Introducción
Europa está experimentando cambios muy importantes en la actualidad,
que no siempre se corresponden con la representación más
general o popular que de ella se suele tener. Son cambios que están
redefiniendo la realidad europea en prácticamente la totalidad
de sus ámbitos.
Al proceso de integración iniciado por los principales países
de la Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial,
con sus avances, parones y crisis, se ha unido, por una parte, el
cambio producido en el conjunto de los países del Este europeo,
tras la desintegración de la Unión Soviética,
y el deseo mostrado por la mayoría de estos países
de entrar a formar parte, en el futuro más inmediato posible,
de la ya constituida Unión Europea. Por la otra, la transformación
de una gran parte de las sociedades europeas en receptoras de inmigración,
procedente de casi todas las partes del mundo, cuando aquéllas
habían sido sociedades con una destacada componente emigratoria
durante los últimos cuatro siglos y hasta tiempos bastante
recientes.
El proceso de unificación europea es un proyecto de enorme
transcendencia, en todos los sentidos, dado que ya afecta, y aún
lo hará más en un próximo futuro, a la inmensa
mayoría de los elementos que definen las condiciones de vida
de cualquier tipo de sociedad, en este caso, de las europeas. Es,
igualmente, un proceso abierto al futuro, que deberá ser decidido,
en gran manera, por la generación de los alumnos que actualmente
se están formando en las aulas. Es de primordial importancia,
por tanto, que los alumnos puedan conocer, con la mayor profundidad
posible, las características de este proceso abierto y las
posibles ventajas e inconvenientes o dificultades que éste
comportará y que, ciertamente, influirá de múltiples
maneras en su propia vida y en las condiciones en que ésta
se tenga que desarrollar. La creación de una ciudadanía
europea, con la consiguiente aceptación de los derechos y
deberes a que ésta da lugar, es una de las realidades con
la que nuestros alumnos van a contar y en la que van a tener que
expresar sus preferencias y, por tanto, decidir democráticamente
el tipo de Europa que desean.
La configuración y el impulso de la dimensión europea
en la educación supone también un cambio, o al menos
una ampliación muy importante, de las tradicionales finalidades
de la enseñanza de la historia, que es la materia en la que
centramos nuestro análisis. Esta disciplina escolar ha desempeñado
un papel primordial en la configuración de las identidades
nacionales, a las que se añadía, sin demasiada convicción
práctica, una dimensión mundial que, en función
de los intereses nacionales, era valorada de una manera u otra.
El proceso de integración y de impulso de una identidad europea,
que en España se complementa con el de las renovadas identidades
regionales plantea unas nuevas y diversificadas formas de identidad,
sin necesidad, en esta ocasión, de entrar en la discusión
de si las identidades pueden ser sentidas de manera más o
menos equivalente, aunque jerarquizada y plural, o si, por el contrario,
sólo existe una identidad central y todas las otras son periféricas
o secundarias.
En el caso europeo, esta situación de las distintas identidades
es especialmente compleja tanto por el enorme empeño desarrollado
por las distintas instituciones estatales, fundamentalmente en el
siglo XIX y la primera mitad del XX, en la construcción de
los imaginarios nacionales respectivos como por la gran variedad
de las culturas que han persistido entre las poblaciones europeas.
En este sentido, la configuración de una identidad europea,
complementaria de las previamente existentes, tendrá forzosamente
que basarse, como mínimo, en una aceptación abierta
de la multiculturalidad de tal identidad europea, que las incluya
a todas, sin ningún ánimo de homogeneizarlas.
El problema teórico de una posible multiculturalidad es que ésta
no comporta necesariamente la aceptación profunda de tal diversidad
cultural sino que puede convertirse en una marginación encubierta
de los culturalmente distintos y, por tanto, en una posible minusvaloración
de aquellos que estén incluidos en las culturas que sean consideradas
menos representativas o más débiles.
De ahí la conveniencia de impulsar una dimensión europea
que, sin perder su propia especificidad, sea complementaria de una
dimensión intercultural abierta al intercambio y mutua influencia
del conjunto de las culturas, en primera instancia a aquellas existentes
sobre el territorio de la vieja Europa, y, en definitiva, a todas
aquellas que constituyen el patrimonio conjunto de la humanidad.
La dimensión europea en la enseñanza, por tanto, no
debería ser entendida, de forma reduccionista y simplificadora,
como un intento de crear consenso exclusivamente en torno al proyecto
político de la unificación europea. La dimensión
europea no debería significar, en este sentido, la creación
de un nuevo etnocentrismo, eurocentrismo en expresión más
exacta, ni la sustitución de los patriotismos nacionales tradicionales
por un nuevo nacionalismo europeísta, sino que debería
de comportar igualmente una básica dimensión intercultural,
abierta al conjunto de culturas existentes, en la que los ideales
de comprensión, respeto y valoración recíprocos,
tanto de los aspectos comunes como de las diferencias culturales,
sean asumidos de manera clara y decidida. En este sentido, la dimensión
europea, en su significación más extensa, puede convertirse
en una oportunidad muy valiosa para poder desarrollar una personalidad
más completa y equilibrada en los alumnos y, sin duda, más
adecuada a las características previsibles de los tiempos
inmediatamente futuros.
La anterior afirmación, sin embargo, no debe llevarnos a
confundir las intenciones con la realidad. En la práctica
política real de la Unión Europea aún están
muy presentes los límites del pensamiento generado por el
conjunto de los Estados-naciones que la integran, en el que sólo
son considerados plenamente ciudadanos europeos quienes lo son de
alguno de los Estados que forman parte de la misma.
En la actualidad, a pesar de las características cada vez
más definidamente globales e interculturales de muchos de
los aspectos que la configuran, los Estados-naciones siguen siendo
considerados barreras “naturales” y, por tanto, legitimadores
de exclusión. Y eso sucede a pesar de que, en un mundo definido
por la mundialización y la multiculturalidad, la diferencia
entre derechos ciudadanos y derechos humanos no se pueda mantener
desde un análisis riguroso de su significación más
profunda ni menos desde la consideración de que en materia
de derechos algo pueda ser considerado “natural” y no
una convención establecida de manera más o menos justificada.
La dimensión europea puede suponer, desde esta perspectiva,
un planteamiento problematizador de la realidad existente, un conocimiento
y una investigación crítica de la misma, tanto para
los docentes como para los alumnos. Es la forma de contribuir, desde
las propias aportaciones, a la construcción de una Europa
no marcada por los intereses de los “mercaderes” ni de
las convenciones más tradicionales y exclusivistas, sino definida
prioritariamente por los deseos de los “ciudadanos” y
de sus opciones políticas y sociales más solidarias.
¿De qué manera intentan los manuales escolares españoles
de historia enfocar y dar respuesta a estas nuevas cuestiones?
Para abordar detalladamente las características principales
de los manuales escolares hemos considerado pertinente hacerlo siguiendo
el orden de exposición más frecuente en los mismos,
esto es, realizar el análisis de los aspectos históricos
de una manera diacrónica atendiendo a las distintas edades
convencionalmente establecidas.
En la selección realizada de los manuales escolares disponibles
en el mercado escolar español hemos considerado decisivo el
criterio de presencia cuantitativa de los mismos en las aulas. Por
esa razón hemos elegido los manuales de las cinco editoriales
más representadas (Anaya, Santillana, Vicens Vives, S.M. y
Ecir). Este conjunto de editoriales supone más del 75 por
ciento de los manuales de la Educación Secundaria Obligatoria
(alumnos de 12-16 años) utilizados para la enseñanza
de la Historia en los centros escolares españoles.
Para hacer más ágil la lectura y localización
de las citas textuales incluidas en nuestro estudio hemos considerado
pertinente reseñar sólo el nombre de la editorial,
el número del volumen (cuya ficha bibliográfica completa
consta como anexo) y la página o páginas en que se
encuentra el texto aludido o citado.
Europa y su historia
El concepto de Europa, sea en su forma sustantiva
o adjetiva y sobre todo en su variante más restringida de
Occidente Europeo, es, probablemente, uno de los conceptos que con
mayor frecuencia aparece en los manuales españoles, especialmente
en los de historia, para la Educación Secundaria Obligatoria.
Esta abundante utilización del concepto de Europa o del adjetivo
de europeo contrasta llamativamente con la falta de una definición
suficientemente precisa del mismo, incluso desde una perspectiva
geográfica, que es la que, en principio, podría resultar
más fácil de establecer. El concepto de Europa aparece
paradójicamente como algo tan obvio como inexplicado y,
tal vez, inexplicable en las actuales circunstancias, dada su complejidad
y su carácter poliédrico que, de momento, parece
sustraerse a una definición convincente. Ciertamente este
no es un problema peculiar de los manuales escolares, dado que
es mucho más general y está presente, de manera más
o menos patente, en muchas de las publicaciones institucionales
e investigaciones científicas actuales. El problema se incrementa
de una manera notable a la hora de estudiar sus características
históricas, pues el propio concepto de Europa está sujeto
a un cambio permanente, como suele ocurrir con aquellos conceptos
que han tenido un largo uso a través de distintas épocas
históricas y que, por tanto, requieren de una precisión
contextualizadora de los mismos que intente restringir al máximo
su posible uso presentista y anacrónico.
Este problema, que es muy general y que suele
darse en la mayor parte de las publicaciones, especialmente en
las destinadas a un público no especializado en las cuestiones históricas,
se acentúa en los manuales escolares por la gran cantidad
de contenidos que en ellos se incluyen y la consecuente rapidez,
a veces superficialidad, con la que son abordados. En esta situación
influye, además, el enorme peso de la tradición historiográfica,
no solo escolar, que ha tendido a consolidar los planteamientos esencialistas
y teleológicos respecto de sus objetos de estudio, que han
tenido su formulación más palpable en el modelo de
las llamadas historias generales de un determinado país o,
en nuestro caso, de una entidad llamada Europa. Estas historias generales
se caracterizan por el estudio desde los orígenes hasta la
actualidad de las peculiaridades propias del objeto estudiado. Tal
planteamiento privilegia, obviamente, las continuidades históricas
que sobre un determinado territorio se han dado a lo largo de los
tiempos y, al mismo tiempo, tiende a ocultar los cambios y las transformaciones
que las sociedades radicadas en tal territorio, tanto en una consideración
interna como externa, han ido experimentando.
La referencia al soporte geográfico de una determinada población
ha sido y sigue siendo un recurso muy frecuente en los estudios históricos,
pero muestra claramente sus limitaciones cuando se intenta definir
o precisar las características culturales de esa población
en una determinada época o en un periodo más dilatado
y, también, cuando se intenta analizar sus parecidos y diferencias
con las poblaciones de otros ámbitos geográficos más
o menos próximos o lejanos. A partir de estas consideraciones,
los historiadores sintieron la necesidad de generar nuevos conceptos
que mostrasen, con mayor fiabilidad, este perpetuo cambio presente
en las sociedades de todos los tiempos y comenzaron a utilizar el
concepto de proceso histórico para designar las modificaciones
que se dan en una determinada realidad histórica, cuyos orígenes
nunca se pueden precisar de manera acabada, ni tampoco pueden serlo
sus finales, aunque en un momento determinado se pueda establecer
que, en tal proceso histórico, la realidad histórica
presenta ya características muy distintas a las de su época
inicial de configuración.
Como detallaremos posteriormente, los manuales
escolares suelen utilizar abundantemente las dos formas de narración histórica
que hemos esbozado previamente. Se utiliza el concepto de Europa,
por una parte, en su sentido de territorialidad, normalmente haciendo
referencia a que un determinado fenómeno histórico
ocurrió en Europa o se difundió por Europa, sin mayores
precisiones. Por la otra, aunque de manera mucho menos frecuente,
se habla de diversas nuevas Europas, de la Europa de la cristiandad
o de la Europa del Barroco, por ejemplo, e incluso del nacimiento
de Europa (en la época medieval), que suponen un uso histórico
y cultural, no esencialista ni solo geográfico, del concepto
de Europa.
La prehistoria en Europa
Los manuales escolares dan cuenta de gran parte de la información
actualmente disponible sobre el largo periodo prehistórico.
El enfoque más frecuente es, como parece más adecuado,
de tipo mundial, sin que por ello se supriman las referencias de
tipo más local o regional, incluyendo dentro de las mismas
las relacionadas con el ámbito europeo, tanto en el texto
escrito como en las abundantes imágenes incluidas en los manuales.
En esta época el significado del término Europa es
prioritariamente geográfico. Así lo reflejan las expresiones
más frecuentemente utilizadas en los manuales como, por ejemplo, “en
Europa se han hallado restos, con una antigüedad de unos 120.000
años, pertenecientes al homo de Neanderthal u homo sapiens”(1),
que, en una escala diferente, tiene su correlato en expresiones similares
a la hora de referirse a otros tipos de territorio: “en la
península (ibérica), poblada desde muy lejanas épocas,
existen restos paleolíticos importantes, desde Atapuerca hasta
las pinturas cantábricas”(2) .
Este mismo uso geográfico es el que está presente
a la hora de analizar las características del neolítico
cuando se afirma, por ejemplo, que “el neolítico más
antiguo de Europa se sitúa entre el 7000 y el 5400 a.C. en
las costas de la península Itálica, el sur de la actual
Francia, el sur y este de la península Ibérica y las
islas mediterráneas” o se establecen las diferencias
principales de este periodo en tierras europeas: “dos modelos:
Europa central y oriental y Europa mediterránea”(3).
Ocasionalmente, las expresiones utilizadas parecen dotarse de un
sentido más activo, en el que Europa pasa a ser el sujeto
de la acción, pero el significado sigue siendo fundamentalmente
del tipo geográfico que hemos observado previamente: “Europa
experimentó desde el nacimiento de la metalurgia una gran
explotación de sus recursos minerales a la vez que se di-fundían
las nuevas técnicas”(4).
El deseo de impulsar una dimensión europeísta en la
enseñanza de la historia puede llevar a notables exageraciones
que, tomadas literalmente, se podrían interpretar como formulaciones
eurocéntricas. Esto suele ocurrir de manera más frecuente
en los titulares de los distintos capítulos o bloques en que
se organiza cada manual. Un ejemplo, entre otros muchos posibles,
es el de denominar a todo el bloque que incluye desde los tiempos
prehistóricos hasta la alta edad media como “Europa
desde la prehistoria al año mil”(5), aunque en el mismo,
como es habitual en casi todos los manuales, se incluya tanto los
orígenes africanos de la humanidad como las grandes civilizaciones
fluviales de Egipto y Mesopotamia y el nacimiento y expansión
inicial del islam.
Un caso distinto, bastante infrecuente en
lo que se refiere al periodo prehistórico, es la utilización de símiles actuales
para definir alguna realidad de aquella época. También
en el caso que ahora utilizamos como modelo esta variante se da en
el título de la información y no en el desarrollo de
la misma. El titular es “la Unión Europea de la prehistoria” y
en su contenido se explica que
hace 4500 años nacía en España una cultura
que a lo largo de 1500 años se extendió por toda Europa.
Se conoce como la cultura campaniforme… en una primera etapa
se expandió por toda la península Ibérica, y
más tarde por el resto del continente, habiéndose encontrado
yacimientos hasta en Suecia, Polonia, Ucrania y Rumanía. Esta
primera unificación cultural europea se extinguió con
la llegada de las culturas del hierro, hacia el año 1200
A.C.(6).
Este texto, además, es una de las pocas ocasiones en las
que el concepto de España es utilizado en referencia a los
tiempos prehistóricos, para los que la expresión más
frecuente, como se ha podido comprobar en algunas de las citas previas,
es la de península Ibérica, aunque ambas no sean obviamente
coincidentes.
La antigüedad clásica
Todos los manuales destacan la importancia del legado
cultural de la antigüedad grecorromana en la configuración
de Europa. El propio nombre de Europa es puesto, en algunos de los
manuales analizados, tanto en el texto escrito como en algunas de
sus representaciones pictóricas más representativas,
en relación
directa con la Grecia clásica a través del conocido
mito del rapto de Europa.
Los matices que en tal apreciación se introducen presentan
valoraciones más o menos intensas de tal herencia según
a que parte del territorio europeo se estén refiriendo. En
bastante número de casos su influencia está especialmente
circunscrita a la Europa occidental como lo demuestran títulos
como el de “las raíces de Occidente” para referirse
al conjunto de las aportaciones de las civilizaciones griega y romana.
Expresiones semejantes se encuentran en muchos otros manuales, aunque
no de forma tan destacada como en el caso previamente citado. Así,
por ejemplo, se dice que “el mundo de nuestros días,
sobre todo en Europa occidental, ¿puede entenderse si prescindimos
de la herencia transmitida por los griegos de la Antigüedad?”(7)
.
Otro tanto se afirma respecto de la influencia
ejercida posteriormente por Roma: “el uso del latín por la Iglesia o el estudio
del Derecho Romano, ¿no nos recuerdan diariamente la herencia
de Roma?… el conjunto de sus leyes, más tarde recogidas
en códigos, sigue ejerciendo influencia en Europa”(8).
Esta misma idea, pero ahora de manera indirecta,
es la que está en
la base de otra de las afirmaciones del manual que estamos comentando
en estas líneas: “los pueblos germanos penetraron en
el Imperio en el siglo V… esto produjo un enorme retroceso
de la cultura europea. Sólo la Iglesia en Occidente y el Imperio
en Oriente, que logró rechazar a los invasores, mantuvo la
vieja idea de la unidad cultural de Roma”(9) .
Ocasionalmente esta importancia del mundo
clásico no queda
circunscrita a Europa sino que se amplía al conjunto del mundo:
la civilización romana es, sin duda, la base de nuestra propia
cultura. En Europa existen muchas lenguas derivadas del latín,
el derecho romano sigue aú0n utilizándose y muchos
europeos viven en ciudades fundadas por Roma. La huella que dejó en
los territorios que conquistó y colonizó permanece
aún, a pesar del paso de los siglos… muchas de sus
aportaciones se han mantenido a lo largo de los siglos y hoy forman
parte del patrimonio cultural del mundo(10).
Esta misma consideración de que las civilizaciones griega
y romana dejaron huellas profundas, inicialmente en las sociedades
europeas occidentales y que con el paso del tiempo su influencia
se expandió por todo el planeta, también se da en otros
manuales. A la hora de concretar estas aportaciones culturales de
la civilización grecorromana los manuales suelen destacar,
como legado de la Grecia clásica, la filosofía (“la
creación intelectual más significativa de los griegos”(11)),
el teatro, el arte (“que se concibe a la medida del ser humano,
lo que lo diferencia de todo lo anterior”(12) ) y la democracia,
cuya significación suele ser precisada y contrastada con el
significado actual de tal concepto. De Roma se destaca fundamentalmente “su
sentido práctico de la vida, cuyo exponente más significativo
fue el Derecho”(13), al que suelen añadirse habitualmente
las aportaciones relacionadas con el latín, como lengua originaria
de las posteriores lenguas románicas, y el conjunto de las
grandes obras públicas que fueron creadas en el ámbito
del Imperio Romano.
Las sociedades europeas medievales
La época medieval es considerada por la práctica totalidad
de los manuales analizados como el periodo en que se forjó Europa
o, al menos, una nueva Europa relacionada ya con algunas de sus características
actuales. La forma de expresar esta convicción puede adoptar
formulaciones más o menos explícitas y directas, pero
su significación es bastante similar. Veamos algunas de las
formas en que esta conexión queda establecida.
En uno de los manuales se expresa claramente que
sabemos que muchos pueblos de
Europa entraron en lo que llamamos civilización después de ser conquistados por Roma,
creadora de una cultura común. Durante siglos gran parte de
Europa fue una unidad. Es en la Edad Media cuando nace la Europa
de hoy: distintas lenguas, distintos países, fronteras, culturas
llenas de matices y diferenciaciones… sólo profundizando
en el conocimiento de la Edad Media sabremos sobre qué cimientos
podremos levantar la nueva Europa unida del siglo XXI que comienza(14).
El texto citado resulta muy sugerente en cuanto
que está contraponiendo,
tanto como constatación para el periodo altomedieval como
para la proyectada Europa unida del futuro, la combinación
entre unidad y diversidad, que aparece reiteradamente mostrada como
una de las características más peculiares del actual
proceso europeo de convergencia, sea desde las propias instancias
administrativas europeas, sea desde las aportaciones de distintos
intelectuales que se han ocupado de estas cuestiones(15).
Valoraciones muy similares las podemos encontrar
en otro de los manuales analizados en el que se incluye, además, las aportaciones
civilizatorias que darán lugar a la configuración de
una cultura europea específica:
el continente que conocemos hoy
como Europa se fue formando a lo largo de muchos siglos sobre las
ruinas del imperio romano. En este libro realizaremos un recorrido
histórico de trece siglos,
es decir, mil trescientos años, que han sido decisivos para
la formación de los pueblos y las nacionalidades europeos.
El tramo más extenso de ese período, llamado Edad Media,
abarca desde el siglo V al siglo XV. Son mil años en los que
una cultura diferenciada se va forjando en Europa. Sus bases serán
la herencia grecorromana y la cristiana, sobre las que actuarán
las migraciones de pueblos germánicos y la aportación
de la cultura musulmana(16).
Este mismo manual nos puede servir para constatar
una de las variantes más significativas de esta nueva Europa que se está configurando
en este primer período de la Edad Media: “desde el siglo
VII al XII, en el imperio de Oriente, llamado bizantino, se desarrolló una
cultura peculiar, expresada en lengua griega, distinta de la de Occidente.
La Iglesia de Bizancio, u ortodoxa, se alejó también
de la Iglesia romana”(17).
Tomando como punto de partida fundamental
esta época medieval
comienzan a delinearse las principales características con
las que los manuales analizados abordan el tema de la construcción
histórica de Europa.
En primer lugar, con una atención casi exclusiva a la Europa
Occidental y su intento de reconstrucción del imperio romano
occidental, con sus impulsores y principales protagonistas (entre
los que se destaca al emperador Carlomagno como figura más
cimera), que darán lugar a una Europa feudal que, aunque los
manuales no lo expresen de manera muy explícita, está referida
a la parte católico-occidental de la misma. Esta perspectiva
europea occidentalista reemplaza, especialmente en los mapas históricos,
a la más mediterránea, incluyendo en ella los territorios
comprendidos dentro del limes romano, que había prevalecido
en la época anterior.
En segundo lugar, la parte oriental de Europa
comienza a esfumarse, a diluir su presencia en los manuales y sólo es abordada con
algún detalle en los momentos iniciales de este período
medieval (con la figura del emperador bizantino Justiniano y su intento
de recomposición del imperio romano o la recopilación
de la legislación romana por él realizada) y en sus
momentos finales (con la desaparición del imperio bizantino).
Todo el período intermedio de esta parte oriental o suroriental
de Europa está prácticamente ausente de los manuales,
incluso el momento del importante cisma oriental, que sólo
es citado, y muy de pasada, por algunos de los manuales analizados.
En tercer lugar, la aparición de los pueblos germánicos,
que obviamente es recogida y valorada por todos los manuales, como
ya hemos comprobado anteriormente, como una de las bases sobre las
que se creará esta nueva Europa medieval.
En cuarto lugar, los hasta ahora inexistentes
pueblos del norte de Europa, los escandinavos fundamentalmente,
hacen su aparición
a través de los normandos y de los vikingos, aunque se destaque
en algún manual que su presencia e inclusión en la
historia de la cristiandad europea occidental, para la que supusieron
un considerable peligro, se deba a su conversión al cristianismo.
La influencia de la cultura musulmana en la configuración
de la nueva Europa, que hemos visto reflejada en una de las citas
anteriormente recogidas, es escasamente considerada en el resto de
manuales que, habitualmente, sólo la refieren al espacio mediterráneo,
pero no a Europa en un sentido más extensivo o amplio. Todos
los manuales dedican un capítulo a la aparición y expansión
del Islam, pero, como acabamos de exponer, su relación con
la configuración de esta nueva Europa medieval es muy escasa
y, por el contrario, aparece de manera más frecuente y continuada
como uno de los principales peligros de esta nueva Europa en gestación.
El texto que citamos a continuación puede servir de síntesis
del enfoque cristiano-occidental predominante en los manuales analizados
respecto de este período altomedieval:
entre los siglos VIII y X, la
cristiandad europea occidental, atacada en tres frentes, parecía a punto de perecer. El Imperio de
Bizancio, heredero de Roma, resistió todos los ataques, pero
Occidente estaba cercado: por el sur, los musulmanes habían
llegado a los Pirineos y al sur de Italia; por el este, los húngaros
y diversos pueblos eslavos, rechazados en las fronteras bizantinas,
recorrían las llanuras centrales del continente; por el norte
y el oeste, los normandos o vikingos penetraban desde el mar por
los ríos. A principios del siglo XI, un rey danés se
estableció en Londres y, desde allí, creó un
imperio en el Atlántico norte europeo: es Canuto el Grande.
Con él, los normandos se cristianizaron y el peligro acabó…(18).
Este enfoque occidentalista de la historia
europea es el que, con mayor o menor contundencia, está presente en la totalidad
de los manuales analizados, que despliegan una exposición
bastante similar de contenidos, precedidos de manera habitual por
un capítulo en el que se estudia el “entorno” del
mundo europeo (incluyendo en este apartado tanto al Imperio bizantino
como al Islam) y finalizando con otro capítulo dedicado a
los “otros mundos medievales” de los que forman parte,
sorprendentemente, tanto los eslavos de la Europa oriental como las
principales culturas asiáticas, las africanas y las americanas
precolombinas(19). Este planteamiento tiene la virtud, por una parte,
de hacer presentes a los pueblos y las culturas no europeos, pero
refuerza, al mismo tiempo, aunque sea de manera indirecta, el carácter
occidentalista de la historia medieval europea expuesta en los manuales.
Los principales contenidos abordados están relacionados con
las características más destacadas de la sociedad feudal,
tanto desde una perspectiva económica como social, política
y cultural, haciendo especial hincapié en las peculiaridades
de su organización estamental. Las ciudades medievales y el
nacimiento de la burguesía urbana también son tratados
con bastante detalle y con ejemplos casi exclusivamente relacionados,
de nuevo, con la Europa occidental. Lo mismo ocurre a la hora de
estudiar algunos de los fenómenos más significativos
del mundo medieval como lo son los castillos, las catedrales, los
monasterios o las formas más representativas de la vida cotidiana
medieval (aspecto este último que se ha incorporado recientemente,
de forma generalizada, a los manuales). El arte medieval, que es
objeto de una amplia atención, es considerado una de las principales
manifestaciones de la cultura europea y tanto el románico
como el gótico son definidos como “estilos artísticos
europeos medievales” o como ejemplos de arte “que se
extendieron por toda Europa”. Esta misma expresión es
también muy frecuentemente utilizada a la hora de estudiar
la creación y expansión de las universidades medievales.
El carácter cristiano de las sociedades medievales recibe
una especial atención en los manuales y esta religión
viene definida como uno de los principales factores identitarios
de la Europa medieval:
el cristianismo era la religión mayoritaria de la población
europea de la Edad Media y fue también uno de los elementos
que más contribuyó a la formación de una civilización
común. La Iglesia era la única institución que
superaba las fronteras nacionales y se encontraba presente en todos
los países y regiones de Europa, lo que le daba también
un gran poder frente al de los emperadores y los reyes(20).
Ocasionalmente esta importancia del cristianismo
queda reducida a la Europa occidental. Las cruzadas llevadas a
cabo entre los siglos XI y XIII son consideradas como un proceso
de expansión de
la cristiandad europea más allá de sus antiguas fronteras,
sin limitarse sólo al continente europeo, aunque ocasionalmente
se ponga de manifiesto los intereses económicos y comerciales
que con ellas se fomentaron.
Esta voluntad europeísta de los manuales, dentro del enfoque
marcadamente occidentalista que hemos venido constatando, se resiente
ocasionalmente de algunas otros deficiencias, unas por defecto y
otras por exceso. Un ejemplo de las primeras es la utilización
de mapas históricos en los que, de manera bastante frecuente,
tanto la Europa nórdica como una parte importante de la Europa
oriental quedan excluidas, pues los mapas están recortados
a la altura de ambas partes de Europa y, por tanto, se induce, aunque
sea de forma involuntaria, una imagen parcial de Europa, al tiempo
que no se le ofrece al alumnado la posibilidad de conocer lo que
estaba ocurriendo en tales regiones europeas(21).
Los peregrinos del Camino de Santiago pueden
servir de ejemplo de algunas de las imprecisiones que, por vía de exageración
en el uso del concepto de Europa y de sus adjetivos correspondientes,
suelen darse en los manuales analizados. En uno de ellos podemos
leer que “muchos reyes de Portugal, san Francisco de Asís,
el sabio mallorquín Raimundo Lulio, arzobispos, obispos, nobles,
gente sencilla… toda Europa peregrinó a Santiago… la
peregrinación a Santiago se convirtió en la más
importante de las peregrinaciones europeas”, aunque en líneas
anteriores se haya establecido una doble matización, que limita
considerablemente el significado de la anterior cita, al afirmar
que “Santiago se convirtió, junto con Roma y Jerusalén,
en uno de los principales lugares de peregrinación de la Cristiandad”(22).
El significado prácticamente exclusivo que se otorga en los
manuales al concepto de cristiandad está relacionado, por
lo que respecta a la época medieval, con su sentido más
restringido de cristiandad católica, esto es, la vinculada
a la Iglesia de obediencia romana, sin incluir a la oriental-ortodoxa,
escindida desde mediados del siglo XI. En otro de los manuales analizados
podemos encontrar una mayor precisión respecto de la importancia
de las peregrinaciones a Santiago. En esta ocasión se establece
que
a comienzos del siglo XI, se extendió por toda Europa la
moda de peregrinar… de todas las iglesias y monasterios, la
de Santiago de Compostela, después de la de Roma, se convirtió en
la meta preferida de los peregrinos… Santiago de Compostela
sería, desde la Edad Media, el objetivo de millones de peregrinos
que, después de recorrer toda Europa, partían de cuatro
ciudades francesas por una serie de rutas sembradas de numerosos
monasterios, iglesias y hospederías.
Este texto, sin embargo, va acompañado de un mapa en el que
sólo se representa las rutas que parten desde el actual territorio
francés y confluyen en Santiago, sin que los restantes trayectos
europeos, previamente enunciados mediante la expresión de “después
de recorrer toda Europa”, se hagan presentes en su representación
cartográfica(23).
A pesar de la preponderancia de este enfoque
marcadamente occidentalista de los manuales escolares, que es bastante
común a la mayoría
de los manuales escolares de historia utilizados en los países
de la Europa occidental, el tratamiento que se hace de la época
medieval en los mismos está considerado actualmente como el
más europeísta de los existentes en comparación
con el que reciben las restantes edades históricas habitualmente
abordadas en el estudio escolar de la historia. La base fundamental
de esta consideración reside en que respecto de la época
medieval el enfoque de las informaciones, cuestiones y problemas
abordados es prioritariamente generalista , sin excesivas referencias
a las peculiaridades más locales o regionales, excepción
hecha de los capítulos dedicados al estudio de la historia
específica del propio país(24).
Europa en la edad moderna
Como ya anunciábamos en el párrafo anterior, la forma
en que los manuales abordan la Edad Moderna es parcialmente diferente
a la realizada respecto de las épocas previas. La variante
principal reside en el incremento considerable de los apartados dedicados
particularmente a algunas de las más destacadas naciones europeas
de este período, entre las que suelen sobresalir Francia y
Gran Bretaña, en primer lugar (a las que en los manuales analizados
se une obviamente España), seguidas por Alemania, Italia y
los Países Bajos. Otras naciones europeas también aparecen
esporádicamente, pero con bastante menor frecuencia y con
referencias casi exclusivamente nominales, es decir, sin una atención
mínimamente detallada a su desarrollo histórico. Ejemplos
de estas últimas pueden serlo Portugal, Dinamarca, Rusia o
la Turquía otomana.
El modelo más generalista, con la preponderante matización
occidentalista que ya hemos remarcado previamente, queda confinado
fundamentalmente a las cuestiones de tipo demográfico y, en
parte, a las económicas.
Una tercera posibilidad, especialmente frecuente
a la hora de abordar las características culturales y artísticas de la Edad
Moderna, es la de iniciar su explicación mediante el análisis
de las peculiaridades locales, sea de un único país
o de un grupo reducido de países, de un determinado movimiento
cultural o artístico (el Renacimiento, el Barroco, la Reforma
protestante o la Ilustración son los ejemplos más patentes
de esta variante) para proseguir con el estudio de su difusión
por áreas más amplias de Europa o por el conjunto de
la misma.
La mayoría de los manuales analizados ha introducido una
nueva modalidad en el tratamiento de la práctica totalidad
de los temas europeos estudiados, directamente relacionada con el
impulso de la dimensión europea en la enseñanza de
las ciencias sociales, que consiste en la redacción de unas
breves líneas de presentación a cada uno de los apartados
en que se organizan las distintas unidades didácticas. Estas
presentaciones son las más explícitamente europeístas,
pues en ellas se habla de Europa, sin mayores especificaciones, aunque
en el desarrollo posterior del tema se realice un enfoque mucho más
particularista, sea en relación con aquellos países
europeos considerados como más importantes, sea en relación
con la parte occidental de Europa. Este europeísmo “de
entradilla” es un fenómeno nuevo y muy característico
de la mayoría de los manuales más recientes, que se
contrapone al tratamiento más particularista (incluyendo en
el mismo la acumulación de diversas variantes nacionales)
que hasta ahora había imperado y que, como anotamos previamente,
aún está muy presente en el conjunto del texto desarrollado
en los manuales. Cabe suponer que, desde esta perspectiva, actualmente
nos encontramos en un momento de transición en lo que respecta
al enfoque más europeo de los manuales, que ya se ha conseguido
parcialmente respecto de las cuestiones geográficas, pero
que aún tiene dificultades para generalizarse respecto del
análisis histórico. A pesar de esta deficiencia general,
también es cierto que en algunos aspectos, como puede serlo
el tra-tamiento del mundo medieval, se ha avanzado mucho, especialmente
a través de su modelización mediante el concepto de
feudalismo, que, teniendo sus orígenes relacionados fundamentalmente
con el ámbito francés, ha podido ampliarse a la mayor
parte de los territorios europeos y, en este sentido, se ha europeizado
considerablemente. Cabe esperar igualmente que nuevas aportaciones
historiográficas y de la didáctica de la historia hagan
posible en un futuro no muy lejano el avance en la resolución
de este tipo de cuestiones aún no satisfactoriamente solucionadas
en la acción educativa. Esto no significa, evidentemente,
que los manuales escolares o la enseñanza de la historia en
su conjunto tengan que plantear enfoques aún más eurocéntricos
que los actualmente presentes en los manuales, sino que, en la medida
en que aborden las cuestiones europeas, tiendan a un tratamiento
más vinculado al desarrollo de una conciencia histórica
europea en los alumnos que a la consideración casi exclusiva
de Europa como una suma de realidades particulares, representadas
por las pocas naciones europeas destacadas en el enfoque más
tradicional de la enseñanza de la historia.
Uno de los primeros temas que se estudian
en la Edad Moderna, el de los descubrimientos geográficos, puede servir de ejemplificación
de las anteriores consideraciones.
La primera constatación que podemos hacer es la de los titulares
de los capítulos dedicados a esta cuestión. Sin apenas
excepciones, los manuales se refieren a “la expansión
de Europa en la Edad Moderna”, “los europeos en tierras
lejanas” o “Europa encuentra nuevos mundos”(25),
lo que manifiesta un enfoque europeo del tema, tal como corroboran
las líneas iniciales que les acompañan:
en la primera parte de la Edad
Moderna, los siglos XV y XVI, Europa se lanza a la exploración de mundos alejados en Africa y América”(26)
o “se produjo a partir de entonces una apertura espectacular
del comercio y de la civilización europeos, que se impusieron
en todos los continentes y en todos los mares. La supremacía
de Europa durará hasta principios del siglo XX(27).
En los autores de los actuales manuales debe
de haber influido ciertamente tanto la voluntad de europeizar los
contenidos de este tema como una mayor sensibilización con respecto a la polémica
revivida con ocasión del reciente quinto centenario del descubrimiento
de América, aparte del deseo de impulsar los planteamientos
de tipo intercultural y pluralistas o multiperspectivistas, dado
que muchos de estos manuales utilizan expresiones como la de “Europa
encuentra nuevos mundos” o contraponen las visiones que sobre
la conquista y sus consecuencias tuvieron los europeos y los americanos(28)
.
Este enfoque más plural de la historia también está presente
a la hora de plantear al alumnado el importante significado que los
descubrimientos de estos “nuevos” mundos ejercieron sobre
la representación que los europeos tuvieron, a lo largo de
la Edad Moderna, respecto de nuestro planeta. Este tipo de actividades
pueden ser consideradas, en una primera aproximación, como
favorecedoras de un enfoque eurocéntrico, pero su potencial
mundialista es considerable dado que permite hacerles más
conscientes, sobre todo si se acompañan de preguntas pertinentes,
de los límites y de la parcialidad de un estudio de la historia
realizado desde una óptica que no tenga en cuenta las visiones
e interpretaciones de los otros pueblos, sociedades o culturas(29).
En el desarrollo posterior del tema, esta apreciación inicial
europea comienza a particularizarse de manera progresiva, sea en
relación con la parte occidental de Europa (“los países
del occidente de Europa se convirtieron en centros de control de
inmensos territorios que habían vivido aislados hasta ese
momento”), sea en referencia a la serie de países que
se considera principales en esta cuestión
desde el siglo XIV, los europeos
buscaban nuevas rutas para llegar a Asia. Con este fin, los portugueses
emprendieron expediciones rumbo al sur, recorriendo las costas
africanas. Portugueses y españoles
llegaron a las islas Azores… después, Francia y Gran
Bretaña lograron asentarse en el extremo norte de América
y en algunas islas del Caribe(30)
En apartados posteriores ya se aborda, ahora
de manera individualizada, las peculiaridades de algunos de los
distintos imperios coloniales de los principales países europeos, especialmente del español,
que recibe, obviamente, un tratamiento mucho más pormenorizado.
La configuración del Estado moderno y de las monarquías
nacionales hasta su consolidación mediante el absolutismo
es otro de los temas ampliamente tratados en los manuales. El enfoque
preponderante es muy similar al analizado anteriormente: una introducción
de tipo europeo y un posterior estudio más detallado de sus
principales representantes particularizados, que, en este caso, atiende
principalmente a la monarquía hispánica de los Habsburgo
y sus intentos de formar un imperio europeo; a Francia y su monarca
Luis XIV como modelo del pleno desarrollo del absolutismo europeo(31)
y, en menor medida, al contramodelo representado por Inglaterra y
su monarquía constitucional y parlamentaria tras la revolución
de 1688. Una atención mucho menor es la dedicada a “los
nuevos imperios del este”: el imperio otomano y el imperio
ruso, que son abordados en muy escasos pasajes, que están
relacionados normalmente con sus períodos de enfrentamiento
con el resto de las potencias europeas occidentales.
Las pugnas entre estos nuevos Estados modernos
por establecer su hegemonía en Europa es la que está en la base de los
grandes enfrentamientos bélicos de la Edad Moderna. Tanto
la Guerra de los Treinta Años como la Guerra de la Sucesión
Española son consideradas como guerras europeas, aunque a
la segunda se le suela añadir el calificativo de mundial,
dado que también se desarrolló en las colonias que
estas grandes monarquías europeas poseían.
La reforma protestante y la contrarreforma
católica también
reciben una amplia atención en los manuales, lo que contrasta
fuertemente con la muy escasa presencia concedida a la escisión
entre las Iglesias católica y ortodoxa en la época
medieval. Esta diferencia queda remarcada, además, por el
uso de expresiones que no fueron utilizadas en relación con
el llamado Cisma de Oriente. Así, por ejemplo, los efectos
de la Reforma son definidos como “el fin de la unidad de la
Cristiandad… la división de Europa en diversas religiones”(32)
o “la unidad religiosa cristiana de Europa se rompió a
causa de la llamada reforma protestante”.
Las expresiones citadas pueden ser aceptables
si se las matiza adecuadamente, pero, tal como vienen expresadas,
pueden inducir a confusión
ya que no se distingue suficientemente, por una parte, entre cristianismo
y catolicismo de obediencia romana y, por otra, que el concepto de
cristiandad se utiliza en su acepción católica y no
en su significado más amplio de seguidores del cristianismo,
pues en esta segunda acepción, la cristiandad ya había
quedado rota con el cisma oriental de la época medieval. Este
es otro ejemplo más de la preponderancia del enfoque europeo-occidental
en gran parte de los manuales analizados(33).
Los grandes movimientos artísticos, culturales y científicos
de la Edad Moderna (el Renacimiento, el Humanismo, el Barroco, el
Neoclasicismo, la Ilustración o los inicios de la ciencia
moderna) son abordados, con mayor o menor extensión, por todos
los manuales. El esquema de tratamiento de los mismos es bastante
similar. Se suele destacar el país en el que se dieron las
primeras creaciones artísticas o culturales y sus principales
características tipológicas (por ejemplo, “el
origen italiano del renacimiento”) para pasar, de inmediato,
a una breve enumeración de sus principales protagonistas y
de sus obras más destacadas, que suelen ocupar el amplio espacio
dedicado a las imágenes en estos manuales. A continuación
se analiza el proceso de difusión del nuevo movimiento artístico,
cultural o científico estudiado por el territorio europeo
(ocasionalmente se incluye también a algunos territorios extraeuropeos,
en especial a las colonias americanas vinculadas a las potencias
europeas(34) ) y las variantes producidas en el desarrollo de tal
tendencia artística o cultural como, por ejemplo, el “arte
barroco católico” y el “barroco protestante y
burgués”(35).
El concepto de Antiguo Régimen es uno de los más frecuentemente
utilizados en los manuales para referirse al conjunto de la Edad
Moderna europea. En este sentido desempeña una función
cohesionadora de las distintas realidades europeas de este período
muy semejante a la realizada por el concepto de feudalismo para la época
medieval. Su significado más habitual suele incluir al conjunto
de los tiempos modernos y se utiliza ocasionalmente como sinónimo
de los mismos: “la Edad Moderna o Antiguo Régimen es
un período histórico que comprende desde fines del
siglo XV hasta la Revolución Francesa de finales del siglo
XVIII. Con el término de Antiguo Régimen nos referimos
a la sociedad europea de los siglos XVI, XVII y XVIII”(36).
En alguna ocasión a este concepto se le da una significación
temporalmente más restringida, que también reduce su
dimensión europea: “la situación que se dio en
la Europa Occidental y central en los siglos XVI y XVII”(37).
Europa en la edad contemporánea
“Con la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución
Industrial británica se inicia la Historia Contemporánea… en
apenas medio siglo, el mundo europeo cambió su aspecto de forma
radical”(38).
Esta cita resume de una manera bastante adecuada
el enfoque que los manuales presentan de los inicios de la época contemporánea.
Se destacan, por una parte, los orígenes nacionales de las
dos grandes revoluciones que supusieron la configuración de
un nuevo tipo de sociedad claramente diferenciada de la del Antiguo
Régimen (Francia y Gran Bretaña en este caso)(39).
Se hace patente, por la otra, la difusión que estas transformaciones
tuvieron en el ámbito europeo. Se repite, en este sentido,
el esquema que ya vimos al tratar la Edad Moderna: un determinado
país europeo se convierte en modelo o prototipo de algún
importante cambio político, social o económico y pasa
a ser objeto de un estudio más detallado relacionado con sus
características principales. Una vez establecidos estos rasgos
definitorios, el modelo se generaliza al conjunto de Europa, con
mayores o menores matizaciones y mostrando ocasionalmente las excepciones
que pudieron darse en algunas áreas o regiones europeas. En
este sentido son muy frecuentes expresiones tales como las de “no
es algo uniforme en Europa”, “afectó a casi toda
Europa” o “se dio en algunos pocos países de Europa”,
que se compaginan, a su vez, con otras afirmaciones en las que se
incluye a toda Europa, pero anotando alguna excepción relevante.
Ejemplos de este enfoque europeo generalista, complementado con alguna
excepción importante, pueden serlo el de las revoluciones
burguesas europeas de la primera mitad del siglo XIX en las que Gran
Bretaña es la excepción(40) o el del fin del Antiguo
Régimen en la Europa de mediados del siglo XIX en que la excepción
es Rusia (“a partir de 1850 los monarcas europeos comenzaron
a otorgar Constituciones y libertades, de manera que, aunque permanecen
los gobiernos autoritarios, se puede decir que el Antiguo Régimen
ya ha desaparecido en Europa, excepto en Rusia”)(41).
Este carácter de excepcionalidad también suele aplicarse
por vía positiva a algunos países europeos como es
el caso de Alemania en la denominada segunda revolución industrial: “este
nuevo desarrollo afectó a casi toda Europa… pero, sobre
todo a Alemania… fue en Alemania donde se produjo la mayor
parte de los inventos técnicos modernos”(42).
En algunas ocasiones, la descripción de los países
y las regiones europeas incluidas dentro de la expansión de
un determinado cambio se hace de manera mucho más concreta.
Así, por ejemplo, a la hora de establecer la difusión
de la ya citada segunda revolución industrial se afirma que “a
partir de 1870 la industrialización se intensificó y
se difundió a nuevas regiones: la Europa nórdica (Suecia,
Dinamarca, Noruega), Europa oriental (Rusia, Imperio austro-húngaro)
y Europa suroccidental (norte de Italia y algunas regiones españolas
como Cataluña, País Vasco y Asturias)”(43).
Este uso ambivalente de Europa como totalidad
y de Europa como sólo
una parte de la misma, la representada por los países más
significados o destacados por su protagonismo en la gestación
y desarrollo de algún cambio importante, se mantiene en la
casi totalidad de los temas estudiados, incluso en un mismo manual.
Así ocurre, por utilizar un ejemplo entre los otros muchos
posibles, cuando se afirma, en dos páginas consecutivas, a
propósito del colonialismo del siglo XIX: “durante el
siglo XIX, unos pocos países de Europa controlaron con su
poder, con su influencia o con sus negocios la mayor parte del planeta… en
el siglo XIX, Europa se reparte el continente (africano) y se dedica
a utilizar sus recursos de modo sistemático”(44).
Un aspecto nuevo e importante que muchos de
los manuales analizados han introducido en relación con el colonialismo es el de suministrar
textos coetáneos para profundizar sobre las diferentes posturas
ideológicas que se dieron en la sociedad europea de la época,
así como el de formular cuestiones y preguntas al alumnado
para que los analicen y discutan con el fin de que puedan formarse
una opinión más razonada sobre la complejidad de tal
fenómeno(45).
Los procesos de unificación de Alemania y de Italia son los
que sirven de modelos a la hora de estudiar los nacionalismos europeos
del siglo XIX, que son definidos como “una nueva fuerza que
mueve a los pueblos europeos”(46). Menor atención reciben
habitualmente tanto los procesos de independencia anteriores a los
citados (Grecia y Bélgica) como los conflictos nacionalistas
vinculados a los imperios ruso y austro-húngaro.
Estos dos países europeos, Italia y Alemania, a los que se
unirá la recién creada Unión Soviética,
volverán a ser motivo de una atención particular en
el período de entreguerras, cuando se estudien las crisis
de las democracias liberales y el auge de las dictaduras. La Italia
fascista es considerada la “primera excepción en Europa” y
su más destacado dirigente, Mussolini “tuvo pronto imitadores:
en España (con el general Primo de Rivera), Polonia, Hungría,
Grecia, Yugoslavia, Bulgaria y Rumania”, aunque de todos los
dictadores “el que más influyó en el destino
de Europa en los años cuarenta fue, sin duda, Adolf Hitler”(47).
La Europa de los años treinta viene definida fundamentalmente
como un período de confrontación, primero ideológica
y después bélica, entre democracia y totalitarismo(48),
aunque este último concepto no es el más frecuentemente
utilizado por los manuales, que suelen diferenciar entre los fascismos
y el sistema soviético por su distinta significación
ideológica, que suele simplificarse en expresiones como las
de derecha o extrema derecha y de izquierdas, respectivamente(49).
Las dos Guerras Mundiales del siglo XX son consideradas en los manuales
analizados como dos acontecimientos ruinosos para el conjunto de
Europa, aunque se introducen matices que las diferencian.
De la Primera Guerra Mundial se destaca su carácter especialmente
brutal (“entre 1914 y 1918, durante cuatro largos años,
Europa sufrió una de las guerras más crueles de la
Historia de la humanidad”(50)), así como la profunda
transformación que sufrió el mapa europeo con la desintegración
de sus cuatro imperios (el alemán, el austrohúngaro,
el otomano y el ruso) y el inicio del declive de Europa como poder
hegemónico en el mundo. Estos grandes cambios son los que
hacen posible que los manuales hablen de una nueva Europa a partir
de 1918(51).
La Segunda Guerra Mundial recibe un tratamiento
similar en los aspectos anteriormente destacados, aunque ahora
con algunas otras consideraciones que conviene destacar. En primer
lugar, la división producida
en Europa entre dos bloques, alineados respectivamente con los Estados
Unidos de América y la Unión Soviética, que
tendrá consecuencias muy profundas y duraderas. En segundo
lugar, el declive anterior de la hegemonía de Europa se convierte
ahora en su relevo a manos de los dos países que lideran los
nuevos bloques de poder, el capitalista-occidental y el socialista-oriental,
en los que la anterior concepción europea ya no es tan fácilmente
identificable, pues es el tipo de sistema económico y político-social
el que establece la división entre ambos bloques. En tercer
lugar, la especial repugnancia y la inmensa barbarie que el holocausto
significó y que los actuales manuales destacan de manera mucho
más detallada que la que hasta hace poco tiempo era habitual
en los anteriores textos escolares españoles de historia(52).
La historia posterior a la Segunda Guerra Mundial
se suele dividir en tres grandes apartados
En el primero se estudia la Europa dividida en los dos bloques ya
citados con atención separada, por una parte, al bloque occidental
y dentro del mismo a la configuración y evolución posterior
de la unidad europea, normalmente puesta en conexión con los
efectos producidos por las ayudas del plan Marshall, y, por la otra,
el bloque oriental, en el que esta atención se centra fundamentalmente
en la Unión Soviética y mucho menos en los restantes
países incluidos dentro de su ámbito de influencia.
La diferente evolución económica de ambos bloques queda
claramente reflejada en los manuales. La mayor parte de los textos
destaca como muy negativos los efectos de esta división europea
y son frecuentes expresiones como las de “funestas consecuencias
para Europa”, “frontera impenetrable entre Europa occidental
y oriental” o “el centro de Europa era la división
entre dos mundos”. Como ya anotamos anteriormente, el amplio
uso realizado del concepto de Occidente en los manuales tiene su
principal explicación en este período de la historia
europea, aunque algunos manuales lo utilicen en un sentido tan amplio
y ambiguo que cubre prácticamente la totalidad de la historia
europea, especialmente a partir de la época medieval.
El segundo apartado se dedica al proceso de
descolonización
llevado a cabo por las potencias coloniales europeas y a la influencia
que en el mismo ejercieron tanto los intereses de Estados Unidos
y de la Unión Soviética como la propia opinión
pública europea.
El tercer apartado está dedicado al estudio de la caída
del comunismo y la creación de un nuevo orden mundial, en
el que se destaca, por una parte, las revoluciones pacíficas
de la mayor parte de los países del este de Europa y, por
la otra, los graves conflictos acaecidos a partir de la disgregación
yugoslava. Los manuales analizados suelen recoger tanto el deseo
expreso de la mayoría de estos países del este europeo
de entrar a formar parte de la Unión Europea como los problemas
que tal adhesión puede suponer a corto plazo en el funcionamiento
de la misma.
La comprensión de las consecuencias de este nuevo orden mundial
también ha propiciado que los manuales actuales, a pesar de
su persistencia en el uso poco precisado de los términos de
occidental y oriental, hayan incrementado la utilización de
las denominaciones de Norte y Sur para referirse a las distintas
realidades de los países ricos y empobrecidos de la actualidad
y a las muy distintas condiciones de vida de sus poblaciones. Esta
nueva forma de describir la realidad actual es, en nuestra opinión,
más ajustada, pues está menos afectada y connotada
por los enfrentamientos ideológicos de la época anterior
que, además, establecía una frontera históricamente
muy cuestionable entre el conjunto de los países europeos.
La distinta presencia cuantitativa
de los países y regiones
europeas (y del resto del mundo) en los temas históricos
La diferente importancia concedida por los manuales a las dos partes
en que habitualmente se ha dividido Europa (la Europa occidental,
que frecuentemente queda poco diferenciada de la actual Unión
Europea, y la Europa oriental) queda también profundamente
reflejada en el porcentaje de páginas dedicado a cada una
de ellas en los temas históricos. Si establecemos un valor
cien para el conjunto de la presencia histórica europea en
los manuales, excluyendo del mismo el espacio dedicado monográficamente
al conjunto de España, que en esta ocasión es muy similar
al dedicado al conjunto de Europa, nos encontramos con que el porcentaje
dedicado al estudio generalista de la historia de Europa significa
el 43 por ciento del total, mientras que el destinado a la Europa
occidental y sus principales países llega al 46´5 por
ciento y sólo el restante 10´5 por ciento es el dedicado
a la Europa oriental en su sentido más amplio, esto es, incluyendo
también el área sudeste del continente. El desequilibrio
existente entre estos distintos porcentajes es, obviamente, muy importante.
Otro tanto ocurre respecto de la presencia
de los otros ámbitos
mundiales, aunque éste no sea el objeto de análisis
que nos hemos planteado en esta ocasión. Al conjunto del continente
americano se le dedica en estos manuales de historia un muy escaso
4,4 por ciento, que se divide en dos partes prácticamente
idénticas entre America del Norte y América Latina.
Un porcentaje muy similar es el que recibe el conjunto de los países
asiáticos y aún menor es la presencia de las sociedades
africanas, presentes tan sólo en un 3 por ciento de los contenidos
de estos manuales. La presencia de Oceanía es mínima
(0´1 por ciento).
A modo de conclusión
Los actuales manuales escolares han incrementado muy considerablemente
los contenidos relacionados con Europa, tanto en una consideración
general de la misma como en lo referido a la presencia particularizada
de distintos países europeos. También es constatable,
de manera inmediata, que los estereotipos negativos respecto de los
países europeos han desaparecido de los manuales. Se puede
afirmar, en este sentido, que los textos escolares españoles
actuales son los más europeístas que han existido hasta
el presente.
La dificultad de definir con suficiente precisión científica
el concepto de Europa hace que los manuales escolares reflejen esta
situación y que no propongan realmente ninguna definición
del mismo ni se atrevan normalmente a plantear el problema existente
o las diversas posibilidades de su definición. De esta manera,
la idea de Europa queda, en la mayoría de los casos, como
algo excesivamente abstracto y poco preciso. En otras ocasiones,
especialmente a la hora de trazar las fronteras de Europa, se pretende
dar una concreción muy cerrada y definitiva de las mismas,
que posteriormente entra en contradicción con otras afirmaciones
que se realizan en referencia tanto a las cuestiones geográficas
como a los temas históricos. En este sentido sería
preferible, por una parte, que los manuales incidiesen de manera
más clara y decidida, tanto en el texto de los autores como
en las cuestiones formuladas al alumnado, en el carácter poco
definido de las fronteras geográficas del este europeo y,
por otra, en los diferentes significados históricos que el
concepto de Europa ha tenido a lo largo de los siglos, incluida la
actual acepción paneuropea del mismo impulsada por el Consejo
de Europa, la institución más plenamente europea de
todas las existentes en la actualidad.
En los manuales escolares aún perdura de manera muy patente
un esquema bipolar o bloquista de Europa que privilegia abiertamente
su ámbito occidental, considerado el europeo básico,
y posterga, tanto cuantitativa como cualitativamente, al oriente
europeo, que es visto como una Europa más bien añadida
a la Europa fundamental, que es la occidental. En este sentido, por
lo que hace referencia a los tiempos más recientes, sería
preferible utilizar una distinción más histórica
y dinámica que es la existente entre la Unión Europea
y la del resto de Europa, vistas ambas como integrantes de un proceso
abierto de convergencia. En el mismo sentido habría que hacer
un uso muy comedido y precisado de los conceptos de Oriente y Occidente
y de sus adjetivos derivados, oriental y occidental, dado que sobre
ellos se proyecta, por una parte, una considerable cantidad de connotaciones
con fuerte carga descalificatoria para el ámbito oriental
y, por la otra, una notable indefinición respecto del carácter
europeo de lo occidental, especialmente si éste es utilizado
en referencia a los ámbitos más específicamente
culturales o civilizatorios.
Dada la dificultad de ampliar los contenidos
informativos de los actuales manuales, pues su incremento normalmente
redunda en una menor profundización en los mismos, así como en una
menor atención a las preguntas y cuestiones planteadas al
alumnado, parece ser necesario equilibrar la presencia de los distintos
países y regiones europeos (y del resto del mundo) en los
temas históricos. Una posible solución a este problema
es la de ampliar el enfoque paneuropeo (y mundialista) de los temas
históricos de forma que en ellos aparezca más destacada
la europeidad (y el carácter mundial) de los fenómenos
estudiados, aunque sea con los evidentes desfases temporales en los
que la cuestión analizada llegó a ser una realidad
en toda Europa (y en las otras partes del mundo). El uso de conceptos
como los de feudalismo o Antiguo Régimen, entre muchos otros,
pueden ser una buena muestra de estas posibilidades que, obviamente,
pueden ser mejoradas, pero que ya contienen el germen de un enfoque
más europeo (y potencialmente mundial) de la historia estudiada.
Por lo que se refiere a la Europa del presente
y del inmediato futuro, sería conveniente profundizar, por una parte, en los aspectos
de la ciudadanía europea impulsada por la Unión Europea
y su significado en la vida cotidiana del alumnado, para evitar que
se tuviese una comprensión restrictiva de la misma y, por
la otra, el significado, también cívico y civilizatorio,
de la Convención Europea de los Derechos del Hombre aceptada
por todos los Estados europeos miembros del Consejo de Europa y por
los que desean formar parte del mismo. Una cuestión tan importante
como la abolición universal de la pena de muerte, por poner
un ejemplo muy significativo, o la exigencia de instituciones democráticas
para poder formar parte del Consejo de Europa son fundamentos básicos
a la hora de proponer una definición actual de una cultura
europea.
El problema de más difícil solución posiblemente
sea el de ir avanzando en un estudio escolar de Europa en el que
la abundante información suministrada por los manuales y los
docentes respecto de Europa logre entrar en contacto e interactuar
con las vivencias, emociones, sentimientos y opiniones del alumnado
con el fin de conseguir un conocimiento más razonado y, por
tanto, menos convencional o estereotipado del habitualmente presente
en gran parte de la sociedad. Este es, evidentemente, un reto para
el conjunto de la enseñanza, pero en cuestiones tan actuales
como la del proceso de construcción de una Europa unida, la
necesidad de formar actores conscientes de este proceso y no sólo
meros espectadores es de una urgencia mayor. Los manuales analizados
son conscientes de este difícil problema y, de hecho, incluyen
numerosas cuestiones y preguntas que el alumnado debe de contestar,
pero el enfoque mayoritario de las mismas aún sigue estando
muy centrado en los conocimientos factuales que el alumno debe de
aprender, mientras que las posibilidades ofrecidas para que este
alumnado haga aflorar sus propios sentimientos y opiniones, y pueda
transformarlos mediante la discusión y el debate argumentados,
es aún muy escaso.
Notas bibliografícas
1. Anaya, 2: 56.
2. Anaya, 2: 63.
3. S.M., 1: 160.
4. Ecir, 2: 31.
5. Santillana, 1: 121.
6. S.M. 1: 205.
7. Anaya, 2: 88
8. Anaya, 2: 102.
9. Anaya, 2: 107.
10. S.M., 1: 222-223
11. Anaya, 2: 90
12. Anaya, 2: 90
13. Anaya, 2:102.
14. Anaya, 2: 134
15. Puede servir de ejemplo la formulación realizada por Edgar Morin: “la
noción de Europa debe de concebirse según una complejidad múltiple
y plena… la dificultad de pensar Europa es, en primer lugar, la dificultad
de pensar lo uno en lo múltiple, lo múltiple en lo uno: la unitas
multiplex” (E. Morin: Pensar Europa. Las metamorfosis de Europa. Barcelona,
Gedisa, 1988, p. 24-25).
16. S.M., 2: 123.
17. S.M., 2: 126.
18. Anaya, 2: 146.
19. Anaya, 2: 241-255 (tema 15: los otros mundos en la Edad Media).
20. Santillana, 2: 118.
21. Pueden servir de ejemplo los mapas presentes en Ecir, 2: 148 y S.M., 2:126.
22. Anaya, 2: 222-223.
23. Ecir, 2: 212.
24. Falk Pingel et al.: L´immagine dell´Europa nei manuali scolastici
di Germania, Francia, Spagna, Gran Bretagna e Italia. Torino, Edizioni della
Findazione G. Agnelli, 1994, y también del mismo autor: “Concepción
y práctica de la enseñanza de la historia en los países
europeos” en Rafael Valls Montés et al. (2002): Dimensión
europea e intercultural en la enseñanza de las Ciencias Sociales. Madrid,
Síntesis, p. 69-92.
25. Estos tres titulares corresponden respectivamente a S.M., 2: 192; Anaya,
4:12 y Vicens Vives, 2: 176.
26. S.M., 2:192.
27. Vicens Vives, 2: 176.
28. Santillana, 2: 200-201. Las páginas citadas son un ejemplo más
de lo que venimos constatando. El título general de las mismas es “la
conquista vista por americanos y europeos”. En la entradilla se habla
del debate europeo sobre la conquista (“en Europa la mayoría de
los intelectuales y políticos no dudaban en considerarla justa y deseable”),
pero a la hora de seleccionar los textos de la “postura europea”,
los dos escritos presentados son de autores españoles.
29. Un ejemplo de este nuevo tipo de enfoque puede verse, entre otros, en Anaya,
4: 18-19.
30. Ambas citas en S.M, 2: 196.
31. Es muy frecuente encontrar frases como las siguientes: “el reinado
de Luis XIV en Francia es el mejor ejemplo de absolutismo” o “la
Francia de Luis XIV se convirtió en el modelo para los demás
monarcas europeos”. Ambas citas provienen de Anaya, 2: 204.
32. Santillana, 2: 178-179.
33. Ocasionalmente las expresiones utilizadas en algún manual son más
afinadas. Puede servir de ejemplo la utilizada en S.M., 2: 196 en que se precisa
el ámbito de la reforma religiosa: “¿por qué se
dividió la cristiandad occidental?”.
34. S.M., 2: 232.
35. Santillana, 2: 208-209.
36. Ecir, 4: 9. Una definición muy similar puede verse en Anaya, 4:
314.
37. Vicens Vives, 3: 4. En algún otro manual esta reducción del
significado de este concepto sólo es de tipo temporal (S.M., 2: 260: “se
denomina Antiguo Régimen al sistema político y social del siglo
XVIII”).
38. Ecir, 4: 95.
39. Una matización parcialmente diferente es la introducida por Anaya,
4: 114 a la hora de definir los efectos de las revoluciones burguesas del siglo
XIX. Por una parte afirma que “en Francia estalló una revolución,
cuyos principios se extendieron por toda Europa”, pero unas líneas
antes ha establecido que “entre 1775 y 1848, Occidente vivió una
serie de acontecimientos revolucionarios de gran importancia”, en clara
alusión a la repercusión que el proceso norteamericano de independencia
y su nueva constitución ejercieron respecto de los vigentes principios
del Antiguo Régimen. El uso del concepto de Occidente, como ya señalamos
anteriormente, dada su marcada polisemia, no favorece una comprensión
más precisa del texto. En este sentido, la formulación de esta
misma idea es más comprensible, en nuestra opinión, si se afirma
que “el modelo democrático americano sirvió en Europa como
un ejemplo de liberalismo” (Ecir, 4: 98).
40. Santillana, 3: 210-211. El título del apartado donde se desarrolla
esta idea es “Gran Bretaña: una isla sin revoluciones”.
41. Vicens Vives, 3: 43.
42. Anaya, 4: 140.
43. Santillana, 3: 156.
44. S.M., 4: 90-91.
45. Un ejemplo de estos nuevos planteamientos, entre otros posibles es el de
S.M., 4: 101. Tras suministrarles dos textos que defienden el carácter
negativo y positivo de la colonización europea, así como un tercer
texto que establece que el origen del actual subdesarrollo de la mayor parte
de las ex colonias reside en sus problemas internos, se les propone la realización
de un debate sobre tal situación a partir de la confección de
un listado de los elementos que, según su criterio, consideren positivos
o negativos para las sociedades colonizadas.
46. S.M., 4: 44.
47. Ambas citas en S.M., 4: 160 y 162.
48. Ecir, 4: 222-223.
49. Un ejemplo de este tratamiento es el realizado por Anaya, 4: 227, en el
que, a partir de un mapa de la Europa de finales de los años treinta
(que distingue los regímenes fascistas, las dictaduras conservadoras
y el régimen comunista) se pide a los alumnos que, dentro de los regímenes
dictatoriales o autoritarios, establezcan diferencias según el tipo
de dictadura que padecían.
50. Vicens Vives, 3: 150.
51. Por ejemplo, S.M., 4:144.
52. Puede servir de ejemplo el tratamiento realizado en Anaya, 4: 232-233;
Santillana, 4: 58; S.M., 4, 178 ó Vicens Vives, 3: 188.Anexo
Relación de los manuales de la Educación Secundaria
Obligatoria analizados en esta investigación:
Editorial Santillana:
1. Mascaró Florit, Jaume y Enric Juan Redal (dirs.) et al.:
Geografía e Historia. Primer curso (secundaria). El mundo:
grandes paisajes. Europa hasta el año mil. Valencia, 1997,
240 p.
2. Mascaró Florit, Jaume (dir.) et al.: Geografía e
Historia. Segundo curso (secundaria). El mundo: gentes y países.
Europa desde el año mil a las revoluciones. Valencia, 1997,
247 p.
3. Mascaró Florit, Jaume y Enric Juan Redal (dirs.) et al.:
Geografía e Historia. Tercer curso (secundaria). El sistema
mundo. Del Antiguo Régimen a 1914. Valencia, 1995, 300 p.
4. Mascaró Florit, Jaume y Enric Juan Redal (dirs.) et al.:
Geografía e Historia. Cuarto curso (secundaria). El siglo
XX: 1914-1989. El mundo actual. España, siglo XX. Valencia,
1995, 300 p.
Editorial Anaya:
1. González Gallego, I.; M. Mañero Monedo; D. Sánchez
Zurro; J. Valdeón Baruque; S. Garrido Rico e I. Martínez
Salas: Geografía e Historia. Primer ciclo.1. Madrid, 1997,
217 p.
2. González Gallego, I.; M. Mañero Monedo; D. Sánchez
Zurro; J. Valdeón Baruque; S. Garrido Rico, I Martínez
Salas: Geografía e Historia. Priner ciclo.2. Madrid, 1997,
279 p.
4. Prats, J.; J.E. Castelló; Mª C. García; I.
Izuzquiza; Mª A. Loste; M. Pongiluppi; Historia. Segundo ciclo.
Madrid, 1998, 319 p.
Editorial S.M.:
1. Sánchez, J.; J. Santacana; G. Zaragoza y A. Zárate:
Ciencias Sociales, geografía-historia. Secundaria 1.Madrid,
2000, 271 pp.
2. Sánchez, J.; J. Santacana; G. Zaragoza y A. Zárate:
Ciencias Sociales, geografía-historia. Secundaria 2. Madrid,
2000, 271 pp.
4. Santacana, J. y G. Zaragoza: Historia. Ciencias Sociales. Segundo
ciclo. Madrid, 1994, 269 p.
Editorial Vicens Vives:
1. Pons Granja, J.; M. García Sebastián; C. Gatell
Arimont; J. Roig Obiol y F. Molinero Blanco: Tiempo 1. Educación
Secundaria. Primer ciclo. Primer curso. Opción B. Barcelona,
1997, 261 p.
2. García Sebastián, M.; C. Gatell Arimont; M. Llorens
Serrano; F. Molinero Blanco; R. Ortega Canadell; J. Pons Granja;
J. Roig Obiol y C. Viver Pi-Sunyer: Tiempo 2. Educación Secundaria.
Primer ciclo. Segundo curso. Opción B. Barcelona, 1997, 269
p.
3. Fernández, A.; M. Llorens; F. Molinero; R. Ortega; J. Pons
y J. Roig: Tiempo 3. Educación Secundaria. Segundo ciclo.
Tercer curso. Opción B. Barcelona, 1998, 289 p.
4. Fernández, A.; M. García; C. Gatell y J. Pons: Tiempo
4. Educación Secundaria. Segundo ciclo. Cuarto curso. Opción
B. Barcelona, 1999, 265 p.
Editorial ECIR:
2. Grupo Edetania: Saiti 2. Historia. ESO. Primer ciclo. Valencia,
2000, 247 p.
4. Grupo Edetania: Saiti 4. Historia. ESO. Segundo ciclo. Valencia,
2000, 349 p.