PanelInvestigación y Creación
El Arte, la intuición y el intérprete
Carlos Eduardo Peláez
Escuela de Filosofía
La relación de la filosofía con el arte, es un equivalente a la relación que tiene la filosofía con la praxis, es decir con la ciencia, con la política, con la moral, con la religión.
El arte en cuanto obra es una praxis: unos presupuestos técnicos sumados a una intuición formada.
Veamos que son esos presupuestos y esa intuición formada para establecer la relación entre un quehacer y otro; esto es, la pregunta que abre el arte y la pretensión de respuesta que presenta la filosofía como interpretación.
Al plantear unos presupuestos técnicos nos remitimos a la apropiación por parte del artista de una habilidad para transformar la materia o sustancia en una forma esencial y bella. La materia o sustancia habla, interpela por sí misma. El lenguaje en cuanto sustancia de las artes linguísticas y sonoras; y la materialidad de los elementos subyecentes en las artes plásticas. El artista es un técnico formado para dirigir su proyecto hacia la creación de algo bello mediante materiales que son de la naturaleza, pero que permiten construir una segunda naturaleza.
El arte es la creación de una segunda naturaleza en la cual nos tenemos que identificar y reconocer. Hegel nos da a conocer este punto cuando nos dice: Lo bello de la naturaleza es un reflejo de lo bello perteneciente al Espíritu. El Espíritu en Hegel es un todo absoluto y verdadero que contiene a la belleza. Así cuando participamos de él participamos de lo bello. La naturaleza queda pues, supeditada a lo bello del Espíritu.
Hay otra postura filosófica que dice algo semejante, uniendo el carácter histórico religioso del cristianismo, es la del filósofo B. Pascal: Como la naturaleza ha caído, algo la tiene que reemplazar. El reemplazo es el arte, el signo pleno que el hombre ha colocado como sustituto de lo perdido: la unidad.
La unidad es un problematismo de carácter óntico. Lo ontológico tiene su fundamento en la intuición. Al decir de Aristóteles en la Etica a Nicómaco: "será la intuición la que capte los principios". La intuición es el correlato cognitivo del principio, su manera de ser conocido. Aristóteles no pensó la unidad como principio, pero nos hemos valido de su definición no de su sistema y método.
Lo ontológico tiene que ver con lo primero, con la génesis de algo que está ahí para ser resuelto, ordenado, valorado en su unidad y enigma.
El concepto de intuición para ser aplicado a la naturaleza artística necesitó de revaloraciones que lo sacaran de su limitación conceptual, esto es, el límite del conocimiento conceptual.
La intuición tomo su rumbo en cuanto a la naturaleza artística cuando Kant planteó la satisfacción artística como algo enteramente sin concepto, como "representación de la imaginación", como un juego de las facultades superiores frente a un proyecto sin reglas, que se adecúa a lo correcto por el buen gusto y el genio del artista.
Los alcances de Kant en la Crítica del Juicio han tenido valoraciones y revaloraciones, partidarios y críticos. Como apunte histórico de relieve podemos decir que fue esta Crítica la que fundamentó la programaticidad del romanticismo alemán del siglo XIX.
La intuición, en cuanto dominio de lo artístico, repitiendo a Kant: es esa capacidad universal de tener representación "sin la presencia del objeto".
Esta representación de la imaginación necesita de una formación. No es solamente la inmediatez de lo sensible dado sino el proceso de formar la intuición, de llevarla a entregar un conocimiento sensible, un conocimiento de la imaginación, un saber inmanente a la obra de arte, realizado por un proceso donde convergen los puntos de vista más remotos y cercanos, esto es, una resonancia de lo más general: lo otro con sus acechanzas y enigmas.
La obra de arte tiene su inicio en la intuición; ya realizada coloca al que la contempla en un reto, en una posibilidad de diálogo, de comprensión. De modo, que la intuición no sólo tiene que ver con el artista sino también con el filósofo, con el intérprete.
La modalidad de la intuición puede relacionarse con la contemplación, con el acceso al unus intuitus. Pero también nos puede conducir a una nueva creación, a un escuchar la obra en su unidad, en su generalidad, donde se lee el destino de una comunidad y el destino de sus individuos.
La intuición, es una intuición del mundo, no en cuanto algo natural, natura naturata, sino en cuanto mundo del Espíritu Absoluto. Es decir, se in tuye lo espiritual, aquel reto colocado por los filósofos para que la legitimación de lo verdadero se dé a partir de una comprensión de lo real donde el saber y los criterios de verdad sean compatibles.
El arte y el intérprete se unen a partir del fenómeno de la intuición. De ésta parten los principios que conforman tanto el acto del realizador como el acto del intérprete.
En definitiva, toda obra es una letra que escribe para ser leída. Un signo que interpela, que atrapa en su limpidez, al que no se deja perder en la problematicidad de lo útil y requiere de la luz hecha forma para alumbrar la caverna, el vacío, el infierno, en el que el mundo se ha convertido por el cruel desbalance entre las acciones y la contemplación activa; esto es, entre la praxis de lo pragmático y útil y su comprensión.
El arte siempre será principio de algo renovador y diciente. Si antaño atrapaba a la divinidad en su forma y serenidad, ahora lo hace desde una individualidad que dice lo general del mundo: su fragmentación. Fragmentos de tiempo, de ser, de identidad; fragmentos expresados en diminutos instantes que reflejan el infinito, el absoluto y la eternidad. Que siempre colocan a la intuición en un juego, en una sucesión que habla desde la finitud, para que secuche la memoria y la vean los ojos atentos de la verdad, el bien y la belleza.
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