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TRASEROS
EN TELEVISIÓN
- Los nuevos iconos publicitarios -
Por
Óscar Osorio Ospina
El
culto a la belleza, cuyos orígenes situó Walter Benjamín
en los tiempos del Renacimiento, y el paradigma de la juventud como característica
central de una sociedad del simulacro, las imágenes y el consumo,
parecen ser hoy las condiciones esenciales de toda expresión publicitaria
en los medios audiovisuales, en especial la televisión.
Casi
ningún anuncio comercial puede escapar a la tentación de
utilizar el cuerpo de una mujer para dibujar sus bondades. Desde cervezas
y cigarrillos, hasta ropa íntima, automóviles, cremas bronceadoras
y toda suerte de artículos suntuarios, y algunos de primera necesidad,
por cierto; encuentran en el provocativo y redondeado trasero femenino
su mejor y casi único argumento.
Estos
nuevos iconos de la que Peter McLaren llamó la resurrección
social, representan una promesa cultural que desafiará la gravedad
por nosotros para que nos sigamos sintiendo jóvenes y satisfechos.
Al respecto decía McLaren que éste es "un mundo donde
la salvación es innecesaria porque el caos siempre es sublime,
donde la moralidad se da sin fricciones y donde el cielo siempre se puede
obtener, entre un par de buenas nalgas". Y nadie como los publicistas
y los diseñadores de modas han sabido captar el sentido de esa
inversión social que ha hecho que ya no sean los jóvenes
los que quieran imitar a los adultos, sino que éstos sueñan
con parecerse a aquellos porque simbolizan lo fresco, lo espontáneo
y lo informal.
Los
jóvenes no son sólo consumidores de bienes o de símbolos,
sino que constituyen una expresión de vida de la que todos buscan
apropiarse, aún por los medios más artificiosos. La juventud,
anotaba Beatriz Sarlo, es un territorio en el que todos pueden vivir indefinidamente
y al que, según los anuncios publicitarios, se puede acceder con
sólo destapar una botella de cerveza o encender un cigarrillo.
La
televisión representa una marcada tendencia manipuladora, ejercida
con fines publicitarios o propagandísticos, los primeros referidos
a las ambiciones del sector comercial y los segundos a las de la política.
Esta manipulación, en buena parte se explica en el carácter
unidireccional de la televisión, en las normas perceptivas propias
de la comunicación audiovisual y en las técnicas de composición,
diseño y expresión de sus pantallas.
En
una economía frívola y volcada hacia lo efímero,
no es la pretensión social la que está en juego, sino la
sed de imágenes y de espectáculos, el gusto por la autonomía,
el culto al cuerpo y a la embriaguez de las sensaciones y de lo nuevo.
Gilles Lipovetsky afirmaba que "a través de las marcas, consumimos
dinamismo, elegancia, potencia, esparcimiento, virilidad, feminidad, edad,
refinamiento, seguridad, naturalidad y otras tantas imágenes"
con las cuales escapamos al dominio de la lógica de clases.
Esta
nueva iconografía publicitaria, que hasta hace poco estaba erradicada
de la televisión colombiana, en la cual los comerciales de ropa
íntima sólo podían hacerse con modelos estáticas,
hay que mirarla además desde otras perspectivas. Lo que ello lleva
implícito es la reinvención de la belleza como una categoría
de expresión cultural, la explosión de las identidades culturales
y su suplantación, de alguna manera, por la hegemonía del
mercado.
Pareciera,
entonces, que lo que se esconde detrás de este ejercicio de manipulación
de los massmedia, además de nuevas formas de alineación
y de degradación cultural, son las pretensiones y los fines mercantiles
que persiguen los propietarios de los mismos medios, convertidos en una
gran industria productora de aquello que se oferta a través de
las pantallas.
Ésta
orgía total, como la bautizó Jean Baudrillard, ha impuesto
la ley de confusión de los géneros y todo lo ha vuelto sexual
y objeto de deseo, desde el poder y desde el saber. La política,
decía, se estetiza en el espectáculo y el sexo, en la publicidad
y el porno.
Venir
al territorio de lo joven y lo bello, es la invitación que hoy
nos hace la televisión, no sólo a través de los anuncios
publicitarios, sino también de espacios que deben tener otros lenguajes
y otras estéticas, como los noticieros, los programas informativos
y los espacios de opinión. Y estimulados por esas ansías
de redención, terminamos subyugados ante la sobrevaloración
del cuerpo y las tentaciones del consumismo.
Pereira,
febrero del 2002
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