y Cía., Aranzazu,
Pereira Gamba, etc., la emprendieron contra los colonos, mediante
acciones violentas para despojarlos de sus tierras con las mejoras
que incluían la siembra de cafetos. Los terratenientes, idean
leoninos contratos con aparceros y se valen de artimañas jurídicas
sobre la propiedad de la tierra o comerciales sobre los cafetos en
producción y el desalojo constante de colonos. Para ello se
recurrió a requiebros jurídicos, intimidaciones y compras
de plantaciones cafeteras en producción. Tales compras estaban
reguladas por la ley y bajo los términos de dichos acuerdos,
el colono renunciaba a todo reclamo legal sobre la tierra, dejando
al comprador en libertad de buscar la futura adjudicación
del baldío como si él lo hubiese cultivado. (Bergquist,
1.981: 33). El precio por cafeto oscilaba entre 50 y 20 centavos
según las facilidades o dificultades para su puesta en el
mercado e incluía la cosecha, la choza y los productos de
pan coger.
La consolidación cafetera, a finales del siglo XIX, sienta
unas bases más sólidas en la construcción de
la economía nacional que permite mayor estabilidad de la moneda,
aumento de la red ferroviaria en los sitios de producción,
apertura al capital extranjero y posibilidades del desarrollo industrial.
La colonización antioqueña, amplió la frontera
agrícola por el auge de la aparcería y la mediana propiedad.
El cultivo del café invade las vertientes oriental y occidental
de la cordillera Central y una acuciosa masa de labriegos y aparceros
cultivan la tierra y fundan pueblos. El café consolida unas
estructuras productivas bajo diferentes relaciones de producción
en cada una de las regiones. Los cambios técnicos en el beneficio
del café consolidan la economía hacia mediados del
siglo XX. En este proceso, juega un papel relevante, el grado de
movilidad que poseía la mano de obra respecto del hacendado.
Este era una modelo avanzado de aparcería, en comparación
con los vistos para el tabaco, la mano de obra en otras regiones
y diferentes productos al café, ya que los partícipes
tenían plena libertad de organizar la producción y
mercadearla, sin estar obligados a adquirir sus vituallas en la misma
hacienda. Gozaban de suficiente independencia como para contratar
a personal adicional, lo que acerca a este aparcero a la categoría
de patrón (Kalmanovitz, 1.985: 185). La parcela permitía
la siembra de café, de maíz, fríjol, plátano
y yuca, estimulada por los hacendados y la iglesia, con lo cual se
permite un mejor sustento para las familias además de la cría
de cerdos destinados a la comercialización con las ciudades
lejanas. El cerdo cumplía dos funciones: una de prodigar alimento
y grasa y otra una reserva en dinero (ahorro). La colonización
antioqueña involucra a grupos familiares. Familias pobres
y modestas lograron sobrevivir en la frontera: algunas de ellas hasta
lograron prosperidad, pese a la presencia de las mejores familias.
No obstante aunque hubo alguna posibilidad de movilidad social, las
oportunidades frecuentemente estaban bastante circunscritas a la
minoría. Las mejores familias dominaron la vida social y política
de la frontera (Chirstie, 1.986: 47).
4. Derecho y violencia
Derivada de una pésima política de
baldíos,
durante el siglo XIX, la situación de la tierra hacia los
años treinta del siglo XX, había agudizado los conflictos
entre campesinos pobres, peones e indígenas y terratenientes.
Existían fuertes enfrentamientos en los departamentos del
Tolima y Cundinamarca, generalizados al resto del país en
las décadas siguientes, como diferentes violencias. Los campesinos
abrían las luchas por las reivindicaciones como el alza de
salarios, el derecho de los colonos por sembrar café en la
parcela que ocupaba y de los indígenas, encabezados por Quintín
Lame, para conservar los resguardos. Los terratenientes se oponían
a la pérdida de la sujeción y de la escasa mano de
obra por el impacto del capitalismo, en una sociedad agraria en la
que surgían organizaciones sindicales. Como evento, tendiente
a disminuir el conflicto, emerge la ley 200 de tierras en la primera
administración López Pumarejo que incluyó la
función social de la propiedad en la reforma constitucional
del 36. Elaborado el argumento jurídico, se presume de hecho,
que quien posee y explota la tierra, es su propietario nacida de
la disposición por el usufructo del bien; y, aunque se demuestre
lo contrario, de todos modos tiene derecho al reconocimiento del
trabajo invertido en las mejoras. De modo que quien realiza sobre
un espacio actos positivos de labor y explotación y por ende,
actúa como dueño se reputa como tal. Este mecanismo
legal, impedía la expulsión de los colonos y campesinos,
por parte de los terratenientes con escrituras fraudulentamente obtenidas,
además, abría la posibilidad del retorno de los baldíos
a poder del Estado, si no eran explotados en un término de
diez años. La extinción de domino retornaba el bien
a la calidad de baldío, adquirible cinco años de ocupación
de buena fe. En realidad, el ambiente jurídico prodigaba las
herramientas para la industrialización del campo y la modernización
del país. Se requería sepultar el latifundio de raigambre
colonial y las practicas de sujeción sobre la mano de obra.
Sin embargo, el problema tierra sigue vigente. Las reformas no estaban
dirigidas a una redistribución de ella por la vía estatal
y a su democratización. Todo lo contrario, se consolidaron
las extensiones de producción intensiva para abastecer la
industria y desarrollar las exportaciones. El litigio continuó sobre
las tierras cultivadas: a los aparceros arrendatarios no se les prorrogó el
contrato para evitar cualquier reclamo posterior; a los campesinos
y colonos se les desconocieron los mínimos derechos, violentándolos
con el artificio partidista de liberales y conservadores. Esto propició un éxodo
de campesinos pobres a los poblados. La hacienda fue convertida en
extensas ganaderías y emergió el trabajador asalariado
que engrosaría los cinturones de miseria urbana.
De hecho, la reacción de los terratenientes no se hizo esperar.
Se organizaron los ataques al gobierno y a los campesinos por la
vía bipartidista, puesto que los propietarios de tierras,
pertenecían a los dos partidos. En efecto, el extenso período
violento y de desconocimiento de cualquier derecho, probablemente
se inició con la masacre de las bananeras, seguido del asesinato
del líder liberal popular Jorge Eliécer Gaitán
que “oficiaría” el desalojo y persecución
forzada a colonos, campesinos y trabajadores, desde los años
treinta, en una “guerra” fratricida bipartidista. La
Violencia, para algunos una guerra civil no declarada, no fue más
que la flagrante violación de los derechos humanos. Caciques
y gamonales dispusieron de bandas liberales y conservadoras para
el macabro papel del exterminio masivo del contrario, con la anuencia
del Estado hegemónico y autoritario. Evento histórico
al que se le pondría punto final con el Frente Nacional.
Sin embargo, la crisis no se resolvería y para enfrentarla,
el Estado recurre a la figura casi perenne, del estado de sitio como
una excepción al estado de derecho, consagrado en el artículo
121 de la constitución de 1.886, mediante el cual el presidente
declaraba turbado el orden público y por lo tanto dotado de
facultades para legislar. Por esta vía sale fortalecida la
Justicia Penal Militar, enriquecida con la doctrina de Seguridad
Nacional y el Estatuto de Seguridad Nacional, del período
Turbay. En la constitución del 91, la figura es reemplazada
por la de conmoción interior. El Estado, está dotado
de herramientas jurídicas y policivas para enfrentar los peligros
que la asechen, pero estas armas han sido utilizadas para reprimir
las protestas sociales y a los políticos opositores. Las bandas,
pájaros, paramilitares y sicarios, han sido alimentados desde
los directorios políticos y los grupos de poder formados en
cada una de las épocas de nuestra historia. La eliminación
sistemática de los opositores al sistema, convertida en constante
violación de los derechos humanos. Los lideres, como Gaitán,
Pardo Leal, Pizarro, Galán, entre otros, hacen parte de la
lista infinita de eliminados, incluyendo los militantes del M 19
y la Unión Patriótica, como la negación de cualquier
asomo de espacio político y democrático.
Desde las primeras décadas del siglo XX, se urgían
las reformas políticas o una nueva constitución, que
facilitara el camino hacia una democracia y un sistema político
capaz de resolver los innumerables problemas de la sociedad colombiana.
En 1991, se promulga la nueva constitución que consagra en
el Título II los derechos, las garantías y los deberes
de los ciudadanos como elementos básicos de los derechos humanos.
En efecto, dicho título contiene distinciones entre los derechos
fundamentales, los socio-económicos y los colectivos.
En realidad, se consideran los derechos fundamentales
individuales, no los colectivos. La razón nace de la ausencia de una cultura
de los derechos humanos, por la inexistencia de espacios políticos
que faciliten la confrontación ideológica razonable,
conducente a la tolerancia y la aceptación del otro en todas
las dimensiones humanas. Explicita, La Carta Magna del 91, los derechos
civiles y políticos, de la persona, sociales y económicos
y culturales, colectivos y de los pueblos, protección y aplicación
de los derechos, deberes y obligaciones. Pareciera una guía
práctica hacia la convivencia y el respeto a los derechos
humanos, pero el conflicto social colombiano ha entrado en otra dimensión
desde los setenta; nuevos actores se reparten un nuevo botín
de guerra: la droga. Y los derechos humanos han encontrado nuevas
formas violatorias: el sicariato, la desaparición forzada,
los desplazados, los secuestrados, los lisiados, los huérfanos,
las viudas, el deterioro del medio ambiente, en fin lo humano ausente...
Y el Estado, se dirige hacia un neoconservadurismo empeñado
en hacer la guerra para instaurar una paz que facilite el crecimiento
capitalista y la administración racional. El déficit
fiscal envió a miles de trabajadores a la calle, por su culpa
se les viola el derecho humano al trabajo. La constitución
del 91 está cayendo...
Conclusiones
La existencia de un verdadero Estado de Derecho
que posibilite el funcionamiento de una democracia real, para el
desarrollo de una cultura de tolerancia y aceptación del otro,
y cuyo funcionamiento político se soporte en la vigencia y
respeto de los derechos humanos, en sociedades como la nuestra, es
quimérica. El
país ha trasegado una historia, atravesada por conflictos
de control y sujeción, en la que el noble, el patrón,
el cacique y el gamonal, se las han ideado para lapidar y explotar
al trabajador. El Estado, inmisericorde a los clamores populares,
ha defendido y puesto al lado de los detentadores del poder y de
la fortuna. Ha cohonestado y violado, durante épocas aciagas
de nuestra historia, los derechos básicos de la condición
humana y se ha envuelto en un aura de debilidad que es e telón
de fondo, tiene la “justicia” privada de los grupos
poderosos, agentes de violencia y enemigos de los derechos humanos.
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