Resumen
En este artículo conformado por dos apartados, se argumenta,
de una parte, que si bien la obra del historiador francés
Philippe Ariès marcó el momento del descubrimiento
historiográfico de la infancia, la obra del historiador norteamericano
Lloyd DeMause recorre y fundamenta científicamente tal historia
desde un enfoque “psicogénico” de los modelos
de crianza y de las relaciones paternofiliales. Así mismo,
de otra parte, se expone como .en el marco de una interpretación
inspirada en la historia social y genealógica de la obra de
Rousseau y de los educadores humanistas, se concibe a la infancia
como una categoría sociopolítica de la modernidad que
extiende sus influencia hasta nuestros días.
Palabras claves: Infancia, enfoque, psicogénico, crianza,
civilización.
Abstract
In this article conformed by two sections, one argues, of a part
that although the French hsitorian´s Philippe Ariès
work marked the moment of the discovery historiography of the childhood,
the work of the historian american Lloyd DeMause it travels and
it bases such a history scientifically from a focus “psychogenic” of
the models of upbringing and of the relationships paternal filial.
Likewise, of another part, it is exposed as en the mark of an interpretation
inspired by the social and genealogical history of the childhood
like a sociopolitical category of the modernity that it extends
their influence until our days.
Key words: Childhood, vision, psycogenitics, growing, civilization.
1. Infancia y modelos de crianza
Se puede considerar que entre las obras existentes sobre la infancia
en otras épocas, las mejor conocidas son quizás las
Ariès (1973; 1986, 1987), sin embargo, éste no ha
dejado de recibir una serie de críticas, así DeMause
(1991), considera que el historiador francés deja no sólo
en el limbo el arte de la Antigüedad sino que hace caso omiso
de abundantes pruebas de que los artistas medievales sabían
ciertamente pintar niños con realismo. Para el historiador
norteamericano el argumento etimológico que emplea Ariès
para demostrar el desconocimiento del concepto de infancia en cuanto
tal es igualmente insostenible. En su opinión, la idea de
la “invención de la infancia” es tan confusa
que resulta extraño que la hayan recogido últimamente
tantos historiadores. El segundo argumento de Ariès, a saber,
que la familia moderna limita la libertad del niño y aumenta
la severidad de los castigos, está en contradicción
con todos los datos, concluye DeMause.
Como afirma Ulivieri (1986), si la obra del
historiador francés
marcó el momento del descubrimiento historiográfico
de la infancia, la de DeMause intenta recorrer y fundamentar científicamente
tal historia.
DeMause (1991) no acepta la existencia de
una hipótesis de “felicidad” inicial
de la infancia y, basándose en una periodización que
se fundamenta en la transformación gradual en sentido positivo
de la relación entre el adulto y el niño, esboza una
historia de la infancia desde la antigüedad hasta hoy; en la
cual la evolución de los modelos de crianza siguen este proceso:
1) infanticidio; 2) abandono; 3) ambivalencia; 4) intrusión;
5) socialización; 6) ayuda.
En definitiva, según este autor, los padres y adultos del
pasado no carecían de amor a los hijos, pero les faltaba “la
madurez emocional necesaria para ver al hijo como persona”.
Frente al niño, el adulto puede adoptar diversas formas de “reacción”:
puede usarlo para satisfacer su inconsciente (reacción de
proyección), puede verlo como sustitutivo de un personaje
que él echa de menos (reacción de reversión)
y puede sintonizar con las necesidades del niño (reacción
de regresión por empatía); porque:
Esta última forma de reacción se ha alcanzado recientemente
y sólo en determinados segmentos de la población, está claro
que la variación de los modelos de crianza no es igual en
todos los países y en todos los medios sociales; así,
la relación con la infancia es susceptible aun hoy de una
amplia gama de actitudes que van desde el infanticidio a la relación
empática. (....) Cualquier intento de periodizar la historia
de la educación infantil debe tener en cuenta que la evolución
psicogenética procede con diverso ritmo en las diversas líneas
familiares y que muchos padres quedan bloqueados al nivel de modelos
históricos anteriores. (DeMause:1991, p. 23)
Como todo esquema interpretativo, éste de la aplicación
de principios psicológicos a la historia de la infancia corre
el peligro de ser reductivo, “esquemático”(2)
, sin embargo, nos advierte hasta qué punto ha intervenido
la violencia en la vida infantil y, lo que es mucho más desolador,
se constata que la violencia constituye la norma de comportamiento
para con la infancia, norma que muchas veces no ha sido ni siquiera
puesta en cuestión. La “teoría psicogénica” de
la historia esbozada en la propuesta de DeMause comienza con una
teoría general del cambio histórico. Postula que la
fuerza central del cambio histórico no es la tecnología
ni la economía, sino los cambios “psicogénicos” de
la personalidad resultante de interacciones de padres e hijos en
sucesivas generaciones. Esta teoría entraña varias
hipótesis, sujetas cada una de ellas a confirmación
o refutación con arreglo a los datos históricos empíricos:
a. La evolución de las relaciones paterno - filiales constituye
una causa independiente del cambio histórico. El origen de
esta evolución se halla en la capacidad de sucesivas generaciones
de padres para regresar a la edad psíquica de sus hijos y
pasar por las ansiedades de esa edad en mejores condiciones esta
segunda vez que en su propia infancia. Este proceso es similar al
del psicoanálisis, que implica también un regreso y
una segunda oportunidad de afrontar las ansiedades de la infancia.
b. Esta “presión generacional” en favor del cambio
psíquico no sólo es espontánea, originándose
en la necesidad del adulto de regresar y en el esfuerzo del niño
por establecer relaciones, sino que además puede darse incluso
en períodos de estancamiento social y tecnológico.
c. La historia de la infancia es una serie
de aproximaciones entre adulto y niño en la que cada acortamiento de la distancia
psíquica provoca nueva ansiedad. La reducción de esta
ansiedad del adulto es la fuente principal de las prácticas
de crianza de los niños en cada época.
d. El complemento de la hipótesis de que la historia supone
una mejora general de la puericultura es que, cuanto más se
retrocede en el tiempo menos eficacia muestran los padres en la satisfacción
de las necesidades de desarrollo del niño.
e. Dado que la estructura psíquica ha de transmitirse siempre
de generación en generación a través del estrecho
conducto de la infancia, las prácticas de crianza de los niños
de una sociedad no son simplemente uno entre otros rasgos culturales;
son la condición misma de la transmisión y desarrollo
de todos los demás elementos culturales e imponen límites
concretos a lo que se puede lograr en todas las demás esferas
de la historia. Para que se mantengan determinados rasgos culturales
se han de dar determinadas experiencias infantiles, y una vez que
esas experiencias ya no se dan, los rasgos desaparecen.
La periodización que elabora el historiador norteamericano
debe considerarse como una indicación de los tipos de relaciones
paterno - filiales que se daban en el sector psicogenéticamente
más avanzado de la población en los países más
adelantados, y las fechas dadas son las primeras que se hallaron
en las fuentes correspondientes. La serie de seis tipos representa
una secuencia continua de aproximación entre padres e hijos
a medida que, generación tras generación, los padres
superaban lentamente sus ansiedades y comenzaban a desarrollar la
capacidad de conocer y satisfacer las necesidades de su hijos. Dicha
serie ofrece una taxonomía útil de las formas contemporáneas
de crianza de los niños.
a. Infanticidio (Antigüedad-siglo IV). La imagen de Medea se
cierne sobre la infancia en la antigüedad, pues en este caso
el mito no hace más que reflejar la realidad. Algunos hechos
son más importantes que otros, y cuando los padres resolvían
rutinariamente sus ansiedades acerca del cuidado de los hijos matándolos,
ello influía profundamente en los niños que sobrevivían.
Respecto de aquellos a los que se les perdonaba la vida, la reacción
proyectiva era la predominante y el carácter concreto de la
inversión se manifestaba en la difusión de la práctica
de la sodomía con el niño.
b. Abandono (Siglos IV-XIII). Una vez que
los padres empezaron a aceptar al hijo como poseedor de un alma,
la única manera
de hurtarse a los peligros de sus propias proyecciones era el abandono,
entregándolo al ama de cría, internándolo en
el monasterio o en el convento, cediéndolo a otras familias
de adopción, enviándolo a casa de otros nobles como
criado o como rehén o manteniéndolo en el hogar en
una situación de grave abandono afectivo. El símbolo
de este tipo de relación podría ser Griselda, que tan
de buen grado abandonó a sus hijos para demostrar su amor
a su esposo. O quizá sería cualquiera de esas estampas
tan populares en las que se representa a la Virgen María en
una postura rígida sosteniendo al Niño Jesús.
La proyección continuaba siendo preeminente puesto que el
niño seguía estando lleno de maldad y era necesario
siempre azotarle, pero como demuestra la reducción de la sodomía
practicada con niños, la inversión disminuyó considerablemente.
c. Ambivalencia (siglo XIV-XVII). Como el
niño, cuando se
le permitía entrar en la vida afectiva de los padres, seguía
siendo un recipiente de proyecciones peligrosas, la tarea de éstos
era moldearlo. De Dominici a Locke no hubo imagen más popular
que la del moldeamiento físico del niño, al que se
consideraba como cera blanda, yeso o arcilla a la que había
que dar forma. Este tipo de relación se caracteriza por una
enorme ambivalencia. El período comienza aproximadamente en
el siglo XIV, en el que se observa un aumento del número de
manuales de instrucción infantil, la expansión del
culto de la Virgen y del Niño Jesús y la proliferación
en el arte de la “imagen de la madre solícita”.
d. Intrusión (Siglo XVIII). Una radical reducción
de la proyección y la casi desaparición de la inversión
fueron los resultados de la gran transición que en las relaciones
paterno - filiales se operó en el siglo XVIII. El niño
ya no estaba tan lleno de proyecciones peligrosas y, en lugar de
limitarse a examinar sus entrañas con un enema, los padres
se aproximaban más a él y trataban de dominar su mente
a fin de controlar su interior, sus rabietas, sus necesidades, su
masturbación, su voluntad misma. El niño criado por
tales padres era amamantado por la madre, no llevaba fajas, no se
le ponían sistemáticamente enemas, su educación
higiénica comenzaba muy pronto, se rezaba con él pero
no se jugaba con él, recibía azotes pero no sistemáticamente,
era castigado por masturbarse y se le hacía obedecer con prontitud
tanto mediante amenazas y acusaciones como por otros métodos
de castigo. Como el niño resultaba mucho menos peligroso,
era posible la verdadera empatía, y nació la pediatría
que, junto con la mejora general de los cuidados por parte de los
padres, redujo la mortalidad infantil y proporcionó la base
para la transición demográfica del siglo XVIII.
e. Socialización (Siglo XIX- mediados del XX). A medida que
las proyecciones seguían disminuyendo, la crianza de un hijo
no consistió tanto en dominar su voluntad como en formarle,
guiarle por el buen camino, enseñarle a adaptarse, socializarle.
El método de la socialización sigue siendo para muchas
personas el único modelo en función del cual puede
desarrollarse el debate sobre la crianza de los niños y de él
derivan todos los modelos psicológicos del siglo XX, desde
la “canalización de los impulsos” de Freud hasta
la teoría del comportamiento de Skinner. Más concretamente,
es el modelo del funcionalismo sociológico. Asimismo, en el
siglo XIX, el padre comienza por primera vez a interesarse en forma
no meramente ocasional por el niño, por su educación
y a veces incluso ayuda a la madre en los quehaceres que impone el
cuidado de los hijos.
f. Ayuda (comienza a mediados
del siglo XX). El método de
ayuda se basa en la idea de que el niño sabe mejor que el
padre lo que necesita en cada etapa de su vida e implica la plena
participación de ambos padres en el desarrollo de la vida
del niño, esforzándose por empatizar con él
y satisfacer sus necesidades peculiares y crecientes. No supone intento
alguno de corregir o formar “hábitos”. El niño
no recibe golpes ni represiones y sí disculpas cuando se le
da un grito motivado por la fatiga o el nerviosismo. Este método
exige de ambos padres una enorme cantidad de tiempo, energía
y diálogo, especialmente durante los primeros seis años,
pues ayudar a un niño a alcanzar sus objetivos cotidianos
supone responder continuamente a sus necesidades, jugar con él,
tolerar sus regresiones, estar a su servicio y no a la inversa, interpretar
sus conflictos emocionales y proporcionar los objetos adecuados a
sus intereses en evolución.
Como conclusión sobre su teoría
de la historia de las concepciones de la Infancia, DeMause considera
que:
la teoría psicogénetica ofrece un paradigma nuevo
para el estudio de la historia. Con arreglo a esta teoría,
el supuesto tradicional de la mente como tabula rasa se invierte
y es el mundo el que se considera como tabula rasa; cada generación
nace en un mundo de objetos carentes de sentido que sólo adquieren
su significado si el niño recibe un determinado tipo de crianza.
Tan pronto como cambia para un número suficiente de niños
el tipo de crianza, todos los libros y objetos del mundo quedan descartados
por inútiles para los fines de la nueva generación
y la sociedad empieza a moverse en direcciones imprevisibles. Todavía
hemos de averiguar cómo se relaciona el cambio histórico
con el cambio de las formas de crianza de los niños. (1991,
p. 92)
La percepción moderna de la infancia remite entonces a imperativos
de carácter religioso y político, pero además
está también relacionada con factores demográficos
y sociales. Como se ha señalado, autores como Ariés
y , DeMause, destacan no sólo el influjo que en el nuevo sentimiento
de la infancia tendrá la disminución de la mortalidad
infantil y la extensión de las prácticas contraceptivas
sobre todo en las clases altas, sino también la afirmación
del estado medio, la futura burguesía, grupo que comienza
a tener esperanza en el futuro y la deposita en sus hijos que no
dejan de ser sinónimo de esa fuerza del porvenir. En este
sentido, un análisis de la infancia en tanto que institución
social permitirá comprender las diferentes percepciones que
de la misma han existido en Occidente desde los tiempos modernos.
En este contexto, la genealogía del campo infantil, sus reglas
de constitución y sus transformacio-nes, permite captar mejor
sus significaciones actuales, de este asunto se ocupa el segundo
apartado del trabajo.
2. La infancia como categoría sociopolítica
moderna
La historia concebida como disciplina conformada por diversos campos
discursivos y de estudio de las relaciones de poder, posibilita
una aproximación a la génesis de la moderna percepción
social de la infancia (Varela, 1986, Narodoswski, 1994). En este
contexto genealógico se plantean dos aproximacio-nes fundamentales
al mundo de los niños, a saber: una, obra de humanistas
y moralistas que se configura a partir del siglo XVI; y otra, cuyo
agente social más reconocido fue Rousseau y que data por
tanto del siglo XVIII. Ambas están relacionadas y constituyen,
particularmente la última, la antesala de las actuales representaciones
de la infancia (Brüggen, 2001; Quiceno, 2001).
La primera definición moderna de la infancia emerge al interior
de la formación de los estados administrativos y está vinculada
a procesos que señalan el derrumbamiento del régimen
feudal y el paso a una nueva organización social que comienza
a estabilizarse en el siglo XVII. Reformadores protestantes y contra
revolucionarios católicos diseñan una amplia estrategia
de gobierno cuyas tácticas de intervención abarcan
desde la construcción del Estado a la educación de
la primera edad. Los nuevos modos de socialización que comienzan
a difundirse a partir de Trento constituyen uno de los múltiples
dispositivos encaminados a definir y a fijar las nuevas identidades
sociales.
A partir de comienzos de la Edad Moderna,
la infancia queda prendida en los hilos de una tupida red. En esta
red las modificaciones que sufrió la educación infantil y, en particular, la definición
que de ella elaboran los humanistas del siglo XVI no es sino un paradigma,
un modelo a imitar. De hecho, tal como acontece en la actualidad,
existieron entonces diferentes infancias cuyas formas de socialización
variaron considerablemente. Como evidencia se pueden leer los tratados
de educación y los libros de cortesía dirigidos a príncipes
y nobles y compararlos con la Ratio Studiorum de los jesuitas para
comprobar las diferencias. Las distancias se agrandan todavía
más si hacemos intervenir a los hijos del pueblo y si además
de la posición social se tiene en cuenta la variable sexo
(Mesnard, 1956). Si Ariés y DeMause, muestran que la visión
moderna de la infancia está determinada por imperativos de
carácter religioso, político, demográficos y
sociales, también plantean que la concepción moderna
de infancia no fue posible sin la afirmación del estado medio,
la futura burguesía, grupo que comienza a tener esperanza
en el futuro y la deposita en sus hijos que no dejan de ser sinónimo
de esa fuerza del porvenir.
Las nuevas formas de distribución del poder social exigirán
modos específicos de educación de los niños
quienes dejarán, y esto es válido sólo para
los hijos de los grupos con recursos, de ser socializados directamente
por la comunidad, de aprender el oficio de sus mayores, de participar
con los adultos en trabajos, fiestas, juegos y diversiones. Frente
a un medio social denso y cálido donde abundan los intercambios
afectivos y los encuentros entre familiares, vecinos, amigos, sirvientes,
adultos y niños, los colegios sustituirán al aprendizaje
como forma dominante de socialización de las generaciones
jóvenes e impondrán, poco a poco, la separación
adultos/niños al tiempo que contribuirá a hace realidad
la especificidad infantil. Esta importante mutación se realizará en
parte con la complicidad de la familia cristiana, espacio afectivo
que se cierra cada vez sobre sí mismo, se aleja del ruido
de la calle y de una vida de comunidad más amplia, comienza
a preocuparse por la educación y el futuro de los hijos, a
organizar su vida en torno a ellos y a controlar su número.
Como afirma Runge (1999), el programa educativo
construido por Rousseau, así como su redefinición del campo de la infancia son
difíciles de comprender si no se sitúan en los albores
de la Ilustración, época de amplias transformaciones
en el interior de las cuales una clase social, la burguesía,
que se ha enriquecido y accedido a un nivel social elevado, se consolida
como grupo social alternativo a la nobleza. Para este nuevo grupo
social en ascenso, que rechaza el contacto con las clases populares,
la familia se ha convertido en un lugar necesario de afectos entre
sus miembros, cuya preocupación máxima es la educación
de los hijos. El nuevo estilo de vida burgués implica un fuerte
control de los sentimientos y de las acciones pese a que no es tan
visible como el que reinaba en la nobleza cortesana. Los constantes
intercambios sociales, la progresiva división del trabajo,
la creciente urbanización, la competitividad en la lucha por
la vida imponen nuevas normas de relación, exigen comportamientos
estrictamente regulados. Emergen con fuerza dos esferas diferentes:
una, la vida privada, íntima y secreta, y, otra, la vida pública.
Este proceso supondrá la privatización de numerosas
funciones corporales y sexuales. La monogamia, aceptada cada vez
más como una institución social obligatoria para los
dos sexos, canalizará y regulará la sexualidad. Y si
bien el mayor poder social del hombre en la nueva organización
social favorecerá una mayor indulgencia hacia sus devaneos
extraconyugales, oficialmente le estarán prohibidos al igual
que a la mujer,
El Emilio se inscribe en esta perspectiva
de disciplina interior, de interiorización de las normas, y su aparición no
habría sido posible sin la existencia previa de teorías
educativas de los humanistas y moralistas y muy especialmente sin
las prácticas educativas que se aplicaron y afinaron progresivamente
en los colegios de jesuitas que condujeron a la institución
de la infancia como clase de edad específica. Rousseau publica
en 1762 no sólo el Emilio sino también el Contrato
social; ambas obras constituyen las dos caras de una misma moneda:
el nuevo orden social del contrato exige un nuevo tipo de súbdito,
el ciudadano, producto en gran parte de la nueva educación.
Como se sugerirá más adelante, el Emilio ha sido uno
de los tratados que más ha influido en las corrientes pedagógicas
contemporáneas especialmente en la denominada educación
nueva, en las diferentes manifestaciones de la escuela activa, y
ha sido, en consecuencia, objeto de ataques y de defensas múltiples
y apasionadas. Su importancia ha sido tal que habrá que esperar
prácticamente a finales del siglo XIX para que la figura de
infancia que instituye, el buen salvaje, empiece a ser puesta en
cuestión.
Así para Brüggen (2001) y Quiceno (2001), El Emilio
sigue estando, dedicado, aunque nos parezca sorprendente en la actualidad,
fundamentalmente a la educación de la infancia masculina.
Infancia masculina de la nueva clase social en auge, ya que en boca
de su autor el pobre no necesita recibir educación pues tiene
lo que corresponde a su estado. Pero, además, según
su concepción, la sociedad justa es aquélla en la que
cada cual ocupa el puesto que le corresponde según sus facultades;
sociedad que permite alcanzar la felicidad a los ciudadanos en la
medida en que ésta radica precisamente en saber ajustar los
deseos a las capacidades. De ahí que aparezca como uno de
los portavoces más destacados de la burguesía.
Se ha modificado la percepción de la infancia, esta nueva
redefinición marcará muy de cerca nuestras actuales
percepciones de los niños. De hecho, la visión rousseauniana
del niño constituirá la base en la que se asientan
numerosas teorías y prácticas tanto psicológicas
como pedagógicas. Rousseau escribe por primera vez de forma
explícita que el niño no es un hombre en pequeño,
que la infancia tiene sus formas de ver, de pensar y de sentir y
que nada es más insensato que querer sustituirlas por las
nuestras. Elabora en consecuencia, un programa educativo que abarca
desde el nacimiento hasta el casamiento de Emilio, programa que ha
de desarrollarse lejos de nocivas influencias de la sociedad, en
plena naturaleza y siguiendo sus leyes. la educación de Emilio
comienza, pues, desde sus primeros días, y se organiza en
diferentes y sucesivos estadios, ya que el espíritu está en
continua transformación:
El período que abarca de los dos a los doce años referido
específicamente al niño, es decir, a la infancia propiamente
dicha, si bien en un sentido menos estricto la infancia abarca para
Rousseau desde el nacimiento hasta los 15 años. Conviene también
señalar que el verdadero ciudadano será el resultado
del paso exitoso por todos los estadios. Emilio, durante este período
de tiempo, recibirá una educación dirigida a desarrollar
sus sentidos, su cuerpo, su sensibilidad. La educación intelectual
partirá siempre, por tanto, de lo sensible por lo que no conviene
que utilice libros ni se aficione a historias o fábulas. La
educación intelectual y moral están reservadas para
más tarde, la edad de la razón y de las pasiones- ya
que el niño carece de razón y, consecuentemente de
criterios morales. Esta falta de razón, considerada negativa
por los humanistas y reformadores hasta tal punto que sus programas
educativos tenían como objetivo principal hacer de los niños
seres razonables, aparece en Rousseau como algo natural, de ahí que
su plan de actuación parta de este hecho como de algo fundado
en la naturaleza. Esta naturalización tendrá efectos
sociales profundos y de largo alcance, ya que a partir de ahora no
solamente no hay que razonar con los niños, ni ejercitar su
razón sino que además la infancia aparece dotada de
otra propiedad también natural, la inocencia. Inocencia y
sinrazón que combaten el pesimismo de los que veían
en el niño un ser vil sometido a la corrupción del
pecado original; pero que al mismo tiempo ocultan, enmascaran que
la adquisición de estas cualidades fue producto de prácticas
sociales concretas.
La redefinición rousseauniana del niño -ser sin razón,
inocente, débil, estúpi-do, ignorante- refuerza el
estatuto de minoría que para él habían fijado
los reformadores que le precedieron, status que sigue vigente en
la actualidad en gran medida, y que ha supuesto, en contrapartida,
una dependencia cada vez mayor respecto al adulto. La irresponsabilidad
y la debilidad infantiles aparecerán, a partir de ahora, íntimamente
ligadas a una desorbitante autoridad moral del maestro a la vez que
fundan una disciplina interior, poco visible, sin precedentes (Runge,
1999).
En este contexto de historia sociopolítica, la infancia es
una categoría sociopolítica de la modernidad que extiende
sus influencia hasta nuestros días:
Las figuras de infancia no son
ni naturales ni unívocas ni
eternas. Las variaciones que han sufrido en el espacio y en el tiempo
son una prueba del carácter sociohistórico. Las transformaciones
que han afectado a la percepción de la infancia moderna están íntimamente
ligadas a los cambios en los modos de socialización. En este
sentido se puede afirmar que la categoría de infancia es una
representación colectiva producto de formas de cooperación
entre los grupos sociales y también de pugnas, de relaciones
de fuerza, de estrategias de dominio destinadas a hacer triunfar,
como si se tratara de las únicas legítimas, las formas
de clasificación de los grupos sociales que aspiran a la hegemonía
social. Si la categoría de infancia, incluye diferentes figuras
encubiertas bajo una aparente uniformi-dad, no se hubiese construido
resultarían ininteligibles los proyectos educativos elaborados
en función de grupos de edad y de prestigio, así como
habrían sido inviables códigos científicos tales
como los discursos pedagógicos, la medicina infantil y la
psicología evolutiva. Todos estos saberes son inseparables
de instituciones, organizaciones y reglamentos elaborados en torno
a la categoría de infancia que a su vez se ve instituida
y remodelada por ellos. (Varela, 1986; p.174).
En resumen, las figuras de la infancia se
ven cada vez más
atravesadas en la actualidad por códigos psicológicos
y pedagógicos herederos en gran medida del jesuitismo y de
Rousseau. El ilustre ginebrino no sólo naturalizó cualidades
infantiles y estadios sino que además elaboró programas
que pretendían responder a supuestos intereses y necesidades
naturales del niño. De algún modo, esta concepción
subyacente a toda la psicología evolutiva, con sus estadios,
capacidades, lógicas y psicológicas, todo ello encarnado
en una especie de niño universal que planea por encima de
las condiciones sociales y cultural, tiende a imponerse como la única
legítima en cuyo nombre se orquestan reglamentos, programas
didácticos y controles.
Notas bibliografícas
1. Este artículo es continuación de una serie de trabajos
sobre las concepciones de infancia que se empezaron a divulgarse
en la Revista de Ciencias Humanas de la Universidad Tecnológica
de Pereira: “Concepciones e imágenes de la infancia” (Nº 28/2001); “El “descubrimiento” de
la infancia (I): historia de un sentimiento” (Nº 30/2001).
2. El resultado de este proyecto es precisamente el libro Historia
de la infancia; en éste se incluyen además del trabajo
de Lloyd deMause, las siguientes colaboraciones: “Barbarie
y religión: la infancia a fines de la época romana
y comienzos de la edad media”; “Supervivientes y sustitutos:
hijos y padres del siglo IX al siglo XIII”; “El niño
de clase media en la Italia urbana, del siglo XIV a principios del
siglo XVI”; “El niño como principio y fin: la
infancia en la Inglaterra de los siglos XV y XVI”; “Naturaleza
y educación: pautas y tendencias de la crianza en los niños
en la Francia del siglo XVII”; “La crianza de los niños
en Inglaterra y América del Norte en el siglo XVIII”; “Un
período de ambivalencia: la infancia en América del
Norte en el siglo XVIII”; “ Ese enemigo es el niño”:
la infancia en la Rusia imperial”; “El hogar como nido:
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